Abstract
A portrait of the generation of 1898, which lived through a single historical date and received it as the answer to its first demands. Against the grandfathers’ liberalism, which opposed individual and society, Ortega asserts that the individual is one and the same thing as society, “a knot of social realities”: without national life there is no individual life, and that “ghost” generation, robbed of a real fatherland, could only invent an ideological one — Europeanisation — and live critically. From 1913 a gust of optimism, tied to a competent institution coming into action.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
I
Los que llegan ahora a la mitad en el camino de la vida sólo habían vivido una fecha histórica: 1898. Coincidió con su iniciación en la mocedad. Vino justo a la hora en que una generación se enfrentaba por vez primera con la realidad y le hacía sus primeras demandas. 1898 fue la contestación recibida. 1898 era el aniquilamiento subitáneo de la historia de España.
Lo que el individuo sobre su capacidad vegetativa y animal posee, lo que hace de él un individuo humano, es sólo un haz de acciones y reacciones sociales. Nuestros abuelos se encendían en un liberalismo que hablaba del individuo y la sociedad como cosas distintas: esto les conducía a descubrir terribles conflictos entre ambas entidades, conflictos que resolvían poniéndose de la parte de los individuos. Tal fue la teoría que enseñaron a nuestros padres. En aquellos países donde la sociedad se hallaba apenas construida y seculares menguas habían dejado fenecer los dos grandes poderes de la socialización —ciencia, moral—, ocurrió lo que no podría menos de ocurrir: lo social sucumbió.
Pero nuestros abuelos se habían honradamente equivocado: el individuo es una misma cosa con la sociedad, es un nudo de realidades sociales, un punto de intersección, un desfiladero de energías colectivas. Nuestros padres, que dejaron morir el débil ensayo de nación española, lo experimentaron en sí mismos: paralelamente a la consunción nacional perdieron su individualidad.
La generación de 1898 se encontró sin una nación en que realizarse ni individualidades a quienes seguir. Se encontró sin casa y sin padres en el orden espiritual. Es una generación históricamente espuria. No se le puede pedir mucho. Es una generación fantasma.
No ha hecho nada, se dice, y con razón; pero, ¿qué iba a hacer? ¿Crear el mundo de la nada? No es culpa suya si no ha vivido con plenitud. Sin vida nacional no hay vida individual. Sobre el mar sin viento no se hinchan las velas.
Ha tenido que reducirse a la forma más irreal de la vida: ha vivido teóricamente; menos aún, críticamente.
Pues bien: yo creo que con esto ha cumplido la primera parte de su misión. Cuando no es posible hacer nada, lo más que se puede hacer es criticar, analizar lo que otros hicieron. De esta manera se prepara la posibilidad de una nueva vida.
En la palabra europeización se cifra la vida de los hombres de treinta años. No existiendo España, tuvieron que fingirse una nacionalidad ideal donde conducir una existencia imaginaria. Tuvieron que elucubrar una patria ideológica, ya que pecados ajenos les habían arrebatado la real. Esta patria de aspiración ha sido el pensamiento de la europeización de España, y el patriotismo tuvo que tomar la forma de crítica del pasado nacional.
- Han sido menester catorce años para que vuelvan a sentir pasar una ráfaga de historia, de vida colectiva real, aquellos españoles de 1898. Coincide también la nueva fecha con una hora crítica en el desarrollo de aquella generación. Son los treinta años, la mitad del camino de la vida.
Por vez primera ha llegado a ciertas capas profundas de nuestra conciencia una trepidación de optimismo. Y nótese cuál ha sido el motivo. Por vez primera nos hallamos sorprendidos con que una institución, es decir, un órgano de la vida nacional entra en actividad eficazmente y manifiesta clara voluntad de hacer historia, o lo que es lo mismo, de hacer nación.
La política ha querido absorber para sí toda la significación de las visitas que recientemente solicitara la Corona. La política, es decir, los viejos partidos, los caducos conglomerados supervivientes de la vieja España consunta, los que pretenden seguir infeccionando el porvenir con los vicios tradicionales: favoritismo, arbitrariedad, incompetencia y frivolidad. Para éstos, lo más importante —si fueran sinceros, lo único importante de estos días— ha sido la conversación del Rey con el jefe del partido republicano. El señor Azcárate, presidente del Instituto de Reformas Sociales, queda en segundo término.
