Ortega y Gasset

Abstract

A letter to a young man who asks questions, that is, admits he does not know: nothing is more fertile than conscious ignorance, and the best definition of science remains Cusanus’s docta ignorantia, because problems precede and underwrite solutions. There follows a diagnosis of Argentine youth, which inspires in him more hope than confidence: it has vital force but no inner discipline, too much emphasis and too little precision, and until that changes it will depend entirely on Europe intellectually.

Connections

Concetti: sapienza, educazione
Figure: Platone
Forme: epistola

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Me ha complacido mucho su carta, amigo mío. Encuentro en ella algo que es hoy insólito encontrar en un joven, y especialmente en un joven argentino. Pregunta usted algunas cosas, es decir, admite usted la posibilidad de que las ignora. Ese poro de ignorancia que deja usted abierto en el área pulimentada de su espíritu, le salvará. Por él se infiltrará un superior conocimiento. Créame: no hay nada más fecundo que la ignorancia consciente de sí misma. Desde Platón hasta la fecha, los más agudos pensadores no han encontrado mejor definición de la ciencia que el título antepuesto por el gran Cusano a uno de sus libros: De docta ignorantia. La ciencia es, ante y sobre todo, un docto ignorar. Por la sencilla razón de que las soluciones, el saber que se sabe, son en todos sentidos algo secundario con respecto a los problemas. Si no se tiene clara noción de los problemas, mal se puede proceder a resolverlos. Además, por muy seguras que sean las soluciones, su seguridad depende de la seguridad de los problemas. Ahora bien: darse cuenta de un problema es advertir ante nosotros la existencia concreta de algo que no sabemos lo que es; por tanto, es un saber que no sabemos. Quien no sienta voluptuosamente esta delicia socrática de la concreta ignorancia, esa herida, ese hueco que hace el problema en nosotros, es inepto para el ejercicio intelectual.

No he hecho nunca misterio de sugerirme mayores esperanzas la juventud argentina que la española. Como este augurio mío ha merecido el honor de ser propalado, me conviene definirlo un poco, a fin de que no se entienda mal. La amistad, cada vez más sólida, entre algunos grupos de la mocedad argentina y mi obra, me obliga a huir con premeditación de halagar a aquélla y me impone cierta escrupulosa veracidad.

La impresión que una generación nueva produce sólo es por completo favorable cuando suscita estas dos cosas: esperanza y confianza. La juventud argentina que conozco me inspira —¿por qué no decirlo?— más esperanza que confianza. Es imposible hacer nada importante en el mundo si no se reúne esta pareja de calidades: fuerza y disciplina. La nueva generación goza de una espléndida dosis de fuerza vital, condición primera de toda empresa histórica; por eso espero en ella. Pero, a la vez, sospecho que carece por completo de disciplina interna —sin la cual la fuerza se desagrega y volatiliza: por eso desconfío de ella. No basta curiosidad para ir hacia las cosas; hace falta rigor mental para hacerse dueño de ellas.

En las revistas y libros jóvenes que me llegan de la Argentina encuentro —respetando algunas excepciones— demasiado énfasis y poca precisión. ¿Cómo confiar en gente enfática? Nada urge tanto en Sudamérica como una general estrangulación del énfasis. Hay que ir a las cosas, hay que ir a las cosas, sin más. El americano, amigo mío —por razones que no es ocasión ahora enunciar—, propende al narcisismo y a lo que ustedes llaman «parada». Al mirar las cosas, no abandona sobre éstas la mirada, sino que tiende a usar de ellas como de un espejo donde contemplarse. De aquí que, en vez de penetrar en su interior, se quede casi siempre ante la superficie, ocupado en dar representación de sí mismo y ejecutar cuadros plásticos. Pero la ciencia y las letras no consisten en tomar posturas delante de las cosas, sino en irrumpir frenéticamente dentro de ellas, merced a un viril apetito de perforación.

