Ortega y Gasset
Abstract
A biographical portrait of T. E. Lawrence: the Oxford scholar rejected as underweight who from 1916 raised the Arab tribes against the Turks and entered Damascus in 1918, afterwards refusing decorations. Journalistic profile with no philosophical content.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Hace mucho tiempo que no siento por nada tan viva curiosidad como por lo que enuncia esta pregunta: ¿Cómo es Lawrence? Yo quisiera ahora contaminar de esta curiosidad a los lectores. Para ello es necesario que comience diciéndoles quién es Lawrence[18].
Tomás Eduardo Lawrence nace en Gales en 1888. Tiene hoy, pues, treinta y nueve años. Conviene recordar este número. Luego veremos por qué. Lawrence estudia en Oxford lenguas orientales, arqueología. Son los temas que sólo atraen a una inteligencia pura y romántica. En 1910 recorre Siria a pie, con el fin de investigar la arquitectura de las Cruzadas. De este modo aprende el árabe vulgar. De 1911 a 1914 trabaja en las excavaciones del Éufrates como miembro de una Misión; luego es adscrito a la Inspección del Sinaí Norte, dependiente del Ministerio de la Guerra. Al estallar la guerra fue declarado inútil por falta de peso. En 1916 consigue ser admitido en una oficina de información militar —Military Intelligence Section— en El Cairo.
El ejército turco, organizado y pertrechado por los alemanes, hacía gran presión sobre las fuerzas inglesas desde Palestina y Arabia. Las condiciones de este último país, impenetrable para los europeos por el fanatismo de su población, dejaban libre el ala izquierda de los turcos. Se puede decir que en 1916 los ingleses no habían conseguido dar un paso hacia adelante. Lawrence, encerrado en su oficina de El Cairo, traducía comunicaciones para ilustración del Cuartel general británico. En los minutos de ocio se apoderaba de él una gran idea, una romántica empresa: sublevar a los árabes contra los turcos, deshacer la izquierda turca con armas beduinas. Una y otra vez, siempre en vano, exponía a la superioridad sus inverosímiles proyectos. Por fin, en otoño de aquel año, consigue ser enviado al Heyaz. Desde este instante, la vida de Lawrence —erudito, oficinista— se transforma sin transición, subitáneamente, en una gesta vertiginosa, que comienza con su llegada a Jiddah, el puerto de la Meca, y termina en 1918 con su entrada triunfal en Damasco al frente de las tribus árabes. No creo que en toda la Edad Moderna se haya llevado a cabo una empresa que tan literalmente merezca el nombre de gesta. Para encontrar hazaña similar fuera preciso retroceder a la primera Edad Media, cuando las gestas todavía no eran canciones, sino hechos.
En pocos meses, toda el Arabia Occidental está en pie contra los turcos, y sobre toda ella se cierne la leyenda —como en la Edad Media, el hecho allí se orifica al punto legendariamente— de un rumí Aurens, Urens, El-Orens, que predica la libertad de Arabia, que no come y no duerme, que no teme a nada y, montado en la camella Gacela, anda más que el más resistente beduino. Este héroe oriental en quien retoña la epopeya del Islamismo, rey sin corona del desierto ilustre, es un joven oxoniense, de veintiocho años, considerado inútil para servir en un ejército europeo.
La suspicacia del árabe, del árabe de Arabia, frente al europeo es tal, que ha producido el hecho escandaloso de ser aún hoy esta península, donde se forjó una de las grandes civilizaciones de radio ecuménico, el trozo de planeta menos explorado y conocido. ¿Cómo se explica que Lawrence haya logrado, no ya caminar sin la menor dificultad los senderos de Arabia, sino penetrar hasta el fondo del alma beduina, arrastrar los innumerables grupos que eternamente dividen aquel pueblo, compaginarlos por vez primera desde hace siglos y siglos, tenerlos en su mano y ser la voz ungida que hace despertar a una raza somnolente, lanzándola de nuevo a hacer historia? Porque, en efecto, el movimiento iniciado por el joven erudito inglés sigue y no para, crece y engruesa, arrollando cuanto se le pone delante. Hoy, Arabia es más una nación que nunca lo ha sido.
Pero todo esto es sólo un ingrediente de los que componen el problema Lawrence.
