Ortega y Gasset

Abstract

An editorial rejoicing at the formation of a new ministry: streets full, applause rediscovered as a “noble sacrament”. Ortega explains the apparent contradiction — individually unpopular men who, gathered together, command respect — by noting that public opinion does not judge in absolute terms but according to circumstance and moment. Occasional political journalism.

Connections

Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Fue la de ayer una mañana espléndida para los españoles. Al despertar, como de una pesadilla, hallaron en el aire la mejor luz de primavera y un raro entusiasmo nacional en los corazones. Pocas veces hemos visto reflejarse tan claramente en la fisonomía de los transeúntes el efecto de un suceso político. Las calles estaban llenas de gente, y en cada semblante adquiría la sonrisa de satisfacción el valor de una actitud política. Dondequiera formábanse grupos de ciudadanos que se daban el parabién, y, a veces, la aglomeración se organizaba en muchedumbre congregada para aplaudir. ¡Se nos ha dado en los últimos tiempos tan poco pretexto a ejercitar este noble sacramento del aplauso, que casi temíamos haber olvidado su técnica! Ayer, los pechos se dilataron en una emoción de esperanza y gratitud, y las manos se dedicaron con fruición al aplauso como a un deporte inusitado. Se aplaudió al Rey, a los ministros, a los cartelones de los periódicos, al aire, a la luz, y es de presumir que los más reflexivos no olvidaron en sus aplausos a la Divina Providencia.

Nuestro editorial, que contra nuestra voluntad, surgía gemebundo desde hace unas semanas, no puede ser hoy más que la resonancia del júbilo nacional, y una especie de aplauso rotativo.

Sirva esta unanimidad en el regocijo como ejemplar demostración de que la conciencia española responde siempre que se acude con lealtad y plenitud a resolver sus preocupaciones. Y no extrañe que se mostrase reacia y dividida cuando, ante graves problemas, le eran ofrecidas soluciones mancas, insuficientes y equívocas. Por vez primera se ha colmado ahora la medida de la esperanza pública, y al punto ha dado ésta su rebosadura de entusiasmo.

Pero, ¿por qué esta satisfacción general? Componen el Gobierno hombres que han gobernado reiteradamente con general insatisfacción de los ciudadanos, y han traído la existencia española a aquellos conflictos que ahora se disponen a solventar. Y sin embargo, estos hombres, que separadamente no lograron hacerse amar de la nación, reunidos forman un poder que se impone al respeto de todos los españoles, como los diversos rayos cromáticos componen, al través del prisma, un haz de blanca luz. Éste es el hecho que sólo parecerá contradictorio e inexplicable a quien ignora que la opinión pública no procede por juicios absolutos y de un rigor geométrico, sino que, muy cuerdamente, llama bueno o malo a lo que es bueno o malo, según la circunstancia y el momento.

El motivo de mayor censura contra los prohombres políticos era verles a menudo anteponer sus conveniencias partidistas a los intereses comunes. Pues bien, la aparición de este Ministerio revela que por una vez han estrangulado generosamente sus enconos y orgullos personales. El pueblo, con una leal percepción, se ha percatado de que en la noche del jueves, dentro de la estancia palatina, algunos de los que hoy son ministros sometieron sus rencores y apasionamientos privados a una noble, patriótica amputación. Merced a ello, la nación, que se hallaba amenazada de arcaicas violencias autoritarias, puede hoy encontrar, sostenida en el Gobierno más autorizado, su voluntad de ser regida civilmente. Éste es, nadie lo duda, el sentido primordial del alborozo público. La solidaridad de todos los grupos parlamentarios en la corrección de las monstruosidades hechas o intentadas durante las últimas semanas, ha reconfortado el ánimo de todos.

Pero, además, este Gabinete, compuesto con mayúsculas, asegura el rápido retorno a la normalidad en las comunicaciones y en los demás servicios interrumpidos, cuyo trastorno había paralizado la vida colectiva; abre una etapa de paz, de leal colaboración en ciertos problemas nacionales que la eterna discordia de los partidos, artificialmente fomentada, impedía solventar de una vez.

Es, pues, la misión del nuevo Gobierno circunscrita, pero clara y de verosímil cumplimiento. Sería nocivo un inmoderado optimismo que esperase de él transformaciones sustanciales en la política española; pero, a la vez, fuera injusto desconocer sus excepcionales probabilidades de éxito en la empresa reducida que se propone.

Mas, por encima de todo esto, valga como honor a este Ministerio haber servido de ocasión para que todos los españoles, maltrechos en continuas, envenenadas discordias, hayan sentido una ráfaga de coincidencia espiritual, y las nuevas generaciones hayan hecho por vez primera la experiencia de lo que es una emoción nacional, ese divino fundente que compagina los corazones, los enlaza y traba para urdir el fervoroso tapiz del patriotismo.

