Ortega y Gasset

Abstract

A toast as honorary president of the Madrid P.E.N. Club: the coming years will be a time of “rediscoveries” of what men had stopped feeling, the grossest example being the lost sense of law — today force is preferred, and it is claimed that law was only force in disguise. Ortega grants that law always contains an ingredient of force, but placed at the service of an ingenious machine that normally lets one dispense with it; law and courtesy are “fine springs” set between men. He closes with the local anecdote of “good evening… theoretically”.

Connections

Concetti: legge

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Señores: Confieso haber hecho algún esfuerzo para convencerme de que podía evitar deciros palabra alguna, movido, sin duda, por una vocación para el silencio, que siento cada vez con mayor vehemencia; pero no he conseguido convencerme honradamente. Comprendía que no deciros nada, absolutamente nada, era faltar a la cortesía. Y es el caso que la cortesía, tan malparada en estos últimos años, es, a mi juicio, una de las cosas que van a ser redescubiertas en los venideros. En general, creo que los años próximos van a ser tiempo de redescubrimientos, y permitidme esta súbita incontinencia de vaticinio. Muchas cosas que el hombre, durante la etapa que ahora concluye, ha intentado eliminar, abandonar, para las cuales había perdido la sensibilidad, habíase embotado, cegado, van a ser, de pronto, descubiertas de nuevo y se va a ver que tienen un gran sentido. Muy crudas experiencias nos van llevando a la misma situación en que estuvieron los hombres cuando por primera vez las inventaron como se inventa un aparato necesario. El ejemplo más grueso de ello es la pérdida del sentido para la ley, que en una u otra dosis padece casi todo nuestro continente. Dondequiera se advierte una antipatía no ya a esta ley o a la otra, sino un asco hacia la ley, precisamente porque es ley. Se cree hoy, o se finge creer, que la ley es la quinta rueda del carro, algo inútil, superfluo, estorboso. Hoy se prefiere a la ley la fuerza; más aún: se pretende convencernos de que eso que se llamaba ley no era sino fuerza disfrazada, por tanto, hipocresía. Y yo no dudo de que en la ley no haya siempre —y no por azar— un ingrediente de fuerza; pero, ¡ahí está!, puesto al servicio de una ingeniosísima máquina que permite normalmente prescindir de la fuerza. La ley, como la cortesía, son finos artificios de muelles interpuestos entre los hombres con el fin de intentar que la convivencia consista un poco en otra cosa que en morderse la nuez los unos a los otros.

Creyendo, pues, como creo en la cortesía, no me era posible dejar de deciros algo, porque es el caso que me encuentro siendo, sin protesta expresa de vosotros, nada menos que vuestro presidente honorario.

Nada me ha producido nunca tamaño terror como presidir algo. Por eso no he presidido nunca nada. Ésta es la primera vez que me he dejado arrastrar a ese terrible menester de presidir; pero claro es que ha sido por la gracia del salvador adjetivo adjunto a esta mi presidencia. Yo soy vuestro presidente «honorario», y convendréis conmigo en que ser algo honorariamente es el más lucido modo de no serlo.

Recuerdo en este momento una de las escenas más castizas que he tenido la suerte de presenciar en los últimos años. Fue hace cinco o seis. Recordaréis que entonces cayó sobre toda Europa un invierno crudísimo. En Madrid había feroces nevadas. Yo estaba una noche cenando en el «Café de Levante». Había ido allí, como hago alguna vez, de escapada, para, recogido sobre mí mismo, solo en un rincón de la vida madrileña, abrirme los poros a la casticidad que pasa. Había junto a mi mesa otra donde se reunía una tertulia de la pequeña clase media madrileña. Una tertulia de las que merecen el título de hipertertulias porque era tertulia de después de cenar, de hombres que después de haber estado dos o tres veces de tertulia durante el día vuelven otra vez a ella, pase lo que pase. Brindo la imagen al señor Arniches, que diviso allá, sentado. Ya veréis por qué. Se hallaba bastante nutrida la tertulia cuando surge un nuevo elemento. Un hombre de magnífico porte, aventajado de talla, aspecto de gran chulo, como ya quedan pocos. Sombrero blanco y ancho, a lo Lagartijo; capa de estupendos embozos, que traía todos salpicados de copos de nieve; bastón con el puño de asta de ciervo. Al llegar junto a sus contertulios, se desembozó con un espléndido gesto y les saludó diciendo:

—Señores, ¡buenas noches… teóricamente!

