Ortega y Gasset
Abstract
Perspectivism in its negative form is hostility to utopianism: the utopian conception is one built from “nowhere” that claims to hold for everyone. Ortega accuses rationalism (from Greece to Leibniz and Kant) of imposing an arbitrary form on the real a priori and, when reality resists, taking refuge in an “infinite process” — a uchronism he illustrates with Loeb’s lecture on tropisms.
Connections
Assi: Origine della conoscenza, Metodo
Posizioni: razionalismo, prospettivismo
Concetti: ragione
Figure: Leibniz
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
La misma tendencia que en su forma positiva conduce al perspectivismo, en su forma negativa significa hostilidad al utopismo.
La concepción utópica es la que se crea desde «ningún sitio», y que, sin embargo, pretende valer para todos. A una sensibilidad como ésta que transluce en la teoría de la relatividad, semejante indocilidad a la localización tiene que parecerle una avilantez. En el espectáculo cósmico no hay espectador sin localidad determinada. Querer ver algo y no querer verlo desde un preciso lugar es un absurdo. Esta pueril insumisión a las condiciones que la realidad nos impone; esa incapacidad de aceptar alegremente el destino; esa pretensión ingenua de creer que es fácil suplantarlo por nuestros estériles deseos, son rasgos de un espíritu que ahora fenece, dejando su puesto a otro completamente antagónico.
La propensión utópica ha dominado en la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte. Ha sido menester de todo el contrapeso que el enorme afán de dominar lo real, específico del europeo, oponía para que la civilización occidental no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo no es que dé soluciones falsas a los problemas —científicos o políticos—, sino algo peor: es que no acepta el problema —lo real— según se presenta; antes bien, desde luego —a priori— le impone una caprichosa forma.
Si se compara la vida de Occidente con la de Asia —indos, chinos—, sorprende al punto la inestabilidad espiritual del europeo frente al profundo equilibrio del alma oriental. Este equilibrio revela que, al menos en los máximos problemas de la vida, el hombre de Oriente ha encontrado fórmulas de más perfecto ajuste con la realidad. En cambio, el europeo ha sido frívolo en la apreciación de los factores elementales de la vida, se ha fraguado de ellos interpretaciones caprichosas que es forzoso periódicamente sustituir.
La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia, y se produce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura construye un mundo ejemplar —cosmos físico o cosmos político—, con la creencia de que él es la verdadera realidad, y, por tanto, debe suplantar a la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que no puede evitarse el conflicto. Pero el racionalista no duda de que en él corresponde ceder a lo real. Esta convicción es la característica del temperamento racionalista.
Claro es que la realidad posee dureza sobrada para resistir los embates de las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, por el momento, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en «un proceso infinito» (Leibniz, Kant). El utopismo toma la forma de ucronismo. Durante los dos siglos y medio últimos todo se arreglaba recurriendo al infinito, o por lo menos a períodos de una longitud indeterminada. (En el darwinismo, una especie nace de otra, sin más que intercalar entre ambas algunos milenios). Como si el tiempo, espectral fluencia, simplemente corriendo, pudiese ser causa de nada y hacer verosímil lo que es en la actualidad inconcebible.
No se comprende que la ciencia, cuyo único placer es conseguir una imagen certera de las cosas, pueda alimentarse de ilusiones. Recuerdo que sobre mi pensamiento ejerció suma influencia un detalle. Hace muchos años leía yo una conferencia del fisiólogo Loeb sobre los tropismos. Es el tropismo un concepto con que se ha intentado describir y aclarar la ley que rige los movimientos elementales de los infusorios. Mal que bien, con correcciones y añadidos, este concepto sirve para comprender algunos de estos fenómenos. Pero al final de su conferencia, Loeb agrega: «Llegará el tiempo en que lo que hoy llamamos actos morales del hombre se expliquen sencillamente como tropismos». Esta audacia me inquietó sobremanera, porque me abrió los ojos sobre otros muchos juicios de la ciencia moderna, que, menos ostentosamente, cometen la misma falta. ¡De modo —pensaba yo— que un concepto como el tropismo, capaz apenas de penetrar el secreto de fenómenos tan sencillos como los brincos de los infusorios, puede bastar en un vago futuro para explicar cosa tan misteriosa y compleja como los actos éticos del hombre! ¿Qué sentido tiene esto? La ciencia ha de resolver hoy sus problemas, no transferirnos a las calendas griegas. Si sus métodos actuales no bastan para dominar hoy los enigmas del universo, lo discreto es sustituirlos por otros más eficaces. Pero la ciencia usada está llena de problemas que se dejan intactos por ser incompatibles con los métodos. ¡Como si fuesen aquéllos los obligados a supeditarse a éstos, y no al revés! La ciencia está repleta de ucronismos, de calendas griegas.
