Ortega y Gasset
Abstract
The opening of a lecture at the Instituto Popular de Conferencias in Buenos Aires: Ortega gives thanks also for his father, who has sailed for Europe, and recounts their shared wandering — from the millennial villages of old Spain, “flattened under the weight of their own history”, to the incursion into the future that is America. He claims to have said in public and private, respectfully but with harsh frankness, what he thought of Argentina. The sample shows only the courteous preamble, not the lecture’s thesis.
Connections
Forme: lezione
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El Instituto Popular de Conferencias, hospitalario y cortés, como un gran señor, ha querido en esta reunión honrarnos a mi padre y a mí, modestos viajeros de paso tácito que sólo aspirábamos a traer aquende el mar nuestros corazones errantes para deslizarlos silenciosamente al través de vuestra alma argentina.
La ausencia de mi padre, forzado a embarcarse para Europa, me obliga a hacerme cargo de su parte en este homenaje. Lo que iba para dos ha de agradecerlo uno solo y el licor de cortesías que vertisteis para dos copas tendré que recogerlo sólo en la mía.
Afortunadamente, en todo hombre que no tenga temperamento académico, el vaso de la sensibilidad sabe aumentar su cabida, según la abundancia de la hora, como una copa que creciese y se ensanchase cuando engruesa la vena trémula del manantial.
Ello es que mi padre va a estas horas sobre la espalda inamena del Atlántico, vuelta de seguro su emoción hacia esta tierra del Plata que ha recorrido en su mayor parte y de la cual se aleja henchido de gratitud.
Mi padre y yo vamos por el mundo empujados por un común afán viajero, y como en la niñez me llevaba él por la mano de paisaje en paisaje, le llevo yo ahora a él de tierra en tierra. Y de la misma suerte que hemos hecho este crucero de América, que es siempre, como el viaje de Grecia, aunque por distintas razones, un poco pretencioso, hacemos a menudo jornadas más humildes, sobre dos mulas castizas, en las revueltas serranías de la vieja España ignorada, por barrancos y cañadas, donde no habitan sino verdinegras retamas y algún chopo heroico, es decir, solitario.
Vamos buscando esos pueblos españoles milenarios, donde parece el tiempo haberse labrado un remanso imperturbable, pueblos como aplastados bajo el gravamen de su propia historia, que hacen desde lejos al caminante un ademán alucinado con la torre de su iglesia, trunca, casi siempre, como una antigua rota esperanza.
Pero no nos hemos contentado con este descenso hacia el pretérito, sino que nos habéis visto en América, lo que equivale a hacer una incursión en el futuro.
Creed que una de las épocas más gratas de mi vida ha sido ésta, en la que pude ver a mi padre, con sus sesenta años laboriosos, moverse fuerte y jovial, como un muchacho sobre esta ancha tierra argentina. Muchas veces, mirándole, recordaba el saludo que según el romance hizo el rey al buen Cid, cuando le vio tras largos años de ausencia:
¡Viejo que venís, el Cid,
Viejo venís y florido!
No deseo para los padres que me escuchan nada mejor que la fortuna de llegar a enlazarse con sus hijos en fraternidad análoga a la que nos une a mi padre y a mí; fraternidad activa y reñidora, pues no es el menor encanto de esta nuestra común vida andariega el que lo mismo a bordo del trasatlántico que en las castellanas soledades tenemos asegurada entre nosotros la conversación, pues nos encontramos siempre, indefectiblemente, en el más sabroso desacuerdo.
Valgan estas palabras, señores, para dar una como presencia en esta fiesta a mi padre ausente, del que puedo decir conmovido lo que hace mucho tiempo dijo alguien del suyo: Mi padre es un hermano mayor que tuve cuando yo era pequeño.
Mas por grande que sea su deuda cordial con vuestra cortesía, es mucho mayor la que yo desde ahora tendré que arrastrar.
Nada más grato para mí que hallar esta ocasión, en la última etapa de mi permanencia entre vosotros, para contar los sucesos según han acaecido. Pocos viajeros habrá habido que con tanto respeto pero a la vez con tan áspera franqueza hayan expresado en público y privado su sentir sobre esta nación conforme él se iba formando. Sólo he retenido hasta ahora las estrofas de encomio, las palabras de loa, prefiriendo como dije hace pocos días que los últimos adioses fueran las primeras alabanzas.
He aludido frecuentemente en mis discursos a faltas y carencias que en vuestra vida notaba y dondequiera fui escuchado no sólo con cortesía, pienso que también con aprecio.
Comprendisteis que así habrá de hablaros todo el que venga a vosotros como el hombre va al hombre, para formar una leal y humana amistad, no para adularos ni ofrecerse frívolamente en espectáculo.
Si no bastara el agradecimiento, me creería obligado a deciros lo que voy a deciros, porque vuestra actitud frente a mí equivale a un caso experimental revelador de que poseéis precisamente, aquellas cualidades que os son menos reconocidas en Europa. Verdad es —y perdonad este paréntesis—, verdad es que yo he encontrado que el alma argentina me parece hoy precisamente lo contrario de lo que había oído y leído sobre ella. Como en otras ocasiones me ha ganado ahora la sospecha de que mi cabeza anda al revés de como suelen andar las otras más normales, sabias y discretas.
Ello es, señores, que yo llegué un buen día a vuestro puerto exento de toda notoriedad, según era debido.
Aparte del correcto saludo de los diarios, que ahora cortésmente recojo y respondo, no fue forzado el mundo intelectual porteño a hacerse ilusiones sobre mí: no se le transmitió sentencia alguna valoradora que de lejos llegase; se le dejó libre el juicio e intacta la espontaneidad. Y sin embargo, a poco de comenzar mi labor, un público numeroso, solícito y cálido, acudió a escucharme con sorpresa evidente de muchos, sobre todo de los que creen que es el juicio americano resonador y sucedáneo de la fama europea.
Conste, pues —me interesa hacerlo constar en vuestro honor— que aquí donde no han acertado tantos ilustres espectros del viejo continente, fue en el año que corre escuchado con atento oído un oscuro meditador español.
Cuéntase que cuando cayó enfermo, postrado para siempre en su sillón, el poeta Heine, que había hecho las delicias de París, fue de todos impíamente abandonado. Pero un día llegó a visitarle Berlioz, y el pobre poeta paralítico, alzando, a fin de verle, con el índice su párpado inerte, preguntó:
—¿Cómo, viene usted a visitarme, señor Berlioz? Siempre fue usted muy original.
De análoga manera podía yo decir hoy a los públicos numerosos de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Rosario y Mendoza, que han acudido a escucharme: «Gracias os sean dadas por vuestra originalidad».
¿Y a qué es debida esta insólita benevolencia?
Permitidme que con algún impudor lo explique, porque redundará en honor vuestro.
Varias veces he dicho que yo no he pretendido venir a enseñar nada a vuestros estudiosos, no porque éstos lo sepan todo, lo cual no es verdad, sino porque yo apenas si sé algo, y aun para enseñar ese algo me falta una autoridad que no he tratado nunca de conquistar.
Conozco muy bien no ser sabio, y dudo mucho que deba ser llamado profesor.
Cuando miro a redrotiempo y veo mis años mozos, hallo que fue mi alma, a defecto de mejores cualidades, un incendio perdurable de entusiasmo que no sabía acercarse a cosa alguna sin intentar cendrarla y abrillantarla con su fuego interior.
Me ha poseído siempre una como fe profunda, en que todas las cosas son susceptibles de ilimitada mejora y que nos basta con fijar los ojos en el más humilde objeto para que aparezcan sobre sus flancos prodigiosas reverberaciones.
Nada hay mísero ni sórdido, si sabemos contemplarlo, y, como dice el viejísimo purana indio, dondequiera que el hombre pone en el suelo la planta pisa siempre cien senderos.
Después de todo es esta fe en que el universo es susceptible de infinita mejora el sentido radical que da Platón a la Filosofía cuando hace nervio de ella el Eros, la aspiración de amor.
Refería yo no hace mucho a los estudiantes que en las tardes de estío solía Sócrates, viejo patrón de todos los filósofos, llevarse algún discípulo joven por las márgenes amenas y verdeantes del Cefiso.
Allí, en la soledad de la siesta, deslizaba en su oído un secreto:
—«Yo, decía, afirmé en Atenas que sólo sé que nada sé; pero esto no es cierto: hay algo de que sé mucho, algo en que yo soy especialista, tà eroticá, las cosas del amor». Y añade Platón que mientras esto Sócrates decía, sobre sus cabezas, puestas en los plátanos, las áticas cigarras caniculares rascaban en su áspero rabel.
L’amore è un appetito di bellezza, —exclama platónico Lorenzo de Médicis— es el afán de lo mejor y el esfuerzo de mejoramiento, la actitud afirmativa ante el «cosmos».
El amor verdadero es el amor a la perfección de lo amado.
El mundo, señores, mirado sin amor, sin entusiasmo, sin fervor, parece vengarse de nosotros volviéndose mudo, erial e inhóspito.
Quien quiera esplendor y luz sobre su vida venza la exánime tristeza, despierte su íntimo fuego y todo en torno será a sus ojos una selva inflamada.
The Popular Institute of Lectures, hospitable and courteous, like a great lord, has wished in this gathering to honor my father and me, modest travelers of tacit passage who aspired only to bring, this side of the sea, our errant hearts to slip them silently through your Argentine soul.
The absence of my father, forced to embark for Europe, obliges me to take charge of his share in this homage. What was meant for two has to be thanked by one alone, and the liquor of courtesies that you poured for two cups I will have to gather only in mine.
