Ortega y Gasset
Abstract
An address on Europeanisation, under the Platonic-Socratic epigraph from the Apology (“a life without inquiry is not liveable”). Ortega reproaches the Europeanist programmes — beginning with Costa’s — for never defining what Europe is: railways, hotels, police and commerce are only outward appearance, effects that somebody first had to invent. He defends definitions against the horror mystics and mystifiers feel for them.
Connections
Concetti: educazione
Figure: Platone, Socrate, Leibniz
Forme: saggio, lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Una vida sin investigación no es vividera para el hombre
(PLATÓN-SÓCRATES, en la Apología)
I
Muchos años hace que se viene hablando en España de «europeización»: no hay palabra que considere más respetable y fecunda que ésta, ni la hay, en mi opinión, más acertada para formular el problema español. Si alguna duda cupiera de que así es, bastaría para obligarnos a meditar sobre ella haberla puesto en su enseña don Joaquín Costa, el celtíbero cuya alma alcanza más vibraciones por segundo.
La necesidad de europeización me parece una verdad adquirida, y sólo un defecto hallo en los programas de europeísmo hasta ahora predicados, un olvido, probablemente involuntario, impuesto tal vez por la falta de precisión y de método, única herencia que nos han dejado nuestros mayores. ¿Cómo es posible si no que en un programa de europeización se olvide definir Europa? ¿Es que, por ventura, no cabe vacilación respecto a lo que es Europa? ¿No es esta vacilación secular, este no saber un siglo y otro qué cosa sea exactamente Europa, lo que ha mantenido a España en perenne decadencia y ha anulado tantos esfuerzos honrados, aunque miopes? ¿No comienza en el siglo XVII España a maldecir de España, a volver la mirada en busca de lo extraño, a proclamar la imitación de Italia, de Francia, de Inglaterra? ¿No ha ido pasando durante la última centuria, poco a poco, toda o casi toda la legislación extranjera por la Gaceta castiza?
Reconozco que una definición es siempre una pedantería, pero es menester, una vez agotadas por nuestra raza todas las demás petulancias, ensayar esta nueva de las definiciones. Perderemos con ella la elegancia nativa y el desgaire de buen tono, pero ganaremos, probablemente, todo lo demás. «¿Qué necesidad hay de explicar lo que entendemos por la palabra hombre? —se preguntaba Pascal. ¿No se sabe suficientemente cuál es la cosa que queremos designar por este término?» Los místicos y los mixtificadores han tenido siempre horror hacia las definiciones porque una definición introducida en un libro místico produce el mismo efecto que el canto del gallo en un aquelarre: todo se desvanece.
¿Es cosa tan clara lo que entendemos por hombre? Bien sabe el lector que las disputas sobre lo que es el hombre han sido el motor de todas las grandes guerras y revoluciones; bien sabe que no nos hemos puesto de acuerdo. Según el Antonio de Le mariage de Figaro, beber sin sed y hacer el amor en todo tiempo es lo único que distingue al hombre de los animales. Según Leibniz, es el hombre, más bien, un petit Dieu. Entre una y otra fórmula cabe un sinnúmero de ellas. En tiempo de Varrón se contaban ya doscientas ochenta opiniones acerca del Bien: esto supone otras tantas acerca del hombre, que es el sujeto de la bondad.
Lo propio acontece con Europa. Para unos Europa es el ferrocarril y la buena policía; para otros es la parte del mundo donde hay mejores hoteles; para aquéllos el Estado que goza de empleados más leales y expertos; para otros el conjunto de pueblos que exportan más e importan menos. Todas estas imágenes de Europa coinciden en un error de perspectiva; toman lo que se ve en un viaje rápido, lo que salta a los ojos y, sobre todo, la apariencia externa de la Europa de hoy, por la Europa verdadera y perenne. No nos ocurre preguntarnos cómo ha llegado a poseer semejantes bienaventuranzas, olvidamos que para tener ferrocarriles, policía, hoteles, comercio, industria, todo eso, en fin, que podemos llamar civilización, mejoramiento físico de la vida, ha sido preciso inventarlos antes, porque del cielo no caen las máquinas de vapor ni la economía política, ni los policemen, que si cayeran, en casa tenemos la Pilarica que nos hubiera donado tan bellas y útiles sustancias, y sin trabajo alguno por nuestra parte las habríamos piadosamente recibido en medio de esta regocijada danza de la Muerte, que España va danzando siglos hace, donde todos servimos de gigantes y algunos de cabezudos.
¿Cómo lograr convencernos de que Europa no es realmente nada de eso? ¿Cómo convencernos de que la diferencia entre Europa y España —el desnivel que tratamos de rectificar por medio de la europeización— no está en que tenga mejores ferrocarriles ni más florida industria que nosotros? ¿No podemos consultar estadísticas que miden y ponderan matemáticamente ese desnivel? Debíamos desconfiar de esos hombres que halagan nuestros vicios diciéndonos cosas que ya se nos habían ocurrido a nosotros, y que, por tanto, no son superiores a nuestra distraída comprensión. Debíamos preferir hombres que nos digan cosas menos claras, cosas que nos parezcan menos evidentes y nos obliguen a fruncir con el ceño la atención. No ha de olvidarse que la verdad no es nunca lo que vemos, sino precisamente lo que no vemos: la verdad de la luz no son los colores que vemos, sino la vibración sutil del éter, la cual no vemos.
En el siglo XVIII no había ferrocarriles, y, sin embargo, era Europa tan Europa como hoy pueda serlo. En tiempos de Platón estaba Europa circunscrita al lindo rincón de la tierra helénica, pero si breve en extensión, alcanzó entonces lo europeo quilates de energía nunca después superados. Si a pesar de ello hubiera caminado hasta China Platón o alguno afinado en su escuela, habría hallado allí una serie de comodidades desconocidas para los elegantes de Atenas. Europa, pues, no es la civilización, no es el ferrocarril y el policía, no es la industria y el comercio. En Atenas apenas si había otra cosa que alfareros, al paso que Fenicia ensayaba con un gesto incipiente, las campañas financieras de Cecil Rhodes y los Vanderbildt. Lo que había en Atenas de característico, de único, era Sócrates, que andaba moscardeando a las gentes por las calles, mal ceñido, hecho
un camuso
Pan boschereccio, un placido sileno
di viso arguto e grossi occhi di toro,
mordaz y profundo, severo y reidor, panza al trote y ascético, con aquella gran barriga inquieta de que habla Luciano en el Filopseudes. Pero en cada hombre hay, como decía Montaigne, un ser maravillosamente vario y ondulante. Lo individual es inasible, no puede ser conocido. Podremos presentirlo, suponerlo, adivinarlo, pero nunca conocerlo estrictamente. La reconstrucción de un carácter personal no sufrirá jamás garantías de exactitud: por eso una biografía es siempre, al cabo, una labor estética en que el acierto permanece eternamente dudoso.
La historia universal no puede consistir en un centón de biografías, en una galería iconográfica de hombres ilustres. De aquí que si hacemos nacer la realidad europea de Sócrates, tengamos que descubrir tras la tornasolada y huidera fisionomía del hombre Sócrates algo menos entretenido, pero más preciso, más exacto: la cosa, el objeto Sócrates. Por higiene espiritual debiéramos los españoles relegar al último plano de nuestras preocupaciones cuanto atañe a los individuos, a las personalidades; salvémonos en las cosas, sometámonos durante un siglo, cuando menos, a la severa e inequívoca disciplina de las cosas. Corrijamos el perfil deteriorado e incierto de nuestros ánimos según la pauta ofrecida por las líneas más quietas y más firmes de lo que se halla fuera de nosotros. Y en este caso de ahora, prefiramos a un Sócrates pintoresco que honre ante el público nuestro poder de imaginar y nuestra literatura, el Sócrates verdadero, realmente activo y fecundo en la historia universal.
Sócrates nos ha traído —dice Aristóteles, y perdónese la cita, inevitable ahora— dos cosas: la definición y el método inductivo. Juntas ambas constituyen la ciencia.
Aquí tenemos, al fin, la novedad introducida en la economía del mundo oriental, gracias a la cual el mundo de Occidente significa algo más que una mera determinación geográfica. Si Europa trasciende en alguna manera del tipo asiático, del tipo africano, lo debe a la ciencia: el europeo no sería, de otro modo, sino una bestia rubia junto a las bestias más pálidas y de bruno pelo que pueblan el Asia, junto a la bestia negra y rizada de Goa y el Victoria-Nyanza. El color de las teces, la proporción del cráneo serán, tal vez, condiciones físicas forzosas para que dé el espíritu su peculiar vibración europea, como la tripa de una cabra es necesaria para que suene justamente la romanza en fa de Beethoven. Unas como otras no son, empero, más que condiciones.
Europa = ciencia; todo lo demás le es común con el resto del planeta.
A life without investigation is not livable for man
(PLATO-SOCRATES, in the Apology)
I
It is many years now that one has been speaking in Spain of «Europeanization»: there is no word that I consider more respectable and fruitful than this one, nor is there, in my opinion, one more apt for formulating the Spanish problem. If any doubt remained that this is so, it would suffice, to oblige us to meditate upon it, that don Joaquín Costa placed it on his banner, the Celtiberian whose soul attains the most vibrations per second.
