Ortega y Gasset

Abstract

Using the image of the provincial mind that believes itself at the centre of the world, Ortega reads relativity as perspectivism: perspective is not subjective distortion but a quality of reality itself, which organises differently according to where it is viewed from. He claims to have set out this doctrine already in the introduction to the first Espectador (1916) and rejects the standard reading of Einstein as confirming Kantian subjectivism.

Connections

Assi: Origine della conoscenza
Posizioni: prospettivismo, criticismo trascendentale
Concetti: ragione, tempo
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El espíritu provinciano ha sido siempre, y con plena razón, considerado como una torpeza. Consiste en un error de óptica. El provinciano no cae en la cuenta de que mira el mundo desde una posición excéntrica. Supone, por el contrario, que está en el centro del orbe, y juzga de todo como si su visión fuese central. De aquí una deplorable suficiencia que produce efectos tan cómicos. Todas sus opiniones nacen falsificadas, porque parten de un pseudocentro. En cambio, el hombre de la capital sabe que su ciudad, por grande que sea, es sólo un punto del cosmos, un rincón excéntrico. Sabe, además, que en el mundo no hay centro y que es, por tanto, necesario descontar en todos nuestros juicios la peculiar perspectiva que la realidad ofrece mirada desde nuestro punto de vista. Por este motivo, al provinciano el vecino de la gran ciudad parece siempre escéptico, cuando sólo es más avisado.

La teoría de Einstein ha venido a revelar que la ciencia moderna en su disciplina ejemplar —la nuova scienza de Galileo, la gloriosa física de Occidente— padecía un agudo provincianismo. La geometría euclidiana, que sólo es aplicable a lo cercano, era proyectada sobre el universo. Hoy se empieza en Alemania a llamar al sistema de Euclides «geometría de lo próximo», en oposición a otros cuerpos de axiomas que, como el de Riemann, son geometrías de largo alcance.

Como todo provincianismo, esta geometría provincial ha sido superada merced a una aparente limitación, a un ejercicio de modestia. Einstein se ha convencido de que hablar del Espacio es una megalomanía que lleva inexorablemente al error. No conocemos más extensiones que las que medimos, y no podemos medir más que con nuestros instrumentos. Éstos son nuestro órgano de visión científica; ellos determinan la estructura espacial del mundo que conocemos. Pero, como lo mismo acontece a todo otro ser que desde otro lugar del orbe quiera construir una física, resulta que esa limitación no lo es en verdad.

No se trata, pues, de reincidir en una interpretación subjetivista del conocimiento, según la cual la verdad sólo es verdad para un determinado sujeto. Según la teoría de la relatividad, el suceso A, que desde el punto de vista terráqueo precede en el tiempo al suceso B, desde otro lugar del universo, Sirio, por ejemplo, aparecerá sucediendo a B. No cabe inversión más completa de la realidad. ¿Quiere esto decir que o nuestra imaginación es falsa o la del avecindado en Sirio? De ninguna manera. Ni el sujeto humano ni el de Sirio deforman lo real. Lo que ocurre es que una de las cualidades propias a la realidad consiste en tener una perspectiva, esto es, en organizarse de diverso modo para ser vista desde uno u otro lugar. Espacio y tiempo son los ingredientes objetivos de la perspectiva física, y es natural que varíen según el punto de vista.

En la introducción al primer Espectador, aparecido en enero de 1916, cuando aún no se había publicado nada sobre la teoría general de la relatividad[79], exponía yo brevemente esta doctrina perspectivista, dándole una amplitud que trasciende de la física y abarca toda realidad. Hago esta advertencia para mostrar hasta qué punto es un signo de los tiempos pareja manera de pensar.

Y lo que más me sorprende es que no haya reparado nadie todavía en este rasgo capital de la obra de Einstein. Sin una sola excepción —que yo sepa—, cuanto se ha escrito sobre ella interpreta el gran descubrimiento como un paso más en el camino del subjetivismo[80]. En todas las lenguas y en todos los giros se ha repetido que Einstein viene a confirmar la doctrina kantiana, por lo menos en un punto: la subjetividad de espacio y tiempo. Me importa declarar taxativamente que esta creencia me parece la más cabal incomprensión del sentido que la teoría de la relatividad encierra.

