Ortega y Gasset
Abstract
An account of Einstein’s visit to Toledo, on the Alcántara bridge. Asked by the physicist why so abstract a work should interest the crowds, Ortega answers that the war was a sad one and that economics and politics have ceased to be supreme stimulants of vitality: men’s faith stands vacant, and just then appears a work that dictates laws to the stars — “you are the new magus, confidant of the stars”. Reportage carrying a hypothesis about the spiritual situation of the age.
Connections
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En 1916 pronuncié algunas conferencias en la Facultad de Letras de Buenos Aires. Me había propuesto en ellas dibujar someramente la fisonomía de un nuevo espíritu que sobre Europa alborea. Ante todo me interesaba fijar los caracteres de la nueva manera de pensar que desde el friso secular actúa en las ciencias y las va renovando radicalmente. Con alguna reiteración aludí a la teoría de la relatividad de Einstein, ejemplo admirable del nuevo sesgo intelectual. Era entonces muy poco conocida, en rigor se hallaba todavía en período de desarrollo. Aquel mismo año 1916 publicó Einstein la exposición de su sistema generalizado. Al concluir mis conferencias decía yo al auditorio: «No tengo prisa alguna de que me deis la razón. Sólo pido que cuando en tiempo nada lejano algunas de las cosas que habéis oído por vez primera en estas conferencias resuenen por todo el mundo y celebren su consagración pública, recordéis que en esta aula y en esta fecha oísteis ya hablar de ellas».
Esta grata hora porteña emergía ayer sobre el haz de mi memoria. Me hallaba con Einstein apoyado en el pretil del puente de Alcántara, junto al cual eleva Toledo su encrespamiento urbano. El viejo Tajo, río decrépito, penetraba como una espada flúida entre los flancos de piedra cenicienta que sustentan la ciudad y sus alrededores. Sobre nuestras cabezas, bajo el cielo más azul, reverberaba la ruina del castillo de San Servando. Einstein ha tenido que venir de «incógnito» a visitar Toledo. Llega del Japón, de Palestina, como antes estuvo en Francia, en Inglaterra, en Norte América. Por dondequiera que pasa las muchedumbres se densifican y se agolpan en torno a su egregia figura. Es hoy Einstein el hombre de ciencia más popular en el mundo. En medio de la desilusión universal que ha anegado el planeta, Einstein significa el sublime pretexto para una fe que quiere renacer.
—Yo no comprendo —me decía— esta excesiva popularidad que mi obra ha alcanzado. Nunca podía yo imaginar, mientras trabajaba en ella, que iba a escaparse de los laboratorios y de los libros de ciencia para ponerse a correr las calles. ¿Cómo se explica usted este extraño fenómeno de que una labor tan abstracta y tan puramente científica interese a las multitudes?
—Yo creo, por el contrario, que es muy comprensible, señor Einstein —repuse. Es más, podía haberse predicho que si, dada la situación del espíritu universal, sobrevenía algún gran invento de alta y pura ciencia, el entusiasmo de las gentes se dispararía irremisiblemente. Ha habido guerras alegres… Porque aunque la guerra sea siempre faena ruda y cruel, se ha hecho a veces con una embriaguez de ilusión. Pero la guerra última ha sido una guerra triste. Se luchaba por cosas que ya no encendían la esperanza, que más bien fatigaban ya. La economía y la organización política de Europa habían perdido su atractivo en el fondo espiritual de los mismos que combatían por ellas. La prueba de ello es que, al final de la contienda, nadie está contento: ni vencedores ni vencidos saben hacia dónde dirigir sus afanes. Economía y política han dejado de ser para los europeos lo que fueron en el último siglo: supremos excitantes de la vitalidad. Aún hay luchas económicas, aún hay luchas políticas, pero se va a ellas forzado por la necesidad de resolver los conflictos planteados, no con el fervor de quien espera conquistar en ellas una vida más valiosa.
