Ortega y Gasset

Abstract

A comment on the burning of convents and churches in May 1931: Ortega judges it not republican zeal but “primitive or criminal fetishism”, since the religious orders, stripped of state privilege, are now harmless. He asks that the Republic break with the rhetoric of an archaic democracy — “there is no people but the organised people” — and defends the government’s fullness of representation.

Connections

Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Unas cuantas ciudades de la República han sido vandalizadas por pequeñas turbas de incendiarios. En Madrid, Málaga, Alicante y Granada humean los edificios donde vivían gentes que, es cierto, han causado durante centurias daños enormes a la nación española, pero que hoy, precisamente hoy, cuando ya no tienen el Poder público en la mano, son por completo innocuas. Porque eso, la detentación y manejo del Poder público, eran la única fuerza nociva de que gozaban. Extirpados sus privilegios, y mano a mano con los otros grupos sociales, las órdenes religiosas significan en España poco más que nada. Su influencia era grande, pero prestada: procedía del Estado. Creer otra cosa es ignorar por completo la verdadera realidad de nuestra vida colectiva.

Quemar, pues, conventos e iglesias no demuestra ni verdadero celo republicano, ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal, que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro, grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse, desde luego e inexorablemente, en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta no hubieran quemado los edificios, sino que más bien se habrían propuesto utilizarlos para fines sociales. La imagen de la España incendiaria, la España del fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios. La bochornosa jornada del lunes queda, en alguna parte, compensada en Madrid por la admirable del domingo. La prontitud, espontaneidad y decisión con que la gente madrileña reaccionó ante la impertinencia de unos caballeritos monárquicos fue una amonestación suficiente, por el momento, que daba al Gobierno motivo holgado para podar ejecutivamente su ingénita petulancia. Nada más debió hacerse. De otro modo, aprenderían un juego muy fácil, consistente en provocar con un leve gesto de ellos convulsiones enormes en el pueblo republicano. No: si quieren, en efecto, suscitar en nosotros grandes sacudidas, que se molesten, al menos, en preparar provocaciones de mayor tamaño. A ver si pueden.

Lo que es preciso evitar de la manera más absoluta es que falte al Gobierno, ni durante una fracción de segundo, la confianza en sí mismo y en la plenitud de su representación. Este Gobierno, si alguno en el mundo, ha sido ungido por la más clara e indiscutible voluntad de la nación. Los enemigos de la República no han intentado siquiera ponerlo en duda, cualesquiera que fueren sus ilusiones y sus manejos de otra índole. En cuanto a los republicanos, es cosa de evidencia rebosante que nadie puede presumir de haber hecho más por la República que ese grupo de hombres exaltado hoy a los cargos de ministros y demás oficios gubernativos. Nadie ha trabajado más por el cambio de régimen; nadie se ha expuesto más entre los españoles vivientes. Es, pues, intolerable que grupo alguno particular, atribuyéndose, con grotesca arbitrariedad, la representación de los deseos nacionales, reclame tumultuariamente del Gobierno medidas y actuaciones que el capricho haya inspirado. Son demasiados millones de españoles los que han votado a la República para que el montón de unos cientos o unos miles aspire a ser más España toda que el resto gigantesco. Con toda esta teatralería de vetusta democracia mediterránea hay que acabar, desde luego y sin más. No hay otro «pueblo» que el organizado. La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías.

Por otra parte, esa plenitud de representación que en el Gobierno reside le obliga a conservar intacto el depósito soberano de confianza que entera una nación le ha entregado. Es el Gobierno de todos los que han votado la República, y tiene el deber tremendo de llegar íntegro y sin titubeos hasta el momento en que nos devuelva, instaurado ya, el nuevo Estado, la República española.

Porque de esto se trata estrictamente y no de anticiparse a calificar esa República con uno u otro adjetivo. Después de siglos de despotismo, franco o disfrazado, va España por vez primera a decidir con libertad, e inspirándose en su destino más propio, la organización de su vida. Por eso es muy especialmente criminal todo intento de tiranizarla de nuevo, imponiéndole formas de imitación. La originalidad, a veces dolorosa, de nuestra historia augura con toda probabilidad soluciones y modos nuevos que pocos sospechan hoy. Por lo menos, no hay gran riesgo en vaticinar que España no será —como algunos dicen por ahí— una República burguesa. Sólo el desconocimiento pleno de nuestra conformación histórica puede creer tal cosa. España, que no ha podido vivir con plenitud, ni siquiera con suficiencia la Época Moderna, precisamente porque le faltó burguesía, no es verosímil que a esta altura de los tiempos y bajo una forma republicana resulte, por magia, constituida en nación específicamente burguesa. Todo anuncia más bien que España llegue a organizarse en un pueblo de trabajadores. El modo y el camino para arribar a ello serán, de seguro, distintos de los que se han ideado en otros pueblos, y sin gesticulación ni violencias revolucionarias. Entre innumerables razones, hace creer esto que nuestra economía es de un equilibrio tan inestable, por su escaso volumen, que la menor contracción de la riqueza pública —y todo intento revolucionario la suscitaría— será catastrófica y estrangulará el conato mismo de desórdenes graves.