The necessity of Europeanization seems to me an acquired truth, and I find only one defect in the programs of Europeanism preached until now, an oversight, probably involuntary, imposed perhaps by the lack of precision and method, the only inheritance our forebears have left us. How is it possible, otherwise, that a program of Europeanization should forget to define Europe? Is it that, perchance, no hesitation is possible regarding what Europe is? Is it not this secular hesitation, this not knowing from one century to another what exactly Europe is, that has kept Spain in perennial decadence and annulled so many honest, though myopic, efforts? Does not Spain begin in the seventeenth century to curse Spain, to turn its gaze in search of the foreign, to proclaim the imitation of Italy, of France, of England? Has not all or almost all the foreign legislation been passing, during the last century, little by little, through the castiza Gaceta?
I recognize that a definition is always a pedantry, but it is necessary, once our race has exhausted all the other petulances, to try this new one, of definitions. We shall lose with it the native elegance and the careless nonchalance of good tone, but we shall gain, probably, everything else. «What need is there to explain what we understand by the word man? —Pascal asked himself. Is it not sufficiently known what is the thing we want to designate by this term?» The mystics and the mystifiers have always felt horror of definitions because a definition introduced into a mystical book produces the same effect as the crowing of the rooster in a witches’ sabbath: everything vanishes.
Is what we understand by man such a clear thing? Well does the reader know that the disputes about what man is have been the motor of all the great wars and revolutions; well does he know that we have not reached agreement. According to Antonio in Le mariage de Figaro, drinking without thirst and making love at all times is the only thing that distinguishes man from the animals. According to Leibniz, man is, rather, a petit Dieu. Between the one formula and the other there fit an infinite number of them. In the time of Varro there were already counted two hundred and eighty opinions about the Good: this implies as many about man, who is the subject of goodness.
The same happens with Europe. For some, Europe is the railway and good policing; for others, it is the part of the world where there are better hotels; for those, the State that enjoys the most loyal and expert employees; for others, the set of peoples that export more and import less. All these images of Europe coincide in an error of perspective; they take what is seen on a quick journey, what jumps to the eyes and, above all, the external appearance of today’s Europe, for the true and perennial Europe. It does not occur to us to ask ourselves how it has come to possess such blessings; we forget that in order to have railways, police, hotels, commerce, industry, all that, in short, which we may call civilization, the physical betterment of life, it has been necessary to invent them first, because from heaven there do not fall steam engines nor political economy, nor the policemen, which if they did fall, at home we have the Pilarica who would have gifted us such beautiful and useful substances, and without any work on our part we would have piously received them in the midst of this joyful dance of Death, which Spain has been dancing for centuries, where we all serve as giants and some as big-headed figures.
How to manage to convince ourselves that Europe is really none of that? How to convince ourselves that the difference between Europe and Spain —the unevenness we try to rectify by means of Europeanization— does not lie in having better railways or more flourishing industry than we? Can we not consult statistics that measure and weigh mathematically that unevenness? We should distrust those men who flatter our vices by telling us things that had already occurred to us, and which, therefore, are not superior to our distracted comprehension. We should prefer men who tell us less clear things, things that seem to us less evident and oblige us to knit with the brow our attention. It must not be forgotten that truth is never what we see, but precisely what we do not see: the truth of light is not the colors we see, but the subtle vibration of the ether, which we do not see.
In the eighteenth century there were no railways, and yet Europe was as much Europe as it may be today. In the time of Plato, Europe was circumscribed to the pretty corner of the Hellenic land, but if brief in extent, the European attained then carats of energy never since surpassed. If in spite of that Plato, or some refined member of his school, had journeyed as far as China, he would have found there a series of comforts unknown to the elegant of Athens. Europe, then, is not civilization, is not the railway and the policeman, is not industry and commerce. In Athens there was barely anything but potters, while Phoenicia was trying, with an incipient gesture, the financial campaigns of Cecil Rhodes and the Vanderbilts. What there was in Athens that was characteristic, unique, was Socrates, who went about bothering people in the streets, ill-girt, made
a snub-nosed one
Woodland Pan, a placid Silenus
of sharp face and great ox-eyes,
biting and profound, severe and laughing, belly at a trot and ascetic, with that great restless paunch of which Lucian speaks in the Philopseudes. But in every man there is, as Montaigne said, a being marvelously various and undulating. The individual is unseizable, cannot be known. We may sense it beforehand, suppose it, divine it, but never know it strictly. The reconstruction of a personal character will never suffer guarantees of exactness: that is why a biography is always, in the end, an aesthetic labor in which success remains eternally doubtful.
Universal history cannot consist in a cento of biographies, in an iconographic gallery of illustrious men. Hence, if we make the European reality be born of Socrates, we have to discover behind the iridescent and fleeting physiognomy of the man Socrates something less entertaining, but more precise, more exact: the thing, the object Socrates. For spiritual hygiene we Spaniards ought to relegate to the last plane of our concerns whatever pertains to individuals, to personalities; let us save ourselves in things, let us submit ourselves, for a century at least, to the severe and unambiguous discipline of things. Let us correct the deteriorated and uncertain profile of our spirits according to the pattern offered by the quietest and firmest lines of what lies outside us. And in this case of the present, let us prefer, to a picturesque Socrates that honors before the public our power of imagining and our literature, the true Socrates, really active and fruitful in universal history.
Socrates has brought us —says Aristotle, and may the quotation be forgiven, now inevitable— two things: the definition and the inductive method. Together both constitute science.
Here we have, at last, the novelty introduced into the economy of the oriental world, thanks to which the world of the West means something more than a mere geographical determination. If Europe transcends in some manner the Asiatic type, the African type, it owes it to science: the European would not otherwise be but a blond beast beside the paler beasts with brown hair that people Asia, beside the black and curly beast of Goa and Victoria-Nyanza. The color of the complexions, the proportion of the skull will be, perhaps, forcible physical conditions for the spirit to give its peculiar European vibration, as the gut of a goat is necessary for the romance in F of Beethoven to sound justly. The one like the other are not, however, more than conditions.
Europe = science; everything else is common to it with the rest of the planet.
Una vita senza ricerca non è vivibile per l’uomo
(PLATONE-SOCRATE, nell’Apologia)
I
Molti anni fa che si viene parlando in Spagna di «europeizzazione»: non c’è parola che consideri più rispettabile e feconda di questa, né ce n’è, a mio parere, più azzeccata per formulare il problema spagnolo. Se qualche dubbio vi fosse che sia così, basterebbe per obbligarci a meditare su di essa averla posta nella sua insegna don Joaquín Costa, il celtibero la cui anima raggiunge più vibrazioni al secondo.
La necessità di europeizzazione mi sembra una verità acquisita, e soltanto un difetto trovo nei programmi di europeismo finora predicati, una dimenticanza, probabilmente involontaria, imposta forse dalla mancanza di precisione e di metodo, unica eredità che ci hanno lasciato i nostri maggiori. Come è possibile altrimenti che in un programma di europeizzazione si dimentichi di definire l’Europa? È che, per ventura, non c’è esitazione riguardo a ciò che è l’Europa? Non è questa esitazione secolare, questo non sapere di secolo in secolo che cosa sia esattamente l’Europa, ciò che ha mantenuto la Spagna in perenne decadenza e ha annullato tanti sforzi onesti, sebbene miopi? Non comincia nel XVII secolo la Spagna a maledire la Spagna, a volgere lo sguardo in cerca dello strano, a proclamare l’imitazione dell’Italia, della Francia, dell’Inghilterra? Non è andato passando durante l’ultima centuria, poco a poco, tutto o quasi tutta la legislazione straniera per la Gazzetta castiza?
Riconosco che una definizione è sempre una pedanteria, ma è necessario, una volta esaurite dalla nostra razza tutte le altre petulanze, provare questa nuova delle definizioni. Perderemo con essa l’eleganza nativa e il disinvolto abbandono di buon tono, ma guadagneremo, probabilmente, tutto il resto. «Che necessità c’è di spiegare ciò che intendiamo con la parola uomo? —si domandava Pascal. Non si sa abbastanza quale sia la cosa che vogliamo designare con questo termine?» I mistici e i mistificatori hanno sempre avuto orrore delle definizioni perché una definizione introdotta in un libro mistico produce lo stesso effetto del canto del gallo in un sabba: tutto si dilegua.
È cosa tanto chiara ciò che intendiamo per uomo? Bene sa il lettore che le dispute su ciò che è l’uomo sono state il motore di tutte le grandi guerre e rivoluzioni; bene sa che non ci siamo messi d’accordo. Secondo l’Antonio del Le mariage de Figaro, bere senza sete e fare l’amore in ogni tempo è l’unica cosa che distingue l’uomo dagli animali. Secondo Leibniz, l’uomo è, piuttosto, un petit Dieu. Tra una formula e l’altra ce ne stanno un’infinità. Al tempo di Varrone si contavano già duecentottanta opinioni circa il Bene: questo ne suppone altrettante circa l’uomo, che è il soggetto della bontà.