Se halla, pues, vacante la fe de los hombres. En tal circunstancia aparece la obra de usted donde se dictan leyes a los astros, que éstos acatan. Los fenómenos astronómicos han sido siempre fenómenos religiosos para las multitudes humanas: en ellos la ciencia confina con la mitología y el genio científico que los domina adquiere un nimbo mágico. Es usted, señor Einstein, el nuevo mago, confidente de las estrellas.
Miraba el genial físico la dramática situación de Toledo, que es un cerro agrio, ceñido de otros como él breñosos, crudos, estériles. No podemos ver un trozo del planeta sin pensarlo como fondo de la existencia humana y escenario de una vida afín. Por eso ante Toledo nos preguntamos: ¿qué historia, qué estilo vital pueden producir cerros semejantes? ¿Para qué sirven en el finalismo telúrico? ¿Qué fruto puede llevar un paisaje así —circo de cerros en torno a otro defendido por la hoz vertical de un río que le sirve de foso natural? Cuando los toledanos salen a pasear por sus murallas y ven las colinas inmediatas, que son una amenaza petrificada, sentirán que sus almas se ponen tensas y combadas, como arcos de ballesta prontos a expulsar la flecha defensora. De las barbacanas naturales que cercan la ciudad parecen llegar constantemente dardos enemigos, estableciéndose entre una y otras cimas un perpetuo dinamismo de ofensiva y defensiva, adormecido hoy, pero que cualquier pretexto puede despertar, disparando de nuevo su funcionamiento.
Si nos detenemos en el Paseo de San Cristóbal, inclinado sobre el abismo, hallamos tan guerrero el lugar, que nos asaltan preocupaciones tácticas de conquista y defensa, ajenas a nuestra pacífica condición habitual, y si no nos detuviese diligente atención, adoptaríamos actitudes de centinela. (Hay rumor de campanas en el aire y ponemos el oído como una capa para recoger su fluencia sonora, que es como un vapor metálico derramándose en el ámbito azul. Al fondo, esfumada, espectral, se encorva la sierra, árida y terrible como un confín tibetano). Ello es que Toledo sólo despierta en nosotros pensamientos poliorcéticos, de eversor de ciudades, y comprendemos que la vida aquí sólo es posible como un alerta eterno.
Desde la profundidad donde nos hallamos, la urbe se eleva casi vertical. Es una masa cónica de edificios, apretados los unos contra los otros, sin que se descubra entre ellos el paso de alguna entrada. Toledo es una de esas ciudades ásperas y herméticas, donde, en rigor, no se puede entrar, sino que es preciso insinuarse en ella. Esto le presta el encanto propio de las villas a que hay que llegar poco a poco, girando en torno, como a Jericó.
La plaza de Zocodover —donde Cervantes encontró el texto arábigo del Quijote— está llena de pueblo. Es día de mercado. Son labriegos del siglo XIII o XIV, que perpetúan el rito intacto de su existencia. Zocodover sigue siendo un zoco oriental. En los puestos se venden sólo manjares ardientes, como en El Cairo o Bagdad: nueces, higos, piñones, comida para almohades o para templarios. Sin embargo, los fotograbados de los periódicos han popularizado tanto la figura de Einstein que, al punto, es reconocido. La muchedumbre se arremolina en torno a nosotros y los mozuelos, pequeños negroides de ojos densos, juegan con Einstein.
—No puede usted negar —digo al sabio que corre tras de los chiquillos— que era usted ya muy conocido en el siglo XIII.
Einstein sonríe y mientras ascendemos por una rúa angosta exclama:
—Yo no tengo sensibilidad histórica. Sólo me interesa vivamente lo actual.
E insiste sobre un tema que le he oído varias veces tratar y debe ser hoy para él una verdadera preocupación:
—El talento es unilateral. Se vale tal vez mucho para un cierto género de problemas y se es nulo para todo lo demás. Acaso los nombres más famosos de la humanidad corresponden a hombres que valían muy poco porque valían para una sola cosa, para un pequeño rincón de cuestiones. Sobre todo en Alemania esta limitación a que propende la naturaleza ha sido favorecida por la educación especialista y se ha convertido en una verdadera maldición para aquel país. Humanamente es monstruoso servir mucho para una ciencia, pero no servir más que para ella.