Son ustedes más sensibles que precisos, y, mientras esto no varíe, dependerán ustedes íntegramente de Europa en el orden intelectual —único al que me refiero. Porque, al ser sensibles, toda idea graciosa y fértil que se produzca en Europa conmoverá, quieran o no, el fino receptor que es su organismo; pero al querer reaccionar frente a la idea recibida —juzgarla, refutarla, valorarla y oponerle otra— encontrarán ustedes dentro de sí esa impresión, esa vaguedad —llamémoslo por su nombre—, esa falta de criterio certero, firme, seguro de sí mismo, que sólo se obtiene mediante rigorosas disciplinas.

Siempre me ha sorprendido la desproporción que suele haber entre la inteligencia, a menudo espléndida, del americano y esa otra facultad de mise au point que es el criterio. Tal vez, en horas de sinceridad consigo mismo, percibe todo buen intelectual americano ese extraño fenómeno secreto de la insuficiencia de su criterio. Cualquiera que sea su énfasis hacia el exterior —énfasis que en ocasiones se eleva a petulancia—, el fondo insobornable que arrastra todo hombre consigo le advierte de que no está seguro de sí mismo en el difícil manejo de las ideas. ¿Por qué es esto así? Yo aventuraría una explicación, pero su desarrollo me forzaría a entrar en cuestiones un poco abstrusas de psicología étnica. Sería preciso contrarrestar la tradicional noción que supone idénticas, poco más o menos, las almas humanas en todos los tiempos —sin más diferencias que las de sus contenidos— e ignora que son, a veces, de estructura (de anatomía y fisiología) sumamente diversas. Además hay cosas de que conviene hablar sólo entre pocos y no aventarlas con riesgo de que sean mal entendidas. En fin, usted, por sí solo, puede reconstruir mi intento de explicación fijándose en que la función ya exquisitamente desarrollada en el argentino, la sensibilidad, habría que localizarla en la periferia de la psique, por ser función receptiva, mientras que el criterio, aún imperfectamente desenvuelto (repito que en el orden propiamente científico y literario), es una operación de dentro a fuera y afecta a las zonas más centrales, más personales de la conciencia.

Esto significaría que la nueva generación necesita completar sus magníficas potencias con una rigorosa disciplina interior. Yo quisiera ver en esos grupos jóvenes la severa exigencia de ella. Pero acontece que veo todo lo contrario: un apresurado afán por reformar el Universo, la Sociedad, el Estado, la Universidad, todo lo de fuera, sin previa reforma y construcción de la intimidad. En este punto no pactaré jamás con ustedes, y me hallarán irreductible. Todo el que incita a los jóvenes para que abandonen el sublime deporte cósmico que es la juventud y salgan de ella a ocuparse en las cosas llamadas «serias» —política, reforma del mundo— es, deliberada o indeliberadamente, dañino. Porque esas cosas serán todo lo «serias» que se quiera, pero cede a un puro prejuicio quien cree, sin más, que lo «serio» es lo importante y esencial. La política, la reforma de ese vago armazón formal que llaman el Estado, son, en todo caso, consecuencias de otras actividades previas verdaderamente creadoras. Y lo mismo digo de la riqueza. La riqueza sólida y estable es, a la postre, emanación de almas enérgicas y mentes claras. Pero esa energía y esa claridad sólo se adquieren en puros ejercicios deportivos, de aspecto superfluo.

Sobre todo, la ciencia pura, la ciencia que no se propone ninguna aplicación inmediata. Para advertencia ejemplar de los hombres existe el hecho gigantesco de que la civilización que ha obtenido mayor dominio material, práctico, sobre el cosmos —la europea— haya sido a la vez la civilización de la matemática más irreal y abstrusa. El mundo antiguo sólo produjo una técnica desmedrada y torpe —a mi juicio, una de las causas más concretas de su ruina—, porque no cultivó la matemática y el pensamiento con suficiente alegría deportiva. ¡Dígaseme qué sería de nuestra técnica sin la geometría analítica de Descartes y el calcul des infiniment petits, de Leibniz! En un trabajo próximo a publicarse —Marta y María, o Trabajo y deporte— verá usted cómo las cosas llamadas «serias» y útiles han sido en la historia míseras decantaciones, precipitados y como propinas del puro deportismo.

