Ortega y Gasset
Abstract
Madrid 1926: Ortega recalls his 1922 forecast that fascism was not merely Italian but a new species bound to spread across Europe, and explains dictatorships by the inability of parliamentary institutions to govern, i.e. to solve problems. He also insists the writer must describe the facts rather than be a party man.
Connections
Assi: Legittimità del potere
Concetti: Stato
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Madrid, junio de 1926
Hace cuatro años, con ocasión del triunfo fascista, me ocurrió escribir en El Sol, de Madrid, lo siguiente: «Se equivocan los que ven en el fascismo un fenómeno político exclusivamente italiano. El fascismo es un individuo de una especie nueva, que va a poblar durante unos años toda el área de Europa. No es siquiera cronológicamente el primer representante de esta fauna invasora. Los movimientos de Turquía y de Grecia le han precedido y son del mismo linaje. Acertará en sus previsiones quien sepa disociar los rasgos accidentales que individualizan este general fenómeno histórico dándole perfil diverso en cada país, de la anatomía típica y común que presentará en todas partes. Los movimientos dictatoriales comenzarán por extenderse a lo largo del Mediterráneo (un año después sobrevino en España el golpe de Estado), luego pasarán a Francia, más tarde a Alemania y ni siquiera Inglaterra se verá exenta de ellos. La razón de este orden en la emergencia del hecho no es otra que el grado de solidez propio a cada uno de esos Estados. Los Estados más livianos serán los primeros en sufrir la epidemia. En cada país cobrará aspecto diferencial, pero, mutatis mutandis, el fenómeno será dondequiera idéntico en todo lo esencial. Él va a mostrarnos, como en un laboratorio, el alto coeficiente de homogeneidad a que ha llegado Europa. Cien años de democracias equivalentes y de similar capitalismo han dado a todas las sociedades europeas una estructura pareja».
Me mueve hoy a la reiteración de lo dicho antaño la doble noticia que llega en este momento: «un mariscal que se solivianta en Polonia y el arreglo, sin arreglo, de la huelga inglesa». Todo el mundo verá la conexión entre el primero de estos hechos y mis anticipaciones de hace cuatro años. Menos claro resulta el nexo entre esa huelga evitada y la posibilidad de dictadura en Inglaterra. Sin embargo, lo acaecido estos días en Inglaterra es, a mi juicio, un hecho típico, característico del proceso que termina en la explosión dictatorial. ¿Por qué se ha llegado a ésta en otros países? En resumen y esquematizando la realidad, por esta razón sencilla: porque las instituciones parlamentarias vigentes no lograban gobernar, gobernar en el sentido más hondo y más obvio de la palabra, esto es, resolver los problemas planteados urgentemente en cada Nación. Antes de la guerra se gobernaba poco. Después de la guerra nada. Han surgido cuestiones más graves y difíciles, tanto que en todos los países de Europa se ha optado por demorarlas, se ha renunciado tácitamente a resolverlas. Con ello no se ha conseguido otra cosa que hacerlas más agudas y virulentas. La máquina institucional se detiene y al detenerse revienta. La «gente» quiere que le resuelvan sus conflictos y acepta la intromisión de cualquiera que se presente con aire decidido, dispuesto a gobernar. Lo probable es que tampoco el recién llegado lo consiga, pero no hay medio de extirpar por anticipado a la masa pública la ilusión de que lo va a lograr.
La conclusión de la huelga inglesa no ha implicado solución del formidable problema económico que la engendró. Todo lo contrario: ha demostrado que en las actuales instituciones británicas se ha llegado, como en Francia, como en Italia, como en España, a un equilibrio de fuerzas tal, que el dinamismo político se anula y el Estado se estaciona incapaz de caminar. La inactividad de los órganos constitucionales significa la mayor propaganda en beneficio de los dictatoriales.
Hacer constar esto sencillamente, describir el sentido auténtico de los grandes hechos contemporáneos, es juzgado por muchos —sobre todo en países donde abunda el lector poco atento— como adhesión al principio de las dictaduras. Pero este juicio me parece desdeñable y no pasa de ser una tontería. Se ha olvidado la norma propia del oficio intelectual. Un escritor no puede ser primariamente hombre de partido. Su misión esencial lo obliga a evitar serlo. Debe, ante todo, saturar de realidad su retina, luego analizar lo visto, por fin, ensayar una clara definición. De esta manera existe una vaga probabilidad de que su labor resulte aprovechable.
