Ortega y Gasset
Abstract
A presentation of Pérez de Ayala’s novel A. M. D. G. on life in Jesuit schools, with recollections of Ortega’s own childhood at Miraflores del Palo. He distinguishes types of pupil and dwells on the children of “trembling spirit” and strong imagination, who must be held back by being offered wide, concrete realities, since it is from them that poets and thinkers come. Literary criticism and pedagogy, not philosophy.
Connections
Concetti: educazione
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Ramón Pérez de Ayala me envía un libro que acaba de componer. Se titula A. M. D. G.: La vida en los colegios de jesuitas. El autor ha sido discípulo de esos benditos padres: yo, también. El autor es de mis amigos más próximos, y nos une, sobre el afecto, análoga sensibilidad para los problemas españoles.
¿No son éstas razones suficientes para que me permita anunciar al público la aparición de este volumen? Por si algo faltara, he de apuntar otra feliz coincidencia: Ayala fue emperador en las clases del colegio de Gijón: yo también fui emperador en el colegio que los jesuitas mantienen en Miraflores del Palo, junto a Málaga. ¿Sabe el lector?… Hay un lugar que el Mediterráneo halaga, donde la tierra pierde su valor elemental, donde el agua marina desciende al menester de esclava y convierte su líquida amplitud en un espejo reverberante, que refleja lo único que allí es real: la Luz. Saliendo de Málaga, siguiendo la línea ondulante de la costa, se entra en el imperio de la luz. Lector, yo he sido durante seis años emperador dentro de una gota de luz, en un imperio más azul y esplendoroso que la tierra de los mandarines. Desde aquel tiempo, claro está, mi vida significa una fatal decadencia, y mis afanes democráticos acaso no sean otra cosa que una manera del despecho.
Al leer el libro de Ayala, esa niñez perdida ha venido correteando hasta mí con peligrosa celeridad, y ahora ya no sé distinguir entre lo que las páginas de esta novela dicen y lo que me recuerdan. Sólo hallo una divergencia: Ayala envuelve las escenas de su muchachez en un paisaje del Norte, que conviene muy bien a la melancolía y al dolor de la vida que describe, al paso que la armadura de una infancia sometida a la pedagogía jesuítica me llega a mí bajo los recamos de un mediodía magnífico.
Mas yo pongo la mano a modo de visera para resguardarme las pupilas de esa refulgencia excesiva en que flotó mi infancia, y entonces descubro la misma niñez triste y sedienta que formó el corazón tembloroso de Bertuco, el pequeño héroe de Ayala.
Los jesuitas tienen varias clases de discípulos: son unos como el Coste de A. M. D. G., el mofletudo Coste, de alma aún no despierta, separada del ambiente exterior por una fisiología de novillo, muchacho dotado de alegría biológica incontrastable, capaz de atravesar las redes místicas de los Ejercicios espirituales como una bala de cañón por una nube. Para éstos nada hay triste: Coste se cura cualquier incipiente dolor de corazón entablando con el vecino de mesa una pantagruélica apuesta sobre quién embaula mayor número de huevos fritos, y acaba por escaparse cabalgando tranquilamente en el asno del colegio, la mansueta alimaña a quien la delicadeza de los Reverendos Padres había apodado Castelar.
Otros no son ni serán nunca nada determinado, masa inerte incapaz de reacción, que gravitan hacia el centro en cualquiera esfera que se les coloque. Estos son los más numerosos en una raza exánime como la nuestra.
Pero hay algunos niños de espíritu tremante, sensibilizado antes de sazón, de increíble energía imaginativa, que perciben al punto la asimetría perenne entre lo ideal y lo real: ¿qué haréis de estos niños dueños de tan fuerte poder de imaginar? Mirad que para ellos es toda realidad un trampolín que les lanza a un mundo de su propia creación; procurad retenerlos, proponiéndoles realidades jugosas, francas, amplias, múltiples, de modo que no se escapen demasiadamente a lo fantástico; haced que vean en las cosas existentes un campo de batalla digno de ellos, donde quede presa su potencia ascendente y creadora. Esas almitas centrífugas, dispuestas a huir en todo instante de la acción colectiva humana, como la flecha de la mano del arquero, son a la vez las únicas que pueden arrastrar en pos de sí las multitudes grávidas hacia formas superiores de existencia: de ellas saldrán los poetas ardientes, los políticos apostólicos, los pensadores honrados, los inventores, los hombres, en una palabra, que son la sal de la tierra; enseñadles, pues, a amar lo comunal; hacedles filantrópicos y activos, respetuosos con el error y confiados en la capacidad de mejorar inmanente al hombre.
