Ortega y Gasset
Abstract
A travel sketch from the old port of Gijón, displaced by El Musel: bollards, the schooner Luisa, motionless fishermen, and the “castizo” choice of siding with the defeated. Descriptive prose, not philosophy.
Connections
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Debe haber en mi corazón algo así como una nao con las velas rotas y los obenques segados, porque de otro modo no acierto a explicarme la atracción que sobre mí ejercen los puertos. Sentado en uno de estos norays de hierro donde se amarran los vapores y que llevan impresa en relieve la marca de fábrica, yo me estaría unos cuantos siglos, como dicen que oyendo a un jilguero se estuvo cierto santo eremita. Y más que en ningunos otros, hallo complacencia en estos puertos españoles, que son todos un poco tristes, porque son todos un mucho pobres.
Así en este puerto de Gijón, tan sin ventura, que ni siquiera es el puerto de Gijón. Enfrente de él, a unas cuantas millas de distancia, avanza sobre el mar, como una lengua que lame su espalda inquieta, un cerro oscuro. Los ingenieros fueron allá, desventraron el cerro y, a la fuerza, lo convirtieron en puerto del Musel. Luego vinieron los empleados del Ministerio de Fomento e hicieron del puerto del Musel el puerto de Gijón. Para todo ello se encontraron razones sobradas de orden económico y náutico. Hubo, sin embargo, largas y ardientes disputas que dividieron en dos bandos acérrimos a los gijoneses, como hoy se dividen en germanófilos y francófilos y mañana se dividirán de otra manera porque a los buenos españoles les es el mundo un pretexto para querellarse los unos con los otros.
Puesto a elegir, yo me declaro partidario del viejo puerto gijonés. ¿Por qué? Por casticismo, por tradicionalismo. En nuestra raza lo castizo fue siempre ponerse de parte del vencido. El primer poema que un español compuso —La Farsalia, de Lucano— cantaba a un vencido, y el héroe de nuestra mejor novela personifica la enorme capacidad del hombre para ser derrotado. Por esto prefiero el puerto antiguo de Gijón, que es de los dos el vencido. Apenas si se hace caso de él, y hasta don Faustino Rodríguez Sampedro, que es propietario de uno de los muelles, se afana por desprenderse de su propiedad y quiere vender a toda costa el muelle al Ayuntamiento.
Todos los días, entre doce y una, vengo a visitar el pequeño puerto humillado. Suele haber media docena de vapores o poco más que van ingurgitando por sus anchas escotas las vagonetas cargadas de carbón. Algunas balandras y quechemarines aguardan aquí y allá, movidas levemente por la respiración del mar que se contrae y se dilata en ritmo jamás roto como un pecho infinito. Atracada junto a un montón de tablas y unos toneles de éter yacentes sobre el muelle, está la goleta Luisa, tan blanca y tan menuda, dejando ver todas sus intimidades. Es ya una amistad, contraída por el azar de un encuentro, como todas las amistades. Tiempos vendrán en que se avergüence el hombre de haber ejercitado sin método y al acaso este supremo modo del sentimiento que llamamos amistad. Un día la amistad se organizará científicamente. Entretanto nos hacemos amigos de un hombre como de una goleta, porque los hemos encontrado en nuestro camino. Cada siete u ocho días la goleta Luisa llega de Santander, rasgando la fina piel del mar, y se adhiere al muelle del señor Rodríguez Sampedro. En la cubierta picotean unas gallinas, se desliza un gato de piel luminosa y hace sus bellaquerías un mico que el patrón compró en Lisboa. La admiración hacia el Prometoide encadenado suele reunir sobre el muelle un tropel de muchachos que le azuzan con grandes gritos agudos: ¡Portugués, portugués!
Uno de los mayores encantos que para el hombre de tierra ofrece la vida del hombre de mar, es la extrema alternativa entre máxima actividad y completa inercia que aquélla trae consigo. Hombres de tierra adentro serían igualmente incapaces de soportar los febriles afanes de la hora de tormenta o la en que culmina la pesca y la profunda inacción de los días en el puerto. Nadie sabe estarse tan heroicamente inmóvil horas y horas, como estos pescadores.