Yo no digo que el hombre adjunto al escritor no tenga derecho a tomar apasionadamente partido. Pero su obra intelectual tiene que mantenerse impermeable al partidismo. Es esto para él cuestión de conciencia profesional. La razón de ello parece sobremanera evidente. El escritor partidista pierde ipso facto autoridad ante el lector que busca en él una más fina percepción de lo real.
Se dirá que con entes demasiado serenos no se puede hacer política. Es posible que esto sea verdad. Pero no está demostrado que la misión de los escritores consista en hacer política. Para eso están precisamente los políticos de diverso formato, los conductores de las muchedumbres y las muchedumbres mismas.
Por una curiosa perversión de los mejores usos hoy se azuza al escritor para que intervenga en la acción pública, lo cual equivale a llegarse a él en el momento de tomar la pluma y decirle: «¡Póngase usted frenético y luego manuscriba!»
Sazón ha habido en que la circunstancia política era de sobra clara para que el escritor pudiese entregarse a la delicia de apasionarse. Pasión es arrebato y el arrebatado se siente llevado como en volandas, sin pesar sobre sus propios músculos. Por eso, la ninfa mitológica sueña la felicidad bajo la especie de un centauro que la toma en vilo, la asienta en su anca y galopa hacia el corazón del bosque. Lo otro, el huir del arrebato, el imperativo de serenidad, implica la condena a caminar siempre sobre los propios pies, a sostenerse a sí mismo perdurablemente y llevarse a la rastra un día y otro.
Digo, pues, que si ha habido ocasiones en que la simplicidad de la coyuntura política daba una cierta licitud al frenesí del escritor, la hora presente lo excluye rigorosamente. Porque es lo característico del momento la ausencia, no de entusiasmo, sino de ideas claras en que insertarlo.
He aquí una empresa que nos es exclusiva, que nadie llevará a cabo si los escritores no la preparan y orientan: la invención de nuevas instituciones ajustadas al pulso contemporáneo. El escritor, creo yo, no debe ser político porque se anula como escritor, pero su obra es un ingrediente esencial de toda política estable.
Las dictaduras que, hasta ahora, han brotado —no obstante su omnímodo poder— presentan un aspecto extrañamente transitorio, que no se compagina con el hecho de no tener enfrente grandes fuerzas antagónicas. Esa estabilidad que les falta proviene, a mi juicio, de que han querido prescindir demasiado de las ideas. Yo he sostenido en otros lugares que los últimos siglos han exagerado la importancia de las ideas y consecuentemente de los ideólogos. Pero estas dictaduras cometen la exageración opuesta y quieren demostrar que las ideas son la quinta rueda del carro. Una actitud equidistante de ambas parece ser la más discreta. La dictadura desnuda y a la intemperie, sin atmósfera de pensamiento, toma fácilmente el aspecto de un simple suceso que no llega a ser un momento histórico.
La pasión y el interés, el coraje y aun la buena voluntad, son necesarios, como el motor, para que una política levante su vuelo, pero sólo las ideas pueden darle estabilidad. Por medio de ellas se apoya y afianza en las cabezas de los ciudadanos.
La Nación, 18 de julio de 1926
Madrid, June 1926
Four years ago, on the occasion of the fascist triumph, it happened that I wrote in El Sol, of Madrid, the following: “Those who see in fascism an exclusively Italian political phenomenon are mistaken. Fascism is an individual of a new species, which is going to people, for some years, the whole area of Europe. It is not even chronologically the first representative of this invading fauna. The movements of Turkey and of Greece have preceded it and are of the same lineage. He will be right in his predictions who knows how to dissociate the accidental traits that individualize this general historical phenomenon, giving it a diverse profile in each country, from the typical and common anatomy that it will present everywhere. The dictatorial movements will begin by spreading along the Mediterranean (a year later the coup d’état came about in Spain), then they will pass to France, later to Germany and not even England will be exempt from them. The reason for this order in the emergence of the fact is none other than the degree of solidity proper to each of those States. The most lightweight States will be the first to suffer the epidemic. In each country it will take on a differential aspect, but, mutatis mutandis, the phenomenon will be everywhere identical in all that is essential. It is going to show us, as in a laboratory, the high coefficient of homogeneity that Europe has reached. A hundred years of equivalent democracies and of similar capitalism have given all European societies a like structure.”