Lo stesso accade con l’Europa. Per alcuni l’Europa è la ferrovia e la buona polizia; per altri è la parte del mondo dove ci sono migliori alberghi; per quelli lo Stato che gode di impiegati più leali ed esperti; per altri l’insieme di popoli che esportano di più e importano di meno. Tutte queste immagini dell’Europa coincidono in un errore di prospettiva; prendono ciò che si vede in un viaggio rapido, ciò che salta agli occhi e, soprattutto, l’apparenza esterna dell’Europa di oggi, per l’Europa vera e perenne. Non ci accade di chiederci come sia giunta a possedere simili beatitudini, dimentichiamo che per avere ferrovie, polizia, alberghi, commercio, industria, tutto questo, in fine, che possiamo chiamare civiltà, miglioramento fisico della vita, è stato necessario inventarli prima, perché dal cielo non cadono le macchine a vapore né l’economia politica, né i policemen, che se cadessero, in casa abbiamo la Pilarica che ci avrebbe donato così belle e utili sostanze, e senza alcun lavoro da parte nostra le avremmo piamente ricevute in mezzo a questa gioiosa danza della Morte, che la Spagna va danzando da secoli, dove tutti serviamo da giganti e alcuni da capiscudi.
Come riuscire a convincerci che l’Europa non è realmente niente di tutto questo? Come convincerci che la differenza tra Europa e Spagna —il dislivello che cerchiamo di rettificare per mezzo dell’europeizzazione— non sta nell’avere migliori ferrovie né più fiorita industria di noi? Non possiamo consultare statistiche che misurano e ponderano matematicamente quel dislivello? Dovremmo diffidare di quegli uomini che lusingano i nostri vizi dicendoci cose che erano già venute in mente a noi, e che, perciò, non sono superiori alla nostra distratta comprensione. Dovremmo preferire uomini che ci dicano cose meno chiare, cose che ci sembrino meno evidenti e ci obblighino a corrugare con la fronte l’attenzione. Non va dimenticato che la verità non è mai ciò che vediamo, ma precisamente ciò che non vediamo: la verità della luce non sono i colori che vediamo, ma la sottile vibrazione dell’etere, che non vediamo.
Nel XVIII secolo non c’erano ferrovie, e, tuttavia, l’Europa era tanto Europa quanto oggi possa esserlo. Ai tempi di Platone l’Europa era circoscritta al grazioso angolo della terra ellenica, ma se breve in estensione, raggiunse allora l’europeo carati di energia mai dopo superati. Se nonostante ciò fosse giunto fino alla Cina Platone o qualche raffinato della sua scuola, vi avrebbe trovato una serie di comodità sconosciute agli eleganti di Atene. L’Europa, dunque, non è la civiltà, non è la ferrovia e il poliziotto, non è l’industria e il commercio. Ad Atene appena se c’era altro che vasai, mentre la Fenicia sperimentava con un gesto incipiente le campagne finanziarie di Cecil Rhodes e dei Vanderbildt. Ciò che c’era ad Atene di caratteristico, di unico, era Socrate, che andava importunando le genti per le strade, mal cinto, fatto
un camuso
Pan boschereccio, un placido sileno
di viso arguto e grossi occhi di toro,
mordace e profondo, severo e ridente, panza al trotto e ascetico, con quella gran pancia inquieta di cui parla Luciano nel Filopseude. Ma in ogni uomo c’è, come diceva Montaigne, un essere meravigliosamente vario e ondeggiante. L’individuale è inafferrabile, non può essere conosciuto. Potremo presentirlo, supporlo, indovinarlo, ma mai conoscerlo strettamente. La ricostruzione di un carattere personale non soffrirà mai garanzie di esattezza: per questo una biografia è sempre, in fin dei conti, un lavoro estetico in cui l’azzeccare resta eternamente dubbio.
La storia universale non può consistere in un centone di biografie, in una galleria iconografica di uomini illustri. Di qui che se facciamo nascere la realtà europea da Socrate, dobbiamo scoprire dietro la cangiante e sfuggente fisionomia dell’uomo Socrate qualcosa di meno divertente, ma più preciso, più esatto: la cosa, l’oggetto Socrate. Per igiene spirituale dovremmo noi spagnoli relegare all’ultimo piano delle nostre preoccupazioni quanto attiene agli individui, alle personalità; salviamoci nelle cose, sottomettiamoci per un secolo, almeno, alla severa e inequivocabile disciplina delle cose. Corregiamo il profilo deteriorato e incerto dei nostri animi secondo la pauta offerta dalle linee più quiete e più ferme di ciò che si trova fuori di noi. E in questo caso di adesso, preferiamo a un Socrate pittoresco che onori davanti al pubblico il nostro potere di immaginare e la nostra letteratura, il Socrate vero, realmente attivo e fecondo nella storia universale.
Socrate ci ha portato —dice Aristotele, e si perdoni la citazione, ora inevitabile— due cose: la definizione e il metodo induttivo. Insieme entrambe costituiscono la scienza.
Qui abbiamo, infine, la novità introdotta nell’economia del mondo orientale, grazie alla quale il mondo dell’Occidente significa qualcosa di più che una mera determinazione geografica. Se l’Europa trascende in qualche maniera dal tipo asiatico, dal tipo africano, lo deve alla scienza: l’europeo non sarebbe, altrimenti, che una bestia bionda accanto alle bestie più pallide e dal pelo bruno che popolano l’Asia, accanto alla bestia nera e ricciuta di Goa e del Victoria-Nyanza. Il colore delle carnagioni, la proporzione del cranio saranno, forse, condizioni fisiche forzose perché lo spirito dia la sua peculiare vibrazione europea, come la trippa di una capra è necessaria perché suoni giustamente la romanza in fa di Beethoven. Le une come le altre non sono, però, che condizioni.
Europa = scienza; tutto il resto le è comune col resto del pianeta.
Y ahora volvamos al asunto de la europeización. ¿Ha habido, de 1898 acá, programa alguno que considere la ciencia como la labor central de donde únicamente puede salir esta nueva España, moza idealmente garrida que abrazamos todos en nuestros más puros ensueños? Se ha hablado, y por fortuna se habla cada vez más, de educación: sólo a la insolencia irresponsable de alguno que quiera oficiar de necio representativo es lícita la duda sobre si puede correr un día más sin que iniciemos una magna acción pedagógica que restaure los últimos tejidos espirituales de nuestra raza. Pero esto no basta: el problema educativo persiste en todas las naciones con meras diferencias de intensidad. El problema español es, ciertamente, un problema pedagógico; pero lo genuino, lo característico de nuestro problema pedagógico, es que necesitamos primero educar unos pocos hombres de ciencia, suscitar siquiera una sombra de preocupaciones científicas y que sin esta previa obra el resto de la acción pedagógica será vano, imposible, sin sentido. Creo que una cosa análoga a lo que voy diciendo podría ser la fórmula precisa de europeización.
Si queremos tener cosechas europeas es menester que nos procuremos simientes y gérmenes europeos. Si continuamos insertando en nuestra organización pedazos flamantes de legislaciones extrañas, empíricamente elegidos; si seguimos, en cada cuestión particular de nuestra política, alzándonos sobre las puntas de los pies para sorprender cómo otros pueblos, íntimamente heterogéneos del nuestro, las resuelven, pasará un siglo y otro e innumerables sin traernos mejoría, como ha transcurrido el XIX. Tiene en la República, o mejor traducido, Constitución civil, una burla Platón, austera y honda que conserva sempiterna actualidad. «Si no se acierta una vez —dice— con la ley creadora de la educación científica, que es la ciudadela del Estado, nos pasaremos la vida haciendo leyes y rectificándolas, imaginando que así algún día lleguemos a lo perfecto. Seremos como enfermos intemperantes que se obstinan en no dejar su dañino régimen de vida. ¡Lucida existencia llevan los tales! Porque no avanzan nada con los planes curativos, antes bien, hacen sus enfermedades mayores y más complejas esperando siempre que la última medicina aconsejada por cualquiera habrá de darles la salud». Y luego, refiriéndose con insistente ironía a los negocios religiosos, pero, en realidad, a la vida total del Estado, añade: «Cuando hagamos leyes para nuestra ciudad no nos cuidemos de nadie, si somos razonables, ni creamos necesitar de otro intérprete en lo divino que el patrio. Pues qué, ¿no tenemos ahí a Apolo, al dios nuestro, castizo orientador para todos estos problemas, que nos guiará puesto en Delfos como en el centro de la tierra y como asentado en el ombligo del mundo?» La antigua conseja pretendía hallar en Delfos el punto central de la superficie terrestre.
Es preciso que sigamos esta irónica enseñanza. ¿Hay quien espera la salud de nuestro pueblo de otro modo que teniendo también en España el ombligo de la tierra, es decir, el centro de la conciencia europea? El eje de la cultura, del globus intellectualis, pasa por todas las naciones donde la ciencia existe y sólo por ellas.
Algunas personas de la mejor voluntad, cuyos nombres son respetables e ilustres, se han propuesto iniciar una Asamblea para el fomento de las labores científicas en España, que habrá de reunirse todos los años. Otras veces se había intentado esto, pero ahora, según parece, va a realizarse. Ahora van a realizarse en España muchas cosas que se habían intentado cien veces vanamente. Y es que hemos desembocado a la postre en tiempos de renovación viva y completa. Los miembros espirituales de nuestra raza que, todo lacerias y vicios y máculas, nos pesaban y nos podrecían el pecho, como si viviéramos atados a un cadáver, se van cayendo y derrumbando por sí mismos. Porque no debemos apuntarnos la gloria de haber vencido nuestros vicios: ellos se van muriendo solos de propia muerte, muerte de ridiculez. Cuando Pierrot quiso suicidarse, cuenta Lichtenberg que no encontró otra manera digna de matarse que haciéndose cosquillas.
