Ortega y Gasset
Abstract
Ahead of the Barcelona Congress of the Employers’ Federation, Ortega warns the employers against postures of intransigence: strip away the passions, the “socialist science” and mass solidarity, and what remains in the labour movement is an unassailable nerve — the justice of its radical claim, that some work much and eat little while others eat much and do not work. What is excessive in labourism can only be fought by installing oneself inside its reason.
Connections
Assi: Legittimità del potere
Concetti: lavoro, giustizia, Stato
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
LOS PATRONOS SIN POLÍTICA Y LA INERCIA DEL ESTADO
Con sumo interés vamos a asistir al Congreso de la Federación Patronal que ayer comenzó en Barcelona. No queremos aceptar como verídicas las noticias circulantes estos días, según las cuales, una grande porción de patronos catalanes se hallaba resuelta a adoptar actitudes de extremada violencia. Menor perplejidad sentiríamos si en vez de industriales se tratase de abogados, de señoritos, de sacristanes o de «políticos»; en suma, de gentes que no ejercitan sino actividades retóricas y suelen satisfacerse vocabulizando y gesticulando ante una pequeña tertulia de afines. Por el contrario, es el ejercicio industrial una de las más sanas disciplinas de realismo: en él se aprende a medir la distancia que va de pronunciar las palabras a lograr las cosas, se evalúa mejor la resistencia que suele ofrecer la realidad a nuestros deseos y se habitúa el ánimo a contar siempre con las complejidades y claro-oscuros de la vida. No podemos, pues, creer que estos hombres educados en tan fuerte disciplina se complazcan ahora tomando terribles posturas de Hércules de feria, haciendo cuadros plásticos de energía ante un público de colegas. De seguro que los más ásperos de entre ellos se dan tan buena cuenta como nosotros de que el problema en cuestión tiene unas dimensiones de amplitud y profundidad históricas demasiado grandes para ser dominado con cuatro palabras tonitruantes y media docena de acuerdos numantinos.
Si consideran la organización obrera, sobre todo la de Cataluña, como un enemigo, están más obligados a percatarse bien del grado de fuerza, de potencialidad que hay en el movimiento del proletariado. Nada más peligroso en la guerra que estimar por bajo la fuerza real del enemigo. Cualesquiera sean los errores, las exageraciones, las utopías y hasta las atrocidades en que abunda la acción obrera, hay en ella un nervio central que la hará incontrastable. Quitad de ella las pasiones, las buenas y las viles; quitad la hojarasca de la «ciencia socialista»; quitad inclusive el poder de la solidaridad multitudinaria: aún quedará bajo todo eso algo que tiene más fuerza que todo eso, y es la justicia de su aspiración radical. La idea de que la sociedad actual se halla injustamente organizada porque no está organizada según el principio del trabajo; la idea simplicísima, pero terriblemente palmaria, de que unos trabajan mucho y comen poco y otros comen mucho y no trabajan nada, ha adquirido en el clima moral de nuestro siglo una energía tan enorme, ha llegado a tener tan radiante poder de evidencia, que no hay otra fuerza capaz de oponérsele. Todo lo demás que no es esa idea y va unido a ella en la guerra proletaria será discutible, será lamentable, será hasta odioso; pero esa idea es justa, y por tanto, da en lo decisivo la razón a los obreros. Ahora bien, frente a quien en lo esencial lleva la razón, es un deplorable error táctico tomar actitudes de intransigencia, porque es quedarse uno sin nada de razón.
Parece claro que el procedimiento debe ser inverso. Contra lo que es desmesurado o peligroso en el obrerismo (por ejemplo, su absurdo exclusivismo, el riesgo de que se aniquile la producción, etcétera), sólo cabe luchar instalándose en su centro ideal, en su razón. Desde su razón combatid su sinrazón. Éste es el modo de poner en vuestra alforja toda la razón.
