Abstract

Notes from a lecture tour of Holland (Rotterdam, Delft, Leiden, Amsterdam, The Hague, with Huizinga): every people is a stubborn attempt to live on certain assumptions, and the traveller’s assertions should be read as questions. He breaks with the zoological notion of race: man has no fixed being, all he is he has become, and race is merely consolidated history; he adds that the intellect is as mechanical as digestion.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

I

PRECAUCIONES QUE TOMA EL VIAJERO ANTES DE HABLAR

Al visitar por vez primera un país, el alma del viajero se va cargando de interrogaciones. Es natural: un pueblo se compone, ante todo, de secretos. Cada nación es un tenaz ensayo de vivir según cierta manera, de afrontar las dificultades de la existencia partiendo de ciertos supuestos como un poeta que se obliga a construir un soneto con rimas forzadas. Esos supuestos consisten en la actitud adoptada ante las cosas más elementales que intervienen en toda vida humana. Por eso son secretos. Lo patente es siempre el compuesto. Los ingredientes, los elementos, por definición, no aparecen nunca aislados. Para descubrirlos hace falta emplear una fuerte operación analítica, una química enérgica. El viajero, rápido siempre y tangente a aquella figura de vida para él nueva, no posee el laboratorio que le permitiría descomponerla en sus simples y comprender de verdad por qué las cosas son así. Le falta casi siempre le mot de l’énigme. Sólo ve claro que no ve claro, que no entiende lo que ve, que le es cuestión precisamente lo que al indígena parece más natural y sin problema.

De aquí que todas las afirmaciones del viajero deben entenderse al revés; no como aserciones, sino como preguntas.

No se crea, por otra parte, que esos secretos en que un pueblo, ante todo, consiste, que esas actitudes tomadas ante los factores más elementales de la vida son predisposiciones misteriosas ínsitas en el pueblo y que proceden, en consecuencia, de la raza. La noción —suponiendo que sea noción y no, más bien, una idea vaga y mágica—, la noción zoológica de raza no sirve de nada en asuntos de vida humana. El hombre no tiene un ser, una consistencia fijos que le fueron dados de una vez para siempre. Al contrario: todo lo que el hombre es ha llegado a serlo; más aún, se lo ha hecho él. Aplicado al hombre, el concepto de raza no significa más que el precipitado de su historia —es historia consolidada.

Me parece indigno de la altitud a que han llegado nuestras experiencias intelectuales no romper resueltamente con esa interpretación zoológica, peor aún, botánica de lo humano, según la cual nuestra vida —individual o nacional— consistiría en el mero despliegue o evolución de una semilla o germen que desde un principio contenía ya, preformado, todo lo que vamos a ser.

Invitado desde hace tres años por los estudiantes holandeses, con la colaboración de su profesor más ilustre —hoy la más alta figura de Holanda—, el historiador Huizinga, he podido, por fin, en esta primavera atender su solicitación y rendir el viaje de los Países Bajos. Este viaje ha sido raudo. Comprometido a dar conferencias en varias Universidades, Escuelas técnicas, Sociedades privadas de Cultura, en Rotterdam, en Delft, en Leiden, en Amsterdam, en La Haya, sólo he podido mirar al país con el rabillo del ojo. No hay peor manera de visitar un país que ir a él para dar conferencias. A poco escrupuloso que sea, el conferenciante tiene que mantenerse concentrado hacia dentro, alerta la pupila sobre el rebaño fugaz de sus ideas. Avanza, pues, cerrado hacia sí mismo, sin poder abrirse al contorno concentrándose hacia fuera. Disposición tal no tiene más que una ventaja: que no hace mal de ojo a lo que surge ante él. Precisamente porque no busca impresiones, las que en él se producen son vigorosas, espontáneas y como ineludibles.

No menos ineludibles son las series dialécticas que esas impresiones disparan automáticamente en su mecanismo intelectual. Los filósofos idealistas no quisieron nunca reconocer que el pensamiento es puro mecanismo como la digestión o la locomoción. Beatos de lo que llamaban «espíritu» y haciendo consistir al hombre principalmente en su intelecto, les parecía poco digno aceptar el carácter mecánico del intelecto. Los que creemos que el hombre, la persona, no es su inteligencia, sino que el hombre, la persona, se encuentra con su inteligencia ni más ni menos que con su estómago, tal vez hiperclorhídrico, o con sus piernas, acaso zambas, o con un suelo a setecientos metros de altitud sobre el nivel del mar, hemos quedado con la visión franca para reconocer la evidente condición mecánica del intelecto. Dicho en otra forma: yo no soy responsable ni causante del proceso mental que en mí se dispara. A lo sumo, seré responsable ocasionalmente de que se inicie o de que se prolongue, pero de lo que pasa en mi intelecto una vez que se pone en marcha, no puede inculpárseme.