Al ser lanzado súbitamente por la fama sobre la admirable variedad del mundo, Einstein, que ha debido hacer —como es frecuente en los hombres de ciencia germánicos— una vida angosta de estudiante, se ha encontrado con innumerables facetas de la realidad que le sorprenden, ante las cuales no halla en sí preformada una actitud certera y segura. Ha conocido hombres más armónicamente dotados, capaces de juzgar con precisión y refinamiento sobre temas muy diversos. Esta experiencia le ha debido asustar un poco y ha visto su formidable genio físico como solitario dentro de sí mismo, desamparado de otras dotes y potencias. En efecto, Einstein parece un espíritu extremadamente circunscripto a su ciencia. No creo que verdaderamente le interese el arte ni la historia y tal vez, ante un cuadro o un problema general humano, su genio se detiene como paralítico.
In 1916 I gave some lectures in the Faculty of Letters of Buenos Aires. I had proposed in them to draw roughly the physiognomy of a new spirit that is dawning over Europe. Above all I was interested in fixing the characters of the new way of thinking that from the secular frieze acts in the sciences and goes renewing them radically. With some reiteration I alluded to Einstein’s theory of relativity, admirable example of the new intellectual bent. It was then very little known, strictly speaking it was still in a period of development. That same year 1916 Einstein published the exposition of his generalized system. Upon concluding my lectures I said to the audience: «I have no haste whatever that you give me reason. I ask only that when in no distant time some of the things that you have heard for the first time in these lectures resound throughout the world and celebrate their public consecration, you remember that in this classroom and on this date you already heard talk of them».
This gratifying porteño hour emerged yesterday on the surface of my memory. I found myself with Einstein leaning on the parapet of the bridge of Alcántara, beside which Toledo raises its urban turbulence. The old Tagus, decrepit river, penetrated like a fluid sword between the flanks of ashen stone that sustain the city and its surroundings. Over our heads, under the bluest sky, reverberated the ruin of the castle of San Servando. Einstein has had to come «incognito» to visit Toledo. He arrives from Japan, from Palestine, as before he was in France, in England, in North America. Wherever he passes the crowds densify and throng around his egregious figure. Einstein is today the most popular man of science in the world. In the midst of the universal disillusion that has flooded the planet, Einstein signifies the sublime pretext for a faith that wants to be reborn.
«I do not understand» —he was telling me— «this excessive popularity that my work has attained. Never could I imagine, while working on it, that it was going to escape from the laboratories and the books of science to go running through the streets. How do you explain this strange phenomenon that a labour so abstract and so purely scientific interests the multitudes?»
«I believe, on the contrary, that it is very comprehensible, Mr Einstein» —I replied. More than that, it could have been predicted that if, given the situation of the universal spirit, some great invention of high and pure science supervened, the enthusiasm of people would fire off irremediably. There have been gay wars… Because although war is always a rough and cruel labour, it has sometimes been waged with a drunkenness of illusion. But the last war was a sad war. One fought for things that no longer kindled hope, that rather already wearied. The economy and political organization of Europe had lost their attraction in the spiritual depth of the very ones who fought for them. The proof of it is that, at the end of the contest, no one is content: neither victors nor vanquished know where to direct their eagernesses. Economy and politics have ceased to be for Europeans what they were in the last century: supreme excitants of vitality. There are still economic struggles, there are still political struggles, but one goes to them forced by the necessity of resolving the conflicts posed, not with the fervour of one who hopes to conquer in them a more valuable life.»
