Abstract
The opening of a lecture at the Instituto Popular de Conferencias in Buenos Aires: Ortega gives thanks also for his father, who has sailed for Europe, and recounts their shared wandering — from the millennial villages of old Spain, “flattened under the weight of their own history”, to the incursion into the future that is America. He claims to have said in public and private, respectfully but with harsh frankness, what he thought of Argentina. The sample shows only the courteous preamble, not the lecture’s thesis.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El Instituto Popular de Conferencias, hospitalario y cortés, como un gran señor, ha querido en esta reunión honrarnos a mi padre y a mí, modestos viajeros de paso tácito que sólo aspirábamos a traer aquende el mar nuestros corazones errantes para deslizarlos silenciosamente al través de vuestra alma argentina.
La ausencia de mi padre, forzado a embarcarse para Europa, me obliga a hacerme cargo de su parte en este homenaje. Lo que iba para dos ha de agradecerlo uno solo y el licor de cortesías que vertisteis para dos copas tendré que recogerlo sólo en la mía.
Afortunadamente, en todo hombre que no tenga temperamento académico, el vaso de la sensibilidad sabe aumentar su cabida, según la abundancia de la hora, como una copa que creciese y se ensanchase cuando engruesa la vena trémula del manantial.
Ello es que mi padre va a estas horas sobre la espalda inamena del Atlántico, vuelta de seguro su emoción hacia esta tierra del Plata que ha recorrido en su mayor parte y de la cual se aleja henchido de gratitud.
Mi padre y yo vamos por el mundo empujados por un común afán viajero, y como en la niñez me llevaba él por la mano de paisaje en paisaje, le llevo yo ahora a él de tierra en tierra. Y de la misma suerte que hemos hecho este crucero de América, que es siempre, como el viaje de Grecia, aunque por distintas razones, un poco pretencioso, hacemos a menudo jornadas más humildes, sobre dos mulas castizas, en las revueltas serranías de la vieja España ignorada, por barrancos y cañadas, donde no habitan sino verdinegras retamas y algún chopo heroico, es decir, solitario.
Vamos buscando esos pueblos españoles milenarios, donde parece el tiempo haberse labrado un remanso imperturbable, pueblos como aplastados bajo el gravamen de su propia historia, que hacen desde lejos al caminante un ademán alucinado con la torre de su iglesia, trunca, casi siempre, como una antigua rota esperanza.
Pero no nos hemos contentado con este descenso hacia el pretérito, sino que nos habéis visto en América, lo que equivale a hacer una incursión en el futuro.
Creed que una de las épocas más gratas de mi vida ha sido ésta, en la que pude ver a mi padre, con sus sesenta años laboriosos, moverse fuerte y jovial, como un muchacho sobre esta ancha tierra argentina. Muchas veces, mirándole, recordaba el saludo que según el romance hizo el rey al buen Cid, cuando le vio tras largos años de ausencia:
¡Viejo que venís, el Cid,
Viejo venís y florido!
No deseo para los padres que me escuchan nada mejor que la fortuna de llegar a enlazarse con sus hijos en fraternidad análoga a la que nos une a mi padre y a mí; fraternidad activa y reñidora, pues no es el menor encanto de esta nuestra común vida andariega el que lo mismo a bordo del trasatlántico que en las castellanas soledades tenemos asegurada entre nosotros la conversación, pues nos encontramos siempre, indefectiblemente, en el más sabroso desacuerdo.
Valgan estas palabras, señores, para dar una como presencia en esta fiesta a mi padre ausente, del que puedo decir conmovido lo que hace mucho tiempo dijo alguien del suyo: Mi padre es un hermano mayor que tuve cuando yo era pequeño.
Mas por grande que sea su deuda cordial con vuestra cortesía, es mucho mayor la que yo desde ahora tendré que arrastrar.