Nunca he visto más enérgicamente vivida la idea que nuestro pueblo se hace de la teoría. Teoría para él es precisamente lo que no tiene nada que ver con la realidad, lo que jamás coincide con ella. Algo parecido es lo honorario. Es lo teórico en el orden social. Pues bien: reconozco que me va muy bien y acepto con simpatía este modo de presidir.

Presidir es estar sentado delante de otros; pero en este caso, como se trata de pura metáfora y noble fantasía, es estar sentado sin estar sentado, en una silla que no es tal silla. Puedo, pues, entregarme a ello tranquilamente y sin tártagos. Me va muy bien esto porque me da un aire de inexistencia que cada vez aprecio más. Me hace sentirme espectro y como sombra, sombra cuyo cuerpo efectivo es nuestro Azorín, conductor insustituible, comodoro y piloto de esta nave.

Cuenta José de Maistre que un niño, por la noche, andaba en la habitación buscando la llave de la luz, y cuando le preguntaron por qué quería encender la luz, el niño respondió:

—Porque quiero que vuelva mi negro…

El niño llamaba su negro a su sombra, que la oscuridad se había tragado. Pues bien: yo me siento como el negro de honor de Azorín y, por consiguiente, de todos vosotros. Pero claro es que, siéndolo, menos puedo dejar de hablaros, porque los negros no hacen casi otra cosa que hablar. Recordad el viejo refrán tan sabroso: «Fue la negra al baño y trujo que contar un año».

En cuanto a lo que pudiera ocurrírseme deciros, la verdad es que es muy poco, que casi no es nada, que tal vez sólo es esto.

En la mañana de hoy tenía a la vista el papel donde nuestra Junta comunica la orden del día. (¡Menudo problema es saber cómo debe decirse: el orden del día o la orden del día! Recuerdo haber discutido tres días consecutivos la cuestión sin llegar a una solución satisfactoria). Pongamos que el papel nos comunicaba la orden del día para esta jornada. En él aparecía el membrete, donde está el nombre de nuestra Sociedad, y debajo nuestro emblema. Este emblema es una pluma, y esta pluma es una pluma de ave; más precisamente: es la pluma del ala de una ave. Ello me hacía pensar que pertenecemos los escritores al totem del pájaro, que somos pájaros, pájaros del buen Dios y más o menos de cuenta. Tal dependencia nos compromete sobremanera porque nos obliga a mucho. Pues, por muchos que sean los cambios de las especies transformándose las unas en las otras, y aunque el mecanismo darwiniano haya hecho que la pluma del ala, que la pluma alígena se convierta en estilográfica, ésta no puede olvidarse, no puede desentenderse por completo de su origen volátil.

Y como la vida humana es maravillosa, resulta que ha habido una época, y en esa época un hombre de tan excelso humor que pudo entretenerse en definir el ala. ¡Vaya por los negocios a que los demás se dedican! Este hombre fue Platón, y como ni siquiera en los innumerables y minuciosos libros que sobre él se han escrito he visto que se haga constar esta definición, quiero yo subrayarla en esta grata sobremesa.

Todos recordáis la escena, porque es inmortal. El lugar es Atenas; la sazón, el estío; la hora, la de la siesta. Sócrates, que no salía nunca de la ciudad porque necesitaba para respirar el aire de la plazuela (para él respirar era conversar), Sócrates se deja por una vez seducir de Fedro hacia las afueras. El calor es tan sofocante que no tienen más remedio que resguardarse bajo una umbría en las riberas del río Cefiso. (Sépase que es el nombre con que los griegos dicen Manzanares). Pues bien: en la orilla del Cefiso se formaba una umbría por unos plátanos. Allí están nuestros dos personajes. Platón es tan formidable escritor que todavía hoy, veinticuatro siglos después, vemos, en sus palabras, a Sócrates y Fedro sudar. Sobre sus cabezas, puestas en los plátanos, las áticas cigarras caniculares rascaban en su rabel. ¡Son casi, casi las palabras mismas de Platón; no me tachéis de amaneramiento!

Pues bien: allí es donde, en un instante de egregia emoción, Sócrates define el ala. Es, dice, la naturaleza del ala ser apta para llevar hacia lo alto todo lo pesado. Nada más; nada menos.