¿Se quiere un ejemplo? Hablemos de las bicicletas en Holanda. Será un buen ejemplo de lo antedicho y además de humildad. Porque no hay viajero que no reciba, como primera impresión, como primer hecho sorprendente, la abundancia de ciclistas en los Países Bajos. Un lindo rehusaría por lo mismo hablar de ello juzgando que es un tema vulgar y tópico. Pero yo no soy un lindo y no me hago la ilusión de que al rehusarlo suprimo su realidad. La cosa no tiene remedio: lo primero que al llegar a Holanda pasa al viajero es que le atropellan las bicicletas, quiero decir, que asaltan su sensibilidad, que engendran la primera retracción, la primera extrañeza, la primera pregunta. Si es sincero y tiene buen humor inicia sus notas de andar y ver apuntando esta frase: «Holanda es un país habitado por ocho millones de hombres y cincuenta millones de bicicletas». En las calles pululan enjambres de ciclistas. En Holanda va en bicicleta todo el mundo: el rico y el pobre, el joven y el viejo, el hombre y la mujer, el súbdito y la autoridad. Los guardias de orden público, con sus largos levitones negros, hacen el servicio encaramados en sus ciclos.

Pero sería impreciso suponer que es la abundancia de ciclistas lo que efectivamente sorprende. No: lo que extraña es el uso de la bicicleta. Tenemos la impresión de que se ha violentado el empleo natural de este artefacto. Esto es lo que sacude nuestra máquina de pensar y dispara en nosotros, queramos o no, un ingenuo proceso dialéctico que, a modo de ejemplo, debe el viajero revelar impudorosamente.

La Nación, 4 de octubre de 1936

II

LO QUE EL VIAJERO PERCIBE EN LAS BICICLETAS DE HOLANDA

Los demás pueblos del mundo consideran la bicicleta como un aparato adscrito al juego y al deporte. Proporciona velocidad extraordinaria con medios sencillos, demanda algún esfuerzo, y al propio tiempo, su uso implica riesgo. Todos estos caracteres consignan el velocípedo al ámbito de las actividades deportivas y entre ellas, a las que exigen juventud. No obstante, dondequiera se amplía su uso a servicios de mera utilidad. El obrero que vive en el suburbio distante va al trabajo y retorna de él en bicicleta. El repartidor de ciertas pequeñas mercancías, el muchacho recadero la emplean también. Mas precisamente esta ampliación utilitaria que dondequiera se observa subraya la conciencia predominante de que no es ése el adecuado fin de la bicicleta, sino el otro. Y lo subraya el hecho de que este aprovechamiento secundario se reduce a lo estrictamente inexcusable: sólo se acude a él cuando no hay otro remedio o cuando la humildad de los medios económicos lo impone como una triste necesidad. Por eso no nos extraña: el obrero mal vestido que pedalea hacia su hogar nos va gritando tácitamente que preferiría otro medio de locomoción y que usa ése precisamente porque no es el deseable, sino una triste imposición. Con lo cual queda nivelada la incongruencia, la vemos explicada y no provoca en nosotros extrañeza.

Pero en Holanda va todo el mundo en bicicleta, cualquiera que sea su edad, su sexo, su volumen, su fortuna, y agita sus piernas sobre los pedales, iba a decir que cínicamente, esto es, como si fuera lo más natural del mundo, como si fuera lo debido. Ahora bien, esto es lo que irrita al viajero, lo que le extraña y no entiende: ¿cómo se puede considerar natural y perfecto lo que a él le parece inadecuado y erróneo?

Al llegar aquí nuestro intelecto, luchando dialécticamente consigo mismo se hace esta objeción: ¿no será que considero natural y correcto simplemente lo que me es habitual, lo que he visto en los otros pueblos? ¿Por qué no ha de ser Holanda el pueblo elegido por el dios de las bicicletas, aquél a quien ha sido revelado su más auténtico destino?

A este puñetazo lógico nuestro intelecto se responde a sí mismo con cierta impaciencia enojada: ¡Ah, no! ¡Nada de eso! No es sólo cuestión de hábito: no se trata sólo de dos comportamientos, uno a que estamos, por azar, acostumbrados y otro insólito que, nada más por serlo, nos perturba. Si analizamos nuestra extrañeza, vemos que se nutre de razones nada accidentales. Que personas de edad y volumen caminen en bicicleta constantemente en medio del tráfago de una gran ciudad es estúpidamente arriesgado, es injustificadamente fatigoso y es… deplorablemente antiestético. La línea fina de la bicicleta no tolera, sin que sufra la estética, ser encargada de sostener la mole de una abundante señora cincuentona o de un magistrado bebedor de cerveza. Esto no es accidental ni es habitual, sino que es inexorable y esencial. No hablemos de lo penoso que resulta asistir al frecuente y vano combate de las mujeres ciclistas con sus faldas para evitar ostentaciones impudorosas. El viajero que va por la calle respetuosamente interesado por la nueva humanidad que visita y que no se siente en vena erótica, experimenta algún enojo de que se le ofrezca a la mirada, tan inoportunamente, un muslo femenino.