Es verdaderamente curioso que los patronos catalanes, y en general los de toda España, se adelanten a anunciar medidas extremas cuando aún no han ensayado ni remotamente las intermedias y más razonables, más complejas, más inteligentes. Con muy poco esfuerzo, con harto menos del que van a gastar estos días, hubieran podido, por ejemplo, obligar a todas las clases hoy directoras de España a formar una vigorosa fuerza política condensada en torno a un programa claro y serio que delinease una política sistemática de carácter social. En vez de eso, han estado ausentes en su porción mejor de la acción pública y han dejado que subsista el vano espectro de un derechismo arcaico e intransigente. En vez de buscar para una nueva política hondamente reorganizadora hombres a propósito, activos y despiertos, toleran que representen al Estado personalidades entorpecidas por su desprestigio, el cual arrastran del pie como el forzado su cadena.
Se quejan los patronos de indefensión, y acaso alguna padezcan en efecto. Pero nos permitiríamos preguntar a qué llamarían defensión. ¿Por ventura a lo que haría desde la barbacana del Poder el señor La Cierva, el Campeador? Tal error sería definitivamente funesto. Triunfa al cabo siempre el torso social, y éste se inclina siempre del lado opuesto a aquél en que se dan notas extremas. Un Gobierno ciego, sordomudo y con el palo en la mano, llevaría todo el peso de la sociedad al lado y en favor de los obreros. Es una ley de regulación automática que se cumple en el cuerpo social lo mismo que en el físico para restablecer el equilibrio.
En efecto, creemos que en Cataluña, a pesar de las bayonetas, de los tricornios y de los policías de hongo, hay o puede haber indefensión para el ciudadano. Pero la causa es que a un movimiento como el sindicalista, el cual propaga una doctrina crítica del Estado —para el sindicalismo es el Estado inútil, ineficaz e injusto—, oponemos un Estado sin prestigio ni eficacia suficiente. Cuando más oportuna fuera una gobernación en máxima actividad, se acepta un Estado paralítico. Hace tres años, los sindicalistas eran unos cuantos miles; hoy son una legión que frisa en doscientos mil, perfectamente organizados y con poderosas cotizaciones. Si el Estado, en ese tiempo, hubiera en sus menesteres vivido a igual presión y manifestado análoga fecundidad, sin bayonetas, sin tricornios y sin hongos secretos se hallaría el ciudadano perfectamente defendido en Barcelona. Lo que no parece posible es que la actividad quede vencida por la inercia.
Sospechamos que la «burguesía» no conoce suficientemente lo más característico de la reciente historia rusa. En el advenimiento del bolchevismo hay un punto que merece cuidada meditación. Nos referimos al hecho de que en pocos días, y sin disparar más de doce cañonazos, y éstos al aire, se apoderasen de todo un pueblo unas cuantas gentes que no tenían previamente masas organizadas. La explicación está en la extraña parálisis que sobrecogió a las clases superiores en los meses anteriores a la revolución. En vez de inundar la angustia y la inquietud nacionales con un torrente de actividad reformadora, saliendo al encuentro de los problemas con toda suerte de ensayos resolutorios, permanecieron inertes, la mano sobre la mano, confiando en una vana violencia de última hora.
Por fortuna, hay gran distancia de la sociedad rusa, enorme, caótica y primaria, a la nuestra, que por vieja tiene más bien un exceso de estructura y demasiado duros los huesos; pero conviene, sin embargo, evitar la semejanza en lo que a la actitud de las clases más responsables atañe.
Dese a las instituciones españolas, mejorándolas previamente, su máximo rendimiento, y que el Estado aparezca activo, ágil, sagaz, animoso en todo rincón nacional. Para esto, naturalmente, hace falta una política nueva. Y para ésta, a su vez, la adhesión firme y clarividente de núcleos de opinión tan importantes como los patronos de Cataluña.
¡Señores patronos de Cataluña! En este conflicto, como en todos los que hoy palpitan sobre España, no triunfará la intransigencia, no triunfará la violencia: la victoria será para la inteligencia.
