Ortega y Gasset

Abstract

A portrait of the generation of 1898, which lived through a single historical date and received it as the answer to its first demands. Against the grandfathers’ liberalism, which opposed individual and society, Ortega asserts that the individual is one and the same thing as society, “a knot of social realities”: without national life there is no individual life, and that “ghost” generation, robbed of a real fatherland, could only invent an ideological one — Europeanisation — and live critically. From 1913 a gust of optimism, tied to a competent institution coming into action.

Connections

Assi: Senso della storia, Natura umana
Posizioni: teoria delle generazioni, animale sociale
Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

Los que llegan ahora a la mitad en el camino de la vida sólo habían vivido una fecha histórica: 1898. Coincidió con su iniciación en la mocedad. Vino justo a la hora en que una generación se enfrentaba por vez primera con la realidad y le hacía sus primeras demandas. 1898 fue la contestación recibida. 1898 era el aniquilamiento subitáneo de la historia de España.

Lo que el individuo sobre su capacidad vegetativa y animal posee, lo que hace de él un individuo humano, es sólo un haz de acciones y reacciones sociales. Nuestros abuelos se encendían en un liberalismo que hablaba del individuo y la sociedad como cosas distintas: esto les conducía a descubrir terribles conflictos entre ambas entidades, conflictos que resolvían poniéndose de la parte de los individuos. Tal fue la teoría que enseñaron a nuestros padres. En aquellos países donde la sociedad se hallaba apenas construida y seculares menguas habían dejado fenecer los dos grandes poderes de la socialización —ciencia, moral—, ocurrió lo que no podría menos de ocurrir: lo social sucumbió.

Pero nuestros abuelos se habían honradamente equivocado: el individuo es una misma cosa con la sociedad, es un nudo de realidades sociales, un punto de intersección, un desfiladero de energías colectivas. Nuestros padres, que dejaron morir el débil ensayo de nación española, lo experimentaron en sí mismos: paralelamente a la consunción nacional perdieron su individualidad.

La generación de 1898 se encontró sin una nación en que realizarse ni individualidades a quienes seguir. Se encontró sin casa y sin padres en el orden espiritual. Es una generación históricamente espuria. No se le puede pedir mucho. Es una generación fantasma.

No ha hecho nada, se dice, y con razón; pero, ¿qué iba a hacer? ¿Crear el mundo de la nada? No es culpa suya si no ha vivido con plenitud. Sin vida nacional no hay vida individual. Sobre el mar sin viento no se hinchan las velas.

Ha tenido que reducirse a la forma más irreal de la vida: ha vivido teóricamente; menos aún, críticamente.

Pues bien: yo creo que con esto ha cumplido la primera parte de su misión. Cuando no es posible hacer nada, lo más que se puede hacer es criticar, analizar lo que otros hicieron. De esta manera se prepara la posibilidad de una nueva vida.

En la palabra europeización se cifra la vida de los hombres de treinta años. No existiendo España, tuvieron que fingirse una nacionalidad ideal donde conducir una existencia imaginaria. Tuvieron que elucubrar una patria ideológica, ya que pecados ajenos les habían arrebatado la real. Esta patria de aspiración ha sido el pensamiento de la europeización de España, y el patriotismo tuvo que tomar la forma de crítica del pasado nacional.


  1. Han sido menester catorce años para que vuelvan a sentir pasar una ráfaga de historia, de vida colectiva real, aquellos españoles de 1898. Coincide también la nueva fecha con una hora crítica en el desarrollo de aquella generación. Son los treinta años, la mitad del camino de la vida.

Por vez primera ha llegado a ciertas capas profundas de nuestra conciencia una trepidación de optimismo. Y nótese cuál ha sido el motivo. Por vez primera nos hallamos sorprendidos con que una institución, es decir, un órgano de la vida nacional entra en actividad eficazmente y manifiesta clara voluntad de hacer historia, o lo que es lo mismo, de hacer nación.

La política ha querido absorber para sí toda la significación de las visitas que recientemente solicitara la Corona. La política, es decir, los viejos partidos, los caducos conglomerados supervivientes de la vieja España consunta, los que pretenden seguir infeccionando el porvenir con los vicios tradicionales: favoritismo, arbitrariedad, incompetencia y frivolidad. Para éstos, lo más importante —si fueran sinceros, lo único importante de estos días— ha sido la conversación del Rey con el jefe del partido republicano. El señor Azcárate, presidente del Instituto de Reformas Sociales, queda en segundo término.