En lugar de invitar al joven a hazañas patéticas, de falsa gesticulación solemne, yo le diría: «Amigo mío: ciencia, arte, moral inclusive, no son cosas “serias”, graves, sacerdotales. Se trata meramente de un juego. Pero así como la acción que no nos es dado eludir puede, sin desdoro, ser mal ejecutada, ya que nos viene impuesta, el juego exige que se juegue lo mejor posible. Precisamente su falta de “seriedad” hacia afuera —su falta de forzosidad— le dota espontáneamente de una rigorosa «seriedad» interna. ¡Dígame usted si cabe pensar que el cálculo infinitesimal hubiera podido inventarse en «serio» y por obligación, por necesidad opresora y a hora fija! Pues bien, joven amigo mío, usted juega mal, no sabe jugar y tiene que aprender».

Yo espero mucho de la juventud intelectual argentina; pero sólo confiaré en ella cuando la encuentre resuelta a cultivar muy en serio el gran deporte de la precisión mental.


Your letter has given me great pleasure, my friend. I find in it something that today is unusual to find in a young man, and especially in a young Argentine. You ask some things, that is, you admit the possibility that you ignore them. That pore of ignorance that you leave open in the polished area of your spirit will save you. Through it a superior knowledge will infiltrate. Believe me: there is nothing more fruitful than ignorance conscious of itself. From Plato to this day, the keenest thinkers have found no better definition of science than the title prefixed by the great Cusanus to one of his books: De docta ignorantia. Science is, before and above all, a learned ignorance. For the simple reason that solutions, the knowledge that knows itself, are in every sense something secondary with respect to problems. If one does not have a clear notion of problems, one can hardly proceed to solve them. Moreover, however sure the solutions may be, their certainty depends on the certainty of the problems. Now, becoming aware of a problem is to notice before us the concrete existence of something we do not know what it is; therefore, it is a knowing that we do not know. Whoever does not feel voluptuously this Socratic delight of concrete ignorance, that wound, that void that the problem makes in us, is inept for intellectual exercise.

I have never made a mystery of expecting greater hopes from the Argentine youth than from the Spanish. As this augury of mine has merited the honor of being propagated, it behooves me to define it a little, so that it may not be misunderstood. The friendship, each time more solid, between some groups of the Argentine youth and my work, obliges me to flee with premeditation from flattering the former and imposes on me a certain scrupulous veracity.

The impression that a new generation produces is only completely favorable when it arouses these two things: hope and confidence. The Argentine youth I know inspires me —why not say it?— more hope than confidence. It is impossible to do anything important in the world if one does not unite this pair of qualities: force and discipline. The new generation enjoys a splendid dose of vital force, first condition of every historical enterprise; for that reason I hope in it. But, at the same time, I suspect that it lacks entirely internal discipline —without which force disaggregates and volatilizes: for that reason I distrust it. Curiosity is not enough to go toward things; mental rigor is needed to make oneself master of them.

In the young reviews and books that reach me from Argentina I find —with some exceptions— too much emphasis and little precision. How to trust emphatic people? Nothing urges so much in South America as a general strangulation of emphasis. One must go to things, one must go to things, no more. The American, my friend —for reasons that it is not the occasion now to state—, tends toward narcissism and to what you call «parada». In looking at things, he does not leave his gaze upon them, but tends to use them as a mirror in which to contemplate himself. Hence, instead of penetrating into their interior, he almost always stays before the surface, occupied in giving a representation of himself and executing plastic tableaux. But science and letters do not consist in striking poses before things, but in breaking frenetically into them, by dint of a virile appetite for perforation.

You are more sensitive than precise, and, as long as this does not change, you will depend entirely on Europe in the intellectual order —the only one to which I refer. Because, being sensitive, every graceful and fertile idea that is produced in Europe will move, willing or not, the fine receiver that is your organism; but when wishing to react to the received idea —judge it, refute it, evaluate it and oppose another to it— you will find within yourselves that impression, that vagueness —let us call it by its name—, that lack of sure, firm criterion, sure of itself, which is obtained only through rigorous disciplines.

