Ortega y Gasset

Abstract

A note on Maurice Barrès, almost unknown in Spain, and on the Spanish debt to his Sangre, placer y muerte. Ortega uses it to counterpose the Mediterranean form of culture — a way of loving God, telling stories, looking at women — to a less harmonious northern ideal, and to offer a pessimistic prognosis for the Mediterranean peoples. Literary criticism and cultural diagnosis.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El público español no conoce apenas el nombre de Maurice Barrès. Esto es una falta más de nuestra república literaria, privada completamente de espíritus críticos que se encarguen de orientar los débiles residuos de atención que aún pudieran hallarse entre los escombros de la conciencia nacional. Aparte de la significación que tiene Barrès en la literatura europea vigente, debiéramos los españoles haberle demostrado algún agradecimiento por sus páginas tituladas Sangre, placer y muerte, donde se nos ha enseñado a nosotros mismos una manera de mirar nuestra pintoresca barbarie, que no será probablemente exacta, pero que es muy fecunda en emociones y vale, por lo tanto, como una verdad provisoria. Mientras no tengamos presto el historial de nuestra raza —y necesitaríamos un siglo para ello—, habremos de contentarnos con poéticas interpretaciones de nuestro carácter, en las que no podremos creer sino a medias y entre sonrisas. Esta que Barrès nos ofrece es grata al menos, y le ha inspirado tan bellos párrafos que sólo puede ocurrirnos pensar: ¡Cuánto nos divertiríamos si fuésemos así!

De todos modos, los fondistas españoles se hallan en deuda con este escritor: nadie ha fomentado más en los últimos años los viajes por España: el lirismo denso, comprimido en el libro de Barrès, ha disparado como una catapulta romana sobre nuestros paisajes todo el snobismo de ambos mundos, y, gracias a él, las lindas mujeres de Montmartre han venido a los campos andaluces y castellanos para ver cómo mana la energía.

La figura literaria de Barrès exige, más que merece, un estudio detallado. Hágalo quien pueda y sepa. Acaso desde Chateaubriand, con quien tiene sumo parentesco, no haya alcanzado ningún escritor en Francia poderío tan fuerte, y, sobre todo, después de Chateaubriand, de Stendhal y de Flaubert, nadie como Barrès nos obliga a remover, en tanto le discutimos, las cenizas originales en el sacro altar del alma grecolatina. Esto es lo más que se puede decir de un escritor vivo; serán mejores o peores sus libros; será su nombre efímero o clásico en la historia literaria: tales cuestiones no pueden interesarnos a los contemporáneos. Ai posteri l’ardua sentenza. La importancia de un poeta sólo puede precisarse midiendo la estela de excitaciones que va dejando su obra después de la muerte.

Pueblo tras pueblo, todos los que venimos a florecer y a morir en torno de este mar nuestro, de lomos azules y reír innumerable, hemos hostigado nuestras multitudes étnicas hacia un ideal armonioso, hacia una fórmula que, siendo única, baste para resolver el problema inconmensurable de la vida. En tal afán, gallardo y sublime, se han consumido las almas mejores de Grecia, de Roma, de Italia, de Francia y de España. Estas naciones no admitían como verdadera una palabra que al mismo tiempo no fuese bella y que, además, no incitara a la actividad. Ahora, otros pueblos, tan llenos de virtudes que vienen encorvados como esclavos bajo su peso, quieren imponernos un ideal menos claro y, desde luego, menos armónico.

La cultura es, dondequiera, una: el griego y el escita, el francés y el prusiano trabajan ciertamente en una obra común. Pero hay una forma de la cultura peculiar al Sur de Europa, un modo mediterráneo de amar a Dios, de contar los cuentos, de andar por las calles, de mirar a las mujeres y de decir que dos y dos son cuatro. Sobre esta forma ríñese la batalla. La tarde muere y se acerca la hora decisiva: por todas partes se advierte la inminencia de una nueva organización política y moral del mundo, ¿Cuál será la forma en que se plasme el nuevo régimen de vida? Los pueblos mediterráneos llevamos las de perder: somos más viejos, estamos ya un poco cansados de educar salvajes, hemos consumido las reservas de ingenuidad que requiere toda acción tenaz y osada, nos falta economía y obediencia, virtudes inferiores que momentáneamente suplantan la verdadera superioridad. Somos un ejército donde cada soldado es un Ulises y las tretas son tantas que se inutilizan las unas a las otras. Además, sin mitología no hay conquistadores. Grecia vence al Asia mientras cree en sus propios mitos y es vencida en cuanto comienzan los filósofos a desmontar, como máquinas viejas, los oráculos. Los alemanes creen en el mito de su emperador, ¿quién podrá resistirlos? Entre nosotros el mal gusto del káiser Guillermo habría bastado para disolver el respeto al Imperio[4].