Cuando salimos de esta beatería científica que rinde idolátrico culto a los métodos preestablecidos y nos asomamos al pensamiento de Einstein, llega a nosotros como un fresco viento de mañana. La actitud de Einstein es completamente distinta de la tradicional. Con ademán de joven atleta le vemos avanzar recto a los problemas y, usando del medio más a mano, cogerlos por los cuernos. De lo que parecía defecto y limitación en la ciencia, hace él una virtud y una táctica eficaz.
Un breve rodeo nos aclarará la cuestión.
De la obra de Kant quedará imperecedero un gran descubrimiento: que la experiencia no es sólo el montón de datos transmitidos por los sentidos, sino un producto de dos factores. El dato sensible tiene que ser recogido, filiado, organizado en un sistema de ordenación. Este orden es aportado por el sujeto, es a priori. Dicho en otra forma: la experiencia física es un compuesto de observación y geometría. La geometría es una cuadrícula elaborada por la razón pura: la observación es faena de los sentidos. Toda ciencia explicativa de los fenómenos materiales ha contenido, contiene y contendrá estos dos ingredientes.
Esta identidad de composición que a lo largo de su historia ha manifestado siempre la física moderna no excluye, empero, las más profundas variaciones dentro de su espíritu. En efecto: la relación que guarden entre sí sus dos ingredientes da lugar a interpretaciones muy dispares. De ambos, ¿cuál ha de supeditarse al otro? ¿Debe ceder la observación a las exigencias de la geometría, o la geometría a la observación? Decidirse por lo uno o lo otro significa pertenecer a dos tipos antagónicos de tendencia intelectual. Dentro de la misma y única física caben dos castas de hombres contrapuestas.
Sabido es que el experimento de Michelson tiene el rango de una experiencia crucial: en él se pone entre la espada y la pared al pensamiento del físico. La ley geométrica que proclama la homogeneidad inalterable del espacio, cualesquiera sean los procesos que en él se producen, entra en conflicto rigoroso con la observación, con el hecho, con la materia. Una de dos: o la materia cede a la geometría, o ésta a aquélla.
En este agudo dilema sorprendemos a dos temperamentos intelectuales y asistimos a su reacción. Lorentz y Einstein, situados ante el mismo experimento, toman resoluciones opuestas. Lorentz, representando en este punto el viejo racionalismo, cree forzoso admitir que es la materia quien cede y se contrae. La famosa «contracción de Lorentz» es un ejemplo admirable de utopismo. Es el Juramento del Juego de Pelota transplantado a la física. Einstein adopta la solución contraria. La geometría debe ceder; el espacio puro tiene que inclinarse ante la observación, tiene que encorvarse.
Suponiendo una perfecta congruencia en el carácter, llevado Lorentz a la política, diría: perezcan las naciones y que se salven los principios. Einstein, en cambio, sostendría: es preciso buscar principios para que se salven las naciones, porque para eso están los principios.
No es fácil exagerar la importancia de este viraje a que Einstein somete la ciencia física. Hasta ahora, el papel de la geometría, de la pura razón, era ejercer una indiscutida dictadura. En el lenguaje vulgar queda la huella del sublime oficio que a la razón se atribuía: el vulgo habla de los «dictados de la razón». Para Einstein, el papel de la razón es mucho más modesto: de dictadora pasa a ser humilde instrumento, que ha de confirmar en cada caso su eficacia.
The same tendency that in its positive form leads to perspectivism, in its negative form signifies hostility to utopism.
The utopian conception is the one created from ‘nowhere’, and which nevertheless pretends to be valid for everyone. To a sensibility such as the one that transluces in the theory of relativity, such indocility to localization cannot but seem an insolence. In the cosmic spectacle there is no spectator without a determinate locality. To wish to see something and not to wish to see it from a precise place is an absurdity. This puerile insubmission to the conditions that reality imposes upon us; that incapacity to accept one’s destiny gladly; that ingenuous pretension of believing that it is easy to supplant it with our sterile desires — these are traits of a spirit that is now dying, leaving its place to another completely antagonistic one.
