Abstract
The opening — dated Madrid 1917 and dedicated to Elena Sansinena de Elizalde — of the essay on Azorín: Ortega takes leave of a Spain “sour, paralytic, inert” by burying himself in El Escorial and daydreaming about the Pampa and Buenos Aires as sentimental entities. He is handed Un pueblecito and counterposes America, which sounds of the future, to Azorín, poet of the past. The sample is only the lyrical preamble; nothing of the thesis on “the exquisiteness of the commonplace” is visible.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
A LA SEÑORA ELENA
SANSINENA DE ELIZALDE
Dama argentina de alma exquisita y nobilísima, honor de un pueblo que es capaz de suscitar virtudes tales.
Que estas páginas conduzcan allende el mar mi admiración respetuosa.
Madrid, 1917
I
Está decidido mi viaje a la Argentina[51], y quiero despedirme de esta España nuestra —tan agria, tan paralítica, tan inerte— hundiéndome de nuevo en El Escorial. Es un día de junio, claro como una niñez. La luz pura y esencial liberta a todo de su gravamen, y el monasterio granítico y la sierra berroqueña parecen flotar ingrávidos en el éter luminoso.
Unos oscuros aviones, borrachos de luz, pasan como saetillas gritadoras en tanto pienso: ¿qué será la Argentina? ¡El Río de la Plata, el Paraná, el Chaco, Tucumán, la Pampa, Buenos Aires! ¡Rumor de nombres fraternales! Sobre todo la Pampa… ¿Qué será la Pampa? Poco más o menos ya sé lo que es geográficamente; pero ¿qué será la Pampa sentimentalmente? A los treinta años el corazón de un hombre melancólico se desinteresa por la geografía, y si es sincero consigo mismo, advierte que, ante todo, le preocupan las cosas como entidades sentimentales. ¡La Pampa, Buenos Aires! Del fondo del ánimo toman su vuelo bandadas de esperanzas confusas, que van rectas a clavarse en un horizonte infinito, como estos aviones oscuros parecen clavetearse en lo azul. La vida de un español que ha pulido sus sensaciones es tan áspera, sórdida, miserable, que casi en él viven sólo esperanzas, esperanzas que no tienen donde alimentarse, esperanzas escuálidas y vagabundas, esperanzas desesperadas. Y cuando en la periferia del alma se abre un poro de claror, a él acuden en tropel las pobres esperanzas sedientas, y se ponen a beber afanosas en el rayo de luz. ¿Qué será la Pampa vista desde la cima sensitiva de mi corazón?
…Y en esto alguien llega y me da un libro. Es de Azorín. Se titula Un pueblecito.
Nada más opuesto a América que un libro de Azorín. La palabra América, repercutiendo en las cavidades de nuestra alma, suena a promesas de innovación, de futuro, de más allá. Para los que amamos la obra de Azorín, oír su nombre equivale, en cambio, a recibir una invitación para deslizar la mano una vez más sobre el lomo del pasado, como sobre un terciopelo milenario.
En tanto, pues, que mi alma orienta su proa hacia América, que es el porvenir, meditemos un poco a este poeta del pasado. ¡Pasado, porvenir! Ya he dicho que para mí la vida no tiene sentido si no es como una aspiración de no renunciar a nada.