Publicado sin firma, El Sol, 21 de octubre de 1919
II
PREVIAS DISTINCIONES
No sabemos si el anuncio de lock-out emanado del Congreso patronal llegará a efectividad, y mucho menos si alcanzará las dimensiones que aspiran a darle unos cuantos hombres sin mesura. Mas, por lo mismo, es éste el momento en que todavía puede dejarse oír la reflexión, y en consecuencia, la hora obligada para que cada cual exprese claramente cuál es su política social.
Convencidos de que, desventuradamente, llegarán, ahora o luego, días dificilísimos y formidables convulsiones públicas, nos importa mucho fijar, una vez más, nuestra opinión. Hace una semana la expusimos de nuevo someramente, dirigiéndonos a los patronos catalanes que inauguraban su Congreso. Hace cosa de un año, al tiempo del armisticio, poníamos ya el grito en el cielo, advirtiendo a la inerte burguesía de la tormenta fabulosa que se estaba condensando sobre la línea del horizonte. Pedíamos que sin demora se organizase una política ágil, amplia y constructiva, la cual saliese al encuentro de los conflictos antes de que éstos maduraran. Porque la vida da la victoria al más activo, no al más rígido. La incansable fermentación de plantas microscópicas reduce a polvo las peñas, y un Estado que se apresura a llevar por su propia mano la reforma a todos los ámbitos de la sociedad, consigue disolver mediante su superior eficacia todos los intentos de transformación revolucionaria que, fuera de él y contra él, germinen en el pueblo.
I
THE EMPLOYERS WITHOUT POLITICS AND THE INERTIA OF THE STATE
With the greatest interest we are going to attend the Congress of the Employers’ Federation that began yesterday in Barcelona. We do not wish to accept as truthful the news circulating these days, according to which a large portion of the Catalan employers was resolved to adopt attitudes of extreme violence. We would feel less perplexity if instead of industrialists it were a question of lawyers, of young gentlemen, of sacristans or of «politicians»; in short, of people who exercise only rhetorical activities and usually satisfy themselves by vocabulary and gesticulating before a small circle of like-minded men. On the contrary, industrial exercise is one of the healthiest disciplines of realism: in it one learns to measure the distance that goes from pronouncing words to achieving things, one better evaluates the resistance that reality usually offers to our desires and the spirit becomes accustomed to always counting on the complexities and chiaroscuros of life. We cannot, then, believe that these men educated in such strong discipline now take pleasure in striking terrible poses of a fairground Hercules, making plastic tableaux of energy before an audience of colleagues. Surely the harshest among them are as well aware as we are that the problem in question has dimensions of historical breadth and depth too great to be dominated with four thundering words and half a dozen Numantian resolutions.
If they consider the workers’ organization, above all that of Catalonia, as an enemy, they are the more obliged to perceive well the degree of force, of potentiality that there is in the movement of the proletariat. Nothing is more dangerous in war than to estimate below the real force of the enemy. Whatever the errors, the exaggerations, the utopias and even the atrocities in which the workers’ action abounds, there is in it a central nerve that will make it irresistible. Strip from it the passions, the good and the base ones; strip the foliage of «socialist science»; strip even the power of multitudinous solidarity: there will still remain beneath all that something that has more force than all that, and it is the justice of its radical aspiration. The idea that the present society is unjustly organized because it is not organized according to the principle of work; the idea, simplest but terribly evident, that some work much and eat little and others eat much and do not work at all, has acquired in the moral climate of our century such an enormous energy, has come to have such a radiant power of evidence, that there is no other force capable of opposing it. Everything else that is not that idea and goes united to it in the proletarian war will be debatable, will be lamentable, will be even odious; but that idea is just, and therefore, gives in the decisive point the reason to the workers. Now then, before one who in the essential carries the reason, it is a deplorable tactical error to take attitudes of intransigence, because it is to remain with no part of reason.