Fortunately, in every man who does not have an academic temperament, the vessel of sensibility knows how to increase its capacity, according to the abundance of the hour, like a cup that grew and widened when the tremulous vein of the spring thickens.
The fact is that my father goes at these hours over the unlovely back of the Atlantic, his emotion turned, surely, toward this land of the Plata which he has traversed in its greater part and from which he withdraws filled with gratitude.
My father and I go about the world pushed by a common traveler’s yearning, and as in childhood he carried me by the hand from landscape to landscape, so now I carry him from land to land. And just as we have made this cruise of America, which is always, like the journey of Greece, though for different reasons, a little pretentious, we often make more humble journeys, on two thoroughbred mules, in the winding sierras of the old unknown Spain, through ravines and hollows, where nothing dwells but greenish-black brooms and some heroic poplar, that is, solitary.
We go seeking those millenary Spanish villages, where time seems to have carved for itself an imperturbable backwater, villages as crushed under the burden of their own history, which make from afar to the walker a hallucinated gesture with the tower of their church, truncated, almost always, like an old broken hope.
But we have not contented ourselves with this descent toward the past, but you have seen us in America, which amounts to making an incursion into the future.
Believe that one of the most grateful periods of my life has been this one, in which I could see my father, with his sixty laborious years, move strong and jovial, like a boy upon this wide Argentine land. Many times, watching him, I recalled the greeting that, according to the ballad, the king made to the good Cid, when he saw him after long years of absence:
Old man who come, the Cid,
Old you come and in flower!
I wish for the fathers who listen to me nothing better than the fortune of coming to be bound with their children in a fraternity analogous to the one that unites my father and me; an active and quarreling fraternity, since it is not the least charm of this our common wandering life that alike aboard the transatlantic steamer as in the Castilian solitudes we have the conversation assured between us, for we always find ourselves, indefectibly, in the most savory disagreement.
Let these words serve, gentlemen, to give something like a presence in this feast to my absent father, of whom I can say, moved, what long ago someone said of his own: My father is an elder brother I had when I was small.
But however great his cordial debt to your courtesy be, much greater is the one I from now on will have to drag.
Nothing more gratifying for me than to find this occasion, in the last stage of my stay among you, to tell the events as they have happened. Few travelers can there have been who with so much respect but at the same time with so harsh frankness have expressed in public and private their feeling about this nation as it was being formed. I have kept up to now only the strophes of encomium, the words of praise, preferring, as I said a few days ago, that the last farewells were the first praises.
I have frequently alluded in my speeches to faults and lacks that I noticed in your life, and everywhere I was listened to not only with courtesy, I think also with appreciation.
You understood that thus will have to speak to you everyone who comes to you as man goes to man, to form a loyal and human friendship, not to flatter you nor to offer himself frivolously as a spectacle.
If gratitude were not enough, I would believe myself obliged to tell you what I am going to tell you, because your attitude toward me amounts to an experimental case revealing that you possess precisely those qualities that are least recognized to you in Europe. It is true —and forgive this parenthesis—, it is true that I have found that the Argentine soul seems to me today precisely the contrary of what I had heard and read about it. As on other occasions, there has now taken me the suspicion that my head goes reversed from how the other, more normal, wise and discreet ones are wont to go.
The fact is, gentlemen, that I arrived one fine day at your port free of all notoriety, as was due.
Apart from the correct greeting of the newspapers, which I now courteously gather up and answer, the port-side intellectual world was not forced to entertain illusions about me: there was not transmitted to it any valuing sentence that came from afar; judgment was left free to it and spontaneity intact. And nevertheless, shortly after beginning my work, a numerous, solicitous and warm public came to listen to me, with the evident surprise of many, above all of those who believe that American judgment is resonant and a substitute for European fame.
Let it stand recorded, then —I am interested in having it recorded in your honor— that here, where so many illustrious specters of the old continent have not succeeded, there was, in the current year, listened to with attentive ear an obscure Spanish meditator.
It is told that when he fell ill, prostrated forever in his armchair, the poet Heine, who had made the delights of Paris, was impiously abandoned by all. But one day Berlioz came to visit him, and the poor paralytic poet, lifting, in order to see him, with his index finger his inert eyelid, asked:
—How, you come to visit me, Mr. Berlioz? You were always very original.
In an analogous way I could say today to the numerous publics of Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Rosario and Mendoza, who have come to listen to me: ‘Thanks be given to you for your originality.’
And to what is this unusual benevolence due?
Permit me that with some shamelessness I explain it, because it will redound to your honor.
Several times I have said that I have not pretended to come to teach anything to your scholars, not because these know everything, which is not true, but because I scarcely know something, and even to teach that something I lack an authority that I have never tried to conquer.
I know very well that I am not a sage, and I very much doubt that I should be called professor.
When I look backward and see my young years, I find that my soul was, for want of better qualities, a perdurable fire of enthusiasm that did not know how to approach anything without trying to refine it and burnish it with its inner fire.
There has always possessed me something like a deep faith, in which all things are susceptible of unlimited improvement and that it suffices us to fix our eyes on the most humble object for prodigious reverberations to appear upon its flanks.
There is nothing miserable nor sordid, if we know how to contemplate it, and, as the most ancient Indian purana says, wherever man sets his foot on the ground he always treads a hundred paths.
After all it is this faith that the universe is susceptible of infinite improvement the radical sense that Plato gives to Philosophy when he makes of it the nerve the Eros, the aspiration of love.
I related not long ago to the students that on the summer afternoons Socrates, old patron of all philosophers, used to take some young disciple along the pleasant and greening banks of the Cephisus.
There, in the solitude of the siesta, he slipped into his ear a secret:
—‘I, he said, affirmed in Athens that I only know that I know nothing; but this is not true: there is something of which I know much, something in which I am a specialist, tà eroticá, the things of love.’ And Plato adds that while Socrates was saying this, above their heads, perched in the plane trees, the Attic dog-day cicadas scraped on their harsh rebec.
Love is an appetite of beauty, —exclaims the Platonic Lorenzo de’ Medici— it is the striving for the best and the effort of betterment, the affirmative attitude before the ‘cosmos’.
True love is the love of the perfection of the loved.
The world, gentlemen, looked at without love, without enthusiasm, without fervor, seems to avenge itself on us by turning mute, barren and inhospitable.
Whoever wants splendor and light upon his life overcome the exanimate sadness, awaken his intimate fire and everything around will be to his eyes an inflamed forest.
L’Istituto Popolare di Conferenze, ospitale e cortese, come un gran signore, ha voluto in questa riunione onorare mio padre e me, modesti viaggiatori di tacito passo che aspiravamo soltanto a portare al di qua del mare i nostri cuori erranti per farli scivolare silenziosamente attraverso la vostra anima argentina.
L’assenza di mio padre, forzato a imbarcarsi per l’Europa, mi obbliga a farmi carico della sua parte in questo omaggio. Ciò che andava per due deve ringraziarlo uno solo, e il liquore di cortesie che versaste per due calici dovrò raccoglierlo soltanto nel mio.
Fortunatamente, in ogni uomo che non abbia temperamento accademico, il vaso della sensibilità sa aumentare la sua capienza, secondo l’abbondanza dell’ora, come una coppa che crescesse e si allargasse quando s’infittisce la vena tremula della sorgente.
Il fatto è che mio padre va a quest’ore sul dorso inamabile dell’Atlantico, rivolta di sicuro la sua emozione verso questa terra del Plata che ha percorso nella sua maggior parte e dalla quale si allontana colmo di gratitudine.
Mio padre e io andiamo per il mondo spinti da un comune affanno viaggiatore, e come nella fanciullezza mi portava lui per mano di paesaggio in paesaggio, così lo porto ora io lui di terra in terra. E del pari che abbiamo fatto questa crociera d’America, che è sempre, come il viaggio di Grecia, sebbene per ragioni distinte, un po’ pretenziosa, facciamo spesso giornate più umili, su due mule castizie, nelle tortuose serranie della vecchia Spagna ignorata, per burroni e cañadas, dove non abitano che ginestre verde-nerastre e qualche pioppo eroico, cioè, solitario.
Andiamo cercando quei popoli spagnoli millenari, dove sembra che il tempo si sia lavorato un’ansa imperturbabile, popoli come schiacciati sotto il gravame della loro propria storia, che fanno da lontano al camminante un gesto allucinato con la torre della loro chiesa, tronca, quasi sempre, come un’antica spezzata speranza.
Ma non ci siamo contentati di questa discesa verso il pretérito, ma ci avete visto in America, ciò che equivale a fare un’incursione nel futuro.
Credete che una delle epoche più grate della mia vita è stata questa, in cui potei vedere mio padre, coi suoi sessant’anni laboriosi, muoversi forte e gioviale, come un ragazzo su questa ampia terra argentina. Molte volte, guardandolo, ricordavo il saluto che, secondo il romance, fece il re al buon Cid, quando lo vide dopo lunghi anni d’assenza:
¡Vecchio che venite, il Cid,
Vecchio venite e fiorito!
Non desidero per i padri che mi ascoltano nulla di meglio che la fortuna di arrivare a congiungersi coi loro figli in una fraternità analoga a quella che unisce mio padre e me; fraternità attiva e litigiosa, poiché non è il minor incanto di questa nostra comune vita randagia il fatto che tanto a bordo del transatlantico quanto nelle castigliane solitudini abbiamo assicurata tra noi la conversazione, poiché ci troviamo sempre, indefettibilmente, nel più saporito disaccordo.
Valgano queste parole, signori, per dare una come presenza in questa festa a mio padre assente, del quale posso dire commosso ciò che molto tempo fa disse qualcuno del suo: Mio padre è un fratello maggiore che ebbi quando ero piccolo.
