Ortega y Gasset
Abstract
A literary sketch: taken to lunch at the golf club by friends, Ortega describes faun-and-nymph players and casts himself as spectator (“I attend the life of others”; martyr means witness). The sample never reaches the “idea of dharma” of the title, which therefore cannot be assessed.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En este mediodía radiante de febrero, unos amigos, damas y varones, me extraen de mis ocupaciones habituales y me llevan al golf. Se trata de almorzar allí, bajo el influjo solar, entre las encinas, frente a la bruma azulada de la sierra.
Preocupa a la afectuosidad de estos amigos la escasa higiene de mi vida. A ellos, que viven casi todo el día al aire libre, ocupados en maravillosos ritos musculares, les angustia la idea de que yo pase la jornada encerrado en una habitación, sumergido en la niebla mágica del cigarro y sin más comunicación con la campiña que la sutil y metafórica existente entre las hojas de los libros y las hojas de los árboles. Yo me dejo arrebatar con la deleitable inercia del cenobita que es sorprendido por un tropel transeúnte de ninfas y centauros. Siempre me ha complacido filtrarme un momento en otros universos, con tal de poder luego, por el mismo poro, reintegrarme a mi mundo natural. Y así, mientras el automóvil ejercita su muelle mecánica y las casas huyen vertiginosamente, como arrebatadas por un urgente destino contrario al nuestro, yo me preparo a acoger en mí, una vez más, esta sobria delicia que es un almuerzo en el golf. Ya me parece ver que surge del follaje, súbitamente, el fauno con jersey, tras del cual la ninfa bruna agita su melena al viento mientras ajusta su falda precisa. No lejos emerge el coboldo asalariado, arrastrando un vago carcaj, última manifestación del viejo símbolo erótico, donde las flechas venusinas han sido suplantadas por los palos de juego. El bosque vibra bajo las ráfagas serranas, y en los troncos de los pinos la resina se volatiliza, impregnando el paisaje.
No hay duda; éste es un lugar encantado, sito en una dimensión extrarreal, donde se conserva un extracto de todo lo mejor e imposible: un poco de Paraíso injerto en un poco de Olimpo. La aparición, en efecto, de la pareja de jugadores en un claro de la espesura guarda siempre una certera alusión a la imagen de Adán y Eva, antes del pecado, aunque ya próximos a él. Otras veces es sola Diana, que sesga rápida el campo visual, persiguiendo no se sabe qué insustituible pieza. De ella nos queda en el recuerdo un tobillo elástico que empuja bajo sí la tierra y la hace girar del revés. Todo esto flota indeciso entre ensueño y realidad, sostenido sobre la existencia efectiva por mágicas fuerzas de inverosimilitud. Tenía razón el attaché a la Embajada inglesa que, apoyando indolentemente su impertinencia en toda la flota británica, dijo el otro día: «Ha sido realmente una buena idea construir a Madrid junto al golf».
En el verandah del chalet está servida la mesa. Yo me encuentro sentado entre dos ninfas mayores y enfrente de un fauno, amable entre todos los faunos. Pronto advierto que pertenezco a una especie zoológica evidentemente distinta, menos grácil, menos afín con el paisaje, menos saludable. Estos seres son criaturas de la luz y del viento, casi exentas de gravitación, hechas para deslizarse sobre el planeta sin intervenir en sus faenas oscuras. El sol busca la menuda oreja de la ninfa a mi siniestra y la traspasa voluptuoso, dejándola transparente. El enorme disco triunfa prodigiosamente y derrama su lujo fantástico con tal seguridad y abundancia, que se advierte en él la convicción de su inagotabilidad. Bajo sus rayos, todo se transmuta en oro, especialmente la tortilla que acaban de servir, tan auténticamente orificada que, al comerla, el apetito se vuelve casi avaricia.
—¡Qué bonito es el sol! —dice una de las ninfas, con el delicioso gesto con que podía mostrar una joya familiar, legado de las más viejas herencias.
—Yo no comprendo cómo puede usted vivir sin tomar el sol —me dice la otra.
—Es que yo no vivo, señora —le respondo.
—¿Pues qué hace usted?
—Asisto a la vida de los demás.
—Pero eso es un martirio, ¿verdad, amigo mío? —insinúa la ninfa más sensible, rubia, rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimientos.
—No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe, que es usted ahora, prisionera de los rayos solares, casi un mito perfecto; que el cuello de leopardo en que culmina su abrigo es auténtico, hasta el punto que siento no haber traído el arco y las flechas, ya que ganas de cazar a nadie faltan, señora, por muy mártir que sea…
Testigo soy, un testigo de la gran maravilla que es el mundo y los seres en el mundo. ¡Y no es misión despreciable, ninfa amiga! Si no existe alguien que atestigüe la existencia de las demás cosas, ésta sería como nula. Vea usted: en este instante, las gentes que nos rodean, los comensales de estas mesas limítrofes, los jerseys que entran y salen, que se juntan y se disocian rápidamente en esta galería, bajo el sol, se hallan ocupados sin resto en vivir cada cual su vida. Nadie advierte que en el batiente de la sombra emanada de esta pilastra acaba de ingresar el gentil rostro de usted; la radiación en torno no permite distinguir bien sus facciones oscurecidas; hija del sol, como pueda serlo una inca pura sangre, acaba usted de naufragar y hundirse en el elemento sombrío. Y como restos de la catástrofe, la flúida tiniebla arroja hasta nosotros sólo tres notas, que son una misma repetida: el blanco de las perlas que llevaba usted al cuello, el blanco de sus dientes y el blanco de sus ojos. Esta triple pulsación de candidez, subrayándose mutuamente, elabora en este instante un ritmo purísimo, completamente superfluo; pero, sin duda, lo más valioso que en este rincón del planeta está ahora acaeciendo. Si yo fuese prisionero de mi propia vida, no lo habría notado. Pero he cumplido mi alta misión de testigo, y esta realidad, tan graciosa como fugaz, queda para siempre salvada. ¡Todos conservaremos un recuerdo inmortal de su naufragio en la sombra! Homero decía que los héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante. Parejamente, yo diría que usted existe, señora, gracias a que yo doy testimonio de su existencia. Por otra parte, este vino, donde se ha caído un pedazo de sol, es excelente.
