Ortega y Gasset

Abstract

A memorial for Navarro Ledesma: great peoples — Egypt, Greece, Rome — were born around the ashes of their dead, and the dead, if we open our feeling to them, enter into us and leave us their virtues as an inheritance. Of a dead man one must ask not only what he did but what he was; the example is Socrates, who “was Plato and Xenophon”, an idea that has gone on being born in us for twenty-five centuries.

Connections

Concetti: morte
Figure: Socrate, Platone
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Para la señora doña Eloísa Navarro Ledesma de Cubas

El triste adamita pasa en menoscabo al través de la vida llevándose a sí mismo a la rastra: va cargado de afanes y de dolores, más que cargado va rendido so la gravedad de un perenne desencanto. Las ilusiones, las esperanzas se le han caído, como mal prendidos cascabeles, en la primera jornada. Sigue haciendo camino con el ánimo sordo, merced a un impulso oscuro, ciego, impersonal. Un día, entre que el sol sale o no sale, llega sobre el hombre una noche definitiva: se siente hundido en un descanso oscuro, ciego, impersonal. Bebiotai, bebiotai! ¡Ha vivido, ha vivido! —decían entonces los griegos. Los amigos creen por un momento que se han quedado solos: lloran: a la luz de un mezquino sol rojo echan sobre el residuo carnal unos puñados de santa tierra: luego se enjugan las mejillas: por fin, advierten que el fenecido ha traspuesto sus memorias, como una nube el horizonte.

La historia, por lo vieja y por lo irremediable, no nos interesa —dirá alguno. Vieja sí que lo es, satánicamente vieja, pero ¿irremediable…?

Los grandes pueblos han nacido en torno a las cenizas de sus muertos: Egipto, Grecia, Roma, se han formado en la religión de los difuntos: la energía de estas razas irradiaba de las urnas cinerarias que en la secreta penumbra de todos los hogares latía místicamente como corazones inmortales.

Los muertos no mueren por completo cuando mueren: largo tiempo permanecen; largo tiempo flota entre los vivos que les amaron algo incierto de ellos. Si en esta sazón respiramos a plenos pulmones y abrimos las puertecillas todas de nuestro sentimentalismo, los muertos entran dentro de nosotros, hacen en nosotros morada y agradecidos, como sólo los muertos saben serlo, déjannos en herencia la henchida aljaba de sus virtudes.

Una conjunción de venturosas circunstancias ha hecho a algunos hombres inmortales; pero esto no quiere decir que no deban serlo también otros. En todo ser hay una virtud, cuando menos, que tiene derecho a ser inmortalizada. Es injusto e inmoral preguntar de un muerto sólo: ¿Qué ha hecho? Hay que preguntar también: ¿Qué ha sido?

Ésta es precisamente la labor religiosa impuesta a los que conocieron y sintieron el ardor espiritual de algunos hombres muertos a destiempo y cuyos esfuerzos, rotos por un error de la suerte, permanecen eternamente proyectados sobre el vacío como arcos incompletos, como imágenes frustradas en que las líneas no se cumplen, las dovelas no se aúnan y se yerguen sin estatuas los plintos.

Así Navarro Ledesma murió al comenzar su labor constructora; ahí está el bloque de blanco mármol; sobre él dio la mano inspirada unos golpes de cincel; unas confusas líneas marcan sospechas de figuras poderosas, de brazos con músculos tendidos, de torsos egregios, de rostros sugestivos y enigmáticos. Pero el escultor ha muerto; la obra múltiple, honda, sincera, educadora, evangélica, queda por siempre inexplicada, perdida entre los prietos granos de la mole indiferente; so ese mundo nuevo que iba a surgir cae la única manera irremediable de muerte: la de lo que se queda sin nacer.

Dentro de algunos años acaso parezca confuso a una nueva juventud esto de que hoy echemos algunas flores de recuerdo en torno a la memoria de Navarro Ledesma. Su obra, esparcida a todos los vientos en forma de escritos periodísticos, no es su obra: el que quiera sobre esas páginas compuestas sin tiempo, sin esperanza y sin libertad, erigir un juicio, comete una injusticia. El tiempo, la esperanza y la libertad son los tres demiurgos que elaboran los planes del poeta, y los tres faltaron totalmente a Navarro Ledesma por una conjunción de adversas circunstancias.

