Ortega y Gasset

Abstract

A polemical review of Aulard’s book against Taine: Ortega uses the occasion to denounce Taine’s “scientific bad faith” — he supposedly read a tiny fraction of the documents behind the Origines — and to urge the Spanish generation schooled by him to revise its assumptions. A piece of historiographical and literary criticism, not philosophy.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Hace pocos días un amigo mío, catalán y aun catalanista, me escribía estas palabras: «Ya sabe usted cómo fue educada la generación de la cual salieron los que hoy gobiernan en este caos desdichado que se llama política catalana: se les ha enseñado el prólogo de la obra de Taine y… nada más».

Pero no ha ocurrido esto en Cataluña únicamente. Toda la generación española que ahora llega a las preocupaciones intelectuales ha sido educada, mal educada, por Hipólito Taine. Los espíritus groseros que no admiten otras influencias en la marcha inquieta de las naciones que las oriundas del Deus ex machina económico, serán los únicos en no lamentar esa labor pedagógica, ejercida tan exclusivamente por aquel sonoro espíritu. Yo la deploro sobremanera, y no quiero que pase la ocasión presente sin incitar a mis amigos a una revisión de sus más hondos estratos anímicos.

Ofrece la ocasión el nuevo libro de Aulard, profesor de la Universidad de París. Es éste un libro del que basta leer cincuenta páginas; casi estoy por decir que es un libro que no hay para qué leer, aunque es necesario que esté impreso. Aulard ha ido destilando página a página los tomos de los Orígenes de la Francia contemporánea, y ha ido demostrando no sólo la innumerabilidad de sus errores —toda obra histórica de parecida amplitud ha de tenerlos—, sino la imposibilidad del acierto. Quisiera hablar más claro: Aulard demuestra la mala fe científica de Taine. Nadie crea que me voy a meter en la morada interior de tan recia figura literaria; el vaivén íntimo de los espíritus es imposible de determinar; la intención del individuo al realizar un acto es inasible. Desde la perspectiva interna de un alma, el acto bueno y el acto malo tienen confines tan cambiantes y relativos como el calor y el frío que cada hombre siente. Si queremos referirnos a algo preciso, concreto, capaz de ser fijado, tenemos en negocios de calor y frío que buscar una figura objetiva en que la infinita complejidad de las sensaciones calóricas individuales se solidifique como un mar helado y se torne susceptible de mensura. Esto venimos a hacer con el termómetro, y él ha de decirnos si hace calor o frío, «digan lo que quieran los individuos».

De Taine se han compuesto mil leyendas hagiográficas: cada uno de sus discípulos nos ha contado lo que siente su alma al contacto del gran viento oratorio del maestro. Y casi todos han sentido calor. Se nos ha hablado repetidamente de la austeridad de pensamiento en que este hombre ha vivido; de su laboriosidad ejemplar, de su amor lírico a la verdad.

Todo esto está muy bien y es apto para que nos lo expresen en formas bellamente literarias. Pero debe interesarnos más el termómetro que las personas. Un buen régimen higiénico para los españoles fuera moverlos a preocuparse y divertirse más con las cosas que con los hombres. Es preciso que volvamos a preferir una integral o un silogismo a un héroe.

Y acontece que la morada interior de Taine pudo ser todo lo limpia y eucarística que plazca imaginar, pero del libro de Aulard resulta que si se simboliza en mil el número de documentos sobre las épocas que estudia ofrecidos a su buena fe, Taine no ha leído más que uno, y ése, rara vez hasta el fin. Éste es el termómetro que mide la moralidad científica. La simple acción cumplida por Aulard de mirar la columna de ese termómetro, borra el libro de Taine de la lista en que están inscritos los libros discretos y honrados.

Varias veces, leyendo otras obras de este mismo autor, más próximas a la filosofía, había entrevisto con respetuoso horror análoga falta de precisión. Léase si no el capítulo «De la inteligencia», donde expone las teorías de Kant sobre espacio y tiempo. La incomprensión es tal, que rebasa el concepto de incomprensión. Lo propio le ocurre con Platón y con Descartes.