—Veo que es usted un mártir agresivo y galante, con algunas condiciones para la elocuencia. Casi me arrepiento de haber sentido hace un minuto cierta tristeza pensando en su vida sin sol.
—Bromas a un lado, Alicia; yo confesaré a usted que hasta ayer no he sabido por qué renunciaba a buscar el sol. Desde ayer sé que lo hago para acostumbrarme a su desaparición.
—¿Cómo a su desaparición?
—Ayer me han hablado de un admirable trabajo que un físico inglés, el doctor Jeans, acaba de publicar, demostrando una nueva hipótesis sobre el origen de los sistemas solares. Según ella, es un error la idea de Laplace, que imagina cada sistema solar como una pacífica nebulosa, poco a poco solidificada, de que se desprenden los planetas. Jeans cree que todo sistema solar nace del choque gigantesco entre dos enormes cuerpos siderales. Resultado de la colisión, arranca uno de otro cierto filamento o vírgula incandescente que se pone a girar sola en el espacio. Esta vírgula se segmenta luego, y sus trozos son el sol y los planetas. Ahora bien, esos choques entre estrellas se producen inexorablemente cada dos billones de años. No falta, pues, mucho para que vuelva a efectuarse el choque contra nuestro sistema solar, y el golf de Madrid desaparezca. Entonces todo será tiniebla, y yo, precavido, me habitúo a ello con alguna anticipación.
—Pero ¿cuánto tiempo falta para ese choque? —pregunta alguien.
—Exactamente un billón cien mil años…
Entretanto han llegado a nosotros jugadores de ambos sexos. Todos se tutean, según el privilegio olímpico. Hablan de los partidos de la tarde que van a comenzar. Se advierte que en esta latitud, en este universo mágico que es el golf, la operación de empujar con un palo una pelota adquiere un rango supremo, y basta para dar sentido a la existencia.
Entonces fue cuando el fauno benévolo que se hallaba frontero, lleno de simpatía hacia mí, me hizo la esencial proposición:
—Usted debía hacerse socio del club y jugar todos los días un partido.
—No, amigo mío; yo no puedo ser socio de este club ni jugar al golf. Semejante desliz me acarrearía castigos milenarios.
—Eso implica una grave acusación contra nosotros —repuso el fauno ejemplar.
—En modo alguno. Si usted no jugase al golf incurriría en el mismo pecado que yo si jugase. Ambos habríamos sido indóciles a nuestro dharma.
On this radiant February midday, some friends, ladies and gentlemen, draw me out of my habitual occupations and take me to the golf. It is a matter of lunching there, under the solar influence, among the holm oaks, facing the bluish mist of the sierra.
The affection of these friends is worried by the scant hygiene of my life. To them, who live almost the whole day in the open air, busy in marvellous muscular rites, the idea is anguishing that I should pass the day shut in a room, sunk in the magic haze of the cigar and with no other communication with the countryside than the subtle and metaphorical one existing between the leaves of books and the leaves of trees. I let myself be carried away with the delightful inertia of the cenobite who is surprised by a passing troop of nymphs and centaurs. It has always pleased me to filter myself for a moment into other universes, provided I can then, through the same pore, reintegrate myself into my natural world. And so, while the automobile exercises its soft mechanics and the houses flee vertiginously, as though snatched by an urgent destiny contrary to ours, I prepare to welcome into myself, once more, this sober delight that is a lunch at the golf. Already I seem to see arising from the foliage, suddenly, the faun in jersey, behind whom the dark nymph shakes her mane in the wind while she adjusts her precise skirt. Not far off emerges the hired goblin, dragging a vague quiver, last manifestation of the old erotic symbol, where the venusian arrows have been supplanted by the game clubs. The wood vibrates under the gusts from the sierra, and in the trunks of the pines the resin volatilizes, impregnating the landscape.
There is no doubt; this is an enchanted place, situated in an extra-real dimension, where an extract of everything best and impossible is preserved: a little Paradise grafted onto a little Olympus. The appearance, in effect, of the couple of players in a clearing of the thicket always keeps a certain allusion to the image of Adam and Eve, before the sin, though already near to it. Other times it is Diana alone, who slices rapidly across the visual field, pursuing who knows what irreplaceable prey. Of her there remains in our memory an elastic ankle that pushes the earth under itself and makes it turn inside out. All this floats indecisively between dream and reality, sustained over effective existence by magical forces of improbability. The attaché at the English Embassy was right who, indolently leaning his impertinence on the whole British fleet, said the other day: «It has really been a good idea to build Madrid beside the golf».
On the verandah of the chalet the table is laid. I find myself seated between two nymphs of riper years and opposite a faun, amiable among all fauns. Soon I perceive that I belong to an evidently distinct zoological species, less graceful, less akin to the landscape, less healthy. These beings are creatures of light and wind, almost exempt from gravitation, made to glide over the planet without intervening in its dark labours. The sun seeks the tiny ear of the nymph on my left and voluptuously pierces it, leaving it transparent. The enormous disc triumphs prodigiously and pours out its fantastic luxury with such security and abundance, that one perceives in it the conviction of its inexhaustibility. Under its rays everything is transmuted into gold, especially the omelette they have just served, so authentically orificed that, in eating it, appetite becomes almost avarice.
«How beautiful the sun is!» —says one of the nymphs, with the delicious gesture with which she might show a family jewel, legacy of the oldest inheritances.
«I do not understand how you can live without taking the sun» —the other tells me.
«It is that I do not live, madam» —I answer her.
«What is it you do, then?»
«I attend the life of others.»
«But that is a martyrdom, is it not, my friend?» —insinuates the most sensitive nymph, blond, blond as a violin string and, like it, capable of tremors.