En la historia del pensamiento aparecen a lo mejor nombres ante los que mostraron gran respeto sus contemporáneos, pero que no dejaron obra sobre que nosotros podamos hoy reconstruir definidamente aquella alma venerable. Sea un ejemplo Sócrates. Pero ¿qué cosa fue Sócrates? Y ved lo que tenemos que responder: Sócrates fue Platón y Jenofonte, Sócrates es un poco de todos nosotros, que desde hace veinticinco siglos vamos naciendo con unos acordes socráticos dentro de la armonía equívoca de nuestro espíritu. Mas para nosotros, Sócrates es una idea que nos enseñó Platón, al tiempo que para este divino filósofo, Sócrates fue una aventura; mejor aún, la aventura, aquel momento de la vida individual que polariza, que cristaliza en forma decisiva el resto de esa vida individual.

Navarro Ledesma fue mi aventura. Tú, señor lector, leerás esta frase con indiferencia, pero es que tal vez no sepas qué hacecillo de abrojos y de amarguras, qué respiradero de inquietudes, qué cúmulo de anhelos dolientes, de dubitaciones, de tanteos desesperados, de ambiciones imposibles, constituye eso que llamaríamos el alma de un español de veinte años. Si lo ignoras, te pido noble respeto ante una cosa que es para ti un misterio, y prometo que alguna vez intentaré aclarártelo.

Navarro Ledesma fue para mí una aventura, porque coexistían en él junto a una agudísima e incansable ideación las dos más altas virtudes modernas: el cumplimiento de los deberes oscuros y el idealismo inmarcesible.

Conforme va el hombre viviendo múdanse sus pensamientos, quiébranse sus proyectos, entran otros en su lugar, llegan y pasan bramando las pasiones, trastrócanse mil veces las ambiciones, mueren los amigos y los hermanos, sobreviven otros amigos y otros hermanos, todo se estremece y oscila, se trasmuda y huye, se renueva y cambia. En tanto una sola realidad permanece, una sola cosa está sentada a nuestro lado tácitamente y si caminamos hace vía con nosotros: el Deber, pardo, vulgar personaje sin historia. En tanto que fuera y dentro de nosotros sin cesar todo se muda, nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber. ¿Qué deber? ¿Ese bello deber de conquistar un reino, de fundar una religión, de decir una verdad atrevida? No, no, esos son llamamientos unipersonales con que Dios regala a algunos hombres y que en el fondo les ensoberbecen. Hablo del deber anónimo, del deber cambiado en cuartos, el de este instante que está frente a nosotros y el de todos los instantes. Es ese deber sin flores y de frutos invisibles, ese deber hospiciano que forma el más hondo sedimento sobre el que se apoya todo el esplendor de la vida social: el deber del trabajo. Navarro Ledesma, que intelectualmente había hecho la vuelta de todas las quintaesencias enfermizas o sabias de la moral nueva, cumplió santamente, un día y otro, con esos deberes oscuros. Aquí tenéis un ejemplo de una de las dos sublimes virtudes democráticas. El antiguo y conocido campo del Deber es el lugar de liza y de hazañas para los modernos caballeros, y cumplir en ese paso honroso de la Obligación, la muestra más cierta de virilidad moderna.

Hay quien espera a entrar en el combate cuando el rey está mirando; hay quien para escribir necesita, como Buffon, unos puños de encaje; hay quien es como Aristo, aquel filósofo galante que disertaba únicamente cuando le llevaban en litera. Hay, en cambio, quien trabaja siempre que es preciso, donde quiera y como quiera.