Estos pescadores no son asturianos. Me ha parecido observar que la raza asturiana vive en cierto modo de espaldas al mar, por lo menos, que no tiene los instintos piscatorios. He oído que prefieren la navegación de altura, que son, en gran número, pilotos y fogoneros. Así será: pero en toda la costa que he recorrido no he visto más que un pueblo que tenga el alto estilo de las razas pescadoras. Se llama Cudillero, y es un terrible nido hincado en la peña, apto sólo para que de él se lancen al mar sus hombres, como recios cormoranes, «el cuello tendido, el ala silbando».
Pero estos pescadores a que me refiero son vascos. ¡Pobre puerto viejo de Gijón! No ha bastado al destino humillarle supeditándole al joven puerto del Musel, tan petulante, con sus grúas aparatosas y sus trasatlánticos, allá enfrente, bajo el cerro tajado. Ésta es, al fin y al cabo, una humillación económica y administrativa, una preterición y mengua de orden civil. Y a un temperamento delicado y digno, con vitalidad recogida e íntima, le trae siempre un poco sin cuidado todo lo civil y administrativo. Los hombres más finos han sentido siempre un secreto placer en verse pobres y ser nadies. Los rangos económicos y los sociales se fundan en un principio de utilidad, y el hombre exquisito sabe desde hace dos mil años que a las cosas óptimas del universo les acontece ser inútiles.
Es más doloroso para este puerto que ante una pupila desinteresada, prevenida a mirarlo estéticamente, su nota más vigorosa y cumplida, la que mejor se prende en la memoria y más sacude la fantasía consiste en unas lanchas boniteras vizcaínas que siempre hay en él surtas. Sobre todo cuando se ha anunciado galerna y el cielo ceniciento gravita a lo largo de la costa, acuden por docenas, con un rumor de alarma, ligeras y trémulas bajo las ráfagas. Allí se están dos o tres días, unas junto a otras, en haces disciplinados, con su mástil único y oblicuo teñido de añil, su obra muerta de color añil, sus hombres hercúleos con anchos calzones azules, prietas camisetas de punto, boinas ajustadas, pipas en las bocas, semblantes triangulares, tallados en carne bruna por el hacha de un dios terco y simplista. No cabe imagen más llena de estilo, en que un modo de vida se exprese a sí mismo con tal pureza y plenitud. La nave y el hombre parecen aquí inseparables y forman una extraña unidad monstruosa, de esencial mitología, parida por el mar en una jornada tempestuosa y fecunda. Estos pescadores, digo, no abandonan nunca su embarcación; perduran en actitudes hieráticas indefinidamente, esfumados en la dulce niebla de la marina, y tienen además la ventaja de parecerse todos algo a don Miguel de Unamuno.
¡Inercia letal del puerto a mediodía! En el Iciar —un vaporcito que hace el cabotaje desde San Sebastián— se ha suspendido la labor de carga durante la siesta. En el suelo un hombre duerme tendido; el alma de una pala sírvele de almohada. Chapotea el agua tenazmente.
Y llegan dos hombres. Uno, con chapeo pardo, mugriento; otro, con gorra gris desfilachada. Ambos maltraídos, con gesto de atroz cansancio, las barbas crecidas y la tez de ese color amarillento que viene de las noches a la intemperie y las mañanas sin aseo. Se acercan al hombre que duerme sobre el hierro de la pala, y uno de ellos dice:
—¿Ha venido el capitán?
—No, todavía no.
—¿Cree usted que nos dará trabajo para llevarnos en cambio a San Sebastián?
—¡Mal se anda, amigos!
—¿Cómo se va a andar?… Ciento veinticinco leguas traemos desde El Ferrol. Yo y aquí mi cuñado…
—Pues a mala parte vienen si buscan trabajo.
—No, si vamos para Francia.
El hombre del chapeo pardo es un castellano que habla con una rara inteligencia de las cosas: es sereno y enérgico ante la vida, ante esa vida suya áspera, opresiva. Todo lo ve como es, con claridad y precisión. El hombre de la gorra gris, su cuñado, es extremeño: como suelen hoy —(¿dónde nació Pizarro, Hernán Cortés?)— los de su tierra, tiene el carácter reblandecido y morazo: sin espontaneidad, sin arranque, va al estricote del otro. Llamado por éste, fue de Cáceres a Ferrol; tardó tres meses; cuando llegó había pasado la buena ocasión para el trabajo. Pone a la vida adversa un rostro entre lamentable y cómico, y oculta su cobardía ante la dureza del destino bajo un disfraz de burlas.