No voy a menoscabar la importancia de esta aproximación entre la Corona y el republicanismo. La tiene inmensa; pero nada en este asunto tenemos que agradecer a los republicanos ni al partido liberal. Íntegramente compete nuestro agradecimiento a la Corona. Todo ha sido operación suya. Los demás no han tenido más virtud que la pasividad. El presidente del Consejo repetirá en sus adentros algo semejante a aquella frase de un personaje de Menandro: «Más vale una gota de suerte que un tonel de razón».

El acto de la Corona no se ha limitado a esta primera apariencia política. El rey ha llamado al presidente del Instituto de Reformas Sociales, al presidente de la Junta para Ampliación de Estudios, al director del Museo Pedagógico. Esto es, en definitiva, lo importante. La Corona inicia su verdadera misión, la cual no es política, sino histórica; no Poder moderador, sino Poder organizador de lo nacional. Más que de política, el Rey ha hablado en esas conferencias de la europeización de España.

Es casi seguro que el señor Ramón y Cajal habrá elevado a Palacio un ejemplar de su obra Reglas y consejos sobre investigación biológica, que poco hace se ha publicado en tercera edición. En esta edición ha añadido el famoso maestro un capítulo sobre el problema nacional. Para la generación de 1898 significa lo que ahora escribe Cajal un gran triunfo. Después de una clasificación de las teorías que han motivado la mengua española, se acoge Ramón y Cajal a una que él llama, acaso impropiamente, «Teoría de la segregación intelectual». Bajo este título se encubre la siguiente proposición: la enfermedad de España no es otra cosa que su alejamiento de Europa; es decir, de la ciencia. Nuestro fracaso no es oriundo del mucho calor ni de la poca agua, de la miseria o la mala gobernación o de nuestro orgullo y arrogancia: nuestro fracaso es una y misma cosa con nuestra incompetencia.

Ahora bien: esta afirmación que favorece Cajal con su alta autoridad, ha sido lo que nuestra generación trajo de un modo claro, preciso y sistemático a la ciencia étnica. Nuestra vida crítica no ha sido, pues, infecunda.

El Imparcial, 8 de febrero de 1913

II

Pero con todo esto, ¿qué hemos ganado? Y aquí nosotros no quiere decir nosotros, como en la frase excesiva del señor Maura. Aquí el nosotros incluye a vosotros, a ellos, a todos. Nosotros somos una España que «de lo oscuro aspira hacia lo claro», según Goethe cantaba —una España nacida en el dolor, macerada en la penuria de pan, de ideas, de amor, que no pretende sino fines humildes, que sólo pretende vivir; —pero entendiendo por vivir estas dos cosas: severidad y competencia.

¿Qué hemos ganado, pues? Bueno fuera que catorce años de tristeza y de crítica se rindieran de pronto ante un optimismo injustificado. Concretamente, ¿qué hemos ganado?

Algo, en verdad: saber que la institución mayor no será un obstáculo a la organización nacional; saber que el señor Maura no tendría más fuerza que la propia. Pero todo esto es negativo. A estas horas sabemos sólo que una nueva España no es imposible; que ningún poder mecánico y extraño estorbará su génesis espontánea.

Pero, ¿sabemos si es posible?

España es el nombre de una cosa que hay que hacer, no sólo de algo que hay que conversar ante la Corona, noblemente ávida de disciplinas; no sólo algo que hay que perorar ante muchedumbres apasionadas en las asambleas verbisonantes; no sólo algo que hay que musitar ante los jefes políticos, en el secreto de los gabinetes, ornándolo con guiños que aspiran a ser maliciosos.

España es una cosa que hay que hacer. Y es una cosa muy difícil de hacer. Ya es difícil querer hacerla; pero, aun logrado esto, queda íntegra la suprema dificultad: saber hacerla.

¿Es asunto resuelto, por ventura, que haya en España hombres capaces de saber hacer España? Porque España es, por lo pronto, una hacienda derruida sobre una economía nacional, no sólo pobre, sino irregular y apenas estudiada. ¿Quién va a arreglar esa hacienda? ¿Cualquiera? ¿El señor Suárez Inclán?