He llamado idealismo inmarcesible a la otra virtud que había eminentemente en Navarro Ledesma. Tú, señor lector, sabes bien, ¿no es cierto?, lo que es un ideal. El mundo es como es: nosotros quisiéramos que fuera de otra manera, y nos afanamos por lograrlo. Los hombres son injustos; nosotros creemos que la justicia debe hacer entre los hombres su firme nido de cigüeña. Los españoles somos fanáticos: tú y yo creemos que los españoles deben ser tolerantes. Al mundo que es oponemos un mundo que debe ser. Sobre la realidad trabajamos por fundar la idealidad. Ese estado de ánimo en que la idealidad halla siempre amorosa resonancia, es lo que llamo idealismo. La mocedad es siempre idealista: en ella el idealismo es fisiológico y tiene escaso mérito. Pero todos los alientos noblemente excesivos tras cosas ideales suelen agotarse antes de los treinta años en razas cansadas y mujeriegas como la nuestra. La vida es, ante todo, una faena de domesticación y de poda de ilusiones; mas, por lo mismo, es preciso entrarse por ella con pasto abundante en que se cebe, como es preciso en casi todas las enfermedades entrar rollizo para que algo sobrequede a la postre. Una injusticia suscita en un mozo indignación, en un viejo nostalgia de la indignación.

Navarro Ledesma había sufrido mucho, moral y físicamente: su mocedad se había anegado en una labor incesante y rudísima: por eso, habiéndole faltado la juventud ardorosa, pasional, turbulenta, conservó durante toda su vida una juventud más quieta, más armoniosa, más de clara fuente risueña, pausada y fresca; mantúvose siempre capaz de indignación y de entusiasmo; tuvo, en fin, hasta la muerte, sobre su rostro ancho y reciamente asentado en los hombros, esa tierna expresión con dejos melancólicos que conservan en la mirada las vírgenes viejas.

For the lady doña Eloísa Navarro Ledesma de Cubas

The sad Adamite passes in decline through life, dragging himself along: he goes laden with anxieties and pains; more than laden, he goes worn down beneath the weight of a perennial disenchantment. Illusions, hopes have fallen off him, like ill-fastened little bells, in the first stage of the journey. He keeps making his way with a deaf spirit, thanks to a dark, blind, impersonal impulse. One day, between whether the sun rises or does not rise, there comes over man a definitive night: he feels himself sunk in a dark, blind, impersonal rest. Bebiotai, bebiotai! He has lived, he has lived! —the Greeks used to say then. Friends believe for a moment that they have been left alone: they weep: in the light of a paltry red sun they cast upon the carnal residue a few handfuls of holy earth: then they dry their cheeks: at last, they notice that the deceased has passed beyond their memories, like a cloud the horizon.

History, for being old and for being irremediable, does not interest us —someone will say. Old it certainly is, satanically old, but irremediable…?

The great peoples have been born around the ashes of their dead: Egypt, Greece, Rome, have been formed in the religion of the departed: the energy of these races radiated from the cinerary urns that, in the secret penumbra of every home, beat mystically like immortal hearts.

The dead do not die completely when they die: for a long time they remain; for a long time there floats among the living who loved them something uncertain of them. If in this season we breathe with full lungs and open all the little doors of our sentimentalism, the dead enter within us, make in us their dwelling and, grateful, as only the dead know how to be, leave us in inheritance the full quiver of their virtues.

A conjunction of fortunate circumstances has made some men immortal; but this does not mean that others should not be so too. In every being there is a virtue, at least one, that has the right to be immortalized. It is unjust and immoral to ask of a dead man only: What has he done? One must ask also: What has he been?

This is precisely the religious labor imposed on those who knew and felt the spiritual ardor of some men dead before their time and whose efforts, broken by an error of fortune, remain eternally projected over the void like incomplete arches, like frustrated images in which the lines do not fulfill themselves, the voussoirs do not join, and the plinths rise without statues.

Thus Navarro Ledesma died at the beginning of his constructive labor; there is the block of white marble; upon it the inspired hand gave a few blows of the chisel; some confused lines mark suspicions of powerful figures, of arms with tense muscles, of egregious torsos, of suggestive and enigmatic faces. But the sculptor has died; the multiple, deep, sincere, educative, evangelical work remains forever unexplained, lost among the dense grains of the indifferent mass; upon that new world that was going to arise falls the only irremediable manner of death: that of what remains unborn.