Aulard, que ha verificado y rectificado línea a línea la documentación de los Orígenes, y en su libro comunica un extracto de tan penosa y necesaria solicitud, resume su juicio de este modo: «Con los errores que provienen de la negligencia, de la desatención, es preciso ser indulgente, pues quien los corrija los ha cometido asimismo y los cometerá. Pero si los errores provienen de un mal método, si provienen de previa decisión, si provienen de pasiones políticas o filosóficas, si son en su mayoría tendenciosos, si los hay en cada página, casi en cada línea, ¿no arrebatan toda autoridad a un libro de historia? Pues éste es el caso del libro de los Orígenes de la Francia contemporánea. Puede decirse, después de una verificación continuada, que en este libro una referencia exacta, una transcripción del texto exacta, una aserción exacta, son excepción». Y luego añade: «Amaba la gloria literaria, parece que la amaba por encima de todo. Su fin principal, tal vez sin darse de ello cuenta, era maravillar al lector, hacerse admirar del lector. Aun cuando anuncie una suerte de concepción científica de la historia, se trata en realidad de una concepción literaria que aplica con materiales cualesquiera. Su vena ingeniosa y siempre ardiente le inspira trozos brillantes, admirables, que no son sino antítesis, sorpresas, colores, en suma, pirotecnia literaria. La verdad histórica se ve sacrificada en cada instante a las necesidades del arte».

«Es también un hecho que a Taine le falta paciencia, no le es posible leer un documento hasta el final con tranquilidad, pasivamente. En tanto lee, reacciona contra su lectura, luego deja de leer y se figura lo demás con un apresuramiento febril por escribir, por crear».


Aulard ha restringido su afán a comprobar la inconsistencia de la erudición histórica en Taine: el libro necesita una labor paralela en que se muestre la inconsistencia de su educación filosófica. Cuando esto se haya cumplido, quedará una imagen justa de lo que en verdad fue Taine: un gran ingenio y un fuerte temperamento retórico. Entonces se le podrá admirar, sin que la admiración sea perniciosa.

Nada más melancólico, que oír a toda hora unidos estos dos nombres: Taine y Renan. Para colmo de melancolía no sé qué eufónica predilección ha puesto tal orden en esa pareja tan dispareja. Nietzsche solía salir de quicio cuando escuchaba a los ingenuos alemanes hablar de Goethe y Schiller. Como en este caso conviene corregir la costumbre y mejorar el juicio vulgar.

En el cauce del siglo XX va hinchiéndose más y más el claro nombre de Renan. Su obra ha resistido todas las censuras, siendo así que trata de problemas a que ha dedicado la última época un colmo de atención y de trabajo. ¿Es esto decir que no haya que rectificar en la Historia del pueblo de Israel y en la de los Orígenes del cristianismo? Ni mucho menos; anchos miembros de ambos edificios se han venido abajo: nuevas investigaciones han hecho pasar la aguda reja del arado crítico sobre los escombros. Ambas obras históricas de Renan son dos ruinas. Pero han caído noblemente, como caen los edificios clásicos a pesar de serlo y hoy son ruinas animadas, donde podemos ir y vamos en peregrinación espiritual, seguros de traer al retorno algunos efluvios fecundos de perenne sabiduría.

Taine es hoy el último baluarte teórico de los conservadores porque fue enemigo de la «Razón» y habló de no sé qué realidad distinta de la racional, a cuyo amparo pueden llevar al cabo sus manejos los instintos reaccionarios. Renan, en cambio, sigue siendo contraseña revolucionaria y progresiva. Sus opiniones acerca del 89 pudieron vacilar y moverse ondulando a lo largo de su vida, vida movible y sugestiva de felino intelectual; pero, a la postre, venció la rectitud de su cerebro sobre los ascos de su corazón, que se había inquietado un poco en medio de la gresca de la Comuna. Mas no contento con esto ha sabido infiltrarse, como un humor secular y prudente de so la tierra, en las almas de los clérigos franceses. Hace poco tiempo, leyendo el libro de Dom Leclercq sobre la España cristiana, me tomó una gran risa al sorprender un párrafo de Renan intercalado, sin advertencia, entre los otros mansos del buen fraile.