It seems clear that the procedure must be the inverse. Against what is excessive or dangerous in labourism (for example, its absurd exclusivism, the risk that production be annihilated, etcetera), one can only fight by installing oneself in its ideal centre, in its reason. From its reason combat its unreason. This is the way to put into your saddlebag all the reason.
It is truly curious that the Catalan employers, and in general those of all Spain, come forward to announce extreme measures when they have not yet even remotely tried the intermediate and more reasonable, more complex, more intelligent ones. With very little effort, with far less than they are going to spend these days, they could have, for example, obliged all the classes today directing Spain to form a vigorous political force condensed around a clear and serious programme that would delineate a systematic policy of a social character. Instead of that, they have been absent in their best portion from public action and have let subsist the vain spectre of an archaic and intransigent rightism. Instead of seeking for a new deeply reorganizing policy apt men, active and awake, they tolerate that there represent the State personalities hampered by their discredit, which they drag at the foot like the convict his chain.
The employers complain of defenselessness, and perhaps they do in effect suffer some. But we would permit ourselves to ask what they would call defence. Perchance what the señor La Cierva, the Campeador, would do from the barbican of Power? Such an error would be definitively baneful. In the end the social torso always triumphs, and it always inclines to the side opposite to that in which extreme notes are given. A blind Government, deaf and mute and with the stick in hand, would carry all the weight of society to the side and in favour of the workers. It is a law of automatic regulation that is fulfilled in the social body the same as in the physical one to re-establish equilibrium.
In effect, we believe that in Catalonia, in spite of the bayonets, of the three-cornered hats and of the bowler-hatted policemen, there is or there may be defenselessness for the citizen. But the cause is that to a movement like the syndicalist one, which propagates a critical doctrine of the State —for syndicalism the State is useless, ineffective and unjust—, we oppose a State without prestige or sufficient efficacy. When a governance in maximum activity would be most opportune, a paralytic State is accepted. Three years ago, the syndicalists were a few thousand; today they are a legion that approaches two hundred thousand, perfectly organized and with powerful dues. If the State, in that time, had lived in its offices at equal pressure and had manifested analogous fecundity, without bayonets, without three-cornered hats and without secret bowler hats the citizen would find himself perfectly defended in Barcelona. What does not seem possible is that activity be vanquished by inertia.
We suspect that the «bourgeoisie» does not sufficiently know the most characteristic thing of recent Russian history. In the advent of Bolshevism there is a point that deserves careful meditation. We refer to the fact that in a few days, and without firing more than a dozen cannon shots, and these into the air, a few people who did not previously have organized masses seized possession of a whole people. The explanation lies in the strange paralysis that overcame the superior classes in the months before the revolution. Instead of flooding the national anguish and unease with a torrent of reformatory activity, going out to meet the problems with all manner of resolving essays, they remained inert, hand upon hand, trusting in a vain violence of the last hour.
By fortune, there is a great distance from Russian society, enormous, chaotic and primary, to ours, which being old has rather an excess of structure and bones too hard; but it is fitting, nevertheless, to avoid the resemblance in what concerns the attitude of the most responsible classes.
Let the maximum yield be given to the Spanish institutions, previously improving them, and let the State appear active, agile, sagacious, spirited in every national corner. For this, naturally, a new politics is needed. And for this, in turn, the firm and clear-sighted adherence of nuclei of opinion as important as the employers of Catalonia.
Gentlemen employers of Catalonia! In this conflict, as in all those that today palpitate over Spain, intransigence will not triumph, violence will not triumph: the victory will be for intelligence.
Published unsigned, El Sol, 21 October 1919
II
PRIOR DISTINCTIONS
We do not know whether the announcement of lock-out emanating from the employers’ Congress will come to effect, and much less whether it will attain the dimensions that a few men without measure aspire to give it. But, for that very reason, this is the moment in which reflection can still let itself be heard, and consequently, the obligatory hour for each one to express clearly what his social politics is.