Es, pues, lo más probable que el mundo se ordene nuevamente según el compás germánico. Esto significaría, como en cierta ocasión Renan dijo, el advenimiento de una «panbeocia» universal: existir sería un oficio más higiénico, pero los nervios humanos darían menos vibraciones por segundo y las nueve musas, para no perecer, acabarían, unas después de otras, como señoritas de comptoir. No extrañe, consecuentemente, que saludemos con entusiasmo en la obra de Barrès lo que acaso sea la última guerra que mueven al Norte las poblaciones del Sur. Aunque el mismo Barrès crea que el aticismo no puede revivir, muerta la Hélade, mucho hallamos en su literatura agresiva del aticismo decadente y desesperado que representa Alcibíades: cuando menos el desdén, la ironía, la impiedad, las ambiciones ágiles, y haber, como éste, en fin, cortado varias veces la cola al perro para que hablen de él.

Éste es el problema en cuyo derredor escribe Barrès sus últimos libros. Un tiempo oscureciósele ante los ojos la cuestión hasta el punto de alistarse en la hueste del general Boulanger y de predicar un «chauvinismo» indelicado. Cierto que Francia ha recibido varias heridas en su gloria personal, y no sólo se ve amenazada como cultura, sino como Estado. Pero más tarde, en un viaje de Grecia, fontana materna de la cultura mediterránea, volvió a ver el noble sentido de la lucha, y ahora publica un libro tan sencillo y radiante que parece escrito en cristal.

La ciudad de Metz, incorporada a Alemania el año 70, presenta un caso especial de este antagonismo entre dos culturas. No sufre la imposición extraña purificada por la lejanía y bajo las especies del arte o de la ciencia, más sintéticas y fáciles de repeler. Allí se pelea analíticamente en cada hora, en cada calle, en cada cuarto. El conquistador va haciendo huecos en la personalidad indígena, distendiendo sus poros, y los franceses mesinos, siéndoles imposible la gran táctica, se ven reducidos a cambiar su heroísmo en cuartos y a desgranarlo, como un rosario, para repartirlo entre todos los minutos.

La señora Baudoche y su nieta Colette viven con una renta modestísima, hasta el punto de verse obligadas a alquilar dos habitaciones a un huésped. Este huésped tarda en presentarse, y cuando llega, es un prusiano, el doctor Frederic Asmus, de veinticinco años, que llega de Koenigsberg con un sueldo de 2.200 marcos en concepto de maestro del Liceo. Es el «alemán clásico, tocado de un sombrero verdoso y vestido, o mejor empaquetado, en un levitón universitario. Es el uniforme de la inmensa armada de los invasores pacíficos que se ha puesto en marcha tras los vencedores y desfila desde hace treinta y cinco años». El doctor Asmus recordaba «en cierto modo (con menos radiación, claro está), el memorable retrato, a la vez ridículo y bello, que se ve en el Museo de Francfort, del joven Goethe tendido en la campiña romana y parecido a un joven elefante».

Las Baudoche son dos francesas de la especie más sencilla: su educación no es noticiosa, no saben apenas nada, no han recibido de fuera ninguna erudición; pero la sangre que corre por sus venas ha heredado toda la riqueza anónima de inventos morales que se deben a la ilustre casta de Francia. La educación, en lugar de recibirla, trasciende de ellas, unge todos sus modales y espiritualiza los muebles de sus habitaciones.

El doctor Asmus, por el contrario, viene de una raza que necesita aprender las cosas por principios. No es pedante porque en él la pedantería es la manera natural y espontánea de tocar las cosas. Es leal y honrado, pero alguna vez se emborracha siguiendo la costumbre de su nación. «Pertenecía a la raza de los idealistas que sobre su colina sagrada de Bayreuth, después de haber oído a su profeta durante una hora, se lanzan sobre la cerveza y las salchichas y comienzan de nuevo a soñar y vuelven a ahitarse, alternativamente, de actos en entreactos, incapaces aún en estos días consagrados a la sublime de depurar sus hábitos groseros».