The utopian propensity has dominated the European mind throughout the entire modern age: in science, in morals, in religion, in art. It has required the entire counterweight that the enormous eagerness to dominate the real, specific to the European, opposed, so that Western civilization would not conclude in a gigantic failure. For the gravest thing about utopism is not that it gives false solutions to problems —scientific or political— but something worse: it is that it does not accept the problem —the real— as it presents itself; rather, it imposes upon it from the outset —a priori— a capricious form.
If one compares the life of the West with that of Asia —Hindus, Chinese—, the spiritual instability of the European immediately surprises one, in contrast to the profound equilibrium of the Oriental soul. This equilibrium reveals that, at least in the greatest problems of life, the man of the East has found formulas of more perfect adjustment with reality. In contrast, the European has been frivolous in the appreciation of the elementary factors of life, has forged of them capricious interpretations that it is necessary periodically to replace.
The utopist deviation of human intelligence begins in Greece, and is produced wherever rationalism reaches exacerbation. Pure reason constructs an exemplary world —physical cosmos or political cosmos—, with the belief that it is the true reality, and therefore must supplant the effective one. The divergence between things and pure ideas is such that conflict cannot be avoided. But the rationalist does not doubt that in it the real must yield. This conviction is the characteristic of the rationalist temperament.
It is clear that reality possesses enough hardness to resist the onslaughts of ideas. Then rationalism seeks a way out: it recognizes that, for the moment, the idea cannot be realized, but that it will achieve it in ‘an infinite process’ (Leibniz, Kant). Utopism takes the form of uchronism. During the last two and a half centuries everything was arranged by resorting to the infinite, or at least to periods of an indeterminate length. (In Darwinism, one species is born from another, merely by intercalating between the two some millennia). As if time, spectral flow, merely by running, could be the cause of anything and make verisimilar what is at present inconceivable.
It is not understood how science, whose only pleasure is to achieve an accurate image of things, can feed on illusions. I recall that a detail exercised the utmost influence upon my thought. Many years ago I was reading a lecture by the physiologist Loeb on tropisms. Tropism is a concept with which one has attempted to describe and clarify the law that governs the elementary movements of infusoria. Well enough, with corrections and additions, this concept serves to understand some of these phenomena. But at the end of his lecture, Loeb adds: ‘The time will come when what we today call man’s moral acts will be explained simply as tropisms.’ This audacity troubled me exceedingly, because it opened my eyes to many other judgments of modern science which, less ostentatiously, commit the same fault. ‘So then’ —I thought— ‘a concept like tropism, scarcely capable of penetrating the secret of phenomena as simple as the leaps of infusoria, can suffice in a vague future to explain something as mysterious and complex as the ethical acts of man!’ What sense does this have? Science has to resolve its problems today, not transfer them to the Greek calends. If its present methods do not suffice to dominate today the enigmas of the universe, the discreet thing is to replace them with others more efficacious. But used science is full of problems that are left intact for being incompatible with the methods. As if those were the ones obliged to subordinate themselves to these, and not the reverse! Science is replete with uchronisms, with Greek calends.
When we emerge from this scientific sanctimony that renders idolatrous cult to the pre-established methods and look out upon Einstein’s thought, it comes to us like a fresh morning wind. Einstein’s attitude is completely different from the traditional one. With the gesture of a young athlete we see him advance straight at the problems and, using the readiest means, seize them by the horns. Of what seemed defect and limitation in science, he makes a virtue and an efficacious tactic.
A brief detour will clarify the question.
From Kant’s work there will remain imperishable a great discovery: that experience is not only the heap of data transmitted by the senses, but a product of two factors. The sensible datum has to be gathered, filed, organized into a system of ordering. This order is contributed by the subject, it is a priori. Said in another way: physical experience is a compound of observation and geometry. Geometry is a grid elaborated by pure reason; observation is the labor of the senses. Every explanatory science of material phenomena has contained, contains and will contain these two ingredients.
This identity of composition that modern physics has always manifested throughout its history does not exclude, however, the most profound variations within its spirit. Indeed: the relation that its two ingredients hold with each other gives rise to very disparate interpretations. Of the two, which is to subordinate itself to the other? Must observation yield to the exigencies of geometry, or geometry to observation? To decide for one or the other means belonging to two antagonistic types of intellectual tendency. Within the same and only physics two opposing castes of men have room.
It is well known that the Michelson experiment has the rank of a crucial experience: in it the physicist’s thought is put between the sword and the wall. The geometric law that proclaims the unalterable homogeneity of space, whatever the processes that occur in it, enters into rigorous conflict with observation, with the fact, with matter. One of two: either matter yields to geometry, or this to that.