Sus increíbles victorias al frente de los beduinos hacen que sobre él lluevan condecoraciones inglesas y francesas. Lawrence las rechaza. Cuando suena la hora de paz es elegido para tomar parte en la Conferencia de Versalles. Lawrence defiende allí los intereses de los árabes como un árabe. Pero Francia consigue imponer su intervención en Siria. Lawrence, entonces, rompe con su Gobierno, renuncia a todos los grados militares recibidos, renuncia hasta a su nombre, y bajo otro fingido sienta plaza como soldado raso en el servicio aéreo de la India. Es decir: este hombre, que a los treinta años era dueño de un trozo de planeta, que goza en Inglaterra de una reputación tan legendaria como en Oriente, se anula a sí mismo, se borra, por decirlo así, de la existencia, se sume de nuevo en la anonimidad, comenzando por tercera vez la vida.
Este nuevo ingrediente, sumado al de su gesta, da un precipitado extraño, desazonador, que en todo buen aficionado a almas siembra un germen inquieto de curiosidad.
Pero he aquí que en marzo de este año publica el libro —tan esperado— donde refiere su campaña de Arabia. Se titula Revolt in the Desert (La sublevación del desierto). En mayo último había llegado ya a la quinta edición. Yo lo he leído con superlativa avidez. Por fin iba a aclarar el enigma de esta alma, de este extraño modo de ser hombre —un hombre que puede ser primero intelectual, y luego, de pronto, Cid Campeador, y luego asceta rigoroso que renuncia a sí mismo; todo ello, en cuatro o cinco años. ¿Cómo ve la vida quien a los treinta años ha vivido tanta porción inverosímil de ella? ¿Qué espera, qué premedita, qué resortes mantienen en pie su organismo?
El libro de Lawrence es tan sorprendente como su pasado. Pero lejos de aclarar su misterio, lo multiplica hasta la exageración. Después de leer sus páginas quedamos rendidos, temerosos de que definitivamente se nos escape de entre los dedos esta alma fugitiva, indómita, multiforme.
Se ha comparado el libro de Lawrence al De bello gallico, de César. No es inexacto el parangón. Uno y otro son los dos libros menos libros que se pueden leer. Son acción manuscrita. Lawrence, como el otro guerrero mayor, se limita a narrar lo que ha hecho. Es la sobria y rigorosa descripción de los actos suyos y de las muchedumbres que él mueve de acá para allá. No hay una sola palabra de literatura, ni de arqueología, ni de reflexión a posteriori sobre lo emprendido y lo ejecutado. Son marchas día y noche sobre los camellos tenaces por sierras y por angostos, bajo 50 grados de calor o bajo la nieve y el viento frígido. Son puentes de ferrocarril que vuelan atomizados por la dinamita, villas de Oriente tomadas con el sable en la mano, reuniones de jeques en estancias ahumadas, figuras frenéticas de beduinos. La forma es perfecta; de tal suerte, que en cada línea notamos la voluntad decidida de reprimir una magnífica capacidad literaria y una ideología personalísima. No quiere dar al lector lo que éste pide. Evita dibujar su propia fisonomía, y ni se detiene un momento a explicarnos la psique del beduino más allá de lo que estrictamente requiere la acción. Lo que le interesa es narrarnos eficazmente cómo el puente ferroviario del kilómetro 146, entre Medina y Damasco, fue volado una buena mañana. Esto lo consigue con sorprendente don para visualizar el relato. De modo que sus páginas se parecen más que nada a esas escenas de cinematógrafo donde en la pantalla vemos sólo una mano que enciende una yesca bajo una carga de dinamita. Vemos muy bien la mano activa de Lawrence; pero nada más: cuidadosamente recata su enigmática figura.
Sin embargo, viejos cazadores de líneas negras sobre áreas blancas, conseguimos, al menos, prender por el borde de su albornoz cándido al autor, que quiere escapar de su propia página. Es sólo el borde de su persona lo que apresamos; pero ya es algo. Vislumbramos, en efecto, un caso extremo, gigante, del perenne, magnífico dandysmo inglés. El dandysmo es impertinente desdén hacia los demás hombres, resolución de vivir el individuo dentro de sí mismo, sin efusión hacia los demás, pudor extremo ante el propio destino, que no lo deja rozar por la curiosidad ni aun por el afecto del extraño.
