Abstract

Against one-way sentimentality about workers: whoever is moved only when the employer breaks a worker’s arm is no free soul but a “handmaid of the labourist religion”, like the pious women in the sacristy. Ortega accuses these devotees — Sorel foremost — of imposing on workers a straight-line tactic that secures early victories at the cost of final triumph, and defines syndicalism as the schematic exaggeration of labourist ideas, pushed out of joint “with a geometer’s exclusivism”.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Conocemos personas, por lo demás excelentes, que han especializado su sensiblería para cuanto a los obreros se refiere y han dejado embotarse su percepción para todo lo demás. Es una de las enfermedades características de nuestra época. Esas excelentes personas se vuelven de cartón piedra para recibir la noticia de que un obrero ha asesinado a un patrono o que un grupo numeroso de trabajadores ha obligado por la fuerza a sindicarse a otro menos numeroso. En cambio, si oyen que un patrono ha roto un brazo a un obrero, agitan los suyos elocuentemente, suspiran y se compungen. Esas mismas personas, hablando de los partidos políticos, censurarán la vacuidad e imprecisión de sus programas, pero dan como buenas la imprecisión, la vacuidad o la fantasmogoría que nutren en grande escala la labor de los agitadores sociales. Heine, de los miembros de una orquesta, decía: «Estas buenas personas, pero malos músicos…» Digamos nosotros de aquéllas que son excelentes personas, pero que no son almas libres. Necesitan practicar servilismo espiritual. En otro tiempo hubieran servido a los inquisidores; nacidas póstumamente, son siervas de la religión obrerista. Agitan los brazos, suspiran, se compungen. Lo mismo que las beatas en las sacristías. Hay un beatismo obrerista.

Hacen gentes de esa condición el más grave daño a los obreros, envolviéndolos en una atmósfera adulatoria, incensada, hermética, de convento o presbiterio. A ellos se debe —sobre todo a algunos grafómanos franceses, como Jorge Sorel, gran beato del obrerismo— que los obreros sigan la táctica mediante la cual van hacia formidables derrotas. Los alemanes han perdido la guerra porque al prepararla no quisieron contar con la posibilidad de ser derrotados. Merced a ello, se entregaron a una táctica rectilínea, la más fácil, la que mejor asegura las primeras victorias, pero que avanza a costa del triunfo final. Algo parejo acontece con los obreros: no quieren contar con nadie, creen bastarse a sí mismos, hasta espantan toda adhesión dignamente condicionada. No conocen más táctica que el ataque a lo Sauer y van camino de la misma suerte cabida a la progenie de Sauer.

Nos importan demasiado, por una parte, el triunfo final de los obreros, y por otra ciertos principios que en su ceguera violan, para no revolvernos contra ese temperamento conventual, frailuno, estrecho, sin ventanas abiertas, sin ideas claras y sin ansia de integral perfección, que domina hoy en el movimiento social.

El sindicalismo representa la exageración esquemática y sistemática de las ideas y emociones propias al obrerismo. Tomad cualquiera de las ideas nuevas, justas y acertadas que el movimiento obrero ha traído al mundo, proyectadla con exclusivismo de geómetra hasta sacarla fuera de quicio, y el resultado lo encontraréis formando parte del credo sindicalista. Esto caracteriza sus ideas políticas lo mismo que sus ideas tácticas.