No, no. El uso de las bicicletas en Holanda es, por lo pronto, un abuso, algo que no es debido, que es antinatural. Pero todo, dentro de la órbita humana, aun lo peor, puede ser compensado. Y esta compensación, esta explicación del abuso en el uso de la bicicleta es la que demanda el viajero y por eso le es cuestión hecho tan simple, tan vulgar y tan cotidiano para el holandés.

Éste es un país llano —nos decimos— y el desplazamiento sobre un ciclo resulta menos fatigoso que en tierras con desniveles. Bien, pero existen muchas otras tierras llanas donde se ha evitado recurrir a la bicicleta. No basta, pues, con esa explicación. Sobre que el viajero, en este caso mío, no acepta fácilmente como explicación radical de ninguna conducta humana la que deriva un comportamiento, mecánicamente, de las condiciones del medio. En el hombre toda resolución es, en última instancia, lírica. A la postre, hacemos lo que hacemos porque queremos, es decir, porque motivos íntimos nos llevan a preferir esa conducta. No cabe disculpar al holandés porque emplea inadecuadamente, antinaturalmente la bicicleta, cargando el pecado a su tierra llana. No; el holandés es responsable de la fechoría.

En este punto, nuestro intelecto se abre a una súbita iluminación que desde hace un rato pugnaba por brotar en su interior pero que, sin saber bien por qué, manteníamos suspensa. Pensamos, por fin, esto: el holandés sabe —no importa con qué grado de conciencia— que su uso de la bicicleta es arriesgado, fatigoso y antiestético, como podamos saberlo nosotros. Pero sabe también que es el medio de locomoción más barato y, a diferencia de nosotros, prefiere la calidad «baratura» a la belleza, a la comodidad y a la evitación de aquellos riesgos. En esta preferencia radica su absoluta responsabilidad.

La advertencia no puede ser más modesta, y, sin embargo, la sentimos como una súbita iluminación. Y es que por medio de ella nos parece que hemos caído por escotillón de un tema trivial y suelto como es éste de las bicicletas a un ámbito de cuestiones amplísimo y de largas perspectivas. Nos parece, en efecto, que por vez primera palpamos, no este o el otro síntoma casual de la vida holandesa, sino el carácter mismo del hombre holandés, que damos un primer paso en el interior de su carácter como en una cripta. De paso, nos revela la causa de nuestra extrañeza. Ésta sería, en verdad, imposible si el hecho que la provoca consistiese sólo en sí mismo —en que las gentes caminen en bicicleta. Mas ahora vemos con toda evidencia que, sin tener de ello una conciencia precisa, habíamos percibido en ese hecho la resuelta voluntad de supeditar demasiadas cosas a un entusiasmo por el ahorro. Sin saberlo bien, algo en nosotros protestaba ya contra este modo de ser.

Probablemente a un buen holandés le parecerá absurda nuestra impresión. Pues qué, ¿no es importante que un problema práctico se resuelva del modo más barato posible? Sin duda —diremos nosotros—: la cuestión está en si eso es más importante que la belleza, que la comodidad.

Porque el asunto no termina ahí. Nuestra dialéctica, una vez embalada, sigue su trayectoria y piensa: este hombre respetable, que con su largo abrigo y con aires cómicos de gran seriedad, erguido y solemne se afana sobre los pedales, no ve que hace una figura ridícula. No lo ve porque la preocupación de economizar él sus dineros no le consiente abrir generosamente su atención hasta ponerse en el punto de vista del prójimo que le está contemplando. Si lo hiciera se vería a sí mismo como objeto, como espectáculo, y descubriría que su figura es un poco grotesca, un mucho inelegante; por tanto, algo penoso para el prójimo. ¿Por qué no evitarle este enojo? ¿Por qué no hacer de sí mismo, un poco, fiesta para el prójimo? ¿No es esto también un deber humano? O ¿es que el holandés sabe que tampoco el otro se fija en él porque también le preocupa demasiado el lado económico de las cosas; es decir, que el holandés no existe para el otro holandés como el ser que cada cual es, sino sólo indirectamente, en cuanto interviene en una relación económica y sus derivados —política, científica, etcétera— pero no frente a frente, escuetamente, hombre frente a hombre?

Yo no sé si esto es así. Porque no lo sé lo pregunto, lo cuestiono o me hago cuestión de ello. Pero conste que no es indiferente usar o no usar con excesiva abundancia de la bicicleta para circular por las grandes urbes. Entre los muchos riesgos que se corren es uno poner en la pista al viajero de ciertos secretos profundos que operan en el alma holandesa. Yo no tengo nada que oponer a que use usted la bicicleta porque es medio muy barato de locomoción. Pero si usted lo hace no le sorprenda que yo lo perciba y con ello todos los demás secretos que este hecho grita. Porque aún nos queda bastante que decir sobre las bicicletas de Holanda.

La Nación, 18 de octubre de 1936

1937