Pero esto no es una explicación del problema Lawrence. El dandysmo es siempre máscara y coraza. No nos revela lo que hay tras ella; antes bien, lo oculta y defiende, marcando la frontera de dos mundos —el de los demás, patente, exterior, y frente a él, el mundo hermético, recluso, íntimo, de un único individuo. El gesto del dandy no es nunca el que corresponde a su realidad interior. Todo lo contrario. Es un gesto convencional de prestidigitador que hace la persona para distraer las miradas demasiado curiosas. Sólo nos revela que, tras él, un ser humano vive por su propia cuenta, según principios y normas individuales.
It has been a long time since I have felt such lively curiosity for anything as for what this question enunciates: What is Lawrence like? I would now like to infect the readers with this curiosity. For that it is necessary that I begin by telling them who Lawrence is[18].
Thomas Edward Lawrence was born in Wales in 1888. Today, then, he is thirty-nine years old. It is well to remember this number. Later we shall see why. Lawrence studies at Oxford oriental languages, archaeology. These are the subjects that attract only a pure and romantic intelligence. In 1910 he traverses Syria on foot, with the aim of investigating the architecture of the Crusades. In this way he learns vulgar Arabic. From 1911 to 1914 he works in the excavations of the Euphrates as a member of a Mission; then he is attached to the Inspection of Northern Sinai, dependent on the Ministry of War. At the outbreak of the war he was declared unfit for lack of weight. In 1916 he manages to be admitted to a military intelligence office —Military Intelligence Section— in Cairo.
The Turkish army, organized and equipped by the Germans, was putting great pressure on the English forces from Palestine and Arabia. The conditions of this latter country, impenetrable for Europeans because of the fanaticism of its population, left free the left wing of the Turks. It can be said that in 1916 the English had not managed to take a single step forward. Lawrence, shut up in his Cairo office, translated communications for the edification of the British General Staff. In his minutes of leisure a great idea took hold of him, a romantic enterprise: to raise the Arabs against the Turks, to undo the Turkish left with Bedouin arms. Again and again, always in vain, he set his improbable projects before his superiors. At last, in the autumn of that year, he manages to be sent to the Hejaz. From this instant, the life of Lawrence —scholar, clerk— is transformed without transition, suddenly, into a vertiginous exploit, which begins with his arrival at Jiddah, the port of Mecca, and ends in 1918 with his triumphal entry into Damascus at the head of the Arab tribes. I do not believe that in all the Modern Age an enterprise has been carried out that so literally deserves the name of exploit. To find a similar feat it would be necessary to go back to the early Middle Ages, when exploits were not yet songs, but deeds.
In a few months, all Western Arabia is on foot against the Turks, and over all of it hovers the legend —as in the Middle Ages, the deed there is at once legendarily gilded— of a rumí Aurens, Urens, El-Orens, who preaches the freedom of Arabia, who does not eat and does not sleep, who fears nothing and, mounted on the she-camel Gazelle, walks more than the most resistant Bedouin. This oriental hero in whom the epic of Islamism sprouts anew, king without crown of the illustrious desert, is a young Oxford man, twenty-eight years old, considered unfit to serve in a European army.
The suspicion of the Arab, of the Arab of Arabia, in face of the European is such that it has produced the scandalous fact that even today this peninsula, where one of the great civilizations of ecumenical radius was forged, is the piece of planet least explored and known. How is it explained that Lawrence has managed, not only to walk without the least difficulty the paths of Arabia, but to penetrate to the very bottom of the Bedouin soul, to drag along the innumerable groups that eternally divide that people, to bring them together for the first time after centuries and centuries, to hold them in his hand and be the anointed voice that awakens a somnolent race, launching it anew to make history? Because, in effect, the movement begun by the young English scholar continues and does not stop, grows and thickens, sweeping away whatever stands in its way. Today, Arabia is more a nation than it has ever been.
But all this is only one ingredient of those that compose the Lawrence problem.