I have always been surprised by the disproportion that usually exists between the intelligence, often splendid, of the American and that other faculty of mise au point which is the criterion. Perhaps, in hours of sincerity with himself, every good American intellectual perceives that strange secret phenomenon of the insufficiency of his criterion. Whatever his emphasis toward the exterior —emphasis that on occasions rises to petulance—, the incorruptible depth that every man drags along with him warns him that he is not sure of himself in the difficult handling of ideas. Why is this so? I would venture an explanation, but its development would force me to enter into somewhat abstruse questions of ethnic psychology. It would be necessary to counteract the traditional notion that supposes human souls to be identical, more or less, in all times —with no other differences than those of their contents— and ignores that they are, sometimes, of structure (of anatomy and physiology) extremely diverse. Moreover there are things that should be spoken of only among the few and not flung about with the risk of being misunderstood. In short, you, on your own, can reconstruct my attempt at explanation by noting that the function already exquisitely developed in the Argentine, sensibility, would have to be located in the periphery of the psyche, being a receptive function, while the criterion, still imperfectly developed (I repeat, in the properly scientific and literary order), is an operation from within outward and affects the most central, most personal zones of consciousness.

This would mean that the new generation needs to complete its magnificent powers with a rigorous inner discipline. I would like to see in those young groups the severe demand for it. But it happens that I see the very opposite: a hasty eagerness to reform the Universe, Society, the State, the University, everything external, without prior reform and construction of the intimate self. On this point I will never make a pact with you, and you will find me irreducible. Whoever incites young people to abandon the sublime cosmic sport that is youth and to leave it in order to occupy themselves with the things called “serious” —politics, reform of the world— is, deliberately or not, harmful. Because those things may be as “serious” as one likes, but he yields to a pure prejudice who believes, without more, that the “serious” is the important and essential. Politics, the reform of that vague formal framework they call the State, are, in every case, consequences of other previous truly creative activities. And the same I say of wealth. Solid and stable wealth is, in the end, an emanation of energetic souls and clear minds. But that energy and that clarity are acquired only in pure sporting exercises, of superfluous aspect.

Above all, pure science, science that proposes no immediate application. For an exemplary warning to men there exists the gigantic fact that the civilization that has obtained the greatest material, practical dominion over the cosmos —the European— has been at the same time the civilization of the most unreal and abstruse mathematics. The ancient world produced only a stunted and clumsy technique —in my judgment, one of the most concrete causes of its ruin—, because it did not cultivate mathematics and thought with sufficient sporting joy. Tell me what would become of our technique without Descartes’s analytic geometry and Leibniz’s calcul des infiniment petits! In a work soon to be published —Marta y María, o Trabajo y deporte— you will see how the things called “serious” and useful have been in history miserable decantations, precipitates and as it were tips of pure sportivism.

Instead of inviting the young man to pathetic feats, of false solemn gesticulation, I would say to him: «My friend: science, art, morality included, are not “serious”, grave, sacerdotal things. It is merely a matter of a game. But just as the action that we are not given to elude can, without dishonor, be badly executed, since it is imposed on us, the game demands that it be played as well as possible. Precisely its lack of “seriousness” toward the outside —its lack of obligatoriness— spontaneously endows it with a rigorous inner “seriousness”. Tell me whether one can think that the infinitesimal calculus could have been invented “in earnest” and by obligation, by an oppressive need and at a fixed hour! Well, young friend of mine, you play badly, you do not know how to play and you have to learn».

I hope much from the Argentine intellectual youth; but I will only trust it when I find it resolved to cultivate very seriously the great sport of mental precision.


Mi ha fatto molto piacere la sua lettera, amico mio. Trovo in essa qualcosa che oggi è insolito trovare in un giovane, e specialmente in un giovane argentino. Lei domanda alcune cose, cioè, ammette la possibilità di ignorarle. Quel poro di ignoranza che lascia aperto nell’area levigata del suo spirito la salverà. Da esso si infiltrerà una conoscenza superiore. Mi creda: non c’è nulla di più fecondo dell’ignoranza consapevole di sé. Da Platone fino ad oggi, i pensatori più acuti non hanno trovato definizione migliore della scienza che il titolo preposto dal grande Cusano a uno dei suoi libri: De docta ignorantia. La scienza è, innanzi e soprattutto, un dotto ignorare. Per la semplice ragione che le soluzioni, il sapere che si sa, sono sotto ogni riguardo qualcosa di secondario rispetto ai problemi. Se non si ha chiara nozione dei problemi, mal si può procedere a risolverli. Inoltre, per quanto sicure siano le soluzioni, la loro sicurezza dipende dalla sicurezza dei problemi. Ora, rendersi conto di un problema è avvertire dinanzi a noi l’esistenza concreta di qualcosa che non sappiamo che cosa sia; quindi, è un sapere che non sappiamo. Chi non senta voluttuosamente questa delizia socratica della concreta ignoranza, quella ferita, quel vuoto che il problema fa in noi, è inetto all’esercizio intellettuale.

