Abstract
Argues the State must be rigorously secular — secular meaning not atheist but simply national — since the Church’s political privileges were anti-national. It faults Republican legislators for giving ecclesiastical policy an aggressive edge: the dominance of state schooling is won by efficacy, not by legal thunderbolts.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
El Estado encarna el poder de la Nación. Donde él llegue —y llega donde llega la ley— tiene que afirmar el principio nacional que excluye fieramente toda pretensión de predominio particular. Por eso era antinacional la situación de privilegios políticos que gozaba la Iglesia en España.
La perpetuación de ese favor estatal otorgado a unos españoles con desdén de los otros era una causa permanente de profunda discordia, un impedimento constante de verdadera comunidad civil. En este sentido, el Estado tiene que ser rigorosamente laico. Laico no significa ateo sino simplemente nacional. Roma y la mayor parte de los católicos españoles reconocían la necesidad de ese estricto laicismo. Se ha podido, sin herir ni vejar a nadie, instaurar en España el Estado más laico del mundo, que es el que nosotros postulamos. Pero el atropellamiento, la irreflexión y el deseo de no servir a una nueva democracia sino imitar deplorablemente la de hace cien años no ha permitido a los legisladores quedarse en el punto feliz y han dado a su política eclesiástica, que podía haber sido perfecta, un aspecto de agresión a los grupos católicos de España. Con esto se ha suscitado una cuestión falsa en vez de dejar limpio el horizonte para la grande obra de construcción histórica que es la hora de emprender. A nuestro juicio las leyes complementarias de la Constitución deben interpretar ésta en forma que quede indiscutible e íntegro el más rigoroso laicismo del Estado, pero evitando todo cariz agresivo. En todo país que no sea bárbaro las guerras de religión acabaron hace mucho tiempo. El predominio de la enseñanza estatal —que nosotros deseamos y que casi por entero se ha logrado en los principales países— no es efecto de fáciles fulminaciones legales contra la enseñanza privada sino de la perfección y ampliación que se consiga dar a la enseñanza del Estado. De hecho y frente a todos los privilegios de que la Iglesia gozaba, el Estado venía ganando terreno a las órdenes religiosas en el orden pedagógico. No hay sino proseguir en grande y a fuerza de limpia eficacia la victoria del Estado docente.