Bertuco pertenece a esta clase. ¿De qué modo influyen en él los jesuitas? Léase el libro de Ayala, y se verá. Como los que bajaban al purgatorio de San Patricio, Bertuco no volverá a reír nunca del todo: la risa es la expresión de un alma saludable y elástica, unificada y con sus funciones íntegras. Si esto es así, para que un alma fina pueda permitirse el lujo de reír necesita creer con fe profunda estas tres cosas: que hay una ciencia merecedora de tal nombre, que hay una moral que no es una ridiculez, que el arte existe. Pues bien; los jesuitas le llevarán a burlarse de todos los clásicos del pensamiento humano: de Demócrito, de Platón, de Descartes, de Galileo, de Spinoza, de Kant, de Darwin, etc.; le acostumbrarán a llamar moral a un montón de reglas o ejercicios estúpidos y supersticiosos: de arte no le hablarán nunca.
Aún esto fuera pasadero si la desmoralización a que conduce la pedagogía jesuítica se detuviera ante la idea de la fraternidad humana. Pero… apenas entra Bertuco en el Colegio escucha de labios de aquellos benditos Padres una palabra feroz, incalculable, anárquica: los nuestros… Los nuestros no son los hombres todos: los nuestros son ellos solos.
Bertuco verá la humanidad escindida en dos porciones: los jesuitas y luego los demás. Y oirá una vez y otra que los demás son gente falsa, viciosa, dispuesta a venderse por poco dinero, ignorante, sin idealidad, sin mérito alguno apreciable. Por el contrario, los nuestros, los jesuitas, son de tal condición específica que, a lo que parece, no se ha condenado ninguno todavía.
Saldrá Bertuco del Colegio inutilizado para la esperanza: por muy graves esfuerzos de reflexión que haga jamás logrará vencer una desconfianza original, un desdén apriorístico ante los demás hombres. En cambio, estudios un poco más serios, meditaciones más vigorosas le harán insoportable el recuerdo de los nuestros: los vicios de que ellos acusaban al común de las gentes parecerán a Bertuco aletear con grandes alas torpes en torno a los edificios jesuíticos. Y entonces le parecerá que se alza de la historia un hedor horrible de materia, y si mira en torno creerá ver un desierto de hombres habitado por lascivos orangutanes.
¿A quién podrá extrañar que Bertuco renuncie a toda labor social cuando avance en la vida? Las hormigas al tiempo que hinchen sus trojes subterráneas saben morder el grano en tal sitio que, sin matarlo, impiden su germinación. San Ignacio, santo administrativo y organizador, ha dotado a sus hijos espirituales con el arte maravilloso de utilizar las criaturas para la mayor gloria de Dios, y como las mejores no se resignan fácilmente al papel de instrumentos, se las utiliza inutilizándolas.
Los jesuitas han educado a los hijos de las familias españolas que viven en mayor holgura. De ellos tenían que haber salido los hombres constructores de la cultura nacional, productores de un ambiente público más fecundo. Pero no han salido: los jesuitas, mordiendo las porciones más enérgicas de sus almas, los han inutilizado ad maiorem Dei gloriam. ¡Adiós unidad del espíritu, adiós impetuosidad cordial, adiós afán por hacer mejor el mundo en que vivimos!
Ayala escribe prodigiosamente, representa entre los nuevos escritores la tradición castiza del estro fecundo, que suele faltarnos a los demás. Tal vez los pequeños defectos de su estilo provengan de una vena demasiado exuberante que no ha logrado todavía ponerse cauce y continencia.
Mas este libro trasciende de la literatura y significa un documento valiosísimo para el problema de la reforma pedagógica española. Léanlo quienes, prepuestos a nuestro gobierno, son responsables del porvenir nacional. Léanlo los padres antes de elegir educación para sus hijos.
El libro de Ayala es, en todo lo importante, de una gran exactitud. Sólo hallo un olvido, en mi opinión, de suma gravedad: no haber hecho constar de una manera taxativa que el vicio radical de los jesuitas, y especialmente de los jesuitas españoles, no consiste en el maquiavelismo, ni en la codicia, ni en la soberbia, sino lisa y llanamente en la ignorancia.
