Ortega y Gasset
Abstract
A Madrid dispatch (August 1912) for La Prensa of Buenos Aires: political life is dead, and Ortega declares that what matters is happening underground — in lecture rooms, books, the arts. Hence the choice between two Spains, the modest and energetic one being born and the magnificent past one: the fatherland is not the Vaterland but, with Nietzsche, the Kinderland, “what we think at night we must do tomorrow”. A portrait of Pío Baroja follows, prompted by El árbol de la ciencia.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, agosto de 1912
La vida política de estas semanas se parece mucho a la muerte.
No se hace nada, no se intenta nada, no se espera nada. La única ventaja que trae esta ausencia de vitalidad política es que al reanudar hoy mis cartas a La Prensa puedo ocuparme de otros asuntos que son más de mi gusto y que, en realidad, son más importantes. Yo he de procurar ir refiriendo con la posible ecuanimidad las aventuras parlamentarias y ministeriales conforme vayan ocurriendo; contaré los motines y las represiones; las distracciones y los aciertos de los hombres de estado españoles. Mas, de antemano, declaro al lector que mi corazón, dejado a su natural proclividad no tomará gran parte en lo que sobrevenga dentro del orden político.
Ya lo he indicado en alguna carta anterior: los senos espirituales de la raza española, la substancia nacional, se halla hoy ocupada en una esencial reforma de sí misma. La historia de España va hoy por el subsuelo; son nuevos sentimientos que se entreabren como flores interiores, ocultas; son nuevas ideas que se van hincando en nuestra tierra mental como hastiales para un edificio futuro; es un nuevo régimen de la voluntad más severo, más firme, más idealista que va estructurando de una manera original e insospechada, la conciencia de la nación. Por eso lo importante que hoy acaece en España hay que irlo a buscar en las cátedras, en nuevas instituciones que germinan, en los libros, en la artes. La política es la piel, la superficie de la vida popular en pueblos como el nuestro, antiguos y complejos. A ella llegan sólo los movimientos interiores cuando se hallan completamente desenvueltos. Entretanto, mientras se preparan y aumentan, subsiste la antigua política como una piel vieja, callosa en insensible.
La hora presente de España es de aquéllas en que somos forzados a tomar posiciones sin equívocos, sobre todo quien, como yo, va a escribir para un público formado en parte por españoles alejados de su patria, en quienes la lejanía ha potenciado el patriotismo, merced a esa dilatación divina que produce la distancia en los fuertes amores. Pues bien; nos encontramos ante un caso de conciencia; porque hay dos Españas, una modesta y enérgica que se inicia y pone el pie en el porvenir, otra la magnífica España pretérita. ¿De cuál seremos patriotas? Por mi parte, no habrá equívoco: como Nietzsche decía, la patria no es tanto la tierra de los padres —Vaterland— como la tierra de los hijos —Kinderland. Patriotismo no puede ser la fruición, el goce por reminiscencia de un ingente pasado esplendoroso. Patria es, más bien, lo que, por la noche, pensamos que tenemos que hacer al día siguiente.
Me sugiere todo esto un libro recientemente publicado: El árbol de la ciencia de Pío Baroja.
No sé hasta qué punto sean conocidos en América los libros de Baroja. En Francia y en Rusia ha logrado ya conquistarse no pocos lectores.
Pío Baroja es un personaje heteróclito que camina como los genios superiores y a quien se encuentra todas las tardes, entre seis y ocho, pululando por la Carrera de San Jerónimo o la calle de Alcalá. Cada semestre, desde hace diez años, Pío Baroja lanza un libro al público. No sería exacto decir que este escritor escribe y publica sus obras, sino más bien que las lanza, las eyecta, las dispara. A nada se parece tanto un libro de Baroja como a un objeto arrojadizo, y la hosquedad de su temperamento, lo agresivo de su arte, aspiran a hacer de la honda un género literario. Gracias a esto es Baroja un fenómeno ejemplar del alma española contemporánea y una de las nuevas figuras que mayor honor nos dan.
Es de tal manera espontáneo su estro literario y tan irreductible a las formas conocidas de inspiración, que ni siquiera podríamos clasificarlo plenamente en el orden de los literatos. Este hombre que lleva compuestas hasta veinte novelas se presenta más bien como un panadero. Efectivamente se dedica en sociedad con su hermano Ricardo, notable aguafuertista, al negocio de fabricar pan de Viena.
