Abstract

Syndicalism infers from the fact that society is a community of workers that it is nothing but that — Ortega ridicules the inference by comparing it to reducing man to a self-propelled nose. Thinking, writing, loving and amusing oneself escape the union’s tutelage: the sum of these minimal rights is called liberty. Liberalism, “the highest idea yet invented”, cannot fight without first handing its weapon to the enemy.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Esto nos ocurre pensar. Pero el sindicalismo, método intelectual que consiste en sacar las cosas de quicio, da el siguiente brinco: puesto que la sociedad es, sin duda, una comunidad de trabajadores, la sociedad no es, sin duda, más que eso. Como el Sindicato es la institución más apropiada para organizar el trabajo, el Sindicato debe ser la única institución pública. Lo cual equivale a este razonamiento: ¿El hombre tiene nariz? Sí; pues el hombre es una nariz semoviente; toda institución que no sea el pañuelo moquero carece de sentido.

Pero suponed que un obrero cree su deber protestar contra el espíritu dominante dentro de su Sindicato, o bien, genio de nuevas reformas sociales, idea una sociedad mejor que la sindicalista. ¿Quién lo defiende cuando su Sindicato le coarte, le violente, le haga la vida imposible? Creado el Sindicato como órgano jurídico que sirve a un gremio, a un oficio, tiene, por fuerza, que chocar cien veces con las necesidades del individuo frente a la colectividad. Pensar, escribir, hablar, amar, divertirse son actividades sociales del hombre que, no siendo trabajo, en el sentido sindical, escapan a la tutela del Sindicato. Son, frente al trabajo, el tesoro individual de la personalidad. Antes que trabajadores, o si se quiere, a la par que trabajadores, somos individuos humanos que, como tales, tenemos una serie de derechos mínimos, previos a toda organización política, y que ésta, para nacer, ha de garantizarnos. La suma de esos derechos se llama libertad.

He aquí la pequeña entidad maravillosa —libertad— que estamos dispuestos a defender contra el sindicalismo, primero, con las leyes establecidas; luego, con otras más justas y perfectas que contribuiremos a hacer, y luego… Cuando no nos basten las leyes actuales o futuras y no se nos haga una ley dentro de la cual luchar, claro es que por defender esa pequeña entidad maravillosa —libertad— acudiremos a las uñas y a los dientes. En cambio, ofrecemos esa misma daga prodigiosa de la libertad a los sindicalistas para que, usando de ella, nos den el mejor golpe a lo Guisa. No podemos hacer más. El liberalismo, la idea más alta que hasta ahora ha inventado la Humanidad, la idea europea por excelencia, tiene esta nativa elegancia: no sabe luchar si no es regalando antes la propia arma al enemigo.

El sindicalismo no se ocupa de garantizar las libertades individuales porque es profundamente antiliberal. Trata, por el contrario, de disolver al individuo en el Sindicato, de someterlo a la potencia anónima del trabajo, de la obra, del oficio; en suma, de desindividualizarlo. En una raza asiática, el Japón, por ejemplo, o semiasiática, Rusia, por ejemplo, acaso sea un placer para el individuo su evaporación en el Gran Todo; para los europeos, no. El sindicalismo es el Nirvana político. Los europeos hemos aprendido bajo el sol alciónico de Grecia la suprema enseñanza, el supremo imperativo de la individualidad. Ser individuos es para nosotros, más que un privilegio, una obligación.

El antiliberalismo del espíritu sindicalista se revela en toda su táctica. La expansión de sus organizaciones catalanas se debe, en gran parte, a la violencia. Obliga por la fuerza a sindicarse: como las religiones en su edad imperialista, impelle intrare. Nosotros estamos ciertos de que habremos de defender muchas veces con nuestros medios, muy escasos, pero muy leales, a las Asociaciones obreras, incluso a las sindicalistas, contra atropellos de los Gobiernos. Por lo mismo, exigiremos perentoriamente a todo Gobierno que sea inexorable en el castigo de las violencias cometidas por los obreros para desarrollar sus organizaciones y su política.