Es preciso, por tanto, que de la manera más inmediata y resuelta impongan el tono de la nueva democracia exacta, limpia, dura como el metal técnico, cuantos españoles posean la dosis suficiente de buen sentido, y que no sean pseudo-intelectuales incapaces de pensar tres ideas en fila. Hoy no tiene la República más peligros que los fantasmas.

Nos induce a esta fe, entre otras cosas, ver cómo los estudiantes, que son, con el grupo de hombres gobernantes, quienes más hicieron por el advenimiento de la República, han ofrecido una nota ejemplar con su total ausencia de las asquerosas escenas incendiarias. Pero es preciso que se preparen para dar a esa ejemplaridad, en el inmediato futuro, carácter más activo. Tienen que defender fieramente la dignidad de su República. Fíense de su instinto insobornable, tesoro esencial de la juventud, del cual ha de emanar el único futuro verdadero. Fíense de él y rechacen todo lo que es falso, sin autenticidad, como esas falsas representaciones de manidos melodramas revolucionarios y esas imitaciones insinceras de lo que un pueblo semiasiático tuvo que hacer en una hora terrible de su historia. Exijan implacablemente que se cumpla el estricto destino español, y no otro fingido o prestado.

Firmado Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Crisol, 14 de mayo de 1931

A few cities of the Republic have been vandalized by small mobs of incendiaries. In Madrid, Málaga, Alicante and Granada the buildings smoke where people lived who, it is true, have caused during centuries enormous damages to the Spanish nation, but who today, precisely today, when they no longer hold public Power in their hand, are completely innocuous. Because that, the detentation and handling of public Power, was the only harmful force they enjoyed. Extirpated their privileges, and hand in hand with the other social groups, the religious orders mean in Spain little more than nothing. Their influence was great, but borrowed: it proceeded from the State. To believe otherwise is to ignore completely the true reality of our collective life.

To burn, then, convents and churches does not demonstrate either true republican zeal, or spirit of vanguard, but rather a primitive or criminal fetishism, which carries the same to adore the material things as to destroy them. The repugnant fact warns of the only danger, great and effective, that exists for the Republic: that it does not manage to divest itself of the forms and the rhetorics of an archaic democracy instead of settling, forthwith and inexorably, in a style of new democracy. Inspired by this they would not have burned the buildings, but rather would have proposed to use them for social ends. The image of the incendiary Spain, the Spain of the inquisitorial fire, would have prevented them, if they were truly men of this hour, from relapsing into those stupid crematory usages. The shameful Monday is, in some part, compensated in Madrid by the admirable Sunday. The promptness, spontaneity and decision with which the Madrilenian people reacted to the impertinence of some little monarchical gentlemen was a sufficient admonition, for the moment, that gave the Government ample motive to prune executively its innate petulance. Nothing more should have been done. In another mode, they would learn a very easy game, consisting in provoking with a slight gesture of theirs enormous convulsions in the republican people. No: if they indeed wish to arouse in us great upheavals, let them take the trouble, at least, to prepare provocations of greater size. Let us see if they can.

What must be avoided in the most absolute way is that the Government lack, not even for a fraction of a second, confidence in itself and in the fullness of its representation. This Government, if any in the world, has been anointed by the clearest and most indisputable will of the nation. The enemies of the Republic have not even attempted to put it in doubt, whatever were their illusions and their dealings of another kind. As for the republicans, it is a matter of overflowing evidence that no one can presume to have done more for the Republic than that group of men elevated today to the offices of ministers and other governmental positions. No one has worked more for the change of regime; no one has exposed himself more among living Spaniards. It is, then, intolerable that any particular group, attributing to itself, with grotesque arbitrariness, the representation of the national desires, claim tumultuously from the Government measures and actions that caprice may have inspired. There are too many millions of Spaniards who have voted for the Republic for the heap of a few hundreds or a few thousands to aspire to be more all of Spain than the rest, gigantic. With all this theatrics of ancient Mediterranean democracy one must finish, forthwith and without more. There is no other «people» than the organized one. The chaotic and formless multitude is not democracy, but flesh consigned to tyrannies.

On the other hand, that fullness of representation that resides in the Government obliges it to conserve intact the sovereign deposit of confidence that an entire nation has delivered to it. It is the Government of all those who have voted the Republic, and it has the tremendous duty of arriving whole and without hesitation until the moment in which it returns to us, already installed, the new State, the Spanish Republic.