Ma per grande che sia il suo debito cordiale con la vostra cortesia, è molto maggiore quello che io d’ora in poi dovrò trascinare.
Nulla di più grato per me che trovare questa occasione, nell’ultima tappa della mia permanenza tra voi, per raccontare i successi secondo come sono accaduti. Pochi viaggiatori ci saranno stati che con tanto rispetto ma a un tempo con tanto aspra franchezza abbiano espresso in pubblico e in privato il loro sentire su questa nazione, man mano che esso si andava formando. Ho trattenuto finora soltanto le strofe di encomio, le parole di lode, preferendo, come dissi pochi giorni fa, che gli ultimi addii fossero le prime lodi.
Ho alluso frequentemente nei miei discorsi a mancanze e carenze che notavo nella vostra vita, e dovunque fui ascoltato non solo con cortesia, penso che anche con apprezzamento.
Comprendeste che così dovrà parlarvi chiunque venga a voi come l’uomo va all’uomo, per formare una leale e umana amicizia, non per adularvi né per offrirsi frivolarmente in spettacolo.
Se non bastasse il ringraziamento, mi crederei obbligato a dirvi ciò che sto per dirvi, perché la vostra attitudine verso di me equivale a un caso sperimentale rivelatore di cui possedete precisamente quelle qualità che vi sono meno riconosciute in Europa. Verità è —e perdonate questa parentesi—, verità è che io ho trovato che l’anima argentina mi sembra oggi precisamente il contrario di ciò che avevo sentito e letto su di essa. Come in altre occasioni mi ha conquistato ora il sospetto che la mia testa vada al rovescio di come sogliono andare le altre, più normali, sapie e discrete.
Il fatto è, signori, che io arrivai un bel giorno al vostro porto esente da ogni notorietà, come era dovuto.
A parte del corretto saluto dei giornali, che ora cortesemente raccolgo e ricambio, il mondo intellettuale porteño non fu forzato a farsi illusioni su di me: non gli si trasmise alcuna sentenza valutativa che giungesse da lontano; gli si lasciò libero il giudizio e intatta la spontaneità. E tuttavia, a poco dal cominciare la mia opera, un pubblico numeroso, sollecito e caldo, accorse ad ascoltarmi con evidente sorpresa di molti, soprattutto di quelli che credono che il giudizio americano sia risonante e succedaneo della fama europea.
Consti, dunque —mi interessa farlo constare in vostro onore— che qui dove non hanno azzeccato tanti illustri spettri del vecchio continente, fu nell’anno che corre ascoltato con orecchio attento un oscuro meditatore spagnolo.
Si racconta che quando cadde malato, prostrato per sempre nella sua poltrona, il poeta Heine, che aveva fatto le delizie di Parigi, fu da tutti empiamente abbandonato. Ma un giorno giunse a visitarlo Berlioz, e il povero poeta paralitico, alzando, per vederlo, con l’indice la sua palpebra inerte, domandò:
—Come, viene lei a visitarmi, signor Berlioz? Sempre fu lei molto originale.
In analoga maniera potrei dire oggi ai pubblici numerosi di Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Rosario e Mendoza, che sono accorsi ad ascoltarmi: «Grazie vi siano rese per la vostra originalità».
E a che cosa è dovuta questa insolita benevolenza?
Permettetemi che con qualche impudore lo spieghi, perché ridonderà in onore vostro.
Varie volte ho detto che io non ho preteso venire a insegnare nulla ai vostri studiosi, non perché questi sappiano tutto, il che non è vero, ma perché io appena se so qualcosa, e anche per insegnare quel qualcosa mi manca un’autorità che non ho mai cercato di conquistare.
Conosco molto bene non essere sapiente, e dubito molto che debba essere chiamato professore.
Quando guardo all’indietro e vedo i miei anni giovani, trovo che fu la mia anima, a difetto di migliori qualità, un incendio perdurabile di entusiasmo che non sapeva avvicinarsi a cosa alcuna senza tentare di cendrarla e abbrillantarla col suo fuoco interiore.
Mi ha posseduto sempre una come fede profonda, in cui tutte le cose sono suscettibili di illimitato miglioramento e che ci basta fissare gli occhi nel più umile oggetto perché appaiano sui suoi fianchi prodigiose riverberazioni.
Nulla c’è di misero né di sordido, se sappiamo contemplarlo, e, come dice il vecchissimo purana indiano, dovunque l’uomo mette in terra la pianta pesta sempre cento sentieri.
Dopo tutto è questa fede in cui l’universo è suscettibile di infinita migliorazione il senso radicale che Platone dà alla Filosofia quando ne fa nervo l’Eros, l’aspirazione d’amore.
Riferivo io non molto fa agli studenti che nei pomeriggi d’estate soleva Socrate, vecchio patrono di tutti i filosofi, portarsi qualche giovane discepolo per le margini amene e verdeggianti del Cefiso.
Lì, nella solitudine della siesta, gli faceva scivolare nell’orecchio un segreto:
—«Io, diceva, affermai in Atene che solo so che nulla so; ma questo non è certo: c’è qualcosa di cui so molto, qualcosa in cui io sono specialista, tà eroticá, le cose dell’amore». E aggiunge Platone che mentre questo Socrate diceva, sopra le loro teste, posate nei platani, le attiche cicale canicolari raschiavano nel loro aspro rabel.
L’amore è un appetito di bellezza, —esclama platonico Lorenzo de’ Medici— è l’affanno del meglio e lo sforzo di miglioramento, l’atteggiamento affermativo davanti al «cosmo».
L’amore vero è l’amore alla perfezione dell’amato.
Il mondo, signori, guardato senza amore, senza entusiasmo, senza fervore, sembra vendicarsi di noi diventando muto, eriale e inospite.
Chi voglia splendore e luce sulla sua vita vinca l’esanime tristezza, svegli il suo intimo fuoco e tutto intorno sarà ai suoi occhi una selva infiammata.
La felicidad ni se recibe ni se plagia; es en cada individuo labor original y creadora. Éstas son las enseñanzas, las calladas enseñanzas que enviaban a mi mocedad, desde los lóbregos claustros españoles, los hombres cárdenos que pinta el Greco, cuando parecían querer mostrarme sus almas incandescentes con un ligero temblor de sus barbas agudas.
Pues bien, señores, yo no he sido entre vosotros sino un entusiasta que pasa. No tengo otra virtud que ésta de arder ante las cosas y producir en torno mío algunas contaminaciones.
Y me he encontrado con un pueblo lleno de afanes, libre de envidias, que sintiendo rebosar dentro su optimismo, está presto a verterlo, liberal, sobre el transeúnte, a poco pretexto que le dé. Yo no creo que exista en parte alguna un público de sensibilidad más pronta y limpia de prejuicios, de mayor perspicacia, que el que encontrará en la Argentina todo el que venga con un poco de pureza y otro poco de arte en su corazón. No es esta alabanza mía convencional y reflexiva, porque al punto añado que es un problema para mí explicarme el desequilibrio que existe entre esa sensibilidad difusa y anónima pero exquisita y la producción ideológica y artística de este pueblo, que es más reducida y menos densa de lo que tiene ya obligación de ser.
No creo yo conocer, señores, vuestra alma colectiva, ni temáis que cometa el desliz de hacer con mis pocos datos en breves minutos un ensayo de psicología argentina.
Voy sencillamente a expresar dos o tres simples observaciones, las cuales ni siquiera necesitan ser exactas para que en algún modo puedan seros útiles. Son impresiones de viajero rápido, que ha hecho resbalar su pupila sobre vuestra tierra. Ni creo que viajero alguno haya tenido la grotesca pretensión de descubrir el país a los nativos. No es, señores, su misión ser profundo ni exacto, sino exclusivamente ser sincero, dibujar con delicadeza la imagen que la nación visitada suscita en su retina.
El encanto de los libros de viaje está precisamente en que son siempre libros ingenuos. El viajero busca en sus andanzas renovación espiritual. Viajar por un pueblo extraño es valerse de un artificio que nos permite un renacimiento de nuestra persona; cuando viajamos volvemos a ser niños. Allá donde nacimos y donde vivimos las cosas y las personas han gastado para nosotros su fisonomía, como monedas muy corridas, y sus rostros no hieren ya suficientemente nuestros nervios.
Lo habitual es imperceptible e insignificante: en árabe lo castizo, lo consuetudinario se dice «baladí».
Pues bien: nuestra realidad individual y colectiva no se compone meramente de lo que somos; una parte de nuestra realidad es lo que parecemos a los demás. Porque éstos nos responden en la lucha vital según la imagen que de nosotros tienen y no según nuestra propia verdadera esencia. Y hay seres desgraciados que tienen la desventura de reflejarse en los demás al revés de lo que son, como en espejos invertidos, y es su propia vida un quid pro quo lamentable, en que a toda palabra de ternura les es respondido con una estocada.
Los naturales entretejidos en la urdimbre de su pueblo no pueden verlo sino en su resultado total, en su masa conjunta. Por eso es interesante ver cómo nuestra realidad étnica se descompone en sus elementos, al atravesar la retina del viajero, de la misma manera que la blanca luz del Sol nos revela los secretos de su composición cuando penetra un prisma de cristal.
El hecho argentino que más ha incitado mi meditación es a la vez el más amplio y básico de vuestra vida. Comprenderéis que no voy a hablaros de vuestra riqueza ni a cantar una vez más en lírica efervescencia vuestro heroísmo cereal y ganadero. Lo admiro y lo respeto, porque sólo en cuerpos saludables viven las almas claras.
Pero yo no puedo tener para esas cosas percepción. ¡Cómo voy a tenerla si yo no gozo en el planeta de un puñado de tierra que pueda decir mío y si no he tenido nunca en la palma de la mano los veinte granos rubios cosecha de una espiga!
