Ortega y Gasset

Abstract

On Azorín, a “sensitive of history” rather than a philosopher of history: Ortega questions progress, which is always relative to a predetermined goal — the railway is progress on the stagecoach, but it is doubtful that the hearts riding in it are any better. Drive the stiletto beneath the surface of a splendid age and a wretched one and the same identical lament is heard; hence the call to compare the tone of our vital emotions with that of ancient lives.

Connections

Assi: Senso della storia
Posizioni: progresso
Concetti: tempo
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Azorín es todo lo contrario que un filósofo de la historia: es un sensitivo de la historia. Aquél se complace en ordenar, como en una procesión o cabalgata, las variaciones de la humana existencia, el siglo opulento y glorioso tras el humilde y sin destellos, los días culminantes —Atenas de Pericles, Roma cesárea, Florencia, París— entreverados de las jornadas grises o acerbas, y todo ello movilizado, en ruta más o menos sinuosa, hacia un estado de perfección. De tal manera, la sucesión de las vidas humanas toma un semblante de Progreso.

¿Existe, en efecto, ese progreso? La progresión es siempre relativa a la meta que hayamos predeterminado. El progreso de la vida humana será real si las metas ideales a que la referimos satisfacen plenamente. Si el ideal cuya aproximación mide y prueba nuestro avance es ficticio o insuficiente, no podemos decir que la vida humana progrese. En el orden de la velocidad en las comunicaciones es, evidentemente, el ferrocarril un progreso sobre la silla de postas y la diligencia. Pero es cuando menos discutible que la aceleración de los vehículos influya en la perfección esencial de los corazones que en ellos hacen ruta.

Tomad dos épocas de la historia —ilustre la una y sórdida, desdichada, la otra. Si usando de vuestra reflexión como de un estilete la hincáis bien en ellas, pronto habréis dejado atrás aquel haz en que ambas edades se diferenciaban tanto. La superficie de la una refulgía de armas gloriosas, de imperios vastos y magnificentes, de galas suntuarias y artísticas, de buena gracia en los modales y de esprit en las letras. La época humilde y enferma mostraba una superficie arrugada y contraída, llena de privaciones, de inelegancia, falta de esplendor: todo parece haber perdido su brillo, todo es ruina sorda y parda. Hincad más allá la atención, penetrad en el cuerpo de la vida hasta estratos más profundos y veréis disminuir la discrepancia. Habrá un momento en que el estilete parecerá punzar el centro mismo cordial de una y otra edad: a vuestro oído llegará entonces una misma, idéntica quejumbre. El hombre de la época espléndida y el de la época desventurada sienten la misma desazón radical ante la existencia. ¿Quién se acuerda, al llegar a esta latitud de los valores vitales, quién se acuerda de la opulencia o la pobreza que había en la superficie? Si es la vida una angustia exhalada en un bostezo, ¿qué más me da bostezar a un cosmos organizado según Ptolomeo, que a un orbe obediente a Copérnico?

En esta operación de catar el sentimiento vital de las edades sorprendemos una vez y otra a Azorín. Su arte consiste en revivir esa sensibilidad básica del hombre a través de los tiempos.

Decía yo antes que debíamos retener nuestro pasado y fijar bien nuestra aspiración hacia mañana, para que uno y otra, convergiendo en nuestro presente, den a éste plenitud, triple dimensión, grosor, volumen. Cuantas más porciones de nosotros se hallen presentes en nuestro presente, mayor será su realidad. Una decisión tomada en el momento, sin consultar a nuestro yo de ayer y al de mañana, tendrá mucha menos densidad personal, será mucho menos nuestra decisión que la formada con la asistencia y colaboración del resto de nuestra vida[54].

Por esto conviene que cada cual se recuerde a sí mismo y recorra a menudo sus días pretéritos, reavivándolos, como un buen general la ondulante línea de sus ejércitos.