No se busquen en Pío Baroja primores académicos: su desdén, que es tal vez amplio en demasía, se ejerce preferentemente hacia la gramática. Y sin embargo, gobierna un estilo a quien la misma incorrección dota de acritud y energía muy eficaces.
El árbol de la ciencia nos cuenta de un mozo, Andrés Hurtado, que entra a la vida de espíritu por uno de los postigos más angostos: la España de hace veinticinco años. Los estigmas de este ingreso acompañan a Andrés durante el corto trecho que logra vivir, y cuando llega a la cima de la juventud, vienen a fructificar en un suicidio, mediante aconitina cristalizada de Duquesnel.
Este muchacho neuro-artrítico estudió en Madrid, la carrera de medicina, pero los catedráticos no le enseñaron nada: luego tiene unos diálogos filosóficos con un tío suyo llamado Iturrioz: después vive algún tiempo en un pueblo levantino asistiendo a un hermanito tuberculoso; más tarde sirve, por espacio de unos meses, la función de médico en un pueblo rayano de la Mancha; por fin, reintegrado en Madrid, se une en matrimonio a una extraña y simpática mujercita que sucumbe al primer parto; Andrés Hurtado se suicida y Pío Baroja concluye el libro afirmando, con solemnidad en él desusada, que «había en este muchacho algo de precursor».
El hilo novelesco no puede ser más sencillo y menos heroico. Pero, ¿no es justamente la novela un género literario inventado para traer a realce estético lo trivial e indiferente? La novela es el arte propio a una época que cree ver en todo heroísmo una mistificación y se complace no en inventar grandes destinos, sino en poner a la intemperie el secreto mecanismo donde, en definitiva, se resuelven todas las acciones humanas, manifiesto el cual nada hay grande ni pequeño, todo es indiferente, porque todo es fatal, necesaria y fácilmente explicable. Es un arte positivista y burgués que se contenta con hacer verosímiles las almas de los hombres, mostrando su obediencia al medio en que viven inmersas. La novela, producción representativa el siglo XIX, servirá para patentizar hasta dónde llegó la devastación de la poesía por las ciencias naturales.
Este tema clásico de la novela —la influencia del medio en el individuo— es el asunto de El árbol de la ciencia o de otro modo: dada la atmósfera cultural de España hacia 1890 averiguar lo que ocurrirá a un temperamento delicado, sensible, y con exigencias ideológicas, sometido a ella. «En esta época —dice al comienzo de su libro— era todavía Madrid una de las pocas ciudades que conservaba espíritu romántico. Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador. El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin renovación, vivía el Madrid de hace años».
Andrés Hurtado es un precursor, según Baroja, porque representa una generación de escritores que comenzó quince años hace a influir sobre la raza y en quien se inicia una nueva España separada por un abismo de la antigua y comunal España. Esa generación es la de Baroja mismo: de ella forman parte nombres tan sugestivos como los de Unamuno, Benavente, Valle Inclán, Azorín, Maeztu. Los escritores de esa generación se diferencian tanto entre sí, que apenas si se parecen en nada positivo. Unamuno es un místico para quien el mundo exterior no existe, mientras que para Valle-Inclán sólo este mundo patente urdido con colores y sonidos tiene realidad. Benavente es un incrédulo de todas las cosas y Maeztu era entonces más que ahora un entusiasta del progreso industrial. No se parecían, pues: su comunidad fue negativa. Eran no conformistas. Convergían sus heterogéneas tendencias en la inaceptación de la España constituida: historia, arte, ética, política. Eran enemigos fieros de aquel pragmatismo caduco y convencional, al través del que Baroja hace pasar su protagonista.
Cuando yo decía antes que la historia profunda de la España actual no podrá ser reconstruida fijándose en los ademanes políticos, en las querellas parlamentarias sino en realidades del subsuelo, me refería al hecho bien significativo, de que estos escritores, representantes de los últimos quince años españoles, no tomaron y —salvo uno— no han tomado aún posiciones en los grandes bandos de la contienda pública. No eran conservadores que arremetieran con los liberales: liberales y conservadores los odiaban y siguen odiándolos. Ni porque fueran anticristianos, que vinieran a aporrear los principios del catolicismo: alguno de ellos era entonces apostólico romano. No era, pues, una parte mayor o menor de España que pugnara con el resto.
Madrid, August 1912
The political life of these weeks resembles death very much.