También fue Renan literato y acaso dañó un poco la literatura a la integridad de su conciencia científica. ¡Pero tan poco! Con todo y con ello, Renan —aunque figura de segundo orden en la gran perspectiva de la historia de la cultura— supo injertar su ingenio en los profundos bosques sagrados, vírgenes, hoscos, difíciles, que son vivero de humanidad. Renan, si no llegó jamás a inventar una idea —no es la invención su característica—, llegó hasta el fondo del aprendizaje en el estudio de los grandes productores. No fue un filósofo original, pero se abrevó severamente en los problemas disciplinarios de la sabiduría como esos fervientes budistas que llegan hasta el río sagrado y viven algún tiempo en sus aguas dejando que la divinidad líquida macere y sature sus carnes.

A few days ago a friend of mine, a Catalan and even a Catalonian nationalist, wrote me these words: “You know well how the generation was educated from which came those who today govern in this unhappy chaos that is called Catalan politics: they were taught the prologue of Taine’s work and… nothing more.”

But this has not happened only in Catalonia. The whole Spanish generation that now arrives at intellectual concerns has been educated, badly educated, by Hippolyte Taine. The coarse spirits who admit no other influences in the restless march of nations than those born of the economic deus ex machina will be the only ones not to lament that pedagogical labor, exercised so exclusively by that resonant spirit. I deplore it greatly, and I do not want the present occasion to pass without urging my friends to a revision of their deepest strata of soul.

The occasion is offered by Aulard’s new book, professor at the University of Paris. It is a book of which it suffices to read fifty pages; I almost venture to say it is a book one need not read, although it is necessary that it be printed. Aulard has gone distilling page by page the volumes of the Origins of Contemporary France, and has gone on demonstrating not only the innumerability of its errors —every historical work of similar breadth must have them—, but the impossibility of correctness. I should like to speak more plainly: Aulard demonstrates Taine’s scientific bad faith. Let no one believe that I am going to enter into the interior abode of so robust a literary figure; the intimate ebb and flow of spirits is impossible to determine; the intention of the individual in performing an act is ungraspable. From the internal perspective of a soul, the good act and the bad act have boundaries as shifting and relative as the heat and cold that each man feels. If we wish to refer to something precise, concrete, capable of being fixed, in the business of heat and cold we must seek an objective figure in which the infinite complexity of individual thermal sensations solidifies like a frozen sea and becomes susceptible of measurement. This is what we do with the thermometer, and it must tell us whether it is hot or cold, “whatever individuals may say.”

A thousand hagiographic legends have been composed about Taine: each of his disciples has told us what his soul feels upon contact with the master’s great oratorical wind. And nearly all have felt heat. We have been told repeatedly of the austerity of thought in which this man lived; of his exemplary industriousness, of his lyrical love of truth.

All this is very well and is fit to be expressed to us in beautifully literary forms. But the thermometer should interest us more than persons. A good hygienic regimen for the Spaniards would be to move them to concern themselves and amuse themselves more with things than with men. We must return to preferring an integral or a syllogism over a hero.

And it happens that Taine’s interior abode may have been as clean and eucharistic as one pleases to imagine, but from Aulard’s book it results that if one symbolizes by a thousand the number of documents concerning the eras he studies offered to his good faith, Taine has read no more than one, and that one rarely to the end. This is the thermometer that measures scientific morality. The simple action performed by Aulard of looking at the column of that thermometer erases Taine’s book from the list in which discreet and honest books are inscribed.

Several times, reading other works of this same author, closer to philosophy, I had glimpsed with respectful horror a similar lack of precision. Let one read, if nothing else, the chapter “On Intelligence,” where he expounds Kant’s theories of space and time. The incomprehension is such that it overflows the very concept of incomprehension. The same happens to him with Plato and with Descartes.