Amigos, no hay escape. La misión del ala y, por tanto, de la pluma es la lucha sin cuartel contra la pesadumbre. El ala y la pluma tienen en el universo este destino aviático, aerostático: son lo que son y existen sólo en la medida en que logran o, por lo menos, procuran la victoria sobre todo lo gravitante, sobre todas las humanas pesadumbres. Y las pesadumbres del hombre, es decir, sus males peculiares, son tres: la bellaquería, la estupidez y el aburrimiento. Tal vez hubiera que agregar, sobre todo en España, un cuarto gravamen: la chabacanería.

Gentlemen: I confess to having made some effort to convince myself that I could avoid saying a single word to you, moved, no doubt, by a vocation for silence, which I feel with ever greater vehemence; but I have not managed to convince myself honestly. I understood that saying nothing to you, absolutely nothing, was failing in courtesy. And it is the case that courtesy, so battered in these last years, is, to my mind, one of the things that are going to be rediscovered in the years to come. In general, I believe that the coming years are going to be a time of rediscoveries, and allow me this sudden incontinence of prophecy. Many things that man, during the stage now concluding, has tried to eliminate, to abandon, for which he had lost sensibility, had become blunted, blinded, are going to be, all of a sudden, discovered anew, and it will be seen that they have great meaning. Very raw experiences are leading us to the very situation in which men were when they first invented them as one invents a necessary apparatus. The crudest example of this is the loss of the sense for law, which in one dose or another almost our whole continent suffers. Everywhere one notices not so much an antipathy to this law or that, but a loathing of law, precisely because it is law. Today it is believed, or it is pretended to be believed, that law is the fifth wheel of the cart, something useless, superfluous, obstructive. Today force is preferred to law; and more: we are asked to be convinced that what was called law was nothing but disguised force, therefore hypocrisy. And I do not doubt that in law there is not always — and not by chance — an ingredient of force; but, there it is! placed at the service of a most ingenious machine that normally allows one to dispense with force. Law, like courtesy, are fine artifices of springs interposed between men with the aim of trying to make coexistence consist a little in something other than biting one another’s throat.

Believing, then, as I believe in courtesy, it was not possible for me to refrain from saying something to you, because it so happens that I find myself being, without any express protest on your part, nothing less than your honorary president.

Nothing has ever caused me such terror as presiding over something. That is why I have never presided over anything. This is the first time I have let myself be dragged into that terrible office of presiding; but clearly it has been through the grace of the saving adjective attached to this presidency of mine. I am your ‘honorary’ president, and you will agree with me that being something honorarily is the most brilliant way of not being it.

I recall at this moment one of the most typically Madrid scenes that I have had the good fortune to witness in recent years. It was five or six years ago. You will remember that then a most bitter winter fell over all Europe. In Madrid there were ferocious snowfalls. I was dining one night at the ‘Café de Levante’. I had gone there, as I do sometimes, on the sly, so as, withdrawn into myself, alone in a corner of Madrid life, to open my pores to the local colour that passes by. Beside my table there was another where a tertulia of the small Madrid middle class gathered. A tertulia of those that deserve the title of hypertertulias, because it was an after-dinner tertulia, of men who, after having been two or three times in tertulia during the day, return to it again, come what may. I toast the image to Mr. Arniches, whom I spy over there, seated. You will see why in a moment. The tertulia was fairly well attended when a new element arises. A man of magnificent bearing, above average in height, the look of a great flashy fellow, such as now remain few. White broad hat, a la Lagartijo; cloak with stupendous lapels, which he wore all splashed with snowflakes; cane with a knob of stag’s antler. On reaching his fellow tertulia-goers, he threw open his cloak with a splendid gesture and greeted them saying:

—Gentlemen, good evening… theoretically!

I have never seen more energetically lived the idea that our people forms of theory. Theory for him is precisely what has nothing to do with reality, what never coincides with it. Something similar is the honorary. It is the theoretical in the social order. Well then: I recognise that it suits me very well and I accept with sympathy this way of presiding.

To preside is to sit in front of others; but in this case, since it is a matter of pure metaphor and noble fantasy, it is to sit without sitting, in a chair that is not such a chair. I can, therefore, give myself to it calmly and without qualms. This suits me very well because it gives me an air of inexistence that I appreciate more and more. It makes me feel a spectre and like a shadow, a shadow whose effective body is our Azorín, irreplaceable conductor, commodore and pilot of this ship.

