Abstract
Under an epigraph from Plotinus on Longinus (“a philologist, but no philosopher at all”), Ortega comments phrase by phrase on an imaginary but typical letter endorsing a Catholic meeting against secular schools. He mocks its “multiplicity of consciences” — religious, social and scientific — by invoking the medieval doctrine of double truth, and attacks the claim to erect spiritualist philosophy as the type of intellectual nobility.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Filólogos men ho Longinos,
filósofos de udamós.—PLOTINO
Si en los periódicos apareciese una carta dirigida al obispo de esta diócesis para que fuera leída en meeting de protesta contra las escuelas laicas, y esta carta comenzase del modo que sigue, ¿qué diríamos?
«Mi respetable prelado y distinguido amigo: Ya que mi absoluta incapacidad oratoria me impide tomar parte en el meeting que mañana ha de celebrarse para solicitar de los Poderes públicos la clausura de las escuelas laicas, juzgo deber de conciencia no sólo religiosa, sino social y científica, el adherirme a esta manifestación católica, que es al mismo tiempo una muestra de cultura y una afirmación del verdadero sentido que la enseñanza popular debe tener, si ha de cumplir su misión educadora, formando espíritus rectos y sanos».
¿Qué diríamos a este comienzo? Diríamos muy poco; diríamos solamente que de la conciencia religiosa del autor nada teníamos que decir: de gustibus non disputatur. Hemos venido, según parece al triste acuerdo de que sobre gustos y creencias religiosas no cabe disputar. Cierto que remover de la discusión las opiniones religiosas es negarles el valor de seria humanidad, y negarles este valor es acaso negarles todos los valores, es desintegrarlas de la conciencia cultural y ponerlas a la par de las sensaciones olfativas.
Agregaríamos que nos parece plausible el vigor de reto con que el autor de la carta adhiere al meeting no sólo su conciencia religiosa, mas su conciencia social y su conciencia científica. Esta multiplicidad de conciencias será un problema para quienes ignoren que en tiempos de mengua intelectual pudieron los hombres admitir lo que se ha llamado la doble verdad, es decir, que en una y única mente podía declararse verdad teológica lo que a la vez se reconocía como falsedad científica. Semejante verdad ancípite exigía esa duplicidad de la conciencia que en la carta resplandece.
Pero, ¿y si la carta prosiguiese así?:
«La escuela sin Dios, sea cual fuere la aparente neutralidad con que el ateísmo se disimule, es una indigna mutilación del entendimiento humano en lo que tiene de más ideal y excelso. Es una extirpación brutal de los gérmenes de verdad y de vida que laten en el fondo de toda alma, para que la educación los fecunde».
Si la carta prosiguiese así, tampoco habría mucho que comentar. Apenas si nos alargaríamos a pensar que en casi todos los títulos de los Códigos penales españoles hay un artículo que dice: «El que directa o «indirectamente»…» Y claro está, en ese artículo se hallan invariablemente incursos todos los españoles, porque cada individuo es «indirectamente» culpable de cuanto sobreviene en el sistema solar, merced a aquel commercium physicum en que, según Leibniz, se encuentran todas las porciones del universo. De la misma manera, dentro de la realidad atea caben todas las apariencias de neutralidad que el autor de la carta juzgue oportuno introducir: «sea cual fuere»… Pero esto casi no llegaríamos a decirlo: ese párrafo no trasciende de la subjetividad religiosa del autor que nos hemos prometido no herir en lo más mínimo.
Lo grave fuera que la carta continuase así:
«No sólo la Iglesia católica, oráculo infalible de la verdad, sino todas las ramas que el cisma y la herejía desgajaron de su tronco, y todos los sistemas de filosofía espiritualista, y todo lo que en el mundo lleva algún sello de nobleza intelectual, protestan a una contra esa intención sectaria y sostienen las respectivas escuelas confesionales, o aquéllas, por lo menos, en que los principios cardinales de la Teodicea sirven de base y supuesto a la enseñanza, y la penetran suave y calladamente con su influjo».
Aquí habla ya la conciencia científica: por cierto que habla confusamente, y no sé si nos atrevamos a añadir que capciosamente; en ese párrafo abunda más la fe que la buena fe. ¿Qué diríamos?
Diríamos muchísimas cosas: si no nos fallase la memoria y si fuéramos más eruditos, podríamos, en realidad, decir aquí todo lo que se ha dicho en los dos últimos siglos, porque el ánimo de ese párrafo nos retrotrae verdaderamente dos centurias.