El hecho a que me refiero veréis cuál es. El pueblo criollo rompe el hermetismo tradicional de las razas y ha sabido hacer de su nación un volumen perfectamente poroso, donde pueden entrar hombres de todas razas, de toda lengua, de toda religión y de toda costumbre.
Vienen aquí y hallan un área libérrima e ilimitada donde pueden trabajar, levantar hogares, henchir su peculio. Tener esta fuerza de atracción es ya muy difícil. Pero no es ésa vuestra virtud característica. Porque ello trae el peligro de que esa facilidad en la recepción del extraño, esa porosidad de la sociedad, produzca en ésta falta de cohesión, y la vida de un pueblo como éste sería desordenada, inquieta, turbulenta, brutal e insolidaria, menguas todas éstas que impiden las grandes obras del esfuerzo aunado y común.
Pero yo quiero advertir en el pueblo criollo, junto a este poder atractivo, uno de los adelantos más raros de la historia, que sólo han ejercido los pueblos próceres.
El talento de absorber hombres de toda oriundez, raza, religión, en la unidad de un Estado. Porque frente a la idea de nación, que supone centenaria comunidad biológica, significa la idea de Estado un poder imperativo de hacer mantenerse en laboriosa convivencia grupos humanos de sangres diversas y aun antagónicas. Tiene el pueblo criollo el talento de Estado; una potencia específica, que acaso no es de orden intelectual. El mismo talento tuvo en España, en la era de la reconquista, nuestra minoría castellana, cuando frente a los instintos dispersos de las nacionalidades periféricas —Galicia y Asturias, Vasconia, Aragón y Cataluña— supo imponer un ideal de integración, la unidad superior de «una» España, en la cual como en un corazón plural, conviviesen resonando todas las almas peninsulares.
Un talento parecido creo yo descubrir en el pueblo criollo.
No se me diga que es este pueblo criollo una minoría reducidísima, una raza evanescente que se va disolviendo en el torrente inmigratorio, y que, sin alguna exageración, cupiera decirse de él como de Grecia, que no hay hoy pura sangre helénica bastante para llenar una copa de licor. Habría de ser así, y hallaría en ello la prueba más superlativa de mi opinión. Próceres gotas, de cierto, las de esa sangre, que siendo tan pocas tienen la capacidad de absorber, de teñir con su peculiar matiz de civilidad ríos caudalosos donde llegan rodando las linfas sanguíneas más heterogéneas.
Cuáles sean los síntomas en que yo encuentro manifiesto ese vuestro talento socializador de Estado no podría decirlo ahora falto de tiempo y fuera de ocasión.
Veis vosotros, probablemente, en primer lugar y bajo una perspectiva desmesurada, los abusos administrativos que acaso se cometen en vuestro país como poco más o menos se cometen en todos los países. Pero los abusos no me interesan ni me orientan. No los abusos, sino los usos califican a un pueblo.
Tenéis, pues, un prócer destino; él os impone ingentes obligaciones. ¿Acertaréis a precaver todas las exigencias que van delante de ese magnífico futuro?
Quien viniendo, como yo, de fuera, aspire a aclararse los problemas de la vida argentina, así en lo colectivo como en lo individual, creo que deberá partir, como de un hecho central, de la desproporción enorme que existe entre la preocupación económica de vuestra sociedad y el resto de sus actividades.
Estas jóvenes naciones, nacidas como colonias de pueblos viejos, tardan más de lo que a primera vista parece en superar la trayectoria que les fue impuesta en su origen. La metrópoli creaba la colonia con una exclusiva intención de negocio, de lucro; y al declararse independiente la filial colectividad, suele conservar más de lo que debiera el punto de vista metropolitano. De aquí un como exclusivismo de la función económica fomentado por los raudales periódicos del aluvión inmigratorio nutridos con sedientos de riqueza. Los otros pueblos viejos se hicieron en lenta y multiforme evolución a lo largo de la historia, y ayer combatieron por religiones y hoy por políticos ideales, y otro día por odios étnicos, por afinidades estéticas inclusive, y sólo alguna vez por el oro. Y cada una de esas luchas y graves convulsiones labró en su alma una faceta más donde vinieron a reflejarse rayos distintos de la luz de la vida. Por esto es más compleja e irisada la vida europea que la existencia americana.
Mas un pueblo que ve claro delante y quiere con decisión su porvenir, como el argentino, sabe muy bien lo que ha de hacer para corregir este defecto original. Y eso que ha de hacer no podrá consistir en otra cosa que en dedicar tanta mayor energía al cultivo superior de las actividades sobreeconómicas, cuanta mayor es su desproporción frente a las utilitarias.
Esta obra de fomento reflexivo en torno a la cultura superior es la misión de la Universidad.
Happiness is neither received nor plagiarized; it is in each individual an original and creative labor. These are the teachings, the silent teachings that sent to my youth, from the gloomy Spanish cloisters, the livid men the Greco paints, when they seemed to want to show me their incandescent souls with a slight tremor of their sharp beards.
Well then, gentlemen, I have been among you nothing but a passing enthusiast. I have no other virtue than this one of burning before things and producing around me some contaminations.
And I have found myself with a people full of strivings, free of envies, which, feeling its optimism overflowing within, is ready to pour it, liberal, upon the passerby, at little pretext that he gives it. I do not believe that there exists anywhere a public of more ready sensibility and cleaner of prejudices, of greater perspicacity, than the one that everyone who comes with a little purity and another little of art in his heart will find in Argentina. This praise of mine is not conventional and reflective, because at once I add that it is a problem for me to explain to myself the imbalance that exists between that diffuse and anonymous but exquisite sensibility and the ideological and artistic production of this people, which is more reduced and less dense than it already has obligation to be.
I do not believe I know, gentlemen, your collective soul, nor fear that I commit the blunder of making with my few data in brief minutes an essay of Argentine psychology.
I am simply going to express two or three simple observations, which do not even need to be exact in order that in some mode they may be useful to you. They are impressions of a rapid traveler, who has made his pupil glide over your land. Nor do I believe that any traveler has had the grotesque pretension of discovering the country to the natives. It is not, gentlemen, his mission to be profound nor exact, but exclusively to be sincere, to draw with delicacy the image that the visited nation evokes in his retina.
The charm of travel books lies precisely in their being always naive books. The traveler seeks in his wanderings spiritual renewal. Traveling through a strange people is availing oneself of an artifice that permits us a rebirth of our person; when we travel we become children again. There where we were born and where we live, things and persons have worn out their physiognomy for us, like much-circulated coins, and their faces no longer wound our nerves sufficiently.
The habitual is imperceptible and insignificant: in Arabic the indigenous, the customary is said ‘baladí’.
Well then: our individual and collective reality does not compose itself merely of what we are; a part of our reality is what we seem to others. Because these respond to us in the vital struggle according to the image they have of us and not according to our own true essence. And there are unfortunate beings who have the misfortune of reflecting in others reversed from what they are, as in inverted mirrors, and their own life is a lamentable quid pro quo, in which to every word of tenderness they are answered with a thrust.
The natives, interwoven in the warp of their people, cannot see it except in its total result, in its conjoint mass. For that reason it is interesting to see how our ethnic reality decomposes into its elements, upon crossing the traveler’s retina, in the same way that the white light of the Sun reveals to us the secrets of its composition when it penetrates a glass prism.
The Argentine fact that has most incited my meditation is at once the most ample and basic of your life. You will understand that I am not going to speak to you of your wealth nor to sing once more in lyrical effervescence your cereal and cattle heroism. I admire it and respect it, because only in healthy bodies do clear souls live.
But I cannot have perception for those things. How am I going to have it if I do not enjoy on the planet a handful of earth that I can call mine and if I have never had in the palm of my hand the twenty blond grains, harvest of an ear of wheat!
The fact to which I refer you will see what it is. The Creole people breaks the traditional hermeticism of the races and has known how to make of its nation a perfectly porous volume, where men of all races, of every tongue, of every religion and of every custom can enter.
They come here and find a most free and unlimited area where they can work, raise homes, fill their savings. To have this force of attraction is already very difficult. But that is not your characteristic virtue. Because it brings the danger that this facility in the reception of the stranger, this porosity of society, produce in it lack of cohesion, and the life of a people like this would be disorderly, restless, turbulent, brutal and unsolidary, all lacks that impede the great works of united and common effort.
But I want to note in the Creole people, alongside this attractive power, one of the rarest advances of history, which only the procer peoples have exercised.
The talent of absorbing men of every origin, race, religion, into the unity of a State. Because, against the idea of nation, which supposes a centenary biological community, the idea of State means an imperative power of making human groups of diverse and even antagonistic bloods keep themselves in laborious convivence. The Creole people has the talent of State; a specific potency, which perhaps is not of the intellectual order. The same talent had in Spain, in the era of the reconquest, our Castilian minority, when, against the dispersed instincts of the peripheral nationalities —Galicia and Asturias, Vasconia, Aragon and Catalonia— it knew how to impose an ideal of integration, the superior unity of ‘one’ Spain, in which, as in a plural heart, all the peninsular souls would live together resounding.
A similar talent I believe I discover in the Creole people.
Let it not be said to me that this Creole people is a most reduced minority, an evanescent race that goes dissolving in the immigrant torrent, and that, without some exaggeration, it could be said of it as of Greece, that there is today not enough pure Hellenic blood to fill a cup of liquor. It would have to be so, and I would find in it the most superlative proof of my opinion. Procer drops, of a certainty, those of that blood, which, being so few, have the capacity to absorb, to dye with their peculiar hue of civility copious rivers where the most heterogeneous sanguine lymphs come rolling.
