Abstract
A toast in Buenos Aires: fresh from a course on social themes, Ortega treats “the foreigner” not as a singular person but as an institution and a magistracy — the strangers’ hut of primitive peoples, Plato’s “divine stranger” — explaining his prestige by the fact that he is the unknown, a void that fantasy fills with jewels. He cites Simmel on the confidences made to a stranger in a railway carriage: “the morality of the tangent”.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Excelentísimo Presidente de la Nación, señoras, señores.
Los tres hombres que después de hablar el señor Vehils hemos tenido la complacencia de escuchar, son tres ilustres argentinos junto a los cuales yo podría, a lo sumo, pretender trato igual. Pero ellos, con hospitalaria generosidad, se han empeñado en desprenderse de una porción del tiempo que por igual nos correspondía y formarme —quisiera o no— una pequeña fortuna de minutos que esperan verme ante ustedes dilapidar.
¡Está bien!, no voy a aprovecharme de ello, pero no tengo derecho tampoco a oponerme: es el eterno y admirable rito ante el forastero. En nada mejor que ellos, concédenme una preferencia, no dedicada a mi individual persona, en cuyo caso yo no lo hubiera aceptado, y no lo acepto después de todo porque no voy a aprovecharla, sino a un ocio que en este momento sirvo, a una magistratura que por azar transitorio ejerzo. Señores: yo no soy ahora yo, yo soy nada menos que el extranjero y beneficio de sus melancólicos privilegios. ¡El extranjero!, el hombre que no está, sino que llega y se va.
Como he vivido estos dos últimos meses absorto en la labor de un curso sobre temas sociales, no he logrado aún emerger de ellos, y han de perdonarme ustedes que vea todo aún bajo la perspectiva de los fenómenos sociales. Pues bien: es sabido que en las poblaciones de los pueblos primitivos hay casi siempre una choza o cabaña, casi siempre la mejor del lugar, la más amplia, la más aseada, que se llama «la casa de los extranjeros». En ella se recibe al extraño, al transeúnte, se le atiende, se le agasaja y se le escucha. Pues por una contradicción esencial, tan frecuente en las cosas humanas, el extranjero, que en esa etapa primaria de la civilización es el enemigo nato cuando se presenta en tropel y en colectividad, es a la vez, cuando llega señero o en mínimo grupo, una criatura como superior, que suscita emociones casi religiosas y que parece un poco divina. Platón casi siempre que habla del forastero que llega a Atenas, le suele llamar «el divino extranjero». ¡Extraño, extraño uso, que en formas más sutiles, menos palpables, perdura a lo largo de toda la historia humana hasta nuestro tiempo, y hace que hoy estos señores, por lo menos mis iguales, me aventajen de rango y pretendan que hable yo más tiempo!
El «extranjero» no es la persona singular, es una institución y, como dije, una magistratura, un hueco impersonal que llena uno tras otro todo el que hace este humildísimo hacer: llegar e irse. ¡Qué tema, señores, qué tema para hablar de él a fondo en ocasión oportuna! ¿Por qué, en igualdad de condiciones, esa prestigiosidad del extranjero como tal? No voy a dilucidarlo ahora en modo alguno; digamos sólo que el extranjero es siempre, más o menos, el desconocido, y la fantasía humana, que en su primer movimiento es siempre generosa, llena ese vacío que es lo ignorado con sus fantásticas joyas y abre al extranjero un crédito de todas las virtudes y de todas las gracias. Claro es que con ello no solemos hacer sino prepararnos una desilusión. Pero la fantasía humana no renuncia por eso —el día que la fantasía renuncie, la humanidad perecerá. De la desilusión que un extranjero nos produce, renace ante un nuevo extranjero, un nuevo brote de ilusión, un nuevo llamear de esperanzas; porque es la fantasía constante incendio, fénix de fuego, que se enciende y reenciende perpetuamente en sus propias cenizas.