Convinced that, unfortunately, there will come, now or later, very difficult days and formidable public convulsions, it matters greatly to us to fix, once more, our opinion. A week ago we set it out again summarily, addressing ourselves to the Catalan employers who were inaugurating their Congress. About a year ago, at the time of the armistice, we were already crying to heaven, warning the inert bourgeoisie of the fabulous storm that was condensing on the line of the horizon. We asked that without delay there be organized an agile, ample and constructive politics, which should go out to meet the conflicts before they matured. Because life gives victory to the most active, not to the most rigid. The tireless fermentation of microscopic plants reduces rocks to dust, and a State that hastens to carry by its own hand the reform to all the spheres of society, succeeds in dissolving through its superior efficacy all the attempts of revolutionary transformation that, outside it and against it, germinate in the people.
I
I PATRONI SENZA POLITICA E L’INERZIA DELLO STATO
Con sommo interesse assisteremo al Congresso della Federazione Patronale che ieri cominciò a Barcellona. Non vogliamo accettare come veritiere le notizie circolanti in questi giorni, secondo le quali una grande porzione dei padroni catalani era risoluta ad adottare atteggiamenti di estrema violenza. Minore perplessità sentiremmo se invece di industriali si trattasse di avvocati, di signorini, di sacrestani o di «politici»; in somma, di gente che non esercita che attività retoriche e suole soddisfarsi vocabolando e gesticolando dinanzi a una piccola conversazione di affini. Al contrario, è l’esercizio industriale una delle più sane discipline di realismo: in esso s’impara a misurare la distanza che va dal pronunciare le parole al conseguire le cose, si valuta meglio la resistenza che la realtà suole offrire ai nostri desideri e si abitua l’animo a contare sempre con le complessità e i chiaroscuri della vita. Non possiamo, dunque, credere che questi uomini educati in così forte disciplina si compiacciano ora nel prendere terribili posture da Ercole di fiera, facendo quadri plastici di energia dinanzi a un pubblico di colleghi. Di sicuro i più aspri tra loro si rendono conto tanto bene quanto noi che il problema in questione ha dimensioni di ampiezza e profondità storica troppo grandi per essere dominato con quattro parole tonitruanti e mezza dozzina di accordi numantini.
Se considerano l’organizzazione operaia, soprattutto quella di Catalogna, come un nemico, sono più obbligati a rendersi ben conto del grado di forza, di potenzialità che c’è nel movimento del proletariato. Nulla di più pericoloso in guerra che stimare al ribasso la forza reale del nemico. Quali che siano gli errori, le esagerazioni, le utopie e perfino le atrocità in cui abbonda l’azione operaia, c’è in essa un nervo centrale che la renderà incontrastabile. Toglietele le passioni, le buone e le vili; togliete la fronda della «scienza socialista»; togliete perfino il potere della solidarietà multitudinaria: resterà ancora sotto tutto ciò qualcosa che ha più forza di tutto ciò, ed è la giustizia della sua aspirazione radicale. L’idea che la società attuale si trovi ingiustamente organizzata perché non è organizzata secondo il principio del lavoro; l’idea semplicissima, ma terribilmente palmare, che alcuni lavorano molto e mangiano poco e altri mangiano molto e non lavorano niente, ha acquistato nel clima morale del nostro secolo un’energia tanto enorme, è giunta ad avere un così raggiante potere di evidenza, che non c’è altra forza capace di opporlesi. Tutto il resto che non è quella idea e va unito ad essa nella guerra proletaria sarà discutibile, sarà deplorevole, sarà fino odioso; ma quella idea è giusta, e perciò, dà nel decisivo la ragione agli operai. Ora, di fronte a chi nell’essenziale ha ragione, è un deplorevole errore tattico prendere atteggiamenti di intransigenza, perché è restare senza nulla di ragione.
