Ortega y Gasset
Abstract
Awaiting the Catalan MPs’ arrival with the Mancomunitat Statute, Ortega declares that he too wants broad regional autonomy, but as a Spanish national question and not merely a Catalan one, and warns Cambó that resorting to violence would turn the Catalanists into “poisoners of hearts” and force autonomists elsewhere in Spain to lay down their arms. A topical political article.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Se aguarda con emoción la llegada de los parlamentarios catalanes al Congreso de los Diputados. Desde que el jefe de los catalanistas dio a sus huestes la voz de «rompan filas» y las huestes se retiraron del Parlamento, han ocurrido muchas cosas, y algunas de ellas tan graves, que determinan un intenso movimiento de expectación ante los nuevos horizontes de la política española.
Traen los catalanes a Madrid el Estatuto de la Mancomunidad de Cataluña, solemnemente ratificado por la Asamblea magna de Ayuntamientos. Cuando el señor Cambó se levante hoy a pronunciar su discurso, ¿se limitará a lanzar sobre el hemiciclo, como una bomba, ese proyecto de autonomía integral, y pondrá fuego a la mecha, con sus palabras?
Horas de grave responsabilidad son éstas para los gobernantes; pero no andan más libres de la sanción pública los catalanes, de quienes en gran parte depende la solución armónica de las aspiraciones que Cataluña ha recogido en el Estatuto de la Mancomunidad.
Tanto como los catalanistas sinceros, aspiramos nosotros a que se convierta en un hecho inmediato la amplia autonomía de las regiones españolas preparadas para el propio Gobierno. No es de hoy nuestro criterio de que en el problema autonomista puede encontrarse el punto de arranque de un gran renacimiento español. Para nosotros, la cuestión de Cataluña ha sido siempre una gran cuestión de orden nacional, de orden español, delimitada, no por las necesidades y las aspiraciones catalanas, sino por las que siente y expresa España entera, o, al menos, esta nueva e interesante España que surge deseosa de porvenir. Y para resolver un pleito de carácter nacional, queremos que se conceda la autonomía a Cataluña. Tenemos la esperanza de que, transmitido a todas las regiones el entusiasmo y el ímpetu catalán, mezclado ese problema con todos los demás que vibran a través del ambiente español, puede iniciarse una etapa nueva y fecunda para España.
Los catalanistas han dicho una vez y otra que ellos no han abandonado jamás la actitud de cordialidad hacia todas las regiones. Han sostenido repetidamente que la violencia no partía de ellos; que la culpa de todo nacía de la torpe incomprensión a que se habían entregado los partidos del turno gobernante.
Ahora es el instante de probar que eran verdad esas palabras.
¿Vienen los catalanistas a arrancar la concesión de la autonomía por medios violentos? ¿Va a estallar el Estatuto de la Mancomunidad, como una bomba de gran calibre?
Entonces, tendríamos todos derecho a proclamar que ellos, los que se atrincheraban en una supuesta cordialidad, se han convertido en unos perversos y siniestros envenenadores de corazones. Una gran parte del pueblo español se alzaría frente a las exigencias expresadas en tono intemperante, y los mismos que fuera de Cataluña vienen batiéndose por la implantación del régimen autonómico, por considerarlo necesario al gran renacimiento español, tendrían que abandonar sus armas de combate y renunciar a la esperanza que el autonomismo había hecho nacer en sus espíritus.
No podrá demostrar el señor Cambó que en estos momentos es necesaria la violencia para lograr que Cataluña resuelva sus problemas de acuerdo con el resto de España. Violencia contra el reaccionarismo incompresivo de la política vieja y mohosa en cuyas manos anda maltrecho todavía el gobierno español, sí: porque es necesario que las gentes interesadas en modernizar nuestra vida pública se convenzan de que es incompatible una reforma trascendental con las ambiciones y la falta de idealismo que caracteriza a los grupos constituidos en los alrededores del Poder.
Pero tengan en cuenta los catalanes en esta hora, calificada por ellos mismos de «histórica», que hay una España pujante, suficiente en cantidad y calidad, para dar solución a los problemas que Cataluña alza como una bandera frente al Parlamento y al Gobierno. Convencido debe de estar el señor Cambó de que, en principio, la cuestión autonomista está resuelta. Sólo en un caso podría convertirse en inaceptable la solución afirmativa: sería esto cuando los catalanes desglosasen su pleito de cuantos otros se plantean en España, y, en lugar de convertir el autonomismo en vasta cuestión ligada al porvenir de nuestra vida en toda su complejidad y en toda su riqueza de aspectos, lo limitasen a una especie de localismo insensato y estéril.