Esta Asamblea científica abrirá sus sesiones en Zaragoza durante el otoño próximo. Se trata de que concurran a ellas los pocos o muchos aficionados a estudios matemáticos, naturales, filológicos y filosóficos que haya en España, y que nos dejen una medida bastante exacta de la intensidad de cultura que alcanza nuestro pueblo a la hora de ahora. Tal proyecto exige de todos nosotros, ignorantes, cultos y entreverados, amor y solicitud.
¿Conseguiremos algo? Alguien ha tachado de pesimistas mis pensamientos, y esto me parece injusto. Son compatibles dentro de un mismo corazón el optimismo europeo y cierto pesimismo provincial limitado a las cosas de nuestra patria. Si creemos que Europa es «ciencia», habremos de simbolizar a España en la «inconsciencia», terrible enfermedad secreta que cuando infecciona a un pueblo suele convertirlo en uno de los barrios bajos del mundo.
El Imparcial, 27 de julio de 1908
II
Hablando el otro día «de re política» expresaba mi convicción de que es injusto, de que es blasfematorio maldecir del pueblo, divino irresponsable. De quien habemos de maldecir es de nosotros los que escribimos, los que somos diputados y ministros y exministros, de nosotros los catedráticos y presidentes del Consejo, de nosotros todos los que llevamos en el pecho cien atmósferas de vanidad personal. No es vicioso el pueblo a quien Silvela acusaba, sino el Silvela acusador del pueblo. No es culpable la muchedumbre española al carecer de impulsos éticos, sino el que osa hablar de ciencia ética sin sospechar siquiera qué cosa es. En una palabra, nosotros, que pretendemos ser no-pueblo, tenemos que abrazarnos a nuestros pecados históricos y llorar sobre ellos hasta disolverlos y meter ascuas de dolor en nuestra conciencia para purificarla y renovarla.
España es la inconsciencia —concluía yo el Lunes pasado—; es decir, en España no hay más que pueblo. Ésta es, probablemente, nuestra desdicha. Falta la levadura para la fermentación histórica, los pocos que espiritualicen y den un sentido de la vida a los muchos. Semejante defecto es exclusivamente español dentro de Europa. Rusia, la otra hermana en desolación, ha mantenido siempre sobre su cuerpo gigantesco, de músculos y nervios primitivos, una cabeza, un cerebro curioso y sutil encima de sus hombros bestiales. Si reuniendo, por el contrario, la masa anatómica de nuestra raza durante las últimas centurias formáramos un inmenso carnero y quisiéramos con estos materiales crear un hombre, no hallaríamos seguramente de qué urdirle una corteza cerebral. ¿Y de dónde proviene esta desventura? ¡Ay, no lo sabemos! ¡No lo sabemos! ¿La Inquisición, la situación geográfica, el descubrimiento de América, la procedencia africana? No podemos saberlo: como no tenemos cerebro, no hemos podido tejer nuestra propia historia. ¡Pueblo de leyendas y sin historia, es decir, un pueblo ci-devant, como el indio o el egipcio! Esto somos. Raza que ha perdido la conciencia de su continuidad histórica, raza sonámbula y espúrea, que anda delante de sí sin saber de dónde viene ni a dónde va, raza fantasma, raza triste, raza melancólica y enajenada, raza doliente como aquella Clemencia Isaura que —según dicen— vivía viuda de su alma.
Lo único cierto que hay en todo esto es que nosotros tenemos la culpa de que no sea de otra manera. Es preciso que nos mejoremos nosotros sin cuidarnos de mejorar antes al pueblo. Es preciso que nosotros, los responsables seamos la virtud de nuestro pueblo y que éste pueda decirnos, como Shelley de una persona que amaba: «Tú eres mi mejor yo».
Las únicas facetas de sensibilidad que quedan a España son la literatura periodística y la política de café. Me parecería torpe desdeñar ni aun levemente ambas cosas, puesto que el colmo del deseo habría de ser procurarnos buena literatura periódica y buena política de café. Pero este hecho es el síntoma más claro de que no existe en España otra cosa sino pueblo, de que nos falta esa minoría cultural que en otros países es lo bastante numerosa y enérgica para formar como un pueblo dentro de otro pueblo e influir sobre el más amplio.
La literatura diaria y la política de café son las formas que adquieren los temas de la cultura para hacerse populares, como Harún-al-Raschid se disfrazaba de menestral y vagaba por las tabernas cuando quería asomarse al corazón de sus súbditos. Nadie, pues, las toque. Lo malo, lo deplorable es que no haya en realidad más que eso. El oro no podrá ser nunca manejado por las manos populares, pero es menester que se guarde oro en las arcas de los Bancos si ha de tener algún valor cierto el papel moneda y la calderilla circulantes en el pueblo. Esa otra cosa que ha de haber tras de los periódicos y las conversaciones públicas, es la ciencia, la cual representa —no se olvide— la única garantía de supervivencia moral y material en Europa.
And now let us return to the matter of Europeanization. Has there been, since 1898, any program that considers science as the central labor from which alone this new Spain can come forth, this young Spain ideally comely that we all embrace in our purest dreams? There has been talk, and by fortune there is more and more talk, of education: only to the irresponsible insolence of someone who wishes to officiate as a representative fool is the doubt licit whether a single day more can pass without our initiating a magnum pedagogical action that restores the last spiritual tissues of our race. But this does not suffice: the educational problem persists in all nations with mere differences of intensity. The Spanish problem is, certainly, a pedagogical problem; but the genuine, the characteristic thing of our pedagogical problem is that we need first to educate a few men of science, to arouse at least a shadow of scientific concerns, and that without this prior work the rest of the pedagogical action will be vain, impossible, meaningless. I believe that something analogous to what I am saying could be the precise formula of Europeanization.
If we want to have European harvests, it is necessary that we procure ourselves European seeds and germs. If we continue inserting into our organization brand-new pieces of foreign legislations, empirically chosen; if we continue, in each particular question of our politics, raising ourselves on tiptoe to surprise how other peoples, intimately heterogeneous from ours, resolve them, a century will pass and another and numberless without bringing us improvement, as the XIX has passed. Plato has in the Republic, or better translated, civil Constitution, a jest, austere and profound, that keeps sempiternal actuality. «If one does not hit once —he says— upon the creative law of scientific education, which is the citadel of the State, we shall spend our lives making laws and rectifying them, imagining that thus some day we shall reach the perfect. We shall be like intemperate patients who persist in not leaving their harmful regimen of life. What a lucid existence such men lead! Because they advance nothing with the curative plans, but rather make their illnesses greater and more complex, always hoping that the last medicine advised by anyone will have to give them health». And then, referring with insistent irony to religious affairs, but, in reality, to the total life of the State, he adds: «When we make laws for our city let us not concern ourselves with anyone, if we are reasonable, nor believe we need another interpreter in things divine than our fatherland’s own. For what? Do we not have there Apollo, our god, the castizo guide for all these problems, who will guide us placed at Delphi as in the center of the earth and as seated on the navel of the world?» The old legend pretended to find in Delphi the central point of the terrestrial surface.
It is necessary that we follow this ironic teaching. Is there anyone who hopes for the health of our people in another way than by having also in Spain the navel of the earth, that is, the center of the European conscience? The axis of culture, of the globus intellectualis, passes through all the nations where science exists and only through them.
Some persons of the best will, whose names are respectable and illustrious, have proposed to initiate an Assembly for the fostering of scientific labors in Spain, which will have to meet every year. Other times this had been attempted, but now, it appears, it is going to be realized. Now there are going to be realized in Spain many things that had been attempted a hundred times vainly. And it is that we have at last debouched into times of living and complete renewal. The spiritual members of our race which, all sores and vices and stains, weighed upon us and rotted our chest, as if we lived bound to a corpse, are falling and crumbling away by themselves. Because we must not take the glory of having conquered our vices: they are dying alone of their own death, death of ridiculousness. When Pierrot wanted to kill himself, Lichtenberg recounts that he found no other way worthy of killing himself than tickling himself.
This scientific Assembly will open its sessions in Zaragoza during the coming autumn. The point is that there should attend them the few or many devotees of mathematical, natural, philological and philosophical studies there may be in Spain, and that they leave us a sufficiently exact measure of the intensity of culture that our people reaches at the present hour. Such a project demands of all of us, ignorant, cultured and mixed, love and solicitude.
Shall we achieve something? Someone has branded my thoughts as pessimistic, and this seems to me unjust. European optimism and a certain provincial pessimism limited to the things of our fatherland are compatible within one same heart. If we believe that Europe is «science», we shall have to symbolize Spain in «unconsciousness», a terrible secret disease which, when it infects a people, is wont to turn it into one of the low quarters of the world.
El Imparcial, 27 July 1908
II
Speaking the other day «de re política» I expressed my conviction that it is unjust, that it is blasphemous to curse the people, divine irresponsible. Whom we must curse is ourselves who write, ourselves who are deputies and ministers and ex-ministers, ourselves the professors and presidents of the Council, ourselves all who carry in our breast a hundred atmospheres of personal vanity. It is not the people whom Silvela accused that is vicious, but the Silvela accuser of the people. It is not the Spanish multitude that is guilty of lacking ethical impulses, but he who dares to speak of ethical science without even suspecting what it is. In a word, we, who pretend to be non-people, have to embrace ourselves to our historical sins and weep over them until we dissolve them and put coals of pain into our conscience to purify it and renew it.