Sembra chiaro che il procedimento dev’essere inverso. Contro ciò che è smisurato o pericoloso nell’operaismo (per esempio, il suo assurdo esclusivismo, il rischio che si annichilisca la produzione, eccetera), solo si può lottare installandosi nel suo centro ideale, nella sua ragione. Dalla sua ragione combattete la sua senza-ragione. Questo è il modo di mettere nella vostra bisaccia tutta la ragione.
È veramente curioso che i padroni catalani, e in generale quelli di tutta la Spagna, si avanzino ad annunciare misure estreme quando non hanno ancora sperimentato neppure lontanamente le intermedie e più ragionevoli, più complesse, più intelligenti. Con pochissimo sforzo, con molto meno di quello che spenderanno in questi giorni, avrebbero potuto, per esempio, obbligare tutte le classi oggi dirigenti di Spagna a formare una vigorosa forza politica condensata attorno a un programma chiaro e serio che delineasse una politica sistematica di carattere sociale. Invece di ciò, sono stati assenti nella loro porzione migliore dall’azione pubblica e hanno lasciato che sussistesse il vano spettro di un destrismo arcaico e intransigente. Invece di cercare per una nuova politica profondamente riorganizzatrice uomini a proposito, attivi e svegli, tollerano che rappresentino lo Stato personalità intorpidite dal loro discredito, il quale trascinano al piede come il forzato la sua catena.
Si lamentano i padroni di indifensione, e forse qualcuna la patiscono in effetti. Ma ci permetteremmo di domandare a che chiamerebbero difensione. Forse a ciò che farebbe dalla barbacana del Potere il signor La Cierva, il Campeador? Tale errore sarebbe definitivamente funesto. Trionfa alla fine sempre il torso sociale, e questo si inclina sempre dal lato opposto a quello in cui si danno note estreme. Un Governo cieco, sordomuto e col bastone in mano, porterebbe tutto il peso della società dal lato e a favore degli operai. È una legge di regolazione automatica che si compie nel corpo sociale lo stesso che nel fisico per ristabilire l’equilibrio.
In effetti, crediamo che in Catalogna, malgrado le baionette, i tricorni e i poliziotti col bombetta, ci sia o ci possa essere indifensione per il cittadino. Ma la causa è che a un movimento come il sindacalista, il quale propaga una dottrina critica dello Stato —per il sindacalismo lo Stato è inutile, inefficace e ingiusto—, opponiamo uno Stato senza prestigio né efficacia sufficiente. Quando più opportuno sarebbe un governo in massima attività, si accetta uno Stato paralitico. Tre anni fa, i sindacalisti erano alcune migliaia; oggi sono una legione che sfiora i duecentomila, perfettamente organizzati e con potenti contributi. Se lo Stato, in quel tempo, fosse vissuto nei suoi uffici a pari pressione e avesse manifestato analoga fecondità, senza baionette, senza tricorni e senza bombette segrete si troverebbe il cittadino perfettamente difeso a Barcellona. Ciò che non sembra possibile è che l’attività resti vinta dall’inerzia.
Sospettiamo che la «borghesia» non conosca sufficientemente la cosa più caratteristica della recente storia russa. Nell’avvento del bolscevismo c’è un punto che merita attenta meditazione. Ci riferiamo al fatto che in pochi giorni, e senza sparare più di dodici cannonate, e queste in aria, si impadronissero di tutto un popolo alcune persone che non avevano preventivamente masse organizzate. La spiegazione sta nella strana paralisi che colse le classi superiori nei mesi anteriori alla rivoluzione. Invece di inondare l’angoscia e l’inquietudine nazionali con un torrente di attività riformatrice, uscendo incontro ai problemi con ogni sorta di tentativi risolutori, rimasero inerti, la mano sulla mano, confidando in una vana violenza dell’ultima ora.
Per fortuna, c’è gran distanza dalla società russa, enorme, caotica e primaria, alla nostra, che per vecchia ha piuttosto un eccesso di struttura e ossa troppo dure; ma conviene, tuttavia, evitare la somiglianza in ciò che attiene all’atteggiamento delle classi più responsabili.