Non ho mai fatto mistero di attendermi maggiori speranze dalla gioventù argentina che da quella spagnola. Poiché questo mio auspicio ha meritato l’onore di essere divulgato, mi conviene definirlo un poco, affinché non s’intenda male. L’amicizia, sempre più solida, tra alcuni gruppi della gioventù argentina e la mia opera, mi obbliga a fuggire con premeditazione l’adulazione verso quella e mi impone una certa scrupolosa veracità.

L’impressione che una generazione nuova produce è del tutto favorevole soltanto quando suscita queste due cose: speranza e fiducia. La gioventù argentina che conosco m’ispira —perché non dirlo?— più speranza che fiducia. È impossibile fare alcunché d’importante nel mondo se non si riunisce questa coppia di qualità: forza e disciplina. La nuova generazione gode di una splendida dose di forza vitale, condizione prima di ogni impresa storica; perciò spero in essa. Ma, al tempo stesso, sospetto che le manchi del tutto la disciplina interna —senza la quale la forza si disgrega e volatilizza: perciò diffido di essa. Non basta la curiosità per andare verso le cose; occorre rigore mentale per farsene padrone.

Nelle riviste e nei libri giovani che mi giungono dall’Argentina trovo —salvando alcune eccezioni— troppo enfasi e poca precisione. Come fidarsi di gente enfatica? Nulla urge tanto in Sudamerica quanto una generale strozzatura dell’enfasi. Bisogna andare alle cose, bisogna andare alle cose, e basta. L’americano, amico mio —per ragioni che non è occasione ora di enunciare—, propende al narcisismo e a ciò che voi chiamate «parata». Nel guardare le cose, non abbandona su di esse lo sguardo, ma tende a usarne come di uno specchio in cui contemplarsi. Di qui che, invece di penetrare nel loro interno, si fermi quasi sempre dinanzi alla superficie, occupato a dare rappresentazione di sé e a eseguire quadri plastici. Ma la scienza e le lettere non consistono nel prendere pose dinanzi alle cose, ma nell’irrompere freneticamente dentro di esse, mercé un virile appetito di perforazione.

Siete più sensibili che precisi, e, finché ciò non vari, dipenderete interamente dall’Europa nell’ordine intellettuale —unico a cui mi riferisco. Perché, essendo sensibili, ogni idea graziosa e feconda che si produca in Europa commuoverà, vogliano o no, il fine ricevitore che è il vostro organismo; ma volendo reagire dinanzi all’idea ricevuta —giudicarla, confutarla, valutarla e opporle un’altra— troverete dentro di voi quella impressione, quella vaghezza —chiamiamola col suo nome—, quella mancanza di criterio sicuro, fermo, sicuro di sé, che si ottiene soltanto mediante rigorose discipline.

Mi ha sempre sorpreso la sproporzione che suole esservi tra l’intelligenza, spesso splendida, dell’americano e quell’altra facoltà di mise au point che è il criterio. Forse, in ore di sincerità con se stesso, percepisce ogni buon intellettuale americano quel singolare fenomeno segreto dell’insufficienza del proprio criterio. Qualunque sia il suo enfasi verso l’esterno —enfasi che a volte si eleva a petulanza—, il fondo incorruttibile che ogni uomo si trascina appresso l’avverte che non è sicuro di sé nel difficile maneggio delle idee. Perché è così? Io azzarderei una spiegazione, ma il suo sviluppo mi costringerebbe a entrare in questioni un poco astruse di psicologia etnica. Sarebbe necessario controbattere la nozione tradizionale che suppone identiche, poco più o meno, le anime umane in tutti i tempi —senz’altre differenze che quelle dei loro contenuti— e ignora che sono, a volte, di struttura (di anatomia e fisiologia) sommamente diverse. Inoltre vi sono cose di cui conviene parlare solo tra pochi e non gettarle al vento col rischio che siano male intese. Infine, lei, da sé solo, può ricostruire il mio tentativo di spiegazione fissandosi sul fatto che la funzione già squisitamente sviluppata nell’argentino, la sensibilità, bisognerebbe localizzarla nella periferia della psiche, essendo funzione ricettiva, mentre il criterio, ancor imperfettamente svolto (ripeto che nell’ordine propriamente scientifico e letterario), è un’operazione dal di dentro al di fuori e tocca le zone più centrali, più personali della coscienza.