The Spanish public barely knows the name of Maurice Barrès. This is one more lack of our literary republic, completely deprived of critical spirits that take charge of orienting the weak residues of attention that could still be found among the rubble of the national conscience. Apart from the significance that Barrès has in the current European literature, we Spaniards should have shown him some gratitude for his pages titled Sangre, placer y muerte, where a way of looking at our picturesque barbarism has been taught to us ourselves, which will probably not be exact, but which is very fecund in emotions and is worth, therefore, as a provisional truth. Until we have ready the historial of our race —and we would need a century for it—, we shall have to content ourselves with poetic interpretations of our character, in which we shall not be able to believe but halfway and between smiles. This one that Barrès offers us is at least pleasing, and has inspired him such beautiful paragraphs that only can occur to us to think: How much we would amuse ourselves if we were like that!

In any case, the Spanish innkeepers are in debt with this writer: no one has fostered more in the last years the travels through Spain: the dense lyricism, compressed in the book of Barrès, has discharged like a Roman catapult upon our landscapes all the snobbery of both worlds, and, thanks to him, the pretty women of Montmartre have come to the Andalusian and Castilian fields to see how the energy flows.

The literary figure of Barrès demands, more than deserves, a detailed study. Let whoever can and knows how do it. Perhaps since Chateaubriand, with whom he has the greatest kinship, no writer in France has reached so strong a dominion, and, above all, after Chateaubriand, of Stendhal and of Flaubert, no one like Barrès obliges us to stir, while we discuss him, the original ashes on the sacred altar of the Greco-Latin soul. This is the most that can be said of a living writer; better or worse will be his books; ephemeral or classic will be his name in the literary history: such questions cannot interest us the contemporaries. Ai posteri l’ardua sentenza. The importance of a poet can only be determined by measuring the wake of excitations that his work leaves after the death.

People after people, all of us who come to flourish and to die around this sea of ours, of blue backs and innumerable laughter, have harassed our ethnic multitudes toward a harmonious ideal, toward a formula that, being unique, suffices to resolve the incommensurable problem of the life. In such eagerness, gallant and sublime, the best souls of Greece, of Rome, of Italy, of France and of Spain have been consumed. These nations did not admit as true a word that at the same time was not beautiful and that, moreover, did not incite to the activity. Now, other peoples, so full of virtues that they come bent like slaves under their weight, want to impose on us an ideal less clear and, of course, less harmonious.

The culture is, everywhere, one: the Greek and the Scythian, the French and the Prussian work certainly in a common work. But there is a form of the culture peculiar to the South of Europe, a Mediterranean mode of loving God, of telling the stories, of walking through the streets, of looking at the women and of saying that two and two are four. Over this form the battle is fought. The afternoon dies and the decisive hour approaches: everywhere is noticed the imminence of a new political and moral organization of the world, What will be the form in which the new regime of life is shaped? The Mediterranean peoples carry the losing end: we are older, we are already a little tired of educating savages, we have consumed the reserves of ingenuity that every tenacious and bold action requires, we lack economy and obedience, inferior virtues that momentarily supplant the true superiority. We are an army where each soldier is an Ulysses and the tricks are so many that they invalidate one another. Moreover, without mythology there are no conquerors. Greece vanquishes Asia while it believes in its own myths and is vanquished as soon as the philosophers begin to dismantle, like old machines, the oracles. The Germans believe in the myth of their emperor, who will be able to resist them? Among us the bad taste of Kaiser William would have sufficed to dissolve the respect to the Empire[4].

It is, then, the most probable that the world be ordered anew according to the Germanic compass. This would signify, as on a certain occasion Renan said, the advent of a universal «panbeotia»: to exist would be a more hygienic office, but the human nerves would give fewer vibrations per second and the nine muses, in order not to perish, would end, one after another, like demoiselles de comptoir. Do not be strange, consequently, that we salute with enthusiasm in the work of Barrès what perhaps is the last war that the populations of the South move to the North. Although the same Barrès believes that the Atticism cannot revive, dead the Hellas, much do we find in his aggressive literature of the decadent and desperate Atticism that Alcibiades represents: at least the disdain, the irony, the impiety, the agile ambitions, and to have, like him, in short, cut several times the tail of the dog so that they talk about him.