Si dia alle istituzioni spagnole, migliorandole preventivamente, il loro massimo rendimento, e che lo Stato appaia attivo, agile, sagace, animoso in ogni angolo nazionale. Per questo, naturalmente, ci vuole una politica nuova. E per questa, a sua volta, l’adesione ferma e chiaroveggente di nuclei di opinione tanto importanti come i padroni di Catalogna.
Signori padroni di Catalogna! In questo conflitto, come in tutti quelli che oggi palpitano sulla Spagna, non trionferà l’intransigenza, non trionferà la violenza: la vittoria sarà per l’intelligenza.
Pubblicato senza firma, El Sol, 21 ottobre 1919
II
PREVIE DISTINZIONI
Non sappiamo se l’annuncio di lock-out emanato dal Congresso patronale giungerà a effettività, e molto meno se raggiungerà le dimensioni che aspirano a dargli alcuni uomini senza misura. Ma, appunto per questo, è questo il momento in cui può ancora lasciarsi udire la riflessione, e di conseguenza, l’ora obbligata perché ciascuno esprima chiaramente quale sia la sua politica sociale.
Convinti che, disgraziatamente, giungeranno, ora o poi, giorni difficilissimi e formidabili convulsioni pubbliche, ci importa molto fissare, un’altra volta, la nostra opinione. Una settimana fa la esponemmo di nuovo sommariamente, rivolgendoci ai padroni catalani che inauguravano il loro Congresso. Circa un anno fa, al tempo dell’armistizio, mettevamo già le mani nei capelli, avvertendo l’inerte borghesia della tempesta favolosa che si stava condensando sulla linea dell’orizzonte. Chiedevamo che senza indugio si organizzasse una politica agile, ampia e costruttiva, la quale uscisse incontro ai conflitti prima che questi maturassero. Perché la vita dà la vittoria al più attivo, non al più rigido. L’instancabile fermentazione delle piante microscopiche riduce in polvere le rocce, e uno Stato che si affretta a portare di propria mano la riforma in tutti gli ambiti della società, riesce a dissolvere mediante la sua superiore efficacia tutti i tentativi di trasformazione rivoluzionaria che, fuori di esso e contro di esso, germinino nel popolo.
No se nos hizo entonces ningún caso. Al contrario, se nos tachó de alarmistas y hasta se temió que fuésemos revolucionarios. Hay gentes con la cabeza suficientemente del revés para llamar revolucionario al que anuncia una revolución e invita a los demás para prevenirla.
Hoy tenemos ya la tormenta encima; sólo nos quedan unos últimos rayos de sol que es preciso aprovechar para hacer claridad sobre el problema.
Pero si hemos de llevar alguna evidencia al ánimo de nuestros lectores, necesitamos, para asunto tan complejo, extendernos más de lo que es uso en nuestros editoriales.
No case was made of us then. On the contrary, we were branded alarmists and it was even feared that we might be revolutionaries. There are people with their head sufficiently upside down to call revolutionary one who announces a revolution and invites the others to prevent it.
Today we already have the storm upon us; there remain to us only a few last rays of sun which it is necessary to take advantage of to shed light on the problem.
But if we must carry some evidence to the minds of our readers, we need, for so complex a matter, to extend ourselves more than is customary in our editorials.
Non ci si fece allora alcun caso. Al contrario, ci si tacciò di allarmisti e si temette perfino che fossimo rivoluzionari. C’è gente con la testa abbastanza alla rovescia per chiamare rivoluzionario chi annuncia una rivoluzione e invita gli altri a prevenirla.
Oggi abbiamo già la tempesta addosso; ci restano solo gli ultimi raggi di sole che è necessario sfruttare per far chiarezza sul problema.
Ma se dobbiamo portare qualche evidenza all’animo dei nostri lettori, abbiamo bisogno, per un affare tanto complesso, di dilungarci più di quanto sia uso nei nostri editoriali.