Abstract

An analysis of La Cierva’s Valencia speech after the dissolution decree: Ortega grants him a new moderation compared with his old rhetoric of “energy”, but dismantles the manoeuvre as petty electoral Machiavellianism — threatening Dato over railway tariffs to extract a concession. Political reporting.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Ya comienzan las resonancias que el decreto de disolución va a suscitar en toda la Península. La primera voz que se oye es, naturalmente, la del señor La Cierva. Decimos naturalmente porque, a pesar de nuestros muy moderados entusiasmos por este hombre público, no queremos desconocer que es el más pronto, el más activo y el más tenaz de todos. Apenas se abre una brecha en el horizonte político, vésele llegar tempranero agitando su arma de combate. Antes era este arma una atroz maza de Hércules, un aparato rudo, bárbaro, extemporáneo; blandiéndola sobre su faz hirsuta, parecía el señor La Cierva un político recién escapado del bosque virgen. Por esta razón le hemos combatido todo lo reciamente que nuestras menudas armas de pluma nos permitían. Tememos que estos cuerpo a cuerpo se renueven en lo sucesivo. Pero hoy nos complace apuntar una sospecha de rectificación en la actitud del señor La Cierva.

Desde hace unos meses, en efecto, leemos declaraciones de este señor donde parece dispuesto a abandonar su ademán selvático. Ya no habla tanto de aquella «energía», brutal temperamento que resumía su política. Pero hay más: cuando hoy habla de energía —léase el discurso de anteayer—, cuida muy bien de añadir un curioso paréntesis: «Energía del Poder público, entiéndase bien, quiere decir la eficacia social que nace de su prestigio». ¡Verdaderamente curioso! Ésa ha sido, ad pedem litterae, la opinión que desarrollamos muchas veces en los editoriales donde combatíamos al señor La Cierva. Se traslada, pues, a nuestro campo. Nos da la razón. ¿Cómo podremos nosotros, ahora, quitársela?

Ello es que el segundo discurso de Valencia ha sido, todo él, pensado con sordina. Oportuna es ésta en cuanto viene a moderar las terribles voces a lo Tamerlán que otro tiempo daba, prometiendo represiones y casi antropofagias. Mas resulta penoso oír al señor La Cierva que empardece su voz para hacer un discurso de pequeño maquiavelismo político con vistas estrechas hacia las próximas elecciones. Le acabamos de reconocer lealmente una intención de mesura frente a su tradicional dureza gubernativa. Asimismo, hemos aplaudido reiteradamente su actitud en el asunto ferroviario, que fue hasta aquí ejemplar. Pero el mismo afán de ser veraces nos lleva a condenar esta caída en el más viejo vicio de nuestra política: el juego cazurro de vista corta con fines nada levantados.

¿Por qué juzgamos así? Bien sencillo: en abreviatura, lo que el señor La Cierva dice al actual presidente es esto: señor Dato, está usted en una posición muy difícil, de la que yo puedo sacarle. Si yo me uniese a usted, podríamos fabricarnos una gran mayoría, y acaso en su hora, sustituirle yo en la jefatura del nuevo gran partido. Pero nuestra terrible discrepancia en el tema ferroviario me lo veda: un acomodo por mi parte equivaldría a la anulación de todo mi carácter político. Yo debía, si fuese consecuente, combatirle fieramente; pero me expongo a traer pocos diputados y a dificultar mis anhelos de regir el partido conservador. No me queda, pues, más que una jugada: aprovechar este momento previo a las elecciones, tan peligroso para usted, y asustarle anunciándole que, o me allana el camino para la unión, cediendo en el problema ferroviario, o desplegaré por todo el país la más hostil bandera con el lema «Tarifas».

Esto es, en resumen, lo que ha dicho, mejor, lo que ha hecho el señor La Cierva en Valencia del Cid. En el argot social tiene un nombre feo esta táctica en que se anuncia una acometida para que el miedo sugerido apronte una dádiva.

Si un gobernante liberal tuviese con las Compañías ferroviarias las conexiones que el señor Dato en pleno Congreso ha declarado tener, y hubiese sido puesto en sus manos nada menos que un decreto de disolución, el señor La Cierva no hubiese anunciado sus estocadas; habría, desde luego, procedido a darlas.

La impureza de la lógica que se manifiesta en la posición del señor La Cierva nos parece lamentable para su nuevo sesgo político. Renunciando a ser un hombre de los bosques, podía haberse quedado con un gesto de entereza, de claridad en la conducta, de rigor en sus opiniones que contribuiría a moralizar el ambiente público y a dotar de alguna esperanza muchos corazones, al menos, de los que lo llevan a la derecha. Pero estos amagos que no dan, en vísperas de elección, son cosa fea, y, además, la eterna cosa dominante en nuestros abominables modos políticos.

Dice el señor La Cierva que en los comicios próximos debe dividir a los españoles esta palabra: ¡Tarifas! ¿Es medianamente serio que quien esto vocabuliza se muestre dispuesto a pactar con el señor Dato y unirse a él? Mal podrán las tarifas dividir a los españoles si empiezan por unir a un señor Dato con un señor La Cierva. Y, una vez más, diría el viejo corazón de Juan Español, contraído, retorcido por el escepticismo: ¡Dios los cría, y ellos se juntan!

Nos queda la esperanza de no haber entendido bien este segundo discurso de Valencia. Pero ella indicaría, por muy obtusos que seamos, alguna falta de claridad en el texto que pudiera ser subsanada con alguna rectificación.

Publicado sin firma, El Sol, 9 de octubre de 1920