Ortega y Gasset

Abstract

Starting from a rock painting at Altamira showing a man robbing a beehive, Ortega notes that the identical scene still occurs among the Veddas of Ceylon, and takes it as an exemplary case of the reciprocity between prehistory and ethnology. He then describes Vedda life — hordes of eight or ten, no state or authority, seasonal migration to caves. An anthropological essay, not a philosophical one.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

En la Exposición de Pinturas Rupestres que hace un par de años organizó la Sociedad de Amigos del Arte, nada sorprendió tanto, junto a los grandes frescos de Altamira, como la escena que representa a un hombre colgado en una escala trenzada con materias vegetales y que castra una colmena alojada en un agujero de la roca. Asustadas por la intrusión, vuelan las abejas en torno al cazador. El dibujante primitivo ha sabido interpretar este vuelo con tal gracia impresionista, que, al cabo de milenios, conserva todo el estremecimiento y la dispersión azorada del original. Esta perduración de un encanto estético subyuga con vago pavor místico. La persistencia al través de los cambios, el poder extraño de flotar sobre las tormentas de los siglos, provoca en el espíritu una reacción de estupor favorable a las emociones mágicas.

Pero aún es más conmovedora esta misteriosa perduración cuando lo que pervive no es sólo el encanto artístico de una imagen, sino que, como en el caso presente, subsiste la realidad misma que la pintura primitiva refiere.

Poco tiempo después de visitar aquella Exposición tropecé en una de mis lecturas etnográficas con la descripción de una escena idéntica que todavía acontece[31]. Fijar la atención sobre ello puede ser de alguna utilidad para los prehistoriadores. Se trata, en efecto, de un caso ejemplar que manifiesta la fértil reciprocidad existente entre la prehistoria y la etnología, ciencias ambas tan características de nuestro tiempo.

La relación en que se hallen las maneras primigenias de humanidad, perescrutadas por la prehistoria, y las de los pueblos «salvajes» del presente será siempre problemática. No falta quien con graves razones considera las razas primitivas actuales como casos de degeneración, en tanto que el prehistoriador suele encontrarse con restos maravillosos que arguyen una genialidad matinal de la especie humana. Esto invita a mantener diferenciadas la prehistoria y la etnología, a modo de dos idiomas distintos, pero dispuestos en todo instante a traducirse mutuamente. En el caso de ahora, la coincidencia de ambos lenguajes es perfecta, y la pintura vetustísima queda explicada sin resto y sin sutilezas por el hecho actual.

Ello acaece entre los Veddas de Ceilán, que son una de las razas de vida más elemental entre las conocidas. Viven en pequeñas hordas de ocho o diez individuos, cada una adscrita a un distrito de caza, que es respetado por las demás. No existe entre ellos estructura alguna de Estado, y la familia misma carece de regulación. El hombre suele casarse con su hermana menor, y sólo, según parece, le está prohibido el enlace con la mayor o con las hermanas de su madre. No conocen la guerra y carecen del síntoma bélico por excelencia, que es el arma defensiva —el escudo. No se reúnen en fiestas colectivas, y cuando alguno muere no se le entierra, sino que queda abandonado el cadáver y la horda huye. Ignoran toda autoridad. Existe sólo el predominio efectivo de la personalidad más vigorosa, física o moralmente. Pero esta superioridad real de un individuo no se ha solidificado en el oficio genérico y perdurable de una magistratura. A veces, la persona más influyente, por ser la más vivaz, es una mujer.

La configuración del territorio es una serie de valles silvanos que irradian de una sierra, coronada de rocas, donde abundan las cuevas. La vida de estos hombres está regida en su ciclo anual por los animales de que se alimentan, ciervos principalmente. En el período de las lluvias —octubre, noviembre y diciembre—, la caza abandona el valle y sube a la sierra. Los Veddas siguen dócilmente la emigración de las bestias y ascienden a la región rocosa, donde hallan cavernas naturales. Como el número de éstas es inferior al de las hordas, acaece que se alojan en una varias de éstas. Pero es un fenómeno de alta significación para entender la psicología del hombre primitivo que, a pesar de vivir en la misma concavidad durante tres meses del año, no se traba entre las hordas nexo alguno perdurable que inicie una forma superior de organización. Cuando el invierno pasa, las hordas descienden a sus parques de caza y no vuelven a verse ni casi a saber las unas de las otras. El comercio entre ellas es nulo, y el que ejecutan con las tribus singalesas próximas es del tipo que se ha llamado silencioso. El Vedda que necesita algún producto singalés deposita en la linde del territorio una porción de carne. A los dos o tres días encuentra en su lugar el producto apetecido.