In this acute dilemma we surprise two intellectual temperaments and attend to their reaction. Lorentz and Einstein, situated before the same experiment, take opposite resolutions. Lorentz, representing on this point the old rationalism, believes it necessary to admit that it is matter that yields and contracts. The famous ‘Lorentz contraction’ is an admirable example of utopism. It is the Tennis Court Oath transplanted into physics. Einstein adopts the contrary solution. Geometry must yield; pure space has to bow before observation, has to curve.
Supposing a perfect congruence of character, Lorentz carried into politics would say: perish the nations and may the principles be saved. Einstein, in contrast, would maintain: it is necessary to seek principles so that the nations may be saved, because that is what principles are for.
It is not easy to exaggerate the importance of this turn that Einstein submits physical science to. Until now, the role of geometry, of pure reason, was to exercise an undisputed dictatorship. In vulgar language there remains the trace of the sublime office that was attributed to reason: the vulgar speak of the ‘dictates of reason’. For Einstein, the role of reason is much more modest: from dictator it passes to being a humble instrument, which has to confirm in each case its efficacy.
La stessa tendenza che nella sua forma positiva conduce al prospettivismo, nella sua forma negativa significa ostilità all’utopismo.
La concezione utopica è quella che si crea da «nessun luogo», e che, tuttavia, pretende di valere per tutti. A una sensibilità come questa che traspare nella teoria della relatività, una siffatta indocilità alla localizzazione deve apparire un’insolenza. Nello spettacolo cosmico non c’è spettatore senza località determinata. Volere vedere qualcosa e non volerla vedere da un preciso luogo è un assurdo. Questa puerile insottomissione alle condizioni che la realtà ci impone; questa incapacità di accettare allegramente il destino; questa pretesa ingenua di credere che sia facile sostituirlo con i nostri sterili desideri, sono tratti di uno spirito che ora finisce, lasciando il suo posto a un altro completamente antagonico.
La propensione utopica ha dominato nella mente europea durante tutta l’epoca moderna: nella scienza, nella morale, nella religione, nell’arte. È stato necessario tutto il contrappeso che l’enorme brama di dominare il reale, specifica dell’europeo, opponeva perché la civiltà occidentale non sia conclusa in un gigantesco fallimento. Perché la cosa più grave dell’utopismo non è che dia soluzioni false ai problemi —scientifici o politici—, ma qualcosa di peggio: è che non accetta il problema —il reale— come si presenta; anzi, subito —a priori— gli impone una capricciosa forma.
Se si confronta la vita dell’Occidente con quella dell’Asia —indù, cinesi—, sorprende al punto l’instabilità spirituale dell’europeo di fronte al profondo equilibrio dell’anima orientale. Questo equilibrio rivela che, almeno nei massimi problemi della vita, l’uomo d’Oriente ha trovato formule di più perfetto adattamento con la realtà. Invece, l’europeo è stato frivolo nell’apprezzamento dei fattori elementari della vita, si è foggiato di essi interpretazioni capricciose che è necessario periodicamente sostituire.
La deviazione utopistica dell’intelligenza umana comincia in Grecia, e si produce dovunque il razionalismo giunga a esacerbazione. La ragione pura costruisce un mondo esemplare —cosmo fisico o cosmo politico—, con la credenza che esso sia la vera realtà, e, quindi, debba sostituire quella effettiva. La divergenza tra le cose e le idee pure è tale che non si può evitare il conflitto. Ma il razionalista non dubita che in esso spetti cedere al reale. Questa convinzione è la caratteristica del temperamento razionalista.
Chiaro è che la realtà possiede durezza più che sufficiente per resistere agli urti delle idee. Allora il razionalismo cerca una via d’uscita: riconosce che, per il momento, l’idea non si può realizzare, ma che lo otterrà in «un processo infinito» (Leibniz, Kant). L’utopismo prende la forma dell’ucronismo. Durante gli ultimi due secoli e mezzo tutto si aggiustava ricorrendo all’infinito, o almeno a periodi di una lunghezza indeterminata. (Nel darwinismo, una specie nasce da un’altra, senza altro che intercalare tra le due alcuni millenni). Come se il tempo, spettrale fluire, semplicemente scorrendo, potesse essere causa di nulla e rendere verosimile ciò che è attualmente inconcepibile.