His incredible victories at the head of the Bedouins make English and French decorations rain upon him. Lawrence rejects them. When the hour of peace sounds he is chosen to take part in the Conference of Versailles. Lawrence defends there the interests of the Arabs as an Arab. But France manages to impose its intervention in Syria. Lawrence, then, breaks with his Government, renounces all the military ranks received, renounces even his name, and under another assumed name enlists as a private in the air service of India. That is to say: this man, who at thirty was master of a piece of the planet, who enjoys in England a reputation as legendary as in the East, annuls himself, erases himself, so to speak, from existence, plunges again into anonymity, beginning for the third time his life.
This new ingredient, added to that of his exploit, gives a strange, unsettling precipitate, which in every good amateur of souls sows an uneasy germ of curiosity.
But here it is that in March of this year he publishes the book —so awaited— in which he recounts his Arabian campaign. It is entitled Revolt in the Desert (The Revolt of the Desert). By last May it had already reached the fifth edition. I have read it with superlative avidity. At last he was going to clarify the enigma of this soul, of this strange way of being a man —a man who can be first an intellectual, and then, suddenly, the Cid Campeador, and then a rigorous ascetic who renounces himself; all that, in four or five years. How does he see life who at thirty years has lived so much improbable portion of it? What does he expect, what does he premeditate, what springs keep his organism standing?
Lawrence’s book is as surprising as his past. But far from clarifying his mystery, it multiplies it to exaggeration. After reading his pages we remain conquered, fearful that definitively this fugitive, indomitable, multiform soul may escape from between our fingers.
Lawrence’s book has been compared to Caesar’s De bello gallico. The comparison is not inexact. Both are the two least book-like books that can be read. They are action in manuscript. Lawrence, like the other greater warrior, confines himself to narrating what he has done. It is the sober and rigorous description of his own acts and of the multitudes that he moves from here to there. There is not a single word of literature, nor of archaeology, nor of reflection a posteriori on what was undertaken and executed. They are marches day and night on the tenacious camels through sierras and defiles, under 50 degrees of heat or under snow and frigid wind. They are railway bridges that fly atomized by dynamite, villages of the East taken with the saber in hand, gatherings of sheikhs in smoky rooms, frenetic figures of Bedouins. The form is perfect; in such a way that in each line we note the decided will to repress a magnificent literary capacity and a most personal ideology. He does not want to give the reader what the latter asks for. He avoids drawing his own physiognomy, and does not even stop for a moment to explain to us the psyche of the Bedouin beyond what the action strictly requires. What interests him is to narrate to us effectively how the railway bridge of kilometer 146, between Medina and Damascus, was blown up one fine morning. This he achieves with a surprising gift for visualizing the narrative. So that his pages resemble more than anything those cinematograph scenes where on the screen we see only a hand that lights a fuse under a charge of dynamite. We see very well Lawrence’s active hand; but nothing more: he carefully conceals his enigmatic figure.
Nevertheless, old hunters of black lines on white areas, we manage, at least, to catch by the edge of his white burnous the author, who wants to escape from his own page. It is only the edge of his person that we seize; but it is already something. We glimpse, in effect, an extreme, gigantic case of the perennial, magnificent English dandyism. Dandyism is impertinent disdain toward other men, the individual’s resolution to live within himself, without effusion toward others, extreme modesty before his own destiny, which he does not allow to be touched by the curiosity nor even by the affection of the stranger.
But this is not an explanation of the Lawrence problem. Dandyism is always mask and armor. It does not reveal to us what is behind it; rather, it hides and defends it, marking the frontier of two worlds —that of others, patent, exterior, and opposite it, the hermetic, reclusive, intimate world of a single individual. The dandy’s gesture is never the one that corresponds to his inner reality. Quite the contrary. It is a conventional prestidigitator’s gesture that the person makes to distract too-curious gazes. It only reveals to us that, behind it, a human being lives on his own account, according to individual principles and norms.
È da molto tempo che non sento per nulla una curiosità così viva come per ciò che enuncia questa domanda: com’è Lawrence? Vorrei ora contagiare di questa curiosità i lettori. Perciò è necessario che cominci col dir loro chi è Lawrence[18].