Precisemos la cuestión en pocas palabras, pero del modo más claro posible. La perspectiva es el orden y forma que la realidad toma para el que la contempla. Si varía el lugar que el contemplador ocupa, varía también la perspectiva. En cambio, si el contemplador es sustituido por otro en el mismo lugar, la perspectiva permanece idéntica. Ciertamente, si no hay un sujeto que contemple, a quien la realidad aparezca, no hay perspectiva. ¿Quiere esto decir que sea subjetiva? Aquí está el equívoco que durante dos siglos, cuando menos, ha desviado toda la filosofía, y con ella la actitud del hombre ante el universo. Para evitarlo basta con hacer una sencilla distinción.

Cuando vemos quieta y solitaria una bola de billar, sólo percibimos sus cualidades de color y forma. Mas he aquí que otra bola de billar choca con la primera. Ésta es despedida con una velocidad proporcionada al choque. Entonces notamos una nueva cualidad de la bola que antes permanecía oculta: su elasticidad. Pero alguien podría decirnos que la elasticidad no es una cualidad de la bola primera, puesto que sólo se presenta cuando otra choca con ella. Nosotros contestaríamos prontamente que no hay tal. La elasticidad es una cualidad de la bola primera, no menos que su color y su forma; pero es una cualidad reactiva o de respuesta a la acción de otro objeto. Así, en el hombre lo que solemos llamar su carácter es su manera de reaccionar ante lo exterior —cosas, personas, sucesos.

Pues bien: cuando una realidad entra en choque con ese otro objeto que denominamos «sujeto consciente» la realidad responde apareciéndole. La apariencia es una cualidad objetiva de lo real, es su respuesta a un sujeto. Esta respuesta es además, diferente según la condición del contemplador; por ejemplo, según sea el lugar desde que mira. Véase cómo la perspectiva, el punto de vista, adquieren un valor objetivo, mientras hasta ahora se los consideraba como deformaciones que el sujeto imponía a la realidad. Tiempo y espacio vuelven, contra la tesis kantiana, a ser formas de lo real.

Si hubiese entre los infinitos puntos de vista uno excepcional, al que cupiese atribuir una congruencia superior con las cosas, cabría considerar los demás como deformadores o «meramente subjetivos». Esto creían Galileo y Newton cuando hablaban del espacio absoluto, es decir, de un espacio contemplado desde un punto de vista que no es ninguno concreto. Newton llama al espacio absoluto sensorium Dei, el órgano visual de Dios; podríamos decir la perspectiva divina. Pero apenas se piensa hasta el final esta idea de una perspectiva que no está tomada desde ningún lugar determinado y exclusivo, se descubre su índole contradictoria y absurda. No hay un espacio absoluto porque no hay una perspectiva absoluta. Para ser absoluto, el espacio tiene que dejar de ser real —espacio lleno de cosas— y convertirse en una abstracción.

La teoría de Einstein es una maravillosa justificación de la multiplicidad armónica de todos los puntos de vista. Amplíese esta idea a lo moral y a lo estético, y se tendrá una nueva manera de sentir la historia y la vida.

El individuo, para conquistar el máximum posible de verdad, no deberá, como durante centurias se le ha predicado, suplantar su espontáneo punto de vista por otro ejemplar y normativo, que solía llamarse «visión de las cosas sub specie aeternitatis». El punto de vista de la eternidad es ciego, no ve nada, no existe. En vez de esto, procurará ser fiel al imperativo unipersonal que representa su individualidad.

Lo propio acontece con los pueblos. En lugar de tener por bárbaras las culturas no europeas, empezaremos a respetarlas como estilos de enfrontamiento con el cosmos equivalentes al nuestro. Hay una perspectiva china tan justificada como la perspectiva occidental.

The provincial spirit has always been, and with full reason, regarded as a clumsiness. It consists in an error of optics. The provincial man does not realize that he looks at the world from an eccentric position. He supposes, on the contrary, that he is at the center of the orb, and judges everything as if his vision were central. Hence a deplorable self-sufficiency that produces such comic effects. All his opinions are born falsified, because they start from a pseudo-center. In contrast, the man of the capital knows that his city, however great, is only a point of the cosmos, an eccentric corner. He knows, moreover, that in the world there is no center and that it is therefore necessary to discount in all our judgments the peculiar perspective that reality offers seen from our point of view. For this reason, to the provincial man the neighbor of the great city always seems skeptical, when he is only better advised.