—En Ferrol se acabó el trabajo— prosigue el del chapeo pardo. Un amigo mío que se fue a Burdeos hace seis meses y hoy tiene una buena colocación me ha escrito que me vaya y nos dará jornada. Por eso, dejamos diez reales a las mujeres y echamos a andar con otros diez. En Galicia nos echaban de los pueblos.
—¡Qué gente, la verdad! —interrumpió el extremeño. Pero yo me decía: donde una tierra acaba otra empieza. ¡Vamos pa alante!
—Las canteras están cerradas, muchas fábricas lo mismo. Las minas apretadas de obreros.
There must be in my heart something like a ship with torn sails and severed shrouds, because otherwise I cannot manage to explain to myself the attraction that ports exercise over me. Seated on one of these iron bollards where the steamers are moored and which bear stamped in relief the maker’s mark, I would remain for a few centuries, as they say that listening to a goldfinch a certain holy hermit remained. And more than in any others, I find complacency in these Spanish ports, which are all a little sad, because they are all a great deal poor.
Thus in this port of Gijón, so luckless, that it is not even the port of Gijón. Facing it, a few miles away, there advances over the sea, like a tongue that licks its restless back, a dark hill. The engineers went there, disemboweled the hill and, by force, converted it into the port of El Musel. Then the employees of the Ministry of Public Works came and made of the port of El Musel the port of Gijón. For all this, abundant reasons of an economic and nautical order were found. There were, however, long and ardent disputes that divided the Gijonese into two most acrimonious camps, as today they divide into Germanophiles and Francophiles and tomorrow they will divide in another way because for good Spaniards the world is a pretext for quarreling with one another.
Put to choose, I declare myself a partisan of the old Gijonese port. Why? For casticism, for traditionalism. In our race the castizo was always to take the side of the vanquished. The first poem a Spaniard composed —Lucan’s Pharsalia— sang of a vanquished man, and the hero of our best novel personifies the enormous capacity of man for being defeated. For this I prefer the old port of Gijón, which of the two is the vanquished. Hardly any notice is taken of it, and even don Faustino Rodríguez Sampedro, who is the owner of one of the quays, strives to rid himself of his property and wants to sell the quay to the Town Hall at all costs.
Every day, between twelve and one, I come to visit the small humiliated port. There usually are half a dozen steamers or little more which go ingurgitating through their wide sheets the little wagons loaded with coal. Some sloops and schooners wait here and there, moved lightly by the respiration of the sea that contracts and dilates in a rhythm never broken like an infinite breast. Moored beside a pile of planks and some barrels of ether lying on the quay, there is the schooner Luisa, so white and so tiny, showing all its intimacies. It is already a friendship, contracted by the chance of an encounter, like all friendships. Times will come when man will be ashamed of having exercised without method and at random this supreme mode of feeling that we call friendship. One day friendship will be organized scientifically. Meanwhile we make ourselves friends of a man as of a schooner, because we have found them on our path. Every seven or eight days the schooner Luisa arrives from Santander, tearing the fine skin of the sea, and adheres to the quay of Mr. Rodríguez Sampedro. On the deck some hens peck, a cat of luminous skin glides about and a monkey that the skipper bought in Lisbon does its rogueries. Admiration toward the chained Prometoid usually gathers upon the quay a crowd of boys who goad him with great shrill cries: Portuguese, Portuguese!
One of the greatest charms that the life of the man of the sea offers to the man of the land is the extreme alternation between maximum activity and complete inertia that it brings with it. Men of the interior would be equally incapable of enduring the feverish eagerness of the hour of storm or of the one in which fishing culminates and the profound inaction of the days in port. No one knows how to remain so heroically immobile for hours and hours, as these fishermen.
These fishermen are not Asturians. It has seemed to me to observe that the Asturian race lives in a certain way with its back to the sea, at least, that it does not have the piscatory instincts. I have heard that they prefer deep-sea navigation, that they are, in great number, pilots and stokers. So it may be: but on all the coast that I have traveled I have seen only one town that has the high style of the fishing races. It is called Cudillero, and it is a terrible nest driven into the rock, apt only for its men to launch themselves from it to the sea, like robust cormorants, “the neck stretched, the wing whistling.”
