Abstract

An armistice toast: Ortega, ill, denies that the war’s sufferings were for Spain someone else’s affair — the country’s nerves took part in it more than in any other — and rereads pain as the reverse of heroism, “an immense harvest of human heroism”. He closes with invocations to France and England. An occasional speech, not a theoretical text.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Señoras y señores: Si de todos modos había de pediros benevolencia por tomar la palabra en este acto donde todos tienen derechos iguales, mucho más lo he de hacer sabiendo que voy a defraudaros.

Esperabais, sin duda, palabras amplias y bien razonadas, dignas de la hora. Yo sólo podré pronunciar brevísimos giros inadecuados y faltos de vibración, como corresponde a un hombre enfermo. Y aun éstos, haciendo un esfuerzo violento, justificado sólo por mi deseo de que no quedara muda esta fiesta —yo ignoraba que existían unas admirables cuartillas del maestro Cavia—, esta fiesta de otoño, en que nos hemos reunido para celebrar con una dilatación de los corazones, la magnífica vendimia de paz que hacen estos días los hombres.

Ya que los destinos de España han querido que ésta se halle ausente de los dolores de la guerra, justo es que se adelante a expresar una generosa alegría por el fin de esos dolores ajenos.

¿Son ajenos esos dolores? ¿Es cierto que las atroces angustias, que los gigantescos sacrificios de estos cuatro años fabulosos, han pasado ante los ojos de los españoles como ajenos sucesos? Yo creo, señores, que tenemos derecho a decir que no, y que fuera injusto confundir las dificultades, las imposibilidades, los errores de la política, con el verdadero estado de nuestra sensibilidad. No, señores; la historia que describe, no los hechos externos, sino el secreto fermentar de los corazones, mostrará, andando el tiempo, que los nervios de España han participado en esta guerra más que en otra alguna y que el subsuelo de nuestro pueblo ha sido profundamente conmovido por las grandes escenas lejanas. Los años que vienen, van a demostrarlo. Como el resto de las naciones, bien que a su manera, España se ha sentido internamente trabajada por la gran tormenta universal.

Pero ahora la tormenta ha pasado y queda sólo un fértil olor a tierra húmeda que anuncia prodigiosas germinaciones. Es la hora de la paz, señores, quiere decir que es la hora del júbilo, del aplauso y del perdón.

Miremos hacia adelante, y del pasado renovemos sólo recuerdos favorables. Porque de esta guerra, mientras duraba, se ha maldecido excesivamente. Allá, cuando sonaban los primeros cañonazos, díjose que había fracasado la civilización, precisamente en la vigilia de su mayor victoria. Parece dispuesto en la naturaleza que el bien no puede elegir sus caminos, sino que tiene que andar por el único que le dejan las impurezas, los egoísmos y las pasiones. Lo decisivo es que a la postre triunfe el espíritu, y como Renan decía, anulándose los intereses unos con otros, los intereses feos, dé su empujón definitivo al mundo el ideal generoso. Y eso es lo que ha pasado.

Cuando miramos ahora, a redrotiempo, estos cuatro años que han huido, comenzamos a ver cómo las penalidades de la guerra, aquello que primero era a nuestros ojos solo y puro dolor, adquiere hoy un sentido más humanamente positivo. El dolor es casi puramente un mal, pero notad que sin dolor no aparecería en la guerra lo que es, acaso, la gloria mayor del esfuerzo humano, no existiría el heroísmo.

Pensad que el dolor no es sino el envés del heroísmo, es la manifestación del espíritu heroico del hombre y así esos días cruentos, esos días penosos, aparecen como una inmensa cosecha de heroísmo humano que nos ha revelado hasta qué punto estaban llenos de esta virtud ingente los sótanos del alma de esta especie aventurera del hombre, que va siglo tras siglo creando un futuro cada vez más perfecto y más noble.

Por eso en esta hora lo primero que tenemos que sentir es un impulso de loa y de entusiasmo por esos pueblos heroicos que han luchado. En todo instante de estos días algo resuena en nosotros como prolongada jaculatoria, y parece que dice:

¡Gloriosa Francia, patria de la libertad, hermana de la constancia, maestra de la vida risueña! Tú llegaste —decía mi corazón todos estos días—, tú llegaste enferma a las trincheras, pero tu voluntad, de severo y callado heroísmo, te hace salir de ellas con un cuerpo dotado de una nueva y eterna juventud.

¡Gloriosa Inglaterra, que vas por la vida, lenta e incansable como las estrellas por el cielo!

¡Gloriosos Estados Unidos! Tierra de mocedad, donde la vida pulsa con tal pujanza que no parece sino que todos los días la estrena. Nación multiforme que has sabido aspirar de los milenios pasados la esencia de mejor humanidad, y poniéndola en manos de tu Presidente has querido que con ella selle el porvenir.

¡Gloriosa Bélgica, dolorosa de las naciones, que transida por las espadas, renaces consagrada por tus heridas!

¡Gloriosa Italia, que cumples tu total resurgimiento, y vosotros, los pueblos del Sur y de Oriente, que habéis acertado a acompañar en su genial afán a esos pueblos mayores!

España, esta poco afortunada España, en esta hora de la paz os envía un mensaje de gratitud. Habéis traído al mundo esta paz única y sin ejemplo en la historia.

Porque hasta ahora, señores, era la paz no más que la cesación de la guerra. Propiamente significaba paz algo negativo: el gesto de cansancio que hace el guerrero rendido.

Pero ahora la paz es algo humanamente positivo y seguro; es la instauración de un nuevo modo fecundo de convivencia entre los hombres. Y esta paz nos la han traído con sus dolores esos pueblos.