El extranjero es el transeúnte que roza un momento nuestra existencia. El hombre más sutil que había en Europa hacia 1910, Jorge Simmel, solía decir —se lo he oído muchas veces, fue maestro mío a comienzos del siglo—, solía decir que las confidencias más radicales las ha hecho un hombre a otro hombre totalmente desconocido para él, que encontró durante unas horas, en un vagón de ferrocarril o en el bar de una estación. Dos existencias, que un momento antes se ignoraban por completo, gozan de un roce subitáneo y fugaz en la inmensidad del espacio. Es la moral de la tangente, y acaso ella explica el tenaz mito del extranjero.
Yo he sido siempre muy mal geómetra porque, secretamente apasionado, cuando el teorema me propone considerar la relación entre la tangente y la curva, me distraigo del teorema y me sorprendo imaginando cuál será el íntimo estremecimiento de la curva al sentir que esa tangente, que viene de vagas ultranzas, de lejanos lejos, tal vez de infinitudes, llega a ella y la toca un solo instante y en un solo punto, para seguir sin demora su vuelo de ave migratoria hacia otras ultranzas, hacia problemáticos lejos, hacia nuevas infinitudes —símbolo condensado de lo fugaz que es nuestra vida y todo en ella; nuestra vida, que conmovida, se pasa ella misma— quiero decir que la vida se pasa la vida teniendo que decir de cosas y personas: «¡Ya vienen! ¡Ya vienen!» y casi sin poder tomar aliento: «¡Ya se van! ¡Ya se van!» Es la moral de la tangente. Y heme aquí, señores, que entre las muchas cosas que ha ido uno siendo y haciendo, heme aquí ahora obligado a hacer de tangente. ¿La de qué precisa curva?
Esta hora es, en efecto, un punto de una línea comba formada por la trayectoria de veinticinco años, ahora cumplidos, en la obra de la «Institución Cultural Española». Pero la historia de esta Institución es, a su vez, sólo segmento de la ingente y conmovedora curva que representa en mi geometría apasionada la evolución de las relaciones entre la Argentina y España. ¡Nada menos que eso! ¿Creían ustedes que lo antedicho era sólo literatura? Ya he dicho, ya he hecho constar recientemente, que yo no hago nunca sólo literatura. ¿Cómo no va a ser estremecedor hacerse cargo de la realidad enorme a que esta ceremonia pertenece, a que esta ceremonia es tangente?
Pero resulta, señores, que ya he tirado al viento un buen puñado de los minutos que estos señores me han concedido, y voy a tener que contentarme con insinuar, primero sobre ese segmento, y si queda algún tiempo sobre esa gran curva, algo siquiera, algo que nos dé qué pensar.
La historia de la «Institución Cultural Española» es, como he dicho, un capítulo de las relaciones entre España y América. La precisión de lo que significa ese capítulo sólo podría lograrse plenamente si se pudiera contar entera la historia de esas relaciones desde que España crea estos pueblos transatlánticos hasta la fecha. Porque bien, bien, no podemos entender nada histórico —y todo lo humano es histórico, y el hombre no es en sustancia más que historia— si no lo situamos y lo colocamos con todo rigor en su sitio, dentro de esa cadena enorme que es la historia. La razón de ello es de una simplicidad perogrullesca, es ésta: lo que al hombre le pasa hoy, le pasa en esa forma y de ese modo porque ayer le pasó otra cosa, y así sucesivamente; y no entendemos lo que pasa hoy si no nos cuentan el cuento de lo que ayer y anteayer pasó, porque ello es la clave y la causa de lo presente. La razón de las cosas humanas es una razón cuyo razonar consiste en contar, en contar historias, es la razón narrativa, es la razón histórica. El segundo amor de un hombre es inevitablemente de otro estilo que el primero, porque ese segundo amor nace llevando ya sobre sus hombros la experiencia del primero. La historia es una melodía de experiencias en que cada nota supone todas las anteriores y emerge de ellas. Por eso la canción de la historia hay que cantarla entera. Hablando en puridad: no hay más historia plenamente tal que la historia universal; todas las demás son miembros amputados y descuartizamientos.