This is the problem around which Barrès writes his last books. A time the question darkened before his eyes to the point of enlisting in the host of General Boulanger and of preaching an indelicate «chauvinism». True that France has received several wounds in its personal glory, and not only sees itself threatened as culture, but as State. But later, in a trip to Greece, maternal font of the Mediterranean culture, he returned to see the noble sense of the struggle, and now he publishes a book so simple and radiant that it seems written in crystal.

The city of Metz, incorporated to Germany in ‘70, presents a special case of this antagonism between two cultures. It does not suffer the strange imposition purified by the distance and under the species of the art or of the science, more synthetic and easy to repel. There one fights analytically in every hour, in every street, in every room. The conqueror goes making holes in the indigenous personality, distending its pores, and the Frenchmen of Metz, being impossible to them the great tactic, see themselves reduced to change their heroism into rooms and to shell it, like a rosary, to distribute it among all the minutes.

Mrs. Baudoche and her granddaughter Colette live with a most modest income, to the point of seeing themselves obliged to rent two rooms to a guest. This guest is slow to present himself, and when he arrives, he is a Prussian, the doctor Frederic Asmus, of twenty-five years, who arrives from Koenigsberg with a salary of 2,200 marks in the capacity of teacher of the Lyceum. He is the «classical German, touched with a greenish hat and dressed, or better packaged, in a university frock coat. It is the uniform of the immense army of the peaceful invaders that has set itself in march behind the victors and files past for thirty-five years». The doctor Asmus reminded «in certain way (with less radiance, of course), the memorable portrait, at once ridiculous and beautiful, that is seen in the Museum of Francfort, of the young Goethe reclined in the Roman countryside and resembling a young elephant».

The Baudoche are two Frenchwomen of the most simple species: their education is not newsy, they know barely nothing, they have not received from outside any erudition; but the blood that runs through their veins has inherited all the anonymous richness of moral inventions that are owed to the illustrious caste of France. The education, instead of receiving it, transcends from them, anoints all their manners and spiritualizes the furniture of their rooms.

The doctor Asmus, on the contrary, comes from a race that needs to learn the things by principles. He is not pedantic because in him the pedantry is the natural and spontaneous manner of touching the things. He is loyal and honest, but sometimes he gets drunk following the custom of his nation. «He belonged to the race of the idealists who upon their sacred hill of Bayreuth, after having heard their prophet for an hour, throw themselves on the beer and the sausages and begin anew to dream and return to stuff themselves, alternately, of acts in interludes, incapable even in these days consecrated to the sublime of purifying their coarse habits».

Il pubblico spagnolo conosce appena il nome di Maurice Barrès. Questa è una mancanza in più della nostra repubblica letteraria, privata completamente di spiriti critici che si incarichino di orientare i deboli residui di attenzione che ancora potessero trovarsi tra le macerie della coscienza nazionale. A parte il significato che Barrès ha nella letteratura europea vigente, gli spagnoli avremmo dovuto dimostrargli qualche gratitudine per le sue pagine intitolate Sangue, piacere e morte, dove ci è insegnato a noi stessi un modo di guardare la nostra pittoresca barbarie, che non sarà probabilmente esatta, ma che è molto feconda di emozioni e vale, perciò, come una verità provvisoria. Finché non abbiamo pronto il regesto della nostra razza —e ci vorrebbe un secolo per questo—, dovremo accontentarci di poetiche interpretazioni del nostro carattere, in cui non potremo credere che a metà e tra sorrisi. Questa che Barrès ci offre è grata almeno, e gli ha ispirato così bei capoversi che può solo venirci da pensare: quanto ci divertiremmo se fossimo così!

In ogni modo, gli albergatori spagnoli sono in debito con questo scrittore: nessuno ha fomentato più negli ultimi anni i viaggi per la Spagna: il lirismo denso, compresso nel libro di Barrès, ha scagliato come una catapulta romana sui nostri paesaggi tutto lo snobismo di entrambi i mondi, e, grazie a lui, le graziose donne di Montmartre sono venute ai campi andalusi e castigliani per vedere come scaturisce l’energia.