The faith of men is, then, vacant. In such a circumstance appears your work where laws are dictated to the stars, which they obey. Astronomical phenomena have always been religious phenomena for human multitudes: in them science borders on mythology and the scientific genius that dominates them acquires a magical nimbus. You are, Mr Einstein, the new magician, confidant of the stars.
The genial physicist contemplated the dramatic situation of Toledo, which is a harsh hill, girded by others like it bushy, raw, sterile. We cannot see a piece of the planet without thinking it as background of human existence and stage of an akin life. Therefore before Toledo we ask ourselves: what history, what vital style can such hills produce? What are they for in the telluric finalism? What fruit can a landscape carry like this —circus of hills around another defended by the vertical scythe of a river that serves it as natural moat? When the Toledans go out to walk along their walls and see the immediate hills, which are a petrified threat, they will feel that their souls grow taut and curved, like crossbow bows ready to expel the defending arrow. From the natural barbicans that gird the city enemy darts seem to arrive constantly, establishing between one and the other summit a perpetual dynamism of offensive and defensive, today lulled, but which any pretext can awaken, firing again its functioning.
If we stop on the Paseo de San Cristóbal, leaning over the abyss, we find the place so warlike, that tactical preoccupations of conquest and defence assault us, foreign to our peaceful habitual condition, and if diligent attention did not detain us, we would adopt sentinel postures. (There is a murmur of bells in the air and we set the ear like a cloak to gather its sonorous fluency, which is like a metallic vapour spilling into the blue sphere. In the background, blurred, spectral, the sierra bends, arid and terrible like a Tibetan frontier.) The fact is that Toledo awakens in us only poliorcetic thoughts, of eversor of cities, and we understand that life here is only possible as an eternal alert.
From the depth where we find ourselves, the city rises almost vertical. It is a conical mass of buildings, pressed one against the other, without there being discovered among them the passage of some entrance. Toledo is one of those harsh and hermetic cities, where, strictly speaking, one cannot enter, but must insinuate oneself into it. This lends it the charm proper to towns to which one has to arrive little by little, turning around, as at Jericho.
The square of Zocodover —where Cervantes found the Arabic text of the Quixote— is full of people. It is market day. They are peasants of the thirteenth or fourteenth century, who perpetuate the intact rite of their existence. Zocodover continues to be an oriental souk. In the stalls only burning dainties are sold, as in Cairo or Baghdad: walnuts, figs, pine nuts, food for Almohads or for Templars. However, the photoengravings of the newspapers have so popularized Einstein’s figure that he is recognized at once. The crowd swirls around us and the little boys, small negroids with dense eyes, play with Einstein.
«You cannot deny» —I say to the sage who runs after the little boys— «that you were already very well known in the thirteenth century.»
Einstein smiles and as we ascend by a narrow street he exclaims:
«I have no historical sensibility. Only the current interests me vividly.»
And he insists on a theme that I have heard him treat several times and must be today for him a true preoccupation:
«Talent is unilateral. One is worth perhaps much for a certain kind of problems and one is null for everything else. Perhaps the most famous names of humanity correspond to men who were worth very little because they were worth for a single thing, for a small corner of questions. Above all in Germany this limitation to which nature tends has been favoured by the specialist education and has become a true curse for that country. Humanly it is monstrous to serve much for one science, but to serve for nothing more than it.»
Having been suddenly launched by fame over the admirable variety of the world, Einstein, who has had to make —as is frequent in Germanic men of science— a narrow student’s life, has found himself with innumerable facets of reality that surprise him, before which he does not find in himself a sure and certain attitude preformed. He has known more harmonically gifted men, capable of judging with precision and refinement on very diverse themes. This experience must have frightened him a little and he has seen his formidable physical genius as solitary within itself, bereft of other gifts and powers. In effect, Einstein seems a spirit extremely circumscribed to his science. I do not believe that art nor history truly interest him and perhaps, before a picture or a general human problem, his genius stops like a paralytic.
