Abstract

A report on the parliamentary brawl between partisans of the Juntas de Defensa and those of workers’ and soldiers’ councils: Ortega lumps them together in imperialist impulse, militarism and taste for illegality (“Cierva and Trotsky, two opposed accidents of one and the same military substance”). The absurdity is that, both being minorities, neither solution can win, and the only victor is the conflict itself, while social liberalism goes unrepresented. Political reporting.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El miércoles hubo en el Congreso gran pelotera entre los partidarios de las Juntas de defensa y los que, acaso sin saberlo, son partidarios de los Consejos de obreros y soldados. Ambas tendencias coinciden en muchas cosas: coinciden en proceder de un análogo ímpetu imperialista, coinciden en aceptar la pólvora como procedimiento de la contienda política; son, pues, con distinto signo, radicalmente militaristas. (Cierva y Trotsky, los dos extremos de la diagonal europea que va de Madrid a Petrogrado, son dos accidentes contrapuestos de una misma sustancia militar). Unos y otros sienten una gran fruición por las situaciones ilegales; no los irrita el imperio de la ilegalidad, con tal que sea la administrada por cada uno de ellos. Coinciden, por último, en cierta peregrina hipocresía, diríamos paradójicamente en una hipocresía de buena fe, que les permite escribir programas y pronunciar palabras que no expresan nunca exactamente lo que en sus actos ejecutan y en sus latentes intenciones germina.

Estábamos por decir que si la mayoría de los españoles pensase como los unos o como los otros, nos parecería la situación menos lamentable, menos deprimente de lo que es. Ambas son, a nuestro juicio, dos soluciones frenéticas de los problemas públicos; pero, al fin y al cabo, son dos soluciones. Lo absurdo es que no participando de ellas más que una exigua minoría de españoles, no podrán triunfar ninguna de las dos, y en tanto queda mudo el resto mejor y mayor de la opinión; lo absurdo es que el Parlamento está acaparado por aquellas voces mientras la enorme masa del liberalismo social o, si se quiere, socialismo liberal, no tiene en el hemiciclo adecuada representación. Confirman nuevamente las escenas de estos días lo que tantas veces hemos dicho: que los jefes liberales, al ocupar lugares para los cuales les falta por completo el prestigio, impiden la presencia en la política parlamentaria del buen sentido público. Usufructuando el papel de representantes de una opinión que no representan, carecen de autoridad para hacerse oír y dejan, en cambio, inaudita la opinión que seudorrepresentan. Así, a la postre, acontece que ante el conflicto de nuestra vida pública, ni triunfa la solución Cierva ni triunfa la solución Trotsky; quien sale triunfante de toda solución es el conflicto mismo, cada vez más rollizo, más intenso y más intacto.

Ha sido un penoso azar que la dolencia retuviese lejos de las Cortes a don Melquiades Álvarez. Acaso sus palabras hubiesen acertado con suficiente dignidad a condensar el pensamiento del gran torso de España frente a los gritos que dan sus extremidades.


Cuando el señor Lerroux pronunció la primera parte de su discurso, dijimos que nos había parecido mal. La segunda parte confirmó nuestro juicio y el que Cervantes tenía de todas las segundas partes. En fin, las rectificaciones del condottiero radical no sirvieron para otra cosa que para ratificar el desastre.

Muchos han censurado el discurso de Lerroux por hallarlo incompatible con su pasado político. Otros porque parecía una delación contra determinados individuos que, en realidad, son ajenos a los delitos en cuestión. Sin decir que estos aspectos nos parezcan mal o bien, diremos que no nos importan mucho o no son los que más nos importan. Convendría ir abandonando el hábito de juzgar todas las acciones políticas desde un punto de vista exclusivamente biográfico.

Del discurso del señor Lerroux nos parece a nosotros mal, ante todo, el discurso mismo. Que lo haya pronunciado él y no el obispo de Mondoñedo, resulta un detalle casi insignificante, capaz sólo de prestar al hecho un sesgo anecdótico. Después de todo, el caso es el de siempre. Renan decía que los mayores antirrevolucionarios de hoy son los revolucionarios de ayer. Ocupados en hacer su revolución, no admiten que vaya alguien a intentar hacer otra distinta. La regla es ventajosa, porque si los revolucionarios de ayer se sumasen a los de hoy, y así sucesivamente, henchirían el planeta y no habría contra quién revolucionar. Ahora bien, esto sería funesto. Oportet haereses esse —decía la Iglesia en su mejor tiempo. Conviene que haya herejes. Es útil al Estado que haya revolucionarios, con tal que no sean muy numerosos. Ellos imponen la evolución a la inercia de los demasiado felices, constituyen el fermento de la sociedad que impide su putrefacción; son, como decía sonriendo Epicuro, la sal que conserva el pernil del cerdo. No es, pues, razonable enojarse porque el señor Lerroux, que hace pocos años hablaba aún de «las humildes estacas vencedoras», oponga hoy el dique de su pecho a otra más joven subversión.