Al final de la novela pregunta el médico Trelles al Padre Atienza, que, aprovechando la salida de Bertuco, abandona la Orden:
—¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?
Y el Padre Atienza responde:
—¡De raíz!
Bueno; yo no soy partidario de que se suprima a nadie ni de que se expulse a nadie de la gran familia española, tan menesterosa de todos los brazos para subvenir a su economía. No obstante, la supresión de los colegios jesuíticos sería deseable, por una razón meramente administrativa: la incapacidad intelectual de los RR. PP.
Diciembre, 1910
Ramón Pérez de Ayala sends me a book that he has just composed. It is titled A. M. D. G.: La vida en los colegios de jesuitas. The author has been a disciple of those blessed fathers: I, too. The author is one of my closest friends, and unites us, above the affection, an analogous sensibility for the Spanish problems.
Are these not sufficient reasons for me to allow myself to announce to the public the appearance of this volume? In case anything were lacking, I must note another happy coincidence: Ayala was emperor in the classes of the college of Gijón: I too was emperor in the college that the Jesuits maintain in Miraflores del Palo, near Málaga. Do you know, reader?… There is a place that the Mediterranean caresses, where the earth loses its elemental value, where the sea water descends to the need of slave and converts its liquid amplitude into a reverberant mirror, which reflects the only thing that is real there: the Light. Leaving Málaga, following the undulating line of the coast, one enters the empire of the light. Reader, I have been for six years emperor within a drop of light, in an empire more blue and resplendent than the land of the mandarins. From that time, of course, my life signifies a fatal decadence, and my democratic eagerness perhaps is nothing other than a way of the spite.
Upon reading the book of Ayala, that lost childhood has come running toward me with dangerous celerity, and now I no longer know how to distinguish between what the pages of this novel say and what they remind me of. I only find one divergence: Ayala wraps the scenes of his boyhood in a landscape of the North, which suits very well the melancholy and the pain of the life that he describes, whereas the armor of a childhood subjected to the Jesuit pedagogy reaches me under the embroideries of a magnificent noon.
But I put my hand as a visor to shelter my pupils from that excessive refulgence in which my childhood floated, and then I discover the same sad and thirsty childhood that formed the trembling heart of Bertuco, the little hero of Ayala.
The Jesuits have several classes of disciples: some are like the Coste of A. M. D. G., the chubby-cheeked Coste, of soul not yet awakened, separated from the external environment by a physiology of steer, boy gifted with incontestable biological joy, capable of crossing the mystical nets of the Spiritual Exercises like a cannonball through a cloud. For these there is nothing sad: Coste cures any incipient heartache by striking up with the table neighbor a pantagruelian bet over who gulps down the greater number of fried eggs, and ends up escaping riding tranquilly on the donkey of the college, the meek beast whom the delicacy of the Reverend Fathers had nicknamed Castelar.
Others are not nor will never be anything determinate, inert mass incapable of reaction, that gravitate toward the center in whatever sphere they are placed. These are the most numerous in an exanimate race like ours.
But there are some children of trembling spirit, sensitized before season, of incredible imaginative energy, who perceive at once the perennial asymmetry between the ideal and the real: what will you do with these children masters of so strong power of imagining? Consider that for them all reality is a trampoline that hurls them to a world of their own creation; seek to retain them, proposing to them juicy, frank, broad, multiple realities, so that they do not escape too much to the fantastic; make them see in the existing things a battlefield worthy of them, where their ascending and creative power remains captive. Those centrifugal little souls, disposed to flee at every instant from the collective human action, like the arrow from the hand of the archer, are at the same time the only ones that can drag after themselves the gravid multitudes toward superior forms of existence: from them will come the ardent poets, the apostolic politicians, the honest thinkers, the inventors, the men, in a word, who are the salt of the earth; teach them, then, to love the communal; make them philanthropic and active, respectful of the error and confident in the capacity of improvement immanent to the man.