Nada más grato para mí que hallar esta ocasión, en la última etapa de mi permanencia entre vosotros, para contar los sucesos según han acaecido. Pocos viajeros habrá habido que con tanto respeto pero a la vez con tan áspera franqueza hayan expresado en público y privado su sentir sobre esta nación conforme él se iba formando. Sólo he retenido hasta ahora las estrofas de encomio, las palabras de loa, prefiriendo como dije hace pocos días que los últimos adioses fueran las primeras alabanzas.
He aludido frecuentemente en mis discursos a faltas y carencias que en vuestra vida notaba y dondequiera fui escuchado no sólo con cortesía, pienso que también con aprecio.
Comprendisteis que así habrá de hablaros todo el que venga a vosotros como el hombre va al hombre, para formar una leal y humana amistad, no para adularos ni ofrecerse frívolamente en espectáculo.
Si no bastara el agradecimiento, me creería obligado a deciros lo que voy a deciros, porque vuestra actitud frente a mí equivale a un caso experimental revelador de que poseéis precisamente, aquellas cualidades que os son menos reconocidas en Europa. Verdad es —y perdonad este paréntesis—, verdad es que yo he encontrado que el alma argentina me parece hoy precisamente lo contrario de lo que había oído y leído sobre ella. Como en otras ocasiones me ha ganado ahora la sospecha de que mi cabeza anda al revés de como suelen andar las otras más normales, sabias y discretas.
Ello es, señores, que yo llegué un buen día a vuestro puerto exento de toda notoriedad, según era debido.
Aparte del correcto saludo de los diarios, que ahora cortésmente recojo y respondo, no fue forzado el mundo intelectual porteño a hacerse ilusiones sobre mí: no se le transmitió sentencia alguna valoradora que de lejos llegase; se le dejó libre el juicio e intacta la espontaneidad. Y sin embargo, a poco de comenzar mi labor, un público numeroso, solícito y cálido, acudió a escucharme con sorpresa evidente de muchos, sobre todo de los que creen que es el juicio americano resonador y sucedáneo de la fama europea.
Conste, pues —me interesa hacerlo constar en vuestro honor— que aquí donde no han acertado tantos ilustres espectros del viejo continente, fue en el año que corre escuchado con atento oído un oscuro meditador español.
Cuéntase que cuando cayó enfermo, postrado para siempre en su sillón, el poeta Heine, que había hecho las delicias de París, fue de todos impíamente abandonado. Pero un día llegó a visitarle Berlioz, y el pobre poeta paralítico, alzando, a fin de verle, con el índice su párpado inerte, preguntó:
—¿Cómo, viene usted a visitarme, señor Berlioz? Siempre fue usted muy original.
De análoga manera podía yo decir hoy a los públicos numerosos de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Rosario y Mendoza, que han acudido a escucharme: «Gracias os sean dadas por vuestra originalidad».
¿Y a qué es debida esta insólita benevolencia?
Permitidme que con algún impudor lo explique, porque redundará en honor vuestro.
Varias veces he dicho que yo no he pretendido venir a enseñar nada a vuestros estudiosos, no porque éstos lo sepan todo, lo cual no es verdad, sino porque yo apenas si sé algo, y aun para enseñar ese algo me falta una autoridad que no he tratado nunca de conquistar.
Conozco muy bien no ser sabio, y dudo mucho que deba ser llamado profesor.
Cuando miro a redrotiempo y veo mis años mozos, hallo que fue mi alma, a defecto de mejores cualidades, un incendio perdurable de entusiasmo que no sabía acercarse a cosa alguna sin intentar cendrarla y abrillantarla con su fuego interior.
Me ha poseído siempre una como fe profunda, en que todas las cosas son susceptibles de ilimitada mejora y que nos basta con fijar los ojos en el más humilde objeto para que aparezcan sobre sus flancos prodigiosas reverberaciones.
Nada hay mísero ni sórdido, si sabemos contemplarlo, y, como dice el viejísimo purana indio, dondequiera que el hombre pone en el suelo la planta pisa siempre cien senderos.
Después de todo es esta fe en que el universo es susceptible de infinita mejora el sentido radical que da Platón a la Filosofía cuando hace nervio de ella el Eros, la aspiración de amor.