Yo comprendo que estas palabras han de ser impopulares y enojosas; pero todo lo que no sea insistir sobre este tema y clavarlo en la preocupación de los españoles, equivale al defecto esencial de patriotismo.

I

Those who now arrive at the midpoint of the road of life have lived only one historical date: 1898. It coincided with their initiation into youth. It came just at the hour when a generation confronted reality for the first time and made its first demands upon it. 1898 was the answer received. 1898 was the sudden annihilation of the history of Spain.

What the individual possesses beyond his vegetative and animal capacity, what makes of him a human individual, is only a bundle of social actions and reactions. Our grandfathers were fired by a liberalism that spoke of the individual and society as distinct things: this led them to discover terrible conflicts between both entities, conflicts they resolved by taking the side of individuals. Such was the theory they taught our fathers. In those countries where society was scarcely built and secular deficiencies had let the two great powers of socialization —science, morality— perish, what could not but happen happened: the social succumbed.

But our grandfathers had been honestly mistaken: the individual is one and the same thing as society, he is a knot of social realities, a point of intersection, a defile of collective energies. Our fathers, who let the weak experiment of the Spanish nation die, experienced it in themselves: in parallel to the national consumption they lost their individuality.

The generation of 1898 found itself without a nation in which to realize itself nor individualities to follow. It found itself without a house and without fathers in the spiritual order. It is a historically spurious generation. Not much can be asked of it. It is a ghost generation.

It has done nothing, it is said, and rightly; but, what was it to do? Create the world out of nothing? It is not its fault if it has not lived with plenitude. Without national life there is no individual life. On a sea without wind sails do not swell.

It has had to reduce itself to the most unreal form of life: it has lived theoretically; even less, critically.

Well then: I believe that with this it has fulfilled the first part of its mission. When it is not possible to do anything, the most one can do is criticize, analyze what others did. In this way the possibility of a new life is prepared.

In the word Europeanization the life of the men of thirty is encoded. Spain not existing, they had to feign for themselves an ideal nationality where to conduct an imaginary existence. They had to elaborate an ideological fatherland, since the sins of others had snatched the real one from them. This fatherland of aspiration has been the thought of the Europeanization of Spain, and patriotism had to take the form of criticism of the national past.


  1. Fourteen years have been needed for those Spaniards of 1898 to feel again a gust of history passing, of real collective life. The new date also coincides with a critical hour in the development of that generation. It is the thirty years, the midpoint of the road of life.

For the first time a trepidation of optimism has reached certain deep strata of our consciousness. And note what the motive has been. For the first time we find ourselves surprised that an institution, that is, an organ of national life, enters effectively into activity and manifests a clear will to make history, or, what is the same thing, to make nation.

Politics has wanted to absorb for itself all the significance of the visits that the Crown had recently requested. Politics, that is, the old parties, the decrepit surviving conglomerates of the old consumed Spain, those who claim to go on infecting the future with the traditional vices: favoritism, arbitrariness, incompetence and frivolity. For these, the most important thing —if they were sincere, the only important thing of these days— has been the conversation of the King with the chief of the republican party. Mr. Azcárate, president of the Institute of Social Reforms, remains in the background.

I am not going to belittle the importance of this approach between the Crown and republicanism. It is immense; but we have nothing in this matter to thank the republicans or the liberal party for. Our gratitude wholly belongs to the Crown. Everything has been its operation. The others have had no virtue other than passivity. The president of the Council will repeat to himself something similar to that phrase of a character of Menander: ‘A drop of luck is worth more than a barrel of reason.’

The act of the Crown has not limited itself to this first political appearance. The King has called the president of the Institute of Social Reforms, the president of the Board for the Extension of Studies, the director of the Pedagogical Museum. This is, in the end, what is important. The Crown begins its true mission, which is not political but historical; not moderating Power, but organizing Power of the national. More than of politics, the King has spoken in those conferences of the Europeanization of Spain.

It is almost certain that Mr. Ramón y Cajal will have presented at the Palace a copy of his work Rules and Advice on Biological Research, which a short while ago has been published in a third edition. In this edition the famous master has added a chapter on the national problem. For the generation of 1898 what Cajal now writes means a great triumph. After a classification of the theories that have motivated the Spanish decline, Ramón y Cajal takes refuge in one which he calls, perhaps improperly, the ‘Theory of intellectual segregation’. Beneath this title is hidden the following proposition: the illness of Spain is nothing other than its estrangement from Europe; that is, from science. Our failure does not originate in the great heat nor the little water, in poverty or bad government or in our pride and arrogance: our failure is one and the same thing as our incompetence.