Spain is unconsciousness —I concluded last Monday—; that is, in Spain there is nothing but people. This is, probably, our misfortune. The leaven for historical fermentation is lacking, the few who should spiritualize and give a sense of life to the many. Such a defect is exclusively Spanish within Europe. Russia, the other sister in desolation, has always maintained over its gigantic body, of primitive muscles and nerves, a head, a curious and subtle brain above its bestial shoulders. If, on the contrary, gathering the anatomical mass of our race during the last centuries we formed an immense ram and wanted with these materials to create a man, we would certainly not find from what to weave him a cerebral cortex. And whence does this misfortune come? Alas, we do not know! We do not know! The Inquisition, the geographical situation, the discovery of America, the African provenance? We cannot know it: as we have no brain, we have not been able to weave our own history. A people of legends and without history, that is, a ci-devant people, like the Indian or the Egyptian! This is what we are. A race that has lost the consciousness of its historical continuity, a somnambulist and spurious race, that walks before itself without knowing whence it comes nor whither it goes, a ghost race, a sad race, a melancholy and alienated race, a suffering race like that Clemencia Isaura who —as they say— lived a widow of her soul.
The only certain thing there is in all this is that we are to blame that it is not otherwise. It is necessary that we improve ourselves without caring to improve the people first. It is necessary that we, the responsible ones, be the virtue of our people and that this one may say to us, as Shelley of a person he loved: «Thou art my better self».
The only facets of sensibility that remain to Spain are journalistic literature and café politics. It would seem to me inept to disdain even lightly both things, since the height of desire would have to be to procure ourselves good periodical literature and good café politics. But this fact is the clearest symptom that in Spain nothing else exists but people, that we lack that cultural minority which in other countries is numerous and energetic enough to form a kind of people within another people and influence the broader one.
Daily literature and café politics are the forms that the themes of culture acquire in order to become popular, as Harun al-Rashid disguised himself as a tradesman and wandered through the taverns when he wanted to peer into the heart of his subjects. Let no one, then, touch them. The bad, the deplorable thing is that there be in reality nothing more than that. Gold can never be handled by popular hands, but it is necessary that gold be kept in the vaults of the Banks if the paper money and small change circulating among the people are to have any certain value. That other thing which must exist behind the newspapers and the public conversations, is science, which represents —let it not be forgotten— the only guarantee of moral and material survival in Europe.
E ora torniamo alla questione dell’europeizzazione. C’è stato, dal 1898 in qua, qualche programma che consideri la scienza come il lavoro centrale da cui soltanto può uscire questa nuova Spagna, giovane idealmente leggiadra che tutti abbracciamo nei nostri più puri sogni? Si è parlato, e per fortuna se ne parla sempre di più, di educazione: soltanto all’insolenza irresponsabile di qualcuno che voglia officiare da sciocco rappresentativo è lecito il dubbio se possa correre un giorno di più senza che iniziamo una magna azione pedagogica che restauri gli ultimi tessuti spirituali della nostra razza. Ma questo non basta: il problema educativo persiste in tutte le nazioni con mere differenze di intensità. Il problema spagnolo è, certamente, un problema pedagogico; ma il genuino, il caratteristico del nostro problema pedagogico, è che abbiamo bisogno prima di educare pochi uomini di scienza, suscitare almeno un’ombra di preoccupazioni scientifiche e che senza questa previa opera il resto dell’azione pedagogica sarà vano, impossibile, senza senso. Credo che una cosa analoga a ciò che vado dicendo potrebbe essere la formula precisa di europeizzazione.
Se vogliamo avere raccolti europei è necessario che ci procuriamo sementi e germi europei. Se continuiamo a inserire nella nostra organizzazione pezzi sgargianti di legislazioni strane, empiricamente scelti; se seguiamo, in ogni questione particolare della nostra politica, ad alzarci sulla punta dei piedi per sorprendere come altri popoli, intimamente eterogenei dal nostro, le risolvono, passerà un secolo e un altro e innumerevoli senza portarci miglioramento, come è trascorso il XIX. Ha nella Repubblica, o meglio tradotto, Costituzione civile, una burla Platone, austera e profonda che conserva sempiterna attualità. «Se non si azzecca una volta —dice— con la legge creatrice dell’educazione scientifica, che è la cittadella dello Stato, ci passeremo la vita facendo leggi e rettificandole, immaginando che così un giorno arriveremo al perfetto. Saremo come ammalati intemperanti che si ostinano a non lasciare il loro dannoso regime di vita. Che lucida esistenza conducono i tali! Perché non avanzano nulla con i piani curativi, anzi, fanno le loro malattie maggiori e più complesse sperando sempre che l’ultima medicina consigliata da chiunque dovrà dare loro la salute». E poi, riferendosi con insistente ironia ai negozi religiosi, ma, in realtà, alla vita totale dello Stato, aggiunge: «Quando facciamo leggi per la nostra città non ci curiamo di nessuno, se siamo ragionevoli, né crediamo di aver bisogno di un altro interprete nel divino che il patrio. E che?, non abbiamo lì Apollo, il nostro dio, castizo orientatore per tutti questi problemi, che ci guiderà posto a Delfo come nel centro della terra e come assiso nell’ombelico del mondo?» L’antica conseja pretendeva di trovare a Delfo il punto centrale della superficie terrestre.
È necessario che seguiamo questo insegnamento ironico. C’è chi spera la salute del nostro popolo in altro modo che avendo anche in Spagna l’ombelico della terra, cioè il centro della coscienza europea? L’asse della cultura, del globus intellectualis, passa per tutte le nazioni dove la scienza esiste e soltanto per esse.
Alcune persone della migliore volontà, i cui nomi sono rispettabili e illustri, si sono proposte di iniziare un’Assemblea per il fomento delle fatiche scientifiche in Spagna, che dovrà riunirsi tutti gli anni. Altre volte si era tentato questo, ma ora, a quanto pare, si realizzerà. Ora si realizzeranno in Spagna molte cose che si erano tentate cento volte vanamente. Ed è che siamo sboccati in fine in tempi di rinnovamento vivo e completo. I membri spirituali della nostra razza che, tutte lacerie e vizi e macchie, ci pesavano e ci marcivano il petto, come se vivessimo legati a un cadavere, se ne vanno cadendo e crollando da sé stessi. Perché non dobbiamo accollarci la gloria di aver vinto i nostri vizi: essi si vanno morendo soli di propria morte, morte di ridicolaggine. Quando Pierrot volle suicidarsi, racconta Lichtenberg che non trovò altra maniera degna di uccidersi che farsi il solletico.
Questa Assemblea scientifica aprirà le sue sessioni a Saragozza durante il prossimo autunno. Si tratta che vi concorrano i pochi o molti appassionati di studi matematici, naturali, filologici e filosofici che ci siano in Spagna, e che ci lascino una misura abbastanza esatta dell’intensità di cultura che raggiunge il nostro popolo all’ora di adesso. Tale progetto esige da tutti noi, ignoranti, colti e intramezzati, amore e sollecitudine.
Otterremo qualcosa? Qualcuno ha tacciato di pessimisti i miei pensieri, e questo mi sembra ingiusto. Sono compatibili dentro uno stesso cuore l’ottimismo europeo e un certo pessimismo provinciale limitato alle cose della nostra patria. Se crediamo che l’Europa sia «scienza», dovremo simboleggiare la Spagna nell’«incoscienza», terribile malattia segreta che quando infetta un popolo suole convertirlo in uno dei quartieri bassi del mondo.
El Imparcial, 27 luglio 1908
II
Parlando l’altro giorno «de re politica» esprimevo la mia convinzione che è ingiusto, che è blasfemo maledire del popolo, divino irresponsabile. Di chi dobbiamo maledire è di noi che scriviamo, di noi che siamo deputati e ministri ed ex ministri, di noi cattedratici e presidenti del Consiglio, di noi tutti che portiamo nel petto cento atmosfere di vanità personale. Non è vizioso il popolo che Silvela accusava, ma il Silvela accusatore del popolo. Non è colpevole la moltitudine spagnola per mancare di impulsi etici, ma colui che osa parlare di scienza etica senza sospettare nemmeno che cosa sia. In una parola, noi, che pretendiamo di essere non-popolo, dobbiamo abbracciarci ai nostri peccati storici e piangere su di essi fino a dissolverli e mettere braci di dolore nella nostra coscienza per purificarla e rinnovarla.
