Abstract

A letter to Castrovido answering “T. Sanz“‘s criticisms of his lecture: Ortega claims descent from Costa while distinguishing himself from him, and above all specifies that his two Spains are not the old and the young, nor the reactionary and the heterodox, but official Spain and vital Spain — feeling closer to the dynamic Spain before the Restoration than to the men of the Restoration. He then defends the Liga de Educación Política’s meeting. An occasional polemical document.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Señor don Roberto Castrovido.

Mi querido amigo: Esa máscara noble que llaman T. Sanz y que alguien usa para ser todo lo contrario que una máscara se ha ocupado en El País de mi conferencia con una cierta injusticia en la superficie, pero con reservas de afecto en el fondo. Yo quiero dar a usted gracias muy sinceras por éstas, y no voy a enojarme por aquélla, que atribuyo a honradas divergencias, en parte, y en parte a que no son tampoco nuevas algunas de mis proposiciones, como T. Sanz supone, y requieren, en consecuencia, un margen de tiempo y de reflexión para ser justamente sopesadas.

No pretendo, pues, contestar a la noble máscara; no recojo el recuerdo de Macías Picavea y Costa, que se nos arroja encima para aniquilarnos con su venerable mole, porque cien veces hemos enarbolado el nombre de este último para hacer constar que nuestros pensamientos sobre España aspiran a no ser originales, a no ser unas buenas ocurrencias, sino una seria evolución de toda una corriente intelectual de subsuelo que Azorín, excitado por nuestros aplausos, se ha encargado de documentar persiguiéndola hacia atrás. Sin embargo, aunque poniendo en ello empeño todos los gatos resultaran pardos, podemos afirmar que nuestra doctrina de España es hija de la de Costa, pero distinta de la de Costa. Acaso un día de entre los días pueda ser interesante publicar algunas cartas de nuestro venerable maestro Costa, el hombre castiello, en que se dignaba discutir artículos míos, publicados hace seis o siete años. Porque Costa, como todo hombre de exuberante espíritu, como Giner de los Ríos, como Unamuno, solía atender al rumor espiritual que hacen los jóvenes, y no le ocurrió jamás arrojarles al rostro su juventud como si fuera un insulto.

No he de discutir tampoco si las dos Españas de que he hablado son las mismas que Blasco Ibáñez —según T. Sanz— ha frecuentado en sus discursos. Conste sólo que mis dos Españas no son la de los viejos —como si la vejez fuera otro insulto— y la de los jóvenes, ni la reaccionaria y la heterodoxa, sino la España oficial y la España vital. La diferencia es tanta, que mi conferencia —con sus siete terribles cuartos de hora— podía resumirse en esta frase: Nosotros nos sentimos, en el orden emocional, más cerca de los supervivientes de la España anterior a la Restauración, de la España dinámica, que de los hombres de la Restauración, de la España inerte, pomposa y convencional. Y esta afirmación, esta reivindicación de la atmósfera histórica más vibrátil que respiraron Espartero y Larra y los exaltados, no es, ni debía ser, nueva como idea, pero lo es como voluntad política. Y esto es, ante todo, política nueva, nueva voluntad. Y hasta ahora valía la edad del 30 al 68 como risible y sin valor para España, y, en cambio, la Restauración como un tiempo serio, europeo y de avance. Y, en nuestra opinión, es forzoso transmudar los valores y aprender respeto hacia aquella primera época, incluso en el orden técnico y de administración.

Pero dejemos todo esto, que ya irá entrando en la conciencia pública paso tras paso. Lo que me importa ahora es rectificar dos graves injusticias de T. Sanz y un quid pro quo.

Es la primera decir que al acto de la «Liga de Educación Política Española», le faltó, para ser educativo, el ejemplo. No esperaba yo esto de la buena máscara. Porque, en ese acto, un puñado de españoles jóvenes, laboriosos y pobres rompieron sus amarras con todos los organismos de política vigentes, con todos —salvo con el socialista, que no es el más capacitado para favorecer carreras personales. Y esto lo hicieron sin tener tras de sí ni fama, ni dinero, ni Prensa, ni masas a quienes previamente hubieran adulado. Y la única palabra de especial simpatía y adhesión la dirigieron a un movimiento político que aún no es un partido concluso, que lucha valientemente contra los prejuicios constituidos, que apenas si trae diputados a estas Cortes, y que se encuentra en la hora del honor, que es la de soportar los denuestos injuriosos. Éstos, y algunos otros pequeños detalles que T. Sanz no ignora, ¿merecen que se les escatime el título de ejemplos vivos de nueva ética nacional?