Refería yo no hace mucho a los estudiantes que en las tardes de estío solía Sócrates, viejo patrón de todos los filósofos, llevarse algún discípulo joven por las márgenes amenas y verdeantes del Cefiso.
Allí, en la soledad de la siesta, deslizaba en su oído un secreto:
—«Yo, decía, afirmé en Atenas que sólo sé que nada sé; pero esto no es cierto: hay algo de que sé mucho, algo en que yo soy especialista, tà eroticá, las cosas del amor». Y añade Platón que mientras esto Sócrates decía, sobre sus cabezas, puestas en los plátanos, las áticas cigarras caniculares rascaban en su áspero rabel.
L’amore è un appetito di bellezza, —exclama platónico Lorenzo de Médicis— es el afán de lo mejor y el esfuerzo de mejoramiento, la actitud afirmativa ante el «cosmos».
El amor verdadero es el amor a la perfección de lo amado.
El mundo, señores, mirado sin amor, sin entusiasmo, sin fervor, parece vengarse de nosotros volviéndose mudo, erial e inhóspito.
Quien quiera esplendor y luz sobre su vida venza la exánime tristeza, despierte su íntimo fuego y todo en torno será a sus ojos una selva inflamada.
La felicidad ni se recibe ni se plagia; es en cada individuo labor original y creadora. Éstas son las enseñanzas, las calladas enseñanzas que enviaban a mi mocedad, desde los lóbregos claustros españoles, los hombres cárdenos que pinta el Greco, cuando parecían querer mostrarme sus almas incandescentes con un ligero temblor de sus barbas agudas.
Pues bien, señores, yo no he sido entre vosotros sino un entusiasta que pasa. No tengo otra virtud que ésta de arder ante las cosas y producir en torno mío algunas contaminaciones.
Y me he encontrado con un pueblo lleno de afanes, libre de envidias, que sintiendo rebosar dentro su optimismo, está presto a verterlo, liberal, sobre el transeúnte, a poco pretexto que le dé. Yo no creo que exista en parte alguna un público de sensibilidad más pronta y limpia de prejuicios, de mayor perspicacia, que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza y otro poco de arte en su corazón. No es esta alabanza mía convencional y reflexiva, porque al punto añado que es un problema para mí explicarme el desequilibrio que existe entre esa sensibilidad difusa y anónima pero exquisita y la producción ideológica y artística de este pueblo, que es más reducida y menos densa de lo que tiene ya obligación de ser.
No creo yo conocer, señores, vuestra alma colectiva, ni temáis que cometa el desliz de hacer con mis pocos datos en breves minutos un ensayo de psicología argentina.
Voy sencillamente a expresar dos o tres simples observaciones, las cuales ni siquiera necesitan ser exactas para que en algún modo puedan seros útiles. Son impresiones de viajero rápido, que ha hecho resbalar su pupila sobre vuestra tierra. Ni creo que viajero alguno haya tenido la grotesca pretensión de descubrir el país a los nativos. No es, señores, su misión ser profundo ni exacto, sino exclusivamente ser sincero, dibujar con delicadeza la imagen que la nación visitada suscita en su retina.
El encanto de los libros de viaje está precisamente en que son siempre libros ingenuos. El viajero busca en sus andanzas renovación espiritual. Viajar por un pueblo extraño es valerse de un artificio que nos permite un renacimiento de nuestra persona; cuando viajamos volvemos a ser niños. Allá donde nacimos y donde vivimos las cosas y las personas han gastado para nosotros su fisonomía, como monedas muy corridas, y sus rostros no hieren ya suficientemente nuestros nervios.
Lo habitual es imperceptible e insignificante: en árabe lo castizo, lo consuetudinario se dice «baladí».
