Abstract
A Madrid dispatch (August 1912) for La Prensa of Buenos Aires: political life is dead, and Ortega declares that what matters is happening underground — in lecture rooms, books, the arts. Hence the choice between two Spains, the modest and energetic one being born and the magnificent past one: the fatherland is not the Vaterland but, with Nietzsche, the Kinderland, “what we think at night we must do tomorrow”. A portrait of Pío Baroja follows, prompted by El árbol de la ciencia.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, agosto de 1912
La vida política de estas semanas se parece mucho a la muerte.
No se hace nada, no se intenta nada, no se espera nada. La única ventaja que trae esta ausencia de vitalidad política es que al reanudar hoy mis cartas a La Prensa puedo ocuparme de otros asuntos que son más de mi gusto y que, en realidad, son más importantes. Yo he de procurar ir refiriendo con la posible ecuanimidad las aventuras parlamentarias y ministeriales conforme vayan ocurriendo; contaré los motines y las represiones; las distracciones y los aciertos de los hombres de estado españoles. Mas, de antemano, declaro al lector que mi corazón, dejado a su natural proclividad no tomará gran parte en lo que sobrevenga dentro del orden político.
Ya lo he indicado en alguna carta anterior: los senos espirituales de la raza española, la substancia nacional, se halla hoy ocupada en una esencial reforma de sí misma. La historia de España va hoy por el subsuelo; son nuevos sentimientos que se entreabren como flores interiores, ocultas; son nuevas ideas que se van hincando en nuestra tierra mental como hastiales para un edificio futuro; es un nuevo régimen de la voluntad más severo, más firme, más idealista que va estructurando de una manera original e insospechada, la conciencia de la nación. Por eso lo importante que hoy acaece en España hay que irlo a buscar en las cátedras, en nuevas instituciones que germinan, en los libros, en la artes. La política es la piel, la superficie de la vida popular en pueblos como el nuestro, antiguos y complejos. A ella llegan sólo los movimientos interiores cuando se hallan completamente desenvueltos. Entretanto, mientras se preparan y aumentan, subsiste la antigua política como una piel vieja, callosa en insensible.
La hora presente de España es de aquéllas en que somos forzados a tomar posiciones sin equívocos, sobre todo quien, como yo, va a escribir para un público formado en parte por españoles alejados de su patria, en quienes la lejanía ha potenciado el patriotismo, merced a esa dilatación divina que produce la distancia en los fuertes amores. Pues bien; nos encontramos ante un caso de conciencia; porque hay dos Españas, una modesta y enérgica que se inicia y pone el pie en el porvenir, otra la magnífica España pretérita. ¿De cuál seremos patriotas? Por mi parte, no habrá equívoco: como Nietzsche decía, la patria no es tanto la tierra de los padres —Vaterland— como la tierra de los hijos —Kinderland. Patriotismo no puede ser la fruición, el goce por reminiscencia de un ingente pasado esplendoroso. Patria es, más bien, lo que, por la noche, pensamos que tenemos que hacer al día siguiente.
Me sugiere todo esto un libro recientemente publicado: El árbol de la ciencia de Pío Baroja.
No sé hasta qué punto sean conocidos en América los libros de Baroja. En Francia y en Rusia ha logrado ya conquistarse no pocos lectores.
Pío Baroja es un personaje heteróclito que camina como los genios superiores y a quien se encuentra todas las tardes, entre seis y ocho, pululando por la Carrera de San Jerónimo o la calle de Alcalá. Cada semestre, desde hace diez años, Pío Baroja lanza un libro al público. No sería exacto decir que este escritor escribe y publica sus obras, sino más bien que las lanza, las eyecta, las dispara. A nada se parece tanto un libro de Baroja como a un objeto arrojadizo, y la hosquedad de su temperamento, lo agresivo de su arte, aspiran a hacer de la honda un género literario. Gracias a esto es Baroja un fenómeno ejemplar del alma española contemporánea y una de las nuevas figuras que mayor honor nos dan.
Es de tal manera espontáneo su estro literario y tan irreductible a las formas conocidas de inspiración, que ni siquiera podríamos clasificarlo plenamente en el orden de los literatos. Este hombre que lleva compuestas hasta veinte novelas se presenta más bien como un panadero. Efectivamente se dedica en sociedad con su hermano Ricardo, notable aguafuertista, al negocio de fabricar pan de Viena.
No se busquen en Pío Baroja primores académicos: su desdén, que es tal vez amplio en demasía, se ejerce preferentemente hacia la gramática. Y sin embargo, gobierna un estilo a quien la misma incorrección dota de acritud y energía muy eficaces.
El árbol de la ciencia nos cuenta de un mozo, Andrés Hurtado, que entra a la vida de espíritu por uno de los postigos más angostos: la España de hace veinticinco años. Los estigmas de este ingreso acompañan a Andrés durante el corto trecho que logra vivir, y cuando llega a la cima de la juventud, vienen a fructificar en un suicidio, mediante aconitina cristalizada de Duquesnel.