Claro es que no podemos soñar hoy ni siquiera en contar una parte de esa historia de las relaciones entre la Argentina y España, grosso modo y en abreviatura, sobre lo que ha significado la «Institución Cultural Española», sí puede decirse lo siguiente: desde su secesión e independencia a comienzos del siglo pasado la Argentina hizo —como ha recordado hoy el señor Ibarguren— lo que han hecho siempre, siempre, con ejemplar uniformidad, todas las colonias que conquistaron su libertad: vivir aproximadamente durante cien años vueltas de espalda a la metrópoli, suspicaces y hostiles hacia ella. La Argentina se apartó de España y especialmente de su cultura, y parejamente a lo que hizo Norteamérica, bien que en modo más extremado, buscó las disciplinas de la civilización francesa. Hizo perfectamente, no había a la sazón para este país cosa mejor que hacer. Mas, entiéndase bien, ese apartamiento de España y de su cultura se produjo sólo en el estrato de la vida colectiva argentina que depende de la voluntad de los hombres. Pero en la persona, como en la nación, la voluntad opera sólo en la superficie: las zonas profundas del ser no le obedecen, sino que están sometidas a la inexorabilidad del destino.
Argentina había sido España, y lo que alguien fue, sigue inevitablemente siéndolo —bien que en esa peculiar forma de «haber sido» como el hombre maduro es maduro gracias a que sigue actuando en él su juventud en la forma de haber sido aquel joven que fue. Si del hombre maduro se amputase esa permanente y como disecada juventud, se convertiría ipso facto en un joven inexperto. Nuestra juventud lleva sobre sus hombros nuestra madurez, nuestra madurez vive encaramada sobre nuestra juventud, y es, en cierta medida, su fértil explotación.
La España que la Argentina fue, perdura, pues, quiérase o no, en el fondo más soterraño de vuestro ser y sigue allí, tácita, operando sus secretas químicas; por eso durante la centuria que sigue a la independencia de este país, a pesar de la voluntad decidida y deliberada existente en amplios grupos de esta nación de hacerla hermética al influjo español, España, como no podía menos, sigue influyendo bien que en forma menos visible, en forma como subrepticia, atmosférica o de difusa ósmosis. No necesito probarlo. El señor Ibarguren acaba egregiamente de espumarnos la abundancia de esas pruebas. Sin embargo, aquellos grupos consiguen en parte su propósito —propósito, repito, que era lo más razonable en aquella sazón— de sustituir el contacto cultural con España por el aprendizaje de las formas de vida intelectual, artística y de trato social peculiares a Francia. A comienzos de este siglo puede decirse, sin grave error, que apenas si eran leídos aquí los autores extranjeros. Pero he aquí que con el siglo comienza en España un renacimiento de todo orden, pero especialmente intelectual y artístico. En este momento, hacia 1914, nace la «Institución Cultural Española», con el designio de atraer nuevamente la atención de los grupos más cultivados de la Argentina sobre la producción científica y por recodos sobre la producción artística y literaria de España. La «Institución Cultural Española» fue una máquina creada con este fin y no puede desconocerse que su eficiencia fue fulminante. No es preciso contar esta porción del cuento, porque a todos consta en sus líneas generales y en sus líneas más precisas acaba de refrescárnoslo en la memoria el señor Houssay, con fértil sobriedad.
Ahora bien, cuando una máquina rinde tan rápido y amplio efecto es que estaba muy bien hecha, y si hay una máquina muy bien hecha, quiere decirse que tras ella y antes de ella había ideado un glorioso ingeniero.