Einstein’s theory has come to reveal that modern science in its exemplary discipline —the nuova scienza of Galileo, the glorious physics of the West— suffered from an acute provincialism. Euclidean geometry, which is applicable only to what is near, was projected upon the universe. Today in Germany they are beginning to call Euclid’s system ‘geometry of what is near’, in opposition to other bodies of axioms which, like Riemann’s, are long-range geometries.

Like all provincialism, this provincial geometry has been overcome by virtue of an apparent limitation, an exercise of modesty. Einstein has convinced himself that speaking of Space is a megalomania that leads inexorably to error. We know no extensions other than those we measure, and we cannot measure except with our instruments. These are our organ of scientific vision; they determine the spatial structure of the world we know. But, as the same thing happens to every other being that, from another place of the orb, should wish to construct a physics, it turns out that that limitation is not truly one.

It is not a question, then, of relapsing into a subjectivist interpretation of knowledge, according to which truth is truth only for a given subject. According to the theory of relativity, event A, which from the terrestrial point of view precedes event B in time, from another place of the universe, Sirius, for example, will appear as succeeding B. No more complete inversion of reality is conceivable. Does this mean that either our imagination is false or that of the neighbor of Sirius? By no means. Neither the human subject nor that of Sirius deforms the real. What happens is that one of the qualities proper to reality consists in having a perspective, that is, in organizing itself in diverse ways in order to be seen from one place or another. Space and time are the objective ingredients of the physical perspective, and it is natural that they vary according to the point of view.

In the introduction to the first Espectador, which appeared in January 1916, when nothing had yet been published about the general theory of relativity[79], I briefly expounded this perspectivist doctrine, giving it an amplitude that transcends physics and embraces all reality. I make this warning to show to what extent such a way of thinking is a sign of the times.

And what most surprises me is that no one has yet noticed this capital feature of Einstein’s work. Without a single exception —that I know of— everything written about it interprets the great discovery as one more step on the road of subjectivism[80]. In all languages and in all turns of phrase it has been repeated that Einstein comes to confirm the Kantian doctrine, at least on one point: the subjectivity of space and time. It matters to me to declare taxatively that this belief seems to me the most complete misunderstanding of the meaning that the theory of relativity contains.

Let us make the question precise in a few words, but in the clearest possible manner. The perspective is the order and form that reality takes for the one who contemplates it. If the place that the contemplator occupies varies, the perspective varies too. On the other hand, if the contemplator is replaced by another in the same place, the perspective remains identical. Certainly, if there is no subject who contemplates, to whom reality appears, there is no perspective. Does this mean that it is subjective? Here is the equivocation that for two centuries, at least, has diverted all philosophy, and with it man’s attitude before the universe. To avoid it, it suffices to make a simple distinction.

When we see a billiard ball quiet and solitary, we perceive only its qualities of color and form. But behold, another billiard ball collides with the first. The latter is dashed away with a velocity proportional to the shock. Then we notice a new quality of the ball that before remained hidden: its elasticity. But someone might tell us that elasticity is not a quality of the first ball, since it only presents itself when another collides with it. We would answer promptly that there is no such thing. Elasticity is a quality of the first ball, no less than its color and its form; but it is a reactive quality or of response to the action of another object. Thus, in man what we usually call his character is his manner of reacting to the exterior —things, persons, events.

Well then: when a reality collides with that other object which we call ‘conscious subject’, reality responds by appearing to him. The appearance is an objective quality of the real, it is its response to a subject. This response is, moreover, different according to the condition of the contemplator; for example, according to the place from which he looks. See how the perspective, the point of view, acquire an objective value, whereas until now they were considered as deformations that the subject imposed upon reality. Time and space return, against the Kantian thesis, to be forms of the real.

If among the infinite points of view there were one exceptional one, to which one could attribute a superior congruence with things, one could consider the others as deforming or ‘merely subjective’. This Galileo and Newton believed when they spoke of absolute space, that is, of a space contemplated from a point of view that is no concrete one. Newton calls absolute space sensorium Dei, the visual organ of God; we might say the divine perspective. But as soon as one thinks through to the end this idea of a perspective that is not taken from any determinate and exclusive place, one discovers its contradictory and absurd nature. There is no absolute space because there is no absolute perspective. To be absolute, space would have to cease to be real —space full of things— and become an abstraction.