But these fishermen to whom I refer are Basques. Poor old port of Gijón! It has not sufficed fate to humiliate it by subordinating it to the young port of El Musel, so petulant, with its showy cranes and its ocean liners, over there opposite, below the cut hill. This is, after all, an economic and administrative humiliation, a preterition and diminution of the civil order. And to a delicate and worthy temperament, with withdrawn and intimate vitality, everything civil and administrative is always a little indifferent. The finest men have always felt a secret pleasure in seeing themselves poor and being nobodies. The economic and the social ranks are founded on a principle of utility, and the exquisite man has known for two thousand years that the optimal things of the universe happen to be useless.
It is more painful for this port that before a disinterested pupil, prepared to look at it aesthetically, its most vigorous and complete note, the one that best catches in the memory and most shakes the fantasy, consists in some Biscayan bonito-boats that always lie anchored in it. Above all when a gale has been announced and the ashen sky gravitates along the coast, they come by dozens, with a rumor of alarm, light and tremulous under the gusts. There they stay two or three days, one beside another, in disciplined bundles, with their single and oblique mast dyed indigo, their topsides of indigo color, their Herculean men with wide blue breeches, tight knit shirts, fitted berets, pipes in their mouths, triangular countenances, carved in brown flesh by the axe of a stubborn and simplistic god. No image fuller of style is possible, in which a way of life expresses itself with such purity and plenitude. The ship and the man seem here inseparable and form a strange monstrous unity, of essential mythology, born of the sea on a tempestuous and fecund day. These fishermen, I say, never abandon their vessel; they endure in hieratic attitudes indefinitely, dissolved in the sweet mist of the sea front, and they have moreover the advantage of all resembling somewhat don Miguel de Unamuno.
Lethal inertia of the port at noon! On the Iciar —a little steamer that does the coasting trade from San Sebastián— the labor of loading has been suspended during the siesta. On the ground a man lies asleep; the soul of a shovel serves him as pillow. The water splashes tenaciously.
And two men arrive. One, with a brown greasy hat; another, with a grey frayed cap. Both ragged, with a gesture of atrocious weariness, the beards grown and the complexion of that yellowish color that comes from nights in the open and mornings without washing. They approach the man who sleeps on the iron of the shovel, and one of them says:
—Has the captain come?
—No, not yet.
—Do you think he will give us work to take us instead to San Sebastián?
—It goes badly, friends!
—How is it going to go?… We bring a hundred and twenty-five leagues from El Ferrol. Me and my brother-in-law here…
—Well, you come to a bad part if you are looking for work.
—No, it’s that we are going to France.
The man of the brown hat is a Castilian who speaks with a rare intelligence of things: he is serene and energetic before life, before that harsh, oppressive life of his. He sees everything as it is, with clarity and precision. The man of the grey cap, his brother-in-law, is an Extremaduran: as today those of his land usually do —(where was Pizarro born, Hernán Cortés?)— he has the character softened and moorsh: without spontaneity, without drive, he goes towed by the other. Called by him, he went from Cáceres to Ferrol; it took him three months; when he arrived the good occasion for work had passed. He puts before adverse life a face between lamentable and comic, and hides his cowardice before the hardness of destiny under a disguise of mockeries.
—In Ferrol the work ran out— continues the one of the brown hat. A friend of mine who went to Bordeaux six months ago and today has a good position has written to me to go, and he will give us a day’s work. For that, we left ten reales to the women and set out walking with another ten. In Galicia they threw us out of the towns.
—What people, really! —interrupted the Extremaduran. But I told myself: where one land ends another begins. Let’s go forward!
—The quarries are closed, many factories the same. The mines crowded with workers.
Ci dev’essere nel mio cuore qualcosa come una nave con le vele rotte e le sartie recise, perché altrimenti non riesco a spiegarmi l’attrazione che esercitano su di me i porti. Seduto su una di queste bitte di ferro dove si ormano i vapori e che portano impressa in rilievo la marca di fabbrica, me ne starei per alcuni secoli, come si dice che ascoltando un cardellino se ne stette un certo santo eremita. E più che in nessun altro, trovo compiacenza in questi porti spagnoli, che sono tutti un po’ tristi, perché sono tutti un molto poveri.
Così in questo porto di Gijón, tanto senza ventura, che non è neppure il porto di Gijón. Di fronte ad esso, a poche miglia di distanza, avanza sul mare, come una lingua che lecca la sua schiena inquieta, un colle oscuro. Gli ingegneri andarono lì, sventrarono il colle e, a forza, lo convertirono nel porto del Musel. Poi vennero gli impiegati del Ministero dei Lavori Pubblici e fecero del porto del Musel il porto di Gijón. Per tutto ciò si trovarono ragioni sovrabbondanti di ordine economico e nautico. Ci furono, tuttavia, lunghe e ardenti dispute che divisero in due bande accanite i gijonesi, come oggi si dividono in germanofili e francofili e domani si divideranno in altro modo, perché per i buoni spagnoli il mondo è un pretesto per querelarsi gli uni con gli altri.