What the symptoms are in which I find manifest that socializing talent of State of yours I could not say now, lacking time and out of occasion.
You see, probably, in the first place and under a disproportionate perspective, the administrative abuses that perhaps are committed in your country as more or less they are committed in all countries. But the abuses do not interest me nor orient me. Not the abuses, but the usages qualify a people.
You have, then, a procer destiny; it imposes on you huge obligations. Will you succeed in warding off all the exigencies that go before that magnificent future?
Whoever, coming, as I do, from outside, aspires to clarify to himself the problems of Argentine life, alike in the collective as in the individual, I believe will have to depart, as from a central fact, from the enormous disproportion that exists between the economic preoccupation of your society and the rest of its activities.
These young nations, born as colonies of old peoples, take longer than appears at first sight to overcome the trajectory that was imposed on them in their origin. The metropolis created the colony with an exclusive intention of business, of profit; and upon declaring itself independent the filial collectivity usually conserves more than it should the metropolitan point of view. Hence a kind of exclusivism of the economic function fostered by the periodic torrents of the immigrant flood, nourished with the thirsty for wealth. The other old peoples were made in slow and multiform evolution along history, and yesterday they fought for religions and today for political ideals, and another day for ethnic hatreds, for aesthetic affinities inclusively, and only sometimes for gold. And each of those struggles and grave convulsions carved in their soul one more facet where distinct rays of the light of life came to be reflected. For this reason European life is more complex and iridescent than American existence.
But a people that sees clearly ahead and wants with decision its future, like the Argentine, knows very well what it has to do to correct this original defect. And that which it has to do cannot consist in anything else than in dedicating so much the more energy to the superior cultivation of the over-economic activities, as much greater is their disproportion in front of the utilitarian ones.
This work of reflective fostering around superior culture is the mission of the University.
La felicità né si riceve né si plagia; è in ogni individuo lavoro originale e creatore. Questi sono gli insegnamenti, i taciti insegnamenti che inviavano alla mia giovinezza, dai lòbregi chiostri spagnoli, gli uomini càrdeni che dipinge il Greco, quando sembravano volermi mostrare le loro anime incandescenti con un leggero tremore delle loro barbe aguzze.
Ebbene, signori, io non sono stato tra voi che un entusiasta che passa. Non ho altra virtù che questa di ardere davanti alle cose e produrre intorno a me alcune contaminazioni.
E mi sono trovato con un popolo pieno di affanni, libero da invidie, che sentendo traboccare dentro il suo ottimismo, è presto a versarlo, liberale, sul transeunte, a poco pretesto che gli dia. Io non credo che esista in alcuna parte un pubblico di sensibilità più pronta e pulita da pregiudizi, di maggiore perspicacia, di quello che troverà in Argentina chiunque venga con un po’ di purezza e un altro po’ d’arte nel suo cuore. Non è questa lode mia convenzionale e riflessiva, perché al punto aggiungo che è un problema per me spiegarmi lo squilibrio che esiste tra quella sensibilità diffusa e anonima ma squisita e la produzione ideologica e artistica di questo popolo, che è più ridotta e meno densa di quanto ha già obbligazione di essere.
Non credo io conoscere, signori, la vostra anima collettiva, né temiate che commetta lo sbaglio di fare coi miei pochi dati in brevi minuti un saggio di psicologia argentina.
Vado semplicemente a esprimere due o tre semplici osservazioni, le quali nemmeno hanno bisogno di essere esatte perché in qualche modo possano esservi utili. Sono impressioni di viaggiatore rapido, che ha fatto scivolare la sua pupilla sulla vostra terra. Né credo che viaggiatore alcuno abbia avuto la grottesca pretesa di scoprire il paese ai nativi. Non è, signori, la sua missione essere profondo né esatto, ma esclusivamente essere sincero, disegnare con delicatezza l’immagine che la nazione visitata suscita nella sua retina.
L’incanto dei libri di viaggio sta precisamente in che sono sempre libri ingenui. Il viaggiatore cerca nelle sue andanze rinnovamento spirituale. Viaggiare per un popolo estraneo è valersi di un artificio che ci permette una rinascita della nostra persona; quando viaggiamo torniamo a essere bambini. Là dove nascemmo e dove viviamo, le cose e le persone hanno logorato per noi la loro fisionomia, come monete molto corse, e i loro volti non feriscono già sufficientemente i nostri nervi.
L’abituale è impercettibile e insignificante: in arabo lo schietto, il consuetudinario si dice «baladí».
Ebbene: la nostra realtà individuale e collettiva non si compone meramente di ciò che siamo; una parte della nostra realtà è ciò che sembriamo agli altri. Perché questi ci rispondono nella lotta vitale secondo l’immagine che hanno di noi e non secondo la nostra propria vera essenza. E ci sono esseri sventurati che hanno la disgrazia di riflettersi negli altri al rovescio di ciò che sono, come in specchi invertiti, ed è la loro propria vita un quid pro quo lamentevole, in cui a ogni parola di tenerezza viene loro risposto con una stoccata.
I naturali, intrecciati nell’ordito del loro popolo, non possono vederlo che nel suo risultato totale, nella sua massa congiunta. Perciò è interessante vedere come la nostra realtà etnica si decompone nei suoi elementi, attraversando la retina del viaggiatore, nella stessa maniera che la bianca luce del Sole ci rivela i segreti della sua composizione quando penetra un prisma di cristallo.
Il fatto argentino che più ha incitato la mia meditazione è a un tempo il più ampio e basilare della vostra vita. Comprenderete che non vado a parlarvi della vostra ricchezza né a cantare una volta di più in lirica effervescenza il vostro eroismo cerealicolo e pastorale. Lo ammiro e lo rispetto, perché soltanto in corpi sani vivono le anime chiare.
Ma io non posso avere per queste cose percezione. Come posso averla se io non godo sul pianeta di un pugno di terra che possa dire mio e se non ho mai avuto nella palma della mano i venti grani biondi raccolto di una spiga!
Il fatto a cui mi riferisco vedrete quale sia. Il popolo criollo rompe l’ermetismo tradizionale delle razze e ha saputo fare della sua nazione un volume perfettamente poroso, dove possono entrare uomini di tutte le razze, di ogni lingua, di ogni religione e di ogni costume.
Vengono qui e trovano un’area liberissima e illimitata dove possono lavorare, sollevare focolari, colmare il loro peculio. Avere questa forza di attrazione è già molto difficile. Ma non è questa la vostra virtù caratteristica. Perché ciò porta il pericolo che questa facilità nella recezione dello straniero, questa porosità della società, produca in essa mancanza di coesione, e la vita di un popolo come questo sarebbe disordinata, inquieta, turbolenta, brutale e insolidale, mancanze tutte queste che impediscono le grandi opere dello sforzo aunato e comune.
Ma io voglio avvertire nel popolo criollo, accanto a questo potere attrattivo, uno dei progressi più rari della storia, che hanno esercitato soltanto i popoli proceri.
Il talento di assorbire uomini di ogni oriundez, razza, religione, nell’unità di uno Stato. Perché di fronte all’idea di nazione, che suppone centenaria comunità biologica, significa l’idea di Stato un potere imperativo di far mantenersi in laboriosa convivenza gruppi umani di sangui diversi e anche antagonisti. Ha il popolo criollo il talento di Stato; una potenza specifica, che forse non è d’ordine intellettuale. Lo stesso talento ebbe in Spagna, nell’era della riconquista, la nostra minoranza castigliana, quando di fronte agli istinti dispersi delle nazionalità periferiche —Galizia e Asturie, Vasconia, Aragona e Catalogna— seppe imporre un ideale di integrazione, l’unità superiore di «una» Spagna, nella quale, come in un cuore plurale, convivessero risuonando tutte le anime peninsulari.
Un talento simile credo io di scoprire nel popolo criollo.
Non mi si dica che è questo popolo criollo una minoranza ridottissima, una razza evanescente che va dissolvendosi nel torrente immigratorio, e che, senza qualche esagerazione, potesse dirsi di esso come della Grecia, che non c’è oggi puro sangue ellenico bastante per riempire una coppa di liquore. Dovrebbe essere così, e troverei in ciò la prova più superlativa della mia opinione. Proceri gocce, di certo, quelle di quel sangue, che essendo così poche hanno la capacità di assorbire, di tingere col loro peculiare mattone di civiltà fiumi copiosi dove arrivano rotolando le linfe sanguigne più eterogenee.
Quali siano i sintomi in cui io trovo manifesto quel vostro talento socializzatore di Stato non potrei dirlo ora, mancando di tempo e fuori di occasione.
Vedete voi, probabilmente, in primo luogo e sotto una prospettiva smisurata, gli abusi amministrativi che forse si commettono nel vostro paese come poco più o meno si commettono in tutti i paesi. Ma gli abusi non mi interessano né mi orientano. Non gli abusi, ma gli usi qualificano un popolo.
Avete, dunque, un procero destino; esso vi impone ingenti obbligazioni. Riuscirete a prevenire tutte le esigenze che vanno davanti a questo magnifico futuro?
Chi, venendo, come io, da fuori, aspiri a chiarirsi i problemi della vita argentina, tanto nel collettivo quanto nell’individuale, credo che dovrà partire, come da un fatto centrale, dalla sproporzione enorme che esiste tra la preoccupazione economica della vostra società e il resto delle sue attività.