¿O es que hacer un acto ejemplar consiste en dar gritos? Yo respeto al que me escucha y por eso no le grito. Le enseño mi conciencia hasta su raíz, no mi laringe.

La segunda injusticia aparece en estas palabras:

«De las premisas del señor Ortega Gasset se deduce la necesidad de la revolución desde abajo o desde arriba. Sus conclusiones son opuestas, a pesar de sus propuestas de radicalismo, tienden a aceptar los hechos consumados, a gobernar con la monarquía, sin otra condición que la enunciada en este vago término: nacionalización».

No, querido Castrovido: esto no está bien. No sólo he deducido de mis premisas sino que he tomado arranque, he continuado y he concluido en la afirmación de que ha dejado de ser el orden público principio de la política. He insistido en que no vamos a servir al Estado español, sino a la nación española, y cuando sea preciso, que lo será muchas veces, a ésta contra aquél. Para quien tuviera arte de oír sugería esto nuestra marcada simpatía por ciertas sanas ideas de la filosofía y de la política sindicalistas. Lo único, pues, que me faltó fue decir que nosotros vamos a hacer la revolución, y esto no lo dije porque hubiera sido ridículo y porque no era verdad —por las mismas razones que, si tuvieran la capacidad de sonrojarse, no lo dirían los que andan por ahí aullándolo a las muchedumbres. La palabra revolución es la única del diccionario que no tolera ser sólo dicha, que exige ser, al punto de dicha, hecha.

Por revolución entendemos nosotros los caminos que realmente conduzcan a dar al aire ciudadano una tensión de cristal siempre conminando quebradura. Para esto es forzoso llevar todas las instituciones al extremo de su vitalidad; la vida se diferencia de lo convencional en que está siempre en peligro. Así, Nietzsche decía: Vivir es vivir en peligro.

Y, claro está, que lejos de aceptar el hecho consumado de la monarquía restaurada, imaginamos como si toda una época —la Restauración— fuera un pesado sueño, la damos por no consumada y pretendemos que el calificativo «monárquico» pierda su inerte sentido restaurador y adquiera una significación de dinamismo fecundo y peligroso —como en 1840. No aceptamos el principio de la «lealtad monárquica», como no aceptamos el principio de la «lealtad republicana». Sabemos que algunos hombres han sido durante cuarenta años republicanos: lo sabemos, pero lamentamos esa insistencia. Esos hombres no han amado la revolución, ni la que empieza arriba ni la que empieza abajo.

En fin, el quid pro quo consiste en creer, T. Sanz, que por nacionalizar la monarquía o el ejército, ha de entenderse no sé qué mística transfusión de casticismo a una familia o a un órgano social. No; vivimos bajo un régimen que comenzó apareciendo en la Gaceta un famoso decreto iniciado así: Proclamado por la nación y el ejército… Nacionalizar la monarquía o el ejército significa que ni sobre ni junto a la nación haya nada fuera de la idea de justicia. Ni encima ni al lado: todo debajo.

Vea usted cómo T. Sanz no llevaba por completo razón. Y se le ve pronto, dígale que el haber podido citar en esta ocasión una novela reciente, en que se critica ásperamente a muchos de nosotros por un escritor que es uno de nuestros más íntimos y fuertes colaboradores, indica que nuestra juventud es otra cosa distinta de una Sociedad de bombos mutuos, que es una solidaridad de deberes y de convicciones, con la cual, de un modo o de otro, antes o después, habrá que contar.

Esto puede decir, añadiendo un saludo afectuoso a T. Sanz, la buena máscara.

Sabe cuán suyo amigo es, José Ortega y Gasset

Viernes, 27 marzo 1914.

El País, 29 de marzo de 1914