«There is no doubt; attending the life of others is the martyrdom. Martyr means witness. I attest that you exist, that you are now, prisoner of the solar rays, almost a perfect myth; that the leopard neck in which your coat culminates is authentic, to the point that I am sorry not to have brought the bow and arrows, since the desire to hunt is not wanting to anyone, madam, however much of a martyr one may be…»
Witness I am, a witness of the great marvel that is the world and the beings in the world. And it is no despicable mission, nymph friend! If there does not exist someone who attests the existence of the other things, this would be as null. See: in this instant, the people who surround us, the diners of these bordering tables, the jerseys that enter and leave, that join and dissociate themselves rapidly in this gallery, under the sun, find themselves occupied without remainder in living each one his own life. No one notices that into the leaf of the shadow emanated from this pilaster has just entered your gentle face; the radiation around does not allow distinguishing well its obscured features; daughter of the sun, as a pure-blooded Inca can be, you have just shipwrecked and sunk into the sombre element. And like remnants of the catastrophe, the fluid darkness throws up to us only three notes, which are one same thing repeated: the white of the pearls you wore at your neck, the white of your teeth and the white of your eyes. This triple pulsation of candour, underlining itself mutually, elaborates in this instant a purest rhythm, completely superfluous; but, without doubt, the most valuable thing that in this corner of the planet is now happening. If I were a prisoner of my own life, I would not have noticed it. But I have fulfilled my high mission of witness, and this reality, as graceful as it is fugitive, remains forever saved. We shall all preserve an immortal memory of your shipwreck in the shadow! Homer said that heroes fight and die no more than to give motive so that later the poet sing them. In like manner, I would say that you exist, madam, thanks to the fact that I give testimony of your existence. On the other hand, this wine, where a piece of sun has fallen, is excellent.
«I see that you are an aggressive and gallant martyr, with some qualifications for eloquence. I almost repent of having felt a minute ago a certain sadness thinking of your life without sun.»
«Jokes aside, Alicia; I shall confess to you that until yesterday I did not know why I renounced seeking the sun. Since yesterday I know that I do it to accustom myself to its disappearance.»
«What do you mean, its disappearance?»
«Yesterday they spoke to me of an admirable work that an English physicist, Doctor Jeans, has just published, demonstrating a new hypothesis about the origin of the solar systems. According to it, the idea of Laplace is an error, who imagines each solar system as a peaceful nebula, little by little solidified, from which the planets detach themselves. Jeans believes that every solar system is born from the gigantic collision between two enormous sidereal bodies. As a result of the collision, a certain filament or incandescent comma is torn from one by the other, which begins to turn alone in space. This comma later segments itself, and its pieces are the sun and the planets. Now then, those collisions between stars are produced inexorably every two trillion years. Not much is missing, then, before the collision against our solar system is effected anew, and the golf of Madrid disappears. Then everything will be darkness, and I, cautious, accustom myself to it with some anticipation.»
«But how much time is left before that collision?» —someone asks.
«Exactly a trillion one hundred thousand years…»
Meanwhile players of both sexes have arrived to us. All of them use the familiar «thou», according to the Olympian privilege. They talk of the afternoon games that are about to begin. One perceives that in this latitude, in this magical universe that is the golf, the operation of pushing a ball with a club acquires a supreme rank, and suffices to give sense to existence.
It was then that the benevolent faun who was opposite, full of sympathy towards me, made me the essential proposition:
«You ought to become a member of the club and play a game every day.»
«No, my friend; I cannot be a member of this club nor play golf. Such a slip would bring me millennial punishments.»
«That implies a grave accusation against us» —replied the exemplary faun.
«In no way. If you did not play golf you would incur the same sin as I if I played. We would both have been indocile to our dharma.»
In questo mezzogiorno radioso di febbraio, alcuni amici, dame e signori, mi traggono dalle mie occupazioni abituali e mi portano al golf. Si tratta di pranzare lì, sotto l’influsso solare, tra le querce, davanti alla bruma azzurrastra della sierra.
Preoccupa l’affettuosità di questi amici la scarsa igiene della mia vita. A loro, che vivono quasi tutto il giorno all’aria aperta, occupati in meravigliosi riti muscolari, angustia l’idea che io passi la giornata rinchiuso in una stanza, immerso nella nebbia magica del sigaro e senza altra comunicazione con la campagna che la sottile e metaforica esistente tra le foglie dei libri e le foglie degli alberi. Io mi lascio rapire con la deliziosa inerzia del cenobita che è sorpreso da un tropel transeunte di ninfe e centauri. Mi è sempre piaciuto filtrarmi un momento in altri universi, purché possa poi, per lo stesso poro, reintegrarmi nel mio mondo naturale. E così, mentre l’automobile esercita la sua molle meccanica e le case fuggono vertiginosamente, come rapite da un urgente destino contrario al nostro, io mi preparo ad accogliere in me, ancora una volta, questa sobria delizia che è un pranzo al golf. Già mi pare di vedere sorgere dal fogliame, improvvisamente, il fauno col maglione, dietro il quale la ninfa bruna agita la sua chioma al vento mentre aggiusta la sua gonna precisa. Non lontano emerge il coboldo salariato, trascinando un vago turcasso, ultima manifestazione del vecchio simbolo erotico, dove le frecce venusine sono state soppiantate dai bastoni da gioco. Il bosco vibra sotto le raffiche della sierra, e nei tronchi dei pini la resina si volatilizza, impregnando il paesaggio.
