Abstract
A piece of parliamentary combat: the right sought the electoral fight and the left must win it with exemplary tactics, without the verbal explosions it is prone to. The cabinet’s failure lies above all in its incapacity to govern, and Ortega counterposes liberalism as “the generous politics par excellence”, which obliges one to legislate for everyone and especially for the enemy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hace meses, las derechas resolvieron «dar la batalla» —¿recuerdan ustedes? Comenzaron a gemir verbosas sus prensas. Vociferaron en sus círculos y clubs, murmuraron en sus tertulias, esnobizaron en sus camarillas. Se hizo política en los despachos de los bancos, en la pradera del golf, en la penumbra de las sacristías. Por fin, alguien cedió, y llamando, contra toda oportunidad, a este Gobierno, le entregó entero su haber: decreto de disolución, suspensión de garantías, presión sobre el partido conservador. Hubo consagraciones en los cerros y hubo en los barrancos reparto a lo Calígula de senadurías vitalicias. En tales circunstancias, las elecciones significaban un ademán de desafío; cayó el raído guante feudal en las urnas, y de ellas lo recogió con democrático modal el pueblo liberal y socialista. Hoy, en el Congreso, comienza la batalla contra los que se obstinaron en darla. Nadie puede quejarse, y menos los feudales: todo ha acontecido como en las justas más galanas del buen tiempo viejo.
Atraídas, pues, a la contienda por obra y gracia y torpeza de las derechas, las izquierdas sólo tienen que pensar en una cosa: ganarla bien y pronto. Mas para ello es necesario que desarrollen una táctica ejemplar. Hacen falta energía y persistencia, pero no bastan ambas cosas. Si la enfermedad patrimonial de las derechas es el abuso de poder y la faz hipócrita, suelen las izquierdas padecer, asimismo, una propensión mística a las escenas ruidosas, a satisfacerse con pronunciar palabras explosivas que están mejor archivadas en los barrios bajos del diccionario. Se comprende que la indignación contra los abusos de poder, sorprendiendo un momento al más alerta, provoque en él un vómito verbal con alguna participación del pupitre. Pero esta vez creemos que no deben las izquierdas permitirse ni siquiera esas sorpresas. No porque hayan faltado las abusos de poder, sino precisamente porque ha habido de ellos hartazgo. La situación del Gobierno es de extremo desprestigio, porque lo trajo una caprichosa y agresiva soberbia, porque gozó de inusitados privilegios que ha malversado, porque sin el decoro de un pretexto ha malherido la Constitución y ha segado la libertad de imprenta, porque ha conducido en breves días a la Corona por los más superfluos vericuetos, y en fin, porque sus hombres, después de practicar en la oposición la oratoria de Catón, han mostrado desde el Poder el apetito de Pantagruel.
Sin embargo, todos esos pecados no califican exactamente la situación del Gobierno en estas horas. Más, mucho más que todo eso ha determinado el fracaso del Ministerio en la opinión, otra causa que conviene subrayar ante la atención de las izquierdas militantes. Resulta que en poquísimas jornadas este Gabinete, tan pretencioso, ha demostrado su incapacidad para gobernar seria y altamente. Nada como esto malquista hoy con la nación a una política. Siente España un poderoso deseo de perfeccionar su vida, mejorándola material y espiritualmente. Anhela una gobernación cordial, respetuosa de todos los modos de sentir individuales, fomentadora de todo lo que es honrado ensayo. Demanda programas claros en que, a la vez, se dibujen amplios, gratos horizontes y se indiquen razonadamente los medios concretos de llegar hasta ellos. Sobre todo está cansada de actuaciones particularistas: hoy es una clase quien pretende acomodar a su interés gremial toda la nación; otro día es un Gobierno, como el actual, que gobierna en cofradía y para los suyos.
Frente a esto, sólo puede ser solución el triunfo de la emoción liberal en los ámbitos españoles. El liberalismo es la política generosa por excelencia. No en balde liberalismo y generosidad fueron palabras casi sinónimas en nuestro padre el latín. Los principios liberales obligan por sí mismos a legislar para todos, muy especialmente para el enemigo. Por ello creemos que deben las izquierdas no contentarse con acometer bravamente a este Gobierno, que, a la verdad; parece ya un esqueleto de uniforme; convendría, a la par, ir definiendo y explanando un plan de vida nacional más risueño y atractivo que estas tristes monsergas de la «energía» y el «hacer sentir la autoridad». Al bote de lanza contra este Gobierno enfático acompañen siempre vocablos de aliento a la raza y una apelación constante a todas las fuerzas nacionales de modo que en la empresa liberal se sientan llamados y aludidos cuantos tienen algo que hacer en la España de hoy y algo que esperar en la de mañana.
Al fracaso secular de las derechas españolas en la empresa de hacer un pueblo, tiene que responder el liberalismo con un ideal constructor más claro y más amplio, más amigo de la vida y más suscitador de entusiasmos.
Creemos, pues, que en la batalla iniciada sobre la energía y la persistencia, deberán hacer gala las izquierdas de serenidad, de reflexión y de talento gubernamental. Preparen durante la lucha la futura gobernación y demuestren al país que si combaten sañudamente es por algo que lo merece: por una patria donde se respire libertad y justicia, eficacia y buen humor.
Publicado sin firma, El Sol, 26 de junio de 1919