La Spagna è l’incoscienza —concludevo io il Lunedì scorso—; cioè, in Spagna non c’è che popolo. Questa è, probabilmente, la nostra disgrazia. Manca il lievito per la fermentazione storica, i pochi che spiritualizzino e diano un senso della vita ai molti. Simile difetto è esclusivamente spagnolo dentro l’Europa. La Russia, l’altra sorella in desolazione, ha mantenuto sempre sopra il suo corpo gigantesco, di muscoli e nervi primitivi, una testa, un cervello curioso e sottile sopra le sue spalle bestiali. Se invece, riunendo la massa anatomica della nostra razza durante le ultime centurie formassimo un immenso ariete e volessimo con questi materiali creare un uomo, non troveremmo certamente di che ordirgli una corteccia cerebrale. E da dove proviene questa disgrazia? Ahimè, non lo sappiamo! Non lo sappiamo! L’Inquisizione, la situazione geografica, la scoperta dell’America, la provenienza africana? Non possiamo saperlo: come non abbiamo cervello, non abbiamo potuto tessere la nostra propria storia. Popolo di leggende e senza storia, cioè un popolo ci-devant, come l’indiano o l’egiziano! Questo siamo. Razza che ha perso la coscienza della sua continuità storica, razza sonnambula e spuria, che cammina davanti a sé senza sapere da dove viene né dove va, razza fantasma, razza triste, razza malinconica e alienata, razza dolente come quella Clemenza Isaura che —secondo dicono— viveva vedova della sua anima.
L’unica cosa certa che c’è in tutto questo è che noi abbiamo la colpa che non sia d’altra maniera. È necessario che miglioriamo noi senza curarci di migliorare prima il popolo. È necessario che noi, i responsabili, siamo la virtù del nostro popolo e che questo possa dirci, come Shelley di una persona che amava: «Tu sei il mio io migliore».
Le uniche faccette di sensibilità che restano alla Spagna sono la letteratura giornalistica e la politica di caffè. Mi sembrerebbe sciocco disdegnare né anche leggermente entrambe le cose, poiché il colmo del desiderio dovrebbe essere procurarci buona letteratura periodica e buona politica di caffè. Ma questo fatto è il sintomo più chiaro che in Spagna non esiste altro che popolo, che ci manca quella minoranza culturale che in altri paesi è abbastanza numerosa ed energica per formare come un popolo dentro un altro popolo e influire sul più ampio.
La letteratura quotidiana e la politica di caffè sono le forme che acquistano i temi della cultura per farsi popolari, come Harun al-Rashid si travestiva da artigiano e vagava per le taverne quando voleva affacciarsi al cuore dei suoi sudditi. Nessuno, dunque, le tocchi. Il male, il deplorevole è che non ci sia in realtà più che questo. L’oro non potrà mai essere maneggiato dalle mani popolari, ma è necessario che si conservi oro nelle arche delle Banche se deve avere qualche valore certo la carta moneta e la monetina circolanti nel popolo. Quell’altra cosa che deve esserci dietro i giornali e le conversazioni pubbliche, è la scienza, la quale rappresenta —non si dimentichi— l’unica garanzia di sopravvivenza morale e materiale in Europa.
¿Y quién duda de que no existe hoy entre nosotros un público para la ciencia, no hablemos ya de creadores de ciencia? Harto claramente marca nuestra temperatura espiritual el arte que producimos. Hoy, por ejemplo, es imposible que una labor de alta literatura logre reunir público suficiente para sustentarse. Sólo el señor Benavente ha conseguido hacer algo discreto y, a la vez, gustar a un público. Pero esto no es una excepción. A decir verdad, su teatro no tiene con el público más punto de contacto que el calembour. En general, sería difícil descubrir un grupo considerable de españoles capaces de reaccionar ante lo que no sea un calembour o una carga de caballería, últimos reductos de la literatura periodística y de la política de tertulia. El nivel intelectual va bajando tanto y tan deprisa en estos confines de la decadencia, que dentro de poco no habrá academias ni teatros, sino que sentados los españoles en torno a enormes mesas de café nos contaremos cuentos verdes. Y con este gesto de simiesca apocalipsis desaparecerá una sublime posibilidad de riquezas humanas aún no sidas, de virtudes futuras aún no intentadas, de emociones profundas hoy ignotas, todo eso que queremos designar cuando hablamos religiosamente conmovidos de cultura española por venir.
No se pidan, pues, ferrocarriles, ni industrias, ni comercio —y mucho menos se pidan costumbres europeas. Me atrevería a sostener como una ley histórica la afirmación de que las formas de la cultura son intransferibles. Y todo eso, las costumbres principalmente, no son más que formas de la cultura.
A mi juicio, la Cámara Agrícola del Alto Aragón cometió este error en su mensaje de 1898. No se pueden presentar juntas la demanda de cultura y la demanda de civilización, y mucho menos pedir ciencia en el mismo orden y detrás de la agricultura y colonización interior, crédito, titulación, fe pública, registro, industria y comercio, viabilidad, reformas sociales y educación.
¿Será que deban parecer inútiles estas cosas y nada deseables? Algunos amigos benévolos han descendido a veces hasta componer alguna glosa o crítica de alguno de mis escritos —estos escritos míos, sinceramente modestos, a despecho de cierta petulancia literaria oriunda de un régimen malsano en vida y en lecturas. Pues bien, casi invariablemente me son recordadas esas cosas atañederas al bienestar físico y a la riqueza, como si las hubiera olvidado por completo o las desdeñara. Esto equivale a reprochar a un matemático que trabaja sobre el método infinitesimal no ocuparse de la experimentación. ¡Como si la experimentación fuera otra cosa que la «aplicación» del método infinitesimal! ¡Como si la civilización —industria, comercio, organización— fuera otra cosa que cultura aplicada, que producto y fruto de la ciencia!
Cierto que la política no es, en mi entender, el arte de hacer felices a los pueblos. Más acertado me parece pensar, con el católico Bonald, que el Gobierno debe hacer poco por los placeres de los hombres, bastante por sus necesidades, todo por sus virtudes, si se añade que la buena alimentación y la vida grata son el único clima donde se recogen henchidas cosechas de moral. Cabe ser idealista a la manera de Platón, y no olvidar, como él no olvidó nunca, la terrible ironía de Focílides: Cuando se tiene de qué vivir puede pensarse en ejercitar la virtud.
Claro está que Europa es también la civilización europea, los adelantos técnicos, las comodidades urbanas, la potencia económica. Pero si China viaja, viste y vegeta hoy como hace diez siglos o veinte, si llegó pronto a un grado de civilización superior al de Grecia y en él se detuvo, fue porque le faltó la ciencia, la cultura europea. Cargar la pronunciación sobre una u otra cosa decide del acierto: el hombre vulgar e ineducado acentúa preferentemente, al conversar, las partes semimuertas, casi inorgánicas de la oración, adverbios, negaciones, conjunciones, al paso que el discreto y culto subraya los sustantivos y el verbo. España, que es el país de las interjecciones, es asimismo donde más se ha clamado por la civilización europea y menos por la cultura.
¿Será todo esto un cúmulo de logomaquias? El señor Azorín me ha echado en cara hace pocos días, desde el Diario de Barcelona, que el móvil principal de cuanto escribo es mostrar al público la extensión y variedad de mis lecturas. ¿Será esto verdad? ¿Son tan deshilvanados mis pensamientos que no se les pueda buscar otro origen menos ridículo?
No parto de nada vago o discutible. Actualmente no existen en ninguna biblioteca pública de Madrid —casi pudiera añadir ni privada— las obras de Fichte. Hasta hace pocos días no existían tampoco las de Kant: hoy las ha adquirido el modesto Museo Pedagógico en una edición popular. No existen las obras de Harnack ni de Brugmann. Estos últimos nombres no los he elegido: los cito como pudiera citar otros: vienen a mi pluma porque he necesitado consultarlos estos días y he tenido que renunciar a ello. Este hecho —ni vago ni discutible— es lo que insisto en llamar diferencia específica de España con respecto a los demás pueblos de Europa. A poco que se conozca la economía interna de la ciencia habrá de convenirse en que basta lo mencionado para afirmar que en España no hay sombra de ciencia. Podrá haber algún que otro hombre científico: como dice el refrán italiano non è si tristo cane che non meni la coda. El caso Cajal y mucho más el caso Hinojosa no pueden significar un orgullo para nuestro país: son más bien una vergüenza porque son una casualidad. No se trata ya de que nuestra vida sea más o menos cara e incómoda; esto sería, al cabo, un sufrimiento español, doméstico y soportable. Lo angustioso, lo que pone rubor y vergüenza en toda mejilla honrada, es que somos culturalmente insolventes, que arrastramos una deuda secular de espíritu, que estamos inscritos en el libro negro de Europa, que el cornadillo de alma vibrante en nuestros nervios no es nuestro, es un préstamo europeo, inmundo trato de nueva forma entre un Fausto imbécil y un diablo bonachón.
Si alguien cree que unos barcos y una ley de Administración local, por buena que sea, van a pagar esa deuda, bendigamos su buena voluntad y lamentemos la grosería de su intelecto.
No hay en España ciencia, pero hay un buen número de mozos ilusos dispuestos a consagrar su vida a la labor científica con el mismo gesto decidido, severo y fervoroso con que los sacerdotes clásicos sacrificaban una limpia novilla a Minerva de ojos verdes. Es menester hacerles posible la vida y el trabajo. No piden grandes cosas; no estiman el deber de la nación para con ellos como aquella carbonera de París, en víspera de revolución, decía a una marquesa: «Ahora, madama, yo iré en carroza y usted llevará el carbón». No desean tener automóvil ni querida: probablemente no sabrán qué hacer con estas cosas, si se les donaran. El automóvil y la querida no adquieren su valor sino sobre un fondo de terrible aburrimiento y vacuidad del ánimo. Siguiendo la amonestación de Renan, dan gracias a los señoritos porque consumen ellos solos la capacidad de frivolidad inherente a todo el organismo social. Sólo quieren vivir con modestia, pero suficientemente e independientemente; sólo quieren que se les concedan los instrumentos de trabajo: maestros, bibliotecas, bolsas de viaje, laboratorios, servicio de archivo, protección de publicaciones. Renuncian, en cambio, a las actas de diputado, a los casamientos ventajosos y hasta a la presidencia del Consejo de Ministros.