Sólo hay un momento durante todo el año en que el atomismo de las hordas vive una hora de organización casi estataria. En ese momento surge una autoridad, una magistratura que inmediatamente vuelve a volatilizarse. Es la ocasión que la pintura rupestre a que se refieren estas notas declara con sus formas mudas.

La abeja índica labra sus colmenas en la roca, y preferentemente, en las oquedades y entrantes de ella guarecidos de la lluvia. Por un agudo instinto terapéutico, estos salvajes comedores de carnes fuertes sienten un gran apetito del alimento complementario, la miel, rica en hidratos carbónicos. Pero la obtención del delicioso manjar es sobremanera peligrosa y exige cooperación. Los panales se hallan en las paredes de las rocas cortadas a pico. Es preciso descolgarse sobre el vacío para extraerlos y exponerse a la picadura innumerable de estos ápidos, que es sumamente dolorosa. Hace falta un hombre muy resuelto, un héroe, que se desliza por una escala vegetal mientras otros sostienen ésta desde la altura. Si titubean y abandonan el peso, están obligados a recoger la familia del periclitado —única ley sobrefamiliar existente en esta civilización protoplasmática.

La escena, según es descrita por los viajeros, tiene un carácter patético no exento de gestos wagnerianos. Acontece en las noches borrascosas de la estación. En la frente de las rocas florecen incendios rituales para aplacar el demonio del abismo —que, según creo, es de sexo femenino. Suenan cantos religiosos de dramática resonancia que animan a los héroes prestos a la hazaña. El protagonista desciende por las febles sogas, se sume en la tiniebla. Lleva un poco de hierba húmeda ardiendo a fin de estupefacer a las abejas con el humo. Cuelga de su hombro al flanco un saco donde va a recoger la miel. El viento bronco silba en las aristas de la piedra y hace bambolearse sobre el vacío al hombre y su escala.

Cuando, victorioso, torna a la cima, tiene el derecho de repartir la miel y reservarse la mejor parte. Este oficio de distribuir es la única magistratura que conoce, y eso fugazmente, la sociología de los Veddas.

Compárese con esta descripción la figura rupestre. La coincidencia es perfecta. Además, la región levantina donde existe tiene una configuración pareja a la que presenta el territorio central de la isla índica.

La vida del salvaje Vedda posee un repertorio reducidísimo de actos, ideas, sentimientos. Puede decirse que está polarizada por los dos signos de la abeja y el ciervo. Esta simplicidad tiene un valor inestimable para la ciencia, porque si algún día deja de ser la Historia el cuento de viejas que todavía es, se deberá al descubrimiento de leyes específicas que rigen los movimientos colectivos como las mecánicas imperan la inquietud de los astros. Ahora bien, es vano pretender que esas leyes se nos revelen investigando las edades de vida más compleja que nos son más o menos próximas. La única probabilidad de su descubrimiento se esconde en el estudio de las formas más primitivas, más elementales de la existencia humana. No ha habido física hasta que, apartando la vista de la pavorosa complicación del mundo, le ocurrió a Galileo analizar los fenómenos más sencillos —una bola que rueda sobre un plano inclinado, un péndulo que oscila bajo una bóveda. De esta suerte fue descubierto el abecedario de los movimientos que luego, en sus complicaciones sintácticas, forma el gran párrafo de la astronomía. Esperamos un Galileo de la historia y nos resistimos a aceptar que la hipótesis del libre albedrío, aunque sea bien fundada e inexcusable en Ética, obture el paso hacia un sistema de la Historia, construcción que, como ninguna otra, es postulada por los nervios de nuestra época.

Revista de Occidente, agosto, 1924

In the Exhibition of Cave Paintings that the Society of Friends of Art organized a couple of years ago, nothing surprised so much, alongside the great frescoes of Altamira, as the scene representing a man hanging from a ladder braided with vegetable materials who castrates a hive lodged in a hole in the rock. Frightened by the intrusion, the bees fly around the hunter. The primitive draughtsman has known how to interpret this flight with such impressionist grace that, after millennia, it preserves all the tremor and the startled dispersal of the original. This endurance of an aesthetic charm subjugates with a vague mystical dread. The persistence through changes, the strange power of floating above the storms of the centuries, provokes in the spirit a reaction of stupor favorable to magical emotions.

But this mysterious endurance is even more moving when what perdures is not only the artistic charm of an image, but when, as in the present case, there subsists the very reality that the primitive painting refers to.

