Abstract
Political reportage on a cabinet crisis being settled among palace dukes and marquises (Infantado, Viana, Torrecilla), which Ortega denounces as a chamber crisis, neither parliamentary nor national. Topical journalism, not philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Tres días ya sin solución para la crisis política. Y a medida que pasa el tiempo, el conflicto se agrava, los ánimos vibran más enconados y las pasiones se enardecen. Buena prueba de ello, la nota que ayer dieron a la Prensa las izquierdas y la declaración de los ex ministros conservadores frente a los ensayos de solución que realiza, sin éxito alguno, el señor Maura. El ambiente es hoy más duro que hace tres días; hasta el aire parece haberse tornado más agresivo. Vean los privados de Palacio cuáles son los frutos que han logrado para la Corona en tres días de crisis.
Ayer todo fueron cabildeos y reuniones misteriosas; el embrollo político alcanzó proporciones inverosímiles. Sobre la escena de la más vieja farsa han aparecido nuevos personajes. Todos son privados de la corte, validos del Rey. El desarrollo de la crisis adquiere, por lo tanto, un aire de capricho e intervención personal que hiende lo mejor de la Constitución. Entre duques, condes y marqueses anda el juego; mientras tanto, España avizora el horizonte político, arisca y celosa. No se juzga útil escuchar su voz, y ella hace bien en guardarla para cuando sea llegada la hora y hacerla oír con imperio.
La solución de la crisis pasa de mano en mano entre el duque del Infantado, el marqués de la Torrecilla y el favorito mayor señor marqués de Viana. ¿Quiénes son estos personajes de tan decorativo renombre, ni qué tienen que ver con los profundos anhelos de España?
Crisis de cámara, crisis doméstica y secreta, crisis de salón o de camarín, ésta de ahora es todo menos una crisis moderna, parlamentaria, democrática y nacional. ¿Quién tiene tan esencial interés por lograr que entre la plaza de Oriente y la entraña viva de la nación española se abra un foso infranqueable de ciudadelas enemigas?
Ni el duque del Infantado, ni Viana, ni Torrecilla, ni valido o favorito alguno de los que dedican alternativamente sus horas al polo y a la política palaciega, pueden representar, no ya una opinión española, pero ni siquiera el eco de una pequeña voz nacional. ¿Quién les llama a estas andanzas? ¿No pasaron ya los tiempos del poder arbitrario? ¿No estamos dispuestos a que España ingrese en la Liga de las Naciones? Pues recordemos que en una de las cláusulas obligatorias de esa Liga de pueblos libres, las naciones vencedoras han dicho: «No será admitido un pueblo que todavía esté gobernado por poderes arbitrarios e irresponsables».
En la jornada de ayer, la política misteriosa llegó a culminar en un episodio grotesco. Se hizo saber a los ex ministros conservadores —barrera que se opone a los caprichos presentes— que si no mostraban alguna avenencia que permitiese al señor Maura formar un Gabinete de concentración, la Corona llamaría inmediatamente a don Melquiades Álvarez para que disolviera las Cortes y convocara elecciones nuevas. Ya va picando en historia esta estulta manía de esgrimir la política y la personalidad del señor Álvarez como si se tratara de un «coco» para espantar viejas almas sagastinas o romeristas. Parece que desde la plaza de Oriente, y creyendo (no sabemos si con razón o sin ella) muy asustadizos a los liberales-conservadores, se les viene a gritar: «¡Que viene el hombre del saco; que llega el sacamantecas!»
La costumbre, el viejo hábito de jugar con todo género de políticos, hace creer a los privados que cualquier hombre público es susceptible de las mismas cabriolas. Y acaso se equivocan lamentablemente. De modo que ¿se va a llamar a don Melquiades Álvarez, si los conservadores no se avienen a servir al señor Maura? Pero, ¿han contado los palaciegos con la voluntad del señor Álvarez?
Vea el lector a qué punto de relajación política hemos llegado, que en pleno siglo XX, después de una enorme lucha por la libertad, se resuelven las crisis de España como podría dirimir un señor feudal las querellas de sus criados; ¡oh inefable españolismo del duque del Infantado, del marqués de Viana y del marqués de la Torrecilla!
Presiones, amenazas personales, coacciones de todo género, secretos ofrecimientos y misteriosas venganzas… he ahí el saldo que arroja la jornada de ayer, que ha sido más que ninguna otra la de los favoritos, la de los camelots. Ni una voz liberal en torno a la Corona. Y ciertamente, no es que la ausencia de liberales en la consulta sea un grave atentado contra la Constitución, y acaso ni siquiera sea una culpa venial. Pero al lado de la Constitución y cuando se trata de la Corona, hay otros principios, otras altísimas normas que no es lícito olvidar. Si es grave que la Corona falte a la Constitución, es mucho más doloroso y trascendental —nos lo dice la palabra— que la Corte falte a la cortesía.
Publicado sin firma, El Sol, 19 de julio de 1919