Esa juventud severa y laboriosa, desgarbadamente vestida, sin atractivo para las mujeres y probablemente sin buen estilo literario, es la única capaz de salvar los últimos residuos de dignidad intelectual y moral rígida que queden en nuestra sociedad.
El sol, traidor amigo nuestro, que nos mata en un abrazo, sólo puede combatirse con un régimen idealista. Gracias a él —limpieza de casta, prohibición de carnes, licores y erotismo a los brahmanes— no murió el pueblo indio veinte siglos antes. Contra la dulce enfermedad del clima, la «euthanasia» solar, no cabe otra inmunización que una terrible psicoterapia. Enormes recipientes de idealismo habrían bastado apenas para higienizar la historia de España y no hemos tenido acaso ningún gran idealista. Cervantes mismo se detuvo a la mitad del camino: amó demasiado, se quedó en San Francisco. No tuvo el valor de las negaciones ásperas, de las cauterizaciones, de las amputaciones. En cambio, véase qué hijas nos nacieron: la moral senequista, la moral jesuítica, dos beatas lascivas. Y por hijos tuvimos el quietismo y el conceptismo, ¡qué asco! Tras un siglo de haber sido formulado el «imperativo categórico» no ha habido dos docenas de españoles que le hayan mirado frente a frente, de hito en hito, y aún está por estrenar en España esa navaja de afeitar vicios.
No sé si todo esto serán logomaquias, pero estoy firmemente convencido de que más útil para España que cuanto pueda fabricarse en el Parlamento, sería que unos cuantos compatriotas se dedicaran a averiguar qué fue lo que se comió en la cena Platón.
And who doubts that there does not exist today among us a public for science, let alone creators of science? Too clearly does the art we produce mark our spiritual temperature. Today, for example, it is impossible for a work of high literature to manage to gather sufficient public to sustain itself. Only Señor Benavente has managed to do something respectable and, at the same time, to please a public. But this is not an exception. To tell the truth, his theater has with the public no point of contact other than the calembour. In general, it would be difficult to discover a considerable group of Spaniards capable of reacting before anything that is not a calembour or a cavalry charge, last redoubts of journalistic literature and of café-tertulia politics. The intellectual level is going down so much and so fast in these confines of decadence, that within a little there will be no academies nor theaters, but seated Spaniards around enormous café tables we shall tell each other dirty stories. And with this gesture of simian apocalypse there will disappear a sublime possibility of human riches not yet been, of future virtues not yet attempted, of profound emotions today unknown, all that which we want to designate when we speak, religiously moved, of Spanish culture to come.
Let there not be demanded, then, railways, nor industries, nor commerce —and much less let European customs be demanded. I would dare to uphold as a historical law the affirmation that the forms of culture are untransferable. And all that, the customs principally, are nothing more than forms of culture.
In my judgment, the Agricultural Chamber of Alto Aragón committed this error in its message of 1898. One cannot present together the demand for culture and the demand for civilization, and much less ask for science in the same order and behind agriculture and internal colonization, credit, titling, public faith, registry, industry and commerce, roads, social reforms and education.
Could it be that these things should seem useless and not at all desirable? Some benevolent friends have sometimes descended to composing some gloss or critique of one or other of my writings —these writings of mine, sincerely modest, despite a certain literary petulance born of an unhealthy regime in life and in reading. Well, almost invariably I am reminded of those things pertaining to physical well-being and wealth, as if I had completely forgotten them or disdained them. This is equivalent to reproaching a mathematician who works on the infinitesimal method for not occupying himself with experimentation. As if experimentation were anything other than the «application» of the infinitesimal method! As if civilization —industry, commerce, organization— were anything other than applied culture, than product and fruit of science!
Certainly politics is not, in my understanding, the art of making peoples happy. It seems to me more apt to think, with the Catholic Bonald, that the Government should do little for the pleasures of men, enough for their needs, everything for their virtues, if it be added that good alimentation and a pleasant life are the only climate where full harvests of morals are gathered. One may be an idealist in the manner of Plato, and not forget, as he never forgot, the terrible irony of Phocylides: When one has wherewithal to live one may think of exercising virtue.
It is clear that Europe is also European civilization, the technical advances, the urban comforts, the economic power. But if China travels, dresses and vegetates today as ten centuries ago or twenty, if it soon reached a degree of civilization superior to that of Greece and stopped there, it was because it lacked science, European culture. Laying the stress upon the one or the other thing decides the aptness: the vulgar and uneducated man accents preferably, when conversing, the half-dead, almost inorganic parts of the sentence, adverbs, negations, conjunctions, while the discreet and cultured man underlines the nouns and the verb. Spain, which is the country of interjections, is likewise where most has been clamored for European civilization and least for culture.
Will all this be a heap of logomachies? Señor Azorín has reproached me a few days ago, from the Diario de Barcelona, that the principal motive of all I write is to show the public the extent and variety of my readings. Can this be true? Are my thoughts so disjointed that no other origin less ridiculous can be sought for them?
I do not start from anything vague or debatable. Currently there do not exist in any public library of Madrid —I could almost add, nor private— the works of Fichte. Until a few days ago neither did those of Kant exist: today the modest Pedagogical Museum has acquired them in a popular edition. The works of Harnack nor of Brugmann do not exist. These last names I have not chosen: I cite them as I could cite others: they come to my pen because I have needed to consult them these days and have had to renounce it. This fact —neither vague nor debatable— is what I insist on calling the specific difference of Spain with respect to the other peoples of Europe. With little acquaintance with the internal economy of science one will have to agree that what I have mentioned suffices to affirm that in Spain there is no shadow of science. There may be some scientific man or other: as the Italian proverb says, non è sì tristo cane che non meni la coda. The case of Cajal and much more the case of Hinojosa cannot mean a pride for our country: they are rather a shame because they are a chance. It is no longer a question of our life being more or less dear and uncomfortable; this would be, after all, a Spanish suffering, domestic and bearable. The anguishing thing, that which puts blush and shame in every honest cheek, is that we are culturally insolvent, that we drag a secular debt of spirit, that we are inscribed in the black book of Europe, that the little coin of vibrating soul in our nerves is not ours, it is a European loan, an unclean bargain of new form between an imbecile Faust and a good-natured devil.
If someone believes that a few ships and a law of local Administration, however good it may be, are going to pay that debt, let us bless his good will and lament the coarseness of his intellect.
There is no science in Spain, but there is a good number of deluded young men ready to consecrate their life to scientific labor with the same resolute, severe and fervent gesture with which the classical priests sacrificed a clean heifer to green-eyed Minerva. It is necessary to make life and work possible for them. They ask for no great things; they do not esteem the duty of the nation toward them as that charcoal-woman of Paris, on the eve of revolution, said to a marchioness: «Now, madame, I shall go in a carriage and you will carry the coal». They do not desire to have an automobile nor a mistress: they probably would not know what to do with these things, if they were given to them. The automobile and the mistress acquire their value only upon a ground of terrible boredom and emptiness of spirit. Following Renan’s admonition, they give thanks to the young gentlemen because they alone consume the capacity of frivolity inherent in the whole social organism. They only want to live modestly, but sufficiently and independently; they only want the instruments of work to be granted them: teachers, libraries, travel grants, laboratories, archive service, protection of publications. They renounce, in exchange, the seats of deputy, the advantageous marriages and even the presidency of the Council of Ministers.
That severe and industrious youth, awkwardly dressed, without attraction for women and probably without good literary style, is the only one capable of saving the last residues of intellectual dignity and rigid morality that may remain in our society.
The sun, traitor friend of ours, that kills us in an embrace, can only be fought with an idealist regime. Thanks to it —purity of caste, prohibition of meats, liquors and eroticism to the Brahmins— the Indian people did not die twenty centuries earlier. Against the sweet disease of the climate, the solar «euthanasia», there is no other immunization than a terrible psychotherapy. Enormous receptacles of idealism would have barely sufficed to hygienize the history of Spain and we have perhaps not had any great idealist. Cervantes himself stopped halfway: he loved too much, he stopped at Saint Francis. He did not have the courage of the harsh negations, of the cauterizations, of the amputations. In exchange, see what daughters were born to us: the Senecan morality, the Jesuit morality, two lascivious bigots. And for sons we had quietism and conceptism, what disgust! After a century has passed since the «categorical imperative» was formulated there have not been two dozen Spaniards who have looked it in the face, eye to eye, and still there is to be inaugurated in Spain that razor for shaving vices.
I do not know if all this will be logomachies, but I am firmly convinced that more useful for Spain than anything that may be fabricated in Parliament, would be that a few compatriots devote themselves to investigating what it was that Plato ate at dinner.