Non c’è dubbio; questo è un luogo incantato, sito in una dimensione extrarreale, dove si conserva un estratto di tutto il meglio e l’impossibile: un po’ di Paradiso innestato in un po’ di Olimpo. L’apparizione, in effetti, della coppia di giocatori in una radura della boscaglia serba sempre una certa allusione all’immagine di Adamo ed Eva, prima del peccato, sebbene già prossimi ad esso. Altre volte è sola Diana, che sferza rapida il campo visivo, inseguendo non si sa quale insostituibile preda. Di lei ci resta nel ricordo una caviglia elastica che spinge sotto di sé la terra e la fa girare a rovescio. Tutto questo fluttua indeciso tra sogno e realtà, sostenuto sull’esistenza effettiva da magiche forze di inverosimiglianza. Aveva ragione l’addetto all’Ambasciata inglese che, appoggiando indolentemente la sua impertinenza su tutta la flotta britannica, disse l’altro giorno: «È stata davvero una buona idea costruire Madrid accanto al golf».
Sulla veranda del chalet è servita la tavola. Io mi trovo seduto tra due ninfe maggiori e di fronte a un fauno, amabile tra tutti i fauni. Presto avverto che appartengo a una specie zoologica evidentemente distinta, meno aggraziata, meno affine al paesaggio, meno sana. Questi esseri sono creature della luce e del vento, quasi esenti da gravitazione, fatte per scivolare sul pianeta senza intervenire nelle sue oscure faccende. Il sole cerca la minuta orecchia della ninfa alla mia sinistra e la attraversa voluttuoso, lasciandola trasparente. L’enorme disco trionfa prodigiosamente e riversa il suo lusso fantastico con tale sicurezza e abbondanza, che si avverte in esso la convinzione della sua inesauribilità. Sotto i suoi raggi, tutto si trasmuta in oro, specialmente la frittata che hanno appena servito, così autenticamente orificata che, mangiandola, l’appetito diventa quasi avarizia.
—Com’è bello il sole! —dice una delle ninfe, con il delizioso gesto con cui poteva mostrare un gioiello di famiglia, lascito delle più vecchie eredità.
—Io non capisco come può vivere lei senza prendere il sole —mi dice l’altra.
—È che io non vivo, signora —le rispondo.
—E che cosa fa?
—Assisto alla vita degli altri.
—Ma questo è un martirio, vero, amico mio? —insinua la ninfa più sensibile, bionda, bionda come una corda di violino e, come lei, capace di fremiti.
—Non c’è dubbio; l’assistere alla vita degli altri è il martirio. Martire vuol dire testimone. Io attesto che lei esiste, che è lei ora, prigioniera dei raggi solari, quasi un mito perfetto; che il collo di leopardo in cui culmina il suo cappotto è autentico, al punto che mi dispiace non aver portato l’arco e le frecce, poiché voglia di cacciare nessuno ne manca, signora, per quanto martire sia…
Testimone sono, un testimone della grande meraviglia che è il mondo e gli esseri nel mondo. E non è missione disprezzabile, ninfa amica! Se non esiste qualcuno che attesti l’esistenza delle altre cose, questa sarebbe come nulla. Veda: in questo istante, le genti che ci circondano, i commensali di questi tavoli limitrofi, i maglioni che entrano ed escono, che si uniscono e si dissociano rapidamente in questa galleria, sotto il sole, si trovano occupati senza resto a vivere ciascuno la propria vita. Nessuno avverte che nel battente dell’ombra emanata da questa pilastra ha appena fatto ingresso il gentile volto di lei; la radiazione attorno non permette di distinguere bene le sue fattezze oscurate; figlia del sole, come può esserlo un’inca purosangue, lei ha appena fatto naufragio e si è inabissata nell’elemento ombroso. E come resti della catastrofe, la fluida tenebra getta fino a noi soltanto tre note, che sono una stessa ripetuta: il bianco delle perle che portava al collo, il bianco dei suoi denti e il bianco dei suoi occhi. Questa triplice pulsazione di candore, sottolineandosi mutuamente, elabora in questo istante un ritmo purissimo, completamente superfluo; ma, senza dubbio, la cosa più preziosa che in questo angolo del pianeta sta ora accadendo. Se io fossi prigioniero della mia propria vita, non lo avrei notato. Ma ho adempiuto la mia alta missione di testimone, e questa realtà, tanto graziosa quanto fugace, resta per sempre salvata. Tutti conserveremo un ricordo immortale del suo naufragio nell’ombra! Omero diceva che gli eroi combattono e muoiono non più che per dar motivo a che poi il poeta li canti. Parimente, io direi che lei esiste, signora, grazie a che io do testimonianza della sua esistenza. D’altra parte, questo vino, dove è caduto un pezzo di sole, è eccellente.
—Vedo che è lei un martire aggressivo e galante, con alcune condizioni per l’eloquenza. Quasi mi pento di aver sentito un minuto fa una certa tristezza pensando alla sua vita senza sole.
—Scherzi a parte, Alicia; io le confesserò che fino a ieri non ho saputo perché rinunciavo a cercare il sole. Da ieri so che lo faccio per abituarmi alla sua sparizione.
—Come alla sua sparizione?
—Ieri mi hanno parlato di un ammirevole lavoro che un fisico inglese, il dottor Jeans, ha appena pubblicato, dimostrando una nuova ipotesi sull’origine dei sistemi solari. Secondo essa, è un errore l’idea di Laplace, che immagina ogni sistema solare come una pacifica nebulosa, a poco a poco solidificata, da cui si staccano i pianeti. Jeans crede che ogni sistema solare nasca dall’urto gigantesco tra due enormi corpi siderali. Risultato della collisione, si strappa l’uno dall’altro un certo filamento o virgola incandescente che si mette a girare sola nello spazio. Questa virgola si segmenta poi, e i suoi pezzi sono il sole e i pianeti. Ora; questi urti tra stelle si producono inesorabilmente ogni due bilioni di anni. Non manca, dunque, molto perché si effettui di nuovo l’urto contro il nostro sistema solare, e il golf di Madrid scompaia. Allora tutto sarà tenebra, e io, previdente, mi abituo a ciò con un po’ di anticipazione.
—Ma quanto tempo manca a quell’urto? —domanda qualcuno.
