Abstract

An exposition of Herbart’s ontology: sensation gives only appearances, but every appearance refers to a being. Being is not a determination of the real thing but “absolute position”, a predicate for which an adequate subject must be found; drain sensation of its content and that position remains, and its subject is the Real, of which one can know only that it is positive, simple and foreign to quantity, though a multiplicity of being is admissible. This is Herbart’s attempted return to realism against the idealism of his day.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Pertrechado con él pasa Herbart a resolver los primeros problemas de la metafísica y ante todo el que nos plantea la sensación. Danos ésta en su contenido sólo apariencias, según notamos más arriba; pero justamente la posición de una apariencia impone la afirmación del ser tras ella. Lo aparente no es tal y como aparece; pero es indicación de un ser, que en ella aparece. «Cuanto haya de apariencia, tanto hay de referencia al ser»[45].

Hemos aprendido antes a distinguir entre lo que es, el quale del ser y el ser mismo. No debemos decir el ser es, sino el ser no es, quien es es un quale. Cuando decimos de algo que es, ¿qué queremos decir de él? Queremos dar al algo un ser independiente de nosotros, ponerlo absolutamente, con entera independencia de nuestro pensar[46]. Esto es el ser, absoluta posición, referencia que hacemos a algo declarándolo constituido por su independencia de esta nuestra misma posición. Por eso tenemos que distinguir entre el ser y lo que es: vulgarmente, en el concepto ser mezclamos ambas cuestiones y no podemos salir a claridad. No; el ser «no es una determinación de la cosa real, sino sólo la manera como nosotros la ponemos» (IV, 122). Si tomamos ser como debemos, notaremos que es predicado y sólo predicado. El problema está en buscar un sujeto que le sea adecuado y de quien podamos decir sin limitaciones que es.

Cuando vemos o tocamos algo, este algo se presenta con un carácter de absoluta independencia de nosotros. Consideraciones posteriores nos llevan a notar que el contenido de la visión y del tacto, lo visto y lo tocado, no pueden llenar las condiciones del sujeto para el predicado ser = absoluta posición[47]. Vaciando, empero, de la sensación su contenido nos queda como resto aquella genuina referencia y posición absoluta de lo que vimos y tocamos, del substrato de aquellos colores y resistencias que ahora reconocemos como meras manifestaciones o apariencias de aquél. «La sensación —llega a decir Herbart— contiene y proporciona el único fundamento posible de nuestro conocimiento de lo Real… Toda posición artificial puede ser retirada…, toda posición que lleve consigo alguna huella de ser realizada por nosotros y dependiente de nosotros es al punto repudiada como ilusoria cuando se trata de atestiguar y probar la existencia. Y con toda razón. El punto central de la antigua falsa metafísica consistía en imaginar que tenemos en nuestra mano la posición absoluta y podemos a voluntad poner un conjunto de realidades. Esta vieja metafísica no había comprendido nada de la posición absoluta; de otro modo habría notado que ésta tiene que verificarse antes de toda filosofía y aun antes de todo pensar y que sólo cabe reconocerla, porque si faltara no hallaríamos ni podríamos obtener cosa alguna que la compensara (IV, 314-315)». La posición absoluta sólo ficticiamente puede ser retirada por el pensar; el mismo pensar en que suponemos que nada es está sintiéndose a sí mismo como manifestación de algo que es absolutamente.

En suma: la sensación, dejándonos sólo como válido lo que de absoluta posición tiene, nos obliga a buscar un quale digno de ser puesto en esta manera. A ese sujeto —de quien con todo rigor podemos decir que es— llamamos lo Real. Pero de la cualidad de ese Real poco podemos saber, meramente aquello que no contradiga nuestro concepto de absoluta posición, a saber: 1.º, que esa cualidad será positiva —pues toda negación es relativa a una afirmación, por tanto no absoluta; 2.º, que es perfectamente simple; 3 º, que la cantidad le es extraña; 4.º, la cantidad extraña a lo Real puede, sin embargo, ser real o, de otro modo, multiplicidad en el ser es inadmisible, pero no es inadmisible multiplicidad del ser.