E chi dubita che non esista oggi tra noi un pubblico per la scienza, non parliamo poi di creatori di scienza? Troppo chiaramente marca la nostra temperatura spirituale l’arte che produciamo. Oggi, per esempio, è impossibile che un lavoro di alta letteratura riesca a riunire pubblico sufficiente per sostentarsi. Soltanto il signor Benavente è riuscito a fare qualcosa di discreto e, a un tempo, a piacere a un pubblico. Ma questo non è un’eccezione. A dire il vero, il suo teatro non ha con il pubblico altro punto di contatto che il calembour. In generale, sarebbe difficile scoprire un gruppo considerevole di spagnoli capaci di reagire di fronte a ciò che non sia un calembour o una carica di cavalleria, ultimi ridotti della letteratura giornalistica e della politica di riunione. Il livello intellettuale va scendendo tanto e tanto in fretta in questi confini della decadenza, che tra poco non ci saranno accademie né teatri, ma seduti gli spagnoli attorno a enormi tavoli di caffè ci racconteremo storie verdi. E con questo gesto di scimmiesca apocalisse sparirà una sublime possibilità di ricchezze umane ancora non essute, di virtù future ancora non tentate, di emozioni profonde oggi ignote, tutto ciò che vogliamo designare quando parliamo religiosamente commossi di cultura spagnola per venire.
Non si chiedano, dunque, ferrovie, né industrie, né commercio —e molto meno si chiedano costumi europei. Oserei sostenere come una legge storica l’affermazione che le forme della cultura sono intrasferibili. E tutto ciò, i costumi principalmente, non sono che forme della cultura.
A mio giudizio, la Camera Agricola dell’Alto Aragona commise questo errore nel suo messaggio del 1898. Non si possono presentare insieme la domanda di cultura e la domanda di civiltà, e molto meno chiedere scienza nello stesso ordine e dietro l’agricoltura e colonizzazione interna, credito, titolazione, fede pubblica, registro, industria e commercio, viabilità, riforme sociali ed educazione.
Sarà che queste cose debbano sembrare inutili e niente affatto desiderabili? Alcuni amici benevoli sono scesi a volte fino a comporre qualche glossa o critica di qualcuno dei miei scritti —questi miei scritti, sinceramente modesti, a dispetto di una certa petulanza letteraria oriunda di un regime malsano in vita e in letture. Ebbene, quasi invariabilmente mi vengono ricordate quelle cose attinenti al benessere fisico e alla ricchezza, come se le avessi dimenticate del tutto o le disdegnassi. Questo equivale a rimproverare a un matematico che lavora sul metodo infinitesimale di non occuparsi della sperimentazione. Come se la sperimentazione fosse altra cosa che l’«applicazione» del metodo infinitesimale! Come se la civiltà —industria, commercio, organizzazione— fosse altra cosa che cultura applicata, che prodotto e frutto della scienza!
Certo che la politica non è, a mio intendere, l’arte di fare felici i popoli. Più azzeccato mi sembra pensare, col cattolico Bonald, che il Governo deve fare poco per i piaceri degli uomini, abbastanza per i loro bisogni, tutto per le loro virtù, se si aggiunge che la buona alimentazione e la vita grata sono l’unico clima dove si raccolgono piene messi di morale. C’è da essere idealisti alla maniera di Platone, e non dimenticare, come lui non dimenticò mai, la terribile ironia di Focilide: Quando si ha di che vivere si può pensare a esercitare la virtù.
Chiaro è che l’Europa è anche la civiltà europea, i progressi tecnici, le comodità urbane, la potenza economica. Ma se la Cina viaggia, veste e vegeta oggi come dieci secoli fa o venti, se arrivò presto a un grado di civiltà superiore a quello della Grecia e in esso si fermò, fu perché le mancò la scienza, la cultura europea. Caricare la pronuncia sull’una o sull’altra cosa decide dell’azzeccatura: l’uomo volgare e ineducato accenta preferentemente, conversando, le parti semimorte, quasi inorganiche dell’orazione, avverbi, negazioni, congiunzioni, mentre il discreto e colto sottolinea i sostantivi e il verbo. La Spagna, che è il paese delle interiezioni, è altresì dove più si è gridato per la civiltà europea e meno per la cultura.
Sarà tutto questo un cumulo di logomachie? Il signor Azorín mi ha rinfacciato pochi giorni fa, dal Diario de Barcelona, che il movente principale di quanto scrivo è mostrare al pubblico l’estensione e varietà delle mie letture. Sarà vero? Sono tanto sconnessi i miei pensieri che non si possa cercare loro un altro origine meno ridicolo?
Non parto da nulla di vago o discutibile. Attualmente non esistono in nessuna biblioteca pubblica di Madrid —quasi potrei aggiungere né privata— le opere di Fichte. Fino a pochi giorni fa non esistevano nemmeno quelle di Kant: oggi le ha acquistate il modesto Museo Pedagogico in un’edizione popolare. Non esistono le opere di Harnack né di Brugmann. Questi ultimi nomi non li ho scelti: li cito come potrei citarne altri: vengono alla mia penna perché ho avuto bisogno di consultarli in questi giorni e ho dovuto rinunciarci. Questo fatto —né vago né discutibile— è ciò che insisto a chiamare differenza specifica della Spagna rispetto agli altri popoli d’Europa. A poco che si conosca l’economia interna della scienza si dovrà convenire che basta il menzionato per affermare che in Spagna non c’è ombra di scienza. Potrà esserci qualche uomo scientifico: come dice il proverbio italiano non è sì tristo cane che non meni la coda. Il caso Cajal e molto più il caso Hinojosa non possono significare un orgoglio per il nostro paese: sono piuttosto una vergogna perché sono una casualità. Non si tratta già che la nostra vita sia più o meno cara e scomoda; questo sarebbe, in fin dei conti, una sofferenza spagnola, domestica e sopportabile. L’angoscioso, ciò che mette rossore e vergogna in ogni guancia onesta, è che siamo culturalmente insolventi, che trasciniamo un debito secolare di spirito, che siamo iscritti nel libro nero d’Europa, che il soldino di anima vibrante nei nostri nervi non è nostro, è un prestito europeo, immondo patto di nuova forma tra un Fausto imbecille e un diavolo bonaccione.
Se qualcuno crede che alcune navi e una legge di Amministrazione locale, per buona che sia, pagheranno quel debito, benediciamo la sua buona volontà e lamentiamo la grossolanità del suo intelletto.
Non c’è in Spagna scienza, ma c’è un buon numero di giovani illusi disposti a consacrare la loro vita alla fatica scientifica con lo stesso gesto deciso, severo e fervoroso con cui i sacerdoti classici sacrificavano una pulita giovenca a Minerva dagli occhi verdi. È necessario rendere loro possibile la vita e il lavoro. Non chiedono grandi cose; non stimano il dovere della nazione verso di loro come quella carbonaia di Parigi, alla vigilia di rivoluzione, diceva a una marchesa: «Ora, madama, io andrò in carrozza e lei porterà il carbone». Non desiderano avere automobile né amante: probabilmente non sapranno che farsene di queste cose, se fossero loro donate. L’automobile e l’amante non acquistano il loro valore se non su un fondo di terribile noia e vacuità dell’animo. Seguendo l’ammonizione di Renan, ringraziano i signorini perché consumano loro soli la capacità di frivolezza inerente a tutto l’organismo sociale. Vogliono soltanto vivere con modestia, ma sufficientemente e indipendentemente; vogliono soltanto che siano loro concessi gli strumenti di lavoro: maestri, biblioteche, borse di viaggio, laboratori, servizio di archivio, protezione di pubblicazioni. Rinunciano, in cambio, alle cariche di deputato, ai matrimoni vantaggiosi e finanche alla presidenza del Consiglio dei Ministri.
Quella gioventù severa e laboriosa, sgraziata nel vestire, senza attrattiva per le donne e probabilmente senza buon stile letterario, è l’unica capace di salvare gli ultimi residui di dignità intellettuale e morale rigida che restino nella nostra società.
Il sole, traditore amico nostro, che ci uccide in un abbraccio, può combattersi soltanto con un regime idealista. Grazie a esso —pulizia di casta, proibizione di carni, liquori ed erotismo ai bramini— non morì il popolo indiano venti secoli prima. Contro la dolce malattia del clima, l’«euthanasia» solare, non c’è altra immunizzazione che una terribile psicoterapia. Enormi recipienti di idealismo sarebbero appena bastati per igienizzare la storia di Spagna e non abbiamo avuto forse nessun grande idealista. Cervantes stesso si fermò a metà del cammino: amò troppo, si fermò a San Francesco. Non ebbe il coraggio delle negazioni aspre, delle cauterizzazioni, delle amputazioni. In cambio, si veda che figlie ci nacquero: la morale senechista, la morale gesuitica, due bigotte lascive. E per figli avemmo il quietismo e il concettismo, che schifo! Dopo un secolo che è stato formulato l’«imperativo categorico» non ci sono state due dozzine di spagnoli che lo abbiano guardato fronte a fronte, di punto in bianco, e ancora è da inaugurare in Spagna quel rasoio di radere i vizi.
Non so se tutto questo saranno logomachie, ma sono fermamente convinto che più utile per la Spagna di quanto possa fabbricarsi nel Parlamento, sarebbe che alcuni compatrioti si dedicassero a indagare che cosa fu ciò che si mangiò alla cena Platone.
El Imparcial, 10 de agosto de 1908
El Imparcial, 10 August 1908
El Imparcial, 10 agosto 1908