Pues bien: nuestra realidad individual y colectiva no se compone meramente de lo que somos; una parte de nuestra realidad es lo que parecemos a los demás. Porque éstos nos responden en la lucha vital según la imagen que de nosotros tienen y no según nuestra propia verdadera esencia. Y hay seres desgraciados que tienen la desventura de reflejarse en los demás al revés de lo que son, como en espejos invertidos, y es su propia vida un quid pro quo lamentable, en que a toda palabra de ternura les es respondido con una estocada.
Los naturales entretejidos en la urdimbre de su pueblo no pueden verlo sino en su resultado total, en su masa conjunta. Por eso es interesante ver cómo nuestra realidad étnica se descompone en sus elementos, al atravesar la retina del viajero, de la misma manera que la blanca luz del Sol nos revela los secretos de su composición cuando penetra un prisma de cristal.
El hecho argentino que más ha incitado mi meditación es a la vez el más amplio y básico de vuestra vida. Comprenderéis que no voy a hablaros de vuestra riqueza ni a cantar una vez más en lírica efervescencia vuestro heroísmo cereal y ganadero. Lo admiro y lo respeto, porque sólo en cuerpos saludables viven las almas claras.
Pero yo no puedo tener para esas cosas percepción. ¡Cómo voy a tenerla si yo no gozo en el planeta de un puñado de tierra que pueda decir mío y si no he tenido nunca en la palma de la mano los veinte granos rubios cosecha de una espiga!
El hecho a que me refiero veréis cuál es. El pueblo criollo rompe el hermetismo tradicional de las razas y ha sabido hacer de su nación un volumen perfectamente poroso, donde pueden entrar hombres de todas razas, de toda lengua, de toda religión y de toda costumbre.
Vienen aquí y hallan un área libérrima e ilimitada donde pueden trabajar, levantar hogares, henchir su peculio. Tener esta fuerza de atracción es ya muy difícil. Pero no es ésa vuestra virtud característica. Porque ello trae el peligro de que esa facilidad en la recepción del extraño, esa porosidad de la sociedad, produzca en ésta falta de cohesión, y la vida de un pueblo como éste sería desordenada, inquieta, turbulenta, brutal e insolidaria, menguas todas éstas que impiden las grandes obras del esfuerzo aunado y común.
Pero yo quiero advertir en el pueblo criollo, junto a este poder atractivo, uno de los adelantos más raros de la historia, que sólo han ejercido los pueblos próceres.
El talento de absorber hombres de toda oriundez, raza, religión, en la unidad de un Estado. Porque frente a la idea de nación, que supone centenaria comunidad biológica, significa la idea de Estado un poder imperativo de hacer mantenerse en laboriosa convivencia grupos humanos de sangres diversas y aun antagónicas. Tiene el pueblo criollo el talento de Estado; una potencia específica, que acaso no es de orden intelectual. El mismo talento tuvo en España, en la era de la reconquista, nuestra minoría castellana, cuando frente a los instintos dispersos de las nacionalidades periféricas —Galicia y Asturias, Vasconia, Aragón y Cataluña— supo imponer un ideal de integración, la unidad superior de «una» España, en la cual como en un corazón plural, conviviesen resonando todas las almas peninsulares.
Un talento parecido creo yo descubrir en el pueblo criollo.
No se me diga que es este pueblo criollo una minoría reducidísima, una raza evanescente que se va disolviendo en el torrente inmigratorio, y que, sin alguna exageración, cupiera decirse de él como de Grecia, que no hay hoy pura sangre helénica bastante para llenar una copa de licor. Habría de ser así, y hallaría en ello la prueba más superlativa de mi opinión. Próceres gotas, de cierto, las de esa sangre, que siendo tan pocas tienen la capacidad de absorber, de teñir con su peculiar matiz de civilidad ríos caudalosos donde llegan rodando las linfas sanguíneas más heterogéneas.
Cuáles sean los síntomas en que yo encuentro manifiesto ese vuestro talento socializador de Estado no podría decirlo ahora falto de tiempo y fuera de ocasión.
Veis vosotros, probablemente, en primer lugar y bajo una perspectiva desmesurada, los abusos administrativos que acaso se cometen en vuestro país como poco más o menos se cometen en todos los países. Pero los abusos no me interesan ni me orientan. No los abusos, sino los usos califican a un pueblo.