—Esattamente un bilione e centomila anni…
Intanto sono giunti a noi giocatori di entrambi i sessi. Tutti si danno del tu, secondo il privilegio olimpico. Parlano delle partite del pomeriggio che stanno per cominciare. Si avverte che in questa latitudine, in questo universo magico che è il golf, l’operazione di spingere con un bastone una palla acquista un rango supremo, e basta a dare senso all’esistenza.
Fu allora che il fauno benevolo che si trovava di fronte, pieno di simpatia verso di me, mi fece l’essenziale proposizione:
—Lei dovrebbe farsi socio del club e giocare tutti i giorni una partita.
—No, amico mio; io non posso essere socio di questo club né giocare al golf. Simile scivolone mi procurerebbe castighi millenari.
—Questo implica una grave accusa contro di noi —rispose il fauno esemplare.
—In modo alcuno. Se lei non giocasse al golf incorrerebbe nello stesso peccato che io se giocassi. Entrambi saremmo stati indocili al nostro dharma.
—¡Bien por el dharma! —dijo la ninfa agudísima, apoyando luego el rubí de sus labios en el gran rubí del vaso donde el sol se diluía en borgoña. Detrás de ese dharma sospecho toda una teoría. ¡Venga al punto, ahora mejor que después! Con los entremeses llegaron las anécdotas, con la entrée se aventuró usted a galantearme, ahora se presenta el asado, lo fundamental; venga, pues, la teoría. ¡No me negarán ustedes que la comida es perfecta!
—Tanto como una teoría no es, Alicia incalculable; se trata no más que de una sospecha y un modo de sentir que tiene treinta siglos de existencia. En ella está resumida la vetustísima sabiduría de todo el continente asiático, su experiencia gigante del mundo y de la vida.
—¿Ha dicho usted Asia? —interrumpió la ninfa audaz. Yo me perezco por Asia entera; mi entusiasmo es continental. En Biarritz suelo leer a Confucio, y mi corazón vacila siempre entre Buda y Gengis-Khan.
—Prescindamos un momento de su corazón, Alicia; objeto tan maravilloso nos llevaría demasiado lejos, arrastrados por su genial oscilación. Con la idea del dharma yo quería tan sólo insinuar que es un error considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos, el mismo para todos los individuos. Eso es una abstracción. Son muy pocas, si hay algunas, las acciones que están absolutamente mal o absolutamente bien. La vida es tan rica en situaciones diferentes, que no cabe encerrarla dentro de un único perfil moral. En la Paradoja del comediante sugiere paradójicamente Diderot que la moral consiste, más bien, en una serie de inmoralidades profesionales. El obispo vende sus bulas, y hace muy bien. El comerciante engaña al parroquiano, y hace también perfectamente. La inmoralidad comenzaría cuando el comerciante vendiese bulas y el obispo se corriese en el peso. Esta broma de Diderot oculta bajo su exceso una gran verdad. Noten ustedes que a cada profesión le parecen inmorales los usos de la vecina. Al intelectual, por ejemplo, le parece inmoral el político, porque sus palabras son inexactas, insinceras y contradictorias. El intelectual tiene su misión enunciativa, verbal; cuando ha escrito o pronunciado palabras que expresan algo con precisión, con gracia y con lógica, ha hecho cuanto tenía que hacer; la realización no le interesa. En cambio, el político aspira únicamente a realizar sus pensamientos, no a decirlos. Es, pues, su obligación no decir lo que piensa, no dar al viento su intimidad; su mandamiento no es lírico. La mentira, dentro, al menos, de ciertos largos límites, es para él un deber. La misma discrepancia existe entre las clases sociales. Para una mujer de la pequeña burguesía, son ustedes, las damas elegantes, una representación del demonio. La petite bourgeoise cree que la mujer ha venido al mundo para estarse en casa y no fumar. Tiene una moral hecha casi por entero de prohibiciones, y su gran virtud consiste, principalmente, en lo que no hace. Y así ha acontecido siempre. Entre las tumbas de la vieja Roma republicana se conservan muchas donde, bajo un nombre femenino, están escritos estos vocablos de alabanza: Domiseda, lanifica. «Ha vivido sentada en su casa y ha hilado».
—¡No me sabía tan escasamente romana! —interrumpió la ninfa del naufragio. Porque, en efecto, reducir a eso la vida es para mí el colmo de la inmoralidad.
—¡Claro está! La misión cósmica de usted es rigorosamente contraria. Siente usted dentro de sí, con idéntica religiosidad, un mandamiento de inquietud, de ensayo y creación. Tampoco yo puedo tener simpatía por la norma vital del burgués, que piensa obrar bien cuando se limita a cuidar su pequeño negocio, conservar la paz de su espíritu, rehuir toda ampliación de sus ideas, repetir hoy lo de ayer en torno a la camilla y
voir autour de soi croître dans la maison
sous les paisibles lois d’une agréable mère
de petits citoyens dont on croit être père.
—Ahora sí que francamente inmoraliza usted, amigo mío.