Now, this affirmation that Cajal favors with his high authority, has been what our generation brought in a clear, precise and systematic mode to ethnic science. Our critical life has not been, then, infecund.

El Imparcial, February 8, 1913

II

But with all this, what have we gained? And here ‘we’ does not mean we, as in the excessive phrase of Mr. Maura. Here the we includes you, them, everyone. We are a Spain that ‘from the dark aspires toward the clear’, as Goethe sang —a Spain born in pain, macerated in the scarcity of bread, of ideas, of love, that seeks nothing but humble ends, that only seeks to live; —but understanding by living these two things: severity and competence.

What have we gained, then? It would be a fine thing indeed if fourteen years of sadness and criticism surrendered suddenly before an unjustified optimism. Concretely, what have we gained?

Something, in truth: to know that the greater institution will not be an obstacle to national organization; to know that Mr. Maura would have no more force than his own. But all this is negative. At this hour we know only that a new Spain is not impossible; that no mechanical and foreign power will obstruct its spontaneous genesis.

But, do we know if it is possible?

Spain is the name of a thing that has to be made, not only of something that has to be conversed before the Crown, nobly avid of disciplines; not only something that has to be harangued before passionate crowds in the verbisonant assemblies; not only something that has to be murmured before the political chiefs, in the secrecy of cabinets, adorning it with winks that aspire to be malicious.

Spain is a thing that has to be made. And it is a very difficult thing to make. It is already difficult to want to make it; but, even this achieved, there remains intact the supreme difficulty: knowing how to make it.

Is it a settled matter, perchance, that there are in Spain men capable of knowing how to make Spain? Because Spain is, for the time being, an estate in ruins upon a national economy, not only poor, but irregular and scarcely studied. Who is going to set that estate in order? Anyone? Mr. Suárez Inclán?

I understand that these words must be unpopular and vexatious; but anything that is not insisting on this theme and nailing it into the preoccupation of Spaniards, amounts to the essential defect of patriotism.

I

Coloro che giungono ora a metà del cammino della vita hanno vissuto una sola data storica: il 1898. Coincise con il loro ingresso nella giovinezza. Giunse proprio nell’ora in cui una generazione si confrontava per la prima volta con la realtà e le rivolgeva le sue prime richieste. Il 1898 fu la risposta ricevuta. Il 1898 era l’annientamento subitaneo della storia di Spagna.

Ciò che l’individuo possiede al di sopra della sua capacità vegetativa e animale, ciò che fa di lui un individuo umano, è soltanto un fascio di azioni e reazioni sociali. I nostri nonni si accendevano in un liberalismo che parlava dell’individuo e della società come di cose distinte: questo li conduceva a scoprire terribili conflitti tra le due entità, conflitti che risolvevano schierandosi dalla parte degli individui. Tale fu la teoria che insegnarono ai nostri padri. In quei paesi dove la società era appena costruita e secolari mancanze avevano lasciato perire i due grandi poteri della socializzazione —scienza, morale—, accadde ciò che non poteva non accadere: il sociale soccombette.

Ma i nostri nonni si erano onestamente sbagliati: l’individuo è una stessa cosa con la società, è un nodo di realtà sociali, un punto di intersezione, uno strettoio di energie collettive. I nostri padri, che lasciarono morire il debole esperimento di nazione spagnola, lo sperimentarono in sé stessi: parallelamente alla consunzione nazionale persero la loro individualità.

La generazione del 1898 si trovò senza una nazione in cui realizzarsi né individualità da seguire. Si trovò senza casa e senza padri nell’ordine spirituale. È una generazione storicamente spuria. Non le si può chiedere molto. È una generazione fantasma.

Non ha fatto nulla, si dice, e con ragione; ma, che cosa doveva fare? Creare il mondo dal nulla? Non è colpa sua se non ha vissuto con pienezza. Senza vita nazionale non c’è vita individuale. Sul mare senza vento non si gonfiano le vele.

Ha dovuto ridursi alla forma più irreale della vita: ha vissuto teoricamente; anzi, meno ancora, criticamente.

