Abstract

A homecoming note after a month and a half spent in Asturias: Ortega contrasts the dry air of the Castilian plateau, which strings the nerves until the Castilian becomes “a dangerous apparatus”, with the moist, mild coastal air that heals them. A travel-and-climate sketch with no philosophical content.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Durante este verano he vivido mes y medio en Asturias. Ese tiempo y otro tanto más son insuficientes para conocer el cuerpo y el alma de una comarca, aun dedicándolos por entero a su estudio. Si se trata de Asturias, donde los paisajes y los corazones están tejidos con raros matices y transiciones, la insuficiencia resulta mucho mayor. Ahora bien; yo no he dedicado ese mes y medio a estudiar la vida asturiana, sino más bien a lo contrario, a descansar de mi vida castellana.

El aire de la meseta, seco y esencial, toca una vez y otra con sus dedos sutiles de hipnotizador las pobres fibras de nuestros nervios y las va poniendo tersas, tirantes, vibrantes como cuerdas de arpa, como trenzas de ballesta, como jarcias de nave atormentada. Cualquiera cosa, la más leve, nos hace retemblar de los pies a la cabeza. El castellano queda de esta suerte convertido en un aparato peligroso: para él, vivir es dispararse. Acaso sea injusto pedirnos otra cosa que obras excesivas y actos de exaltación para la mayor gloria de Dios, el dios terrible de Castilla, se entiende, que pasa en agosto a horcajadas sobre el sol, recorriendo sus dominios. Bajo sus atroces miradas de déspota los caminos se pulverizan, las hojas en el soto se abarquillan y ahogan, las riberas se evaporan y las almas se consumen en unos furiosos ardores. Dicen algunos que merced a eso tenemos los castellanos cierta gloriosa propensión al heroísmo. No falta, por otra parte, quien atribuya a la atmósfera de altiplanicie nuestro coeficiente de crímenes apasionados. Sea de ello lo que fuera, nadie pondrá en duda que heroísmo y criminosidad, tan diferentes en todo lo demás, coinciden en ser dos propensiones igualmente antihigiénicas.

Por eso, la meseta, tirante bajo el empíreo como la piel de un tambor, nos despide periódicamente cada dos o tres años hacia las costas. Allá abajo el mar humedece el aire y lo vuelve blando, suave y piadoso. Tornamos con los nervios sanos. Tal vez no sólo los nervios nos hemos curado. Tal vez vuelven curadas nuestras esperanzas, que iban con siete llagas cada una y angustiadas como nazarenos.

Henos de nuevo en la meseta; las primeras ráfagas del fino viento altanero arrancan a nuestro sistema nervioso un arpegio de gratitud.

Algo de este linaje quisiera ser lo que sigue.