Nothing is done, nothing is attempted, nothing is hoped for. The only advantage that this absence of political vitality brings is that, in resuming today my letters to La Prensa, I can occupy myself with other matters that are more to my taste and that, in reality, are more important. I must endeavor to go on relating, with the possible equanimity, the parliamentary and ministerial adventures as they occur; I shall tell of the riots and the repressions; the distractions and the hits of the Spanish statesmen. But, beforehand, I declare to the reader that my heart, left to its natural proclivity, will not take a great part in what may arise within the political order.
I have already indicated it in some earlier letter: the spiritual depths of the Spanish race, the national substance, is today occupied in an essential reform of itself. Spain’s history goes today through the subsoil; they are new feelings that half-open like interior, hidden flowers; they are new ideas that are driving themselves into our mental ground like gables for a future edifice; it is a new regimen of the will, more severe, more firm, more idealistic, that is structuring in an original and unsuspected manner the conscience of the nation. For that reason the important thing that today happens in Spain must be sought in the chairs of learning, in new institutions that germinate, in books, in the arts. Politics is the skin, the surface of popular life in peoples like ours, ancient and complex. To it reach only the interior movements when they are completely developed. Meanwhile, while they are prepared and increase, the old politics subsists like an old skin, callous and insensitive.
The present hour of Spain is one of those in which we are forced to take positions without ambiguities, above all whoever, like me, is going to write for a public formed in part by Spaniards removed from their fatherland, in whom distance has potentiated patriotism, thanks to that divine dilation that distance produces in strong loves. Well then: we find ourselves before a case of conscience; because there are two Spains, one modest and energetic that begins and sets foot in the future, another the magnificent past Spain. Of which one shall we be patriots? For my part, there will be no ambiguity: as Nietzsche said, the fatherland is not so much the land of the fathers —Vaterland— as the land of the children —Kinderland. Patriotism cannot be the fruition, the enjoyment by reminiscence of an enormous splendid past. The fatherland is, rather, what, at night, we think we have to do the following day.
All this suggests to me a recently published book: El árbol de la ciencia by Pío Baroja.
I do not know to what extent Baroja’s books are known in America. In France and in Russia he has already managed to win for himself not a few readers.
Pío Baroja is a heteroclite character who walks like the superior geniuses and whom one finds every afternoon, between six and eight, swarming about the Carrera de San Jerónimo or the calle de Alcalá. Every semester, for ten years now, Pío Baroja hurls a book at the public. It would not be exact to say that this writer writes and publishes his works, but rather that he hurls them, ejects them, fires them. Nothing does a book by Baroja so much resemble as a thrown object, and the sullenness of his temperament, the aggressiveness of his art, aspire to make of the sling a literary genre. Thanks to this Baroja is an exemplary phenomenon of the contemporary Spanish soul and one of the new figures that give us the greatest honor.
So spontaneous is his literary estro and so irreducible to the known forms of inspiration, that we could not even classify him fully in the order of the literati. This man who has composed as many as twenty novels presents himself rather as a baker. In effect he devotes himself, in partnership with his brother Ricardo, notable etcher, to the business of making Viennese bread.
Let academic niceties not be sought in Pío Baroja: his disdain, which is perhaps overly ample, is exercised preferably toward grammar. And nevertheless, he governs a style to which the very incorrectness endows with very effective acridity and energy.
El árbol de la ciencia tells us of a young man, Andrés Hurtado, who enters the life of the spirit through one of the narrowest wicket gates: the Spain of twenty-five years ago. The stigmata of this ingress accompany Andrés during the short stretch that he manages to live, and when he reaches the summit of youth, they come to fructify in a suicide, by means of crystallized aconitine from Duquesnel.
This neuro-arthritic young man studied in Madrid the career of medicine, but the professors taught him nothing: then he has some philosophical dialogues with an uncle of his named Iturrioz: afterwards he lives some time in a Levantine town attending a little tubercular brother; later he serves, for the space of a few months, the function of doctor in a town bordering La Mancha; finally, reinstated in Madrid, he joins in marriage a strange and likable little woman who succumbs to the first childbirth; Andrés Hurtado commits suicide and Pío Baroja concludes the book affirming, with a solemnity unusual in him, that «there was in this young man something of a precursor.»