Ciò significherebbe che la nuova generazione ha bisogno di completare le sue magnifiche potenze con una rigorosa disciplina interiore. Io vorrei vedere in quei gruppi giovani la severa esigenza di essa. Ma accade che vedo tutto il contrario: un frettoloso anelito a riformare l’Universo, la Società, lo Stato, l’Università, tutto ciò che è fuori, senza previa riforma e costruzione dell’intimità. Su questo punto non patteggerò mai con voi, e mi troverete irriducibile. Chiunque inciti i giovani ad abbandonare il sublime sport cosmico che è la gioventù e a uscirne per occuparsi delle cose chiamate «serie» —politica, riforma del mondo— è, deliberatamente o no, dannoso. Perché quelle cose saranno tutto ciò che si vuole «serie», ma cede a un puro pregiudizio chi crede, senza altro, che il «serio» sia l’importante e l’essenziale. La politica, la riforma di quel vago armamento formale che chiamano lo Stato, sono, in ogni caso, conseguenze di altre attività previe veramente creatrici. E lo stesso dico della ricchezza. La ricchezza solida e stabile è, in fin dei conti, emanazione di anime energiche e menti chiare. Ma quell’energia e quella chiarezza s’acquistano soltanto in puri esercizi sportivi, di aspetto superfluo.

Soprattutto, la scienza pura, la scienza che non si propone alcuna applicazione immediata. Per avvertimento esemplare degli uomini esiste il fatto gigantesco che la civiltà che ha ottenuto maggior dominio materiale, pratico, sul cosmo —l’europea— sia stata a un tempo la civiltà della matematica più irreale e astrusa. Il mondo antico produsse soltanto una tecnica stentata e goffa —a mio giudizio, una delle cause più concrete della sua rovina—, perché non coltivò la matematica e il pensiero con sufficiente allegria sportiva. Mi si dica che cosa sarebbe della nostra tecnica senza la geometria analitica di Descartes e il calcul des infiniment petits, di Leibniz! In un lavoro prossimo a pubblicarsi —Marta y María, o Trabajo y deporte— vedrà come le cose chiamate «serie» e utili siano state nella storia misere decantazioni, precipitati e come mancie del puro sportismo.

Invece di invitare il giovane a imprese patetiche, di falsa gestualità solenne, io gli direi: «Amico mio: scienza, arte, morale inclusa, non sono cose “serie”, gravi, sacerdotali. Si tratta meramente di un gioco. Ma come l’azione che non ci è dato eludere può, senza disdoro, essere mal eseguita, giacché ci viene imposta, il gioco esige che si giochi nel miglior modo possibile. Appunto la sua mancanza di “serietà” verso l’esterno —la sua mancanza di obbligatorietà— lo dota spontaneamente di una rigorosa «serietà» interna. Mi dica se si può pensare che il calcolo infinitesimale avrebbe potuto essere inventato «sul serio» e per obbligo, per necessità oppressiva e a ora fissa! Ebbene, giovane amico mio, lei gioca male, non sa giocare e deve imparare».

Io spero molto dalla gioventù intellettuale argentina; ma avrò fiducia in essa soltanto quando la troverò risoluta a coltivare molto sul serio il grande sport della precisione mentale.