Frente al cultivo del rencor, que ha sido la política en los últimos decenios, pedíamos, hace pocos días, que se hiciese un ensayo de fraternidad nacional. La formación del nuevo Gobierno puede ser el comienzo de ello. Pero, claro está, no es sino el comienzo.

Porque hay ciertamente muchas cosas que salvar; pero, en definitiva, lo que más importa salvar es España. Y España no se salva en una noche, ni siquiera en un día.

Publicado sin firma, El Sol, 23 de marzo de 1918

Yesterday’s was a splendid morning for the Spaniards. Upon waking, as from a nightmare, they found in the air the best light of spring and a rare national enthusiasm in their hearts. Few times have we seen reflected so clearly in the physiognomy of the passers-by the effect of a political event. The streets were full of people, and in each countenance the smile of satisfaction acquired the value of a political attitude. Everywhere groups of citizens formed who gave one another congratulations, and, at times, the agglomeration organized itself into a crowd gathered to applaud. So little pretext have we been given in recent times to exercise this noble sacrament of applause, that we almost feared having forgotten its technique! Yesterday, the breasts swelled in an emotion of hope and gratitude, and the hands devoted themselves with relish to applause as to an unusual sport. The King was applauded, the ministers, the billboards of the newspapers, the air, the light, and it is to be presumed that the most reflective did not forget in their applause the Divine Providence.

Our editorial, which against our will arose groaning for some weeks, cannot today be more than the resonance of the national jubilation, and a kind of rotating applause.

May this unanimity in the rejoicing serve as exemplary demonstration that the Spanish conscience always responds when one comes with loyalty and fullness to resolve its worries. And let it not be strange that it showed itself reluctant and divided when, before grave problems, it was offered maimed, insufficient and equivocal solutions. For the first time the measure of public hope has now been filled, and at once this has given its overflow of enthusiasm.

But, why this general satisfaction? The Government is composed of men who have governed repeatedly with general dissatisfaction of the citizens, and have brought Spanish existence to those conflicts that they now prepare to settle. And nevertheless, these men, who separately did not manage to make themselves loved by the nation, united form a power that imposes itself on the respect of all the Spaniards, as the diverse chromatic rays compose, through the prism, a beam of white light. This is the fact that will only seem contradictory and inexplicable to whoever ignores that public opinion does not proceed by absolute judgments and of a geometric rigor, but rather, very sanely, calls good or bad what is good or bad, according to the circumstance and the moment.

The motive of greatest censure against the political pro-hombres was to see them often put their partisan conveniences before the common interests. Well then, the appearance of this Ministry reveals that for once they have generously strangled their personal rancors and prides. The people, with a loyal perception, have become aware that on Thursday night, within the palatial chamber, some of those who today are ministers subjected their private grudges and passions to a noble, patriotic amputation. Thanks to this, the nation, which was threatened with archaic authoritarian violences, can today find, sustained in the most authorized Government, its will to be ruled civilly. This is, nobody doubts it, the primordial meaning of the public joy. The solidarity of all the parliamentary groups in the correction of the monstrosities done or attempted during the last weeks has comforted the spirit of all.

But, moreover, this Cabinet, composed with capital letters, ensures the rapid return to normality in the communications and in the other interrupted services, whose disruption had paralyzed the collective life; it opens a stage of peace, of loyal collaboration in certain national problems that the eternal discord of the parties, artificially fostered, impeded solving once and for all.

It is, then, the mission of the new Government circumscribed, but clear and of plausible fulfillment. An immoderate optimism that expected from it substantial transformations in Spanish politics would be harmful; but, at the same time, it would be unjust to ignore its exceptional probabilities of success in the reduced enterprise that it proposes.

But, above all this, let it count as honor to this Ministry to have served as occasion for all the Spaniards, battered in continual, poisoned discords, to have felt a gust of spiritual coincidence, and for the new generations to have made for the first time the experience of what a national emotion is, that divine flux that joins together the hearts, links and binds them to weave the fervent tapestry of patriotism.

Faced with the cultivation of rancor, which has been the politics in the last decades, we asked, a few days ago, that an essay of national fraternity be made. The formation of the new Government can be the beginning of it. But, clearly, it is nothing but the beginning.

Because there are certainly many things to save; but, in the end, what matters most to save is Spain. And Spain is not saved in one night, nor even in one day.

