Abstract
Ahead of the Barcelona Congress of the Employers’ Federation, Ortega warns the employers against postures of intransigence: strip away the passions, the “socialist science” and mass solidarity, and what remains in the labour movement is an unassailable nerve — the justice of its radical claim, that some work much and eat little while others eat much and do not work. What is excessive in labourism can only be fought by installing oneself inside its reason.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
LOS PATRONOS SIN POLÍTICA Y LA INERCIA DEL ESTADO
Con sumo interés vamos a asistir al Congreso de la Federación Patronal que ayer comenzó en Barcelona. No queremos aceptar como verídicas las noticias circulantes estos días, según las cuales, una grande porción de patronos catalanes se hallaba resuelta a adoptar actitudes de extremada violencia. Menor perplejidad sentiríamos si en vez de industriales se tratase de abogados, de señoritos, de sacristanes o de «políticos»; en suma, de gentes que no ejercitan sino actividades retóricas y suelen satisfacerse vocabulizando y gesticulando ante una pequeña tertulia de afines. Por el contrario, es el ejercicio industrial una de las más sanas disciplinas de realismo: en él se aprende a medir la distancia que va de pronunciar las palabras a lograr las cosas, se evalúa mejor la resistencia que suele ofrecer la realidad a nuestros deseos y se habitúa el ánimo a contar siempre con las complejidades y claro-oscuros de la vida. No podemos, pues, creer que estos hombres educados en tan fuerte disciplina se complazcan ahora tomando terribles posturas de Hércules de feria, haciendo cuadros plásticos de energía ante un público de colegas. De seguro que los más ásperos de entre ellos se dan tan buena cuenta como nosotros de que el problema en cuestión tiene unas dimensiones de amplitud y profundidad históricas demasiado grandes para ser dominado con cuatro palabras tonitruantes y media docena de acuerdos numantinos.
Si consideran la organización obrera, sobre todo la de Cataluña, como un enemigo, están más obligados a percatarse bien del grado de fuerza, de potencialidad que hay en el movimiento del proletariado. Nada más peligroso en la guerra que estimar por bajo la fuerza real del enemigo. Cualesquiera sean los errores, las exageraciones, las utopías y hasta las atrocidades en que abunda la acción obrera, hay en ella un nervio central que la hará incontrastable. Quitad de ella las pasiones, las buenas y las viles; quitad la hojarasca de la «ciencia socialista»; quitad inclusive el poder de la solidaridad multitudinaria: aún quedará bajo todo eso algo que tiene más fuerza que todo eso, y es la justicia de su aspiración radical. La idea de que la sociedad actual se halla injustamente organizada porque no está organizada según el principio del trabajo; la idea simplicísima, pero terriblemente palmaria, de que unos trabajan mucho y comen poco y otros comen mucho y no trabajan nada, ha adquirido en el clima moral de nuestro siglo una energía tan enorme, ha llegado a tener tan radiante poder de evidencia, que no hay otra fuerza capaz de oponérsele. Todo lo demás que no es esa idea y va unido a ella en la guerra proletaria será discutible, será lamentable, será hasta odioso; pero esa idea es justa, y por tanto, da en lo decisivo la razón a los obreros. Ahora bien, frente a quien en lo esencial lleva la razón, es un deplorable error táctico tomar actitudes de intransigencia, porque es quedarse uno sin nada de razón.
Parece claro que el procedimiento debe ser inverso. Contra lo que es desmesurado o peligroso en el obrerismo (por ejemplo, su absurdo exclusivismo, el riesgo de que se aniquile la producción, etcétera), sólo cabe luchar instalándose en su centro ideal, en su razón. Desde su razón combatid su sinrazón. Éste es el modo de poner en vuestra alforja toda la razón.
Es verdaderamente curioso que los patronos catalanes, y en general los de toda España, se adelanten a anunciar medidas extremas cuando aún no han ensayado ni remotamente las intermedias y más razonables, más complejas, más inteligentes. Con muy poco esfuerzo, con harto menos del que van a gastar estos días, hubieran podido, por ejemplo, obligar a todas las clases hoy directoras de España a formar una vigorosa fuerza política condensada en torno a un programa claro y serio que delinease una política sistemática de carácter social. En vez de eso, han estado ausentes en su porción mejor de la acción pública y han dejado que subsista el vano espectro de un derechismo arcaico e intransigente. En vez de buscar para una nueva política hondamente reorganizadora hombres a propósito, activos y despiertos, toleran que representen al Estado personalidades entorpecidas por su desprestigio, el cual arrastran del pie como el forzado su cadena.
Se quejan los patronos de indefensión, y acaso alguna padezcan en efecto. Pero nos permitiríamos preguntar a qué llamarían defensión. ¿Por ventura a lo que haría desde la barbacana del Poder el señor La Cierva, el Campeador? Tal error sería definitivamente funesto. Triunfa al cabo siempre el torso social, y éste se inclina siempre del lado opuesto a aquél en que se dan notas extremas. Un Gobierno ciego, sordomudo y con el palo en la mano, llevaría todo el peso de la sociedad al lado y en favor de los obreros. Es una ley de regulación automática que se cumple en el cuerpo social lo mismo que en el físico para restablecer el equilibrio.