José de Maistre tells that a child, at night, was moving about the room looking for the light switch, and when they asked him why he wanted to turn on the light, the child replied:

—Because I want my black one to come back…

The child called his shadow his black one, which the darkness had swallowed up. Well then: I feel like Azorín’s black of honour and, consequently, of all of you. But clearly, being so, I can the less refrain from speaking to you, because blacks do almost nothing but talk. Remember the old proverb, so savoury: ‘The negress went to the baths and brought back a year’s worth of gossip.’

As for what might occur to me to say to you, the truth is that it is very little, that it is almost nothing, that perhaps it is only this.

This morning I had before me the paper on which our Board communicates the agenda. (What a problem it is to know how it should be said: the order of the day or the agenda! I remember discussing the question three consecutive days without reaching a satisfactory solution). Let us say that the paper communicated to us the agenda for this day. On it appeared the letterhead, where the name of our Society is, and below it our emblem. This emblem is a pen, and this pen is a bird’s feather; more precisely: it is the feather of a bird’s wing. It made me think that we writers belong to the totem of the bird, that we are birds, birds of the good Lord and more or less of account. Such dependence commits us exceedingly because it obliges us to much. For, however many be the changes of species transforming themselves one into another, and although the Darwinian mechanism has caused the wing feather, the aligerous feather, to turn into a fountain pen, this cannot forget itself, cannot wholly disengage itself from its volatile origin.

And since human life is marvellous, it happens that there was an age, and in that age a man of such excellent humour that he could take the trouble to define the wing. To the devil with the business others devote themselves to! This man was Plato, and since not even in the innumerable and minute books that have been written about him have I seen this definition made a matter of record, I want to underline it at this pleasant table.

You all remember the scene, because it is immortal. The place is Athens; the season, summer; the hour, that of the siesta. Socrates, who never left the city because he needed to breathe the air of the little square (for him breathing was conversing), Socrates lets himself be led for once by Phaedrus out to the outskirts. The heat is so suffocating that they have no choice but to take shelter under a shade on the banks of the river Cephissus. (Know that this is the name by which the Greeks say Manzanares). Well then: on the bank of the Cephissus a shade was formed by some plane trees. There are our two characters. Plato is such a formidable writer that even today, twenty-four centuries later, we see, in his words, Socrates and Phaedrus sweating. Over their heads, set on the plane trees, the Attic dog-day cicadas scraped on their rebec. They are almost, almost Plato’s very words; do not charge me with affectation!

Well then: it is there where, in an instant of egregious emotion, Socrates defines the wing. It is, he says, the nature of the wing to be apt for carrying upward all that is heavy. Nothing more; nothing less.

Friends, there is no escape. The mission of the wing and, therefore, of the pen is the unrelenting struggle against heaviness. The wing and the pen have in the universe this avian, aerostatic destiny: they are what they are and exist only to the extent that they achieve or, at least, procure victory over everything gravitating, over all human heavinesses. And the heavinesses of man, that is, his peculiar ills, are three: roguery, stupidity and boredom. Perhaps one should add, above all in Spain, a fourth burden: vulgarity.

Signori: confesso di aver fatto qualche sforzo per convincermi che potessi evitare di dirvi parola alcuna, mosso, senza dubbio, da una vocazione per il silenzio, che sento ogni volta con maggior veemenza; ma non sono riuscito a convincermi onestamente. Comprendevo che non dirvi nulla, assolutamente nulla, era mancare alla cortesia. E sta il caso che la cortesia, così malridotta in questi ultimi anni, è, a mio giudizio, una delle cose che saranno riscoperte nei tempi a venire. In generale, credo che i prossimi anni saranno tempo di riscoperte, e permettetemi questa improvvisa incontinenza di vaticinio. Molte cose che l’uomo, durante la fase che ora si conclude, ha tentato di eliminare, di abbandonare, per le quali aveva perso la sensibilità, s’era ottuso, accecato, saranno, d’un tratto, scoperte di nuovo e si vedrà che hanno un grande senso. Esperienze molto crude ci vanno portando alla stessa situazione in cui si trovarono gli uomini quando per la prima volta le inventarono come si inventa un apparecchio necessario. L’esempio più grosso di ciò è la perdita del senso per la legge, che in una dose o nell’altra patisce quasi tutto il nostro continente. Dovunque si avverte un’antipatia non già verso questa o quella legge, ma un disgusto verso la legge, precisamente perché è legge. Si crede oggi, o si finge di credere, che la legge sia la quinta ruota del carro, qualcosa di inutile, superfluo, ingombrante. Oggi alla legge si preferisce la forza; e più ancora: si pretende di convincerci che ciò che si chiamava legge non era se non forza travestita, e quindi ipocrisia. E io non dubito che nella legge non vi sia sempre — e non per caso — un ingrediente di forza; ma, ecco, posta al servizio di una ingegnosissima macchina che permette normalmente di fare a meno della forza. La legge, come la cortesia, sono fini artifici di molle interposti tra gli uomini al fine di tentare che la convivenza consista un poco in qualcosa d’altro che nel mordersi la gola gli uni gli altri.