Lo que sí está mal es que en un discurso de dos días dedicado a estudiar unos crímenes sociales, no dijese una sola palabra sobre la cuestión social y hablase de aquéllos como si nada, en definitiva, tuviesen que ver con ésta, como si su evitación no dependiese de la política general que al conflicto obrero se aplique. Lo único que el señor Lerroux dijo sobre el problema obrero trasciende todos los límites del buen sentido y se corre un poco hacia lo grotesco. Para el señor Lerroux, la existencia del obrerismo sindical en Cataluña se debe, no más, no menos, a que los Gobiernos apoyaban a los regionalistas y no a él. Sería curioso averiguar cómo el señor Lerroux explica la coincidente explosión de sindicalismo en Londres y en Berlín, en Petrogrado y en Roma, en París y en Buenos Aires.

Confesamos que nos ha entristecido hallar en un hombre de tan clara cabeza como Lerroux esta insensibilidad, esta sincera inconsciencia para el problema social. Sobre este fondo, su discurso tenía que resultar forzosamente anacrónico y, lo que es consecuencia de esto, fabulosamente estéril. No ha aportado ni un dato esencial ni una idea orientadora a la cuestión. Éste es nuestro enojo con el jefe republicano: que no nos ha enseñado nada siendo un viejo maestro en la política catalana.

En general, se advierte en casi todos nuestros hombres públicos, políticos y escritores, que viven en torno a los sesenta años, una impercepción sorprendente para el conflicto obrero. Ni entienden las ideas que laboran el alma proletaria, ni notan las amplitudes y coincidencias de su movimiento, ni advierten la novedad y periculosidad de sus armas, ni tienen simpatía alguna por aquellas emociones esenciales que, entre numerosas aberraciones, serán de histórica fecundidad.

Se trata, por lo visto, de la eterna presbicia, de la incapacidad del viejo para moverse entre las cosas nuevas. Sin embargo, hay políticos menos aventajados en edad que el señor Lerroux e igualmente ciegos.

¿Cabe nada más curioso que haber coincidido el señor Cambó y el señor Lerroux en no enterarse del problema obrero? Dos políticas venían, en varia lucha, disputándose la representación del presente y el porvenir de Cataluña: el regionalismo y el radicalismo. Las dos alardeaban de realistas, de conocer la colectividad humana en general y la catalana en particular. Ahora vemos que se habían olvidado de lo principal. Nos hablaban de todo menos de lo que había de imponerse como sumo problema catalán: la agitación obrera. Cambó y Lerroux han sido los arrieros del cuento, que contaban todos sus burros menos el que les servía de cabalgadura.

El señor Cambó fustigaba una y otra vez la política madrileña, acusándola de abstracta. Lo concreto, lo vivo, lo real, era lo que el señor Cambó traía y llevaba del Tibidabo al Guadarrama en el equipaje de su cráneo. Ahora resulta que se había olvidado de la camisa. El efecto ha sido tal, que el señor Cambó no podrá repetir su argumento.

Cataluña, como Madrid, necesita cambiar de políticos y de política. Los nuevos problemas necesitan nuevas capacidades, o cuando menos, nuevos pensamientos. Nuestra fe, no entibiada, en la necesidad de una amplísima descentralización, nos obliga a advertir hoy, pues la ocasión se ofrece, que para volver a plantear un día la cuestión catalana, después de lo ocurrido, harán falta dos cosas: que los patronos catalanes transformen sus selfatinas y el señor Cambó sus argumentos.


A pesar de tanto vocablo como se ha usado, el asunto de los asesinatos de patronos espera aún ser tratado adecuadamente en las Cortes. Aún no ha sonado una palabra discreta, aún no se ha dibujado un proyecto suficiente de acción gubernamental. Y, en nuestro entender, el error ha estado en dislocar este asunto de la cuestión social donde nace. La gravedad de estos crímenes no es su número, sino la profundidad de su fuente original. Doscientos patronos han caído víctimas del odio de clases, pero mayor mortandad produce, en una sola primavera, la locura de amor.

Pues bien, no creemos que los fusiles valgan mucho contra el odio, como no valen nada contra el amor.

Publicado sin firma, El Sol, 16 de enero de 1920