A short time after visiting that Exhibition I came across, in one of my ethnographic readings, the description of an identical scene that still takes place[31]. Fixing one’s attention on it may be of some use to prehistorians. It is, indeed, an exemplary case that manifests the fertile reciprocity existing between prehistory and ethnology, sciences both so characteristic of our time.

The relation in which the primitive modes of humanity, scrutinized by prehistory, and those of the ‘savage’ peoples of the present find themselves will always be problematic. There is no lack of those who, with grave reasons, consider the current primitive races as cases of degeneration, while the prehistorian usually comes upon marvelous remains that argue a matinal genius of the human species. This invites keeping prehistory and ethnology differentiated, like two distinct languages, but disposed at every instant to translate each other. In the present case, the coincidence of both languages is perfect, and the very ancient painting is explained without remainder and without subtleties by the present fact.

This occurs among the Veddas of Ceylon, who are one of the races of most elementary life among those known. They live in small hordes of eight or ten individuals, each adscribed to a hunting district, which is respected by the others. There exists among them no structure of State whatsoever, and the family itself lacks regulation. The man usually marries his younger sister, and only, it seems, is he forbidden the union with the elder or with his mother’s sisters. They know not war and lack the warlike symptom par excellence, which is the defensive weapon —the shield. They do not gather in collective feasts, and when someone dies he is not buried, but the corpse is left abandoned and the horde flees. They ignore all authority. There exists only the effective predominance of the most vigorous personality, physically or morally. But this real superiority of an individual has not solidified into the generic and perduring office of a magistracy. Sometimes, the most influential person, for being the most vivacious, is a woman.

The configuration of the territory is a series of sylvan valleys that radiate from a sierra, crowned with rocks, where caves abound. The life of these men is governed in its annual cycle by the animals they feed on, deer principally. In the rainy period —October, November and December— the game abandons the valley and climbs to the sierra. The Veddas follow docilely the migration of the beasts and ascend to the rocky region, where they find natural caverns. As the number of these is inferior to that of the hordes, it happens that several of them lodge in one. But it is a phenomenon of high significance for understanding the psychology of primitive man that, despite living in the same concavity during three months of the year, no perduring nexus is established among the hordes that might initiate a superior form of organization. When winter passes, the hordes descend to their hunting grounds and do not see each other again nor almost know of each other. Commerce among them is null, and that which they carry out with the neighboring Singhalese tribes is of the type that has been called silent. The Vedda who needs some Singhalese product deposits at the border of the territory a portion of meat. Two or three days later he finds in its place the desired product.

There is only one moment during the whole year in which the atomism of the hordes lives an hour of almost stately organization. In that moment an authority arises, a magistracy that immediately volatilizes again. It is the occasion that the cave painting to which these notes refer declares with its mute forms.

The Indian bee builds its hives in the rock, and preferably in its hollows and recesses sheltered from the rain. By an acute therapeutic instinct, these savages, eaters of strong meats, feel a great appetite for the complementary food, honey, rich in carbohydrates. But obtaining the delicious morsel is exceedingly dangerous and demands cooperation. The combs are found on the walls of the rocks cut perpendicular. It is necessary to let oneself down over the void to extract them and to expose oneself to the innumerable sting of these apids, which is extremely painful. A very resolute man is needed, a hero, who slides down a vegetable ladder while others hold it from the height. If they hesitate and abandon the weight, they are obliged to take in the family of the one who has failed —the only supra-familiar law existing in this protoplasmic civilization.

The scene, as described by the travelers, has a pathetic character not exempt from Wagnerian gestures. It takes place in the stormy nights of the season. On the brow of the rocks ritual fires blossom to appease the demon of the abyss —which, I believe, is of the female sex. Religious songs of dramatic resonance sound, encouraging the heroes ready for the exploit. The protagonist descends by the weak ropes, plunges into the darkness. He carries a little burning damp grass in order to stupefy the bees with the smoke. From his shoulder hangs at his flank a sack where he is going to collect the honey. The harsh wind whistles on the edges of the stone and makes the man and his ladder sway over the void.

When, victorious, he returns to the summit, he has the right to distribute the honey and reserve for himself the best part. This office of distributing is the only magistracy that the sociology of the Veddas knows, and that fleetingly.

Compare with this description the cave figure. The coincidence is perfect. Moreover, the Levantine region where it exists has a configuration similar to that presented by the central territory of the Indian isle.