Einstein’s theory is a marvelous justification of the harmonious multiplicity of all points of view. Extend this idea to the moral and to the aesthetic, and one will have a new way of feeling history and life.

The individual, in order to conquer the maximum possible of truth, should not, as has been preached to him for centuries, supplant his spontaneous point of view with another exemplary and normative one, which used to be called ‘vision of things sub specie aeternitatis’. The point of view of eternity is blind, sees nothing, does not exist. Instead of this, he will strive to be faithful to the unipersonal imperative that his individuality represents.

The same thing happens with peoples. Instead of holding the non-European cultures to be barbarous, we will begin to respect them as styles of confronting the cosmos equivalent to our own. There is a Chinese perspective as justified as the Western perspective.

Lo spirito provinciale è stato sempre, e con piena ragione, considerato una goffaggine. Consiste in un errore di ottica. Il provinciale non si accorge che guarda il mondo da una posizione eccentrica. Suppone, al contrario, di essere al centro dell’orbe, e giudica di tutto come se la sua visione fosse centrale. Di qui una deplorevole sufficienza che produce effetti tanto comici. Tutte le sue opinioni nascono falsificate, perché partono da uno pseudocentro. Invece, l’uomo della capitale sa che la sua città, per quanto grande sia, è solo un punto del cosmo, un angolo eccentrico. Sa, inoltre, che nel mondo non c’è centro e che è, quindi, necessario scontare in tutti i nostri giudizi la peculiare prospettiva che la realtà offre guardata dal nostro punto di vista. Per questo motivo, al provinciale il vicino della grande città sembra sempre scettico, quando soltanto è più avveduto.

La teoria di Einstein è venuta a rivelare che la scienza moderna nella sua disciplina esemplare —la nuova scienza di Galileo, la gloriosa fisica dell’Occidente— pativa un acuto provincialismo. La geometria euclidea, che è applicabile soltanto al vicino, era proiettata sull’universo. Oggi si comincia in Germania a chiamare il sistema di Euclide «geometria del vicino», in opposizione ad altri corpi di assiomi che, come quello di Riemann, sono geometrie di lungo raggio.

Come ogni provincialismo, questa geometria provinciale è stata superata mercé una apparente limitazione, un esercizio di modestia. Einstein si è convinto che parlare dello Spazio è una megalomania che conduce inesorabilmente all’errore. Non conosciamo più estensioni di quelle che misuriamo, e non possiamo misurare se non con i nostri strumenti. Questi sono il nostro organo di visione scientifica; essi determinano la struttura spaziale del mondo che conosciamo. Ma, poiché lo stesso accade a ogni altro essere che da un altro luogo dell’orbe voglia costruire una fisica, risulta che quella limitazione non lo è in verità.

Non si tratta, dunque, di ricadere in un’interpretazione soggettivistica della conoscenza, secondo la quale la verità è verità soltanto per un determinato soggetto. Secondo la teoria della relatività, l’evento A, che dal punto di vista terrestre precede nel tempo l’evento B, da un altro luogo dell’universo, Sirio, per esempio, apparirà accadere dopo B. Non si dà inversione più completa della realtà. Vuole questo dire che o la nostra immaginazione è falsa o quella dell’abitante di Sirio? In nessuna maniera. Né il soggetto umano né quello di Sirio deformano il reale. Quello che accade è che una delle qualità proprie della realtà consiste nell’avere una prospettiva, cioè nell’organizzarsi in diverso modo per essere vista dall’uno o dall’altro luogo. Spazio e tempo sono gli ingredienti oggettivi della prospettiva fisica, ed è naturale che varino secondo il punto di vista.

Nell’introduzione al primo Spettatore, apparso nel gennaio 1916, quando ancora non si era pubblicato nulla sulla teoria generale della relatività[79], esponevo io brevemente questa dottrina prospettivistica, dandole un’ampiezza che trascende la fisica e abbraccia tutta la realtà. Faccio questa avvertenza per mostrare fino a che punto è un segno dei tempi un siffatto modo di pensare.

