Ortega y Gasset

Abstract

A speech (with applause noted) defining the Sagunto monarchy as a mutual-aid society of tiny groups — great capital, the military high command, the blood aristocracy, the Church — for the use of public power, of which the monarch was the manager. It follows that the Spanish people could never make the history germinating inside it; the clearest case is the Church, whose social power was a gift from the state and which, “living falsely”, demoralised itself.

Connections

Assi: Legittimità del potere
Posizioni: autorità tradizionale
Concetti: Stato, religione

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

España, es decir, el país entre todos los conocidos donde el Poder público una vez afirmado tiene mayor influjo, tiene un influjo incontrastable porque, desgraciadamente, nuestra espontaneidad social ha sido siempre increíblemente débil frente a él. Pues bien; la monarquía era una sociedad de socorros mutuos que habían formado unos cuantos grupos para usar del Poder público, es decir, de lo decisivo en España. Esos grupos representaban una porción mínima de la nación; eran los grandes capitales, la alta jerarquía del Ejército, la aristocracia de sangre, la Iglesia.

No voy a proferir ninguna palabra enojosa para las personas que integraban estos grupos, dueños, hasta hace poco, del Poder y hoy en derrota. Digo de ellos aquí lo mismo que no pocas veces les he dicho a ellos mismos, lo propio que me comprometería a decir ante una academia de historiadores y sociólogos donde mis palabras fuesen con todo rigor científico oídas, interpretadas y juzgadas; en realidad, lo he hecho constar hace tiempo en lugares del extranjero muy exigentes por lo que toca a la precisión de las ideas y donde, por tanto, exponía la seriedad de mi oficio intelectual. Mi idea es ésta: No entro a juzgar ni a suponer intenciones buenas o malas, que no importa al caso, pero el hecho es que esa realidad histórica llamada monarquía de Sagunto y que llena sesenta años de la existencia española, consistía en la asociación de aquellos mínimos grupos para uso del Poder público. El monarca era el gerente de esa sociedad; nada más, pero tampoco nada menos. Cuando el interés real o aparente del país coincidía con el de esos grupos, hacían éstos grandes gesticulaciones de patriotismo; pero si la necesidad nacional entraba en colisión con la conveniencia de algunos de ellos, acudían al socorro todos los demás y era la nación quien tenía que ceder, padecer y anularse, para que el grupo amenazado no sufriera erosión.

Dicho en otra forma: los grandes capitales, el alto Ejército, la vieja aristocracia, la Iglesia, no se sentían nunca supeditados a la nación, fundidos con ella en radical comunidad de destinos, sino que era la nación quien en la hora decisiva tenía que concluir por supeditarse a sus intereses particulares. ¿Resultado? Que el pueblo español, el alto, medio e ínfimo, aparte esos exiguos grupos, no ha podido nunca vivir de sí mismo y por sí mismo; no se le ha dejado franquía a su propio, intransferible destino; no ha podido hacer la historia que germinaba en su interior, sino que era una y otra vez y siempre frenado, deformado, paralizado por ese Poder público, no fundido con él, yuxtapuesto o sobrepuesto a la nación e inspirado por intereses divergentes de los sagrados intereses españoles; y les llamo sagrados, porque la historia de un pueblo, su misterioso destino y emigración por el tiempo, señores, es siempre historia sagrada. En ello va algo tan profundo, tan imprevisible y tan respetable, que trasciende de la voluntad y del criterio de los individuos. Por eso los grandes hechos claros de un pueblo tienen que ser profundamente respetados y nunca desvirtuados. Ésta es la tesis principal de mi discurso.

De un lado, señores, iba, mejor dicho, pugnaba por ir la nación; del otro, marchaba a su ventaja el Poder público. En suma, que la monarquía era el Poder público desnacionalizado, que irremediablemente falsificaba la vida de nuestro pueblo, desviándola sin cesar de su espontánea trayectoria. El caso más claro de esta desfiguración a que era sometida la realidad española nos lo ofrece la Iglesia. Colocada por el Estado en situación de superlativo favor, gozando de extemporáneos privilegios, aparecía poseyendo un enorme poder social sobre nuestro pueblo; pero ese poderío no era, en verdad, suyo, suscitado y mantenido exclusivamente por sus fuerzas, que entonces sería absolutamente respetable, sino que le venía del Estado como un regalo que el Poder público le hacía, puesto a su servicio. Con lo cual se falsificaba la efectiva ecuación de las fuerzas sociales de España, y de paso, la Iglesia, viviendo en falso, y esto es lo triste, viviendo en falso se desmoralizaba ella misma gravemente. (Grandes aplausos). No concibo que ningún católico consciente pueda desear la perduración de régimen parejo en que el uso mismo era ya un abuso, con lo cual no está dicho, ni mucho menos, que la situación recientemente creada me parezca, en su detalle, ni perfecta ni deseable. Mas por lo pronto hay que acatarla sin más. El Estado tiene que ser perfectamente y rigorosamente laico; tal vez ha debido detenerse en esto y no hacer ningún gesto de agresión. Yo, señores, no soy católico y desde mi mocedad he procurado que hasta los humildes detalles oficiales de mi vida privada queden formalizados acatólicamente; pero no estoy dispuesto a dejarme imponer por los mascarones de proa de un arcaico anticlericalismo. (Aplausos).