Today I am moved to reiterate what was said long ago by the double piece of news that arrives at this moment: “a marshal who rises up in Poland and the settling, without settlement, of the English strike.” Everyone will see the connection between the first of these facts and my anticipations of four years ago. Less clear is the nexus between that avoided strike and the possibility of dictatorship in England. Nevertheless, what has happened these days in England is, in my judgment, a typical fact, characteristic of the process that ends in the dictatorial explosion. Why has it been reached in other countries? In sum and schematizing reality, for this simple reason: because the existing parliamentary institutions did not succeed in governing, governing in the deepest and most obvious sense of the word, that is, resolving the problems urgently posed in each Nation. Before the war little was governed. After the war nothing. Graver and more difficult questions have arisen, so much so that in all the countries of Europe the choice has been to postpone them, tacitly renouncing their resolution. With this nothing else has been achieved than making them more acute and virulent. The institutional machine stops and in stopping bursts. The “people” want their conflicts resolved for them and accept the intrusion of anyone who presents himself with a decided air, ready to govern. The likely thing is that not even the newcomer will achieve it, but there is no way to extirpate in advance from the public mass the illusion that he is going to achieve it.
The conclusion of the English strike has not implied a solution of the formidable economic problem that engendered it. Quite the contrary: it has shown that in the present British institutions one has reached, as in France, as in Italy, as in Spain, such an equilibrium of forces that political dynamism is annulled and the State stagnates incapable of advancing. The inactivity of the constitutional organs means the greatest propaganda in favor of the dictatorial ones.
Simply to set down this, to describe the authentic sense of the great contemporary facts, is judged by many —above all in countries where the inattentive reader abounds— as adherence to the principle of the dictatorships. But this judgment seems to me contemptible and is nothing more than a piece of nonsense. The norm proper to the intellectual calling has been forgotten. A writer cannot be primarily a party man. His essential mission obliges him to avoid being one. He must, above all, saturate his retina with reality, then analyze what he has seen, finally, attempt a clear definition. In this way there exists a vague probability that his work will turn out to be useful.
I do not say that the man attached to the writer does not have the right to take sides passionately. But his intellectual work has to remain impermeable to partisanship. This is for him a question of professional conscience. The reason for it seems overabundantly evident. The partisan writer loses ipso facto authority before the reader who seeks in him a finer perception of the real.
It will be said that with beings too serene one cannot make politics. It is possible that this is true. But it has not been demonstrated that the mission of writers consists in making politics. For that there are precisely the politicians of diverse formats, the leaders of the crowds and the crowds themselves.
Through a curious perversion of the best usages today the writer is goaded to intervene in public action, which amounts to coming up to him at the moment of taking up the pen and saying to him: “Put yourself in a frenzy and then write!”
There has been a season in which the circumstance was clear enough for the writer to be able to give himself over to the delight of being impassioned. Passion is rapture and the rapt one feels carried as if borne aloft, without weighing upon his own muscles. For this reason, the mythological nymph dreams of happiness in the species of a centaur that lifts her up, sets her on his haunch and gallops toward the heart of the forest. The other, the fleeing from rapture, the imperative of serenity, implies the condemnation to always walk on one’s own feet, to sustain oneself enduringly and to drag oneself along day after day.
I say, then, that if there have been occasions in which the simplicity of the political juncture gave a certain license to the writer’s frenzy, the present hour rigorously excludes it. Because what is characteristic of the moment is the absence, not of enthusiasm, but of clear ideas in which to insert it.
Here is an enterprise that is exclusive to us, that no one will carry out if the writers do not prepare and orient it: the invention of new institutions adjusted to the contemporary pulse. The writer, I believe, should not be a politician because he annuls himself as a writer, but his work is an essential ingredient of every stable politics.
