Abstract

A toast to the Bilbao review Hermes: Ortega repeats that Spain suffers not a political or administrative decadence but a historical one, a depression in the people’s vitality, “an absence of biological pulse”. Against the failure of Madrid as sole capital he preaches his “localism”: raising up a plurality of lesser but energetic capitals, and thereby giving the public conscience concreteness.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Las cosas excusables, señores, no deben hacerse, y hablar yo ahora me parece de lo más excusable del mundo. El señor Sarriá ha reunido en torno a estas mesas a aquéllos que desde Madrid con más vehemencia simpatizamos con su afán de Bilbao.

¿Cuáles son estas simpatías nuestras? Las que tengan los demás, yo no las sé ni pretendo adivinarlas. Cuantos usted ha congregado aquí, señor Sarriá, son de aquéllos que tienen el derecho y la obligación de no tolerar que se les sume en impersonales comunidades de opinión. Pensamiento, arte y letras son oficios de arisca independencia que sólo ejercen cumplidamente quienes aspiran con toda energía y lealtad a no ser confundidos con nadie. No me permito, pues, allanar sus moradas espirituales intentando con mi voz expresar los motivos de su simpatía. Los míos voy a decirlos.

Cuando, después de atravesar la espalda inamena del Atlántico, volvía yo hace poco de otra España más joven y más fuerte, la novedad nacional que primero llegó a mi noticia fue la aparición de Hermes. El hecho me complació sobremanera. Como en otro tiempo solía decirse con retórica, me dije a mí mismo sin ella que la nueva publicación venía a llenar un hueco —se trataba de un hueco en mi esperanza.

Desde hace tiempo, señores, en la Prensa, en la tribuna y en el libro intento, sin éxito lucido, inspirar a los españoles la convicción de ser las menguas patrias efecto de causas mucho más profundas que el plano en que se suelen mover las discusiones y contiendas políticas. No padecemos una decadencia política ni de administración, he repetido frecuentemente, sino una decadencia histórica. Se trata de una grave depresión en la vitalidad de nuestro pueblo, una como ausencia de pulso biológico: la anemia, no ya de las funciones públicas, sino hasta en los afanes privados. Vano será con esta debilidad de las potencias elementales pretender dar una fuerte embestida a los mayores problemas de la nación. Es menester que el esfuerzo público tenga la discreción de renunciar a aparentes amplitudes si no quiere proseguir ejecutando ademanes inválidos.

Durante los tres últimos siglos hemos hecho el ensayo a la manera que Francia, organizando nuestro cuerpo nacional con una cabeza única. Hemos querido, como los franceses desde París, animar al mundo español con esta cabeza de Madrid. Por unas u otras razones, que fuera indigesto examinar a los postres de un gentil convite, ello es que un madrileño como yo se ve obligado a confesar el fracaso de nuestra ciudad carpetovetónica, como órgano único de capitalidad. En estos meses asistimos precisamente a la ejemplar comprobación de cómo faltan a nuestro pueblo propósitos y anhelos que sean a la vez nacionales y concretos. No hay duda que se exige un sistema nervioso más rico y adiestrado para percibir las líneas generales de la trayectoria española que para comprender cuáles son las necesidades de una aldea. Ve el labriego con plena claridad la línea fosforescente de la carretera que sesga su humilde vega, pero no os empeñéis en que descubra los coluros de la esfera celestial.

Me parece, pues, forzoso que comencemos por dotar de concreción a la conciencia pública de nuestro pueblo. Para ello hay que limitarla, y al limitarla, se condensará. En lugar de una sola cabeza, tan enorme como vaga, prefiramos suscitar sobre el cuerpo, hoy sin estructura, de España, una pluralidad de capitalidades menores, pero enérgicas y suficientes.

Como cada cual tiene su arbitrio y su receta más o menos confesada o confesable, yo predico ésta mía que llamo localismo. Hay trozos del haz peninsular que tienen necesidades características, peculiares maneras de sentir, un repertorio de costumbres en plena vigencia, un poder económico articulado y de inconfundible fisonomía. ¿Por qué no intentar que toda esa comunidad de rasgos y condiciones se condense en una clara voluntad local?