Ebbene: io credo che con questo abbia compiuto la prima parte della sua missione. Quando non è possibile fare nulla, il massimo che si può fare è criticare, analizzare ciò che altri fecero. In questo modo si prepara la possibilità di una nuova vita.

Nella parola europeizzazione si cifra la vita degli uomini di trent’anni. Non esistendo la Spagna, dovettero fingersi una nazionalità ideale dove condurre un’esistenza immaginaria. Dovettero elucubrare una patria ideologica, poiché peccati altrui avevano loro strappato quella reale. Questa patria di aspirazione è stato il pensiero dell’europeizzazione della Spagna, e il patriottismo dovette prendere la forma di critica del passato nazionale.


  1. Ci son voluti quattordici anni perché quegli spagnoli del 1898 tornassero a sentire passare una raffica di storia, di vita collettiva reale. Anche la nuova data coincide con un’ora critica nello sviluppo di quella generazione. Sono i trent’anni, la metà del cammino della vita.

Per la prima volta è giunta a certi strati profondi della nostra coscienza una trepidazione di ottimismo. E si noti quale ne è stato il motivo. Per la prima volta ci troviamo sorpresi che un’istituzione, cioè un organo della vita nazionale, entri in attività efficacemente e manifesti chiara volontà di fare storia, o, ciò che è lo stesso, di fare nazione.

La politica ha voluto assorbire per sé tutto il significato delle visite che recentemente la Corona aveva richiesto. La politica, cioè i vecchi partiti, i caduchi conglomerati superstiti della vecchia Spagna consunta, quelli che pretendono di continuare a infezionare l’avvenire con i vizi tradizionali: favoritismo, arbitrio, incompetenza e frivolità. Per costoro, la cosa più importante —se fossero sinceri, l’unica importante di questi giorni— è stata la conversazione del Re col capo del partito repubblicano. Il signor Azcárate, presidente dell’Istituto di Riforme Sociali, resta in secondo piano.

Non intendo sminuire l’importanza di questo avvicinamento tra la Corona e il repubblicanesimo. È immensa; ma nulla in questa faccenda abbiamo da ringraziare i repubblicani né il partito liberale. Interamente compete il nostro ringraziamento alla Corona. Tutto è stata opera sua. Gli altri non hanno avuto altra virtù che la passività. Il presidente del Consiglio ripeterà tra sé e sé qualcosa di simile a quella frase di un personaggio di Menandro: «Vale più una goccia di fortuna che un barile di ragione».

L’atto della Corona non si è limitato a questa prima apparenza politica. Il re ha chiamato il presidente dell’Istituto di Riforme Sociali, il presidente della Giunta per l’Ampliamento degli Studi, il direttore del Museo Pedagogico. Questo è, in definitiva, l’importante. La Corona inizia la sua vera missione, la quale non è politica, ma storica; non Potere moderatore, ma Potere organizzatore del nazionale. Più che di politica, il Re ha parlato in quelle conferenze dell’europeizzazione della Spagna.

È quasi sicuro che il signor Ramón y Cajal avrà innalzato al Palazzo un esemplare della sua opera Regole e consigli sulla ricerca biologica, che poco fa è stata pubblicata in terza edizione. In questa edizione il famoso maestro ha aggiunto un capitolo sul problema nazionale. Per la generazione del 1898 significa un grande trionfo ciò che ora scrive Cajal. Dopo una classificazione delle teorie che hanno motivato la decadenza spagnola, Ramón y Cajal si rifugia in una che egli chiama, forse impropriamente, «Teoria della segregazione intellettuale». Sotto questo titolo si nasconde la seguente proposizione: la malattia della Spagna non è altro che il suo allontanamento dall’Europa; cioè, dalla scienza. Il nostro fallimento non è originario del molto caldo né della poca acqua, della miseria o del malgoverno o del nostro orgoglio e arroganza: il nostro fallimento è una stessa cosa con la nostra incompetenza.

Ora, questa affermazione che Cajal favorisce con la sua alta autorità, è stata ciò che la nostra generazione portò in modo chiaro, preciso e sistematico alla scienza etnica. La nostra vita critica non è stata, dunque, infeconda.

El Imparcial, 8 febbraio 1913

II

Ma con tutto questo, che cosa abbiamo guadagnato? E qui noi non vuol dire noi, come nella frase eccessiva del signor Maura. Qui il noi include voi, loro, tutti. Noi siamo una Spagna che «dall’oscuro aspira verso il chiaro», come cantava Goethe —una Spagna nata nel dolore, macerata nella penuria di pane, di idee, d’amore, che non pretende che fini umili, che pretende soltanto vivere; —ma intendendo per vivere queste due cose: severità e competenza.