Because it is strictly of this that it is a matter and not of anticipating to qualify that Republic with one or another adjective. After centuries of despotism, frank or disguised, Spain goes for the first time to decide with freedom, and inspired by its own most proper destiny, the organization of its life. Therefore every attempt to tyrannize it anew is very especially criminal, imposing on it forms of imitation. The originality, sometimes painful, of our history augurs with all probability new solutions and modes that few suspect today. At least, there is no great risk in vaticinating that Spain will not be —as some say around there— a bourgeois Republic. Only the full ignorance of our historical conformation can believe such a thing. Spain, which has not been able to live with fullness, nor even with sufficiency, the Modern Age, precisely because it lacked a bourgeoisie, is not plausible that at this height of the times and under a republican form turn out, by magic, constituted in a specifically bourgeois nation. Everything announces rather that Spain will come to organize itself as a people of workers. The mode and the path to arrive at this will be, surely, distinct from those that have been devised in other peoples, and without gesticulation nor revolutionary violences. Among innumerable reasons, this makes one believe that our economy is of so unstable an equilibrium, for its scarce volume, that the least contraction of the public wealth —and every revolutionary attempt would provoke it— will be catastrophic and will strangle the very conatus of serious disorders.

It is necessary, therefore, that in the most immediate and resolute manner all those Spaniards who possess the sufficient dose of good sense impose the tone of the new democracy, exact, clean, hard as technical metal, and that they be not pseudo-intellectuals incapable of thinking three ideas in a row. Today the Republic has no more dangers than the phantoms.

What induces us to this faith, among other things, is seeing how the students, who are, with the group of governing men, those who did the most for the advent of the Republic, have offered an exemplary note with their total absence from the disgusting incendiary scenes. But it is necessary that they prepare to give to that exemplariness, in the immediate future, a more active character. They must defend fiercely the dignity of their Republic. Let them trust their incorruptible instinct, essential treasure of youth, from which the only true future must emanate. Let them trust it and reject everything that is false, without authenticity, like those false representations of hackneyed revolutionary melodramas and those insincere imitations of what a semi-Asiatic people had to do in a terrible hour of its history. Let them demand implacably that the strict Spanish destiny be fulfilled, and not another feigned or borrowed one.

Signed Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Crisol, 14 May 1931

Alcune città della Repubblica sono state vandalizzate da piccole turbe di incendiari. A Madrid, Málaga, Alicante e Granada fumano gli edifici dove abitavano genti che, è certo, hanno causato per secoli danni enormi alla nazione spagnola, ma che oggi, proprio oggi, quando non hanno più il Potere pubblico in mano, sono del tutto innocue. Perché quello, la detenzione e il maneggio del Potere pubblico, era l’unica forza nociva di cui godevano. Estirpati i loro privilegi, e alla pari con gli altri gruppi sociali, gli ordini religiosi significano in Spagna poco più che nulla. La loro influenza era grande, ma prestata: proveniva dallo Stato. Credere altrimenti è ignorare del tutto la vera realtà della nostra vita collettiva.

Bruciare, dunque, conventi e chiese non dimostra né vero zelo repubblicano, né spirito d’avanguardia, ma piuttosto un feticismo primitivo o criminale, che porta tanto ad adorare le cose materiali quanto a distruggerle. Il fatto ripugnante avverte dell’unico pericolo, grande ed effettivo, che esista per la Repubblica: che non riesca a sbarazzarsi delle forme e delle retoriche di un’arcaica democrazia invece di assestarsi, subito e inesorabilmente, in uno stile di nuova democrazia. Ispirati da questa, non avrebbero bruciato gli edifici, ma piuttosto si sarebbero proposti di utilizzarli per fini sociali. L’immagine della Spagna incendiaria, la Spagna del fuoco inquisitoriale, avrebbe loro impedito, se fossero davvero uomini di quest’ora, di ricadere in quegli stupidi usi crematori. La vergognosa giornata del lunedì resta, in qualche parte, compensata a Madrid dall’ammirevole giornata della domenica. La prontezza, spontaneità e decisione con cui la gente madrilena reagì all’impertinenza di alcuni signorini monarchici fu un ammonimento sufficiente, per il momento, che dava al Governo motivo ampio per potare esecutivamente la sua ingenita petulanza. Niente più avrebbe dovuto farsi. In altro modo, imparerebbero un gioco facilissimo, consistente nel provocare con un loro lieve gesto enormi convulsioni nel popolo repubblicano. No: se vogliono, in effetti, suscitare in noi grandi scosse, che si diano almeno la pena di preparare provocazioni di maggiore dimensione. A vedere se possono.