No voy a menoscabar la importancia de esta aproximación entre la Corona y el republicanismo. La tiene inmensa; pero nada en este asunto tenemos que agradecer a los republicanos ni al partido liberal. Íntegramente compete nuestro agradecimiento a la Corona. Todo ha sido operación suya. Los demás no han tenido más virtud que la pasividad. El presidente del Consejo repetirá en sus adentros algo semejante a aquella frase de un personaje de Menandro: «Más vale una gota de suerte que un tonel de razón».
El acto de la Corona no se ha limitado a esta primera apariencia política. El rey ha llamado al presidente del Instituto de Reformas Sociales, al presidente de la Junta para Ampliación de Estudios, al director del Museo Pedagógico. Esto es, en definitiva, lo importante. La Corona inicia su verdadera misión, la cual no es política, sino histórica; no Poder moderador, sino Poder organizador de lo nacional. Más que de política, el Rey ha hablado en esas conferencias de la europeización de España.
Es casi seguro que el señor Ramón y Cajal habrá elevado a Palacio un ejemplar de su obra Reglas y consejos sobre investigación biológica, que poco hace se ha publicado en tercera edición. En esta edición ha añadido el famoso maestro un capítulo sobre el problema nacional. Para la generación de 1898 significa lo que ahora escribe Cajal un gran triunfo. Después de una clasificación de las teorías que han motivado la mengua española, se acoge Ramón y Cajal a una que él llama, acaso impropiamente, «Teoría de la segregación intelectual». Bajo este título se encubre la siguiente proposición: la enfermedad de España no es otra cosa que su alejamiento de Europa; es decir, de la ciencia. Nuestro fracaso no es oriundo del mucho calor ni de la poca agua, de la miseria o la mala gobernación o de nuestro orgullo y arrogancia: nuestro fracaso es una y misma cosa con nuestra incompetencia.
Ahora bien: esta afirmación que favorece Cajal con su alta autoridad, ha sido lo que nuestra generación trajo de un modo claro, preciso y sistemático a la ciencia étnica. Nuestra vida crítica no ha sido, pues, infecunda.
El Imparcial, 8 de febrero de 1913
II
Pero con todo esto, ¿qué hemos ganado? Y aquí nosotros no quiere decir nosotros, como en la frase excesiva del señor Maura. Aquí el nosotros incluye a vosotros, a ellos, a todos. Nosotros somos una España que «de lo oscuro aspira hacia lo claro», según Goethe cantaba —una España nacida en el dolor, macerada en la penuria de pan, de ideas, de amor, que no pretende sino fines humildes, que sólo pretende vivir; —pero entendiendo por vivir estas dos cosas: severidad y competencia.
¿Qué hemos ganado, pues? Bueno fuera que catorce años de tristeza y de crítica se rindieran de pronto ante un optimismo injustificado. Concretamente, ¿qué hemos ganado?
Algo, en verdad: saber que la institución mayor no será un obstáculo a la organización nacional; saber que el señor Maura no tendría más fuerza que la propia. Pero todo esto es negativo. A estas horas sabemos sólo que una nueva España no es imposible; que ningún poder mecánico y extraño estorbará su génesis espontánea.
Pero, ¿sabemos si es posible?
España es el nombre de una cosa que hay que hacer, no sólo de algo que hay que conversar ante la Corona, noblemente ávida de disciplinas; no sólo algo que hay que perorar ante muchedumbres apasionadas en las asambleas verbisonantes; no sólo algo que hay que musitar ante los jefes políticos, en el secreto de los gabinetes, ornándolo con guiños que aspiran a ser maliciosos.
España es una cosa que hay que hacer. Y es una cosa muy difícil de hacer. Ya es difícil querer hacerla; pero, aun logrado esto, queda íntegra la suprema dificultad: saber hacerla.
¿Es asunto resuelto, por ventura, que haya en España hombres capaces de saber hacer España? Porque España es, por lo pronto, una hacienda derruida sobre una economía nacional, no sólo pobre, sino irregular y apenas estudiada. ¿Quién va a arreglar esa hacienda? ¿Cualquiera? ¿El señor Suárez Inclán?