Che cosa abbiamo guadagnato, dunque? Sarebbe un gran bel nulla che quattordici anni di tristezza e di critica si arrendessero d’un tratto davanti a un ottimismo ingiustificato. Concretamente, che cosa abbiamo guadagnato?

Qualcosa, in verità: sapere che l’istituzione maggiore non sarà un ostacolo all’organizzazione nazionale; sapere che il signor Maura non avrebbe più forza che la propria. Ma tutto questo è negativo. A quest’ora sappiamo soltanto che una nuova Spagna non è impossibile; che nessun potere meccanico ed estraneo ostacolerà la sua genesi spontanea.

Ma, sappiamo se è possibile?

Spagna è il nome di una cosa che bisogna fare, non soltanto di qualcosa che bisogna conversare davanti alla Corona, nobilmente avida di discipline; non soltanto qualcosa che bisogna perorare davanti a folle appassionate nelle assemblee verbisonanti; non soltanto qualcosa che bisogna mormorare davanti ai capi politici, nel segreto dei gabinetti, ornandolo con ammiccamenti che aspirano a essere maliziosi.

Spagna è una cosa che bisogna fare. Ed è una cosa molto difficile da fare. Già è difficile volerla fare; ma, anche riuscito questo, resta intera la suprema difficoltà: saperla fare.

È, per ventura, questione risolta che ci siano in Spagna uomini capaci di saper fare la Spagna? Perché la Spagna è, per il momento, una tenuta in rovina su un’economia nazionale, non soltanto povera, ma irregolare e appena studiata. Chi andrà a sistemare quella tenuta? Chiunque? Il signor Suárez Inclán?

Io comprendo che queste parole devono essere impopolari e moleste; ma tutto ciò che non sia insistere su questo tema e inchiodarlo nella preoccupazione degli spagnoli, equivale al difetto essenziale di patriottismo.

No basta, no basta con querer lealmente que se organice una hacienda democrática para que, en efecto, una hacienda democrática se organice. Nueve décimas partes de ciudadanos lo deseamos así. Dios premiará, a no dudarlo, nuestra buena voluntad tomándonos asumptos en las praderas azules del cielo donde tiemblan las amapolas de oro que desde abajo parecen estrellas. Pero la buena voluntad, que sirve para ir al cielo, no sirve para organizar una hacienda; para este menester sólo es útil y es imprescindible la ciencia económica. Et si non, non. Números, estadísticas, sistemas complicadísimos, un Cuerpo burocrático de gran saber y solicitud, una cantidad enorme de prosaicas competencias. Sin esto no hay ascensión al cielo de la hacienda. ¡Qué le vamos a hacer! En La Paz, de Aristófanes, Trigeo tiene que subir al cielo cabalgando un escarabajo.

Pues bien: ¿dónde está esa burocracia competente sin la cual todo plan de hacienda contribuye sólo a empedrar el infierno? ¿Y dónde están los capaces de construir este plan y disciplinar aquella burocracia? Sabemos que esas capacidades no se hallan en los partidos vigentes. Parece ser que en España hay contadísimos hombres que sean formalmente economistas y que esos hombres no integran ninguna agrupación política; son, dícese, gentes oscuras y de grande juventud.

Ahora conviene que la nueva nación germinal decida sin equívocos: ¿hay o no hay en las energías españolas que aspiran a hacer historia originalidad suficiente para arrancar la hacienda de manos políticas incompetentes y ponerla en las pocas o muchas dotadas de capacidad?

Como con la hacienda acontece con las demás funciones del Cuerpo nacional. La política ha enfeudado la dirección de las actividades más importantes, como si no fueran principalmente técnicas. En otros países el daño no es tan grave justamente porque están europeizados; es decir, porque gozan de una mínima cultura ambiente y anónima que basta para asegurar de una manera automática cierta seriedad y eficacia elementales en la constitución de la fisiología nacional. Mas entre nosotros, por definición, se carece de ese regulador básico. Ministros incompetentes han buscado soporte a su figura política concediendo a empleados no menos incompetentes un absurdo estatuto de inamovilidad. De modo que la dirección de las actividades técnicas se halla irremisiblemente vinculada a la incompetencia de la política y la ejecución de ellas a la incompetencia del escalafón, Bastilla formidable de nuestras esperanzas.