The novelistic thread cannot be simpler and less heroic. But, is not precisely the novel a literary genre invented to bring to aesthetic prominence the trivial and indifferent? The novel is the art proper to an epoch that believes it sees in all heroism a mystification and takes pleasure not in inventing great destinies, but in laying bare the secret mechanism where, in the end, all human actions are resolved, manifest which there is nothing great or small, all is indifferent, because all is fatal, necessary, and easily explicable. It is a positivist and bourgeois art that contents itself with making men’s souls verisimilar, showing their obedience to the medium in which they live immersed. The novel, representative production of the nineteenth century, will serve to patent how far the devastation of poetry by the natural sciences reached.
This classic theme of the novel —the influence of the medium upon the individual— is the subject of El árbol de la ciencia, or in another way: given the cultural atmosphere of Spain toward 1890, to find out what will happen to a delicate, sensitive temperament, with ideological exigencies, submitted to it. «In that epoch,» he says at the beginning of his book, «Madrid was still one of the few cities that preserved a romantic spirit. All peoples have, no doubt, a series of practical formulas for life, consequence of the race, of history, of the physical and moral environment. Such formulas, such special manner of seeing, constitute a useful, simplifying, synthesizing pragmatism. National pragmatism fulfills its mission while it leaves free passage to reality; but if this passage closes, then the normality of a people is altered, the atmosphere is rarefied, ideas and facts take false perspectives. In an atmosphere of fictions, residue of an old pragmatism without renewal, lived the Madrid of years ago.»
Andrés Hurtado is a precursor, according to Baroja, because he represents a generation of writers that began fifteen years ago to influence the race and in whom a new Spain begins, separated by an abyss from the ancient and communal Spain. That generation is that of Baroja himself: of it form part names as suggestive as those of Unamuno, Benavente, Valle Inclán, Azorín, Maeztu. The writers of that generation differ so much among themselves, that they scarcely resemble one another in anything positive. Unamuno is a mystic for whom the exterior world does not exist, while for Valle-Inclán only this patent world woven with colors and sounds has reality. Benavente is an unbeliever of all things and Maeztu was then more than now an enthusiast of industrial progress. They did not resemble one another, then: their community was negative. They were nonconformists. Their heterogeneous tendencies converged in the non-acceptance of constituted Spain: history, art, ethics, politics. They were fierce enemies of that decrepit and conventional pragmatism, through which Baroja makes his protagonist pass.
When I said before that the profound history of present-day Spain could not be reconstructed by fixing one’s gaze on the political gestures, on the parliamentary quarrels, but on realities of the subsoil, I referred to the very significant fact, that these writers, representatives of the last fifteen Spanish years, did not take and —save one— have not yet taken positions in the great factions of the public contest. They were not conservatives who attacked the liberals: liberals and conservatives hated them and go on hating them. Nor because they were anti-Christians, that they came to batter the principles of Catholicism: some of them was then a Roman apostolic. It was not, then, a greater or lesser part of Spain that fought with the rest.
Madrid, agosto 1912
La vita politica di queste settimane somiglia molto alla morte.
Non si fa nulla, non si tenta nulla, non si spera nulla. L’unico vantaggio che porta questa assenza di vitalità politica è che, riprendendo oggi le mie lettere a La Prensa, posso occuparmi di altre questioni che sono più di mio gusto e che, in realtà, sono più importanti. Io debbo procurare di andar riferendo con la possibile equanimità le avventure parlamentari e ministeriali man mano che accadranno; racconterò i tumulti e le repressioni; le distrazioni e gli azzeccamenti degli uomini di stato spagnoli. Ma, in anticipo, dichiaro al lettore che il mio cuore, lasciato alla sua naturale proclività, non prenderà gran parte in ciò che sopravvenga nell’ordine politico.
L’ho già indicato in qualche lettera precedente: i seni spirituali della razza spagnola, la sostanza nazionale, si trova oggi occupata in una riforma essenziale di se stessa. La storia di Spagna va oggi per il sottosuolo; sono nuovi sentimenti che si schiudono come fiori interiori, nascosti; sono nuove idee che vanno piantandosi nella nostra terra mentale come frontoni per un edificio futuro; è un nuovo regime della volontà più severo, più fermo, più idealista che va strutturando in maniera originale e insospettata la coscienza della nazione. Per questo l’importante che oggi accade in Spagna bisogna andarlo a cercare nelle cattedre, nelle nuove istituzioni che germinano, nei libri, nelle arti. La politica è la pelle, la superficie della vita popolare in popoli come il nostro, antichi e complessi. Ad essa giungono solo i movimenti interiori quando si trovano completamente sviluppati. Intanto, mentre si preparano e aumentano, sussiste la vecchia politica come una pelle vecchia, callosa e insensibile.