—No; yo no pretendo que el burgués abandone su moral; sólo pediría que me deje a mí la mía. Esta coexistencia de mandamientos diversísimos es la que expresa el hinduismo con el dharma. Dentro de la religión hindú caben todas las creencias, todas las doctrinas; el hinduismo no es dogmático. Sólo hay una cosa cuya aceptación exige: el cumplimiento de los deberes rituales. Cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas, un dharma, a que es forzoso ajustarse, porque constituye la ley última del universo. Cada individuo puede llegar a la perfección dentro de su dharma, y no puede llegar a ella por ningún otro camino. El brahmán tiene su moral de meditación y de ascetismo, como el ksatriya o guerrero tiene la suya de fiereza y combate. Los dioses mismos están sometidos a un rigoroso régimen: tienen que portarse como dioses. Lo ilícito es cometer la transgresión de un dharma y pasarse al ajeno, como no sea por vía de sacrificio. El acto indebido acarrea inexorablemente la reencarnación en una especie inferior. No se diga que no es ésta una moral rigorosa. Desde el comienzo de los tiempos, como realidad última del universo, como lo único que da a éste consistencia indestructible, se hallan prescritos los deberes rituales de cada tipo humano. El dios Brahma enseñó la gigantesca lista de normas vitales a los demás dioses, y la expuso en cien mil capítulos, según se nos refiere en el Mahabharata. En vez de instaurar un solo perfil de corrección moral, anulando la riqueza del cosmos, el hindú respeta y acepta la maravillosa pluralidad del mundo, y en principio, como indica Weber, admite una moral para el ladrón y la prostituta. En cambio, no permite el menor desliz dentro de cada estatuto moral. Uno de los hombres más santos, el rey Vipashcit, fue condenado a graves castigos infernales porque se olvidó de dormir con una de sus mujeres cierta noche en que se hubiera logrado concepción. No hay escape posible. El viejo poema lo dice bellamente: «Como entre mil vacas el ternero encuentra a su madre, así el pecado cometido una vez persigue eternamente a su autor». Pues bien, amigo mío: el dharma de usted es jugar al golf, como el mío es un dharma de escritura y conversación. Cuando le veo a usted en su aspecto saludable y juvenil, vestido sin falla, cimbrear el palo de golf, me parece usted un ser perfecto, que honra y decora el Universo. Pero si yo me viera con el mismo atuendo y en idéntica postura, me parecería a mí mismo una objeción contra el buen orden del cosmos.
—Es usted un doctrinario —exclamó entonces el fauno que acababa de recibir mis alabanzas.
—Yo creía ser todo lo contrario. ¿No significa la idea del dharma un sublime empirismo de la moral? Lo que yo sostengo es que no hay acto alguno indiferente, y que lo bueno en un hombre es malo en otro. Tal vez fuera mejor contrarrestar el patetismo contemporáneo en que suele embotarse toda discusión sobre ética por la más elegante tibieza con que los antiguos en lugar de «lo moral» —palabra tremenda— solían decir «lo decente», quod decet, lo que va bien, lo correcto. Pues bien; yo creo que no sólo cada oficio, sino cada individuo, tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos.
Pero fue inútil… Mis amigos habían desaparecido. ¿Mis palabras habían disuelto el grupo afectuoso? No tanto. La razón de su fuga era otra. El golf es inexorable, como la mecánica celeste, y a cierta hora los partidos se forman con ejemplar puntualidad. Ni la amistad ni el entusiasmo bastan para retener a los jugadores. La galería se había quedado solitaria. Únicamente Alicia, con su corazón de máximas oscilaciones, seguía a mi lado.
—¡Ah, ninfa sublime! Lo que ahora hace usted es más sublime que todo. En vez de irse a jugar, prefiere usted mi compañía; es decir, sacrifica usted su dharma deportivo a mi dharma de conversación.
—Sí, ¿sabe usted? Ayer, al bajar del automóvil, me hice daño en un tobillo y no puedo andar por el campo.
—¡Ah, vamos!
«Well done for the dharma!» —said the most acute nymph, then resting the ruby of her lips on the great ruby of the glass where the sun was dissolving into burgundy. Behind that dharma I suspect a whole theory. Come at once, now rather than later! With the hors d’oeuvres came the anecdotes, with the entrée you ventured to flirt with me, now the roast arrives, the fundamental thing; come, then, the theory. You will not deny me that the meal is perfect!
«Not so much a theory, incalculable Alicia; it is nothing more than a suspicion and a way of feeling that has thirty centuries of existence. In it is summarized the most ancient wisdom of the whole Asiatic continent, its giant experience of the world and of life.»
«Did you say Asia?» —interrupted the audacious nymph. I yearn for the whole of Asia; my enthusiasm is continental. In Biarritz I usually read Confucius, and my heart always wavers between Buddha and Genghis Khan.
«Let us leave aside your heart for a moment, Alicia; such a marvellous object would take us too far, dragged along by its genial oscillation. With the idea of the dharma I wanted only to insinuate that it is an error to consider morality as a system of prohibitions and generic duties, the same for all individuals. That is an abstraction. Very few, if any, are the actions that are absolutely bad or absolutely good. Life is so rich in different situations, that it cannot be enclosed within a single moral profile. In the Paradox of the Actor Diderot paradoxically suggests that morality consists, rather, in a series of professional immoralities. The bishop sells his indulgences, and does very well. The merchant deceives his customer, and also does perfectly. The immorality would begin when the merchant sold indulgences and the bishop cheated in the weight. This joke of Diderot hides under its excess a great truth. You will note that to each profession the usages of the neighbour seem immoral. To the intellectual, for example, the politician seems immoral, because his words are inexact, insincere and contradictory. The intellectual has his enunciative, verbal mission; when he has written or pronounced words that express something with precision, with grace and with logic, he has done all he had to do; the realization does not interest him. In contrast, the politician aspires only to realize his thoughts, not to say them. It is, then, his obligation not to say what he thinks, not to give his intimacy to the wind; his commandment is not lyrical. The lie, within, at least, certain long limits, is for him a duty. The same discrepancy exists between the social classes. For a woman of the petty bourgeoisie, you, the elegant ladies, are a representation of the devil. The petite bourgeoise believes that woman has come into the world to stay at home and not smoke. She has a morality made almost entirely of prohibitions, and her great virtue consists, principally, in what she does not do. And so it has always happened. Among the tombs of old republican Rome many are preserved where, under a feminine name, these words of praise are written: Domiseda, lanifica. «She has lived seated in her house and has spun».»
«I did not know myself to be so scantily Roman!» —interrupted the nymph of the shipwreck. Because, in effect, reducing life to that is for me the height of immorality.
«Of course! Your cosmic mission is rigorously contrary. You feel within yourself, with identical religiosity, a commandment of restlessness, of essay and creation. Neither can I have sympathy for the norm of life of the bourgeois, who thinks he acts well when he limits himself to caring for his little business, preserving the peace of his spirit, shunning every amplification of his ideas, repeating today what of yesterday around the little table and
voir autour de soi croître dans la maison
sous les paisibles lois d’une agréable mère
de petits citoyens dont on croit être père.