Spain, that is, the country among all the known ones where Public Power, once affirmed, has the greatest influence, has an uncontestable influence because, unfortunately, our social spontaneity has always been incredibly weak before it. Well, then: the monarchy was a mutual-aid society that a few groups had formed in order to use Public Power, that is, the decisive thing in Spain. Those groups represented a minimal portion of the nation; they were the big capitals, the high hierarchy of the Army, the aristocracy of blood, the Church.

I shall not utter any offensive word for the persons who made up these groups, owners, until recently, of Power and today in defeat. I say of them here the same thing I have said to them themselves on not a few occasions, the very thing I would undertake to say before an academy of historians and sociologists where my words were with all scientific rigor heard, interpreted and judged; in reality, I have recorded it long ago in places abroad that are very exacting as regards the precision of ideas and where, therefore, I was exposing the seriousness of my intellectual office. My idea is this: I do not enter into judging or supposing good or bad intentions, which does not matter to the case, but the fact is that that historical reality called the monarchy of Sagunto, and which fills sixty years of Spanish existence, consisted in the association of those minimal groups for the use of Public Power. The monarch was the manager of that society; nothing more, but also nothing less. When the real or apparent interest of the country coincided with that of those groups, they made great gestures of patriotism; but if the national need collided with the convenience of some of them, all the others came to the rescue and it was the nation that had to yield, suffer and annul itself, so that the threatened group should not suffer erosion.

Said in another way: the big capitals, the high Army, the old aristocracy, the Church never felt themselves subordinated to the nation, fused with it in radical community of destinies, but it was the nation that in the decisive hour had to end up subordinating itself to their particular interests. Result? That the Spanish people, the high, the middle and the lowest, apart from those exiguous groups, has never been able to live of itself and by itself; no free access has been left to its own, untransferable destiny; it has not been able to make the history that germinated in its interior, but has been again and again and always restrained, deformed, paralyzed by that Public Power, not fused with it, juxtaposed or superimposed on the nation and inspired by interests divergent from the sacred Spanish interests; and I call them sacred, because the history of a people, its mysterious destiny and emigration through time, gentlemen, is always sacred history. There goes in it something so deep, so unforeseeable and so respectable, that it transcends the will and the criterion of individuals. For that reason the great clear deeds of a people must be deeply respected and never distorted. This is the principal thesis of my speech.

On one side, gentlemen, the nation went, or rather, struggled to go; on the other, Public Power marched to its own advantage. In sum, the monarchy was Public Power denationalized, which irremediably falsified the life of our people, diverting it ceaselessly from its spontaneous trajectory. The clearest case of this disfiguration to which Spanish reality was subjected is offered us by the Church. Placed by the State in a situation of superlative favor, enjoying anachronistic privileges, it appeared to possess an enormous social power over our people; but that power was not, in truth, its own, aroused and maintained exclusively by its own forces, which then would be absolutely respectable, but came to it from the State as a gift that Public Power made it, placed at its service. Whereby the effective equation of the social forces of Spain was falsified, and in passing, the Church, living falsely, and this is the sad thing, living falsely demoralized itself gravely. (Great applause). I cannot conceive that any conscious Catholic could desire the perpetuation of a similar regime in which the use itself was already an abuse, whereby it is not said, by far, that the recently created situation seems to me, in its detail, either perfect or desirable. But for the moment one must accept it without more ado. The State has to be perfectly and rigorously secular; perhaps it should have stopped there and made no gesture of aggression. I, gentlemen, am not a Catholic, and from my youth I have seen to it that even the humble official details of my private life remain formalized acatholicly; but I am not disposed to let myself be imposed upon by the figureheads of an archaic anticlericalism. (Applause).

La Spagna, cioè il paese tra tutti i conosciuti dove il Potere pubblico, una volta affermato, ha maggiore influsso, ha un influsso incontrastabile perché, disgraziatamente, la nostra spontaneità sociale è sempre stata incredibilmente debole di fronte ad esso. Ebbene; la monarchia era una società di soccorsi mutui che alcuni gruppi avevano formato per usare del Potere pubblico, cioè del decisivo in Spagna. Quei gruppi rappresentavano una porzione minima della nazione; erano i grandi capitali, l’alta gerarchia dell’Esercito, l’aristocrazia di sangue, la Chiesa.