Tenéis, pues, un prócer destino; él os impone ingentes obligaciones. ¿Acertaréis a precaver todas las exigencias que van delante de ese magnífico futuro?
Quien viniendo, como yo, de fuera, aspire a aclararse los problemas de la vida argentina, así en lo colectivo como en lo individual, creo que deberá partir, como de un hecho central, de la desproporción enorme que existe entre la preocupación económica de vuestra sociedad y el resto de sus actividades.
Estas jóvenes naciones, nacidas como colonias de pueblos viejos, tardan más de lo que a primera vista parece en superar la trayectoria que les fue impuesta en su origen. La metrópoli creaba la colonia con una exclusiva intención de negocio, de lucro; y al declararse independiente la filial colectividad, suele conservar más de lo que debiera el punto de vista metropolitano. De aquí un como exclusivismo de la función económica fomentado por los raudales periódicos del aluvión inmigratorio nutridos con sedientos de riqueza. Los otros pueblos viejos se hicieron en lenta y multiforme evolución a lo largo de la historia, y ayer combatieron por religiones y hoy por políticos ideales, y otro día por odios étnicos, por afinidades estéticas inclusive, y sólo alguna vez por el oro. Y cada una de esas luchas y graves convulsiones labró en su alma una faceta más donde vinieron a reflejarse rayos distintos de la luz de la vida. Por esto es más compleja e irisada la vida europea que la existencia americana.
Mas un pueblo que ve claro delante y quiere con decisión su porvenir, como el argentino, sabe muy bien lo que ha de hacer para corregir este defecto original. Y eso que ha de hacer no podrá consistir en otra cosa que en dedicar tanta mayor energía al cultivo superior de las actividades sobreeconómicas, cuanta mayor es su desproporción frente a las utilitarias.
Esta obra de fomento reflexivo en torno a la cultura superior es la misión de la Universidad.
La Universidad, señores, símbolo de toda esencial pedagogía y de toda acción intelectual, es hoy el instrumento incomparable para la labranza de pueblos. Doloroso es que todavía, lo mismo en Europa que aquí, este admirable vocablo, Universidad, suscite al ser oído imágenes sórdidas e inelegantes, de aulas tristes y prosaicas, de dómines solemnes y cejijuntos, de palabras frígidas y pedantes. Y sin embargo, aún llega a los oídos del estudioso resonando la voz de Platón, creador en su florida academia de la institución universitaria; la voz de Platón que dice: «Hagamos de la enseñanza la ciudadela del Estado».
Notad que en el siglo postrero y en lo que va del presente las naciones han pesado tanto en la historia cuanto pesaban sus universidades.
¿Existe en la conciencia pública argentina la resuelta visión de esto? No quiero, no debo negar que la sola pena que de este viaje llevo, nace de no haber hallado en esa pública conciencia argentina el urgente afán de poseer, en todo su plenario sentido, universidad. Hace más de dos siglos que en España se perdieron las grandes tradiciones universitarias. Tampoco nosotros gozamos hoy de este supremo incitador de cultura, por lo menos no hemos logrado su plenitud. Pero, aunque no poseamos Universidad suficiente, creo que llevamos la ventaja de sentir con toda prisa y afán su necesidad y emprender sin descanso ensayos de mejora. Día a día surgen nuevos proyectos de transformación, corrígense los miembros inválidos del edificio, pruébanse artificios para garantizar la competencia del profesorado, y anualmente es disparada una porción de nuestros jóvenes a los países extranjeros, los cuales al retorno vierten en el ambiente espiritual de España efluvios internacionales. Hay tanta voluntad en vuestros nobles deseos y sois tan vertiginosos en el avance, que estoy seguro de hallar realizado a la vuelta de algunos años lo que hoy echo de menos. Ensayad, proyectad. Como antes decía que no los abusos sino los usos califican a un pueblo, digo ahora que más peligroso para una sociedad que los muchos fracasos es que haya pocos ensayos.