Queste giovani nazioni, nate come colonie di popoli vecchi, tardano più di quanto a prima vista sembra a superare la traiettoria che fu loro imposta nella loro origine. La metropoli creava la colonia con un’esclusiva intenzione di negozio, di lucro; e dichiarandosi indipendente la collettività filiale, suole conservare più di quanto dovrebbe il punto di vista metropolitano. Di qui un come esclusivismo della funzione economica fomentato dai raudali periodici dell’alluvione immigratoria nutriti con assetati di ricchezza. Gli altri popoli vecchi si fecero in lenta e multiforme evoluzione lungo la storia, e ieri combatterono per religioni e oggi per ideali politici, e un altro giorno per odii etnici, per affinità estetiche inclusivamente, e soltanto qualche volta per l’oro. E ciascuna di quelle lotte e gravi convulsioni labbrò nella loro anima una faccetta in più dove vennero a riflettersi raggi distinti della luce della vita. Per questo è più complessa e iridata la vita europea dell’esistenza americana.
Ma un popolo che vede chiaro davanti e vuole con decisione il suo avvenire, come l’argentino, sa molto bene ciò che ha da fare per correggere questo difetto originale. E ciò che ha da fare non potrà consistere in altra cosa che nel dedicare tanto maggiore energia alla coltivazione superiore delle attività sovraeconomiche, quanto maggiore è la loro sproporzione di fronte alle utilitarie.
Questa opera di fomento riflessivo intorno alla cultura superiore è la missione dell’Università.
La Universidad, señores, símbolo de toda esencial pedagogía y de toda acción intelectual, es hoy el instrumento incomparable para la labranza de pueblos. Doloroso es que todavía, lo mismo en Europa que aquí, este admirable vocablo, Universidad, suscite al ser oído imágenes sórdidas e inelegantes, de aulas tristes y prosaicas, de dómines solemnes y cejijuntos, de palabras frígidas y pedantes. Y sin embargo, aún llega a los oídos del estudioso resonando la voz de Platón, creador en su florida academia de la institución universitaria; la voz de Platón que dice: «Hagamos de la enseñanza la ciudadela del Estado».
Notad que en el siglo postrero y en lo que va del presente las naciones han pesado tanto en la historia cuanto pesaban sus universidades.
¿Existe en la conciencia pública argentina la resuelta visión de esto? No quiero, no debo negar que la sola pena que de este viaje llevo, nace de no haber hallado en esa pública conciencia argentina el urgente afán de poseer, en todo su plenario sentido, universidad. Hace más de dos siglos que en España se perdieron las grandes tradiciones universitarias. Tampoco nosotros gozamos hoy de este supremo incitador de cultura, por lo menos no hemos logrado su plenitud. Pero, aunque no poseamos Universidad suficiente, creo que llevamos la ventaja de sentir con toda prisa y afán su necesidad y emprender sin descanso ensayos de mejora. Día a día surgen nuevos proyectos de transformación, corrígense los miembros inválidos del edificio, pruébanse artificios para garantizar la competencia del profesorado, y anualmente es disparada una porción de nuestros jóvenes a los países extranjeros, los cuales al retorno vierten en el ambiente espiritual de España efluvios internacionales. Hay tanta voluntad en vuestros nobles deseos y sois tan vertiginosos en el avance, que estoy seguro de hallar realizado a la vuelta de algunos años lo que hoy echo de menos. Ensayad, proyectad. Como antes decía que no los abusos sino los usos califican a un pueblo, digo ahora que más peligroso para una sociedad que los muchos fracasos es que haya pocos ensayos.
En una forma o en otra, tendría la Universidad argentina que corregir cierta tendencia practicista, que si ha dominado como un tópico el mundo durante algunos decenios, va hoy en derrota dondequiera. Es un grave error creer que lo práctico nace de la práctica sola. Para hacer a un hombre práctico es preciso antes convencerle de ser éste el mejor modo de vida, y esto ya no es práctica: es religión.
Notemos que nada se parece menos al resultado, que los medios para obtenerlo: nada más distinto del puro azul sentimental del cielo, como las vibraciones del éter que lo causan. El hombre hace la técnica; pero al hombre le hace el entusiasmo. Si el brazo mueve a su extremo el utensilio, no se olvide que, puesto a su otro extremo, mueve al brazo un corazón. Triunfa con Cobden el librecambio, porque éste gritaba en las plazuelas que era la doctrina económica ungida con los principios evangélicos. Es lo útil la técnica, pero estad ciertos de que para llegar a una buena técnica, lo más útil es la moral.
Pensar otra cosa, atender sólo al inmediato resultado, es entregarse inerme al capricho de la hora subsecuente, que llega con su necesidad insospechada, exigiendo a veces la virtud que menos teníamos presta.
¿Quién podrá predecir en la vigilia el rostro del día que llega? Si vuestra vida se ha hallado hasta ahora exenta de las complicaciones y dificultades que cercaban a las naciones europeas, pudiera ocurrir que mañana no acaeciera así.
Estamos en una crítica alborada de toda la Historia. Y entre los fenómenos más claros que pudieran sospecharse después de la guerra, se halla el probable desplazamiento del centro de gravedad en las grandes luchas comerciales desde el Atlántico al Pacífico. Dos pueblos se preparan a combatir por la hegemonía económica de ese mar traspuesto que fue hasta ahora humanamente una anchísima agua muerta. Vuestras provincias occidentales que, detenidas por la inmensa pared andina, no se habían interesado en aquella dirección, cuando el hervor comercial de ese mar las atraiga y la finanza norteamericana o japonesa allane para el lucro las montañas, podrían comenzar a volver sus espaldas hacia las provincias orientales, con las que llegarían a tener sólo intereses hostiles. He aquí que es esta sospecha un buen pretexto para asegurar entre vosotros más profundas solidaridades.
Otro problema existe de que no he oído hablar suficientemente entre vosotros.
Veo yo que el hecho más profundo de la historia europea en los últimos treinta años ha sido que por vez primera atendió Europa durante ellos a la tierra de África. Este continente, con ser el más próximo a nuestra Europa, había quedado como en olvido. Fueron antes las fuerzas europeas al Asia o América, a Oceanía: nadie se acordaba del ardoroso y colosal terruño.
En los últimos treinta años mostraron las grandes potencias decidido empeño en corregir ese olvido y no se ha luchado principalmente sino por industrializar, capitalizar, europeizar al África. Después de la guerra, ¿no sería posible que este movimiento creciera y las metrópolis europeas diesen grandes impulsos a la corriente emigratoria hacia el África y con ella al rodante dinero que tanto prefiere las cuestas abajo, las fáciles rutas?
No tiene este continente la bondad de vuestro clima ni tal vez la riqueza de vuestro suelo; pero tiene para las naciones europeas la ventaja de que los hombres que allí mandan quedarán cobijados bajo su bandera, y no será perdido un adarme de su esfuerzo para la metrópoli.
No digo yo —conste— que vaya a ocurrir todo esto; digo sólo que puede ocurrir. Y naturalmente, ante la historia del futuro hay que tener la modestia de no escribirla antes de que acontezca, pero a la vez la obligación de anticipar todas sus posibilidades y salirles al frente armados de todas las armas.
La política, que suele ser dondequiera tan distraída, debería tener como símbolo a la virgen prudente con la lámpara encendida toda la vigilia y el oído alerta a los rumores del amanecer.
Son éstas preocupaciones que yo he tenido durante estos meses, porque no sé vivir inmerso en el alma de una raza, sin percibir en algún modo y participar de sus afanes y de sus amarguras.
Cuenta la leyenda india que joven aún el Buda había asistido a una fiesta; hallábanse allí doscientas bayaderas, las cuales desearon bailar con el Buda, tan príncipe y hermoso. Buda, no queriendo adolecer a unas si prefería otras, por un acto de amor trascendente tuvo el poder de convertirse en doscientos Budas, cada uno de los cuales fue a danzar con cada una de las bayaderas, que creyeron tener en sus brazos señeros al único Buda. El entusiasmo es ese poder que nos multiplica y que nos lleva a intimar con las cosas, a ser enteros para cada una de ellas y a vivir durante un rato su vida peculiar.
Pues bien; os digo que en este invierno ha tenido mi alma alguna vez su hora de danza irreal con el alma argentina.
Me he preocupado íntimamente de vuestros azares y he sido un argentino imaginario.
Nada más conmovedor para un hombre que tiene fe en el hombre como considerar la potencialidad enorme de cultura que yace en esta tierra inmensa y en esta raza ascendente. Goethe decía que sólo todos los hombres viven enteramente lo humano; y añado que cada pueblo es el ensayo de una nueva manera de vivir y que trae sobre sus hombros, como un escultor en su mente, la misión de crear una nueva figura y gesto de hombre. ¿Cuál será la figura espiritual argentina que hoy está aún medio enterrada en vuestra tierra, como los torsos cándidos de las Afroditas en el suelo de Italia, luego que pasaron hollando el haz latino los bárbaros rubios y borrachos?
No sé cuál será esa figura, pero me alejo de esta costa austral seguro de que será. Y tal seguridad creed que no la he sentido después de alguna conversación con algunos argentinos satisfechos. No espero nada del hombre satisfecho, que no siente la falta de algo más allá de él.
Más bien he nutrido mi esperanza cuando al hablar con alguna mujer argentina he visto desprenderse de su alma, como vaho, un sublime, divino descontento. La historia humana es obra del descontento, que es una especie de amor sin amado y un como dolor que sentimos en miembros que no tenemos. Esta emoción idealista, haciéndonos percibir que somos imperfectos, nos hace rodar en busca de lo que nos falta, y así vamos por la tierra y avanzamos por el tiempo y es nuestro corazón una proa siempre en ruta al más allá. Decía madame Staël: «Todo lo que de grande y bello ha hecho el hombre lo ha hecho movido por el sentimiento doloroso de lo incompleto de su destino».
Menos absorbida que el varón por la obra económica, la mujer argentina va concretando su descontento.