Non pronuncerò nessuna parola sgradita per le persone che integravano questi gruppi, padroni, fino a poco fa, del Potere e oggi in rotta. Dico di loro qui lo stesso che non poche volte ho detto a loro stessi, la stessa cosa che mi impegnerei a dire davanti a un’accademia di storici e sociologi dove le mie parole fossero con tutto rigore scientifico ascoltate, interpretate e giudicate; in realtà, l’ho fatto constare tempo fa in luoghi dell’estero molto esigenti per quanto tocca alla precisione delle idee e dove, perciò, esponevo la serietà del mio mestiere intellettuale. La mia idea è questa: non entro a giudicare né a supporre intenzioni buone o cattive, che non importa al caso, ma il fatto è che quella realtà storica chiamata monarchia di Sagunto e che riempie sessant’anni dell’esistenza spagnola, consisteva nell’associazione di quei gruppi minimi per uso del Potere pubblico. Il monarca era il gerente di quella società; niente di più, ma nemmeno niente di meno. Quando l’interesse reale o apparente del paese coincideva con quello di quei gruppi, questi facevano grandi gesticolazioni di patriottismo; ma se la necessità nazionale entrava in collisione con la convenienza di alcuni di essi, accorrevano al soccorso tutti gli altri ed era la nazione quella che doveva cedere, patire e annullarsi, perché il gruppo minacciato non subisse erosione.

Detto in altra forma: i grandi capitali, l’alto Esercito, la vecchia aristocrazia, la Chiesa, non si sentirono mai subordinati alla nazione, fusi con essa in radicale comunità di destini, ma era la nazione quella che nell’ora decisiva doveva finire col subordinarsi ai loro interessi particolari. Risultato? Che il popolo spagnolo, l’alto, il medio e l’infimo, a parte quegli esigui gruppi, non ha mai potuto vivere di se stesso e per se stesso; non gli si è lasciato franco accesso al suo proprio, intrasferibile destino; non ha potuto fare la storia che germinava nel suo interno, ma è stato una e un’altra volta e sempre frenato, deformato, paralizzato da quel Potere pubblico, non fuso con esso, giustapposto o sovrapposto alla nazione e ispirato da interessi divergenti dai sacri interessi spagnoli; e li chiamo sacri, perché la storia di un popolo, il suo misterioso destino ed emigrazione per il tempo, signori, è sempre storia sacra. In ciò va qualcosa di tanto profondo, di tanto imprevedibile e tanto rispettabile, che trascende la volontà e il criterio degli individui. Perciò i grandi fatti chiari di un popolo devono essere profondamente rispettati e mai snaturati. Questa è la tesi principale del mio discorso.

Da un lato, signori, andava, meglio, lottava per andare la nazione; dall’altro, marciava al proprio vantaggio il Potere pubblico. In somma, che la monarchia era il Potere pubblico snazionalizzato, che irremediabilmente falsificava la vita del nostro popolo, deviandola senza posa dalla sua spontanea traiettoria. Il caso più chiaro di questa deformazione a cui era sottoposta la realtà spagnola ce lo offre la Chiesa. Collocata dallo Stato in situazione di superlativo favore, godendo di anacronistici privilegi, appariva possedere un enorme potere sociale sul nostro popolo; ma quella potenza non era, in verità, sua, suscitata e mantenuta esclusivamente dalle sue forze, che allora sarebbe assolutamente rispettabile, ma le veniva dallo Stato come un regalo che il Potere pubblico le faceva, messo al suo servizio. Con il che si falsificava l’effettiva equazione delle forze sociali della Spagna, e di passaggio, la Chiesa, vivendo in falso, e questo è il triste, vivendo in falso si demoralizzava essa stessa gravemente. (Grandi applausi). Non concepisco che nessun cattolico cosciente possa desiderare la perdurazione di un regime simile in cui l’uso stesso era già un abuso, con il che non è detto, né molto meno, che la situazione recentemente creata mi sembri, nel suo dettaglio, né perfetta né desiderabile. Ma per il momento bisogna accettarla senz’altro. Lo Stato deve essere perfettamente e rigorosamente laico; forse avrebbe dovuto fermarsi a questo e non fare nessun gesto di aggressione. Io, signori, non sono cattolico e fin dalla mia giovinezza ho procurato che persino gli umili dettagli ufficiali della mia vita privata restino formalizzati acattolicamente; ma non sono disposto a lasciarmi imporre dai mascheroni di prua di un arcaico anticlericalismo. (Applausi).