En una forma o en otra, tendría la Universidad argentina que corregir cierta tendencia practicista, que si ha dominado como un tópico el mundo durante algunos decenios, va hoy en derrota dondequiera. Es un grave error creer que lo práctico nace de la práctica sola. Para hacer a un hombre práctico es preciso antes convencerle de ser éste el mejor modo de vida, y esto ya no es práctica: es religión.
Notemos que nada se parece menos al resultado, que los medios para obtenerlo: nada más distinto del puro azul sentimental del cielo, como las vibraciones del éter que lo causan. El hombre hace la técnica; pero al hombre le hace el entusiasmo. Si el brazo mueve a su extremo el utensilio, no se olvide que, puesto a su otro extremo, mueve al brazo un corazón. Triunfa con Cobden el librecambio, porque éste gritaba en las plazuelas que era la doctrina económica ungida con los principios evangélicos. Es lo útil la técnica, pero estad ciertos de que para llegar a una buena técnica, lo más útil es la moral.
Pensar otra cosa, atender sólo al inmediato resultado, es entregarse inerme al capricho de la hora subsecuente, que llega con su necesidad insospechada, exigiendo a veces la virtud que menos teníamos presta.
¿Quién podrá predecir en la vigilia el rostro del día que llega? Si vuestra vida se ha hallado hasta ahora exenta de las complicaciones y dificultades que cercaban a las naciones europeas, pudiera ocurrir que mañana no acaeciera así.
Estamos en una crítica alborada de toda la Historia. Y entre los fenómenos más claros que pudieran sospecharse después de la guerra, se halla el probable desplazamiento del centro de gravedad en las grandes luchas comerciales desde el Atlántico al Pacífico. Dos pueblos se preparan a combatir por la hegemonía económica de ese mar traspuesto que fue hasta ahora humanamente una anchísima agua muerta. Vuestras provincias occidentales que, detenidas por la inmensa pared andina, no se habían interesado en aquella dirección, cuando el hervor comercial de ese mar las atraiga y la finanza norteamericana o japonesa allane para el lucro las montañas, podrían comenzar a volver sus espaldas hacia las provincias orientales, con las que llegarían a tener sólo intereses hostiles. He aquí que es esta sospecha un buen pretexto para asegurar entre vosotros más profundas solidaridades.
Otro problema existe de que no he oído hablar suficientemente entre vosotros.
Veo yo que el hecho más profundo de la historia europea en los últimos treinta años ha sido que por vez primera atendió Europa durante ellos a la tierra de África. Este continente, con ser el más próximo a nuestra Europa, había quedado como en olvido. Fueron antes las fuerzas europeas al Asia o América, a Oceanía: nadie se acordaba del ardoroso y colosal terruño.
En los últimos treinta años mostraron las grandes potencias decidido empeño en corregir ese olvido y no se ha luchado principalmente sino por industrializar, capitalizar, europeizar al África. Después de la guerra, ¿no sería posible que este movimiento creciera y las metrópolis europeas diesen grandes impulsos a la corriente emigratoria hacia el África y con ella al rodante dinero que tanto prefiere las cuestas abajo, las fáciles rutas?
No tiene este continente la bondad de vuestro clima ni tal vez la riqueza de vuestro suelo; pero tiene para las naciones europeas la ventaja de que los hombres que allí mandan quedarán cobijados bajo su bandera, y no será perdido un adarme de su esfuerzo para la metrópoli.
No digo yo —conste— que vaya a ocurrir todo esto; digo sólo que puede ocurrir. Y naturalmente, ante la historia del futuro hay que tener la modestia de no escribirla antes de que acontezca, pero a la vez la obligación de anticipar todas sus posibilidades y salirles al frente armados de todas las armas.
La política, que suele ser dondequiera tan distraída, debería tener como símbolo a la virgen prudente con la lámpara encendida toda la vigilia y el oído alerta a los rumores del amanecer.