La figura letteraria di Barrès esige, più che merita, uno studio dettagliato. Lo faccia chi può e sa. Forse da Chateaubriand, col quale ha somma parentela, nessuno scrittore ha raggiunto in Francia potere così forte, e, soprattutto, dopo Chateaubriand, Stendhal e Flaubert, nessuno come Barrès ci obbliga a rimuovere, mentre lo discutiamo, le ceneri originali nel sacro altare dell’anima grecolatina. Questo è il massimo che si può dire di uno scrittore vivo; saranno migliori o peggiori i suoi libri; sarà il suo nome effimero o classico nella storia letteraria: tali questioni non possono interessarci, contemporanei. Ai posteri l’ardua sentenza. L’importanza di un poeta può precisarsi soltanto misurando la scia di eccitazioni che la sua opera va lasciando dopo la morte.

Popolo dopo popolo, tutti quelli che veniamo a fiorire e a morire intorno a questo mare nostro, di dorso azzurro e riso innumerevole, abbiamo incalzato le nostre moltitudini etniche verso un ideale armonioso, verso una formula che, essendo unica, basti a risolvere il problema incommensurabile della vita. In tale brama, gagliarda e sublime, si sono consumate le anime migliori di Grecia, di Roma, d’Italia, di Francia e di Spagna. Queste nazioni non ammettevano come vera una parola che al tempo stesso non fosse bella e che, inoltre, non incitasse all’attività. Ora, altri popoli, tanto pieni di virtù che vengono incurvati come schiavi sotto il loro peso, vogliono imporci un ideale meno chiaro e, senz’altro, meno armonioso.

La cultura è, ovunque, una: il greco e lo scita, il francese e il prussiano lavorano certamente in un’opera comune. Ma c’è una forma della cultura peculiare al Sud d’Europa, un modo mediterraneo di amare Dio, di raccontare le storie, di camminare per le strade, di guardare le donne e di dire che due più due fa quattro. Su questa forma si combatte la battaglia. Il pomeriggio muore e si avvicina l’ora decisiva: da ogni parte si avverte l’imminenza di una nuova organizzazione politica e morale del mondo. Quale sarà la forma in cui si plasmerà il nuovo regime di vita? I popoli mediterranei abbiamo le carte in peggio: siamo più vecchi, siamo già un po’ stanchi di educare selvaggi, abbiamo consumato le riserve d’ingenuità che richiede ogni azione tenace e ardita, ci mancano economia e obbedienza, virtù inferiori che momentaneamente soppiantano la vera superiorità. Siamo un esercito dove ogni soldato è un Ulisse e le astuzie sono tante che si inutilizzano le une con le altre. Inoltre, senza mitologia non ci sono conquistatori. La Grecia vince l’Asia finché crede nei propri miti ed è vinta appena i filosofi cominciano a smontare, come macchine vecchie, gli oracoli. I tedeschi credono nel mito del loro imperatore, chi potrà resistergli? Tra noi il cattivo gusto del kaiser Guglielmo sarebbe bastato a dissolvere il rispetto verso l’Impero[4].

È, dunque, molto probabile che il mondo si ordini nuovamente secondo il compasso germanico. Questo significherebbe, come in una certa occasione disse Renan, l’avvento di una «panbeozia» universale: esistere sarebbe un mestiere più igienico, ma i nervi umani darebbero meno vibrazioni per secondo e le nove muse, per non perire, finirebbero, una dopo l’altra, come signorine di comptoir. Non meravigli, conseguentemente, che salutiamo con entusiasmo nell’opera di Barrès ciò che forse è l’ultima guerra che muovono al Nord le popolazioni del Sud. Sebbene lo stesso Barrès creda che l’atticismo non possa rivivere, morta l’Ellade, molto troviamo nella sua letteratura aggressiva dell’atticismo decadente e disperato che rappresenta Alcibiade: quando meno il disprezzo, l’ironia, l’empietà, le ambizioni agili, e aver, come questo, in fine, tagliato più volte la coda al cane perché parlino di lui.

Questo è il problema intorno a cui Barrès scrive i suoi ultimi libri. Un tempo gli si oscurò dinanzi agli occhi la questione fino al punto di arruolarsi nell’oste del generale Boulanger e di predicare uno «sciovinismo» indelicate. Certo che la Francia ha ricevuto varie ferite nella sua gloria personale, e non solo si vede minacciata come cultura, ma come Stato. Ma più tardi, in un viaggio di Grecia, fontana madre della cultura mediterranea, tornò a vedere il nobile senso della lotta, e ora pubblica un libro tanto semplice e raggiante che sembra scritto in cristallo.