Tommaso Eduardo Lawrence nasce in Galles nel 1888. Ha oggi, dunque, trentanove anni. Conviene ricordare questo numero. Poi vedremo perché. Lawrence studia a Oxford lingue orientali, archeologia. Sono i temi che attirano soltanto un’intelligenza pura e romantica. Nel 1910 percorre la Siria a piedi, con il fine di investigare l’architettura delle Crociate. Così impara l’arabo volgare. Dal 1911 al 1914 lavora negli scavi dell’Eufrate come membro di una Missione; poi è aggregato all’Ispettorato del Sinai settentrionale, dipendente dal Ministero della Guerra. Allo scoppio della guerra fu dichiarato inabile per mancanza di peso. Nel 1916 riesce a farsi ammettere in un ufficio di informazione militare —Military Intelligence Section— al Cairo.
L’esercito turco, organizzato e rifornito dai tedeschi, faceva grande pressione sulle forze inglesi dalla Palestina e dall’Arabia. Le condizioni di quest’ultimo paese, impenetrabile per gli europei a causa del fanatismo della sua popolazione, lasciavano libera l’ala sinistra dei turchi. Si può dire che nel 1916 gli inglesi non fossero riusciti a fare un passo avanti. Lawrence, rinchiuso nel suo ufficio del Cairo, traduceva comunicazioni per illustrazione del Quartier generale britannico. Nei minuti di ozio si impadroniva di lui una grande idea, una romantica impresa: sollevare gli arabi contro i turchi, disfare la sinistra turca con armi beduine. Una volta e l’altra, sempre invano, esponeva alla superiorità i suoi inverosimili progetti. Finalmente, nell’autunno di quell’anno, riesce a essere inviato all’Hegiaz. Da questo istante, la vita di Lawrence —erudito, impiegato— si trasforma senza transizione, subitaneamente, in una gesta vertiginosa, che comincia con il suo arrivo a Gedda, il porto della Mecca, e termina nel 1918 con il suo ingresso trionfale a Damasco alla testa delle tribù arabe. Non credo che in tutta l’Età Moderna si sia compiuta un’impresa che tanto letteralmente meriti il nome di gesta. Per trovare impresa simile bisognerebbe retrocedere al primo Medioevo, quando le gesta non erano ancora canzoni, ma fatti.
In pochi mesi, tutta l’Arabia occidentale è in piedi contro i turchi, e su tutta essa si addensa la leggenda —come nel Medioevo, il fatto ivi si aurifica al punto leggendariamente— di un rumí Aurens, Urens, El-Orens, che predica la libertà dell’Arabia, che non mangia e non dorme, che non teme nulla e, montato sulla cammella Gazzella, cammina più del più resistente beduino. Questo eroe orientale in cui rigermoglia l’epopea dell’Islamismo, re senza corona del deserto illustre, è un giovane oxoniense, di ventotto anni, considerato inabile a servire in un esercito europeo.
La suscettibilità dell’arabo, dell’arabo d’Arabia, di fronte all’europeo è tale, che ha prodotto il fatto scandaloso che ancora oggi questa penisola, dove si è forgiata una delle grandi civiltà di raggio ecumenico, sia il pezzo di pianeta meno esplorato e conosciuto. Come si spiega che Lawrence sia riuscito, non già a percorrere senza la minima difficoltà i sentieri dell’Arabia, ma a penetrare fino in fondo nell’anima beduina, trascinare gli innumerevoli gruppi che eternamente dividono quel popolo, ricomporli per la prima volta dopo secoli e secoli, averli in mano ed essere la voce unta che fa destare una razza sonnolenta, lanciandola di nuovo a fare storia? Perché, in effetti, il movimento iniziato dal giovane erudito inglese prosegue e non si ferma, cresce e s’ingrossa, travolgendo quanto gli si pone dinanzi. Oggi, l’Arabia è più una nazione di quanto non lo sia mai stata.
Ma tutto questo è soltanto un ingrediente di quelli che compongono il problema Lawrence.
Le sue incredibili vittorie alla testa dei beduini fanno sì che su di lui piovano decorazioni inglesi e francesi. Lawrence le rifiuta. Quando suona l’ora della pace è eletto a prendere parte alla Conferenza di Versailles. Lawrence difende là gli interessi degli arabi come un arabo. Ma la Francia riesce a imporre il suo intervento in Siria. Lawrence, allora, rompe con il suo Governo, rinuncia a tutti i gradi militari ricevuti, rinuncia perfino al suo nome, e sotto altro nome fittizio si arruola come soldato semplice nel servizio aereo dell’India. Cioè: quest’uomo, che a trent’anni era padrone di un pezzo di pianeta, che gode in Inghilterra di una reputazione tanto leggendaria quanto in Oriente, si annulla da se stesso, si cancella, per così dire, dall’esistenza, si ripiomba nell’anonimato, cominciando per la terza volta la vita.