En efecto, creemos que en Cataluña, a pesar de las bayonetas, de los tricornios y de los policías de hongo, hay o puede haber indefensión para el ciudadano. Pero la causa es que a un movimiento como el sindicalista, el cual propaga una doctrina crítica del Estado —para el sindicalismo es el Estado inútil, ineficaz e injusto—, oponemos un Estado sin prestigio ni eficacia suficiente. Cuando más oportuna fuera una gobernación en máxima actividad, se acepta un Estado paralítico. Hace tres años, los sindicalistas eran unos cuantos miles; hoy son una legión que frisa en doscientos mil, perfectamente organizados y con poderosas cotizaciones. Si el Estado, en ese tiempo, hubiera en sus menesteres vivido a igual presión y manifestado análoga fecundidad, sin bayonetas, sin tricornios y sin hongos secretos se hallaría el ciudadano perfectamente defendido en Barcelona. Lo que no parece posible es que la actividad quede vencida por la inercia.
Sospechamos que la «burguesía» no conoce suficientemente lo más característico de la reciente historia rusa. En el advenimiento del bolchevismo hay un punto que merece cuidada meditación. Nos referimos al hecho de que en pocos días, y sin disparar más de doce cañonazos, y éstos al aire, se apoderasen de todo un pueblo unas cuantas gentes que no tenían previamente masas organizadas. La explicación está en la extraña parálisis que sobrecogió a las clases superiores en los meses anteriores a la revolución. En vez de inundar la angustia y la inquietud nacionales con un torrente de actividad reformadora, saliendo al encuentro de los problemas con toda suerte de ensayos resolutorios, permanecieron inertes, la mano sobre la mano, confiando en una vana violencia de última hora.
Por fortuna, hay gran distancia de la sociedad rusa, enorme, caótica y primaria, a la nuestra, que por vieja tiene más bien un exceso de estructura y demasiado duros los huesos; pero conviene, sin embargo, evitar la semejanza en lo que a la actitud de las clases más responsables atañe.
Dese a las instituciones españolas, mejorándolas previamente, su máximo rendimiento, y que el Estado aparezca activo, ágil, sagaz, animoso en todo rincón nacional. Para esto, naturalmente, hace falta una política nueva. Y para ésta, a su vez, la adhesión firme y clarividente de núcleos de opinión tan importantes como los patronos de Cataluña.
¡Señores patronos de Cataluña! En este conflicto, como en todos los que hoy palpitan sobre España, no triunfará la intransigencia, no triunfará la violencia: la victoria será para la inteligencia.
Publicado sin firma, El Sol, 21 de octubre de 1919
II
PREVIAS DISTINCIONES
No sabemos si el anuncio de lock-out emanado del Congreso patronal llegará a efectividad, y mucho menos si alcanzará las dimensiones que aspiran a darle unos cuantos hombres sin mesura. Mas, por lo mismo, es éste el momento en que todavía puede dejarse oír la reflexión, y en consecuencia, la hora obligada para que cada cual exprese claramente cuál es su política social.
Convencidos de que, desventuradamente, llegarán, ahora o luego, días dificilísimos y formidables convulsiones públicas, nos importa mucho fijar, una vez más, nuestra opinión. Hace una semana la expusimos de nuevo someramente, dirigiéndonos a los patronos catalanes que inauguraban su Congreso. Hace cosa de un año, al tiempo del armisticio, poníamos ya el grito en el cielo, advirtiendo a la inerte burguesía de la tormenta fabulosa que se estaba condensando sobre la línea del horizonte. Pedíamos que sin demora se organizase una política ágil, amplia y constructiva, la cual saliese al encuentro de los conflictos antes de que éstos maduraran. Porque la vida da la victoria al más activo, no al más rígido. La incansable fermentación de plantas microscópicas reduce a polvo las peñas, y un Estado que se apresura a llevar por su propia mano la reforma a todos los ámbitos de la sociedad, consigue disolver mediante su superior eficacia todos los intentos de transformación revolucionaria que, fuera de él y contra él, germinen en el pueblo.
No se nos hizo entonces ningún caso. Al contrario, se nos tachó de alarmistas y hasta se temió que fuésemos revolucionarios. Hay gentes con la cabeza suficientemente del revés para llamar revolucionario al que anuncia una revolución e invita a los demás para prevenirla.
Hoy tenemos ya la tormenta encima; sólo nos quedan unos últimos rayos de sol que es preciso aprovechar para hacer claridad sobre el problema.
Pero si hemos de llevar alguna evidencia al ánimo de nuestros lectores, necesitamos, para asunto tan complejo, extendernos más de lo que es uso en nuestros editoriales.