Pero la hora requiere también un movimiento de generoso respeto hacia los vencidos, para esa raza que, derrotada, ha sido la primera en aceptar el ideal de los que la vencieron.

Pero me diréis que si llegó la hora de la paz, raro es que se anuncie con tan graves derrumbamientos interiores como ya ha comenzado a sentirse y como otros que parecen sobrevenir. ¡Ah! Es que ahora necesita el mundo hacer la liquidación de lo que dejó de hacer a su tiempo. Los que llegamos en estos años al medio del camino de la vida, nos damos súbitamente cuenta de que nuestra juventud coincidió con una época insuficiente de la historia.

Recordad lo que había en el fondo del alma pública europea hace diez, hace quince años, y pensad: ¿es que correspondía la organización de pueblos como Francia e Inglaterra al estado de convicciones jurídicas y morales que existían en la mayor parte de sus colectividades políticas? Ciertamente, no. Mientras por un lado veíamos triunfar en el fondo de los corazones las nuevas ideas de justicia y de igualdad fecunda y jerarquizada, notábamos que los Estados necesitaban transferir sus mejores riquezas a la preparación de una guerra que amenazaba desde lejos. Y desde lejos, como un tirano, gobernaba la vida universal.

Los últimos veinte años de la historia europea no han sido sino eso: la imposibilidad de desentenderse de instituciones caducas, de instituciones que estorbaban la marcha de los nuevos sentimientos, para prevenir esa horrenda amenaza de una guerra que llegaba.

Ahora, al concluir la guerra, concluye aquella forzada hipocresía, y con ese sacudimiento feroz que es la convulsión guerrera, todas esas instituciones ineficaces, toda esa parte muerta de las viejas naciones, viene a tierra. Y queda sólo en pie lo que es puro, lo que es joven, lo que es posible en el porvenir.

Esto quiere decir, señores, que se hace en estos días la liquidación de todo un pasado, de toda una época, no sólo de todo un siglo; ¡quién sabe si de toda esa amplia edad que viene del Renacimiento acá!

Una nueva Edad empieza. ¿Y sabéis lo que es una nueva Edad? No creáis que para que una nueva Edad aparezca ante los ojos del hombre hacen falta grandes descubrimientos de nuevas tierras insospechadas, de nuevas ciencias no presumidas, sino que basta con algo aparentemente mucho más sencillo.

Lo que las cosas sean para nosotros —permitidme esta breve digresión filosófica harto propia de mi oficio—, más que de ellas mismas, depende de nuestra sensibilidad. Qué sea lo que en ellas vemos depende de nuestra atención, de lo que a ellas vayamos a buscar. Si esta atención, si esta sensibilidad cambia, la faz del mundo cambia también. Aun permaneciendo unas mismas las cosas del orbe, basta con que varíe nuestro sistema de preferencia, nuestra ordenación en el admirar o en el odiar, para que la perspectiva del mundo cambie totalmente.

Pues bien; el mundo que ahora empieza a nacer no es sino hijo de una variación en ese sistema de preferencias del hombre. En uno de sus cuentos maravillosos, el gran escritor británico Wells refiere que cierto aficionado a antigüedades halló en un comercio de ellas un huevo de cristal. Extrañado al ver que entre obras tan valiosas existiese objeto tan ruin, lo compró. Al salir a la calle, y cuando andaba contemplando el raro objeto, al moverlo en una cierta dirección vio con sorpresa que en el fondo se reflejaban escenas maravillosas en que intervenían seres de forma desconocida. Era que en aquel huevo de cristal, por una serie de reflexiones complicadas, venían a verterse los rayos de un planeta y reproducían escenas de la vida doméstica del astro. Con una leve inclinación, pues, aparecía en aquel trozo de cristal un mundo desconocido. Pues bien, señores: para que una nueva Edad aparezca y un nuevo mundo se presente, basta con que el corazón del hombre, breve nido de venas azules, se incline un poco más acá o un poco más allá del horizonte, basta con que se incline a preferir la fuerza a la justicia o la justicia a la fuerza.

Pero no es posible, señores, que orientemos nuestras almas al júbilo de esta paz, sin que a la vez, siquiera sea en forma fugaz, reflexionemos sobre las obligaciones de España al entrar en el tiempo nuevo. Pensad que sólo la raza española ha estado ausente de los dolores de esta inmensa contienda mundial. Esto nos permite afrontar la nueva Edad sin heridas que restañar, sin dolores que curar, sin cargas que arrastrar y sin asolaciones que reedificar. Pero todo ello nos obliga tanto más a que España represente con sin igual pureza la fisonomía de esta paz, de esta paz que amanece teñida con el color de la sangre vencedora.

Es preciso que por una frenética exaltación del patriotismo edifiquemos en breve tiempo una España ejemplar, cimentada en la justicia, creada por la libertad, donde todo hombre posea su puesto en el trabajo y reciba bien nutrido su jornal de placer.

Triunfe, señores, triunfe de mar a mar, sobre el viejo haz español un ansia de justicia y un imperativo de libre modernidad. Es preciso que en el tiempo nuevo entre una España nueva.

Señores: España saluda con una activa jaculatoria de esfuerzo a esos pueblos creadores de la paz. Por eso yo, en esta fiesta de copas alegres, brindo —y con esto concluyo— por la paz que ha sido hecha, por los pueblos gloriosos que nos la han forjado y porque en la historia naciente esta centenaria España dé un retoño inmortal.

En el Palace Hotel, de Madrid, 18 de noviembre de 1918