La gente, eso que yo llamo «la gente» —y que viene a ser lo mismo que, sin darse cuenta, quieren decir los demás cuando usan este vocablo— la gente, como he pretendido demostrar pesadumbrosamente en un curso en «Amigos del Arte», es siempre desalmada e inatenta, y no advierte que, de estar bien a estar mal una cosa, va casi siempre sólo una levísima diferencia, un detalle inaparente a distancia. Pero la gente mira todo burdamente y muy de lejos, la gente no ve nunca la nariz de Cleopatra, que habían visto —y bien de cerca— César y Marco Antonio, y aun el cauteloso Augusto —los cuales no eran de cierto «gente». Pues bien; en este caso todo dependió de ciertos detalles en los reglamentos constitutivos de esa Institución, referentes al modo de ser elegidos los profesores de ultramar. La idea de esos detalles y de toda la Institución, la vigilancia sobre su funcionamiento, se deben ante todo y sobre todo a un gran español que es, a la vez, un gran argentino, a un hombre de alma ejemplar, de moralidad acerada, insigne en su profesión quirúrgica, maestro de varias generaciones de médicos argentinos, honra y prez de ambas naciones, ese espléndido montañés de semblante venerable, atezado y triangular, que es don Avelino Gutiérrez, a quien desde aquí envío un abrazo, no sé si filial o fraterno, que no he podido darle todavía.
Destacar esta figura no es olvidar ni escatimar el reconocimiento a los sacrificios y colaboraciones que en torno a él se agruparon y que siguieron su designio. ¡Saber seguir, señores, es virtud pareja a saber guiar!
Fue el primer profesor traído por la «Institución Cultural Española» un hombre que ya entonces gozaba de universal nombradía, uno de los grandes maestros que su ciencia pasea en el mundo: el gran filólogo don Ramón Menéndez Pidal. Al año siguiente, la nao de la carrera de Indias trajo a un mozo muy mozo, poco conocido en su tierra, nada en el resto del mundo, y naturalmente ignorado aquí por completo, salvo por esa docena de jóvenes que en todas partes viven en acecho de lo joven. A aquel mozo alucinado y que llegaba sin equipaje, solían llamarle con el mismo nombre que usan ustedes para llamarme a mí. Está aquel hombre demasiado joven harto lejos del hombre demasiado maduro que yo soy, para que no me sea lícito hablar de él como de un fenecido o de un antepasado. Yo creo que en homenaje —ciertamente no de mí mismo, sino de este pueblo porteño— debo contar lo que entonces aconteció.
Llegaba yo, como era justo y forzoso, sin que me precediera ningún aleteo de ninguna fama. Yo sabía entonces muy poco, yo tenía poco que dar. Traía, pues, muy pocas cosas; en rigor, no traía sino fuego, un poco de fuego para hacer cosas. Rendí como pude mi primera conferencia en la Facultad. El salón estaba lleno, con el lleno normal y corriente de las inauguraciones; los periódicos dieron noticia de mi iniciación con las fórmulas habituales. Pero he aquí que, a la semana siguiente, cuando el doctor Avelino Gutiérrez —que se convierte en padre de todos los profesores que la Institución ha traído— vino a buscarme para llevarme a la Facultad, nos encontramos con que la calle de Viamonte había sido ocupada por la fuerza pública porque una muchedumbre ingente se había amontonado en ella, había asaltado la Facultad y había roto los vidrios de las ventanas. ¡Y toda esta turbulencia y tanto desmán, no más que por el afán de escuchar una lección filosófica de un mocito gallego, ocho días antes totalmente desconocido!
