Abstract

Political satire on caciquismo in Granada: señor La Chica is the “uncircumcised king of Granada”, and the bloodshed in the streets refutes the schoolbooks that date the fall of Granada — the fifteenth century survives, only the dynasty has changed. Ortega throws the fact in the face of the “men of order” and closes with Chateaubriand’s 1807 visit to the Alhambra. A literary-journalistic piece, not a philosophical one.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Espíritus selectos afirman que no es España un pueblo civilizado; por lo menos, que no es un pueblo moderno. Tal afirmación no va inspirada en vagos enojos ni en remilgadas displicencias de esos espíritus. Alude a absurdos concretísimos que en todos los órdenes de la vida nacional acontecen. La «ciencia» hispánica se parece todavía mucho a la del tiempo de Averroes. El arte no es menos extemporáneo. Y en cuanto a la política…

Persiste en los libros de texto, donde se insinúa la historia patria a la mocedad de nuestro tiempo, un evidente error, que conviene rectificar. Dícese en ellos que Granada fue tomada a los moros cuando frisaba el siglo XVI. ¿No es ésta una proposición totalmente opuesta a la realidad? Al texto de los Institutos, escrito con tinta, se opone estos días otro texto más fehaciente, escrito con sangre, y en curvos regueros aljamiados, sobre las calles granadinas. Esta vez el texto es a la par el documento. No hay lugar a duda. Los moros perpetúan su imperio sobre Darro y Genil. El siglo XV sobrevive. Sólo la dinastía ha cambiado. Pasaron los Nazaritas, con su romántica pompa, su aire de zambra y de rabel. Los ha sustituido otra dinastía soez e inelegante, sin turbante y sin gumía, con hongo y con navaja. A Boabdil El Chico sucede Boabdil La Chica. El señor La Chica es rey incircunciso de Granada la bella.

El suceso tiene un poder de anacronismo, ejemplar. En tal sentido es benéfico. Conviene que de cuando en cuando salgan a la superficie estas perpetuaciones de edad media que laten bajo una retórica política novecentista. ¡Sufragio universal! ¡Constitución! ¡Parlamento! ¡Vocablos, vocablos sin sentido! Sine mente soni! La realidad es como en Marruecos, literalmente. Un moro castizo subyuga a una ciudad de ochenta mil almas, apoyándose en un pretorio tabernario de trescientos matones. El romance retoña inmortal.

Trescientos zenetes eran

d’este rebato la causa

Arrojemos el hecho al rostro de los que se llaman pedantescamente «hombres de orden». Para ellos orden es esto: que el señor La Chica ejerza su vampirato sobre la amada ciudad andaluza contra la voluntad de ésta: que manipule los fondos municipales, que trafique y negocie con los intereses públicos, que conceda actas, que persiga a los ciudadanos, que amenace al liberto y apriete al humilde. Tras el moro La Chica garantizan el «orden» los moros mayores de Magerit.

En cambio, es esto «desorden»: el pueblo, exasperado, se incorpora. La conciencia de la dignidad civil da un latigazo en los lomos de la ciudad. Todos: ricos y pobres, fieles e infieles, derechas e izquierdas, zegríes y abencerrajes forman un tropel vengativo contra el audaz opresor. Pero la edad moderna aparece entonces rápida, aguda, certera, silbante; es una bala de mauser. Cae un estudiante que aprendía física —la nuova scienza de Galileo, la ciencia moderna por antonomasia. Al cabo, una leve ráfaga de la lejana tormenta llega y agita un poco los blancos albornoces de los moros mayores en Madrid…

En 1807, visita Granada el vizconde de Chateaubriand. Vuelve de Oriente cargado de imágenes, como los cruzados volvían llenos de cicatrices. Ha dado en la Alhambra una cita doble: va a encontrar entre los arrayanes su melancolía y su condesa de Noailles, la Blanca de El último abencerraje. Al avanzar por el valle del Genil hacia Granada, ve «unas torres que brillan como estrellas sobre el verde oscuro de un boscaje». «Es la Alhambra» —le dice el guía. «¿Y aquel otro castillo, sobre esa otra colina?» —pregunta. «Es el Generalife» —replica el conductor. «Hay en ese alcázar un jardín plantado de mirtos, donde, según dicen, fue sorprendido Abencerraje con la sultana Alfaima. Allá lejos, mirad el Albaicín, y éstas que se alzan más cerca, son las Torres Bermejas».