Abstract
On the 1917 revolt of the Juntas de Defensa: effective power now resides in them, and Spain lives “under the government of the hoplites”. Ortega invokes Jennings’s biological law of trial and error to justify the collective urge to experiment, and describes the state as an articulation of prestiges: since 1898 Spain has been liquidating hers without replacement, and is now “an invertebrate Spain” whose arch totters because the keystone has shifted.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Voces se oyen cantoras de un optimismo que muchos no acertamos a compartir. Desde hace veinte años, la vida española es tan inerte y estéril, que basta a un suceso parecer anormal para que nos prometa ser ventajoso. La mejora de España no se presenta por ninguno de los puntos cardinales con fisonomía concreta e inequívoca; pero sentimos todos un vivo deseo de cambiar de postura, movidos por la vaga esperanza de que una diferente colocación de los miembros disminuya nuestros dolores. Hay, pues, un afán de ensayar, sin ningún proyecto definido de ensayo.
Esto ha acontecido alguna vez en todos los pueblos, y aún, según los nuevos biólogos, acontece regularmente en todos los seres vivos. Del infusorio al hombre —dice Jennings— rige a la vida la ley de «ensayo y error». Trial and error. El organismo ensaya al azar movimientos, esperando que alguno de ellos le sitúe favorablemente en su contorno. Poder vital quiere decir capacidad de ensayos, y, en un pueblo, sobre todo, más grave que el mucho fracasar es el poco ensayar.
Durante los años postreros ha crecido notablemente en España la simpatía por las innovaciones; y la manera cómo la conciencia pública ha recibido los hechos radicales de estos días significa expresión de ese vital impulso hacia el ensayo y el saludable brinco. No censuro, pues, a los optimistas por su optimismo. Obscuro español frecuentador de las meditaciones, me limito a aplaudirlos, a envidiarlos y a ensayar una cierta discrepancia.
La calidad de la hora es tal, que sólo es digno de ella quien quiera ser sincero. Digámoslo, pues: hace una semana que la forma de Gobierno ha cambiado en España. El Poder eficiente reside en las Juntas de Defensa del Arma de Infantería. Con un bello nombre clásico diremos que vive España bajo el gobierno de los hoplitas. Frente a los aires turbios e irreales, frente a la atmósfera espectral de la política de ayer, este hecho tan grave, tan peligroso, tiene la ventaja de ser claro, conciso, taxativo. Ahorremos, pues, en lo posible, ante pareja realidad, el uso de tópicos evanescentes. En esta aguda sazón, todo hombre honesto y capaz de emoción patriótica sólo en una cosa puede pensar: en extraer de este acontecimiento el máximo de provecho nacional. Sólo en eso puede pensar, porque no existe de seguro un sólo español reflexivo que crea posible retrotraer la vida española al día anterior a la declaración en rebeldía de las Juntas militares.
Yo estoy cierto de que ni el mismo señor Dato piensa así. No obstante, representa en nuestra política lo que el nivel del mar en la topografía. No se trata ya de que no deba España volver diez jornadas atrás, sino que sea cualquiera nuestra voluntad, ella no podrá. He aquí someramente expresadas las razones en que se funda esta convicción. Un Estado es una articulación de prestigios personales y corporativos que, apoyándose unos en otros y nutriéndose recíprocamente, ejercen el Poder, imponen cohesión a los grupos internos. Desde 1898 la historia de nuestro país es la de una liquidación de prestigios, de órganos cohesivos, que no han logrado substitución. Mejor o peor, la España de la Restauración y la Regencia tenía una estructura. La España del siglo XX es una España invertebrada. Consecuencia fatal de ello fue que con el beneplácito más o menos expreso de las gentes se iba acumulando todo el Poder naciente en una sola institución. Los mismos republicanos solían hablar de un «gran elector» como instrumento inevitable en una sociedad de opinión pública adormecida y exenta de otros poderes prestigiosos.
A la manera que en los arcos mal construidos, la estabilidad dependía exclusivamente de la piedra clave.
Pues bien; sería frívolo eludir el reconocimiento de que la clave española se ha estremecido y el arco periclita. En estos momentos de disgregación, de disociación orgánica, la realidad de las Juntas militares corta el último cíngulo de autoridad normal que ceñía el cuerpo español. ¿Con qué intención? ¿Con qué propósito? Según todas las noticias, con el puro y noble afán de reivindicar para el Ejército un régimen de seriedad, corregir abusos, asegurar aquellos medios materiales y técnicos sin los cuales el órgano de la defensa nacional es un triste fantasma inválido.
