Abstract
Contrasts two postwar phenomena: the official internationalism of the League of Nations, a phantom that never gained real body, and the spontaneous cosmopolitanism of a few dozen intellectuals per country who feel closer to their foreign peers than to the rest of their own nation. A cultural-historical diagnosis rather than systematic philosophy.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
En el paisaje de la postguerra se acusan entre otros, con creciente claridad, dos fenómenos que al ser enfrontados facilitan su recíproca definición. Uno de ellos es el internacionalismo representado por la Sociedad de las Naciones; otro es el cosmopolitismo de ciertas minorías intelectuales.
La Sociedad de las Naciones contaba con grandes medios para llegar a constituir un poder real y eficiente en la vida europea. Se la ha dotado con abundantes recursos económicos; se ha hecho amplia propaganda de su institución; encontraba en cada país fuertes partidos políticos organizados que simpatizaban con sus propósitos. Sin embargo, la Sociedad de las Naciones no ha logrado conquistar corporeidad alguna en la existencia histórica. Es un fantasma nato que arrastra un sino espectral. No es una fuerza nueva que intervenga de manera apreciable en el proceso universal. Por lo menos —y esta dimensión relativa del fenómeno es la única que ahora interesa— existe una enorme desproporción entre los medios con que cuenta y la realidad que posee. El internacionalismo que aspiraba a instaurar no ha avanzado un solo paso. Las naciones son hoy más nacionalistas, menos internacionalizadas que en 1919.
En cambio, desde 1920, sin que nadie se lo haya propuesto ni lo haya enunciado como programa, sin acto alguno ni siquiera intención de propaganda, sin aparato ni instrumento de ninguna clase, ha acaecido el hecho de que la gente mejor del gremio intelectual en Europa y América se encuentra, sin saber cómo, reunida en la más estrecha convivencia. No se sabe si lo más sorprendente de este fenómeno es la rapidez o la espontaneidad con que se ha producido.
En cada país hay una o varias docenas de hombres que se sienten más próximos de otros individuos habitantes en otros Estados que del resto de su propia nación. Sin premeditarlo, se sorprenden en todo instante atentos a lo que esos espíritus lejanos hacen o dicen. Más aún: por una extraña telepatía, que procede de la armonía preestablecida entre sus almas, presienten los pensamientos de esas mentes afines.
Desde España hemos podido percibir claramente este suceso. Que un escritor alemán atienda a otros de Inglaterra o de Francia, y viceversa, pudiera atribuirse a curiosidad sospechosa o, cuando menos, al natural prestigio que el vencedor tiene para el vencido o para el vencedor la víctima difícil. Pero que los hombres de más fino espíritu residentes en esas grandes naciones se interesen por la labor y las maneras de los que trabajamos en un país políticamente decaído como España, es un síntoma nada equívoco de que sobre el mundo comienza el pausado triunfo de la generosidad. En la segunda mitad del siglo XIX hubiera sido inverosímil un hecho parecido. Un pensador de un país no se inclinaba a tomar en cuenta más que a los pensadores de los países que tuviesen el mismo o mayor número de soldados y de Bancos que el suyo. Esto significaba que la curiosidad por el extraño no era espontánea ni nacía como una necesidad primaria del hombre de letras o ciencias. Por sí mismo tendía al aislamiento nacional, vivía intelectualmente hacia dentro de su nación; por tanto, cara a la masa, no a sus iguales, preocupado u ocupado con sus inferiores, no con sus pares. Faltaba ese impulso inconfundible y originario hacia el equivalente o superior, síntoma exquisito de la exquisita disposición espiritual a que luego me refiero.
Y, en efecto, durante los postreros cincuenta años de la última centuria se hallaba la vida intelectual europea más disociada que lo había estado nunca desde sus comienzos. Y esta disociación no era simplemente un fortuito atomismo y desparramamiento. Tenía, a su vez, una forma: la nacionalización del tipo de hombre intelectual. Sólo se salvaban completamente de ésta los que cultivaban ciencias o aficiones tan poco frecuentadas, que no podían bastarse a sí mismos los de sólo un país. Así, los estudiosos de la alta nueva matemática, un puñado de hombres desperdigados por el planeta, formaban una curiosísima asociación espontánea, tan estrecha y poco numerosa, que adquiría un aspecto familiar, con la ternura y aire doméstico que van anejos. En las ciencias de experimentación, forzados a tener en cuenta los hechos descubiertos aquí o allá, atendían la producción universal, pero sólo lo estrictamente necesario. Leían las memorias y comunicaciones de los laboratorios, pero no seguían el pensamiento viviente de sus autores ni les interesaban las personas. En el resto de las ciencias y en casi todas las artes no existía convivencia ninguna y apenas mutuo conocimiento.
En 1907 —puedo asegurarlo, sin más error verosímil que alguno pequeñísimo, propio más bien para confirmar la veracidad del dato— no había un solo filósofo en Alemania, entre las figuras predominantes a la fecha, que hubiese leído a Bergson. Yo no conseguí nunca que el gran Hermann Cohen lo leyese, no obstante ser de su misma raza.