Aulard, who has verified and rectified line by line the documentation of the Origins, and in his book communicates an extract of so painful and necessary an application, sums up his judgment in this manner: “With errors that proceed from negligence, from inattention, one must be indulgent, for whoever corrects them has committed them likewise and will commit them. But if the errors proceed from a bad method, if they proceed from prior decision, if they proceed from political or philosophical passions, if they are in their majority tendentious, if they appear on every page, almost on every line, do they not strip all authority from a book of history? For such is the case of the book of the Origins of Contemporary France. It may be said, after a sustained verification, that in this book an exact reference, an exact transcription of the text, an exact assertion, are the exception.” And then he adds: “He loved literary glory, it seems he loved it above all. His principal end, perhaps without realizing it, was to astonish the reader, to make himself admired by the reader. Even when he announces a sort of scientific conception of history, it is in reality a literary conception which he applies with whatever materials. His ingenious and ever-ardent vein inspires brilliant, admirable passages, which are nothing but antitheses, surprises, colors, in short, literary fireworks. Historical truth is seen sacrificed at every instant to the necessities of art.”

“It is also a fact that Taine lacks patience; it is not possible for him to read a document to the end tranquilly, passively. While he reads, he reacts against his reading, then he stops reading and pictures the rest with a feverish haste to write, to create.”


Aulard has restricted his zeal to proving the inconsistency of historical erudition in Taine: the book needs a parallel labor in which the inconsistency of his philosophical education is shown. When this has been accomplished, there will remain a just image of what Taine truly was: a great wit and a strong rhetorical temperament. Then one may admire him, without the admiration being pernicious.

Nothing is more melancholy than to hear at all hours these two names joined: Taine and Renan. To crown the melancholy, I know not what euphonic predilection has placed such an order in that so ill-matched pair. Nietzsche used to fly off the handle when he heard the naive Germans speak of Goethe and Schiller. As in this case, it is fitting to correct the custom and improve the vulgar judgment.

In the channel of the twentieth century the bright name of Renan swells more and more. His work has resisted all censures, even as it treats of problems to which the last age has devoted a surfeit of attention and labor. Is this to say that nothing need be rectified in the History of the People of Israel and in that of the Origins of Christianity? Far from it; broad members of both edifices have come down: new investigations have passed the sharp blade of the critical plow over the rubble. Both of Renan’s historical works are two ruins. But they have fallen nobly, as classical buildings fall despite being classical, and today they are animate ruins, where we may go and do go in spiritual pilgrimage, sure of bringing back on our return some fecund effluvia of perennial wisdom.

Taine is today the last theoretical bulwark of the conservatives because he was an enemy of “Reason” and spoke of I know not what reality distinct from the rational, under whose protection the reactionary instincts can carry out their machinations. Renan, in contrast, remains a revolutionary and progressive password. His opinions concerning ‘89 may have wavered and moved undulating throughout his life, a movable life suggestive of an intellectual feline; but, in the end, the rectitude of his brain prevailed over the qualms of his heart, which had grown somewhat uneasy in the midst of the brawl of the Commune. But not content with this, he has known how to infiltrate himself, like a secular and prudent humor from beneath the earth, into the souls of the French clergy. A short time ago, reading Dom Leclercq’s book on Christian Spain, I was seized with great laughter upon catching a paragraph of Renan inserted, without warning, among the other meek ones of the good friar.

Renan, too, was a man of letters and perhaps literature did a little damage to the integrity of his scientific conscience. But so little! With all this and everything, Renan —although a figure of the second order in the great perspective of the history of culture— knew how to graft his wit into the deep sacred forests, virgin, somber, difficult, which are a nursery of humanity. Renan, if he never managed to invent an idea —invention is not his characteristic—, reached the very depth of apprenticeship in the study of the great producers. He was not an original philosopher, but he drank severely at the disciplinary problems of wisdom like those fervent Buddhists who reach the sacred river and live some time in its waters, letting the liquid divinity macerate and saturate their flesh.

Pochi giorni fa un mio amico, catalano e persino catalanista, mi scriveva queste parole: «Lei sa già come fu educata la generazione dalla quale sono usciti coloro che oggi governano in questo caos sventurato che si chiama politica catalana: si è insegnato loro il prologo dell’opera di Taine e… niente più».