L’ora presente di Spagna è di quelle in cui siamo costretti a prendere posizioni senza equivoci, soprattutto chi, come me, va a scrivere per un pubblico formato in parte da spagnoli lontani dalla loro patria, nei quali la lontananza ha potenziato il patriottismo, mercé quella dilatazione divina che la distanza produce nei forti amori. Ebbene; ci troviamo dinanzi a un caso di coscienza; perché ci sono due Spagne, una modesta ed energica che si inizia e mette il piede nell’avvenire, l’altra la magnifica Spagna passata. Di quale saremo patrioti? Da parte mia, non ci sarà equivoco: come diceva Nietzsche, la patria non è tanto la terra dei padri —Vaterland— quanto la terra dei figli —Kinderland. Patriottismo non può essere la fruizione, il godimento per reminiscenza di un ingente passato splendido. Patria è, piuttosto, ciò che, di notte, pensiamo di dover fare il giorno dopo.
Mi suggerisce tutto questo un libro recentemente pubblicato: El árbol de la ciencia di Pío Baroja.
Non so fino a che punto siano conosciuti in America i libri di Baroja. In Francia e in Russia è già riuscito a conquistarsi non pochi lettori.
Pío Baroja è un personaggio eteroclito che cammina come i geni superiori e che si incontra tutti i pomeriggi, tra le sei e le otto, brulicante per la Carrera de San Jerónimo o per la calle de Alcalá. Ogni semestre, da dieci anni, Pío Baroja lancia un libro al pubblico. Non sarebbe esatto dire che questo scrittore scrive e pubblica le sue opere, ma piuttosto che le lancia, le eietta, le spara. A nulla somiglia tanto un libro di Baroja quanto a un oggetto da getto, e l’asprezza del suo temperamento, l’aggressività della sua arte, aspirano a fare della fionda un genere letterario. Grazie a questo Baroja è un fenomeno esemplare dell’anima spagnola contemporanea e una delle nuove figure che maggior onore ci danno.
È di tal maniera spontaneo il suo estro letterario e così irriducibile alle forme conosciute di ispirazione, che nemmeno potremmo classificarlo pienamente nell’ordine dei letterati. Quest’uomo che ha composto fin venti romanzi si presenta piuttosto come un fornaio. Effettivamente si dedica in società col fratello Ricardo, notevole acquafortista, al mestiere di fabbricare pane di Vienna.
Non si cerchino in Pío Baroja preziosità accademiche: il suo disdegno, che è forse ampio in eccesso, si esercita preferibilmente verso la grammatica. E tuttavia, governa uno stile a cui la stessa incorrezione dota di acrezza ed energia molto efficaci.
El árbol de la ciencia ci racconta di un giovanotto, Andrés Hurtado, che entra nella vita dello spirito per uno dei postierla più stretti: la Spagna di venticinque anni fa. Gli stimmi di questo ingresso accompagnano Andrés durante il breve tratto che riesce a vivere, e quando giunge alla vetta della gioventù, vengono a fruttificare in un suicidio, mediante aconitina cristallizzata della Duquesnel.
Questo ragazzo neuro-artritico studiò a Madrid la carriera di medicina, ma i professori non gli insegnarono nulla: poi ha dei dialoghi filosofici con uno zio chiamato Iturrioz: dopo vive un po’ di tempo in un paese levantino assistendo a un fratellino tubercolotico; più tardi presta, per lo spazio di alcuni mesi, la funzione di medico in un paese confinante con la Mancia; infine, reintegrato a Madrid, si unisce in matrimonio a una strana e simpatica donnina che soccombe al primo parto; Andrés Hurtado si suicida e Pío Baroja conclude il libro affermando, con solennità in lui insolita, che «c’era in questo ragazzo qualcosa di precursore».