Aquí tenemos el ensayo de vuelta al realismo que hace Herbart en agria polémica con los ideales de su tiempo[48].

El Real (así habría que decir y no lo real, pues es sustantivo por excelencia), tomado en todo su estricto valor, como posición absoluta, es lo que llamamos Ente (Wesen). Pero pensado sólo en lo que a su cualidad o consistencia atañe y hecha abstracción de su absoluta existencia, llamémosle imagen[49]. Con esto damos en la curiosa extravagancia que introduce Herbart por dondequiera en la metafísica. De un lado y en serio, del Real en cuanto ser no conocemos sino eso poco mencionado: que es, que es simple, que no es cantidad y que no sabemos si hay uno o muchos. Pero de otro lado, podemos considerarlo según nuestros modos de pensar, podemos hacernos de él una imagen compuesta de notas que ciertamente no contradigan esos caracteres que le son esenciales, pero que, en rigor, le son contingentes. Esa imagen del Real contendrá lo que el Real es para nosotros, no en sí. Al ser absoluto le es indiferente la tal imagen; pero no es indiferente para la Metafísica. De manera, que cuanto sigue es sólo como imagen, como pensamiento, como apariencia, no es en el sentido en que decimos del Real que es simple.

Con este compás se interna Herbart en el problema de la inherencia, de la «cosa con varias propiedades». La experiencia nos presenta cada cosa como siendo a la vez redonda, verde, agria, etcétera. Una variedad nos es propuesta como unidad: lo mismo que es redondo se nos da como siendo verde. Ahora bien, esto es un grave conflicto: lo que está constituido por la redondez no puede estar constituido por la verdosidad, son dos cosas distintas. Mas es el caso que la experiencia nos obliga a pensar ambas como una sola y hacer de lo redondo y lo verde meros atributos, inherencias de la cosa real. Tenemos, pues, una contradicción cuyos elementos son: la cosa A propuesta como única y los atributos constitutivos, inherentes, a, b, c. A tiene que ser a, pero también b: luego no puede ser a ni b. ¿Cómo introducir a y b en A sin que ésta padezca en su identidad y simplicidad? Empleando el método de integración de los conceptos corregimos esa imposición de la experiencia completando el concepto «cosa con varias propiedades». En lugar de una cosa (Real) A pongamos varias y digamos: A sólo no sería a, pero A está en conjunción o concurrencia con otros Reales determinados[50], y en esta conjunción toma A el carácter a. La propiedad b hace alusión a una pareja conjunción de A con otros determinados Reales. Al A en cuanto sometido a la conjunción que produce a llamámoslo A’ en cuanto sometido a la conjunción que produce b llamámoslo A” y tendremos:

a > A’ + A’ + A’ …

b > A’’ + A’’ + A’’ …

c > A’’’ + A’’’ + A’’’ …

A’, A’’ y A’’’ son A en diferentes concurrencias (Zusammenlauf). De esta guisa un mismo A puede ser a, b y c. Sin embargo, nótese que no es rigorosamente A quien se convierte en a, en b y en c, sino A en concurrencia con otros Reales.

El problema de la inherencia parece, pues, a Herbart soluble únicamente si nos formamos una «consideración contingente», una «imagen» del Real con notas que en estricto sentido no le son necesarias, a saber: la pluralidad de Reales y su concurrencia.

No ofrece grandes dificultades a la comprensión ese pluralismo de Reales; más difícil es apercibir en qué consista esa concurrencia. Los Entes son simples, no pueden en consecuencia hacer ni padecer; un Ente no puede enviar un influjo transeúnte al otro. Como las mónadas de Leibniz —que son su origen histórico— los Reales carecen de ventanas. Su cualidad es inmutable.

El método de los modos contingentes de considerar el ser, viene aquí de nuevo a auxiliarnos. Nada impide que consideremos dos entes como de cualidad opuesta. Cierto, esta suposición no podemos atribuirla a ellos mismos, sino sólo a ellos en cuanto «imágenes» o pensamientos nuestros. Dos Reales opuestos, A y B, se comportan como un sí y un no. Su concurrencia tenemos, pues, que pensarla como un intento de mutua supresión a que responde cada uno por un acto de conservación de sí mismo (Selbsterhaltung). A se conserva A contra B y B contra A. Pero esta conservación de sí mismo es distinta cuando son distintos los Entes que amenazan con perturbaciones (Störungen). Por esto A, para seguir siendo A contra B, se conserva en forma de a, pero contra C en forma de a’ = b, contra c en forma de a’’ = c.