Ma ciò non è accaduto soltanto in Catalogna. Tutta la generazione spagnola che ora giunge alle preoccupazioni intellettuali è stata educata, male educata, da Ippolito Taine. Gli spiriti grossolani che non ammettono nella marcia inquieta delle nazioni altre influenze che quelle oriunde del Deus ex machina economico, saranno i soli a non dolersi di quella labor pedagogica, esercitata così esclusivamente da quel sonoro spirito. Io la deploro oltremodo, e non voglio che l’occasione presente passi senza incitare i miei amici a una revisione dei loro più profondi strati dell’animo.

L’occasione è offerta dal nuovo libro di Aulard, professore dell’Università di Parigi. È un libro del quale basta leggere cinquanta pagine; quasi sto per dire che è un libro che non c’è bisogno di leggere, benché sia necessario che sia stampato. Aulard è andato distillando pagina per pagina i volumi delle Origini della Francia contemporanea, ed è andato dimostrando non solo l’innumerabilità dei suoi errori —ogni opera storica di simile ampiezza deve averne—, ma l’impossibilità dell’esattezza. Vorrei parlare più chiaro: Aulard dimostra la mala fede scientifica di Taine. Nessuno creda che io voglia introdurmi nella dimora interiore di così austera figura letteraria; il vaivén intimo degli spiriti è impossibile a determinarsi; l’intenzione dell’individuo nel compiere un atto è inafferrabile. Dalla prospettiva interna di un’anima, l’atto buono e l’atto cattivo hanno confini così mutevoli e relativi come il caldo e il freddo che ogni uomo sente. Se vogliamo riferirci a qualcosa di preciso, concreto, capace di essere fissato, nei negozi del caldo e del freddo dobbiamo cercare una figura oggettiva in cui l’infinita complessità delle sensazioni caloriche individuali si solidifichi come un mare ghiacciato e diventi suscettibile di misura. Questo veniamo a fare col termometro, ed esso deve dirci se fa caldo o freddo, «dicano quel che vogliano gli individui».

Di Taine si sono composte mille leggende agiografiche: ciascuno dei suoi discepoli ci ha raccontato ciò che sente la sua anima al contatto del gran vento oratorio del maestro. E quasi tutti hanno sentito caldo. Si è parlato ripetutamente dell’austerità di pensiero in cui quest’uomo ha vissuto; della sua laboriosità esemplare, del suo amore lirico per la verità.

Tutto ciò è molto bello ed è atto a esserci espresso in forme bellamente letterarie. Ma deve interessarci più il termometro che le persone. Un buon regime igienico per gli spagnoli sarebbe muoverli a preoccuparsi e a divertirsi più con le cose che con gli uomini. È necessario che torniamo a preferire un integrale o un sillogismo a un eroe.

E accade che la dimora interiore di Taine poté essere tutto ciò che si voglia immaginare di pulita ed eucaristica, ma dal libro di Aulard risulta che se si simbolizza in mille il numero dei documenti sulle epoche che studia offerti alla sua buona fede, Taine non ne ha letto più di uno, e quello, di rado fino in fondo. Questo è il termometro che misura la moralità scientifica. La semplice azione compiuta da Aulard di guardare la colonna di quel termometro cancella il libro di Taine dalla lista in cui sono iscritti i libri discreti e onesti.

Più volte, leggendo altre opere di questo stesso autore, più vicine alla filosofia, avevo intraveduto con rispettoso orrore un’analoga mancanza di precisione. Si legga, se non altro, il capitolo «Dell’intelligenza», dove espone le teorie di Kant sullo spazio e sul tempo. L’incomprensione è tale, che oltrepassa il concetto di incomprensione. Lo stesso gli accade con Platone e con Cartesio.