Messo a scegliere, io mi dichiaro partigiano del vecchio porto gijonese. Perché? Per casticismo, per tradizionalismo. Nella nostra razza il castizo fu sempre mettersi dalla parte del vinto. Il primo poema che uno spagnolo compose —La Farsalia, di Lucano— cantava un vinto, e l’eroe del nostro miglior romanzo personifica l’enorme capacità dell’uomo di essere sconfitto. Per questo preferisco il porto antico di Gijón, che è dei due il vinto. Appena se ne fa caso, e persino don Faustino Rodríguez Sampedro, che è proprietario di uno dei moli, si affanna a disfarsi della sua proprietà e vuole vendere a ogni costo il molo al Municipio.
Tutti i giorni, tra le dodici e l’una, vengo a visitare il piccolo porto umiliato. Suole esserci una mezza dozzina di vapori o poco più che vanno ingurgitando per le loro ampie scotte le vagonette cariche di carbone. Alcune balandre e golette aspettano qua e là, mosse leggermente dal respiro del mare che si contrae e si dilata in ritmo mai rotto come un petto infinito. Ormeggiata accanto a un mucchio di tavole e a dei barili di etere giacenti sul molo, c’è la goletta Luisa, tanto bianca e tanto minuta, lasciando vedere tutte le sue intimità. È già un’amicizia, contratta dal caso di un incontro, come tutte le amicizie. Verranno tempi in cui l’uomo si vergognerà di aver esercitato senza metodo e a caso questo supremo modo del sentimento che chiamiamo amicizia. Un giorno l’amicizia si organizzerà scientificamente. Intanto ci facciamo amici di un uomo come di una goletta, perché li abbiamo trovati sul nostro cammino. Ogni sette o otto giorni la goletta Luisa arriva da Santander, strappando la fine pelle del mare, e aderisce al molo del signor Rodríguez Sampedro. Sul ponte becchettano delle galline, si aggira un gatto dalla pelle luminosa e fa le sue birbanterie una bertuccia che il padrone comprò a Lisbona. L’ammirazione verso il Prometoide incatenato suole riunire sul molo un tropel di ragazzi che lo aizzano con grandi grida acute: «Portoghese, portoghese!»
Uno dei maggiori incanti che per l’uomo di terra offre la vita dell’uomo di mare è l’estrema alternativa tra massima attività e completa inerzia che quella porta con sé. Uomini dell’entroterra sarebbero ugualmente incapaci di sopportare i febbrili affanni dell’ora di tempesta o di quella in cui culmina la pesca e la profonda inazione dei giorni nel porto. Nessuno sa starsene così eroicamente immobile ore e ore, come questi pescatori.
Questi pescatori non sono asturiani. Mi è parso di osservare che la razza asturiana vive in certo modo di spalle al mare, per lo meno, che non ha gli istinti piscatori. Ho sentito che preferiscono la navigazione d’altura, che sono, in gran numero, piloti e fuochisti. Così sarà: ma in tutta la costa che ho percorso non ho visto che un solo paese che abbia l’alto stile delle razze pescatrici. Si chiama Cudillero, ed è un terribile nido incastrato nella roccia, atto solo a che da esso si lancino al mare i suoi uomini, come robusti cormorani, «il collo teso, l’ala sibilando».
Ma questi pescatori a cui mi riferisco sono baschi. Povero porto vecchio di Gijón! Non è bastato al destino umiliarlo assoggettandolo al giovane porto del Musel, così petulante, con le sue gru appariscenti e i suoi transatlantici, là di fronte, sotto il colle tagliato. Questa è, in fin dei conti, un’umiliazione economica e amministrativa, una preterizione e mancanza di ordine civile. E a un temperamento delicato e degno, con vitalità raccolta e intima, è sempre un po’ indifferente tutto il civile e l’amministrativo. Gli uomini più fini hanno sempre sentito un segreto piacere nel vedersi poveri ed essere nessuno. I ranghi economici e i sociali si fondano su un principio di utilità, e l’uomo squisito sa da duemila anni che alle cose ottime dell’universo accade di essere inutili.