Parece —¿no es cierto?— como si quisiera instaurar en tipo de la nobleza intelectual a la filosofía espiritualista. Si así fuese, no tendríamos inconveniente en declarar que para la conciencia científica es esa opinión perfecta, absoluta y rotundamente inexacta. Diríamos que la filosofía espiritualista es un hecho anormal en la cultura contemporánea. Haríamos notar que el vocablo «materialista» fue troquelado —no digo si bien o mal— para la filosofía de Demócrito, y hoy es hasta trivial, dentro de la historia «científica» de la filosofía, mirar a Demócrito como el único pensador del clasicismo helénico digno de ser puesto inmediatamente al lado de Platón. Ahora bien: ¿tiene el autor de la carta catolicismo suficiente para negar el título de nobleza intelectual a quien marcha casi casi hombreándose con Platón? Y aún puede decirse más: Platón mismo, el Platón que renació en la Academia florentina y como revivió en el obispo Cusano no fue ciertamente el Platón espiritualista —para pensar de anima bastaba y sobraba con el Aristóteles medioeval—, sino el Platón discípulo de Demócrito y maestro de Kepler y Galileo. ¿Diríamos más? Sin duda: frente a la «intención sectaria» de esa epístola sostendríamos enérgicamente que entre los filósofos clásicos de la Antigüedad y de la Edad Moderna (no tememos que se nos vaya a buscar clásicos en la Edad Media) «no ha habido uno solo» que deba su rango a la admisión en su sistema de una substancia espiritual. Tanto es así, que un profesor austriaco, católico, batallador e intransigente —Otto Willmann— cuando ha querido componer ad usum fidelium una historia de la filosofía desde su punto de vista sectario, la ha tenido que titular «Historia del idealismo». ¿Por qué no historia del espiritualismo, si marca éste ejemplarmente la tradición de la nobleza espiritual a lo largo de la evolución humana?
Es, por tanto, capcioso amontonar en una frase vaga todas las cosas clásicas y otorgar sólo al espiritualismo el honor de mentarlo con su nombre. El sello de nobleza intelectual no corresponde hoy ciertamente a ningún sistema espiritualista, si, al menos, lo noble ha de ser también fecundo.
Mas el autor de la carta no quisiera parecer intransigente: admite primero las escuelas católicas, luego las confesionales y, por fin, se contenta con «aquéllas en que los principios cardinales de la Teodicea sirven de base y supuesto a la enseñanza». Vamos a ver: ¿qué diríamos de esto? Diríamos que el autor de la carta debía retirar su primer párrafo, porque en él protesta de las escuelas laicas, y ahora las admite. Repetiríamos que la posición general en que se coloca es capciosa, equívoca, poco severa.
En efecto; la escuela laica ni teóricamente pretende excluir, ni en la mayor parte de los casos excluye la enseñanza religiosa. La escuela laica se limita a negar el derecho a que se eduque a los niños en una enseñanza religiosa según la dogmática de una escuela determinada. La escuela laica da cabida en su sistema de instrumentos pedagógicos a los principios cardinales de la Teodicea. El autor de la carta admite, pues, en su conciencia social y en su conciencia científica la escuela laica que repele en su conciencia religiosa. Nos hallamos frente a un ejemplo de la doble verdad. Esa carta podría firmarla Duns Escoto.
En cuanto a la palabra Teodicea… Preceden dos muestras del estilo reticente en que se halla escrita esta imaginaria misiva; ahora va la tercera. Es deber de quien escribe, pues que las palabras son ampollas de vidrio que el individuo hinche de significado a su manera, emplear el vocabulario en vista de aquél que va a leerle. Otra cosa sería jesuitismo. Ahora bien; para el público de un meeting que va a protestar de las escuelas laicas, Teodicea significa necesariamente algo así como Teología, una Teología aguada, una Teología venida a menos, pero al cabo afirmación de un Dios, de un Theos personal. Éste es el significado que puede tener en esa carta la Teodicea; no puede lealmente tener otro. Se trata, pues, de afirmar que ningún pensar profundo, clásico, y especialmente ninguna clásica pedagogía, ha tolerado una educación que no se apoye en la afirmación de una divinidad real. De esta manera, la escuela laica, declarada ya irreligiosa, queda además inservible por anticientífica. Acaso el autor de la carta pensaría que tiene la acusación de anticientífico más fuerza que la de irreligioso.
Quedamos en que los oyentes del meeting aplauden la pedagogía basada en la Teodicea. Ábranse, pues, en cada barrio escuelas donde se preparen los nuevos corazones, según la Teodicea de Spinoza, Voltaire, Lessing, Rousseau, Kant, Hegel, Strauss (joven), Renan, etcétera. ¿O es que estas gentes no llevan el sello de la nobleza intelectual? ¿O es que estas gentes no crearon una Teodicea? Acaso los oyentes del meeting no contaran con que las más sabias y nobles Teodiceas modernas son Teodiceas sin Dios, como las más ciertas psicologías son psicologías sin alma.