La distancia entre tales hechos y la realidad actual es tanta, que parece increíble cómo han podido en tan poco tiempo variar tanto las cosas.
Hoy conviven más íntimamente ciertos hombres de ciencia alemanes o ingleses con sus congéneres de España o de América que con la masa de su país. Y no son unos hombres cualesquiera. Si se pregunta a la gente media de esos pueblos quiénes son sus cabezas mejores, nombrarán precisamente a ésos, los reconocerán como los egregios. Y, sin embargo, a ser sincera, añadirá que no se siente próxima a ellos.
Éste es el fenómeno que en ritmo acelerado se está produciendo en dondequiera. El cosmopolitismo intelectual se afirma sobre la tierra, en significativo contraste con el fracaso del internacionalismo político. No voy ahora a reflexionar sobre éste; me interesa más insistir sobre la fisonomía de aquél.
Es, por lo pronto, un signo orientador advertir que esos intelectuales cosmopolitas no son todos los intelectuales de cada nación, sino únicamente los mejores de la generación vigente, los que forman hoy las avanzadas creadoras. Son, en suma, la minoría más selecta.
Hay personas a quienes irrita sobremanera que se hable de selección, tal vez porque su fondo insobornable les grita que no serán incluidas en ninguna selección positiva. Es de su interés enturbiar las aguas y que no se vea claro lo que con el nombre de «minoría selecta» pretende designarse.
A las minorías selectas no las elige nadie. Por la sencilla razón de que la pertenencia a ellas no es premio o una sinecura que se concede a un individuo, sino todo lo contrario, implica tan sólo una carga mayor y más graves compromisos. El selecto se selecciona a sí mismo al exigirse más que a los demás. Significa, pues, un privilegio de dolor y de esfuerzo. Selecto es todo el que desde un nivel de perfección y de exigencias aspira a una altitud mayor de exigencias y perfecciones. Es un hombre para quien la vida es entrenamiento, palabra que, como he hecho notar en recientes conferencias, traduce exactamente lo que en griego se decía ascetismo. (El ascetismo, áskesis, es el régimen de vida que seguía el atleta, lleno de ejercicios y privaciones constantes para mantenerse en forma. Este vocablo tan puramente deportivo es acaparado luego por los cenobitas y monjes y pasa a significar la dieta del hombre religioso, resuelto a mantenerse en estado de gracia, esto es, en forma, para lograr el premio de la beatitud).
No hay cosa que no pueda hacerse de uno de estos tres modos: o peor, o igual, o mejor que suele hacerse. Y estos tres modos posibles son los que producen de una manera automática la selección entre los hombres. Nuestra índole más íntima nos determina desde luego, y fatalmente, a decidirnos por uno o por otro. Hay quien no se siente vivir si no es a máxima tensión de sus capacidades. Sólo le sabe el peligro y la dificultad. La existencia no tiene para él sentido si no es ascensión de lo menos a lo más perfecto. De aquí que le repugne el dominio. El temperamento dominador ve todo de arriba abajo: le complace mirar a los inferiores, y su afán de ascensión es sólo el deseo de estar encima de los inferiores; por tanto, de lo que está bajo. El temperamento selecto no goza con ningún predominio. Señorear algo es, a la postre, tratar con inferiores y él necesita, por el contrario, el acicate constante que le impulse hacia arriba, la succión de lo supremo. Por lo menos necesita sentirse entre iguales. Al cabo, el que nos es igual, puesto que no lo dominamos, está siempre en potencia de superarnos y nos incita, por tanto, al certamen ascensional.
De aquí que los cosmopolitas de la cultura se sientan desligados de la convivencia espiritual con la masa de su nación e impremeditadamente sientan la necesidad de contacto con los pares o mejores de todo el mundo. Han menester de esa presión, de esa incitación hacia lo alto. Por su parte, la masa propensa a la inercia, al sospechar ese apetito de fuga cenital, de incansable exigencia hacia lo óptimo, se fatiga, se inquieta, se irrita y prefiere desentenderse de quien no se ocupa de ella ni siquiera para dominarla.
Así acontece que hoy asistimos a una sorprendente desarticulación del cuerpo social: las masas comienzan a vivir por sí, y lo mismo las minorías, sin mutación ni influjo recíproco. En el siglo pasado acaecía lo contrario: la minoría lo era actuando sobre la masa (por ejemplo, la literatura normal era constitutivamente popular y los libros alcanzaban enormes ediciones), y la masa abrazaba a la minoría. Pero esto, como la disociación nacionalista de la inteligencia, como tantas otras cosas de esa centuria, lejos de haber sido lo habitual en la historia, han sido fenómenos anormales y transitorios, exclusivos, o poco menos, de ella. La norma histórica ha sido más bien lo contrario. Las minorías, para serlo, para ejercer su misión, que, a la postre, va siempre en beneficio de la masa, no han convivido con ésta, se han apartado de ella.