Más de una vez —y por cierto con anterioridad a las voces que ahora comienzan fuera de España a insinuar algo parecido— he hecho notar que la historia avanza según grandes ritmos biológicos, de los cuales es uno el de la edad. «Hay tiempos de jóvenes y tiempos de viejos», decía yo en El tema de nuestro tiempo. La manera de reconocer a qué sazón vital pertenece una época es determinar si las ocupaciones que en ella dan el tono son de tono «serio» o de tono «alegre». Porque las cosas todas del mundo se pueden repartir en esas dos clases de tonalidad. Hay paisajes tristes y paisajes jocundos. Y esta diferencia de matiz expresivo no proviene, como ha solido creerse, de una mera proyección sobre el paisaje indiferente de nuestros estados subjetivos. El paisaje triste —ciertos puertos lívidos y cardenosos de España—, Somosierra, Piqueras, por ejemplo, lo son por sí mismos. El que va alegre por ellos nota su tristeza, sólo que el hervor de su interno regocijo le defiende e inmuniza de la tristeza invasora que el paisaje comprime contra su persona. Del mismo modo, al salir de una habitación caldeada, el fuego acumulado en nuestro cuerpo impide que sea penetrado por el frío exterior que percibimos, pero, por decirlo así, mantenemos a raya, sin transitar la frontera de nuestra piel.

Pues bien; en este sentido hay ocupaciones «serias», como son la política y la industria en general, el derecho y la economía. Son puros formalismos, y como tales, tristes, grises, sin interior suficiencia. La «seriedad» del magistrado y del contable; en general, la gravedad del burgués es un reflejo de sus serias preocupaciones. En cambio, la ciencia, la mejor ciencia, por ejemplo, la filosofía, ríe y sonríe en los diálogos de Platón con un ruido un poco de algazara escolar. Cosa nada sorprendente si se advierte que la filosofía se inventó por unos viejos sonrientes en conversación con los muchachos que salían del gimnasio triscando delante de sus ayos o «pedagogos». (Véase el Lysias).

El predominio del deporte físico, con su tono de alegría muscular, es, acaso, un síntoma del cariz que la vida va a ir tomando. Parece como si Europa se entregase a una salvadora puerilidad. Éste es un punto sobre el que algún día quisiera hablar largamente, porque lo considero de sumo interés. Un profundo instinto hace entrever a nuestras viejas naciones que necesitan, después de una etapa de triste trabajo, dominada por la idiosincrasia del burgués y el obrero, una etapa de puerilidad y juventud. Pero es el caso que el espíritu —en cuanto cabe distinguirlo de la carne— es siempre más viejo que el cuerpo, y, desde luego, un exceso de espiritualidad avejenta. Bien; y ¿qué inconveniente hay en que sobrevenga una época durante la cual el cuerpo se anteponga al espíritu a fin de equilibrar la exageración de éste, que los últimos siglos han padecido? Sazón de convalecencia para Europa. Toda convalecencia mima al cuerpo, y, además, tiene no sé qué de admirablemente pueril.

1924

More than once —and indeed prior to the voices that now begin outside Spain to insinuate something similar— I have pointed out that history advances according to great biological rhythms, one of which is that of age. «There are times of young and times of old», I used to say in The Modern Theme. The way to recognize to which vital season an epoch belongs is to determine whether the occupations that set the tone in it are of “serious” tone or of “cheerful” tone. Because all the things of the world can be divided into those two classes of tonality. There are sad landscapes and jocund landscapes. And this difference of expressive nuance does not come, as has been commonly believed, from a mere projection onto the indifferent landscape of our subjective states. The sad landscape —certain livid and livid-blue ports of Spain—, Somosierra, Piqueras, for example, are so by themselves. He who goes cheerful through them notices their sadness, only that the seething of his inner rejoicing defends and immunizes him from the invading sadness that the landscape compresses against his person. In the same way, on coming out of a heated room, the fire accumulated in our body prevents us from being penetrated by the exterior cold that we perceive, but, as it were, we keep it at bay, without crossing the frontier of our skin.

Well then; in this sense there are “serious” occupations, such as politics and industry in general, law and economics. They are pure formalisms, and as such, sad, grey, without inner sufficiency. The “seriousness” of the magistrate and the accountant; in general, the gravity of the bourgeois is a reflection of his serious preoccupations. In contrast, science, the best science, for example, philosophy, laughs and smiles in the dialogues of Plato with a noise a little of school uproar. Nothing surprising if one notes that philosophy was invented by some smiling old men in conversation with the boys who came out of the gymnasium frisking before their tutors or “pedagogues”. (See the Lysias).