Nel 1916 pronunciò alcune conferenze nella Facoltà di Lettere di Buenos Aires. Mi ero proposto in esse di disegnare sommariamente la fisionomia di un nuovo spirito che albeggia sull’Europa. Innanzitutto mi interessava fissare i caratteri del nuovo modo di pensare che dal fregio secolare agisce nelle scienze e le va rinnovando radicalmente. Con qualche reiterazione allusi alla teoria della relatività di Einstein, esempio ammirevole del nuovo sesto intellettuale. Era allora molto poco conosciuta, in rigor di termini si trovava ancora in periodo di sviluppo. Quello stesso anno 1916 Einstein pubblicò l’esposizione del suo sistema generalizzato. Al concludere le mie conferenze dicevo io al pubblico: «Non ho alcuna fretta che mi diate ragione. Chiedo soltanto che quando in tempo non lontano alcune delle cose che avete udito per la prima volta in queste conferenze risuonino per tutto il mondo e celebrino la loro consacrazione pubblica, ricordiate che in quest’aula e in questa data ne udiste già parlare».
Questa grata ora portegna emergeva ieri sulla superficie della mia memoria. Mi trovavo con Einstein appoggiato al parapetto del ponte di Alcántara, accanto al quale Toledo eleva il suo arruffio urbano. Il vecchio Tago, fiume decrepito, penetrava come una spada fluida tra i fianchi di pietra cenerognola che sostengono la città e i suoi dintorni. Sulle nostre teste, sotto il cielo più azzurro, riverberava la rovina del castello di San Servando. Einstein ha dovuto venire d’«incognito» a visitare Toledo. Giunge dal Giappone, dalla Palestina, come prima fu in Francia, in Inghilterra, nel Nord America. Dovunque passa le folle si addensano e si accalcano attorno alla sua egregia figura. È oggi Einstein l’uomo di scienza più popolare del mondo. In mezzo alla disillusione universale che ha annegato il pianeta, Einstein significa il sublime pretesto per una fede che vuole rinascere.
—Io non comprendo —mi diceva— questa eccessiva popolarità che la mia opera ha raggiunto. Mai potevo immaginare, mentre lavoravo in essa, che sarebbe uscita dai laboratori e dai libri di scienza per mettersi a correre per le strade. Come spiega lei questo strano fenomeno che un’opera tanto astratta e tanto puramente scientifica interessi le moltitudini?
—Io credo, al contrario, che è molto comprensibile, signor Einstein —risposi. E di più, si sarebbe potuto predire che se, data la situazione dello spirito universale, sopravvenisse qualche grande invenzione di alta e pura scienza, l’entusiasmo delle genti si scatenerebbe irrimediabilmente. Ci sono state guerre allegre… Perché sebbene la guerra sia sempre faccenda rude e crudele, si è fatta a volte con un’ebbrezza d’illusione. Ma l’ultima guerra è stata una guerra triste. Si lottava per cose che ormai non accendevano più la speranza, che piuttosto già stancavano. L’economia e l’organizzazione politica dell’Europa avevano perduto il loro fascino nel fondo spirituale degli stessi che combattevano per esse. La prova di ciò è che, alla fine della contesa, nessuno è contento: né vincitori né vinti sanno verso dove dirigere i loro affanni. Economia e politica hanno cessato di essere per gli europei ciò che furono nell’ultimo secolo: supremi eccitanti della vitalità. Ci sono ancora lotte economiche, ci sono ancora lotte politiche, ma vi si va forzati dalla necessità di risolvere i conflitti piantati, non con il fervore di chi spera di conquistare in esse una vita più preziosa.
Si trova, dunque, vacante la fede degli uomini. In tale circostanza appare l’opera sua dove si dettano leggi agli astri, che questi osservano. I fenomeni astronomici sono stati sempre fenomeni religiosi per le moltitudini umane: in essi la scienza confina con la mitologia e il genio scientifico che li domina acquista un nimbo magico. È lei, signor Einstein, il nuovo mago, confidente delle stelle.