Yo comprendo que estas palabras han de ser impopulares y enojosas; pero todo lo que no sea insistir sobre este tema y clavarlo en la preocupación de los españoles, equivale al defecto esencial de patriotismo.
No basta, no basta con querer lealmente que se organice una hacienda democrática para que, en efecto, una hacienda democrática se organice. Nueve décimas partes de ciudadanos lo deseamos así. Dios premiará, a no dudarlo, nuestra buena voluntad tomándonos asumptos en las praderas azules del cielo donde tiemblan las amapolas de oro que desde abajo parecen estrellas. Pero la buena voluntad, que sirve para ir al cielo, no sirve para organizar una hacienda; para este menester sólo es útil y es imprescindible la ciencia económica. Et si non, non. Números, estadísticas, sistemas complicadísimos, un Cuerpo burocrático de gran saber y solicitud, una cantidad enorme de prosaicas competencias. Sin esto no hay ascensión al cielo de la hacienda. ¡Qué le vamos a hacer! En La Paz, de Aristófanes, Trigeo tiene que subir al cielo cabalgando un escarabajo.
Pues bien: ¿dónde está esa burocracia competente sin la cual todo plan de hacienda contribuye sólo a empedrar el infierno? ¿Y dónde están los capaces de construir este plan y disciplinar aquella burocracia? Sabemos que esas capacidades no se hallan en los partidos vigentes. Parece ser que en España hay contadísimos hombres que sean formalmente economistas y que esos hombres no integran ninguna agrupación política; son, dícese, gentes oscuras y de grande juventud.
Ahora conviene que la nueva nación germinal decida sin equívocos: ¿hay o no hay en las energías españolas que aspiran a hacer historia originalidad suficiente para arrancar la hacienda de manos políticas incompetentes y ponerla en las pocas o muchas dotadas de capacidad?
Como con la hacienda acontece con las demás funciones del Cuerpo nacional. La política ha enfeudado la dirección de las actividades más importantes, como si no fueran principalmente técnicas. En otros países el daño no es tan grave justamente porque están europeizados; es decir, porque gozan de una mínima cultura ambiente y anónima que basta para asegurar de una manera automática cierta seriedad y eficacia elementales en la constitución de la fisiología nacional. Mas entre nosotros, por definición, se carece de ese regulador básico. Ministros incompetentes han buscado soporte a su figura política concediendo a empleados no menos incompetentes un absurdo estatuto de inamovilidad. De modo que la dirección de las actividades técnicas se halla irremisiblemente vinculada a la incompetencia de la política y la ejecución de ellas a la incompetencia del escalafón, Bastilla formidable de nuestras esperanzas.
No está, por consiguiente, muy claro que esa España no imposible sea, en verdad, posible. Como unas pocas agujas perdidas en montes de paja se hallan en España los hombres competentes y constructores entre abogados, profesores de retórica y discípulos de retórica. ¿Quién puede esperar de la buena fortuna que se los descubra y que, descubiertos, se los exalte?
Por otra parte, ¿quién es tan tonto para esperar que las cosas difíciles se hagan solas o por la taumaturgia de la peroración y de la charla con los jefes políticos?
Los pueblos no se hacen por casualidad. Los renacimientos no pueden esperarse de la buena voluntad ni de las buenas promesas. La Historia no contiene más que fuerzas históricas, y en ella todo se cumple por la fuerza. Frente a una, otra. Frente a una política caduca, pacifista e inerudita sólo cabe otra política novísima, áspera y técnica.
Una nueva España sólo es posible si se unen estos dos términos: democracia y competencia. La instauración de la democracia sólo es posible en España mediante la revolución de la competencia.
¿No ve en esto la generación del 1898 una segunda parte de su misión? Porque aun siendo nosotros, en leal dictado, tan incompetentes como nuestros padres y abuelos, poseemos una conciencia más clara de nuestra limitación y aspiramos con mayor fuerza a que se ponga la suerte de España, no en nuestras manos, sino en las manos más hábiles y sólo en ellas. Pero… ¿dónde anda esa generación fantasma?
El Imparcial, 9 de febrero de 1913