Sin apasionada vitalidad no cabe pensar en política alguna. ¿Qué puede hacer la ingeniería sin carbón o saltos de agua? Del mismo modo la política es obra de paralítico cuando no halla pasiones afirmativas que encauzar. Desde largo tiempo carece España de toda emoción nacional por la cual comuniquen los bandos enemigos. Así se arrastra España con un corazón hendido hasta la raíz —derechas e izquierdas—, con un corazón doble —como diría un latino, discorde. Si falta, pues, una emoción nacional, llevemos la turbina al torrente de las emociones provinciales, locales.

«Regionalismo» y «nacionalismo» han errado cuando, exigiendo la hora que corre urgencias de realidad, de plenaria actualidad, tratan de pedir a nuestro pueblo inmémore que busque su mañana en los archivos sabios del pretérito. No tenemos curiosidad política y se nos invita a que antes de votar nos demos una vuelta por la Biblioteca Nacional para aprender en confusos manuscritos la historia de las razas ibéricas.

No: lo que hay de útil en esos recientes movimientos de ideología política es la apelación de una vida abstracta nacional a una vida concreta local. Lo concreto es lo actual: el pasado histórico es también una abstracción, labor de mentes no acosadas por la inminencia de la hora.

Nada aclara mejor lo que deciros quiero como el caso de Bilbao. Muchas veces, paseando por el Arenal, me preguntaba yo: ¿Cómo es posible que estos bilbaínos, conocedores del peso que en la vida económica peninsular representa Bilbao, no tengan el orgullo suficiente para que su ciudad logre un peso adecuado en la política y en la cultura españolas? ¿No convendría alimentar y potenciar su noble orgullo local y conseguir que el pueblo bilbaíno, admirable potencia de futuro, adquiera la fuerte voluntad de sí mismo? En el fuego de ese orgullo, en la llama de esa voluntad, estad ciertos que se encenderían increíbles energías espirituales. Espero más del orgullo que de la humildad, más del entusiasmo que de la discreción. Como Nietzsche, prefiero las virtudes de la vida ascendente.

Hagamos que cada núcleo local conquiste la clara voluntad de sí mismo. En la articulación de esas voluntades veo yo la única España posible.

El mejor conocedor de la vida griega sostenía no ha mucho que el ejemplar vigor de aquel pueblo se debió a la emulación y controversia de las tres razas helénicas, los tres modos griegos, diversos y concurrentes. De suerte que cuando esas fuerzas vinieron a equilibrio y la emulación y la contienda cesaron, la vida griega se paralizó y los divinos torrentes de energía se estancaron en aguas muertas.

¿Por qué no aspirar a una España que sea amplísima armonía, donde hallen fecunda resonancia todas las melodías peninsulares, y en ella den su eco emocionado como en un corazón innumerable?

La revista Hermes, señor Sarriá, me ha parecido la iniciación de esa local conciencia bilbaína que yo, paseando por el Arenal, solía imaginar.

Porque la sensibilidad colectiva ha sido siempre suscitada por obra del pensador, del escritor, del artista. Enamorados de las cosas superfluas, tienen la misión de mantener sobre la tierra un cierto volumen de idealismo, sin el cual la historia se ahogaría. Dice Renan que «los intereses egoístas, neutralizándose los unos con los otros, dejan que empuje al mundo el breve esfuerzo hecho en pro del ideal». Las gentes tienden harto a vivir prisioneras en su menudo negocio y su ínfimo anhelo presente. Por esto es ministerio de los hombres intelectuales y sentimentales —los sentimentales sois vosotros, los artistas— quemar su vida en una ferviente afirmación de lo espiritual, obligando a que los demás abran en su existencia algún espacio a las preocupaciones superiores. Han de hacer como aquel entusiasta de quien cuentan los historiadores judaicos que en tiempos de decadencia andaba por las plazas y por las afueras dando grandes gritos sugestivos: «¡Voz de Gog, voz de Magog! ¡Ay de ti, Sión, ay de tus mujeres y de tus hijos si te olvidas del espíritu!» Hasta que un día la piedra que una honda lanza desde un baluarte le quiebra la sien y cae gimiendo: «¡Ay de mí!»

Si no fuera excesivo, señor Sarriá, yo quisiera que de retorno a su ciudad comunicase usted a los redactores de Hermes estos motivos de viva simpatía a su revista que siente un oscuro meditador del Guadarrama.

Y expréseles, en fin, mi deseo de que si Hermes es ya una revista grande, sea pronto un Hermes Trismegistos, que quiere decir: un Hermes tres veces máximo.

En el Palace Hotel, de Madrid, mayo de 1917

1918