È più doloroso per questo porto che davanti a una pupilla disinteressata, predisposta a guardarlo esteticamente, la sua nota più vigorosa e compiuta, quella che meglio si prende nella memoria e più scuote la fantasia consista in alcune lancie boniteras biscagline che sempre vi sono all’ancora. Soprattutto quando si è annunciata la galerna e il cielo cenerognolo gravita lungo la costa, accorrono a dozzine, con un rumore d’allarme, leggere e tremule sotto le raffiche. Là se ne stanno due o tre giorni, una accanto all’altra, in fasci disciplinati, con il loro albero unico e obliquo tinto d’indaco, la loro opera morta di colore indaco, i loro uomini erculei con ampi calzoni azzurri, strette canottiere a maglia, boine aderenti, pipe in bocca, sembianti triangolari, scolpiti in carne bruna dall’ascia di un dio ostinato e semplicista. Non c’è immagine più piena di stile, in cui un modo di vita si esprima da sé con tale purezza e pienezza. La nave e l’uomo sembrano qui inseparabili e formano una strana unità mostruosa, di essenziale mitologia, partorita dal mare in una giornata tempestosa e feconda. Questi pescatori, dico, non abbandonano mai la loro imbarcazione; perdurano in atteggiamenti ieratici indefinitamente, sfumati nella dolce nebbia della marina, e hanno inoltre il vantaggio di somigliare tutti un po’ a don Miguel de Unamuno.
Inerzia letale del porto a mezzogiorno! Nell’Iciar —un vaporino che fa il cabotaggio da San Sebastián— si è sospesa l’opera di carico durante la siesta. A terra un uomo dorme disteso; l’anima di una pala gli serve da cuscino. Sciabotta l’acqua tenacemente.
E arrivano due uomini. Uno, con cappellaccio bruno, sudicio; un altro, con berretto grigio sfilacciato. Entrambi malandati, con gesto di atroce stanchezza, le barbe cresciute e il colorito di quel giallognolo che viene dalle notti all’addiaccio e le mattine senza pulizia. Si avvicinano all’uomo che dorme sul ferro della pala, e uno di loro dice:
—È venuto il capitano?
—No, ancora no.
—Crede che ci darà lavoro per portarci in cambio a San Sebastián?
—Mal si cammina, amici!
—Come si deve camminare?… Centoventicinque leghe portiamo da El Ferrol. Io e qui mio cognato…
—Ebbene, in mala parte vengono se cercano lavoro.
—No, è che andiamo per la Francia.
L’uomo del cappellaccio bruno è un castigliano che parla con una rara intelligenza delle cose: è sereno ed energico davanti alla vita, davanti a quella sua vita aspra, oppressiva. Vede tutto com’è, con chiarezza e precisione. L’uomo del berretto grigio, suo cognato, è estremegno: come suole oggi —(dove nacque Pizarro, Hernán Cortés?)— quelli della sua terra, ha il carattere rammollito e fiacco: senza spontaneità, senza slancio, va a rimorchio dell’altro. Chiamato da questo, andò da Cáceres a Ferrol; impiegò tre mesi; quando arrivò era passata la buona occasione per il lavoro. Pone alla vita avversa un volto tra lamentevole e comico, e nasconde la sua codardia davanti alla durezza del destino sotto un travestimento di beffe.
—A Ferrol finì il lavoro— prosegue quello del cappellaccio bruno. Un mio amico che andò a Burdeos sei mesi fa e oggi ha un buon posto mi ha scritto che vada, e ci darà giornata. Per questo, lasciammo dieci reales alle donne e ci mettemmo in cammino con altri dieci. In Galizia ci cacciavano dai paesi.
—Che gente, davvero! —interruppe l’estremegno. Ma io mi dicevo: dove una terra finisce un’altra comincia. Andiamo avanti!
—Le cave sono chiuse, molte fabbriche lo stesso. Le miniere piene zeppe di operai.
—¡No hay donde dar una peoná!
—No sé cómo hemos llegado aquí. Hay que ver esos caminos, llenos de gente como uno, con los «macutos» a la espalda y los dientes largos.
—Va más gente por esas carreteras que por la calle Mayor.
—¿Y dónde van? —pregunto yo.
—Todos pa Francia, caballero. Allí se vive bien. Pero aquí todo va mal. Los comercios están ahogados. Porque, mire, caballero, los comercios no viven del rico, sino del pobre: cuando el pobre hambrea los comercios se secan.