De toda esta lucha entre los Reales, de todo este real acontecer no llega, claro está, la menor noticia directa hasta nosotros. Pero sí llega el hecho de que la cosa A se presenta, nos es dada con las propiedades aparentes a, b, c. Y como toda apariencia, según dijimos con palabras de Herbart, alude a un Ser, la pluralidad de propiedades aparentes indica, concluye a una pluralidad de entes y la concurrencia de ellos.

Con esto queda solventado el problema de la inherencia. La cosa real A por sí sola no es ninguna de sus propiedades o manifestaciones a, b, c, pero, en conjunción con otros Reales, se conserva a sí misma tomando esas propiedades que con ser tan varias no alteran su identidad. A es, pues, sustancia o sujeto único que tiene propiedades plurales; pero lo es gracias a la causalidad trascendente de los otros Reales que sobre ella operan. «No hay sustancia sin causalidad»[51]. En la serie a > A’ + A’ + A’… la primera A’ es la sustancia en cuanto concurre con las demás que son la causa.

Con lo dicho hemos anticipado la solución al tercer problema ontológico: la variación. La cosa A no sólo tiene pluralidad de propiedades, sino que éstas varían. La apariencia de variación nos es dada. Aplicando los mismos métodos —no poco extraordinarios, a decir verdad— venimos a concluir que la concurrencia de los Reales es distinta antes y después de la variación. Pero el antes y después, el tiempo, es como el espacio ajeno al Ente. Si hemos empleado esa expresión ¿ha de entenderse como una metáfora?

En este punto conviene suma claridad si queremos entender el pensamiento de Herbart. La metafísica parte de lo «dado», que se manifiesta como un conjunto de contradicciones, como un haz de problemas, en una palabra, como apariencia. Reconocido como apariencia el plano de lo «dado», la metafísica tiene que buscar aquello real y absoluto de quien ese plano es apariencia. Ya hemos visto cómo la ontología determina en qué consiste esa realidad: es posición absoluta y nada más que posición absoluta. No sabemos otra cosa de ella. Todo lo que no sea decir del ser que es posición absoluta y lo que en esta posición va necesariamente envuelto (la simplicidad cualitativa), es ya una posición relativa, nuestra, que no se hace a sí misma obligatoria, que podemos retirar. Así el concepto del Ente no lleva consigo la necesidad de que se le ponga como un solo o como muchos. Si lo ponemos de uno u otro modo, esta posición es decidida por nuestro pensar.

¿Quiere esto decir que sea caprichosa? No. Entre la realidad que es absoluta, indestructible posición y la apariencia de que partimos como problema hay un mundo intermedio. Necesitamos explicarnos los problemas de la apariencia, poner los datos de ésta en conexión intelectual con aquel ser indubitable. A este fin imaginamos un sistema de conceptos, necesarios, no en sí, pero necesarios para enlazar la realidad con la apariencia. La multiplicidad de los Reales, su concurrencia, sus perturbaciones y conservaciones, etcétera, son ese edificio de conceptos que llena el mundo intermedio a que nos referíamos. Y estos conceptos no tendrán una realidad absoluta, pero tampoco son meramente subjetivos, fantasías, caprichos, errores. Tienen una realidad intermedia. Forman una «apariencia objetiva», tienen el mismo valor de realidad que los problemas dados. Son el contenido de la ciencia.

Esta última expresión acaso la repudiara Herbart. Y, sin embargo, es la más exacta. Ella pone de relieve hasta qué punto Herbart depende de Fichte. Salvo el ser mismo, todo lo demás tiene, para aquél como para éste, una realidad meramente científica, intelectual, en una palabra, ideal. El idealismo inunda la filosofía de Herbart penetrando por todos sus poros, contra la áspera voluntad de su autor.