Il filo romanzesco non può essere più semplice e meno eroico. Ma, non è appunto il romanzo un genere letterario inventato per portare a risalto estetico il banale e l’indifferente? Il romanzo è l’arte propria di un’epoca che crede di vedere in ogni eroismo una mistificazione e si compiace non di inventare grandi destini, ma di mettere all’intemperie il segreto meccanismo dove, in definitiva, si risolvono tutte le azioni umane, manifesto il quale nulla c’è di grande o di piccolo, tutto è indifferente, perché tutto è fatale, necessario e facilmente spiegabile. È un’arte positivistica e borghese che si contenta di rendere verosimili le anime degli uomini, mostrando la loro obbedienza al mezzo in cui vivono immerse. Il romanzo, produzione rappresentativa del secolo XIX, servirà a rendere palese fin dove giunse la devastazione della poesia da parte delle scienze naturali.
Questo tema classico del romanzo —l’influenza del mezzo sull’individuo— è l’assunto di El árbol de la ciencia o, in altro modo: data l’atmosfera culturale della Spagna verso il 1890, indovinare che cosa accadrà a un temperamento delicato, sensibile, e con esigenze ideologiche, sottoposto ad essa. «In quest’epoca,» dice al cominciare del suo libro, «era ancora Madrid una delle poche città che conservava spirito romantico. Tutti i popoli hanno, senza dubbio, una serie di formule pratiche per la vita, conseguenza della razza, della storia, dell’ambiente fisico e morale. Tali formule, tale speciale maniera di vedere, costituiscono un pragmatismo utile, semplificatore, sintetizzatore. Il pragmatismo nazionale compie la sua missione finché lascia passo libero alla realtà; ma se questo passo si chiude, allora la normalità di un popolo si altera, l’atmosfera si rarefà, le idee e i fatti prendono prospettive false. In un ambiente di finzioni, residuo di un pragmatismo vecchio e senza rinnovamento, viveva il Madrid di anni fa».
Andrés Hurtado è un precursore, secondo Baroja, perché rappresenta una generazione di scrittori che cominciò quindici anni fa a influire sulla razza e in cui si inizia una nuova Spagna separata da un abisso dall’antica e comune Spagna. Quella generazione è quella di Baroja stesso: di essa fanno parte nomi tanto suggestivi come quelli di Unamuno, Benavente, Valle Inclán, Azorín, Maeztu. Gli scrittori di quella generazione si differenziano tanto tra loro, che appena si somigliano in nulla di positivo. Unamuno è un mistico per il quale il mondo esterno non esiste, mentre per Valle-Inclán soltanto questo mondo patente ordito con colori e suoni ha realtà. Benavente è un incredulo di tutte le cose e Maeztu era allora più che ora un entusiasta del progresso industriale. Non si somigliavano, dunque: la loro comunità fu negativa. Erano non conformisti. Le loro eterogenee tendenze convergevano nella non accettazione della Spagna costituita: storia, arte, etica, politica. Erano fieri nemici di quel pragmatismo caduco e convenzionale, attraverso il quale Baroja fa passare il suo protagonista.
Quando dicevo prima che la storia profonda della Spagna attuale non potrà essere ricostruita fissandosi nei gesti politici, nelle querelle parlamentari, ma nelle realtà del sottosuolo, mi riferivo al fatto ben significativo, che questi scrittori, rappresentanti degli ultimi quindici anni spagnoli, non presero e —salvo uno— non hanno ancora preso posizione nei grandi schieramenti della contesa pubblica. Non erano conservatori che assalivano i liberali: liberali e conservatori li odiavano e continuano a odiarli. Né perché fossero anticristiani, che venissero a bastonare i princìpi del cattolicesimo: qualcuno di loro era allora apostolico romano. Non era, dunque, una parte maggiore o minore di Spagna che pugnasse col resto.
Andrés Hurtado siente su incompatibilidad con la vida que le rodea, con la vida nacional entera: se siente otro que esa España circundante. Él y sus conciudadanos normales se sienten irreductiblemente extraños o, como los griegos decían de aquellos cuyo idioma no entendían, se sienten mutuamente bárbaros. Este mozo es un precursor porque siente germinar en lo hondo de su espíritu un nuevo idioma ideológico, una nueva manera de pensar. Ahora bien: un pueblo, más que una variedad anatómica, es eso: una genuina manera de pensar.
La obra toda de Baroja, bien que puramente crítica, demoledora, negativa, significa una valiente aspiración hacia un nuevo espíritu. Y dificulto que aun en los pueblos más jóvenes exista hoy un pensador más espontáneo y fieramente sordo al canto de sirena que de la lejanía donde los muertos fermentan manda a los vivos el pasado seductor con ambición de retenerlos e infeccionarlos. Walt Whitman comparado con Baroja es un burgués filisteo y tradicionalista.