No está, por consiguiente, muy claro que esa España no imposible sea, en verdad, posible. Como unas pocas agujas perdidas en montes de paja se hallan en España los hombres competentes y constructores entre abogados, profesores de retórica y discípulos de retórica. ¿Quién puede esperar de la buena fortuna que se los descubra y que, descubiertos, se los exalte?

Por otra parte, ¿quién es tan tonto para esperar que las cosas difíciles se hagan solas o por la taumaturgia de la peroración y de la charla con los jefes políticos?

Los pueblos no se hacen por casualidad. Los renacimientos no pueden esperarse de la buena voluntad ni de las buenas promesas. La Historia no contiene más que fuerzas históricas, y en ella todo se cumple por la fuerza. Frente a una, otra. Frente a una política caduca, pacifista e inerudita sólo cabe otra política novísima, áspera y técnica.

Una nueva España sólo es posible si se unen estos dos términos: democracia y competencia. La instauración de la democracia sólo es posible en España mediante la revolución de la competencia.

¿No ve en esto la generación del 1898 una segunda parte de su misión? Porque aun siendo nosotros, en leal dictado, tan incompetentes como nuestros padres y abuelos, poseemos una conciencia más clara de nuestra limitación y aspiramos con mayor fuerza a que se ponga la suerte de España, no en nuestras manos, sino en las manos más hábiles y sólo en ellas. Pero… ¿dónde anda esa generación fantasma?

El Imparcial, 9 de febrero de 1913

It is not enough, it is not enough to want loyally that a democratic finance be organized for a democratic finance, in effect, to organize itself. Nine-tenths of citizens desire it so. God will reward, without a doubt, our good will by taking us up into the blue meadows of the sky where the golden poppies tremble which from below seem stars. But good will, which serves to go to heaven, does not serve to organize a finance; for this task only economic science is useful and indispensable. Et si non, non. Numbers, statistics, most complicated systems, a bureaucratic Corps of great knowledge and solicitude, an enormous quantity of prosaic competences. Without this there is no ascension to the heaven of finance. What are we to do! In The Peace, of Aristophanes, Trygaeus has to climb to heaven riding a dung beetle.

Well then: where is that competent bureaucracy without which every finance plan contributes only to paving hell? And where are those capable of building this plan and disciplining that bureaucracy? We know that these capacities are not found in the parties in force. It seems that in Spain there are very few men who are formally economists and that these men do not integrate any political grouping; they are, it is said, obscure people and of great youth.

Now it is fitting that the new germinal nation decide without equivocations: is there or is there not in the Spanish energies that aspire to make history enough originality to wrench the finance out of incompetent political hands and place it in the few or many endowed with capacity?

As with finance, so it happens with the other functions of the national Body. Politics has enfeoffed the direction of the most important activities, as if they were not principally technical. In other countries the damage is not so grave precisely because they are Europeanized; that is, because they enjoy a minimal ambient and anonymous culture that suffices to ensure in an automatic way a certain elementary seriousness and efficacy in the constitution of the national physiology. But among us, by definition, that basic regulator is lacking. Incompetent ministers have sought support for their political figure by conceding to no less incompetent employees an absurd statute of immovability. So that the direction of the technical activities is irremissibly linked to the incompetence of politics and the execution of them to the incompetence of the roster, formidable Bastille of our hopes.

It is not, consequently, very clear that that not-impossible Spain is, in truth, possible. Like a few needles lost in mountains of straw, the competent and constructive men are found in Spain among lawyers, professors of rhetoric and disciples of rhetoric. Who can expect from good fortune that they be discovered and that, discovered, they be exalted?

On the other hand, who is so foolish as to expect that difficult things do themselves or through the thaumaturgy of harangue and of chatter with the political chiefs?

Peoples are not made by chance. Renaissances cannot be expected from good will nor from good promises. History contains nothing but historical forces, and in it everything is fulfilled by force. Against one, another. Against a decrepit, pacifist and unlearned politics there is room only for another politics, brand-new, harsh and technical.

A new Spain is only possible if these two terms unite: democracy and competence. The establishment of democracy is only possible in Spain through the revolution of competence.