Y ¿qué diríamos si tras de un párrafo tan peregrino, que por respeto anticipado no copio, la carta añadiese esto?:
«Ni en Alemania, ni en Inglaterra, ni en los países escandinavos, ni en la poderosa república norteamericana, tiene prosélitos la escuela laica en el sentido en que la predica el odioso jacobinismo francés, cándidamente remedado por una parte de nuestra juventud y por el frívolo e interesado juego de algunos políticos».
Diríamos que la conciencia científica del autor ha tenido remordimientos de lo supraescrito y ya no quiere hablar de la escuela laica, sino de la escuela laica en el sentido, etcétera. Más que decir, pues, nos limitaríamos a preguntar: ¿qué contenidos intelectuales tiene ese «odioso» (este vocablo prueba documentalmente que la carta se hubiera compuesto hacia 1680) jacobinismo francés que no sean Spinosa, Voltaire, Lessing (Saint-Simonianos), Rousseau, Kant (Renouvier), Hegel (Taine), Strauss, Renan, etcétera? ¿Qué es, hablando en serio, el actual jacobinismo francés, si no es eso u otros nombres análogos?
Además, es inexacto que ese sentido de la escuela laica —sentido que la carta no especifica— se circunscriba a Francia. En 1905, los maestros de Bremen declararon que la enseñanza religiosa holgaba en las escuelas de Bremen, y propusieron una pedagogía basada en el monismo materialista de Haeckel. El hecho se ha repetido posteriormente.
Resumiendo, diríamos que en esa carta se confunden dos cosas que no hay derecho a confundir.
Hay, con respecto a la escuela laica, dos cuestiones de orden muy diverso: una cuestión de credo religioso y otra cuestión puramente pedagógica. Ésta es la que conviene poner en claro primero y la que exige una respuesta inequívoca cuando se conjura nuestra conciencia científica. Yo diría así: ¿cabe dentro de una pedagogía científica la exclusión del elemento religioso? Por mi parte la respuesta no ofrecerá equívoco alguno. Respondo: no. Pero la viceversa ha de ser también verdad. ¿Cabe dentro de la pedagogía científica otro elemento religioso que el determinado científicamente por ella? No; cien veces no.
Había que gravitar sobre nosotros toda la pesadumbre de la filología castellana y no lograría convencernos de que escuela laica quiere decir irreligiosa: jamás laico se opuso a religioso, sino a eclesiástico. Escuela laica es escuela sin Iglesia. Tampoco admitiríamos, ni en broma y como burlando, que se pretendiese declarar anticientífica la escuela laica. Posee ésta un fundador que pesa él solo más en la historia de la pedagogía científica que todos los restantes pedagogos juntos, ¿no hemos de sonreír tranquilamente ante esa carta excesiva, escríbala quien la vaya a escribir? ¿No hemos de sonreír ante una carta según la cual quedaría excluido de la ciencia pedagógica… ¡Pestalozzi! ?
¿Se contentarían, por otra parte, los oyentes del meeting con una escuela en que Dios fuera sólo la emoción de la humana moralidad, no un ser, sino el mero sentimiento de relación ética entre los hombres? Pues ésta es la Teodicea de Pestalozzi. ¡Palabras divinas del divino educador! «Dios es para los hombres sólo al través de los hombres, el Dios de los hombres».
No se venga, pues, con aparentes fervores científicos cuando se es radicalmente teólogo: dígase que no se admite la pedagogía como única reguladora de lo que se debe enseñar; dígase que no se va contra la escuela laica, sino contra la pedagogía entera. La ciencia no es un ornamento que, para mayor elegancia de una argumentación, puede agregarse a la fe.
Bien; pero ¿y si la carta no concluyera ahí, sino que aún siguieran otros párrafos? A esos otros párrafos nada diríamos: son advertencias líricas del autor, que ha querido ofrecer a un público selecto el espectáculo de una fe abundante.
Por último: ¿y si en algún archivo, en algún libro raro o simplemente curioso se descubriera que esa carta fue realmente escrita y la compuso don Marcelino Menéndez Pelayo, qué diríamos? No diríamos nada: sería más bien sazón para el estupor. Sentiríamos la más sincera congoja, nos descubriríamos con reverencia, no quitaríamos una letra de este catecismo; pero doliéndonos gravemente de los casos de la vida, pondríamos en movimiento nuestra capacidad de respetar.
Por lo que pueda personalmente atañerme concluiré advirtiendo que sólo a un derecho creo haber conquistado el derecho: a que no se me llame irrespetuoso. Yo que no sé casi nada he sabido siempre una cosa: respetar lo respetable en la medida que lo es.
El Imparcial, 10 de febrero de 1910