Aulard, che ha verificato e rettificato riga per riga la documentazione delle Origini, e nel suo libro comunica un estratto di così penosa e necessaria sollecitudine, riassume il suo giudizio in questo modo: «Con gli errori che provengono dalla negligenza, dalla disattenzione, bisogna essere indulgenti, poiché chi li corregge li ha commessi anch’egli e li commetterà. Ma se gli errori provengono da un cattivo metodo, se provengono da decisione previa, se provengono da passioni politiche o filosofiche, se sono in maggioranza tendenziosi, se ve ne sono in ogni pagina, quasi in ogni riga, non tolgono forse ogni autorità a un libro di storia? Poiché questo è il caso del libro delle Origini della Francia contemporanea. Può dirsi, dopo una verifica continuata, che in questo libro una referenza esatta, una trascrizione del testo esatta, un’asserzione esatta, sono eccezione». E poi aggiunge: «Amava la gloria letteraria, sembra che la amasse sopra ogni cosa. Il suo fine principale, forse senza rendersene conto, era meravigliare il lettore, farsi ammirare dal lettore. Anche quando annuncia una sorta di concezione scientifica della storia, si tratta in realtà di una concezione letteraria che applica con materiali qualunque. La sua vena ingegnosa e sempre ardente gli ispira brani brillanti, ammirevoli, che non sono che antitesi, sorprese, colori, in somma, pirotecnia letteraria. La verità storica si vede sacrificata a ogni istante alle necessità dell’arte».

«È anche un fatto che a Taine manca la pazienza, non gli è possibile leggere un documento fino in fondo con tranquillità, passivamente. Mentre legge, reagisce contro la sua lettura, poi smette di leggere e si figura il resto con un’impazienza febbrile di scrivere, di creare».


Aulard ha ristretto il suo zelo a comprovare l’inconsistenza dell’erudizione storica in Taine: il libro richiede un lavoro parallelo in cui si mostri l’inconsistenza della sua educazione filosofica. Quando ciò si sia compiuto, resterà un’immagine giusta di ciò che in verità fu Taine: un grande ingegno e un forte temperamento retorico. Allora lo si potrà ammirare, senza che l’ammirazione sia perniciosa.

Nulla è più malinconico che udire a ogni ora uniti questi due nomi: Taine e Renan. Per colmo di malinconia, non so quale eufonica predilezione ha posto tale ordine in quella coppia tanto disuguale. Nietzsche soleva uscire dai gangheri quando ascoltava gli ingenui tedeschi parlare di Goethe e Schiller. Come in questo caso conviene correggere la consuetudine e migliorare il giudizio volgare.

Nel letto del secolo XX va gonfiandosi sempre più il chiaro nome di Renan. La sua opera ha resistito a tutte le censure, pur trattando di problemi a cui l’ultima epoca ha dedicato un colmo di attenzione e di lavoro. È forse dire che non vi sia nulla da rettificare nella Storia del popolo d’Israele e in quella delle Origini del cristianesimo? Nient’affatto; ampie membra di entrambi gli edifici sono crollate: nuove ricerche hanno fatto passare l’aguzza vanga dell’aratro critico sulle macerie. Entrambe le opere storiche di Renan sono due rovine. Ma sono cadute nobilmente, come cadono gli edifici classici proprio perché classici, e oggi sono rovine animate, dove possiamo andare e andiamo in pellegrinaggio spirituale, sicuri di riportare al ritorno alcuni effluvi fecondi di perenne saggezza.

Taine è oggi l’ultimo baluardo teorico dei conservatori perché fu nemico della «Ragione» e parlò di non so quale realtà distinta dalla razionale, alla cui tutela gli istinti reazionari possono condurre a termine le loro manovre. Renan, invece, continua a essere parola d’ordine rivoluzionaria e progressiva. Le sue opinioni sull’89 poterono vacillare e muoversi ondeggiando lungo tutta la sua vita, vita mobile e suggestiva di felino intellettuale; ma, alla fine, vinse la rettitudine del suo cervello sui disgusti del suo cuore, che si era un po’ inquietato in mezzo alla rissa della Comune. Ma non contento di ciò, ha saputo infiltrarsi, come un umore secolare e prudente sotto la terra, nelle anime dei chierici francesi. Poco tempo fa, leggendo il libro di Dom Leclercq sulla Spagna cristiana, mi prese una gran risata nello scoprire un paragrafo di Renan intercalato, senza avvertenza, tra gli altri mansueti del buon frate.