The life of the savage Vedda possesses a very reduced repertoire of acts, ideas, feelings. It can be said that it is polarized by the two signs of the bee and the deer. This simplicity has an inestimable value for science, because if one day History ceases to be the old wives’ tale it still is, it will be owing to the discovery of specific laws that govern collective movements as the mechanics dominate the restlessness of the stars. Now then, it is vain to pretend that those laws are revealed to us by investigating the ages of most complex life that are more or less near to us. The only probability of their discovery hides in the study of the most primitive, most elementary forms of human existence. There was no physics until, turning the gaze away from the dreadful complication of the world, it occurred to Galileo to analyze the simplest phenomena —a ball rolling on an inclined plane, a pendulum oscillating under a vault. In this way the alphabet of movements was discovered which later, in its syntactic complications, forms the great paragraph of astronomy. We await a Galileo of history and we resist accepting that the hypothesis of free will, however well founded and inexcusable in Ethics, should obturate the passage toward a system of History, a construction that, like no other, is postulated by the nerves of our epoch.

Revista de Occidente, August, 1924

Nell’Esposizione di Pitture Rupestri che un paio d’anni fa organizzò la Società degli Amici dell’Arte, nulla sorprese tanto, accanto ai grandi affreschi di Altamira, quanto la scena che rappresenta un uomo appeso a una scala intrecciata con materie vegetali e che castra un’arnia alloggiata in un buco della roccia. Spaventate dall’intrusione, volano le api intorno al cacciatore. Il disegnatore primitivo ha saputo interpretare questo volo con tale grazia impressionistica, che, a distanza di millenni, conserva tutto il fremito e la dispersione smarrita dell’originale. Questa perdurazione di un incanto estetico soggioga con vago orrore mistico. La persistenza attraverso i mutamenti, lo strano potere di fluttuare sopra le tempeste dei secoli, provoca nello spirito una reazione di stupore favorevole alle emozioni magiche.

Ma è ancora più commovente questa misteriosa perdurazione quando ciò che pervive non è soltanto l’incanto artistico di un’immagine, ma, come nel caso presente, sussiste la realtà stessa che la pittura primitiva riferisce.

Poco tempo dopo aver visitato quella Esposizione, mi imbattei in una delle mie letture etnografiche nella descrizione di una scena identica che ancora accade[31]. Fissare l’attenzione su ciò può essere di qualche utilità per i preistoriatori. Si tratta, in effetti, di un caso esemplare che manifesta la fertile reciprocità esistente tra la preistoria e l’etnologia, scienze entrambe tanto caratteristiche del nostro tempo.

La relazione in cui si trovino i modi primigeni dell’umanità, scrutati dalla preistoria, e quelli dei popoli «selvaggi» del presente sarà sempre problematica. Non manca chi con gravi ragioni considera le razze primitive attuali come casi di degenerazione, mentre il preistoriografo suole imbattersi in resti meravigliosi che arguiscono una genialità mattutina della specie umana. Questo invita a mantenere differenziate la preistoria e l’etnologia, a modo di due idiomi distinti, ma disposti in ogni istante a tradursi reciprocamente. Nel caso di ora, la coincidenza di entrambi i linguaggi è perfetta, e la pittura antichissima resta spiegata senza resto e senza sottigliezze dal fatto attuale.

Ciò accade tra i Vedda di Ceylon, che sono una delle razze di vita più elementare tra le conosciute. Vivono in piccole orde di otto o dieci individui, ciascuna ascritta a un distretto di caccia, che è rispettato dalle altre. Non esiste tra loro alcuna struttura di Stato, e la famiglia stessa manca di regolazione. L’uomo suole sposare la sua sorella minore, e soltanto, a quanto pare, gli è proibita l’unione con la maggiore o con le sorelle di sua madre. Non conoscono la guerra e mancano del sintomo bellico per eccellenza, che è l’arma difensiva —lo scudo. Non si riuniscono in feste collettive, e quando qualcuno muore non lo seppelliscono, ma resta abbandonato il cadavere e l’orda fugge. Ignorano ogni autorità. Esiste soltanto il predominio effettivo della personalità più vigorosa, fisica o moralmente. Ma questa superiorità reale di un individuo non si è solidificata nell’ufficio generico e perdurabile di una magistratura. A volte, la persona più influente, per essere la più vivace, è una donna.