Non si comprende che la scienza, il cui unico piacere è conseguire un’immagine esatta delle cose, possa alimentarsi di illusioni. Ricordo che sul mio pensiero esercitò somma influenza un dettaglio. Molti anni fa leggevo una conferenza del fisiologo Loeb sui tropismi. È il tropismo un concetto con cui si è tentato di descrivere e chiarire la legge che regge i movimenti elementari degli infusori. Bene o male, con correzioni e aggiunte, questo concetto serve a comprendere alcuni di questi fenomeni. Ma alla fine della sua conferenza, Loeb aggiunge: «Verrà il tempo in cui ciò che oggi chiamiamo atti morali dell’uomo si spiegheranno semplicemente come tropismi». Questa audacia mi inquietò oltremodo, perché mi aprì gli occhi su molti altri giudizi della scienza moderna, che, meno ostentatamente, commettono la stessa mancanza. Dunque —pensavo— un concetto come il tropismo, appena capace di penetrare il segreto di fenomeni tanto semplici come i salti degli infusori, può bastare in un vago futuro a spiegare cosa tanto misteriosa e complessa come gli atti etici dell’uomo! Che senso ha questo? La scienza deve risolvere oggi i suoi problemi, non rimandarci alle calende greche. Se i suoi metodi attuali non bastano a dominare oggi gli enigmi dell’universo, il discreto è sostituirli con altri più efficaci. Ma la scienza usata è piena di problemi che si lasciano intatti perché incompatibili con i metodi. Come se fossero quelli i costretti a sottomettersi a questi, e non al contrario! La scienza è ricolma di ucronismi, di calende greche.
Quando usciamo da questa bigotteria scientifica che rende idolatrico culto ai metodi prestabiliti e ci affacciamo al pensiero di Einstein, esso giunge a noi come un fresco vento di mattina. L’atteggiamento di Einstein è completamente diverso da quello tradizionale. Con gesto di giovane atleta lo vediamo avanzare dritto ai problemi e, usando del mezzo più a portata di mano, prenderli per le corna. Di ciò che sembrava difetto e limitazione nella scienza, egli fa una virtù e una tattica efficace.
Un breve giro ci chiarirà la questione.
Dall’opera di Kant resterà imperituro un grande scoperta: che l’esperienza non è soltanto il mucchio di dati trasmessi dai sensi, ma un prodotto di due fattori. Il dato sensibile deve essere raccolto, registrato, organizzato in un sistema di ordinamento. Questo ordine è apportato dal soggetto, è a priori. Detto in altra forma: l’esperienza fisica è un composto di osservazione e geometria. La geometria è una griglia elaborata dalla ragione pura: l’osservazione è opera dei sensi. Ogni scienza esplicativa dei fenomeni materiali ha contenuto, contiene e conterrà questi due ingredienti.
Questa identità di composizione che lungo la sua storia ha sempre manifestato la fisica moderna non esclude, però, le più profonde variazioni dentro il suo spirito. In effetti: la relazione che i suoi due ingredienti tengono tra loro dà luogo a interpretazioni molto disparate. Dei due, quale deve sottomettersi all’altro? Deve cedere l’osservazione alle esigenze della geometria, o la geometria all’osservazione? Decidersi per l’uno o per l’altro significa appartenere a due tipi antagonistici di tendenza intellettuale. Dentro la stessa e unica fisica trovano posto due caste di uomini contrapposte.
È noto che l’esperimento di Michelson ha il rango di un’esperienza cruciale: in esso si mette tra l’incudine e il martello il pensiero del fisico. La legge geometrica che proclama l’omogeneità inalterabile dello spazio, quali che siano i processi che in esso si producono, entra in conflitto rigoroso con l’osservazione, con il fatto, con la materia. Una di due: o la materia cede alla geometria, o questa a quella.
In questo acuto dilemma sorprendiamo due temperamenti intellettuali e assistiamo alla loro reazione. Lorentz ed Einstein, posti dinanzi allo stesso esperimento, prendono risoluzioni opposte. Lorentz, rappresentando in questo punto il vecchio razionalismo, crede necessario ammettere che è la materia quella che cede e si contrae. La famosa «contrazione di Lorentz» è un esempio ammirevole di utopismo. È il Giuramento della Pallacorda trapiantato nella fisica. Einstein adotta la soluzione contraria. La geometria deve cedere; lo spazio puro deve inchinarsi dinanzi all’osservazione, deve incurvarsi.
Supponendo una perfetta congruenza nel carattere, portato Lorentz alla politica, direbbe: periscano le nazioni e si salvino i principi. Einstein, invece, sosterebbe: è necessario cercare principi perché si salvino le nazioni, perché a questo servono i principi.