Vengan, pues, todos los bríos y todo el ímpetu de Cataluña a batirse contra los obstáculos que cierran el paso a la gran España; pero que sea un hecho amplio esa cordialidad de que hablan los catalanistas, y lo sea para todos los españoles. Porque hay muchos que aguardan con emoción la hora en que, impelidos por Cataluña, comenzarán a labrar su liberación todas las demás regiones, ayudadas y confortadas en la lucha por el ejemplo catalán.
Y, según afirman, el Gobierno del conde de Romanones planteará la crisis al Rey. Una vez más, don Alfonso XIII se encontrará en la situación del caminante a quien sólo se le ofreciesen caminos que conducen a las tinieblas.
Los políticos de la domesticidad palatina se disputarán su privanza. No faltará quien advierta al Rey que el interés de la Corona coincide con el de los viejos grupos hambrientos de poder. Otra vez, toda una muchedumbre de españoles aguardará con fervor el paso franco hacia lo nuevo, hacia lo europeo, hacia lo universal. ¿Será ahora cuando España se sentirá removida en su vida pública y verá abrirse al porvenir rumbos mejores? Ahora es buena ocasión de incorporarse a una gran política y de ofrecer a la angustia de este país desesperado alguna esperanza. No es ésta la primera vez que hemos solicitado de quien tiene la responsabilidad de los Gobiernos una solución ampliamente liberal, una agrupación de elementos nuevos unidos por la coincidencia en algunos problemas fundamentales y urgentes.
Veamos si ahora hay ocasión de batir palmas. La Corona y los políticos llegan a un instante decisivo para la política española.
Publicado sin firma, El Sol, 23 de enero de 1919
The arrival of the Catalan parliamentarians at the Congress of Deputies is awaited with emotion. Since the chief of the Catalanists gave to his hosts the word «break ranks» and the hosts withdrew from the Parliament, many things have happened, and some of them so grave that they determine an intense movement of expectation before the new horizons of Spanish politics.
The Catalans bring to Madrid the Statute of the Mancomunidad of Catalonia, solemnly ratified by the great Assembly of Municipalities. When Mr. Cambó rises today to pronounce his speech, will he limit himself to hurling upon the chamber, like a bomb, that project of integral autonomy, and will he set fire to the fuse, with his words?
These are hours of grave responsibility for the rulers; but the Catalans do not go more free from public sanction, on whom in great part depends the harmonious solution of the aspirations that Catalonia has gathered in the Statute of the Mancomunidad.
As much as the sincere Catalanists, we aspire that the ample autonomy of the Spanish regions prepared for their own Government be converted into an immediate fact. Our criterion is not of today that in the autonomist problem can be found the starting point of a great Spanish renaissance. For us, the question of Catalonia has always been a great question of national order, of Spanish order, delimited, not by the Catalan needs and aspirations, but by those that all of Spain feels and expresses, or, at least, this new and interesting Spain that arises eager for a future. And to resolve a dispute of national character, we want autonomy to be granted to Catalonia. We have the hope that, transmitted to all regions the Catalan enthusiasm and impetus, mixed that problem with all the others that vibrate through the Spanish atmosphere, a new and fruitful stage for Spain may begin.
The Catalanists have said once and again that they have never abandoned the attitude of cordiality toward all the regions. They have repeatedly maintained that the violence did not come from them; that the blame for everything was born of the clumsy incomprehension to which the parties of the governing turn had given themselves.
Now is the instant to prove that those words were true.
Do the Catalanists come to wrest the concession of autonomy by violent means? Is the Statute of the Mancomunidad going to explode, like a large-caliber bomb?
Then, we would all have the right to proclaim that they, those who entrenched themselves in a supposed cordiality, have become perverse and sinister poisoners of hearts. A great part of the Spanish people would rise against the demands expressed in intemperate tone, and the very ones who outside Catalonia have been fighting for the implantation of the autonomous regime, for considering it necessary to the great Spanish renaissance, would have to abandon their weapons of combat and renounce the hope that autonomism had made be born in their spirits.