La configurazione del territorio è una serie di valli silvane che irradiano da una sierra, coronata di rocce, dove abbondano le caverne. La vita di questi uomini è regolata nel suo ciclo annuale dagli animali di cui si nutrono, cervi principalmente. Nel periodo delle piogge —ottobre, novembre e dicembre—, la caccia abbandona la valle e sale alla sierra. I Vedda seguono docilmente l’emigrazione delle bestie e salgono alla regione rocciosa, dove trovano caverne naturali. Poiché il numero di queste è inferiore a quello delle orde, accade che in una se ne alloggino parecchie. Ma è un fenomeno di alta significazione per intendere la psicologia dell’uomo primitivo che, nonostante vivere nella stessa concavità per tre mesi dell’anno, non si leghi tra le orde alcun nesso perdurabile che inizi una forma superiore di organizzazione. Quando l’inverno passa, le orde scendono ai loro parchi di caccia e non tornano a vedersi né quasi a sapere le une delle altre. Il commercio tra loro è nullo, e quello che eseguono con le tribù singalesi vicine è del tipo che si è chiamato silenzioso. Il Vedda che ha bisogno di qualche prodotto singalese deposita sul confine del territorio una porzione di carne. Dopo due o tre giorni trova al suo posto il prodotto desiderato.

C’è soltanto un momento durante tutto l’anno in cui l’atomismo delle orde vive un’ora di organizzazione quasi statale. In quel momento sorge un’autorità, una magistratura che immediatamente torna a volatilizzarsi. È l’occasione che la pittura rupestre a cui si riferiscono queste note dichiara con le sue forme mute.

L’ape indica lavora i suoi alveari nella roccia, e preferibilmente, nelle cavità e rientranze di essa riparate dalla pioggia. Per un acuto istinto terapeutico, questi selvaggi mangiatori di carni forti sentono un grande appetito dell’alimento complementare, il miele, ricco di carboidrati. Ma l’ottenimento del delizioso manicaretto è oltremodo pericoloso ed esige cooperazione. I favi si trovano sulle pareti delle rocce a picco. Bisogna calarsi sul vuoto per estrarli ed esporsi alla puntura innumerevole di questi apidi, che è sommamente dolorosa. Ci vuole un uomo molto risoluto, un eroe, che si cala per una scala vegetale mentre altri la reggono dall’alto. Se tentennano e abbandonano il peso, sono obbligati a raccogliere la famiglia del pericolante —unica legge sovrafamiliare esistente in questa civiltà protoplasmatica.

La scena, secondo come è descritta dai viaggiatori, ha un carattere patetico non esente da gesti wagneriani. Accade nelle notti burrascose della stagione. Sulla fronte delle rocce fioriscono incendi rituali per placare il demone dell’abisso —che, a mio credere, è di sesso femminile. Suonano canti religiosi di drammatica risonanza che animano gli eroi pronti all’impresa. Il protagonista scende per le deboli funi, si immerge nella tenebra. Porta un po’ d’erba umida che brucia per stordire le api col fumo. Pende dal suo omero al fianco un sacco dove va a raccogliere il miele. Il vento aspro fischia negli spigoli della pietra e fa dondolare sul vuoto l’uomo e la sua scala.

Quando, vittorioso, torna alla cima, ha il diritto di ripartire il miele e riservarsi la parte migliore. Questo ufficio di distribuire è l’unica magistratura che conosca, e ciò fugacemente, la sociologia dei Vedda.

Si confronti con questa descrizione la figura rupestre. La coincidenza è perfetta. Inoltre, la regione levantina dove esiste ha una configurazione simile a quella che presenta il territorio centrale dell’isola indica.

La vita del selvaggio Vedda possiede un repertorio ridottissimo di atti, idee, sentimenti. Si può dire che è polarizzata dai due segni dell’ape e del cervo. Questa semplicità ha un valore inestimabile per la scienza, perché se un giorno la Storia cesserà di essere il racconto di vecchie che ancora è, lo si dovrà alla scoperta di leggi specifiche che reggono i movimenti collettivi come le meccaniche imperano sull’inquietudine degli astri. Ora: è vano pretendere che quelle leggi ci si rivelino investigando le età di vita più complessa che ci sono più o meno prossime. L’unica probabilità della loro scoperta si nasconde nello studio delle forme più primitive, più elementari dell’esistenza umana. Non c’è stata fisica finché, distogliendo lo sguardo dalla spaventosa complicazione del mondo, a Galileo non accadde di analizzare i fenomeni più semplici —una palla che rotola su un piano inclinato, un pendolo che oscilla sotto una volta. In tal modo fu scoperto l’alfabeto dei movimenti che poi, nelle sue complicazioni sintattiche, forma il grande paragrafo dell’astronomia. Aspettiamo un Galileo della storia e ci resistiamo ad accettare che l’ipotesi del libero arbitrio, per quanto ben fondata e inescusabile in Etica, otturi il passo verso un sistema della Storia, costruzione che, come nessun’altra, è postulata dai nervi della nostra epoca.

Revista de Occidente, agosto, 1924