Credendo, dunque, come credo nella cortesia, non mi era possibile smettere di dirvi qualcosa, perché sta il caso che mi trovo ad essere, senza protesta espressa da parte vostra, nientemeno che il vostro presidente onorario.

Niente mi ha mai prodotto tanto terrore come presiedere qualcosa. Per questo non ho mai presieduto nulla. Questa è la prima volta che mi lascio trascinare a quel terribile ufficio di presiedere; ma è chiaro che è stato per la grazia del salvatore aggettivo annesso a questa mia presidenza. Io sono il vostro presidente «onorario», e converrete con me che essere qualcosa onorariamente è il modo più lucido di non esserlo.

Ricordo in questo momento una delle scene più castizze che ho avuto la fortuna di presenziare negli ultimi anni. Fu cinque o sei anni fa. Ricorderete che allora cadde su tutta Europa un inverno crudissimo. A Madrid vi furono feroci nevicate. Io ero una notte a cena al «Café de Levante». Vi ero andato, come faccio qualche volta, di fuga, per, raccolto su me stesso, solo in un angolo della vita madrilena, aprirmi i pori alla castizia che passa. Accanto al mio tavolo ce n’era un altro dove si riuniva una tertulia della piccola classe media madrilena. Una tertulia di quelle che meritano il titolo di ipertertulie perché era tertulia di dopo cena, di uomini che, dopo essere stati due o tre volte in tertulia durante il giorno, vi tornano di nuovo, accada quel che accada. Brindo l’immagine al signor Arniches, che intravedo là, seduto. Vedrete poi perché. Era abbastanza nutrita la tertulia quando sorge un nuovo elemento. Un uomo di magnifico portamento, di statura vantaggiosa, aspetto di gran chulo, come ormai ne restano pochi. Cappello bianco e largo, alla Lagartijo; mantello di stupendi risvolti, che portava tutti spruzzati di fiocchi di neve; bastone col pomo d’asta di cervo. Arrivando accanto ai suoi compagni di tertulia, si scoprì con un gesto splendido e li salutò dicendo:

—Signori, buonasera… teoricamente!

Mai ho visto più energicamente vissuta l’idea che il nostro popolo si fa della teoria. Teoria per lui è precisamente ciò che non ha nulla a che vedere con la realtà, ciò che mai coincide con essa. Qualcosa di simile è l’onorario. È il teorico nell’ordine sociale. Orbene: riconosco che mi va molto bene e accetto con simpatia questo modo di presiedere.

Presiedere è star seduto davanti ad altri; ma in questo caso, poiché si tratta di pura metafora e nobile fantasia, è star seduto senza essere seduto, su una sedia che non è tale sedia. Posso, dunque, abbandonarmici tranquillamente e senza apprensioni. Mi va molto bene questo perché mi dà un’aria d’inesistenza che apprezzo ogni volta di più. Mi fa sentire spettro e come ombra, ombra il cui corpo effettivo è il nostro Azorín, conduttore insostituibile, commodoro e pilota di questa nave.

Racconta José de Maistre che un bambino, di notte, andava per la stanza cercando la chiave della luce, e quando gli domandarono perché volesse accendere la luce, il bambino rispose:

—Perché voglio che torni il mio negro…

Il bambino chiamava negro la sua ombra, che l’oscurità si era inghiottita. Orbene: io mi sento come il negro d’onore di Azorín e, per conseguenza, di tutti voi. Ma è chiaro che, essendolo, meno posso fare a meno di parlarvi, perché i negri non fanno quasi altra cosa che parlare. Ricordate il vecchio proverbio così saporoso: «Andò la negra al bagno e ne riportò da raccontare un anno».

Quanto a ciò che potrebbe venirmi da dirvi, la verità è che è molto poco, che quasi non è nulla, che forse è soltanto questo.