E quello che più mi sorprende è che nessuno abbia ancora notato questo tratto capitale dell’opera di Einstein. Senza una sola eccezione —che io sappia—, quanto si è scritto su di essa interpreta la grande scoperta come un passo di più nel cammino del soggettivismo[80]. In tutte le lingue e in tutti i modi di dire si è ripetuto che Einstein viene a confermare la dottrina kantiana, almeno in un punto: la soggettività di spazio e tempo. Mi importa dichiarare tassativamente che questa credenza mi sembra la più compiuta incomprensione del senso che la teoria della relatività racchiude.

Precisiamo la questione in poche parole, ma nel modo più chiaro possibile. La prospettiva è l’ordine e la forma che la realtà prende per colui che la contempla. Se varia il luogo che il contemplatore occupa, varia anche la prospettiva. Invece, se il contemplatore è sostituito da un altro nello stesso luogo, la prospettiva permane identica. Certamente, se non c’è un soggetto che contempli, a cui la realtà appaia, non c’è prospettiva. Vuole questo dire che essa sia soggettiva? Qui sta l’equivoco che per due secoli, quanto meno, ha deviato tutta la filosofia, e con essa l’atteggiamento dell’uomo dinanzi all’universo. Per evitarlo basta fare una semplice distinzione.

Quando vediamo quieta e solitaria una palla da biliardo, percepiamo soltanto le sue qualità di colore e forma. Ma ecco che un’altra palla da biliardo urta la prima. Questa è respinta con una velocità proporzionata all’urto. Allora notiamo una nuova qualità della palla che prima rimaneva occulta: la sua elasticità. Ma qualcuno potrebbe dirci che l’elasticità non è una qualità della prima palla, poiché si presenta soltanto quando un’altra urta contro di essa. Noi risponderemmo prontamente che non è vero. L’elasticità è una qualità della prima palla, non meno del suo colore e della sua forma; ma è una qualità reattiva o di risposta all’azione di un altro oggetto. Così, nell’uomo ciò che siamo soliti chiamare il suo carattere è il suo modo di reagire dinanzi all’esteriore —cose, persone, avvenimenti.

Orbene: quando una realtà entra in urto con quell’altro oggetto che denominiamo «soggetto cosciente», la realtà risponde apparendogli. L’apparenza è una qualità oggettiva del reale, è la sua risposta a un soggetto. Questa risposta è, inoltre, diversa secondo la condizione del contemplatore; per esempio, secondo il luogo da cui guarda. Si veda come la prospettiva, il punto di vista, acquistano un valore oggettivo, mentre finora li si considerava come deformazioni che il soggetto imponeva alla realtà. Tempo e spazio tornano, contro la tesi kantiana, ad essere forme del reale.

Se vi fosse tra gli infiniti punti di vista uno eccezionale, al quale si potesse attribuire una congruenza superiore con le cose, si potrebbe considerare gli altri come deformatori o «meramente soggettivi». Questo credevano Galileo e Newton quando parlavano dello spazio assoluto, cioè di uno spazio contemplato da un punto di vista che non è nessuno di concreto. Newton chiama lo spazio assoluto sensorium Dei, l’organo visuale di Dio; potremmo dire la prospettiva divina. Ma appena si pensa fino in fondo questa idea di una prospettiva che non è presa da nessun luogo determinato ed esclusivo, se ne scopre l’indole contraddittoria e assurda. Non c’è uno spazio assoluto perché non c’è una prospettiva assoluta. Per essere assoluto, lo spazio deve cessare di essere reale —spazio pieno di cose— e convertirsi in un’astrazione.

La teoria di Einstein è una meravigliosa giustificazione della molteplicità armonica di tutti i punti di vista. Si ampli questa idea al morale e allo estetico, e si avrà un nuovo modo di sentire la storia e la vita.

L’individuo, per conquistare il massimo possibile di verità, non dovrà, come per secoli gli è stato predicato, sostituire il suo spontaneo punto di vista con un altro esemplare e normativo, che soleva chiamarsi «visione delle cose sub specie aeternitatis». Il punto di vista dell’eternità è cieco, non vede nulla, non esiste. Invece di questo, procurerà di essere fedele all’imperativo unipersonale che rappresenta la sua individualità.

Lo stesso accade con i popoli. Invece di tenere per barbare le culture non europee, cominceremo a rispettarle come stili di confronto con il cosmo equivalenti al nostro. C’è una prospettiva cinese tanto giustificata quanto la prospettiva occidentale.