Within some years perhaps it will seem confused to a new youth this business of our casting today some flowers of remembrance around the memory of Navarro Ledesma. His work, scattered to all the winds in the form of journalistic writings, is not his work: whoever wishes, upon those pages composed without time, without hope and without freedom, to erect a judgment, commits an injustice. Time, hope and freedom are the three demiurges that elaborate the plans of the poet, and all three totally failed Navarro Ledesma through a conjunction of adverse circumstances.

In the history of thought there appear perhaps names before which their contemporaries showed great respect, but who left no work upon which we may today reconstruct definitely that venerable soul. Let Socrates be an example. But what thing was Socrates? And see what we have to answer: Socrates was Plato and Xenophon; Socrates is a little of all of us, who for twenty-five centuries have been being born with some Socratic chords within the equivocal harmony of our spirit. But for us, Socrates is an idea that Plato taught us, while for that divine philosopher, Socrates was an adventure; better yet, the adventure, that moment of individual life that polarizes, that crystallizes in decisive form the rest of that individual life.

Navarro Ledesma was my adventure. You, sir reader, will read this phrase with indifference, but it is that perhaps you do not know what a little bundle of brambles and of bitternesses, what a venthole of anxieties, what a heap of dolorous longings, of hesitations, of desperate gropings, of impossible ambitions, constitutes that which we would call the soul of a twenty-year-old Spaniard. If you ignore it, I ask of you noble respect before a thing that is for you a mystery, and I promise that sometime I shall try to clarify it for you.

Navarro Ledesma was for me an adventure, because there coexisted in him, along with a most acute and tireless ideation, the two highest modern virtues: the fulfillment of the obscure duties and the unfading idealism.

As man goes on living his thoughts change, his projects break, others enter in their place, passions come and pass roaring, ambitions are turned upside down a thousand times, friends and brothers die, other friends and other brothers survive, everything trembles and oscillates, is transmuted and flees, renews and changes. Meanwhile one sole reality remains, one sole thing is seated at our side tacitly and if we walk it makes way with us: Duty, the gray, vulgar character without history. While outside and within us all is ceaselessly changing, we have to fulfill our duty. What duty? That beautiful duty of conquering a kingdom, of founding a religion, of uttering an audacious truth? No, no, those are unipersonal callings with which God gifts some men and which in the bottom exalt them with pride. I speak of the anonymous duty, of the duty changed into small change, that of this instant that is before us and that of all instants. It is that duty without flowers and of invisible fruits, that hospice duty that forms the deepest sediment on which rests all the splendor of social life: the duty of work. Navarro Ledesma, who intellectually had made the round of all the sickly or wise quintessences of the new morality, fulfilled saintly, one day and another, those obscure duties. Here you have an example of one of the two sublime democratic virtues. The ancient and known field of Duty is the place of joust and of feats for the modern knights, and to fulfill in that honorable pass of Obligation, the surest proof of modern virility.

There is one who waits to enter the combat when the king is watching; there is one who, to write, needs, like Buffon, a pair of lace cuffs; there is one who is like Aristo, that gallant philosopher who discoursed only when they carried him in a litter. There is, on the contrary, one who works whenever it is necessary, wherever and however.

I have called unfading idealism the other virtue that was eminently in Navarro Ledesma. You, sir reader, know well, is it not true?, what an ideal is. The world is as it is: we should wish it to be another way, and we strive to achieve it. Men are unjust; we believe that justice should make among men its firm stork’s nest. The Spaniards are fanatics: you and I believe that the Spaniards should be tolerant. To the world that is we oppose a world that should be. Upon reality we work to found ideality. That state of mind in which ideality always finds loving resonance, is what I call idealism. Youth is always idealist: in it idealism is physiological and has scant merit. But all the nobly excessive breaths after ideal things usually exhaust themselves before the age of thirty in tired and womanizing races like ours. Life is, above all, a task of domestication and of pruning of illusions; but, for that very reason, it is necessary to enter into it with abundant pasture on which to fatten, as in almost all illnesses it is necessary to enter plump so that something remains over at the end. An injustice arouses in a young man indignation, in an old man nostalgia of indignation.