Mr. Cambó will not be able to demonstrate that at these moments violence is necessary to achieve that Catalonia resolve its problems in accord with the rest of Spain. Violence against the uncomprehending reactionarism of the old and moldy politics in whose hands the Spanish government still goes battered, yes: because it is necessary that the people interested in modernizing our public life convince themselves that a transcendental reform is incompatible with the ambitions and the lack of idealism that characterizes the groups constituted around Power.
But let the Catalans take into account in this hour, qualified by themselves as «historical,» that there is a vigorous Spain, sufficient in quantity and quality, to give solution to the problems that Catalonia raises as a flag before the Parliament and the Government. Convinced must Mr. Cambó be that, in principle, the autonomist question is resolved. Only in one case could the affirmative solution become unacceptable: it would be this, when the Catalans detached their dispute from how many others are posed in Spain, and, instead of converting autonomism into a vast question bound to the future of our life in all its complexity and in all its richness of aspects, limited it to a kind of senseless and sterile localism.
Let all the vigor and all the impetus of Catalonia come, then, to fight against the obstacles that close the passage to the great Spain; but let that cordiality of which the Catalanists speak be an ample fact, and be it for all the Spaniards. Because there are many who await with emotion the hour in which, impelled by Catalonia, all the other regions will begin to cultivate their liberation, aided and comforted in the struggle by the Catalan example.
And, as they affirm, the Government of the Count of Romanones will raise the crisis before the King. Once again, don Alfonso XIII will find himself in the situation of the walker to whom only roads that lead to darkness are offered.
The politicians of palatine domesticity will dispute their royal favor. There will not lack one who warns the King that the interest of the Crown coincides with that of the old groups hungry for power. Again, a whole multitude of Spaniards will await with fervor the frank step toward the new, toward the European, toward the universal. Will it be now when Spain will feel itself stirred in its public life and will see open before the future better courses? Now is a good occasion to incorporate oneself into a great politics and to offer to the anguish of this desperate country some hope. This is not the first time that we have solicited from whoever has the responsibility of the Governments an amply liberal solution, a grouping of new elements united by the coincidence in some fundamental and urgent problems.
Let us see if now there is occasion to clap hands. The Crown and the politicians arrive at a decisive instant for Spanish politics.
Publicado sin firma, El Sol, 23 de enero de 1919
Si attende con emozione l’arrivo dei parlamentari catalani al Congresso dei Deputati. Da quando il capo dei catalanisti diede alle sue schiere la voce di «rompete le righe» e le schiere si ritirarono dal Parlamento, sono accadute molte cose, e alcune di esse tanto gravi da determinare un intenso movimento di aspettazione dinanzi ai nuovi orizzonti della politica spagnola.
I catalani portano a Madrid lo Statuto della Mancomunidad di Catalogna, solennemente ratificato dalla Grande Assemblea dei Comuni. Quando il signor Cambó si alzerà oggi a pronunciare il suo discorso, si limiterà a lanciare sull’emiciclo, come una bomba, quel progetto di autonomia integrale, e darà fuoco alla miccia, con le sue parole?
Ore di grave responsabilità sono queste per i governanti; ma non vanno più liberi dalla sanzione pubblica i catalani, dai quali in gran parte dipende la soluzione armonica delle aspirazioni che la Catalogna ha raccolto nello Statuto della Mancomunidad.
Quanto i sinceri catalanisti, aspiriamo noi a che si converta in un fatto immediato l’ampia autonomia delle regioni spagnole preparate al proprio Governo. Non è di oggi il nostro criterio che nel problema autonomista possa trovarsi il punto di avvio di una grande rinascita spagnola. Per noi, la questione di Catalogna è stata sempre una grande questione di ordine nazionale, di ordine spagnolo, delimitata, non dai bisogni e dalle aspirazioni catalane, ma da quelli che sente ed esprime tutta la Spagna, o, almeno, questa nuova e interessante Spagna che sorge desiderosa di avvenire. E per risolvere una lite di carattere nazionale, vogliamo che si conceda l’autonomia alla Catalogna. Abbiamo la speranza che, trasmesso a tutte le regioni l’entusiasmo e l’impeto catalano, mescolato quel problema con tutti gli altri che vibrano attraverso l’ambiente spagnolo, possa iniziarsi una tappa nuova e feconda per la Spagna.