Guardava il geniale fisico la drammatica situazione di Toledo, che è un colle agro, cinto da altri come lui boscaglieschi, crudi, sterili. Non possiamo vedere un pezzo del pianeta senza pensarlo come fondo dell’esistenza umana e scenario di una vita affine. Per questo davanti a Toledo ci domandiamo: quale storia, quale stile vitale possono produrre colli simili? A che cosa servono nel finalismo tellurico? Quale frutto può portare un paesaggio così —circo di colli attorno a un altro difeso dalla falce verticale di un fiume che gli serve da fossato naturale? Quando i toledani escono a passeggiare per le loro mura e vedono le colline immediate, che sono una minaccia pietrificata, sentiranno che le loro anime si tendono e si incurvano, come archi di balestra pronti a espellere la freccia difensiva. Dalle barbacane naturali che cingono la città sembrano giungere costantemente dardi nemici, stabilendosi tra una e l’altra cima un perpetuo dinamismo di offensiva e difensiva, oggi assopito, ma che qualsiasi pretesto può svegliare, scatenando di nuovo il suo funzionamento.
Se ci fermiamo nel Passeo di San Cristóbal, inclinato sull’abisso, troviamo tanto guerriero il luogo, che ci assalgono preoccupazioni tattiche di conquista e difesa, estranee alla nostra pacifica condizione abituale, e se non ci trattenesse diligente attenzione, adotteremmo atteggiamenti di sentinella. (C’è rumore di campane nell’aria e mettiamo l’orecchio come un mantello per raccogliere la loro fluenza sonora, che è come un vapore metallico che si riversa nell’ambito azzurro. In fondo, sfumata, spettrale, s’incurva la sierra, arida e terribile come un confine tibetano). Il fatto è che Toledo risveglia soltanto in noi pensieri poliorcetici, da eversore di città, e comprendiamo che la vita qui è possibile soltanto come un’allerta eterna.
Dalla profondità dove ci troviamo, la città si eleva quasi verticale. È una massa conica di edifici, stretti gli uni contro gli altri, senza che si scopra tra essi il passaggio di qualche ingresso. Toledo è una di quelle città aspre ed ermetiche, dove, in rigor di termini, non si può entrare, ma bisogna insinuarsi in essa. Questo le presta l’incanto proprio delle ville a cui bisogna arrivare a poco a poco, girandovi attorno, come a Gerico.
La piazza di Zocodover —dove Cervantes trovò il testo arabo del Chisciotte— è piena di popolo. È giorno di mercato. Sono contadini del secolo XIII o XIV, che perpetuano il rito intatto della loro esistenza. Zocodover continua a essere uno zoco orientale. Nei banchi si vendono soltanto vivande ardenti, come al Cairo o a Baghdad: noci, fichi, pinoli, cibo per almohadi o per templari. Tuttavia, i fotogravures dei giornali hanno popolarizzato tanto la figura di Einstein che, al punto, è riconosciuto. La folla si accalca attorno a noi e i ragazzini, piccoli negroidi dagli occhi densi, giocano con Einstein.
—Non può negare lei —dico al sapiente che corre dietro ai ragazzini— che lei era già molto conosciuto nel secolo XIII.
Einstein sorride e mentre saliamo per una rua angusta esclama:
—Io non ho sensibilità storica. Mi interessa soltanto vivamente l’attuale.
E insiste su un tema che gli ho sentito trattare varie volte e deve essere oggi per lui una vera preoccupazione:
—Il talento è unilaterale. Si vale forse molto per un certo genere di problemi e si è nullo per tutto il resto. Forse i nomi più famosi dell’umanità corrispondono a uomini che valevano pochissimo perché valevano per una sola cosa, per un piccolo angolo di questioni. Soprattutto in Germania questa limitazione a cui propende la natura è stata favorita dall’educazione specialista e si è convertita in una vera maledizione per quel paese. Umanamente è mostruoso servire molto per una scienza, ma non servire più che per essa.