Navarro Ledesma had suffered much, morally and physically: his youth had been drowned in an incessant and most rude labor: for that reason, having been lacking the ardent, passionate, turbulent youth, he kept through all his life a quieter youth, more harmonious, more of a clear, smiling, unhurried and fresh spring; he maintained himself always capable of indignation and of enthusiasm; he had, in sum, until death, over his broad face firmly seated on the shoulders, that tender expression with melancholy traces that old maids keep in their gaze.

Per la signora doña Eloísa Navarro Ledesma de Cubas

Il triste adamita passa in menoscabo attraverso la vita portandosi dietro a strascico se stesso: va carico di affanni e di dolori; più che carico, va stanco sotto la gravità di un perenne disincanto. Le illusioni, le speranze gli sono cadute, come sonagli mal fissati, nella prima giornata. Continua a fare cammino con l’animo sordo, mercé un impulso oscuro, cieco, impersonale. Un giorno, tra che il sole esca o non esca, giunge sull’uomo una notte definitiva: si sente sprofondato in un riposo oscuro, cieco, impersonale. Bebiotai, bebiotai! Ha vissuto, ha vissuto! —dicevano allora i greci. Gli amici credono per un momento di essere rimasti soli: piangono: alla luce di un meschino sole rosso gettano sul residuo carnale qualche manciata di santa terra: poi si asciugano le guance: infine, avvertono che il defunto ha trasposto le loro memorie, come una nube l’orizzonte.

La storia, per il fatto d’essere vecchia e per il fatto d’essere irrimediabile, non ci interessa —dirà qualcuno. Vecchia sì che lo è, satanicamente vecchia, ma irrimediabile…?

I grandi popoli sono nati intorno alle ceneri dei loro morti: l’Egitto, la Grecia, Roma, si sono formati nella religione dei defunti: l’energia di queste razze irradiava dalle urne cinerarie che, nella segreta penombra di tutti i focolari, palpitava misticamente come cuori immortali.

I morti non muoiono completamente quando muoiono: a lungo rimangono; a lungo fluttua tra i vivi che li amarono qualcosa di incerto di loro. Se in questa stagione respiriamo a pieni polmoni e apriamo tutte le porticine del nostro sentimentalismo, i morti entrano dentro di noi, fanno in noi dimora e, grati, come solo i morti sanno esserlo, ci lasciano in eredità la colma faretra delle loro virtù.

Una congiunzione di fortunate circostanze ha reso immortali alcuni uomini; ma questo non vuol dire che non debbano esserlo anche altri. In ogni essere c’è una virtù, almeno una, che ha diritto di essere immortalata. È ingiusto e immorale domandare di un morto soltanto: Che ha fatto? Bisogna domandare anche: Che è stato?

Questa è precisamente la fatica religiosa imposta a coloro che conobbero e sentirono l’ardore spirituale di alcuni uomini morti a tempo non giusto e i cui sforzi, rotti da un errore della sorte, rimangono eternamente proiettati sul vuoto come archi incompiuti, come immagini frustrate in cui le linee non si compiono, i connessi non si congiungono e si ergono senza statue i plinti.

Così Navarro Ledesma morì al cominciare la sua opera costruttiva; ecco il blocco di bianco marmo; su di esso la mano ispirata diede alcuni colpi di scalpello; alcune confuse linee marcano sospetti di figure poderose, di braccia con muscoli tesi, di torsi egregi, di volti suggestivi ed enigmatici. Ma lo scultore è morto; l’opera molteplice, profonda, sincera, educatrice, evangelica, resta per sempre inspiegata, persa tra i densi grani della mole indifferente; su quel mondo nuovo che stava per sorgere cade l’unica maniera irrimediabile di morte: quella di ciò che resta senza nascere.

Fra alcuni anni forse sembrerà confuso a una nuova gioventù questo fatto che oggi gettiamo alcuni fiori di ricordo intorno alla memoria di Navarro Ledesma. La sua opera, sparsa a tutti i venti in forma di scritti giornalistici, non è la sua opera: chi voglia, su quelle pagine composte senza tempo, senza speranza e senza libertà, erigere un giudizio, commette un’ingiustizia. Il tempo, la speranza e la libertà sono i tre demiurghi che elaborano i piani del poeta, e tutti e tre mancarono totalmente a Navarro Ledesma per una congiunzione di avverse circostanze.