Anche Renan fu letterato e forse la letteratura danneggiò un poco l’integrità della sua coscienza scientifica. Ma così poco! Con tutto ciò, Renan —benché figura di secondo ordine nella grande prospettiva della storia della cultura— seppe innestare il suo ingegno nei profondi boschi sacri, vergini, aspri, difficili, che sono vivaio di umanità. Renan, se non giunse mai a inventare un’idea —l’invenzione non è la sua caratteristica—, giunse fino in fondo all’apprendistato nello studio dei grandi produttori. Non fu un filosofo originale, ma si abbeverò severamente nei problemi disciplinari della saggezza come quei ferventi buddisti che giungono fino al fiume sacro e vivono qualche tempo nelle sue acque lasciando che la divinità liquida maceri e saturi le loro carni.

No pretendo en dos párrafos cerrar con el nombre de Taine: sería necio, sería poco piadoso y, sobre todo, sería injusto. Todos debemos a las paradojas de Taine un primer impulso al juego intelectual cuando en torno a los veinte años, cansado de jugar nuestro cuerpo, despertó al ejercicio nuestro espíritu. Además, Taine puede operar un influjo fecundo en los estudios artísticos: su idea de la historia del arte, su noción de lo bello, aun pareciéndome terriblemente falsas, llevan en aluvión un interés serio y objetivo. La crítica artística, como interpretación histórica de las obras bellas, obliga al estudio y a la síntesis de épocas pasadas del hombre, ensancha el criterio y el gusto, enriquece el horizonte del juicio y, por encima de todo, lleva a considerar la obra de arte como una realidad hondamente humana ante la cual aparecen ridículos los párrafos de una crítica subjetiva.

¡Bien podía haber influido más en nosotros el Taine de la Estética y menos el Taine de la Política! Pero ha ocurrido todo lo contrario y los conservadores abusarán largo tiempo aún de tal autoridad para echarnos en cara nuestro racionalismo —¡como si fuera una peste!— a los que no estamos conformes con la realidad actual y evocamos otra más discreta y más justa.

El Imparcial, 11 de mayo de 1908

I do not pretend in two paragraphs to close the account with Taine’s name: it would be foolish, it would be uncharitable and, above all, it would be unjust. We all owe to Taine’s paradoxes a first impulse toward intellectual play when, around twenty years of age, tired of playing with our body, our spirit awakened to exercise. Moreover, Taine can exert a fecund influence on artistic studies: his idea of the history of art, his notion of the beautiful, even though they seem to me terribly false, carry in flood a serious and objective interest. Artistic criticism, as historical interpretation of beautiful works, obliges one to study and synthesize the past epochs of man, broadens the criterion and the taste, enriches the horizon of judgment and, above all, leads one to consider the work of art as a deeply human reality before which the paragraphs of a subjective criticism appear ridiculous.

The Taine of the Aesthetics could well have influenced us more, and the Taine of Politics less! But the exact opposite has happened, and the conservatives will long continue to abuse such an authority to cast our rationalism in our teeth —as if it were a plague!— we who do not conform to present reality and evoke another, more discreet and more just one.

El Imparcial, 11 May 1908

Non pretendo in due paragrafi chiudere i conti col nome di Taine: sarebbe sciocco, sarebbe poco pio e, soprattutto, sarebbe ingiusto. Tutti dobbiamo ai paradossi di Taine un primo impulso al gioco intellettuale quando, intorno ai vent’anni, stanco di giocare col nostro corpo, si destò all’esercizio il nostro spirito. Inoltre, Taine può esercitare un influsso fecondo negli studi artistici: la sua idea della storia dell’arte, la sua nozione del bello, per quanto mi sembrino terribilmente false, portano in alluvione un interesse serio e oggettivo. La critica artistica, come interpretazione storica delle opere belle, obbliga allo studio e alla sintesi delle epoche passate dell’uomo, allarga il criterio e il gusto, arricchisce l’orizzonte del giudizio e, sopra ogni cosa, porta a considerare l’opera d’arte come una realtà profondamente umana dinanzi alla quale appaiono ridicoli i paragrafi di una critica soggettiva.

Ben avrebbe potuto influire su di noi più il Taine dell’Estetica e meno il Taine della Politica! Ma è accaduto tutto il contrario, e i conservatori abuseranno ancora a lungo di tale autorità per rinfacciarci il nostro razionalismo —come se fosse una peste!— a noi che non siamo conformi con la realtà attuale ed evochiamo un’altra più discreta e più giusta.

El Imparcial, 11 maggio 1908