Bertuco belongs to this class. In what manner do the Jesuits influence him? Let the book of Ayala be read, and it will be seen. Like those who descended to the purgatory of Saint Patrick, Bertuco will never laugh again fully: the laughter is the expression of a healthy and elastic soul, unified and with its functions integral. If this is so, for a fine soul to be able to allow itself the luxury of laughing it needs to believe with deep faith these three things: that there is a science worthy of such name, that there is a morality that is not a ridiculousness, that the art exists. Well then; the Jesuits will lead him to mock all the classics of the human thought: Democritus, Plato, Descartes, Galileo, Spinoza, Kant, Darwin, etc.; they will accustom him to call morality a heap of stupid and superstitious rules or exercises: of art they will never speak to him.
Even this would be passable if the demoralization to which the Jesuit pedagogy leads stopped before the idea of the human fraternity. But… scarcely does Bertuco enter the College when he hears from the lips of those blessed Fathers a fierce word, incalculable, anarchic: los nuestros… Los nuestros are not all men: los nuestros are they alone.
Bertuco will see the humanity split in two portions: the Jesuits and then the rest. And he will hear once and again that the rest are false, vicious people, disposed to sell themselves for little money, ignorant, without ideality, without any appreciable merit. On the contrary, los nuestros, the Jesuits, are of such specific condition that, apparently, none of them has been condemned yet.
Bertuco will leave the College rendered useless for the hope: for however grave efforts of reflection he makes he will never manage to overcome an original distrust, an a priori disdain before the other men. In exchange, somewhat more serious studies, more vigorous meditations will make unbearable to him the memory of los nuestros: the vices of which they accused the common run of the people will seem to Bertuco to flutter with great clumsy wings around the Jesuit buildings. And then it will seem to him that from the history rises a horrible stench of matter, and if he looks around he will believe he sees a desert of men inhabited by lascivious orangutans.
Who could be surprised that Bertuco renounces all social labor when he advances in the life? The ants, at the time that they swell their subterranean granaries, know how to bite the grain in such a place that, without killing it, they impede its germination. Saint Ignatius, administrative and organizing saint, has endowed his spiritual children with the marvelous art of utilizing the creatures for the greater glory of God, and as the best ones do not easily resign themselves to the role of instruments, they are utilized by rendering them useless.
The Jesuits have educated the sons of the Spanish families that live in greater comfort. From them should have come out the men builders of the national culture, producers of a more fecund public environment. But they have not come out: the Jesuits, biting the most energetic portions of their souls, have rendered them useless ad maiorem Dei gloriam. Farewell unity of the spirit, farewell cordial impetuosity, farewell eagerness to make better the world in which we live!
Ayala writes prodigiously, he represents among the new writers the castizo tradition of the fecund estro, which usually fails the rest of us. Perhaps the small defects of his style come from a vein too exuberant that has not yet managed to put itself channel and continence.
But this book transcends the literature and signifies a very valuable document for the problem of the Spanish pedagogical reform. Let it be read by those who, placed over our government, are responsible for the national future. Let the fathers read it before choosing education for their children.
The book of Ayala is, in all the important, of a great exactness. I only find one omission, in my opinion, of the gravest: not having made constate in a taxative manner that the radical vice of the Jesuits, and especially of the Spanish Jesuits, does not consist in the Machiavellianism, nor in the greed, nor in the pride, but plainly and simply in the ignorance.
At the end of the novel the doctor Trelles asks Father Atienza, who, taking advantage of the departure of Bertuco, abandons the Order:
—Do you believe that the Company of Jesus should be suppressed?
And Father Atienza responds:
—From the root!
Well; I am not a partisan that anyone be suppressed nor that anyone be expelled from the great Spanish family, so needy of all the arms to subsidize its economy. Nevertheless, the suppression of the Jesuit colleges would be desirable, for a merely administrative reason: the intellectual incapacity of the RR. PP.
December, 1910
Ramón Pérez de Ayala mi invia un libro che ha appena composto. Si intitola A. M. D. G.: La vida en los colegios de jesuitas. L’autore è stato discepolo di quei benedetti padri: anch’io. L’autore è tra i miei amici più intimi, e ci unisce, al di sopra dell’affetto, un’analoga sensibilità per i problemi spagnoli.