En casi todos los siglos de historia conocida, la estructura social muestra dos estratos, dos orbes superpuestos o yuxtapuestos, en uno de los cuales vive la minoría (según sus normas, hábitos y gustos), y en otro la masa social regida por sus particulares mandamientos. La comunicación no ha solido ser directa y, sobre todo, no ha consistido en que los unos vivan para y hacia los otros.
La fusión de ambos ingredientes sociales sólo acostumbra a producirse en épocas que no crean principios, sino que meramente los propagan y aplican. Así el siglo último fue notoriamente una etapa dominada por la política —que es propagación de normas culturales— y la técnica —que es aplicación de principios científicos.
La nueva solidaridad de los ascetas, el cosmopolitismo de los mejores, coincide casualmente con una hora en que los principios de cultura tradicionales han perdido su eficacia y es, por lo mismo, urgente crear otros nuevos. Pero esta coincidencia es demasiado oportuna para ser fortuita.
Representémonos claramente la coyuntura actual en sus efectos para la actividad de inteligencia. Los principios normativos de todo orden —en ciencia, en arte, en política— han dejado de ser vigentes. ¿Qué quiere decir esto? Cuando un principio goza de vigencia histórica actúa como una disciplina objetiva, como un cauce sobreindividual donde cada uno se instala a la vez respetuoso y confiado, encontrando en él un punto de apoyo, una tierra firme. Sincera o ficticiamente, todo el mundo lo acata y procura ajustarse a él. Esto permite una fácil convivencia y colaboración. Mas cuando toda norma se ha desvirtuado no existe disciplina ninguna sobreindividual, no hay tierra firme sobre que apoyarse cómodamente. Todo se hace problemático. Los espíritus vulgares se sienten liberados de la norma que sintieron siempre como un gravamen penoso y dan suelta a su barbarie nativa e infecunda. Entonces los espíritus selectos se recogen sobre sí mismos y recurren a la única disciplina restante, la que espontáneamente emana de su propia individualidad. No pudiendo ajustarse a una norma exterior que no existe, procuran adecuarse a las exigencias imperativas que en su interior funcionan. Al amparo de ellas, bajo su influjo incitante y correctivo, trabajan en la difícil invención de los nuevos principios, fabrican silenciosamente las futuras constelaciones.
En tal coyuntura carecería de sentido todo intento de propaganda e imposición a los demás de principios aún en gestación. Por eso la minoría selecta corta la comunicación con la gran masa y renuncia a predicar, a ganar prosélitos, a combatir vanamente. Necesita todas sus energías para el delicado menester de crear. En lugar de pretender —lo que sería ilusorio— que los temperamentos toscos y triviales acepten la dieta rigorosa que a sí mismos se han impuesto ellos, se vuelven hacia los iguales, hacia los que con idéntica espontaneidad sienten pareja disciplina personal. Este contacto con almas cargadas del mismo o superior potencial dinámico les sirve para confrontar su obra y sostener su tensión. En torno, todo es bullanga y vocinglería, como la de los jóvenes círculos literarios en París, o bien la barbarie del periodista que sustituye la fineza y exactitud del pensamiento por la coz literaria, el insulto o la excitación de las pasiones multitudinarias contra la obra sutil y veraz. Otras veces, no es nada de esto, pero es la liviandad de cabeza, la frivolidad, la pirueta de sinsonte y la paradisíaca ignorancia. De espaldas a todo eso conviven entre sí los mejores, ni siquiera irritados por ello, antes bien, convencidos de que es el frenesí la afección natural de la masa cuando se han roto las normas. Esperan serenamente abstraídos en la fruición de la propia labor y saben que «la foule, quand elle aura, en tous les sens de la fureur, exaspéré sa médiocrité, sans jamais revenir à autre chose qu’à du néant central, hurlera vers le poète, un appel» (Mallarmé).
Pero esta actitud de los hombres mejores, que a primera vista parece significar un temple orgulloso, nace, por el contrario, de haber descubierto nuevamente los intelectuales el sentido de la humildad. Lo orgulloso era lo antiguo: pretender dirigir a las masas y hacer feliz a la humanidad.
Con esto venimos al rasgo más importante, a la facción más decisiva del nuevo cosmopolitismo de la inteligencia. Se trata, en efecto, de un cambio radical en la idea de la misión que se reconocía a ésta durante los dos últimos siglos. La inteligencia no debe aspirar a mandar, ni siquiera a influir y salvar a los hombres. No es ésta la forma en que puede ser más provechosa sobre el planeta. No es adelantándose al primer rango de la sociedad a la manera del político, del guerrero, del sacerdote, como cumplirá mejor su destino, sino al revés, recatándose, oscureciéndose, retirándose a líneas sociales más modestas. La inteligencia, que es la cosa más exquisita del Cosmos, es, sin embargo, muy poca cosa para pretender empujar el orbe gigante de la historia. Esta pretensión la aniquila y desvirtúa. Y sólo puede ascender a la plena dignidad de sí misma si llega a comprender su esplendor y su miseria, su virtud y su limitación. Pero esto exige un desarrollo aparte.
Revista de Occidente, diciembre, 1924