«Now you really are being frankly immoral, my friend.»
«No; I do not claim that the bourgeois should abandon his morality; I would only ask that he leave me mine. This coexistence of most diverse commandments is what Hinduism expresses with the dharma. Within the Hindu religion all creeds, all doctrines fit; Hinduism is not dogmatic. There is only one thing whose acceptance it demands: the fulfilment of the ritual duties. Each caste has a repertory of permitted and obligatory actions, a dharma, to which it is forced to adjust itself, because it constitutes the ultimate law of the universe. Each individual can arrive at perfection within his dharma, and cannot arrive at it by any other path. The Brahman has his morality of meditation and asceticism, as the kshatriya or warrior has his of fierceness and combat. The gods themselves are subjected to a rigorous regime: they have to behave as gods. The illicit thing is to commit the transgression of a dharma and to pass over to another’s, unless it be by way of sacrifice. The undue act inexorably brings about reincarnation in an inferior species. Let it not be said that this is not a rigorous morality. From the beginning of times, as ultimate reality of the universe, as the only thing that gives it indestructible consistency, the ritual duties of each human type are prescribed. The god Brahma taught the gigantic list of vital norms to the other gods, and expounded it in one hundred thousand chapters, as is told us in the Mahabharata. Instead of instituting a single profile of moral correctness, annulling the richness of the cosmos, the Hindu respects and accepts the marvellous plurality of the world, and in principle, as Weber indicates, admits a morality for the thief and the prostitute. In contrast, he does not permit the least slip within each moral statute. One of the holiest men, King Vipashcit, was condemned to grave infernal punishments because he forgot to sleep with one of his women a certain night in which conception would have been achieved. There is no possible escape. The old poem says it beautifully: «As among a thousand cows the calf finds its mother, so the sin committed once pursues eternally its author». Well then, my friend: your dharma is to play golf, as mine is a dharma of writing and conversation. When I see you in your healthy and youthful aspect, dressed without fault, flexing the golf club, you seem to me a perfect being, who honours and adorns the Universe. But if I saw myself in the same attire and in identical posture, I would seem to myself an objection against the good order of the cosmos.»
«You are a doctrinaire» —exclaimed then the faun who had just received my praises.
«I believed myself to be quite the contrary. Does not the idea of the dharma mean a sublime empiricism of morality? What I maintain is that there is no act whatsoever indifferent, and that what is good in one man is evil in another. Perhaps it would be better to counter the contemporary pathos in which every discussion of ethics is wont to be blunted with the more elegant tepidity with which the ancients instead of «the moral» —tremendous word— used to say «the decent», quod decet, what goes well, the correct. Well then; I believe that not only every office, but every individual, has his untransferable and personal decency, his ideal repertory of due actions and gestures.»
But it was useless… My friends had disappeared. Had my words dissolved the affectionate group? Not so much. The reason for their flight was another. Golf is inexorable, like celestial mechanics, and at a certain hour the games are formed with exemplary punctuality. Neither friendship nor enthusiasm suffice to retain the players. The gallery had remained solitary. Only Alicia, with her heart of maximal oscillations, stayed by my side.
«Ah, sublime nymph! What you do now is more sublime than everything. Instead of going off to play, you prefer my company; that is, you sacrifice your sportive dharma to my dharma of conversation.»
«Yes, you know? Yesterday, getting down from the automobile, I hurt an ankle and I cannot walk over the field.»
«Ah, I see!»
—Bravo per il dharma! —disse la ninfa acutissima, appoggiando poi il rubino delle sue labbra sul grande rubino del bicchiere dove il sole si scioglieva in borgogna. Dietro a quel dharma sospetto tutta una teoria. Venga subito, ora piuttosto che dopo! Con gli antipasti arrivarono gli aneddoti, con l’entrée lei si azzardò a corteggiarmi, ora si presenta l’arrosto, la cosa fondamentale; venga, dunque, la teoria. Non mi negheranno che il pasto è perfetto!
—Non tanto quanto una teoria, Alicia incalcolabile; si tratta non più che di un sospetto e di un modo di sentire che ha trenta secoli di esistenza. In essa è riassunta la vetustissima sapienza di tutto il continente asiatico, la sua esperienza gigante del mondo e della vita.
—Ha detto Asia? —interruppe la ninfa audace. Io mi struggo per l’Asia intera; il mio entusiasmo è continentale. A Biarritz solevo leggere Confucio, e il mio cuore vacilla sempre tra Budda e Gengis-Khan.
—Prescindiamo un momento dal suo cuore, Alicia; oggetto tanto meraviglioso ci porterebbe troppo lontano, trascinati dalla sua geniale oscillazione. Con l’idea del dharma volevo soltanto insinuare che è un errore considerare la morale come un sistema di proibizioni e doveri generici, lo stesso per tutti gli individui. Questo è un’astrazione. Sono molto poche, se ce ne sono, le azioni che sono assolutamente male o assolutamente bene. La vita è tanto ricca di situazioni differenti, che non c’è luogo a chiuderla dentro un unico profilo morale. Nella Paradosso del commediante suggerisce paradossalmente Diderot che la morale consiste, piuttosto, in una serie di immoralità professionali. Il vescovo vende le sue bolle, e fa molto bene. Il commerciante inganna il parrocchiano, e fa anche perfettamente. L’immoralità comincerebbe quando il commerciante vendesse bolle e il vescovo barasse nel peso. Questo scherzo di Diderot nasconde sotto il suo eccesso una grande verità. Notino che a ogni professione sembrano immorali gli usi della vicina. All’intellettuale, per esempio, sembra immorale il politico, perché le sue parole sono inesatte, insincere e contraddittorie. L’intellettuale ha la sua missione enunciativa, verbale; quando ha scritto o pronunciato parole che esprimono qualcosa con precisione, con grazia e con logica, ha fatto quanto aveva da fare; la realizzazione non lo interessa. Invece, il politico aspira unicamente a realizzare i suoi pensieri, non a dirli. È, quindi, sua obbligazione non dire ciò che pensa, non dare al vento la sua intimità; il suo comandamento non è lirico. La menzogna, dentro, almeno, certi lunghi limiti, è per lui un dovere. La stessa discrepanza esiste tra le classi sociali. Per una donna della piccola borghesia, voi, le dame eleganti, siete una rappresentazione del demonio. La petite bourgeoise crede che la donna sia venuta al mondo per starsene in casa e non fumare. Ha una morale fatta quasi per intero di proibizioni, e la sua grande virtù consiste, principalmente, in ciò che non fa. E così è sempre accaduto. Tra le tombe della vecchia Roma repubblicana se ne conservano molte dove, sotto un nome femminile, sono scritti questi vocaboli di lode: Domiseda, lanifica. «Ha vissuto seduta in casa sua e ha filato».