Non sono queste ragioni sufficienti perché mi permetta di annunciare al pubblico l’apparizione di questo volume? Se qualcosa mancasse, devo segnalare un’altra felice coincidenza: Ayala fu imperatore nelle classi del collegio di Gijón: anch’io fui imperatore nel collegio che i gesuiti mantengono a Miraflores del Palo, presso Málaga. Sa il lettore?… C’è un luogo che il Mediterraneo carezza, dove la terra perde il suo valore elementare, dove l’acqua marina discende al bisogno di schiava e converte la sua liquida ampiezza in uno specchio riverberante, che riflette l’unica cosa che lì è reale: la Luce. Uscendo da Málaga, seguendo la linea ondulante della costa, si entra nell’impero della luce. Lettore, io sono stato per sei anni imperatore dentro una goccia di luce, in un impero più azzurro e splendente della terra dei mandarini. Da quel tempo, naturalmente, la mia vita significa una fatale decadenza, e i miei affanni democratici forse non sono altro che un modo della stizza.
Leggendo il libro di Ayala, quella infanzia perduta è venuta correndo fino a me con pericolosa celerità, e ora non so più distinguere tra ciò che le pagine di questo romanzo dicono e ciò che mi ricordano. Trovo solo una divergenza: Ayala avvolge le scene della sua fanciullezza in un paesaggio del Nord, che conviene molto bene alla malinconia e al dolore della vita che descrive, mentre l’armatura di un’infanzia sottomessa alla pedagogia gesuitica mi giunge sotto i ricami di un meriggio magnifico.
Ma io metto la mano a guisa di visiera per riparare le pupille da quella refulgenza eccessiva in cui galleggiò la mia infanzia, e allora scopro la stessa infanzia triste e assetata che formò il cuore tremante di Bertuco, il piccolo eroe di Ayala.
I gesuiti hanno varie classi di discepoli: alcuni sono come il Coste di A. M. D. G., il paffuto Coste, dall’anima ancora non desta, separata dall’ambiente esterno da una fisiologia di torello, ragazzo dotato di allegria biologica incontrastabile, capace di attraversare le reti mistiche degli Esercizi spirituali come una palla di cannone attraverso una nuvola. Per questi non c’è nulla di triste: Coste cura qualsiasi incipiente dolore di cuore intavolando col vicino di tavola una pantagruelica scommessa su chi si ingolla il maggior numero di uova fritte, e finisce per scapparsene cavalcando tranquillamente l’asino del collegio, la mansueta bestiola che la delicatezza dei Reverendi Padri aveva soprannominato Castelar.
Altri non sono né saranno mai nulla di determinato, massa inerte incapace di reazione, che gravita verso il centro in qualunque sfera li si collochi. Questi sono i più numerosi in una razza esanime come la nostra.
Ma ci sono alcuni bambini di spirito tremante, sensibilizzato prima di stagione, di incredibile energia immaginativa, che percepiscono al punto l’asimmetria perenne tra l’ideale e il reale: che farete di questi bambini padroni di così forte potere di immaginare? Guardate che per loro ogni realtà è un trampolino che li lancia in un mondo di loro propria creazione; procurate di trattenerli, proponendo loro realtà succose, franche, ampie, multiple, di modo che non si scappino troppo nel fantastico; fate che vedano nelle cose esistenti un campo di battaglia degno di loro, dove resti prigioniera la loro potenza ascendente e creatrice. Quelle animucce centrifughe, disposte a fuggire in ogni istante dall’azione collettiva umana, come la freccia dalla mano dell’arciere, sono insieme le sole che possano trascinare dietro di sé le moltitudini gravide verso forme superiori di esistenza: da esse usciranno i poeti ardenti, i politici apostolici, i pensatori onesti, gli inventori, gli uomini, in una parola, che sono il sale della terra; insegnate loro, dunque, ad amare il comunale; fateli filantropici e attivi, rispettosi dell’errore e fiduciosi nella capacità di migliorare immanente all’uomo.
Bertuco appartiene a questa classe. In che modo influiscono su di lui i gesuiti? Si legga il libro di Ayala, e si vedrà. Come quelli che scendevano al purgatorio di San Patrizio, Bertuco non tornerà a ridere mai del tutto: la risata è l’espressione di un’anima sana ed elastica, unificata e con le sue funzioni integre. Se è così, perché un’anima fine possa permettersi il lusso di ridere, ha bisogno di credere con fede profonda queste tre cose: che c’è una scienza meritevole di tal nome, che c’è una morale che non è una ridicolaggine, che l’arte esiste. Ebbene; i gesuiti lo porteranno a burlarsi di tutti i classici del pensiero umano: di Democrito, di Platone, di Descartes, di Galileo, di Spinoza, di Kant, di Darwin, ecc.; lo abitueranno a chiamare morale un mucchio di regole o esercizi stupidi e superstiziosi: d’arte non gli parleranno mai.