Pero si es necesario para afinar nuestra persona comparar lo que sentimos de la vida en esta hora urgente con lo que sentimos en otras lejanas, no lo es menos que comparemos el tono de nuestras emociones vitales con el que trasciende de las vidas ajenas, sobre todo antiguas. ¿Somos más felices, somos más tristes que los hombres de otra edad? ¿Camina el mundo hacia una cordial satisfacción o perdura idéntica la distancia entre los anhelos y las realizaciones?

Éste va a ser el tema en la obra toda de Azorín; opuesta a la de Baroja en todo lo demás, tiene de común con ella esa lontananza gemebunda, ese contrapunto patético y latente que he llamado trémolo metafísico.

Se habrá notado que en las producciones mejor logradas de nuestro autor se parte siempre de un libro viejo, de un edificio antiguo, de un cuadro patinoso, de una persona fenecida. Diríase que tenemos en Azorín un temperamento de erudito o arqueólogo. Nada más erróneo, sin embargo. Libro, edificio, cuadro y persona no son para Azorín hechos definitivamente pasados, realidades de una hora irremediablemente transcurrida. Ni estudiarlos ni contarlos es la intención de Azorín, sino, en su más literal sentido, revivirlos.

Entre las líneas confusas y exánimes de tal página amarillenta hay una frase que conserva la impronta de un dolor, de una alegría sentida en un minuto fugaz por el escritor antepasado —reliquia, delicada, volátil, evanescente, como la huella que en el limo primigenio dejó la pata de un ibis liviano. En esa frase, donde yace la momia de una emoción, inserta Azorín el nervio sensitivo de su alma —y, al punto, la emoción anquilosada se desentumece, despliega estremecida las viejas alillas yertas y convulsa vuelve a batir con sus plumas de antaño el aire nuestro vivo.

¡Extraña condición la del espíritu! No sólo nuestros sentimientos perviven cuando ha pasado su actualidad, de suerte que podemos tornar a vivirlos cuantas veces queramos, sin más que descender al lugar del tiempo en que acaecieron, sino que las emociones de otros hombres en otros tiempos pueden ser para nosotros espectáculo inmediato, tan inmediato y tan real como el paisaje que ahora existe ante nuestros ojos[55].

Azorín is quite the contrary of a philosopher of history: he is a sensitive of history. The latter takes pleasure in ordering, as in a procession or cavalcade, the variations of human existence, the opulent and glorious century after the humble and lustreless one, the culminating days —Athens of Pericles, Caesarean Rome, Florence, Paris— intermingled with the grey or bitter days, and all of it mobilized, on a route more or less sinuous, toward a state of perfection. In such a way, the succession of human lives takes on a semblance of Progress.

Does that progress, in effect, exist? Progression is always relative to the goal that we have predetermined. The progress of human life will be real if the ideal goals to which we refer it satisfy fully. If the ideal whose approximation measures and tests our advance is fictitious or insufficient, we cannot say that human life progresses. In the order of speed in communications it is, evidently, the railway a progress over the post chaise and the diligence. But it is at least debatable that the acceleration of vehicles influences the essential perfection of the hearts that travel in them.

Take two epochs of history —illustrious the one and sordid, unfortunate, the other. If using your reflection as a stiletto you thrust it well into them, soon you will have left behind that bundle in which both ages differed so much. The surface of the one gleamed with glorious arms, with vast and magnificent empires, with sumptuous and artistic apparel, with good grace in manners and esprit in letters. The humble and sickly epoch showed a wrinkled and contracted surface, full of privations, of inelegance, lacking splendour: everything seems to have lost its brilliance, all is dull and dun ruin. Thrust attention further in, penetrate into the body of life down to deeper strata and you will see the discrepancy diminish. There will be a moment when the stiletto will seem to prick the very cordial centre of both ages: to your ear will then arrive one same, identical plaint. The man of the splendid epoch and the man of the unfortunate epoch feel the same radical unease before existence. Who remembers, upon reaching this latitude of vital values, who remembers the opulence or the poverty that was on the surface? If life is an anguish exhaled in a yawn, what does it matter to me to yawn in a cosmos organized according to Ptolemy, rather than in an orb obedient to Copernicus?

In this operation of tasting the vital sentiment of the ages we catch Azorín time and again. His art consists in reliving that basic sensibility of man through the ages.