The University, gentlemen, symbol of all essential pedagogy and of all intellectual action, is today the incomparable instrument for the tilling of peoples. It is painful that still, in Europe as here, this admirable word, University, should, when heard, call up sordid and inelegant images, of sad and prosaic classrooms, of solemn and beetle-browed pedants, of frigid and pedantic words. And yet the voice of Plato still reaches the student’s ears resounding, creator in his flowering academy of the university institution; the voice of Plato that says: «Let us make of teaching the citadel of the State».
Note that in the last century and in what has elapsed of the present one the nations have weighed in history as much as their universities weighed.
Does the resolute vision of this exist in the Argentine public conscience? I do not wish, I must not deny that the sole grief I carry from this journey is born of not having found in that Argentine public conscience the urgent eagerness to possess, in all its plenary sense, a university. For more than two centuries the great university traditions have been lost in Spain. We too do not enjoy today this supreme inciter of culture, at least we have not achieved its plenitude. But, although we do not possess a sufficient University, I believe we have the advantage of feeling with all haste and eagerness its necessity and of undertaking without rest essays of improvement. Day by day new projects of transformation arise, the invalid members of the building are corrected, artifices are tried to guarantee the competence of the professoriate, and annually a portion of our young men is dispatched to foreign countries, who on their return pour into the spiritual atmosphere of Spain international effluvia. There is so much will in your noble desires and you are so vertiginous in advance, that I am sure to find realized on my return in a few years what I miss today. Attempt, project. As I said before that not abuses but uses qualify a people, I say now that more dangerous for a society than many failures is that there be few attempts.
In one form or another, the Argentine University would have to correct a certain practicist tendency, which if it has dominated the world as a topic for some decades, goes today in defeat everywhere. It is a grave error to believe that the practical is born of practice alone. To make a man practical it is necessary first to convince him that this is the best way of life, and this is no longer practice: it is religion.
Let us note that nothing resembles the result less than the means to obtain it: nothing more different from the pure sentimental blue of the sky than the vibrations of the ether that cause it. Man makes technique; but man is made by enthusiasm. If the arm moves at its end the utensil, let it not be forgotten that, placed at its other end, a heart moves the arm. Free trade triumphs with Cobden, because he cried in the little squares that it was the economic doctrine anointed with evangelical principles. Technique is the useful, but be certain that to reach a good technique, the most useful thing is morality.
To think otherwise, to attend only to the immediate result, is to give oneself unarmed to the caprice of the subsequent hour, which arrives with its unsuspected necessity, demanding at times the virtue we had least ready.
Who can predict, while awake, the face of the day that comes? If your life has so far found itself exempt from the complications and difficulties that surrounded the European nations, it could happen that tomorrow it were not so.
We are at a critical dawn of all History. And among the clearest phenomena that could be suspected after the war is found the probable displacement of the centre of gravity in the great commercial struggles from the Atlantic to the Pacific. Two peoples prepare to fight for the economic hegemony of that far-off sea which has been until now humanly a vastest dead water. Your western provinces which, detained by the immense Andean wall, had not interested themselves in that direction, when the commercial ferment of that sea attracts them and North American or Japanese finance levels the mountains for profit, could begin to turn their backs towards the eastern provinces, with which they would come to have only hostile interests. Behold how this suspicion is a good pretext to assure among you deeper solidarities.
There exists another problem of which I have not heard sufficient talk among you.
I see that the deepest fact of European history in the last thirty years has been that for the first time Europe during them attended to the land of Africa. This continent, despite being the closest to our Europe, had remained as though forgotten. Earlier the European forces went to Asia or America, to Oceania: no one remembered that ardent and colossal patch of earth.
In the last thirty years the great powers showed decided determination to correct that oblivion and men have fought chiefly only to industrialize, capitalize, Europeanize Africa. After the war, would it not be possible that this movement should grow and the European metropolises give great impulses to the emigratory current towards Africa and with it the rolling money that so much prefers the slopes downwards, the easy routes?
This continent does not have the goodness of your climate nor perhaps the richness of your soil; but it has for the European nations the advantage that the men who command there will remain sheltered under their flag, and not an ounce of their effort will be lost for the metropolis.
I do not say —let it be noted— that all this is going to happen; I say only that it can happen. And naturally, before the history of the future one must have the modesty not to write it before it happens, but at the same time the obligation to anticipate all its possibilities and to go out to meet them armed with all arms.
Politics, which usually is everywhere so distracted, should have as its symbol the prudent virgin with the lamp lit all the vigil and the ear alert to the rumours of dawn.
These are preoccupations that I have had during these months, because I do not know how to live immersed in the soul of a race, without perceiving in some manner and participating in its eagernesses and its bitternesses.
The Indian legend recounts that the Buddha, still young, had attended a festival; there were present two hundred bayadères, who desired to dance with the Buddha, so princely and handsome. Buddha, not wishing to hurt some if he preferred others, by an act of transcendent love had the power to turn himself into two hundred Buddhas, each of whom went to dance with each of the bayadères, who believed they held in their arms the unique Buddha. Enthusiasm is that power that multiplies us and that leads us to become intimate with things, to be whole for each one of them and to live for a while their peculiar life.
Well then; I tell you that in this winter my soul has had at some time its hour of unreal dance with the Argentine soul.
I have been intimately preoccupied with your fortunes and I have been an imaginary Argentine.
Nothing is more moving for a man who has faith in man than to consider the enormous potentiality of culture that lies in this immense land and in this ascending race. Goethe said that only all men live entirely the human; and I add that each people is the essay of a new way of living and that it brings on its shoulders, like a sculptor in his mind, the mission of creating a new figure and gesture of man. What will be the Argentine spiritual figure that today is still half buried in your earth, like the candid torsos of the Aphrodites in the soil of Italy, after the blond and drunken barbarians passed treading the Latin surface?
I do not know what that figure will be, but I depart from this austral coast sure that it will be. And such certainty believe that I have not felt it after some conversation with some satisfied Argentines. I expect nothing from the satisfied man, who does not feel the lack of something beyond himself.
Rather I have nourished my hope when, speaking with some Argentine woman, I have seen detach from her soul, like vapour, a sublime, divine discontent. Human history is the work of discontent, which is a kind of love without beloved and a sort of pain we feel in limbs we do not have. This idealistic emotion, making us perceive that we are imperfect, makes us roll in search of what we lack, and so we go over the earth and advance through time and our heart is a prow always on course to the beyond. Madame Staël said: «All that man has made great and beautiful he has made moved by the painful sentiment of the incompleteness of his destiny».
Less absorbed than the man by the economic work, the Argentine woman goes concretizing her discontent.
L’Università, signori, simbolo d’ogni essenziale pedagogia e d’ogni azione intellettuale, è oggi lo strumento incomparabile per la coltivazione dei popoli. È doloroso che ancora, tanto in Europa quanto qui, questo ammirevole vocabolo, Università, susciti nell’udirlo immagini sordide e ineleganti, di aule tristi e prosaiche, di pedanti solenni e accigliati, di parole frigide e pedantesche. E tuttavia giunge ancora alle orecchie dello studioso risonante la voce di Platone, creatore nella sua fiorita accademia dell’istituzione universitaria; la voce di Platone che dice: «Facciamo dell’insegnamento la cittadella dello Stato».
Notate che nel secolo scorso e in quello che va del presente le nazioni hanno pesato nella storia tanto quanto pesavano le loro università.
Esiste nella coscienza pubblica argentina la risoluta visione di questo? Non voglio, non devo negare che l’unica pena che porto da questo viaggio nasce dal non aver trovato in quella pubblica coscienza argentina l’urgente brama di possedere, in tutto il suo pieno senso, università. Da più di due secoli in Spagna si sono perdute le grandi tradizioni universitarie. Neppure noi godiamo oggi di questo supremo incitatore di cultura, per lo meno non ne abbiamo raggiunto la pienezza. Ma, sebbene non possediamo Università sufficiente, credo di avere il vantaggio di sentire con tutta fretta e brama la sua necessità e d’intraprendere senza requie tentativi di miglioramento. Giorno dopo giorno sorgono nuovi progetti di trasformazione, si correggono le membra invalide dell’edificio, si provano artifici per garantire la competenza del corpo docente, e ogni anno una parte dei nostri giovani è inviata nei paesi stranieri, i quali al ritorno riversano nell’ambiente spirituale della Spagna effluvi internazionali. C’è tanta volontà nei vostri nobili desideri e siete così vertiginosi nell’avanzare, che sono sicuro di trovare realizzato al ritorno di alcuni anni ciò che oggi rimpiango. Tentate, progettate. Come prima dicevo che non gli abusi ma gli usi qualificano un popolo, dico ora che più pericoloso per una società dei molti fallimenti è che vi siano pochi tentativi.
In una forma o nell’altra, l’Università argentina dovrebbe correggere una certa tendenza praticista, che se ha dominato come un luogo comune il mondo per alcuni decenni, va oggi in rotta dovunque. È un grave errore credere che il pratico nasca dalla pratica soltanto. Per rendere un uomo pratico bisogna prima convincerlo che questo è il miglior modo di vivere, e questo non è più pratica: è religione.
Notiamo che nulla assomiglia meno al risultato dei mezzi per ottenerlo: nulla più diverso del puro azzurro sentimentale del cielo, come le vibrazioni dell’etere che lo causano. L’uomo fa la tecnica; ma l’uomo lo fa l’entusiasmo. Se il braccio muove alla sua estremità l’utensile, non si dimentichi che, posto all’altra sua estremità, muove il braccio un cuore. Trionfa con Cobden il libero scambio, perché egli gridava nelle piazze che era la dottrina economica unta con i principi evangelici. È l’utile la tecnica, ma siate certi che per giungere a una buona tecnica, la cosa più utile è la morale.