Stamattina avevo davanti agli occhi il foglio dove la nostra Giunta comunica l’ordine del giorno. (Che problema sapere come si deve dire: l’ordine del giorno o la orden del día! Ricordo di aver discusso tre giorni consecutivi la questione senza giungere a una soluzione soddisfacente). Mettiamo che il foglio ci comunicasse l’ordine del giorno per questa giornata. Vi appariva l’intestazione, dove c’è il nome della nostra Società, e sotto il nostro emblema. Questo emblema è una penna, e questa penna è una penna d’uccello; più precisamente: è la penna dell’ala di un uccello. Ciò mi faceva pensare che noi scrittori apparteniamo al totem dell’uccello, che siamo uccelli, uccelli del buon Dio e più o meno di riguardo. Tale dipendenza ci impegna oltremodo perché ci obbliga a molto. Poiché, per molti che siano i cambiamenti delle specie trasformandosi le une nelle altre, e sebbene il meccanismo darwiniano abbia fatto sì che la penna dell’ala, che la penna aligena si converta in stilografica, questa non può dimenticarsi, non può disinteressarsi del tutto della sua origine volatile.

E poiché la vita umana è meravigliosa, risulta che c’è stata un’epoca, e in quell’epoca un uomo di così eccelso umorismo che poté dilettarsi a definire l’ala. Che vadano pure a farsi i fatti loro gli altri! Quest’uomo fu Platone, e poiché nemmeno negli innumerevoli e minuziosi libri che su di lui si sono scritti ho visto che si faccia constare questa definizione, voglio io sottolinearla in questa grata sobremesa.

Tutti ricordate la scena, perché è immortale. Il luogo è Atene; la stagione, l’estate; l’ora, quella della siesta. Socrate, che non usciva mai dalla città perché gli occorreva per respirare l’aria della piazzetta (per lui respirare era conversare), Socrate si lascia una volta sedurre da Fedro verso le periferie. Il caldo è così soffocante che non hanno altro rimedio che ripararsi sotto un’ombra sulle rive del fiume Cefiso. (Sappiasi che è il nome con cui i greci dicono Manzanares). Orbene: sulla riva del Cefiso si formava un’ombra per mezzo di alcuni platani. Là sono i nostri due personaggi. Platone è così formidabile scrittore che ancora oggi, ventiquattro secoli dopo, vediamo, nelle sue parole, Socrate e Fedro sudare. Sulle loro teste, posate sui platani, le attiche cicale canicolari raspavano sul loro ribeca. Sono quasi, quasi le parole stesse di Platone; non mi tacciate di manierismo!

Orbene: è lì dove, in un istante di egregia emozione, Socrate definisce l’ala. È, dice, la natura dell’ala essere atta a portare verso l’alto tutto il pesante. Niente di più; niente di meno.

Amici, non c’è scampo. La missione dell’ala e, quindi, della penna è la lotta senza quartiere contro la gravezza. L’ala e la penna hanno nell’universo questo destino aviatorio, aerostatico: sono ciò che sono ed esistono solo nella misura in cui ottengono o, per lo meno, procurano la vittoria su tutto ciò che gravita, su tutte le umane gravezze. E le gravezze dell’uomo, cioè i suoi mali peculiari, sono tre: la birboneria, la stupidità e la noia. Forse bisognerebbe aggiungere, soprattutto in Spagna, un quarto gravame: la cafoneria.

Amigos, no tenemos escape. La misión del escritor, del bípedo con pluma, es la de elevar hacia lo alto todo lo inerte y pesado. Cuando el escritor no logra o, por lo menos, no procura hacer esto, ¡ah!, entonces el escritor no es escritor, porque entonces la pluma no es pluma, que es plomo.

Diciembre, 1935

Friends, we have no escape. The mission of the writer, of the biped with the pen, is to raise upward all that is inert and heavy. When the writer does not achieve or, at least, does not procure to do this, ah!, then the writer is not a writer, because then the pen is not a pen, but lead.

December, 1935

Amici, non abbiamo scampo. La missione dello scrittore, del bipede con la penna, è di elevare verso l’alto tutto ciò che è inerte e pesante. Quando lo scrittore non riesce o, per lo meno, non procura di far questo, ah!, allora lo scrittore non è scrittore, perché allora la penna non è penna, che è piombo.

Dicembre, 1935