La città di Metz, incorporata alla Germania nell’anno 70, presenta un caso speciale di questo antagonismo tra due culture. Non subisce l’imposizione estranea purificata dalla lontananza e sotto le specie dell’arte o della scienza, più sintetiche e facili da respingere. Là si combatte analiticamente in ogni ora, in ogni strada, in ogni stanza. Il conquistatore va facendo vuoti nella personalità indigena, distendendone i pori, e i francesi di Metz, essendo loro impossibile la grande tattica, si vedono ridotti a cambiare il loro eroismo in quarti e a sbriciolarlo, come un rosario, per distribuirlo tra tutti i minuti.

La signora Baudoche e sua nipote Colette vivono con una rendita modestissima, fino al punto di vedersi obbligate ad affittare due stanze a un ospite. Questo ospite tarda a presentarsi, e quando arriva, è un prussiano, il dottor Frederic Asmus, di venticinque anni, che arriva da Königsberg con uno stipendio di 2.200 marchi in qualità di maestro del Liceo. È il «tedesco classico, toccato di un cappello verdastro e vestito, o meglio impacchettato, in un pastrano universitario. È l’uniforme dell’immensa armata degli invasori pacifici che si è messa in marcia dietro i vincitori e sfilata da trentacinque anni». Il dottor Asmus ricordava «in certo modo (con meno radiazione, naturalmente), il memorabile ritratto, insieme ridicolo e bello, che si vede nel Museo di Francoforte, del giovane Goethe disteso nella campagna romana e somigliante a un giovane elefante».

Le Baudoche sono due francesi della specie più semplice: la loro educazione non è notiziosa, non sanno quasi nulla, non hanno ricevuto dal di fuori nessuna erudizione; ma il sangue che scorre nelle loro vene ha ereditato tutta la ricchezza anonima di invenzioni morali che si devono all’illustre casta di Francia. L’educazione, invece di riceverla, trascende da esse, unge tutti i loro modi e spiritualizza i mobili delle loro stanze.

Il dottor Asmus, al contrario, viene da una razza che ha bisogno di apprendere le cose per princìpi. Non è pedante perché in lui la pedanteria è la maniera naturale e spontanea di toccare le cose. È leale e onesto, ma qualche volta si ubriaca seguendo la consuetudine della sua nazione. «Apparteneva alla razza degli idealisti che sulla loro sacra collina di Bayreuth, dopo aver ascoltato il loro profeta per un’ora, si lanciano sulla birra e le salsicce e cominciano di nuovo a sognare e tornano a rimpinzarsi, alternativamente, di atti in intermezzi, incapaci ancora in questi giorni consacrati alla sublime di depurare i loro costumi grossolani».

Este invasor va entrando insensiblemente bajo el encanto de una vida más pulimentada. Todo va iniciándole en una civilización más suculenta, a la vez de mayor complejidad y de más graciosa unidad. Al sustituir la cerveza por el vino confiesa que se siente más ingenioso. La estufa sajona, mole enorme e idiota, le había acostumbrado a un fuego mudo, y por decirlo así, inorgánico. En Metz trabaja junto a una chimenea de leña que se consume charlando, gimiendo y riendo y mientras las llamas le componen rojas fantasmagorías. Y sobre todo Colette va y viene por la casa: es una muchacha profundamente serena, dotada de un buen gusto automático y sin vacilaciones.

El pobre doctor poseía una novia en Koenigsberg, «una hermosa walkyria» que le obsequia en Navidades con un almohadón, «sobre el cual arabescos de estilo moderno dibujan las palabras del: Nur ein Viertelstündchen —sólo un cuartito de hora. Sin duda había querido con estas palabras fijarle la duración de la siesta. Y el profesor, con verdadera ternura, decía a las Baudoche: “Está relleno con sus cabellos”. Colette y su abuela parecieron estupefactas y preguntaron a una: “—¿Cómo, se ha cortado los cabellos?” “—¿Qué piensan ustedes?”, dijo el profesor; son los que caen cuando se peina».

No era difícil la victoria de Colette. Sin proponérselo suscita el amor en el corazón erudito del joven doctor Asmus, que le propone poco después el matrimonio. Pero Colette, oyendo la gran misa de Requiem por los muertos en la defensa de Metz, comprende que el honor francés le impide casarse con un prusiano. Colette Baudoche es «una francesita de la línea corneliana».