Son éstas preocupaciones que yo he tenido durante estos meses, porque no sé vivir inmerso en el alma de una raza, sin percibir en algún modo y participar de sus afanes y de sus amarguras.
Cuenta la leyenda india que joven aún el Buda había asistido a una fiesta; hallábanse allí doscientas bayaderas, las cuales desearon bailar con el Buda, tan príncipe y hermoso. Buda, no queriendo adolecer a unas si prefería otras, por un acto de amor trascendente tuvo el poder de convertirse en doscientos Budas, cada uno de los cuales fue a danzar con cada una de las bayaderas, que creyeron tener en sus brazos señeros al único Buda. El entusiasmo es ese poder que nos multiplica y que nos lleva a intimar con las cosas, a ser enteros para cada una de ellas y a vivir durante un rato su vida peculiar.
Pues bien; os digo que en este invierno ha tenido mi alma alguna vez su hora de danza irreal con el alma argentina.
Me he preocupado íntimamente de vuestros azares y he sido un argentino imaginario.
Nada más conmovedor para un hombre que tiene fe en el hombre como considerar la potencialidad enorme de cultura que yace en esta tierra inmensa y en esta raza ascendente. Goethe decía que sólo todos los hombres viven enteramente lo humano; y añado que cada pueblo es el ensayo de una nueva manera de vivir y que trae sobre sus hombros, como un escultor en su mente, la misión de crear una nueva figura y gesto de hombre. ¿Cuál será la figura espiritual argentina que hoy está aún medio enterrada en vuestra tierra, como los torsos cándidos de las Afroditas en el suelo de Italia, luego que pasaron hollando el haz latino los bárbaros rubios y borrachos?
No sé cuál será esa figura, pero me alejo de esta costa austral seguro de que será. Y tal seguridad creed que no la he sentido después de alguna conversación con algunos argentinos satisfechos. No espero nada del hombre satisfecho, que no siente la falta de algo más allá de él.
Más bien he nutrido mi esperanza cuando al hablar con alguna mujer argentina he visto desprenderse de su alma, como vaho, un sublime, divino descontento. La historia humana es obra del descontento, que es una especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Esta emoción idealista, haciéndonos percibir que somos imperfectos, nos hace rodar en busca de lo que nos falta, y así vamos por la tierra y avanzamos por el tiempo y es nuestro corazón una proa siempre en ruta al más allá. Decía madame Staël: «Todo lo que de grande y bello ha hecho el hombre lo ha hecho movido por el sentimiento doloroso de lo incompleto de su destino».
Menos absorbida que el varón por la obra económica, la mujer argentina va concretando su descontento.
Atribuye la leyenda la invención del dibujo a un mancebo de Sicione, estando una tarde junto a su amada al tiempo que el Sol tendía sobre un muro blanco la fina sombra de ésta, tomó un carbón y fijó en la pared el perfil de la silueta.
Pues bien, si un pensador o un artista argentino acertase a dibujar el perfil del noble descontento que hay en la mujer de este país, ése sería el perfil de vuestra cultura. Sus anhelos y sus nostalgias son como un molde en vacío que un día llenaréis con un relieve que será el arte y la idea y la moral argentinas.
Ligado como quedo por siempre a vuestros afanes, yo también, desde el seno de mi tierra celtíbera, pondré una parte de mis pocas fuerzas al servicio de esa labor vuestra. Y sé que más de una vez en mi Escorial, cuando las redondas nubes blancas, las nubes revueltas y barrocas graviten sobre la testa granítica del monasterio, me sorprenderé meditando sobre vuestros problemas —y no respondo de que alguna vez en mis escritos no haga aparecer al lado de la melancólica mujer criolla, paseando acaso por Palermo, los dos maestros españoles del descontento: Alonso Quijano el bueno, viejo, noble y lunático— y para que no os fatigue su largo rostro de asceta, junto a él a nuestro Don Juan, siempre joven, siempre animoso y siempre dolorido.
Hebe, diciembre de 1918
1919