The dictatorships that, up to now, have sprouted —notwithstanding their all-powerful power— present a strangely transitory aspect, which does not square with the fact of not having before them great antagonistic forces. That stability which they lack proceeds, in my judgment, from having wished to dispense too much with ideas. I have maintained elsewhere that the last centuries have exaggerated the importance of ideas and consequently of ideologues. But these dictatorships commit the opposite exaggeration and want to demonstrate that ideas are the fifth wheel of the cart. An attitude equidistant from both seems the most discreet. The naked dictatorship, out in the open, without an atmosphere of thought, easily takes on the aspect of a simple occurrence that does not succeed in becoming a historical moment.
Passion and interest, courage and even good will, are necessary, like the motor, for a politics to lift its flight, but only ideas can give it stability. By means of them it supports and fixes itself in the heads of the citizens.
La Nación, 18 July 1926
Madrid, giugno 1926
Quattro anni fa, in occasione del trionfo fascista, mi accadde di scrivere in El Sol, di Madrid, quanto segue: «Si sbagliano coloro che vedono nel fascismo un fenomeno politico esclusivamente italiano. Il fascismo è un individuo di una specie nuova, che popolerà per alcuni anni tutta l’area dell’Europa. Non è neppure cronologicamente il primo rappresentante di questa fauna invasora. I movimenti della Turchia e della Grecia lo hanno preceduto e sono dello stesso lignaggio. Coglierà nelle sue previsioni chi saprà dissociare i tratti accidentali che individualizzano questo generale fenomeno storico dandogli profilo diverso in ogni paese, dall’anatomia tipica e comune che presenterà in ogni luogo. I movimenti dittatoriali cominceranno a estendersi lungo il Mediterraneo (un anno dopo sopravvenne in Spagna il colpo di Stato), poi passeranno in Francia, più tardi in Germania e neppure l’Inghilterra sarà esente da essi. La ragione di quest’ordine nell’emergere del fatto non è altra che il grado di solidità proprio a ciascuno di questi Stati. Gli Stati più leggeri saranno i primi a subire l’epidemia. In ogni paese assumerà aspetto differenziale, ma, mutatis mutandis, il fenomeno sarà ovunque identico in tutto l’essenziale. Esso ci mostrerà, come in un laboratorio, l’alto coefficiente di omogeneità a cui è giunta l’Europa. Cento anni di democrazie equivalenti e di simile capitalismo hanno dato a tutte le società europee una struttura simile».
Oggi mi muove alla reiterazione di quanto detto un tempo la doppia notizia che arriva in questo momento: «un maresciallo che si solleva in Polonia e l’accomodamento, senza accomodamento, dello sciopero inglese». Tutti vedranno la connessione tra il primo di questi fatti e le mie anticipazioni di quattro anni fa. Meno chiaro risulta il nesso tra quello sciopero evitato e la possibilità di dittatura in Inghilterra. Cionondimeno, quanto è accaduto in questi giorni in Inghilterra è, a mio giudizio, un fatto tipico, caratteristico del processo che termina nell’esplosione dittatoriale. Perché si è giunti a questa in altri paesi? In sintesi e schematizzando la realtà, per questa ragione semplice: perché le istituzioni parlamentari vigenti non riuscivano a governare, governare nel senso più profondo e più ovvio della parola, vale a dire, risolvere i problemi posti urgentemente in ogni Nazione. Prima della guerra si governava poco. Dopo la guerra nulla. Sono sorte questioni più gravi e più difficili, tanto che in tutti i paesi d’Europa si è optato per rinviarle, si è rinunciato tacitamente a risolverle. Con ciò non si è ottenuto altro che renderle più acute e virulente. La macchina istituzionale si ferma e fermandosi scoppia. La «gente» vuole che le risolvano i suoi conflitti e accetta l’intromissione di chiunque si presenti con aria decisa, disposto a governare. Probabile è che neppure il nuovo arrivato ci riesca, ma non c’è modo di estirpare in anticipo dalla massa pubblica l’illusione che lo conseguirà.