Questo nuovo ingrediente, sommato a quello della sua gesta, dà un precipitato strano, sconcertante, che in ogni buon dilettante di anime semina un germe inquieto di curiosità.
Ma ecco che nel marzo di quest’anno pubblica il libro —tanto atteso— in cui riferisce la sua campagna d’Arabia. Si intitola Rivolta in the Desert (La rivolta del deserto). A maggio scorso era già arrivato alla quinta edizione. Io l’ho letto con superlativa avidità. Finalmente avrebbe chiarito l’enigma di quest’anima, di questo strano modo di essere uomo —un uomo che può essere prima intellettuale, e poi, all’improvviso, Cid Campeador, e poi asceta rigoroso che rinuncia a se stesso; tutto ciò, in quattro o cinque anni. Come vede la vita chi a trent’anni ha vissuto tanta inverosimile porzione di essa? Che cosa aspetta, che cosa premedita, quali molle tengono in piedi il suo organismo?
Il libro di Lawrence è tanto sorprendente quanto il suo passato. Ma lungi dal chiarire il suo mistero, lo moltiplica fino all’esagerazione. Dopo aver letto le sue pagine restiamo vinti, timorosi che definitivamente ci sfugga tra le dita quest’anima fuggitiva, indomita, multiforme.
Si è paragonato il libro di Lawrence al De bello gallico, di Cesare. Il paragone non è inesatto. L’uno e l’altro sono i due libri meno libri che si possano leggere. Sono azione manoscritta. Lawrence, come l’altro guerriero maggiore, si limita a narrare ciò che ha fatto. È la sobria e rigorosa descrizione degli atti suoi e delle folle che egli muove di qua e di là. Non c’è una sola parola di letteratura, né di archeologia, né di riflessione a posteriori su ciò che è stato intrapreso ed eseguito. Sono marce giorno e notte sui cammelli tenaci per sierre e per angustie, sotto 50 gradi di calore o sotto la neve e il vento frigido. Sono ponti di ferrovia che volano atomizzati dalla dinamite, villaggi d’Oriente presi con la sciabola in mano, riunioni di sceicchi in stanze affumicate, figure frenetiche di beduini. La forma è perfetta; talmente, che in ogni riga notiamo la volontà decisa di reprimere una magnifica capacità letteraria e un’ideologia personalissima. Non vuole dare al lettore ciò che questi chiede. Evita di disegnare la propria fisionomia, e non si ferma un momento a spiegarci la psiche del beduino al di là di ciò che strettamente richiede l’azione. Ciò che gli interessa è narrarci efficacemente come il ponte ferroviario del chilometro 146, tra Medina e Damasco, fu fatto saltare una buona mattina. Questo lo consegue con sorprendente dono di visualizzare il racconto. Sì che le sue pagine somigliano più che a ogni altra cosa a quelle scene di cinematografo in cui sullo schermo vediamo soltanto una mano che accende un’esca sotto una carica di dinamite. Vediamo benissimo la mano attiva di Lawrence; ma nient’altro: accuratamente cela la sua enigmatica figura.
Tuttavia, vecchi cacciatori di linee nere su aree bianche, riusciamo, almeno, ad acchiappare per l’orlo del suo candido albornoz l’autore, che vuole fuggire dalla propria pagina. È soltanto l’orlo della sua persona ciò che catturiamo; ma è già qualcosa. Intravediamo, in effetti, un caso estremo, gigante, del perenne, magnifico dandismo inglese. Il dandismo è impertinente disdegno verso gli altri uomini, risoluzione di vivere l’individuo dentro di se stesso, senza effusione verso gli altri, estremo pudore dinanzi al proprio destino, che non lo lascia toccare dalla curiosità né dall’affetto dello straniero.