Pensare altrimenti, badare soltanto al risultato immediato, è consegnarsi inerme al capriccio dell’ora susseguente, che giunge con la sua necessità insospettata, esigendo a volte la virtù che meno tenevamo pronta.
Chi potrà prevedere nella veglia il volto del giorno che arriva? Se la vostra vita si è trovata finora esente dalle complicazioni e difficoltà che cingevano le nazioni europee, potrebbe accadere che domani non fosse così.
Siamo in una critica alborata di tutta la Storia. E tra i fenomeni più chiari che potrebbero sospettarsi dopo la guerra, si trova il probabile spostamento del centro di gravità nelle grandi lotte commerciali dall’Atlantico al Pacifico. Due popoli si preparano a combattere per l’egemonia economica di quel mare trascorso che è stato finora umanamente un’ampissima acqua morta. Le vostre province occidentali che, trattenute dall’immensa parete andina, non si erano interessate in quella direzione, quando il ribollire commerciale di quel mare le attiri e la finanza nordamericana o giapponese appiani per il lucro le montagne, potrebbero cominciare a volgere le spalle verso le province orientali, con le quali finirebbero per avere soltanto interessi ostili. Ecco che questo sospetto è un buon pretesto per assicurare tra voi più profonde solidarietà.
Un altro problema esiste di cui non ho sentito parlare abbastanza tra voi.
Vedo io che il fatto più profondo della storia europea negli ultimi trent’anni è stato che per la prima volta l’Europa durante essi ha atteso alla terra d’Africa. Questo continente, pur essendo il più prossimo alla nostra Europa, era rimasto come dimenticato. Andarono prima le forze europee in Asia o America, in Oceania: nessuno si ricordava dell’ardoroso e colossale terriccio.
Negli ultimi trent’anni le grandi potenze mostrarono deciso impegno nel correggere quella dimenticanza e non si è lottato principalmente se non per industrializzare, capitalizzare, europeizzare l’Africa. Dopo la guerra, non sarebbe possibile che questo movimento crescesse e le metropoli europee dessero grandi impulsi alla corrente emigratoria verso l’Africa e con essa al danaro rotolante che tanto preferisce le discese, le facili vie?
Non ha questo continente la bontà del vostro clima né forse la ricchezza del vostro suolo; ma ha per le nazioni europee il vantaggio che gli uomini che là comandano resteranno coperti sotto la loro bandiera, e non sarà perduto un granello del loro sforzo per la metropoli.
Non dico io —sia chiaro— che tutto questo accadrà; dico soltanto che può accadere. E naturalmente, dinanzi alla storia del futuro bisogna avere la modestia di non scriverla prima che accada, ma insieme l’obbligo di anticipare tutte le sue possibilità e uscire loro incontro armati di tutte le armi.
La politica, che suole essere dovunque così distratta, dovrebbe avere come simbolo la vergine prudente con la lampada accesa tutta la veglia e l’orecchio all’erta ai rumori dell’alba.
Sono queste preoccupazioni che io ho avuto durante questi mesi, perché non so vivere immerso nell’anima di una razza, senza percepire in qualche modo e partecipare dei suoi affanni e delle sue amarezze.
Racconta la leggenda indiana che il Budda, ancor giovane, aveva assistito a una festa; vi si trovavano duecento bajadere, le quali desiderarono danzare col Budda, tanto principe e bello. Budda, non volendo far soffrire alcune se preferiva altre, per un atto di amore trascendente ebbe il potere di trasformarsi in duecento Budda, ciascuno dei quali andò a danzare con ciascuna delle bajadere, che credettero di avere tra le braccia l’unico Budda. L’entusiasmo è quel potere che ci moltiplica e che ci porta a intimare con le cose, a essere interi per ciascuna di esse e a vivere per un po’ la sua vita peculiare.
Ebbene; vi dico che in questo inverno la mia anima ha avuto qualche volta la sua ora di danza irreale con l’anima argentina.
Mi sono preoccupato intimamente dei vostri casi e sono stato un argentino immaginario.
Niente di più commovente per un uomo che ha fede nell’uomo che considerare la potenzialità enorme di cultura che giace in questa terra immensa e in questa razza ascendente. Goethe diceva che soltanto tutti gli uomini vivono interamente l’umano; e aggiungo che ogni popolo è il tentativo di una nuova maniera di vivere e che porta sulle sue spalle, come uno scultore nella sua mente, la missione di creare una nuova figura e un nuovo gesto d’uomo. Quale sarà la figura spirituale argentina che oggi è ancora mezzo sepolta nella vostra terra, come i torsoli candidi delle Afroditi nel suolo d’Italia, dopo che vi passarono calpestando il fascio latino i barbari biondi e ubriachi?
Non so quale sarà quella figura, ma mi allontano da questa costa australe sicuro che sarà. E tale sicurezza credete che non l’ho sentita dopo qualche conversazione con alcuni argentini soddisfatti. Non aspetto nulla dall’uomo soddisfatto, che non sente la mancanza di qualcosa al di là di lui.
Piuttosto ho nutrito la mia speranza quando parlando con qualche donna argentina ho visto staccarsi dalla sua anima, come vapore, un sublime, divino scontento. La storia umana è opera dello scontento, che è una specie di amore senza amato e un come dolore che sentiamo in membra che non abbiamo. Questa emozione idealistica, facendoci percepire che siamo imperfetti, ci fa rotolare in cerca di ciò che ci manca, e così andiamo per la terra e avanziamo per il tempo ed è il nostro cuore una prua sempre in rotta verso l’aldilà. Diceva madame Staël: «Tutto ciò che di grande e bello ha fatto l’uomo lo ha fatto mosso dal sentimento doloroso dell’incompleto del suo destino».
Meno assorbita dell’uomo dall’opera economica, la donna argentina va concretando il suo scontento.
Atribuye la leyenda la invención del dibujo a un mancebo de Sicione, estando una tarde junto a su amada al tiempo que el Sol tendía sobre un muro blanco la fina sombra de ésta, tomó un carbón y fijó en la pared el perfil de la silueta.
Pues bien, si un pensador o un artista argentino acertase a dibujar el perfil del noble descontento que hay en la mujer de este país, ése sería el perfil de vuestra cultura. Sus anhelos y sus nostalgias son como un molde en vacío que un día llenaréis con un relieve que será el arte y la idea y la moral argentinas.
Ligado como quedo por siempre a vuestros afanes, yo también, desde el seno de mi tierra celtíbera, pondré una parte de mis pocas fuerzas al servicio de esa labor vuestra. Y sé que más de una vez en mi Escorial, cuando las redondas nubes blancas, las nubes revueltas y barrocas graviten sobre la testa granítica del monasterio, me sorprenderé meditando sobre vuestros problemas —y no respondo de que alguna vez en mis escritos no haga aparecer al lado de la melancólica mujer criolla, paseando acaso por Palermo, los dos maestros españoles del descontento: Alonso Quijano el bueno, viejo, noble y lunático— y para que no os fatigue su largo rostro de asceta, junto a él a nuestro Don Juan, siempre joven, siempre animoso y siempre dolorido.
Hebe, diciembre de 1918
1919
Legend attributes the invention of drawing to a youth of Sicyon, who, being one afternoon beside his beloved while the Sun cast on a white wall her fine shadow, took a coal and fixed on the wall the profile of the silhouette.
Well then, if an Argentine thinker or artist should succeed in drawing the profile of the noble discontent that there is in the woman of this country, that would be the profile of your culture. Her longings and her nostalgias are like an empty mould that one day you will fill with a relief that will be the Argentine art and idea and morality.
Bound as I remain forever to your eagernesses, I too, from the bosom of my Celtiberian land, will put a part of my few forces at the service of that labour of yours. And I know that more than once in my Escorial, when the round white clouds, the troubled and baroque clouds gravitate over the granitic head of the monastery, I shall catch myself meditating on your problems —and I do not answer for it that sometime in my writings I do not make appear beside the melancholy creole woman, walking perhaps through Palermo, the two Spanish masters of discontent: Alonso Quijano the good, old, noble and lunatic— and so that his long ascetic face may not weary you, beside him our Don Juan, always young, always spirited and always pained.
Hebe, December 1918
1919
Attribuisce la leggenda l’invenzione del disegno a un giovane di Sicione, il quale, trovandosi un pomeriggio accanto alla sua amata mentre il Sole stendeva su un muro bianco la fine ombra di questa, prese un carbone e fissò sulla parete il profilo della silhouette.
Ebbene, se un pensatore o un artista argentino riuscisse a disegnare il profilo del nobile scontento che c’è nella donna di questo paese, quello sarebbe il profilo della vostra cultura. I suoi aneliti e le sue nostalgie sono come uno stampo in vuoto che un giorno riempirete con un rilievo che sarà l’arte e l’idea e la morale argentine.
Legato come resto per sempre ai vostri affanni, anch’io, dal seno della mia terra celtibera, porrò una parte delle mie poche forze al servizio di questa vostra opera. E so che più di una volta nel mio Escorial, quando le rotonde nuvole bianche, le nuvole rivoltate e barocche graviteranno sulla testa granitica del monastero, mi sorprenderò a meditare sui vostri problemi —e non rispondo che qualche volta nei miei scritti non faccia comparire accanto alla malinconica donna creola, passeggiando forse per Palermo, i due maestri spagnoli dello scontento: Alonso Quijano il buono, vecchio, nobile e lunatico— e perché non vi stanchi il suo lungo volto d’asceta, accanto a lui il nostro Don Giovanni, sempre giovane, sempre animoso e sempre doloroso.
Hebe, dicembre 1918
1919