La conclusione dello sciopero inglese non ha implicato la soluzione del formidabile problema economico che lo ha generato. Tutto il contrario: ha dimostrato che nelle attuali istituzioni britanniche si è giunti, come in Francia, come in Italia, come in Spagna, a un equilibrio di forze tale, che il dinamismo politico si annulla e lo Stato stagna incapace di camminare. L’inattività degli organi costituzionali significa la maggior propaganda in favore dei dittatoriali.
Far constare questo semplicemente, descrivere il senso autentico dei grandi fatti contemporanei, è giudicato da molti —soprattutto in paesi dove abbonda il lettore poco attento— come adesione al principio delle dittature. Ma questo giudizio mi sembra disprezzabile e non è altro che una stupidaggine. Si è dimenticata la norma propria del mestiere intellettuale. Uno scrittore non può essere primariamente uomo di partito. La sua missione essenziale lo obbliga a evitare di esserlo. Deve, innanzitutto, saturare di realtà la sua retina, poi analizzare il visto, infine, provare una chiara definizione. In questo modo esiste una vaga probabilità che la sua opera risulti utilizzabile.
Io non dico che l’uomo aggiunto allo scrittore non abbia diritto a prendere appassionatamente partito. Ma la sua opera intellettuale deve mantenersi impermeabile al partitismo. È questa per lui questione di coscienza professionale. La ragione di ciò sembra oltremodo evidente. Lo scrittore partigiano perde ipso facto autorità davanti al lettore che cerca in lui una più fine percezione del reale.
Si dirà che con enti troppo sereni non si può fare politica. Possibile che questo sia vero. Ma non è dimostrato che la missione degli scrittori consista nel fare politica. Per questo ci sono appunto i politici di diverso formato, i conduttori delle folle e le folle stesse.
Per una curiosa perversione dei migliori usi oggi si aizza lo scrittore a intervenire nell’azione pubblica, il che equivale ad avvicinarsi a lui nel momento in cui prende la penna e dirgli: «Si metta frenetico e poi scriva!»
C’è stato tempo in cui la circostanza politica era fin troppo chiara perché lo scrittore potesse abbandonarsi alla delizia di appassionarsi. La passione è trasporto e il trasportato si sente portato come sollevato, senza pesare sui propri muscoli. Per questo, la ninfa mitologica sogna la felicità sotto la specie di un centauro che la solleva, la siede sulla sua groppa e galoppa verso il cuore del bosco. L’altro, il fuggire dal trasporto, l’imperativo della serenità, implica la condanna a camminare sempre sui propri piedi, a sostenersi da sé perennemente e a trascinarsi un giorno e l’altro.
Dico, dunque, che se ci sono state occasioni in cui la semplicità della congiuntura politica dava una certa liceità al frenesì dello scrittore, l’ora presente lo esclude rigorosamente. Perché è caratteristico del momento l’assenza, non di entusiasmo, ma di idee chiare in cui inserirlo.
Ecco un’impresa che ci è esclusiva, che nessuno porterà a compimento se gli scrittori non la preparano e non la orientano: l’invenzione di nuove istituzioni adeguate al polso contemporaneo. Lo scrittore, credo io, non deve essere politico perché si annulla come scrittore, ma la sua opera è un ingrediente essenziale di ogni politica stabile.
Le dittature che, finora, sono sbocciate —nonostante il loro onnipotente potere— presentano un aspetto stranamente transitorio, che non si concilia con il fatto di non avere davanti grandi forze antagoniste. Quella stabilità che manca loro proviene, a mio giudizio, dall’aver voluto prescindere troppo dalle idee. Io ho sostenuto in altri luoghi che gli ultimi secoli hanno esagerato l’importanza delle idee e conseguentemente degli ideologi. Ma queste dittature commettono l’esagerazione opposta e vogliono dimostrare che le idee sono la quinta ruota del carro. Un atteggiamento equidistante da entrambe sembra il più discreto. La dittatura nuda e all’addiaccio, senza atmosfera di pensiero, prende facilmente l’aspetto di un semplice avvenimento che non arriva a essere un momento storico.
La passione e l’interesse, il coraggio e anche la buona volontà, sono necessari, come il motore, perché una politica spicchi il volo, ma soltanto le idee possono darle stabilità. Per mezzo di esse si appoggia e si afferma nelle teste dei cittadini.
La Nación, 18 luglio 1926