Does not the generation of 1898 see in this a second part of its mission? Because, even being we, in loyal dictation, as incompetent as our fathers and grandfathers, we possess a clearer consciousness of our limitation and aspire with greater force that the fate of Spain be placed, not in our hands, but in the ablest hands and only in them. But… where does that ghost generation wander?

El Imparcial, February 9, 1913

Non basta, non basta volere lealmente che si organizzi una finanza democratica perché, in effetti, una finanza democratica si organizzi. Nove decimi dei cittadini lo desideriamo così. Dio premierà, senza dubbio, la nostra buona volontà prendendoci assunti nelle praterie azzurre del cielo dove tremano i papaveri d’oro che dal basso sembrano stelle. Ma la buona volontà, che serve per andare in cielo, non serve per organizzare una finanza; per questo compito è utile soltanto, ed è imprescindibile, la scienza economica. Et si non, non. Numeri, statistiche, sistemi complicatissimi, un Corpo burocratico di grande sapere e sollecitudine, una quantità enorme di prosaiche competenze. Senza questo non c’è ascensione al cielo della finanza. Che ci vogliamo fare! Nella Pace, di Aristofane, Trigeo deve salire in cielo cavalcando uno scarabeo.

Ebbene: dov’è quella burocrazia competente senza la quale ogni piano finanziario contribuisce soltanto a lastricare l’inferno? E dove sono i capaci di costruire questo piano e disciplinare quella burocrazia? Sappiamo che queste capacità non si trovano nei partiti vigenti. Pare che in Spagna ci siano pochissimi uomini che siano formalmente economisti e che questi uomini non integrino nessuna aggregazione politica; sono, si dice, gente oscura e di grande gioventù.

Ora conviene che la nuova nazione germinale decida senza equivoci: c’è o non c’è nelle energie spagnole che aspirano a fare storia originalità sufficiente per strappare la finanza dalle mani politiche incompetenti e metterla in quelle, poche o molte, dotate di capacità?

Come con la finanza accade con le altre funzioni del Corpo nazionale. La politica ha infeudato la direzione delle attività più importanti, come se non fossero principalmente tecniche. In altri paesi il danno non è così grave proprio perché sono europeizzati; cioè, perché godono di una minima cultura ambiente e anonima che basta ad assicurare in modo automatico una certa serietà ed efficacia elementari nella costituzione della fisiologia nazionale. Ma tra noi, per definizione, si manca di questo regolatore basilare. Ministri incompetenti hanno cercato sostegno alla loro figura politica concedendo a impiegati non meno incompetenti un assurdo statuto d’inamovibilità. Di modo che la direzione delle attività tecniche si trova irremissibilmente vincolata all’incompetenza della politica e l’esecuzione di esse all’incompetenza del ruolo, Bastiglia formidabile delle nostre speranze.

Non è, per conseguenza, molto chiaro che quella Spagna non impossibile sia, in verità, possibile. Come pochi aghi perduti in monti di paglia si trovano in Spagna gli uomini competenti e costruttori tra avvocati, professori di retorica e discepoli di retorica. Chi può sperare dalla buona fortuna che vengano scoperti e che, scoperti, vengano esaltati?

D’altra parte, chi è tanto sciocco da aspettare che le cose difficili si facciano da sole o per la taumaturgia della perorazione e della chiacchiera con i capi politici?

I popoli non si fanno per caso. I rinascimenti non possono aspettarsi dalla buona volontà né dalle buone promesse. La Storia non contiene che forze storiche, e in essa tutto si compie con la forza. Di fronte a una, un’altra. Di fronte a una politica caduca, pacifista e inerudita non c’è posto che per un’altra politica nuovissima, aspra e tecnica.

Una nuova Spagna è possibile soltanto se si uniscono questi due termini: democrazia e competenza. L’instaurazione della democrazia è possibile in Spagna soltanto mediante la rivoluzione della competenza.

Non vede in questo la generazione del 1898 una seconda parte della sua missione? Perché, anche essendo noi, in leale dettato, tanto incompetenti quanto i nostri padri e nonni, possediamo una coscienza più chiara della nostra limitazione e aspiriamo con maggior forza a che la sorte della Spagna si metta, non nelle nostre mani, ma nelle mani più abili e soltanto in esse. Ma… dove se ne va quella generazione fantasma?

El Imparcial, 9 febbraio 1913