Andrés Hurtado sucumbe en el medio pernicioso, exento de ideas vivaces, de disciplinas enérgicas. Pero Baroja pervive y cada seis meses sale de su panadería y deja en manos del librero un volumen; en este volumen se habla siempre de hombres dinámicos, decididos a perforar la costra de las costumbres y el caparazón de las convenciones sociales, a fin de salir al libre aire y bajo el gran padre Sol llevar a plena expansión su individualidad. Y esto se refiere en un estilo nervioso y expresivo, pero hostil a la gramática y a toda tradición literaria. Yo diría que Pío Baroja ha venido al mundo para demostrar que la sociedad más vieja, más harta de recuerdos, más cargada de estratificaciones del pasado, puede convertirse en una isla desierta y virginal si se la logra mirar con fuertes ojos de Robinson.
La Prensa, 13 de septiembre de 1912
Andrés Hurtado feels his incompatibility with the life that surrounds him, with the whole national life: he feels himself other than that surrounding Spain. He and his normal fellow citizens feel themselves irreducibly strange or, as the Greeks said of those whose language they did not understand, they feel themselves mutually barbarians. This young man is a precursor because he feels germinate in the depth of his spirit a new ideological language, a new manner of thinking. Now then: a people, more than an anatomical variety, is that: a genuine manner of thinking.
The whole work of Baroja, though purely critical, demolishing, negative, signifies a brave aspiration toward a new spirit. And I doubt that even in the youngest peoples there exists today a thinker more spontaneous and fiercely deaf to the siren song that, from the distance where the dead ferment, the seductive past sends to the living with ambition to retain and infect them. Walt Whitman compared with Baroja is a philistine and traditionalist bourgeois.
Andrés Hurtado succumbs in the pernicious medium, exempt of lively ideas, of energetic disciplines. But Baroja survives and every six months comes out of his bakery and leaves in the hands of the bookseller a volume; in this volume there is always talk of dynamic men, decided to perforate the crust of customs and the shell of social conventions, in order to come out to the free air and, under the great father Sun, bring to full expansion their individuality. And this is told in a nervous and expressive style, but hostile to grammar and to all literary tradition. I would say that Pío Baroja has come into the world to demonstrate that the oldest society, most sated with memories, most laden with stratifications of the past, can become a deserted and virginal island if one manages to look at it with strong Robinsonian eyes.
La Prensa, 13 de septiembre de 1912
Andrés Hurtado sente la sua incompatibilità con la vita che lo circonda, con l’intera vita nazionale: si sente altro da quella Spagna circostante. Lui e i suoi normali concittadini si sentono irriducibilmente stranieri o, come dicevano i greci di quelli il cui idioma non capivano, si sentono reciprocamente barbari. Questo giovane è un precursore perché sente germinare nel fondo del suo spirito un nuovo idioma ideologico, una nuova maniera di pensare. Ebbene: un popolo, più che una varietà anatomica, è questo: una genuina maniera di pensare.
Tutta l’opera di Baroja, sebbene puramente critica, demolitoria, negativa, significa una coraggiosa aspirazione verso un nuovo spirito. E stento a credere che anche nei popoli più giovani esista oggi un pensatore più spontaneo e fieramente sordo al canto di sirena che, dalla lontananza dove i morti fermentano, il passato seduttore manda ai vivi con ambizione di trattenerli e infettarli. Walt Whitman confrontato con Baroja è un borghese filisteo e tradizionalista.
Andrés Hurtado soccombe nel mezzo pernicioso, esente di idee vivaci, di discipline energiche. Ma Baroja pervive e ogni sei mesi esce dalla sua panetteria e lascia nelle mani del libraio un volume; in questo volume si parla sempre di uomini dinamici, decisi a perforare la crosta dei costumi e il guscio delle convenzioni sociali, al fine di uscire all’aria libera e, sotto il grande padre Sole, portare a piena espansione la loro individualità. E questo si racconta in uno stile nervoso ed espressivo, ma ostile alla grammatica e a ogni tradizione letteraria. Io direi che Pío Baroja è venuto al mondo per dimostrare che la società più vecchia, più satolla di ricordi, più carica di stratificazioni del passato, può convertirsi in un’isola deserta e verginale se si riesce a guardarla con forti occhi di Robinson.
La Prensa, 13 de septiembre de 1912