The predominance of physical sport, with its tone of muscular joy, is, perhaps, a symptom of the cast that life is going to take. It seems as if Europe were giving itself over to a saving puerility. This is a point about which I would like some day to speak at length, because I consider it of supreme interest. A profound instinct makes our old nations glimpse that they need, after a stage of sad work, dominated by the idiosyncrasy of the bourgeois and the worker, a stage of puerility and youth. But it is the case that the spirit —insofar as it can be distinguished from the flesh— is always older than the body, and, certainly, an excess of spirituality ages. Well; and what objection is there to an epoch supervening during which the body is set before the spirit in order to balance the exaggeration of the latter, which the last centuries have suffered? Season of convalescence for Europe. Every convalescence pets the body, and, moreover, has I know not what admirably puerile about it.

1924

Più di una volta —e per l’appunto con anteriorità alle voci che ora cominciano fuori di Spagna a insinuare qualcosa di simile— ho fatto notare che la storia avanza secondo grandi ritmi biologici, dei quali uno è quello dell’età. «Vi sono tempi di giovani e tempi di vecchi», dicevo io in El tema de nuestro tiempo. Il modo di riconoscere a quale stagione vitale appartenga un’epoca è determinare se le occupazioni che in essa danno il tono siano di tono «serio» o di tono «allegro». Perché tutte le cose del mondo si possono ripartire in queste due classi di tonalità. Vi sono paesaggi tristi e paesaggi giocondi. E questa differenza di tinta espressiva non proviene, come s’è soliti credere, da una mera proiezione sul paesaggio indifferente dei nostri stati soggettivi. Il paesaggio triste —certi porti lividi e paonazzi di Spagna—, Somosierra, Piqueras, per esempio, lo sono per se stessi. Chi va allegro per essi nota la loro tristezza, solo che il ribollire del suo interno giubilo lo difende e immunizza dalla tristezza invasora che il paesaggio comprime contro la sua persona. Del pari, uscendo da una stanza surriscaldata, il fuoco accumulato nel nostro corpo impedisce che siamo penetrati dal freddo esterno che percepiamo, ma, per così dire, teniamo a bada, senza oltrepassare la frontiera della nostra pelle.

Ebbene; in questo senso vi sono occupazioni «serie», come sono la politica e l’industria in generale, il diritto e l’economia. Sono puri formalismi, e come tali, tristi, grigi, senza interiore sufficienza. La «serietà» del magistrato e del contabile; in generale, la gravità del borghese è un riflesso delle sue serie preoccupazioni. Invece, la scienza, la migliore scienza, per esempio, la filosofia, ride e sorride nei dialoghi di Platone con un rumore un po’ di gazzarra scolastica. Cosa nulla sorprendente se si avverte che la filosofia s’inventò da alcuni vecchi sorridenti in conversazione coi ragazzi che uscivano dalla palestra sgambettando dinanzi ai loro ajo o «pedagoghi». (Vedi il Lysias).

Il predominio dello sport fisico, col suo tono di allegria muscolare, è, forse, un sintomo del carattere che la vita andrà prendendo. Sembra come se l’Europa si consegnasse a una salutare puerilità. Questo è un punto sul quale un giorno vorrei parlare a lungo, perché lo considero di sommo interesse. Un profondo istinto fa intravedere alle nostre vecchie nazioni che hanno bisogno, dopo una tappa di triste lavoro, dominata dall’idiosincrasia del borghese e dell’operaio, di una tappa di puerilità e gioventù. Ma è il caso che lo spirito —in quanto si possa distinguerlo dalla carne— è sempre più vecchio del corpo, e, senza dubbio, un eccesso di spiritualità invecchia. Ebbene; e che inconveniente c’è che sopravvenga un’epoca durante la quale il corpo si anteponga allo spirito al fine di equilibrare l’esagerazione di questo, che gli ultimi secoli hanno patito? Stagione di convalescenza per l’Europa. Ogni convalescenza vezzeggia il corpo, e, inoltre, ha non so che di ammirabilmente puerile.

1924