I catalanisti hanno detto una volta e l’altra che essi non hanno mai abbandonato l’atteggiamento di cordialità verso tutte le regioni. Hanno sostenuto ripetutamente che la violenza non partiva da loro; che la colpa di tutto nasceva dalla goffa incomprensione a cui si erano abbandonati i partiti del turno di governo.
Ora è l’istante di provare che erano vere quelle parole.
Vengono i catalanisti a strappare la concessione dell’autonomia con mezzi violenti? Esploderà lo Statuto della Mancomunidad, come una bomba di grosso calibro?
Allora, avremmo tutti diritto a proclamare che essi, quelli che si trinceravano in una supposta cordialità, si sono convertiti in perversi e sinistri avvelenatori di cuori. Una gran parte del popolo spagnolo si leverebbe di fronte alle esigenze espresse in tono intemperante, e gli stessi che fuori di Catalogna vengono battendosi per l’impianto del regime autonomico, per considerarlo necessario alla grande rinascita spagnola, dovrebbero abbandonare le loro armi di combattimento e rinunciare alla speranza che l’autonomismo aveva fatto nascere nei loro spiriti.
Non potrà dimostrare il signor Cambó che in questi momenti sia necessaria la violenza per ottenere che la Catalogna risolva i suoi problemi d’accordo con il resto della Spagna. Violenza contro il reazionarismo incomprensivo della politica vecchia e ammuffita nelle cui mani cammina ancora malconcio il governo spagnolo, sì: perché è necessario che le genti interessate a modernizzare la nostra vita pubblica si convincano che è incompatibile una riforma trascendentale con le ambizioni e la mancanza di idealismo che caratterizza i gruppi costituiti nei dintorni del Potere.
Ma tengano conto i catalani in quest’ora, qualificata da loro stessi come «storica», che c’è una Spagna pujante, sufficiente in quantità e qualità, a dare soluzione ai problemi che la Catalogna alza come una bandiera di fronte al Parlamento e al Governo. Convinto deve essere il signor Cambó che, in principio, la questione autonomista è risolta. Solo in un caso potrebbe convertirsi in inaccettabile la soluzione affermativa: sarebbe questo, quando i catalani scorporassero la loro lite da quante altre si pongono in Spagna, e, invece di convertire l’autonomismo in vasta questione legata all’avvenire della nostra vita in tutta la sua complessità e in tutta la sua ricchezza di aspetti, lo limitassero a una specie di localismo insensato e sterile.
Vengano, dunque, tutti i vigori e tutto l’impeto di Catalogna a battersi contro gli ostacoli che chiudono il passo alla grande Spagna; ma che sia un fatto ampio quella cordialità di cui parlano i catalanisti, e lo sia per tutti gli spagnoli. Perché ci sono molti che attendono con emozione l’ora in cui, sospinte dalla Catalogna, cominceranno a coltivare la loro liberazione tutte le altre regioni, aiutate e confortate nella lotta dall’esempio catalano.
E, secondo quanto affermano, il Governo del conte di Romanones porrà la crisi al Re. Ancora una volta, don Alfonso XIII si troverà nella situazione del camminante a cui si offrissero soltanto cammini che conducono alle tenebre.
I politici della domesticità palatina si disputeranno la loro privanza. Non mancherà chi avverta il Re che l’interesse della Corona coincide con quello dei vecchi gruppi affamati di potere. Di nuovo, tutta una moltitudine di spagnoli attenderà con fervore il passo franco verso il nuovo, verso l’europeo, verso l’universale. Sarà ora che la Spagna si sentirà rimossa nella sua vita pubblica e vedrà aprirsi all’avvenire direzioni migliori? Ora è buona occasione di incorporarsi a una grande politica e di offrire all’angoscia di questo paese disperato qualche speranza. Non è questa la prima volta che abbiamo sollecitato da chi ha la responsabilità dei Governi una soluzione ampiamente liberale, un raggruppamento di elementi nuovi uniti dalla coincidenza in alcuni problemi fondamentali e urgenti.
Vediamo se ora c’è occasione di battere le mani. La Corona e i politici giungono a un istante decisivo per la politica spagnola.
Publicado sin firma, El Sol, 23 de enero de 1919