Ma questo non è una spiegazione del problema Lawrence. Il dandismo è sempre maschera e corazza. Non ci rivela ciò che c’è dietro; anzi, lo occulta e lo difende, segnando la frontiera di due mondi —quello degli altri, patente, esteriore, e di fronte ad esso, il mondo ermetico, recluso, intimo, di un unico individuo. Il gesto del dandy non è mai quello che corrisponde alla sua realtà interiore. Tutto il contrario. È un gesto convenzionale di prestigiatore che la persona fa per distrarre gli sguardi troppo curiosi. Ci rivela soltanto che, dietro di lui, un essere umano vive per conto proprio, secondo principi e norme individuali.
El libro de Lawrence nos hace entrever que no estima mucho su hazaña, que más bien se avergüenza de ella. Es un héroe que desdeña su heroicidad. Por otra parte, su autor, que es arqueólogo, evita toda alusión arqueológica en la descripción de los lugares donde opera como guerrero. Desdeña también la arqueología. La dimisión de todos los honores que le han sido otorgados, la aniquilación de su propio nombre, indican que tampoco estima mucho a su país y a la sociedad que le ha educado. Todos estos desdenes son fáciles y sin gran sentido cuando aparecen solos. Pero en este caso se presentan dentro de un hombre que ha demostrado ser capaz de todo, de ciencia, de genio bélico, de gracia literaria. ¿Cómo es Lawrence?
Desde hace años se esperaba en Inglaterra con extremado interés la publicación de su libro. En la sesuda Enciclopedia Británica leo: «Se anuncia para 1926 la publicación de su libro bajo el título Los siete pilares de la sabiduría». ¿Ha entendido el lector? Lawrence se burla de la Enciclopedia Británica dando un título fantástico, retumbante, ridículo. En la obra de 1927 se evita premeditadamente toda sabiduría y no aparecen otros pilares que los sustentadores de los puentes volados por el autor.
El Sol, 4 de diciembre de 1927
Lawrence’s book lets us glimpse that he does not value his exploit highly, that rather he is ashamed of it. He is a hero who disdains his heroism. On the other hand, its author, who is an archaeologist, avoids every archaeological allusion in the description of the places where he operates as a warrior. He disdains archaeology too. The resignation of all the honors that have been conferred on him, the annihilation of his own name, indicate that he does not hold his country and the society that educated him in high esteem either. All these disdains are easy and without great meaning when they appear alone. But in this case they present themselves within a man who has shown himself capable of everything, of science, of warlike genius, of literary grace. What is Lawrence like?
For years the publication of his book had been awaited in England with extreme interest. In the sage Encyclopaedia Britannica I read: «The publication of his book is announced for 1926 under the title The Seven Pillars of Wisdom». Has the reader understood? Lawrence mocks the Encyclopaedia Britannica by giving a fantastic, resounding, ridiculous title. In the work of 1927 all wisdom is premeditatedly avoided and no other pillars appear than those supporting the bridges blown up by the author.
El Sol, 4 December 1927
Il libro di Lawrence ci fa intravedere che non stima molto la sua impresa, che piuttosto se ne vergogna. È un eroe che disdegna la sua eroicità. D’altra parte, il suo autore, che è archeologo, evita ogni allusione archeologica nella descrizione dei luoghi dove opera come guerriero. Disdegna anche l’archeologia. La dimissione di tutti gli onori che gli sono stati conferiti, l’annichilimento del suo stesso nome, indicano che non stima molto nemmeno il suo paese e la società che lo ha educato. Tutti questi disdegni sono facili e senza grande senso quando appaiono soli. Ma in questo caso si presentano dentro un uomo che ha dimostrato di essere capace di tutto, di scienza, di genio bellico, di grazia letteraria. Com’è Lawrence?
Da anni si aspettava in Inghilterra con estremo interesse la pubblicazione del suo libro. Nella ponderosa Enciclopedia Britannica leggo: «Si annuncia per il 1926 la pubblicazione del suo libro sotto il titolo I sette pilastri della saggezza». Ha inteso il lettore? Lawrence si burla dell’Enciclopedia Britannica dando un titolo fantastico, roboante, ridicolo. Nell’opera del 1927 si evita premeditatamente ogni saggezza e non appaiono altri pilastri che quelli che sostengono i ponti fatti saltare dall’autore.
El Sol, 4 dicembre 1927