Tal es la sencillísima trama de este nuevo libro con que Barrès incita a meditar sobre el problema moral «de una ilustre ciudad galo-romana y católica, puesta allí para hacer y padecer la guerra de Alemania eternamente». El problema es perpetuamente vivo: siempre habrá colisión entre el deber de ser pacífico y el deber de la agresividad. Tan viejo es el caso que forma desde antiguo un género literario. Podría incluirse la novelita de Barrès entre los romances fronterizos.

1909

This invader goes entering insensibly under the charm of a more polished life. Everything goes initiating him in a more succulent civilization, at once of greater complexity and of more graceful unity. Upon substituting the beer for the wine he confesses that he feels himself more ingenious. The Saxon stove, enormous and idiotic mass, had accustomed him to a mute fire, and so to speak, inorganic. In Metz he works next to a wood fireplace that is consumed chatting, groaning and laughing and while the flames compose for him red phantasmagories. And above all Colette comes and goes through the house: she is a deeply serene girl, gifted with an automatic good taste and without vacillations.

The poor doctor had a girlfriend in Koenigsberg, «a beautiful walkyrie» who gifts him at Christmas with a cushion, «upon which arabesques of modern style draw the words: Nur ein Viertelstündchen —just a little quarter of an hour. Without doubt she had wanted with these words to fix for him the duration of the nap. And the professor, with true tenderness, said to the Baudoche: “It is stuffed with her hair”. Colette and her grandmother seemed stupefied and asked at once: “—What, she has cut her hair?” “—What do you think?”, said the professor; they are the ones that fall when she combs it».

The victory of Colette was not difficult. Without proposing it to herself she stirs the love in the erudite heart of the young doctor Asmus, who proposes to her shortly after the marriage. But Colette, hearing the great Requiem mass for the dead in the defense of Metz, understands that the French honor impedes her from marrying a Prussian. Colette Baudoche is «a little Frenchwoman of the Cornelian line».

Such is the very simple plot of this new book with which Barrès incites to meditate on the moral problem «of an illustrious Gallo-Roman and Catholic city, placed there to make and suffer the war of Germany eternally». The problem is perpetually alive: there will always be collision between the duty of being pacific and the duty of the aggressiveness. So old is the case that it forms from ancient times a literary genre. The little novel of Barrès could be included among the border romances.

1909

Questo invasore va entrando insensibilmente sotto l’incanto di una vita più levigata. Tutto va iniziandolo a una civiltà più succulenta, insieme di maggiore complessità e di più graziosa unità. Nel sostituire la birra col vino confessa di sentirsi più ingegnoso. La stufa sassone, mole enorme e idiota, lo aveva abituato a un fuoco muto, e, per così dire, inorganico. A Metz lavora accanto a un caminetto a legna che si consuma chiacchierando, gemendo e ridendo, e mentre le fiamme gli compongono rosse fantasmagorie. E soprattutto Colette va e viene per la casa: è una ragazza profondamente serena, dotata di un buon gusto automatico e senza esitazioni.

Il povero dottore possedeva una fidanzata a Königsberg, «una bella walkiria» che gli regala a Natale un cuscino, «sul quale arabeschi di stile moderno disegnano le parole del: Nur ein Viertelstündchen —solo un quarto d’oretta. Senza dubbio aveva voluto con queste parole fissargli la durata del sonnellino. E il professore, con vera tenerezza, diceva alle Baudoche: “È imbottito con i suoi capelli”. Colette e la nonna sembrarono stordite e domandarono a una: “—Come, si è tagliata i capelli?” “—Che cosa credono?”, disse il professore; sono quelli che cadono quando si pettina».

Non era difficile la vittoria di Colette. Senza proporselo suscita l’amore nel cuore erudito del giovane dottor Asmus, che le propone poco dopo il matrimonio. Ma Colette, udendo la grande messa di Requiem per i morti nella difesa di Metz, comprende che l’onore francese le impedisce di sposare un prussiano. Colette Baudoche è «una francesina della linea corneliana».

Tale è la semplicissima trama di questo nuovo libro con cui Barrès incita a meditare sul problema morale «di un’illustre città gallo-romana e cattolica, posta lì per fare e patire la guerra di Germania eternamente». Il problema è perpetuamente vivo: ci sarà sempre collisione tra il dovere di essere pacifico e il dovere dell’aggressività. Così vecchio è il caso che forma da antico un genere letterario. Potrebbe includersi la novelletta di Barrès tra i romanzi di frontiera.

1909