Nella storia del pensiero appaiono a volte nomi dinanzi ai quali i loro contemporanei mostrarono grande rispetto, ma che non lasciarono opera su cui noi possiamo oggi ricostruire definita quella venerabile anima. Sia un esempio Socrate. Ma che cosa fu Socrate? E vedete che cosa dobbiamo rispondere: Socrate fu Platone e Senofonte; Socrate è un po’ di tutti noi, che da venticinque secoli andiamo nascendo con alcuni accordi socratici dentro l’armonia equivoca del nostro spirito. Ma per noi, Socrate è un’idea che ci insegnò Platone, mentre per questo divino filosofo, Socrate fu un’avventura; meglio ancora, l’avventura, quel momento della vita individuale che polarizza, che cristallizza in forma decisiva il resto di quella vita individuale.

Navarro Ledesma fu la mia avventura. Tu, signor lettore, leggerai questa frase con indifferenza, ma è che forse non sai quale fascetto di triboli e di amarezze, quale spiraglio di inquietudini, quale cumulo di aneliti dolenti, di dubitazioni, di tentativi disperati, di ambizioni impossibili, costituisca ciò che chiameremmo l’anima di uno spagnolo di vent’anni. Se lo ignori, ti chiedo nobile rispetto dinanzi a una cosa che è per te un mistero, e prometto che qualche volta tenterò di chiarirtelo.

Navarro Ledesma fu per me un’avventura, perché coesistevano in lui, insieme a un’acutissima e instancabile ideazione, le due più alte virtù moderne: l’adempimento dei doveri oscuri e l’idealismo inmarcescibile.

Man mano che l’uomo va vivendo si mutano i suoi pensieri, si spezzano i suoi progetti, ne entrano altri al loro posto, arrivano e passano ruggendo le passioni, si sovvertono mille volte le ambizioni, muoiono gli amici e i fratelli, sopravvivono altri amici e altri fratelli, tutto si scuote e oscilla, si trasmuta e fugge, si rinnova e cambia. Intanto una sola realtà permane, una sola cosa sta seduta al nostro fianco tacitamente e se camminiamo fa via con noi: il Dovere, grigio, volgare personaggio senza storia. Mentre fuori e dentro di noi tutto si muta senza posa, noi dobbiamo compiere il nostro dovere. Quale dovere? Quel bel dovere di conquistare un regno, di fondare una religione, di dire una verità ardita? No, no, quelli sono appelli unipersonali con cui Dio regala ad alcuni uomini e che in fondo li insuperbiscono. Parlo del dovere anonimo, del dovere cambiato in moneta, quello di questo istante che sta dinanzi a noi e quello di tutti gli istanti. È quel dovere senza fiori e di frutti invisibili, quel dovere ospiziano che forma il più profondo sedimento su cui si appoggia tutto lo splendore della vita sociale: il dovere del lavoro. Navarro Ledesma, che intellettualmente aveva fatto il giro di tutte le quintessenze malaticce o sapienti della morale nuova, compì santamente, un giorno e l’altro, quei doveri oscuri. Qui avete un esempio di una delle due sublimi virtù democratiche. L’antico e noto campo del Dovere è il luogo di lizza e di gesta per i moderni cavalieri, e compiere in quel passo onorevole dell’Obligazione, la più certa mostra di virilità moderna.

C’è chi aspetta a entrare in combattimento quando il re sta guardando; c’è chi, per scrivere, ha bisogno, come Buffon, di polsini di pizzo; c’è chi è come Aristo, quel filosofo galante che dissertava soltanto quando lo portavano in lettiga. C’è, invece, chi lavora sempre che sia necessario, dove vuole e come vuole.