—Non mi sapevo tanto scarsamente romana! —interruppe la ninfa del naufragio. Perché, in effetti, ridurre la vita a questo è per me il colmo dell’immoralità.
—Chiaro! La missione cosmica di lei è rigorosamente contraria. Sente lei dentro di sé, con identica religiosità, un comandamento di inquietudine, di tentativo e creazione. Neppure io posso avere simpatia per la norma vitale del borghese, che pensa di operare bene quando si limita a curare il suo piccolo negozio, conservare la pace del suo spirito, rifuggire ogni ampliamento delle sue idee, ripetere oggi quello di ieri attorno al tavolino e
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de petits citoyens dont on croit être père.
—Ora sì che è proprio immorale, amico mio.
—No; io non pretendo che il borghese abbandoni la sua morale; soltanto chiederei che mi lasci a me la mia. Questa coesistenza di comandamenti diversissimi è quella che l’induismo esprime con il dharma. Dentro la religione indù entrano tutte le credenze, tutte le dottrine; l’induismo non è dogmatico. C’è soltanto una cosa la cui accettazione esige: l’adempimento dei doveri rituali. Ogni casta ha un repertorio di azioni permesse e obbligate, un dharma, a cui è forzoso adeguarsi, perché costituisce la legge ultima dell’universo. Ogni individuo può giungere alla perfezione dentro il suo dharma, e non può giungervi per nessun’altra via. Il bramino ha la sua morale di meditazione e di ascetismo, come lo ksatriya o guerriero ha la sua di fierezza e combattimento. Gli dèi stessi sono sottoposti a un regime rigoroso: devono comportarsi come dèi. L’illecito è commettere la trasgressione di un dharma e passare all’altrui, se non per via di sacrificio. L’atto indebito trascina inesorabilmente la reincarnazione in una specie inferiore. Non si dica che non è questa una morale rigorosa. Dall’inizio dei tempi, come realtà ultima dell’universo, come l’unica cosa che dà a questo consistenza indistruttibile, si trovano prescritti i doveri rituali di ogni tipo umano. Il dio Brahma insegnò la gigantesca lista di norme vitali agli altri dèi, e la espose in centomila capitoli, secondo quanto ci è riferito nel Mahabharata. Invece di instaurare un solo profilo di correttezza morale, annullando la ricchezza del cosmo, l’indù rispetta e accetta la meravigliosa pluralità del mondo, e in principio, come indica Weber, ammette una morale per il ladro e la prostituta. In cambio, non permette il minimo scivolone dentro ciascuno statuto morale. Uno degli uomini più santi, il re Vipashcit, fu condannato a gravi castighi infernali perché si dimenticò di dormire con una delle sue donne una certa notte in cui si sarebbe potuta conseguire la concezione. Non c’è scampo possibile. Il vecchio poema lo dice bellamente: «Come tra mille vacche il vitello trova sua madre, così il peccato commesso una volta insegue eternamente il suo autore». Ebbene, amico mio: il dharma di lei è giocare al golf, come il mio è un dharma di scrittura e conversazione. Quando la vedo nel suo aspetto sano e giovanile, vestito senza fallo, flettere il bastone da golf, mi sembra un essere perfetto, che onora e decora l’Universo. Ma se io mi vedessi con lo stesso abbigliamento e in identica postura, mi parrei a me stesso un’obiezione contro il buon ordine del cosmo.
—Lei è un dottrinario —esclamò allora il fauno che aveva appena ricevuto le mie lodi.
—Io credevo di essere tutto il contrario. Non significa l’idea del dharma un sublime empirismo della morale? Quello che io sostengo è che non c’è atto alcuno indifferente, e che il buono in un uomo è cattivo in un altro. Forse sarebbe meglio contrapporre al patetismo contemporaneo in cui suole ottundersi ogni discussione sull’etica la più elegante tiepidezza con cui gli antichi invece di «il morale» —parola tremenda— solevano dire «il decente», quod decet, ciò che sta bene, il corretto. Ebbene; io credo che non soltanto ogni ufficio, ma ogni individuo, ha la sua decenza intrasferibile e personale, il suo repertorio ideale di azioni e gesti dovuti.
Ma fu inutile… I miei amici erano spariti. Le mie parole avevano dissolto l’affettuoso gruppo? Non tanto. La ragione della loro fuga era un’altra. Il golf è inesorabile, come la meccanica celeste, e a una certa ora le partite si formano con esemplare puntualità. Né l’amicizia né l’entusiasmo bastano a trattenere i giocatori. La galleria era rimasta solitaria. Soltanto Alicia, con il suo cuore di massime oscillazioni, restava al mio fianco.
—Ah, ninfa sublime! Quello che lei fa ora è più sublime di tutto. Invece di andarsene a giocare, preferisce la mia compagnia; cioè, sacrifica il suo dharma sportivo al mio dharma di conversazione.
—Sì, sa? Ieri, scendendo dall’automobile, mi sono fatta male a una caviglia e non posso camminare per il campo.
—Ah, andiamo!