Abstract

An editorial against the Dato government during the European war: the premier’s bloodless figure stands for the collapse of Spain’s collective will, and the parties have squandered the chance to spend on internal restoration the energy other nations are spending on war. “Enthusiasm and competence” are named as the alpha and omega of the new politics. Occasional political journalism.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Gobernando el señor Dato —se dirá un día— llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto. En estas horas únicas de la historia, que pasan vibrantes como hojas de espadas, la figura exangüe del presidente del Consejo va a quedar representando a nuestra raza. De la misma suerte que la fisonomía corporal del señor Dato parece dispuesta en cada instante a borrarse del mundo visible, a evaporarse y desaparecer, la voluntad colectiva parece próxima al desvanecimiento. Si no fuera por el hambre, eterna impulsora de la vida, no podríamos hallar del Pirineo a Calpe ni siquiera el germen de un deseo claro. Menos mal que ahora se empieza a querer pan.

He aquí el resultado de una vida social como la española, organizada de manera tal que todo en ella depende del Estado. Llega un gobernante espectral, para quien la forma ejemplar de la existencia pública es el colapso; contamina de inercia a los demás políticos, a los periódicos, a las instituciones locales. Nadie se mueve; nadie emprende nada. Todo se deja en suspenso, como si se esperara que mañana algún poder mágico nos fuese a dar hecha la tarea.

Y sin embargo, es cosa evidente que España sólo podía justificar y compensar su ausencia de la contienda europea dedicando en estos meses a su interna restauración la misma exaltada energía y la misma vertiginosidad que esos pueblos grandes están gastando en defenderse los unos de los otros.

El señor Dato, y con él todos los demás grupos políticos, han faltado trágicamente al patriotismo. Han desaprovechado esta incomparable ocasión de suscitar la vena de ardor nacional que aún quede viva en nuestro pueblo. El primer efecto de la guerra fue aquí, como en todas partes, un despertamiento del instinto nacional (cosa muy diferente del nacionalismo). Pudieron llamarnos a una obra común y entusiasta en que transitoriamente convivieran fundidos todos los españoles, harto separados de ordinario por eso que denominan ideas políticas. El momento ha sido y es el más favorable: dondequiera que miremos por encima de las fronteras topamos con ejemplos de heroísmo y de sacrificio. El pobre, el proletario, deja de usar su pobreza como un puñal. El rico mitiga un poco su egoísmo metálico. Millones de hombres, arrancándose a las preocupaciones frívolas que llenaban el ambiente europeo en los últimos años, llegan a aquel borde esencial del propio ánimo en que se trata de la vida y la muerte, y al ofrecer aquélla se hace el más profundo acto de fe idealista.

Nosotros creemos que la existencia de un pueblo depende, antes que de otra cosa, de las emociones difusas que pueblen el aire de la calle, luego del aprovechamiento competente de esas fuerzas cordiales. Entusiasmo y competencia han de ser el alfa y omega de la nueva política. ¡Ah, si hubieran reinado en España durante estos siete meses!

Pero ¿qué ha hecho, qué ha hecho por la Historia de España ese Gobierno del triste y evanescente señor Dato? Mientras en torno todo era vigor y exaltación, España vivía como una ciudad de sombras, gobernada por un alma del purgatorio.

Y conste que ni una sola voz se ha levantado de los demás partidos, ni una sola, para hacer por sí lo que el señor Dato no hacía.