—Ayer comimos gracias a una motocicleta. Veníamos con un sol que hacía sudar hasta al gallo de la Pasión. Y pasó uno con una motocicleta. Y yo le dije a éste: —Cristo, ¡quién tuviera ruedas! Y éste me dijo: —Déjale, que puede que acabe al paso, como nosotros. En efecto: media legua más allá lo encontramos parado, soplándole a la máquina. Le estuvimos ayudando, y, al fin, tuvimos que cargar el chisme a la espalda. Nos dio dos pesetas, y comimos.
—Todos los días —dice el de la pala— llegan aquí a puñaos gente como vosotros.
Y entonces el extremeño cómico y lamentable pronunció esta frase esencial:
—Le digo a usted que esta guerrita va a arreglar el estómago a más de cuatro.
¿Germanófilos, francófilos? Insultos de unos periodistas a otros periodistas en las columnas impresas, de unos ciudadanos a otros ciudadanos en torno a las mesas de los cafés, soberbias y estulticias oratorias, ausencia de lealtad y cordialidad nacional, palabras…
Y en tanto, estos dos hombres, el uno con su chapeo pardo, el otro con su gorra gris, carretera adelante, hacia Francia, se van.
España, 9 de septiembre de 1915
—There is no place to give a day’s work!
—I don’t know how we have come here. You should see those roads, full of people like one, with their “knapsacks” on their backs and their teeth long.
—More people go along those highways than along Main Street.
—And where are they going? —I ask.
—All to France, sir. There one lives well. But here everything goes badly. The shops are choked. Because, look, sir, the shops do not live from the rich man, but from the poor man: when the poor man hungers the shops dry up.
—Yesterday we ate thanks to a motorcycle. We were coming with a sun that made even the cock of the Passion sweat. And someone passed with a motorcycle. And I said to this one: —Christ, if only I had wheels! And this one told me: —Let him be, maybe he will end at the pass, like us. In effect: half a league further on we found him stopped, blowing at the machine. We were helping him, and, at last, we had to load the contraption on our backs. He gave us two pesetas, and we ate.
—Every day —says the one with the shovel— people like you arrive here in handfuls.
And then the comic and lamentable Extremaduran pronounced this essential phrase:
—I tell you that this little war is going to fix the stomach of more than four.
Germanophiles, Francophiles? Insults of some journalists to other journalists in the printed columns, of some citizens to other citizens around the tables of the cafés, pride and oratorical stupidities, absence of national loyalty and cordiality, words…
And meanwhile, these two men, one with his brown hat, the other with his grey cap, along the road, toward France, go away.
España, 9 September 1915
—Non c’è dove dare una giornata!
—Non so come siamo arrivati qui. Bisogna vedere quei cammini, pieni di gente come uno, con i «macutos» sulla schiena e i denti lunghi.
—Va più gente per quelle carretere che per la via Mayor.
—E dove vanno? —domando io.
—Tutti per la Francia, signore. Là si vive bene. Ma qui tutto va male. I commerci sono soffocati. Perché, guardi, signore, i commerci non vivono del ricco, ma del povero: quando il povero patisce la fame i commerci si seccano.
—Ieri mangiammo grazie a una motocicletta. Venivamo con un sole che faceva sudare perfino il gallo della Passione. E passò uno con una motocicletta. E io dissi a questo: —Cristo, chi avesse ruote! E questo mi disse: —Lascialo, che può darsi che finisca al passo, come noi. In effetti: mezza lega più là lo trovammo fermo, che soffiava sulla macchina. Lo aiutammo, e, alla fine, dovemmo caricare l’aggeggio sulla schiena. Ci diede due pesetas, e mangiammo.
—Tutti i giorni —dice quello della pala— arrivano qui a manciate gente come voi.
E allora l’estremegno comico e lamentevole pronunciò questa frase essenziale:
—Le dico che questa guerricciola aggiusterà lo stomaco a più di quattro.
Germanofili, francofili? Insulti di alcuni giornalisti ad altri giornalisti nelle colonne stampate, di alcuni cittadini ad altri cittadini intorno ai tavoli dei caffè, superbie e stolidità oratorie, assenza di lealtà e cordialità nazionale, parole…
E intanto, questi due uomini, l’uno con il suo cappellaccio bruno, l’altro con il suo berretto grigio, lungo la strada, verso la Francia, se ne vanno.
España, 9 settembre 1915