Non è facile esagerare l’importanza di questa svolta a cui Einstein sottopone la scienza fisica. Finora, il ruolo della geometria, della pura ragione, era esercitare un’indiscussa dittatura. Nel linguaggio volgare rimane l’impronta del sublime ufficio che alla ragione si attribuiva: il volgo parla dei «dettami della ragione». Per Einstein, il ruolo della ragione è molto più modesto: da dittatrice passa ad essere umile strumento, che deve confermare in ogni caso la sua efficacia.
Galileo y Newton hicieron euclidiano al universo, simplemente porque la razón lo dictaba así. Pero la razón pura no puede hacer otra cosa que inventar sistemas de ordenación. Éstos pueden ser muy numerosos y diferentes. La geometría euclidiana es uno; otro, la de Riemann, la de Lobachevski, etcétera. Más claro está que no son ellos, que no es la razón pura quien resuelve cómo es lo real. Por el contrario, la realidad selecciona entre esos órdenes posibles, entre esos esquemas, el que le es más afín. Esto es lo que significa la teoría de la relatividad. Frente al pasado racionalista de cuatro siglos se opone genialmente Einstein e invierte la relación inveterada que existía entre razón y observación. La razón deja de ser norma imperativa y se convierte en arsenal de instrumentos; la observación prueba éstos y decide sobre cuál es el oportuno. Resulta, pues, la ciencia de una mutua selección entre las ideas puras y los puros hechos.
Éste es uno de los rasgos que más importa subrayar en el pensamiento de Einstein, porque en él se inicia toda una nueva actitud ante la vida. Deja la cultura de ser como hasta aquí una norma imperativa, a que nuestra existencia ha de amoldarse. Ahora entrevemos una relación entre ambas, más delicada y más justa. De entre las cosas de la vida son seleccionadas algunas como posibles formas de cultura; pero de entre estas posibles formas de cultura, selecciona a su vez la vida las únicas que deberán realizarse.
Galileo and Newton made the universe Euclidean, simply because reason dictated it so. But pure reason can do nothing other than invent systems of ordering. These can be very numerous and different. Euclidean geometry is one; another, Riemann’s, Lobachevski’s, etcetera. It is clearer than clear that they do not resolve —that pure reason does not resolve— how the real is. On the contrary, reality selects among those possible orders, among those schemata, the one most akin to it. This is what the theory of relativity means. Against the rationalist past of four centuries Einstein genially opposes himself and inverts the inveterate relation that existed between reason and observation. Reason ceases to be an imperative norm and becomes an arsenal of instruments; observation tests these and decides which is the opportune one. Science thus results from a mutual selection between pure ideas and pure facts.
This is one of the features that most matters to underline in Einstein’s thought, because in it a whole new attitude before life is initiated. Culture ceases to be, as up to now, an imperative norm to which our existence must mold itself. Now we glimpse a relation between the two, more delicate and more just. From among the things of life some are selected as possible forms of culture; but from among these possible forms of culture, life in turn selects the only ones that must be realized.
Galileo e Newton fecero euclideo l’universo, semplicemente perché la ragione lo dettava così. Ma la ragione pura non può fare altro che inventare sistemi di ordinamento. Questi possono essere molto numerosi e differenti. La geometria euclidea è uno; un altro, quella di Riemann, quella di Lobachevski, eccetera. Chiaro è che non sono essi, che non è la ragione pura quella che risolve come sia il reale. Al contrario, la realtà seleziona tra quegli ordini possibili, tra quegli schemi, quello che le è più affine. Questo è ciò che significa la teoria della relatività. Di fronte al passato razionalista di quattro secoli si oppone genialmente Einstein e inverte la relazione inveterata che esisteva tra ragione e osservazione. La ragione cessa di essere norma imperativa e si converte in arsenale di strumenti; l’osservazione prova questi e decide su quale sia l’opportuno. Risulta, dunque, la scienza da una mutua selezione tra le idee pure e i puri fatti.
Questo è uno dei tratti che più importa sottolineare nel pensiero di Einstein, perché in esso si inizia tutta una nuova atteggiamento dinanzi alla vita. La cultura cessa di essere come finora una norma imperativa, a cui la nostra esistenza deve ammodellarsi. Ora intravediamo una relazione tra le due, più delicata e più giusta. Tra le cose della vita sono selezionate alcune come possibili forme di cultura; ma tra queste possibili forme di cultura, seleziona a sua volta la vita le uniche che dovranno realizzarsi.