Quel che occorre evitare nella maniera più assoluta è che manchi al Governo, nemmeno per una frazione di secondo, la fiducia in se stesso e nella pienezza della sua rappresentanza. Questo Governo, se mai ve n’è uno al mondo, è stato unto dalla più chiara e indiscutibile volontà della nazione. I nemici della Repubblica non hanno nemmeno tentato di metterlo in dubbio, quali che fossero le loro illusioni e i loro maneggi d’altra specie. Quanto ai repubblicani, è cosa di evidenza traboccante che nessuno può vantarsi di aver fatto più per la Repubblica di quel gruppo di uomini esaltato oggi alle cariche di ministri e agli altri uffici governativi. Nessuno ha lavorato più per il cambiamento di regime; nessuno si è esposto di più tra gli spagnoli viventi. È, dunque, intollerabile che qualsiasi gruppo particolare, attribuendosi, con grottesca arbitrarietà, la rappresentanza dei desideri nazionali, reclami tumultuariamente dal Governo misure e attuazioni che il capriccio abbia ispirato. Sono troppi milioni di spagnoli quelli che hanno votato la Repubblica perché il mucchio di poche centinaia o poche migliaia aspiri a essere più di tutta la Spagna che il resto gigantesco. Con tutta questa teatralità di vetusta democrazia mediterranea bisogna finirla, subito e senza altro. Non c’è altro «popolo» che quello organizzato. La moltitudine caotica e informe non è democrazia, ma carne consegnata alle tirannie.

D’altra parte, quella pienezza di rappresentanza che risiede nel Governo lo obbliga a conservare intatto il deposito sovrano di fiducia che un’intera nazione gli ha consegnato. È il Governo di tutti coloro che hanno votato la Repubblica, e ha il dovere tremendo di arrivare integro e senza titubanze fino al momento in cui ci restituisca, già instaurato, il nuovo Stato, la Repubblica spagnola.

Perché di questo si tratta strettamente e non di anticipare a qualificare quella Repubblica con l’uno o l’altro aggettivo. Dopo secoli di dispotismo, franco o mascherato, la Spagna va per la prima volta a decidere con libertà, e ispirandosi al suo destino più proprio, l’organizzazione della sua vita. Perciò è molto specialmente criminale ogni tentativo di tiranneggiarla di nuovo, imponendole forme di imitazione. L’originalità, a volte dolorosa, della nostra storia augura con ogni probabilità soluzioni e modi nuovi che pochi sospettano oggi. Almeno, non c’è gran rischio nel vaticinare che la Spagna non sarà — come alcuni dicono in giro — una Repubblica borghese. Solo la piena ignoranza della nostra conformazione storica può credere tale cosa. La Spagna, che non ha potuto vivere con pienezza, nemmeno con sufficienza, l’Età Moderna, proprio perché le mancò la borghesia, non è verosimile che a quest’altezza dei tempi e sotto forma repubblicana risulti, per magia, costituita in nazione specificamente borghese. Tutto annuncia piuttosto che la Spagna giunga a organizzarsi in un popolo di lavoratori. Il modo e la via per arrivarvi saranno, di sicuro, diversi da quelli che si sono ideati in altri popoli, e senza gesticolazione né violenze rivoluzionarie. Tra innumerevoli ragioni, fa credere questo che la nostra economia è di un equilibrio tanto instabile, per il suo scarso volume, che la più piccola contrazione della ricchezza pubblica — e ogni tentativo rivoluzionario la susciterebbe — sarà catastrofica e strozzerà il conato stesso di disordini gravi.

Occorre, pertanto, che nella maniera più immediata e risoluta impongano il tono della nuova democrazia esatta, pulita, dura come il metallo tecnico, quanti spagnoli possiedano la dose sufficiente di buon senso, e che non siano pseudo-intellettuali incapaci di pensare tre idee in fila. Oggi la Repubblica non ha più pericoli che i fantasmi.

Ci induce a questa fede, tra altre cose, vedere come gli studenti, che sono, con il gruppo di uomini governanti, coloro che più fecero per l’avvento della Repubblica, hanno offerto una nota esemplare con la loro totale assenza dalle schifose scene incendiare. Ma occorre che si preparino a dare a quella esemplarità, nell’immediato futuro, carattere più attivo. Devono difendere fieramente la dignità della loro Repubblica. Si fidino del loro istinto insobornable, tesoro essenziale della gioventù, dal quale deve emanare l’unico futuro vero. Si fidino di esso e respingano tutto ciò che è falso, senza autenticità, come quelle false rappresentazioni di stantii melodrammi rivoluzionari e quelle imitazioni insincere di ciò che un popolo semiasiatico dovette fare in un’ora terribile della sua storia. Esigano implacabilmente che si compia lo stretto destino spagnolo, e non un altro finto o prestato.

Firmato Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset, Crisol, 14 maggio 1931