Abstract

Spain is almost wholly anti-monarchical but has not yet begun to be republican: to be merely “anti” is not to be but to “anti-be”, and such a people is the hollow of itself. Ortega denounces a Republic facing backwards, busy punishing the past, and the “narrow-gauge Machiavellianism” that thinks it is creating republican interests; what is needed is a historical creed founded on two principles, the Nation and Labour.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

España, en su casi totalidad, es hoy antimonárquica, pero todavía no ha empezado a ser republicana. Claro está que quien es antimonárquico no tiene más remedio que ser republicano, porque entre los innumerables atributos extrínsecos que la República posee está el de ser la Antimonarquía. Pero manera tal de ser negativamente republicano no sirve para nada. Así no se es nada. Se es anti. Por consiguiente: no se es, se anti-es.

Algo de esto acontece en España desde hace varias generaciones. Nuestro pueblo está lleno de actitudes meramente negativas, que es el modo más grave de hallarse históricamente vacío. Un pueblo así es el hueco de sí mismo. Y lo hueco no pesa. El viento del azar lo trae y lo lleva. Por eso es sumamente grave mantener a una colectividad anti-siendo. Si hoy es anti-lo-de-ayer, mañana puede, sin más, volverse anti-lo-de-hoy.

Desde el primer día he protestado contra el carácter que se daba a la República manteniéndola con la cara vuelta hacia atrás, ocupada en castigar los abusos del pasado.

Ahora bien, yo no veo en los partidos políticos actuales la decisión de traducir al signo positivo la República y hacer posible que, de este modo, la adhesión a ella de los españoles se haga afirmativa. Por eso creo que la situación es más peligrosa de lo que se supone. De ordinario, sólo se considera como peligro la actuación de fuerzas declaradamente hostiles al nuevo Estado, y como, en efecto, esas fuerzas o no existen o son de escaso fondo, los políticos republicanos creen hallarse en el mejor de los mundos. Pero en España no hay que temer nunca a las fuerzas hostiles, sino a la falta de densidad en la adhesión del gran torso colectivo.

Y ¿por qué se pretende que, sin más, sienta la gente —ese tremendo, decisivo personaje que se llama «la gente»— gran fervor republicano? Se trata de organizar un nuevo Estado que tiene aún sus armas en blanco, que no ha ganado aún bazas, que no ha demostrado todavía su capacidad para ir haciendo de un pueblo exánime una nación enérgica. Todos los programas que se agitan tienen un aire particularista. Interesan a un grupo porque rudamente anuncian la lucha contra otro. Aún no se ha dado al país la impresión de que el nuevo Estado no va a ser —como era el antiguo— propiedad particular de una clase o parte de los españoles. No se ha hecho sino tergiversar la Monarquía. Los que abusaban del poder son ahora los abusados. Pienso con esto en la España profunda, que es la de los pueblos menores. Allí se ha sustituido el mando arbitrario o brutal de unos por el mando no menos arbitrario y brutal de otros. A esto se llama «crear intereses republicanos». Un maquiavelismo de vía estrecha ha inspirado a los gobernantes de los últimos meses la idea, no muy genial, de que favoreciendo desde el Poder público a unas clases sociales se las adscribía a la República. Exactamente lo mismo que intentó hacer la Dictadura con su táctica miope. ¡Seis mil quinientos millones de táctica! Aunque fuera ésta más certera, la República no podría ejercitarla. Las arcas están vacías.

No, no es intereses lo que hay que crear, sino espíritu. Un nuevo Estado no se afirma, si no se suscita un nuevo espíritu. Con programas particulares no se embarca a una nación en un nuevo Estado. Es preciso que se haga consistir la República en un credo histórico de contenido tan indiscutible, que tengan que aceptarlo en secreto los mismos que en público finjan combatirlo. Este credo sólo puede hoy derivarse de dos principios: el principio de la Nación y el principio del Trabajo.

Luz, 7 de enero de 1932