Essendo stato lanciato improvvisamente dalla fama sulla ammirevole varietà del mondo, Einstein, che ha dovuto fare —come è frequente negli uomini di scienza germanici— una vita angusta di studente, si è trovato con innumerevoli faccette della realtà che lo sorprendono, dinanzi alle quali non trova in sé preformato un atteggiamento sicuro e certo. Ha conosciuto uomini più armonicamente dotati, capaci di giudicare con precisione e raffinatezza su temi molto diversi. Questa esperienza lo ha dovuto spaventare un poco e ha visto il suo formidabile genio fisico come solitario dentro di sé, privo di altre doti e potenze. In effetti, Einstein sembra uno spirito estremamente circoscritto alla sua scienza. Non credo che davvero gli interessi l’arte né la storia e forse, davanti a un quadro o a un problema generale umano, il suo genio si ferma come paralitico.
De todas suertes, parece interesarle esta ciudad heteróclita, superviviente de un pasado viejísimo, cono de piedra sobre el que han caído como capas sucesivas las más varias y densas civilizaciones. Para un habitante de Zurich y Berlín, como es Einstein, tiene que ser inquietante caminar por un pueblo donde a la ruina romana sucede un gesto visigodo que concluye en una forma árabe encajada en una grave arquitectura castellana. Aquí han vivido, en efecto, prietas y hacinadas todas esas culturas. La ciudad sólo tiene escape hacia el Cielo. Cenobio y cuartel, la existencia aparece en ella como un servicio militar de tierra y cielo, que endurece los pechos contra el dardo y la tentación.
Desde todas partes y en todos sus puntos Toledo es alucinante y desmesurado. Siempre que lanzáis la mirada os sorprende tropezar con un torreón, con la espadaña de un convento, con un muro enorme que no habíais advertido y se alza de pronto. Son aquí inevitables almas estrechas y como ojivales de ascetas, de soldados, dominadas por unos cuantos fantasmas trascendentes, regidas por alucinaciones.
Quiso Einstein asistir a una escena típica del antiguo vivir toledano y fuimos a la iglesia de Santo Tomé, donde se halla el Entierro del conde de Orgaz, la obra mayor del Greco. Se trata de un guerrero muerto que es llevado a la tumba vestido de sus hierros. Se trata de un milagro, de una aparición. Se trata de una asamblea ceremoniosa, a que acude la «gente distinguida» de la ciudad: capitanes, magistrados, eruditos, frailes y prestes. Los rostros, de gótico óvalo, anuncian almas tan ardorosas como poco inteligentes. Sobre la escena gravita la formidable alucinación de la fauna celestial. Greco ha querido dar la impresión de un cerro sin que desaparezcan del primer término las tres figuras esenciales: el cadáver y los dos santos revestidos de suntuosos ornamentos. Grave, corpóreo, pesando sobre la tierra, este grupo atrae el tropel de cabezas que palpitan en torno como llamas lívidas o enjambre de falenas ingrávidas, vibrantes sobre las gemas encendidas de la capa pluvial. A ambos lados, unas figuras alargadas hacen un arrebatado aspaviento, y a la derecha un clérigo con sobrepelliz parece ser el «artista» del divino fraude. Tiene el ojo hacia lo alto, exultante, lleno de iluminación y todo él un ademán de artista a quien ha salido bien un número del programa.
La Nación, 15 de abril de 1923
At all events, this heteroclite city seems to interest him, survivor of a very ancient past, cone of stone on which have fallen like successive layers the most varied and dense civilizations. For an inhabitant of Zurich and Berlin, as Einstein is, it must be disquieting to walk through a town where to the Roman ruin succeeds a Visigothic gesture that concludes in an Arabic form fitted into a grave Castilian architecture. Here have lived, in effect, crowded and packed, all those cultures. The city has only an escape towards Heaven. Cenobite and barracks, existence appears in it as a military service of earth and sky, which hardens the breasts against the dart and the temptation.