Comprenderán ustedes que, ante hechos de tales dimensiones, el mérito de mi conferencia queda por completo fuera de la consideración. Había de haber sido excelente —que no lo era, ni mucho menos— porque como he indicado, yo entonces tenía pocas ideas, tenía poco que decir y hasta mi lengua aún balbuceaba; había —repito— de haber sido excelente mi lección, y en ningún caso pudo corresponder el tamaño exiguo de la causa a la enormidad de los efectos. Yo había sido sólo un pretexto para que se disparase el formidable resorte de vehemencia y de transmisión eléctrica de las impresiones, que poseía entonces Buenos Aires. No crean ustedes que cuanto he dicho en menoscabo de mi labor de entonces, es fingida modestia; nada de eso, es la pura verdad. La prueba de ello es que ahora voy a tener la insigne audacia de decir —porque creo que debo decirlo— algo contrapuesto, a saber: que si yo entonces llego a dar una conferencia como las que acabo de dar en «Amigos del Arte», de la Facultad de Filosofía y Letras no hubiera quedado piedra sobre piedra. Evidentemente, evidentemente algo ha variado en la estructura de esta ciudad. ¿Será la variación, el cambio, favorable o lamentable? No voy yo a permitirme juzgarlo, ni voy a decir en qué consiste la variación; si he contado lo antedicho no fue ciertamente por complacerme remembrando una vieja hora de marchito triunfo, sino para dejar en las mentes que me escuchan sembrada una fecunda preocupación; pero lo que sí es evidente es que entonces se produjo ese efecto, y que ese efecto no podría atribuirse a mí. Porque los dos hechos que integraron el mitológico suceso son incuestionables: uno, que se produjo un motín de multitudes no más que por querer oír, escuchar a un hombre que ni la nombradía previa ni el favor de la Prensa habían aventajado; otro, que mi lección no era, claro está, nada, y en ella sólo había lo único y lo más, dado lo que yo era, que podía haber: hervor de entusiasmo por mi profesión filosófica, cierto garbo juvenil, y, tal vez, un poco maltraído cuerpo de profesor. Total, ¡nada! Total, ¡nada!
Eso que he llamado «transmisión eléctrica de las impresiones», porque no fue la Prensa quien las transmitió, produjo en mí tan penetrante efecto, que ha influido mucho en ciertas ideas mías sobre el cuerpo social y sobre el más y el menos de la elasticidad en él. Junto a eso y la vehemencia, sólo hubo entonces y habrá siempre la condición de que, en igualdad de situaciones, menos aún, a poco claras que sean las calidades de una actuación española, encontrará siempre resonancias superiores en el alma argentina que la de todas las demás razas. Como también es verdad la viceversa: cualquiera cosa de alguna calidad que vaya a España de estos países hispanoamericanos, y especialmente de la Argentina, encontrará allí superlativas repercusiones. Ni siquiera hace falta hablar de cosas de calidad. Para no referirme sino a lo trivial, diré a ustedes lo siguiente: yo no voy casi nunca al teatro por razones que no es el caso enunciar ahora, pero cuando a Madrid llega alguna compañía argentina de teatro, cualquiera que ella sea, yo no tengo más remedio que asistir a varias representaciones, porque hay siempre algunos amigos que no han estado nunca en Sudamérica y que sienten enérgico placer, simplemente, en oír hablar argentino, y se obstinan en que yo les acompañe porque siendo yo en Madrid algo así como cónsul ideal de una ideal Argentina, mi compañía en tales casos parece que garantiza a estos amigos la autenticidad de su deleite.
Siendo esto así, siendo esto así —como incuestionablemente lo es, si se saben hacer, como hay que hacer en toda apreciación de fenómenos complejos, algunas sumas y algunas restas— comprenderán ustedes hasta qué punto —la anécdota que acabo de referir lo demuestra— me parece fabulosamente ridículo casi todo lo que dice el vulgo de acá y de allá sobre la diferencia de nuestras hablas. Yo soy gran ignorante en materia de lingüística, pero lo que a mi juicio urge más decir sobre este asunto del habla, es tan palmario, tan elemental y tan distinto de lo que suele decirse —no me refiero, claro está, a los especialistas— que voy a atreverme un día de éstos a plantear la cuestión a mi modo intentando marcar ciertas líneas generales que me parecen evidentes.