I was saying before that we should retain our past and fix well our aspiration toward tomorrow, so that the one and the other, converging in our present, give to it plenitude, triple dimension, thickness, volume. The more portions of ourselves are present in our present, the greater will be its reality. A decision taken on the moment, without consulting our self of yesterday and that of tomorrow, will have much less personal density, will be much less our decision than the one formed with the assistance and collaboration of the rest of our life[54].

For this it is fitting that each one recall himself and often run through his bygone days, rekindling them, as a good general reviews the undulating line of his armies.

But if it is necessary in order to refine our person to compare what we feel of life in this urgent hour with what we felt in other distant ones, it is no less so that we compare the tone of our vital emotions with that which transcends from the lives of others, above all ancient ones. Are we happier, are we sadder than the men of another age? Does the world walk toward a cordial satisfaction or does the distance between longings and realizations persist identical?

This is going to be the theme in the whole work of Azorín; opposed to that of Baroja in all else, it has in common with it that plaintive distance, that pathetic and latent counterpoint that I have called metaphysical tremolo.

It will have been noted that in the best-achieved productions of our author one always starts from an old book, from an ancient building, from a patinated painting, from a deceased person. One would say that we have in Azorín a temperament of scholar or archaeologist. Nothing more erroneous, however. Book, building, painting and person are not for Azorín facts definitively past, realities of an hour irremediably gone by. Neither to study them nor to tell of them is Azorín’s intention, but, in its most literal sense, to relive them.

Among the confused and lifeless lines of such a yellowed page there is a phrase that preserves the imprint of a pain, of a joy felt in a fleeting minute by the ancestor writer —relic, delicate, volatile, evanescent, like the footprint that in the primeval slime left the foot of a light ibis. In that phrase, where the mummy of an emotion lies, Azorín inserts the sensitive nerve of his soul —and, at once, the ankylosed emotion loosens up, unfolds trembling the old stiff little wings and convulsed beats again with its plumes of yore our living air.

Strange condition, that of the spirit! Not only do our feelings survive when their actuality has passed, so that we can come to live them again as many times as we wish, merely by descending to the place of time in which they happened, but the emotions of other men in other times can be for us an immediate spectacle, as immediate and as real as the landscape that now exists before our eyes[55].

Azorín è tutto il contrario di un filosofo della storia: è un sensitivo della storia. Quello si compiace di ordinare, come in una processione o cavalcata, le variazioni dell’umana esistenza, il secolo opulento e glorioso dopo l’umile e senza bagliori, i giorni culminanti —Atene di Pericle, Roma cesarea, Firenze, Parigi— frammisti alle giornate grigie o aspre, e tutto ciò mobilitato, in rotta più o meno sinuosa, verso uno stato di perfezione. In tal maniera, la successione delle vite umane prende un sembiante di Progresso.

Esiste, in effetti, quel progresso? La progressione è sempre relativa alla meta che abbiamo predeterminato. Il progresso della vita umana sarà reale se le mete ideali a cui la riferiamo soddisfano pienamente. Se l’ideale la cui approssimazione misura e prova il nostro avanzamento è fittizio o insufficiente, non possiamo dire che la vita umana progredisca. Nell’ordine della velocità nelle comunicazioni è, evidentemente, la ferrovia un progresso sulla sedia di posta e la diligenza. Ma è quanto meno discutibile che l’accelerazione dei veicoli influisca sulla perfezione essenziale dei cuori che in essi fanno rotta.