From all parts and in all its points Toledo is hallucinating and exorbitant. Whenever you cast your gaze it surprises you to stumble upon a turret, upon the bell-gable of a convent, upon an enormous wall that you had not noticed and rises suddenly. Narrow and as it were ogival souls of ascetics, of soldiers are here inevitable, dominated by a few transcendent phantoms, governed by hallucinations.
Einstein wanted to attend a typical scene of the old Toledan life and we went to the church of Santo Tomé, where is found the Burial of the Count of Orgaz, the greatest work of El Greco. It is a dead warrior who is carried to the tomb dressed in his irons. It is a miracle, an apparition. It is a ceremonious assembly, to which the «distinguished people» of the city come: captains, magistrates, scholars, friars and priests. The faces, of Gothic oval, announce souls as ardent as they are little intelligent. Over the scene gravitates the formidable hallucination of the celestial fauna. Greco has wanted to give the impression of a hill without the three essential figures disappearing from the foreground: the corpse and the two saints vested in sumptuous ornaments. Grave, corporeal, weighing upon the earth, this group attracts the throng of heads that palpitate around like livid flames or swarm of weightless moths, vibrant over the kindled gems of the pluvial cape. On both sides, some elongated figures make a frantic gesture of alarm, and on the right a cleric in surplice seems to be the «artist» of the divine fraud. He has the eye raised on high, exultant, full of illumination, and in all of him the gesture of an artist to whom a number of the programme has come off well.
La Nación, 15 April 1923
Ad ogni modo, sembra interessargli questa città eteroclita, sopravvissuta di un passato vecchissimo, cono di pietra sul quale sono cadute come strati successivi le più varie e dense civiltà. Per un abitante di Zurigo e Berlino, com’è Einstein, deve essere inquietante camminare per un paese dove alla rovina romana succede un gesto visigoto che conclude in una forma araba incastrata in una grave architettura castellana. Qui hanno vissuto, in effetti, strette e ammassate tutte queste culture. La città ha soltanto uscita verso il Cielo. Cenobio e caserma, l’esistenza appare in essa come un servizio militare di terra e cielo, che indurisce i petti contro il dardo e la tentazione.
Da tutte le parti e in tutti i suoi punti Toledo è allucinante e smisurata. Sempre che lanciate lo sguardo vi sorprende l’imbattersi in un torrione, nel campanile a vela di un convento, in un muro enorme che non avevate notato e si alza all’improvviso. Sono qui inevitabili anime strette e come ogivali d’asceti, di soldati, dominate da alcuni fantasmi trascendenti, rette da allucinazioni.
Volle Einstein assistere a una scena tipica dell’antico vivere toledano e andammo alla chiesa di Santo Tomé, dove si trova il Sepolcro del conte di Orgaz, l’opera maggiore del Greco. Si tratta di un guerriero morto che è portato alla tomba vestito dei suoi ferri. Si tratta di un miracolo, di un’apparizione. Si tratta di un’assemblea cerimoniosa, a cui accorre la «gente distinta» della città: capitani, magistrati, eruditi, frati e preti. I volti, di gotico ovale, annunciano anime tanto ardenti quanto poco intelligenti. Sulla scena gravita la formidabile allucinazione della fauna celeste. El Greco ha voluto dare l’impressione di un colle senza che scompaiano dal primo piano le tre figure essenziali: il cadavere e i due santi rivestiti di suntuosi ornamenti. Grave, corporeo, pesando sulla terra, questo gruppo attrae il tropel di teste che palpitano attorno come fiamme livide o sciame di falene ingravide, vibranti sopra le gemme accese della cappa pluviale. Ai due lati, alcune figure allungate fanno un’irruente sgomento, e a destra un chierico con cotta sembra essere l’«artista» del divino inganno. Ha l’occhio verso l’alto, esultante, pieno d’illuminazione e tutto lui un gesto d’artista a cui è riuscito bene un numero del programma.
La Nación, 15 aprile 1923