Ancora questo sarebbe sopportabile se la demoralizzazione a cui conduce la pedagogia gesuitica si arrestasse dinanzi all’idea della fraternità umana. Ma… appena Bertuco entra nel Collegio ascolta dalle labbra di quei benedetti Padri una parola feroce, incalcolabile, anarchica: i nostri… I nostri non sono tutti gli uomini: i nostri sono loro soli.
Bertuco vedrà l’umanità scissa in due porzioni: i gesuiti e poi gli altri. E udrà una volta e un’altra che gli altri sono gente falsa, viziosa, disposta a vendersi per poco denaro, ignorante, senza idealità, senza merito alcuno apprezzabile. Al contrario, i nostri, i gesuiti, sono di tale condizione specifica che, a quanto pare, non se n’è ancora condannato nessuno.
Uscirà Bertuco dal Collegio inutilizzato per la speranza: per quanto gravi sforzi di riflessione faccia, non riuscirà mai a vincere una sfiducia originaria, un disprezzo aprioristico dinanzi agli altri uomini. In cambio, studi un po’ più seri, meditazioni più vigorose gli renderanno insopportabile il ricordo dei nostri: i vizi di cui essi accusavano il comune delle genti sembreranno a Bertuco svolazzare con grandi ali maldestre intorno agli edifici gesuitici. E allora gli sembrerà che si levi dalla storia un orribile lezzo di materia, e se guarda intorno crederà di vedere un deserto di uomini abitato da lascivi orango.
Chi potrà meravigliarsi che Bertuco rinunci a ogni lavoro sociale quando avanzi nella vita? Le formiche, mentre gonfiano le loro dispense sotterranee, sanno mordere il grano in tal punto che, senza ucciderlo, ne impediscono la germinazione. Sant’Ignazio, santo amministrativo e organizzatore, ha dotato i suoi figli spirituali dell’arte meravigliosa di utilizzare le creature per la maggior gloria di Dio, e poiché le migliori non si rassegnano facilmente al ruolo di strumenti, le si utilizza inutilizzandole.
I gesuiti hanno educato i figli delle famiglie spagnole che vivono nella maggiore agiatezza. Da loro sarebbero dovuti uscire gli uomini costruttori della cultura nazionale, produttori di un ambiente pubblico più fecondo. Ma non sono usciti: i gesuiti, mordendo le porzioni più energiche delle loro anime, li hanno inutilizzati ad maiorem Dei gloriam. Addio unità dello spirito, addio impetuosità cordiale, addio brama di fare migliore il mondo in cui viviamo!
Ayala scrive prodigiosamente, rappresenta tra i nuovi scrittori la tradizione castiza dell’estro fecondo, che suole mancare a noi altri. Forse i piccoli difetti del suo stile provengono da una vena troppo esuberante che non è riuscita ancora a mettersi argine e continenza.
Ma questo libro trascende la letteratura e significa un documento preziosissimo per il problema della riforma pedagogica spagnola. Lo leggano coloro che, preposti al nostro governo, sono responsabili dell’avvenire nazionale. Lo leggano i padri prima di scegliere l’educazione per i loro figli.
Il libro di Ayala è, in tutto ciò che importa, di una grande esattezza. Trovo solo una dimenticanza, a mio parere, di somma gravità: non aver fatto constare in maniera tassativa che il vizio radicale dei gesuiti, e specialmente dei gesuiti spagnoli, non consiste nel machiavellismo, né nella cupidigia, né nella superbia, ma liscia e piana nell’ignoranza.
Alla fine del romanzo il medico Trelles domanda al Padre Atienza, che, approfittando dell’uscita di Bertuco, abbandona l’Ordine:
—Crede lei che si dovrebbe sopprimere la Compagnia di Gesù?
E il Padre Atienza risponde:
—Dalle radici!
Bene; io non sono partigiano che si sopprima nessuno né che si espella nessuno dalla grande famiglia spagnola, tanto bisognosa di tutte le braccia per far fronte alla sua economia. Nondimeno, la soppressione dei collegi gesuitici sarebbe desiderabile, per una ragione meramente amministrativa: l’incapacità intellettuale dei RR. PP.
Dicembre 1910