Prendete due epoche della storia —illustre l’una e sordida, disgraziata, l’altra. Se usando della vostra riflessione come di uno stiletto la conficcate bene in esse, presto avrete lasciato dietro di voi quel fascio in cui entrambe le età si differenziavano tanto. La superficie dell’una rifulgeva di armi gloriose, di imperi vasti e magnificenti, di gale sontuose e artistiche, di buona grazia nei modi e di esprit nelle lettere. L’epoca umile e malata mostrava una superficie rugosa e contratta, piena di privazioni, di ineleganza, priva di splendore: tutto sembra aver perso il suo brillio, tutto è rovina sorda e bruna. Conficcate più in là l’attenzione, penetrate nel corpo della vita fino a strati più profondi e vedrete diminuire la discrepanza. Ci sarà un momento in cui lo stiletto sembrerà pungere il centro stesso cordiale dell’una e dell’altra età: al vostro orecchio giungerà allora una stessa, identica querimonia. L’uomo dell’epoca splendida e quello dell’epoca sventurata sentono lo stesso disagio radicale dinanzi all’esistenza. Chi si ricorda, giungendo a questa latitudine dei valori vitali, chi si ricorda dell’opulenza o della povertà che c’era in superficie? Se la vita è un’angoscia esalata in uno sbadiglio, che m’importa sbadigliare in un cosmo organizzato secondo Tolomeo, piuttosto che in un orbe obbediente a Copernico?

In questa operazione di assaggiare il sentimento vitale delle età sorprendiamo una volta e l’altra Azorín. La sua arte consiste nel rivivere quella sensibilità di base dell’uomo attraverso i tempi.

Dicevo prima che dovevamo trattenere il nostro passato e fissare bene la nostra aspirazione verso domani, perché l’uno e l’altra, convergendo nel nostro presente, diano a questo pienezza, triplice dimensione, grossezza, volume. Quante più porzioni di noi si trovano presenti nel nostro presente, tanto maggiore sarà la sua realtà. Una decisione presa sul momento, senza consultare il nostro io di ieri e quello di domani, avrà molta meno densità personale, sarà molto meno la nostra decisione di quella formata con l’assistenza e la collaborazione del resto della nostra vita[54].

Per questo conviene che ciascuno si ricordi di se stesso e percorra spesso i suoi giorni passati, ravvivandoli, come un buon generale percorre la ondulante linea dei suoi eserciti.

Ma se è necessario per affinare la nostra persona comparare ciò che sentiamo della vita in questa ora urgente con ciò che sentimmo in altre lontane, non lo è meno che confrontiamo il tono delle nostre emozioni vitali con quello che trascende dalle vite altrui, soprattutto antiche. Siamo più felici, siamo più tristi degli uomini di un’altra età? Cammina il mondo verso una cordiale soddisfazione o perdura identica la distanza tra gli aneliti e le realizzazioni?

Questo sarà il tema in tutta l’opera di Azorín; opposta a quella di Baroja in tutto il resto, ha di comune con essa quella lontananza gemebonda, quel contrappunto patetico e latente che ho chiamato trémolo metafisico.

Si sarà notato che nelle produzioni meglio riuscite del nostro autore si parte sempre da un libro vecchio, da un edificio antico, da un quadro patinato, da una persona defunta. Si direbbe che abbiamo in Azorín un temperamento da erudito o archeologo. Nulla di più errato, tuttavia. Libro, edificio, quadro e persona non sono per Azorín fatti definitivamente passati, realtà di un’ora irrimediabilmente trascorsa. Né studiarli né contarli è l’intenzione di Azorín, ma, nel suo senso più letterale, riviverli.

Tra le righe confuse ed esanimi di tale pagina ingiallita c’è una frase che conserva l’impronta di un dolore, di una gioia sentita in un minuto fugace dallo scrittore antenato —reliquia, delicata, volatile, evanescente, come l’orma che nel limo primigenio lasciò la zampa di un ibis leggero. In quella frase, dove giace la mummia di un’emozione, inserisce Azorín il nervo sensitivo della sua anima —e, subito, l’emozione anchilosata si snoda, dispiega fremente le vecchie alucce rigide e convulsa torna a battere con le sue piume d’altri tempi l’aria nostra viva.

Strana condizione quella dello spirito! Non solo i nostri sentimenti sopravvivono quando è passata la loro attualità, sì che possiamo tornare a viverli quante volte vogliamo, semplicemente discendendo al luogo del tempo in cui accaddero, ma le emozioni di altri uomini in altri tempi possono essere per noi spettacolo immediato, tanto immediato e tanto reale come il paesaggio che ora esiste dinanzi ai nostri occhi[55].