Ho chiamato idealismo inmarcescibile l’altra virtù che era eminentemente in Navarro Ledesma. Tu, signor lettore, sai bene, non è vero?, che cosa sia un ideale. Il mondo è come è: noi vorremmo che fosse in un altro modo, e ci affanniamo per ottenerlo. Gli uomini sono ingiusti; noi crediamo che la giustizia debba fare tra gli uomini il suo fermo nido di cicogna. Gli spagnoli siamo fanatici: tu e io crediamo che gli spagnoli debbano essere tolleranti. Al mondo che è opponiamo un mondo che deve essere. Sulla realtà lavoriamo per fondare l’idealità. Quello stato d’animo in cui l’idealità trova sempre amorosa risonanza, è ciò che chiamo idealismo. La giovinezza è sempre idealista: in essa l’idealismo è fisiologico e ha scarso merito. Ma tutti gli aliti nobilmente eccessivi verso cose ideali sogliono esaurirsi prima dei trent’anni in razze stanche e donaiuole come la nostra. La vita è, innanzi tutto, una fatica di domesticazione e di potatura di illusioni; ma, proprio per questo, è necessario entrarvi con pascolo abbondante su cui ingrassare, come è necessario in quasi tutte le malattie entrare rotondi perché qualcosa sopravanzi alla fine. Un’ingiustizia suscita in un giovane indignazione, in un vecchio nostalgia dell’indignazione.

Navarro Ledesma aveva sofferto molto, moralmente e fisicamente: la sua giovinezza si era annegata in una fatica incessante e rudissima: per questo, essendogli mancata la gioventù ardente, passionale, turbolenta, conservò durante tutta la sua vita una gioventù più quieta, più armoniosa, più di chiara fonte ridente, pausata e fresca; si mantenne sempre capace di indignazione e di entusiasmo; ebbe, infine, fino alla morte, sopra il suo viso largo e fortemente assestato sulle spalle, quella tenera espressione con retrogusti malinconici che conservano nello sguardo le vergini vecchie.

Suelen hacernos las desventuras de vidrio, como al licenciado, y no quisiéramos movernos para quebrarnos. De ordinario, en la llamada experiencia, más que aprender nuevas verdades aprendemos el olvido de esas difíciles verdades eternas que nos impulsan a la guerra santa contra la realidad. Por esto sorprende hallar algún hombre en quien luego de años largos de dolor, perdure la exaltación idealista, la segunda virtud democrática, girondina. Nietzsche hubiera llamado a Navarro Ledesma, como se nombraba a sí mismo: «Argonauta del ideal».

No reduzcamos los muertos a las obras que dejaron: esto es impío. Recojamos lo que aún queda de ellos en el aire y revivamos sus virtudes.

¡Resucitemos a los muertos virtuosos de entre los muertos!

El Imparcial, 24 de septiembre de 1906

1907

Our misfortunes are usually made of glass, as with the licentiate, and we should not wish to move for fear of breaking. Ordinarily, in the so-called experience, more than learning new truths we learn the forgetting of those difficult eternal truths that impel us to the holy war against reality. For this reason it surprises to find some man in whom, after long years of pain, there endures the idealist exaltation, the second democratic, girondine virtue. Nietzsche would have called Navarro Ledesma, as he named himself: «Argonaut of the ideal.»

Let us not reduce the dead to the works they left: this is impious. Let us gather what still remains of them in the air and revive their virtues.

Let us resurrect the virtuous dead from among the dead!

El Imparcial, 24 de septiembre de 1906

1907

Sogliono farci le disavventure di vetro, come al licenziato, e non vorremmo muoverci per non spezzarci. Di ordinario, nella cosiddetta esperienza, più che apprendere nuove verità apprendiamo l’oblio di quelle difficili verità eterne che ci spingono alla guerra santa contro la realtà. Per questo sorprende trovare qualche uomo in cui, dopo lunghi anni di dolore, perduri l’esaltazione idealista, la seconda virtù democratica, girondina. Nietzsche avrebbe chiamato Navarro Ledesma, come nominava se stesso: «Argonauta dell’ideale».

Non riduciamo i morti alle opere che lasciarono: questo è empio. Raccogliamo ciò che ancora resta di loro nell’aria e riviviamo le loro virtù.

Risuscitiamo i morti virtuosi di tra i morti!

El Imparcial, 24 de septiembre de 1906

1907