Movidos de este anhelo, los militares se han situado más allá de la ley, y el pueblo entero ha recibido con desusada y misteriosa simpatía —éste es un dato esencial— el airado ademán de la clase militar. Las demás clases sociales han visto en ella una hermana mayor que, harta de vejámenes, pide con urgencia aire respirable; y como todas encuentran dentro de sí sobra de malestar y padecen injusticias y viven arrastrando sus pobres esperanzas hambrientas, no hubieron menester noticias detalladas sobre las quejas del ejército. De antemano sienten que si no todas fueron justas, basta con muchas que lo son. Por caso extraordinario no hemos oído ahora el «yo tengo más motivos que tú», querella que sería funesta en la actual coyuntura y que en todo tiempo es estéril.
Creo que los verdaderos amigos del Ejército deben invitarlo a que no olvide la actitud adoptada por el resto de los españoles en esta hora solemne de su demanda, porque en esa actitud está la cifra del inmediato porvenir.
Tal es en esquema el conflicto. Pensemos un poco la solución. ¿Qué cabe hacer? Todo el mundo parece conforme en que se atienda lo substancial de las peticiones; pero esto claro es que no resuelve el conflicto histórico planteado, y menos que a nadie satisfaría al Ejército. Su actitud ha sido un ejemplo. Sólo quien tenga una fantasía pueril, dócil al ensueño, dudará de que ese ejemplo va a ser seguido por otras clases sociales. Hoy una, mañana otra, se alzarán con sus greuges y reivindicaciones, y, siguiendo al límite el ejemplo, saltarán fuera de la ley. Y el Ejército, garantía postrera de ésta, no podrá tan llanamente como antes mantener a las otras clases, menesterosas también de amor, solicitud y respeto, dentro del cíngulo mágico. Las hermanas menores paralizarán con una sola mirada suplicante a la hermana mayor, que lleva, como Minerva, casco y lanza y fuerte corazón. No creo que a ningún leal amigo del Ejército preocupe hoy otra cosa tanto como esta consideración.
Consecuencia: el problema no está en atender estas o aquellas urgencias militares. El problema está en hacerlo borrando a la par la anormalidad de la situación. En este sentido se puede decir sin paradoja que el acontecimiento de Barcelona es mucho más grave que una revolución. La razón es clara: una revolución, o es vencida y tiende automáticamente a restablecer la legalidad que ella atacaba, o triunfa, y entonces nace de ella, no menos automáticamente, una nueva legalidad. En ambos casos la violencia queda reabsorbida en un estado legal. Mas en el caso presente, ningún Gobierno elegido al modo usual puede absorber la ilegalidad de las circunstancias en que nació. Queda ésta en el ambiente como los muertos sin óbolo para el barquero quedan inficionando el aire e incubando en él una epidemia de ilegalidad, esto es, de violencia. Por esto es literalmente más grave que una revolución, porque puede ser una serie de revoluciones.
Hay, pues, motivo para temer que los partidarios de soluciones ficticias sean los verdaderos promotores de la revolución, sin saberlo, como era prosista el gentilhombre burgués.
Reflexionemos con un poco de vigor antes de insistir ni quitar gravedad al problema y pensar si no es lo serio, lo patriótico y «lo ordenado» hacer fecundo y salutífero el gravísimo suceso por el único procedimiento posible: llevar lo ya hecho a sus extremas consecuencias. Lo hecho es un rompimiento de la legalidad básica de España, es un acto que anula la Constitución. Nada eficazmente constitucional: nada con plenitud de autoridad puede nacer de una Constitución tajada de arriba abajo. Sólo hay una solución: reconstituir la Constitución. Para ello sería necesario un poder transitorio más amplio que los existentes en 31 de mayo. En un abrazo fraterno, renovador, volvería al seno de la ley aquel órgano de la vida española que está fuera de ella. Dicho de otro modo: Cortes constituyentes.
¿Hay otra manera de prestar fecundidad nacional y no sólo de clase a la actitud de las Juntas militares? Descúbranoslo el que tenga mejor fortuna. Yo no he pretendido sino dar pretexto con estos pensamientos, que muy probablemente serán bienintencionados errores, a que se discuta en forma concreta el remedio al presente y… a un porvenir tan próximo como pavoroso. Quien ame sinceramente al Ejército de España y a la esperanza deberá oponerse a la perpetuación de las actuales circunstancias. Todo, menos detenerse a acomodarse en ellas. Recuérdese el aforismo de Talleyrand: «Con las bayonetas se puede hacer todo. Todo, menos una cosa: sentarse en ellas». De todas suertes, se abre una época en que todos los hombres honrados tendrán que hacer en sus corazones vendimia de energía y lealtad.