Este muchacho neuro-artrítico estudió en Madrid, la carrera de medicina, pero los catedráticos no le enseñaron nada: luego tiene unos diálogos filosóficos con un tío suyo llamado Iturrioz: después vive algún tiempo en un pueblo levantino asistiendo a un hermanito tuberculoso; más tarde sirve, por espacio de unos meses, la función de médico en un pueblo rayano de la Mancha; por fin, reintegrado en Madrid, se une en matrimonio a una extraña y simpática mujercita que sucumbe al primer parto; Andrés Hurtado se suicida y Pío Baroja concluye el libro afirmando, con solemnidad en él desusada, que «había en este muchacho algo de precursor».
El hilo novelesco no puede ser más sencillo y menos heroico. Pero, ¿no es justamente la novela un género literario inventado para traer a realce estético lo trivial e indiferente? La novela es el arte propio a una época que cree ver en todo heroísmo una mistificación y se complace no en inventar grandes destinos, sino en poner a la intemperie el secreto mecanismo donde, en definitiva, se resuelven todas las acciones humanas, manifiesto el cual nada hay grande ni pequeño, todo es indiferente, porque todo es fatal, necesaria y fácilmente explicable. Es un arte positivista y burgués que se contenta con hacer verosímiles las almas de los hombres, mostrando su obediencia al medio en que viven inmersas. La novela, producción representativa el siglo XIX, servirá para patentizar hasta dónde llegó la devastación de la poesía por las ciencias naturales.
Este tema clásico de la novela —la influencia del medio en el individuo— es el asunto de El árbol de la ciencia o de otro modo: dada la atmósfera cultural de España hacia 1890 averiguar lo que ocurrirá a un temperamento delicado, sensible, y con exigencias ideológicas, sometido a ella. «En esta época —dice al comienzo de su libro— era todavía Madrid una de las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico. Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador. El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación, vivía el Madrid de hace años».
Andrés Hurtado es un precursor, según Baroja, porque representa una generación de escritores que comenzó quince años hace a influir sobre la raza y en quien se inicia una nueva España separada por un abismo de la antigua y comunal España. Esa generación es la de Baroja mismo: de ella forman parte nombres tan sugestivos como los de Unamuno, Benavente, Valle Inclán, Azorín, Maeztu. Los escritores de esa generación se diferencian tanto entre sí, que apenas si se parecen en nada positivo. Unamuno es un místico para quien el mundo exterior no existe, mientras que para Valle-Inclán sólo este mundo patente urdido con colores y sonidos tiene realidad. Benavente es un incrédulo de todas las cosas y Maeztu era entonces más que ahora un entusiasta del progreso industrial. No se parecían, pues: su comunidad fue negativa. Eran no conformistas. Convergían sus heterogéneas tendencias en la inaceptación de la España constituida: historia, arte, ética, política. Eran enemigos fieros de aquel pragmatismo caduco y convencional, al través del que Baroja hace pasar su protagonista.
Cuando yo decía antes que la historia profunda de la España actual no podrá ser reconstruida fijándose en los ademanes políticos, en las querellas parlamentarias sino en realidades del subsuelo, me refería al hecho bien significativo, de que estos escritores, representantes de los últimos quince años españoles, no tomaron y —salvo uno— no han tomado aún posiciones en los grandes bandos de la contienda pública. No eran conservadores que arremetieran con los liberales: liberales y conservadores los odiaban y siguen odiándolos. Ni porque fueran anticristianos, que vinieran a aporrear los principios del catolicismo: alguno de ellos era entonces apostólico romano. No era, pues, una parte mayor o menor de España que pugnara con el resto.
Andrés Hurtado siente su incompatibilidad con la vida que le rodea, con la vida nacional entera: se siente otro que esa España circundante. Él y sus conciudadanos normales se sienten irreductiblemente extraños o, como los griegos decían de aquellos cuyo idioma no entendían, se sienten mutuamente bárbaros. Este mozo es un precursor porque siente germinar en lo hondo de su espíritu un nuevo idioma ideológico, una nueva manera de pensar. Ahora bien: un pueblo, más que una variedad anatómica, es eso: una genuina manera de pensar.
La obra toda de Baroja, bien que puramente crítica, demoledora, negativa, significa una valiente aspiración hacia un nuevo espíritu. Y dificulto que aun en los pueblos más jóvenes exista hoy un pensador más espontáneo y fieramente sordo al canto de sirena que de la lejanía donde los muertos fermentan manda a los vivos el pasado seductor con ambición de retenerlos e infeccionarlos. Walt Whitman comparado con Baroja es un burgués filisteo y tradicionalista.
Andrés Hurtado sucumbe en el medio pernicioso, exento de ideas vivaces, de disciplinas enérgicas. Pero Baroja pervive y cada seis meses sale de su panadería y deja en manos del librero un volumen; en este volumen se habla siempre de hombres dinámicos, decididos a perforar la costra de las costumbres y el caparazón de las convenciones sociales, a fin de salir al libre aire y bajo el gran padre Sol llevar a plena expansión su individualidad. Y esto se refiere en un estilo nervioso y expresivo, pero hostil a la gramática y a toda tradición literaria. Yo diría que Pío Baroja ha venido al mundo para demostrar que la sociedad más vieja, más harta de recuerdos, más cargada de estratificaciones del pasado, puede convertirse en una isla desierta y virginal si se la logra mirar con fuertes ojos de Robinson.
La Prensa, 13 de septiembre de 1912