Published unsigned, El Sol, 23 March 1918

Fu quella di ieri una mattina splendida per gli spagnoli. Al risveglio, come da un incubo, trovarono nell’aria la migliore luce di primavera e un raro entusiasmo nazionale nei cuori. Poche volte abbiamo visto riflettersi così chiaramente nella fisionomia dei passanti l’effetto di un avvenimento politico. Le strade erano piene di gente, e in ogni sembiante acquistava il sorriso di soddisfazione il valore di un atteggiamento politico. Dovunque si formavano gruppi di cittadini che si rallegravano a vicenda, e, a volte, l’agglomerazione si organizzava in folla radunata per applaudire. Ci è stato dato negli ultimi tempi così poco pretesto a esercitare questo nobile sacramento dell’applauso, che quasi temevamo di aver dimenticato la sua tecnica! Ieri, i petti si dilatarono in un’emozione di speranza e gratitudine, e le mani si dedicarono con fruizione all’applauso come a uno sport inusitato. Si applaudì il Re, i ministri, i cartelloni dei giornali, l’aria, la luce, ed è da presumere che i più riflessivi non dimenticarono nei loro applausi la Divina Provvidenza.

Il nostro editoriale, che contro la nostra volontà sorgeva gemebondo da alcune settimane, non può essere oggi che la risonanza del giubilo nazionale, e una specie di applauso rotativo.

Serva questa unanimità nel gioire come dimostrazione esemplare che la coscienza spagnola risponde sempre quando si accorre con lealtà e pienezza a risolvere le sue preoccupazioni. E non meravigli che si mostrasse restia e divisa quando, dinanzi a gravi problemi, le erano offerte soluzioni monche, insufficienti ed equivoche. Per la prima volta si è ora colmata la misura della speranza pubblica, e subito questa ha dato il suo traboccamento di entusiasmo.

Ma, perché questa soddisfazione generale? Compongono il Governo uomini che hanno governato reiteratamente con generale insoddisfazione dei cittadini, e hanno condotto l’esistenza spagnola a quei conflitti che ora si dispongono a risolvere. E tuttavia, questi uomini, che separatamente non riuscirono a farsi amare dalla nazione, riuniti formano un potere che si impone al rispetto di tutti gli spagnoli, come i diversi raggi cromatici compongono, attraverso il prisma, un fascio di bianca luce. Questo è il fatto che sembrerà contraddittorio e inspiegabile soltanto a chi ignora che l’opinione pubblica non procede per giudizi assoluti e di rigore geometrico, ma che, molto assennatamente, chiama buono o cattivo ciò che è buono o cattivo, secondo la circostanza e il momento.

Il motivo di maggior censura contro i pro uomini politici era vederli spesso anteporre le loro convenienze partitiche agli interessi comuni. Ebbene, l’apparizione di questo Ministero rivela che per una volta hanno strozzato generosamente i loro rancori e i loro orgogli personali. Il popolo, con una leale percezione, si è accorto che nella notte del giovedì, dentro la stanza palatina, alcuni di coloro che oggi sono ministri sottoposero i loro rancori e i loro appassionamenti privati a una nobile, patriottica amputazione. Grazie a ciò, la nazione, che si trovava minacciata da arcaiche violenze autoritarie, può oggi trovare, sostenuta nel Governo più autorizzato, la sua volontà di essere governata civilmente. Questo è, nessuno lo dubita, il senso primordiale dell’allegrezza pubblica. La solidarietà di tutti i gruppi parlamentari nella correzione delle mostruosità fatte o tentate durante le ultime settimane ha rincuorato l’animo di tutti.

Ma, inoltre, questo Gabinetto, composto con maiuscole, assicura il rapido ritorno alla normalità nelle comunicazioni e negli altri servizi interrotti, il cui sconvolgimento aveva paralizzato la vita collettiva; apre una tappa di pace, di leale collaborazione in certi problemi nazionali che l’eterna discordia dei partiti, artificialmente fomentata, impediva di risolvere una volta per tutte.

È, dunque, la missione del nuovo Governo circoscritta, ma chiara e di verosimile compimento. Sarebbe nocivo un immoderato ottimismo che si attendesse da esso trasformazioni sostanziali nella politica spagnola; ma, insieme, sarebbe ingiusto non riconoscere le sue eccezionali probabilità di successo nell’impresa ridotta che si propone.

Ma, al di sopra di tutto questo, valga come onore a questo Ministero essere servito di occasione perché tutti gli spagnoli, malconci in continue, avvelenate discordie, abbiano sentito una raffica di coincidenza spirituale, e le nuove generazioni abbiano fatto per la prima volta l’esperienza di ciò che è un’emozione nazionale, quel divino fondente che compagina i cuori, li annoda e li tesse per ordire il fervoroso arazzo del patriottismo.

Di fronte al culto del rancore, che è stata la politica negli ultimi decenni, chiedevamo, pochi giorni fa, che si facesse un esperimento di fraternità nazionale. La formazione del nuovo Governo può essere l’inizio di ciò. Ma, naturalmente, non è che l’inizio.

Perché ci sono certamente molte cose da salvare; ma, in definitiva, ciò che più importa salvare è la Spagna. E la Spagna non si salva in una notte, nemmeno in un giorno.

Pubblicato senza firma, El Sol, 23 marzo 1918