Pero a lo que voy es a decir que la forma de comunidad existente entre las naciones Centro y Sudamericanas y España es una realidad que subsiste más allá de toda voluntad o de todo capricho que quiera negarla o destruirla. Los sociólogos —que son gente, la verdad, de bastante escaso cacumen— no han logrado aún definirnos, ni siquiera nombrar adecuadamente ese género de sociedad, de comunidad, en que, para emplear las palabras de San Pablo, «se mueven, viven y son» las naciones. Porque es sumamente insólito que la nación, que la sociedad nacional —aun siendo como es, la sociedad más intensa que existe— viva aislada y reclusa dentro de sí misma; lo normal es que la nación forme parte de otra sociedad más tenue, pero más amplia y no menos real o efectiva. Un ejemplo de ello es la comunidad europea o americana, en la cual un conjunto de pueblos convive ejercitando ciertas formas de vida; y otro ejemplo es esta comunidad de hecho —no sólo de deseo ni vana propaganda— que constituyen los pueblos de habla, sangre y pretérito españoles, y que consiste también en el ejercicio de otro determinado repertorio de formas de vida.
En la medida, señores, en que exista lo que yo llamo «cosas consabidas», hay unidad social, hay comunidad —quiérase o no— cualquiera que sea la independencia y aun la autoridad de los Estados. Pues hay cosas que no sólo las sabemos cada uno de nosotros, sino que además sabemos que las saben también los demás; esto que sabemos junto con otros lo consabemos, y por eso es «lo consabido». Ello constituye el tesoro común de nuestra vida, en ello comunicamos y en ello comulgamos cualquiera que sea la obstinación contraria de nuestra voluntad. Después de dos siglos de inmortal petulancia empieza ahora el hombre a redescubrir que no todo lo humano depende de su albedrío, sino que la realidad humana tiene una inexorable estructura, ni más ni menos que la materia cósmica. Y esa estructura real de lo humano, si se tiene el alma prócer, no hay sino aceptarla, bien entendido que para hacer luego lo que nos cuadre; mas, por lo tanto, aceptarla, reconocerla, no con un reconocimiento de mera idea, sino con todo nuestro ser. Otra cosa noten que es la política del avestruz, que divisando en el paisaje un peligro mete su cabeza idiota debajo del alón, creyendo que así ha aniquilado el paisaje con peligros y todo. El hombre occidental, tras dos siglos de imitar al avestruz, está ahora redescubriendo todas las realidades que galanamente ha querido desconocer durante esos doscientos años. ¿Qué cómo la redescubre? ¡Ah! Como se redescubre siempre la realidad que hemos pretendido negar: tropezando con ella, rompiéndonos la cabeza contra ella, y una vez más tiene razón el cochero del poeta Heine, que cuando éste le preguntaba qué son las ideas, respondió: ¿Las ideas? ¡Las ideas…, pues son las cosas que se le meten a uno en la cabeza!
Ese tesoro de lo consabido, de lo que hemos vivido juntos, de lo nuestro por ustedes, de lo de ustedes por nosotros, no nos lo puede quitar nadie, ni siquiera nuestra propia voluntad. El hombre no es sino «lo que le pasa», y ese pasado que le ha pasado a uno, a nosotros, al hombre, no es algo que se fue, sino al contrario: porque nos pasó, queda operante dentro de nosotros, como queda de la herida la cicatriz o como en el dulzor de la uva de otoño queda prisionero el sol del estío… Al reconocimiento de ese tesoro común, de ese tesoro de lo consabido, debe estar siempre abierto el fondo del alma argentina. Esa porosidad hacia España proporciona a este pueblo joven una vena rica y profunda de largo pretérito, de suerte que, cuando ustedes y nosotros metemos bien la mano en la vieja arca de nuestra historia —sea durante los siglos coloniales en que la Argentina era colonia de España, sea en las décadas de independencia y de hostilidad, sea en los últimos cincuenta años en que una parte de España, por una sugerente aventura de las palabras, es llamada «Colonia Española de la Argentina»— veremos cómo al llegar bien al fondo de ese arca, al palpar una antigua joya familiar que nos es común, nuestras manos se juntan y se oprimen. No hagamos depender nuestra mutua comprensión de las vicisitudes de la historia que hace oscilar a todo pueblo entre el esplendor y la miseria. Somos algo común en todo tiempo —en la hora feliz como en la hora amarga. Otra cosa fuera poco gallarda y menos perspicaz. Haciendo discanto a los cantos populares que con tanto garbo ha rasgueado ante nosotros el señor Ibarguren hace un momento, me atrevo a recordar el que canta el joven campesino andaluz abrazado a su guitarra, y que dice así:
Anda, ve y dile a tu madre,
si no me quiere por pobre,
que el mundo da muchas vueltas
y ayer se cayó una torre…
El tiempo que me había sido otorgado, no sólo ha concluido, sino que está rebasado, de suerte que me encuentro no pudiendo decir nada sobre esa gran curva de las relaciones entre España y América desde que estos pueblos fueron creados hasta la fecha. Y es el caso que eso que pudiera decir daría un peculiar sentido a cuanto he hablado de nuestro común pasado, sentido muy diferente del que acaso en el primer pronto han percibido ustedes. Pues, aunque se crea poco verosímil, creo que sobre tan gigantesca trayectoria se puede decir algo de interés en poco tiempo, pero no en tan poco que sea ninguno. Mas, como se trata de una idea que juzgo de alguna importancia y que puede servir —sea una u otra la dosis de su verdad— en las investigaciones históricas, yo quisiera, como homenaje al Presidente de la Nación, exponerla aquí en la expresión más desgarbadamente lacónica y más mondada de toda brillantez. Es un sacrificio que me impongo en compensación a las petulancias personales que se han deslizado en mi discurso.
Se trata de una idea que invertiría por completo la perspectiva usada en la consideración de la historia de las relaciones entre España y América. Es un error —a mi juicio— pensar, como siempre por inercia mental se ha pensado, que estos pueblos nuevos creados en América por España, fueron sin más España, es decir, homogéneos a la metrópoli y homogéneos entre sí, hasta un buen día en que se libertaron políticamente de la madre Patria e iniciaron destinos divergentes entre sí.
Pues bien: mi idea —fundada en el estudio del hecho colonial en toda su amplitud; por tanto, no sólo en la colonización española, sino en la de los otros pueblos de Oriente y Occidente, ahora y en otros tiempos— es totalmente inversa. Bajo tal nueva perspectiva lo que yo veo es que la heterogeneidad en el modo de ser hombre se inicia inmediatamente, crece y subsiste en la etapa colonial. El hombre americano, desde luego, deja de ser sin más el hombre español, y es desde los primeros años un modo nuevo del español. Los conquistadores mismos son ya los primeros americanos. La liberación no es sino la manifestación más externa y última de esa inicial disociación y separatismo; tanto, que precisamente en la hora posterior a su liberación, comienza ya el proceso a cambiar de dirección. Desde entonces —cualesquiera sean superficiales apariencias y verbalismos convencionales— la verdad es que, una vez constituidos en naciones independientes y marchando según su propia inspiración todos los nuevos pueblos de origen colonial y la metrópoli misma, caminan, sin proponérselo ni quererlo y aun contra su aparente designio, en dirección convergente, esto es, que entre sí y al mismo nivel, se irán pareciendo cada vez más, irán siendo cada vez más homogéneos. Bien entendido, no que vayan asemejándose a España, sino que todos, incluso España, avanzan hacia formas comunes de vida. No se trata, pues, de nada que se parezca a eventual aproximación política, sino a cosa de harto más importancia: la coincidencia progresiva en un determinado estilo de humanidad.
Esto es lo que quería no dejar de decir, porque creo que es una idea en la cual la juventud estudiosa puede contrastar y aprovechar, porque tiene la ventaja mayor que puede tener una idea, y es que —sea verdad o sea error— es por sí misma un método de investigación y de trabajo concreto. El sacrificio ha consistido en decirla en tan poco desarrollo, en tal condensación y con tan poca gracia. He aceptado este sacrificio con sumo gusto. Después de todo, en próxima fecha, en La Plata, espero desarrollar un poco este pensamiento en una conferencia que titulo: «Meditación del pueblo joven». He dicho, señores.
1939