Ortega y Gasset
Abstract
A reply to Massis on the fate of the novel: many talents but no works, because the novelist must turn wholly toward things whereas the stylist is a Narcissus who turns everything he looks at into a mirror. Literary criticism and a generational diagnosis of “narrowness of soul”, not systematic philosophy.
Connections
Concetti: bellezza
Forme: saggio
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Para entendernos con el señor Massis era menester previamente recusar la ficción de su tomismo y de su presunto catolicismo. Uno y otro son en el señor Massis máscaras de guerra como las que usan los mahoríes, «posturas» y batimán polémico. Nada urge tanto en la presente hora del espíritu como lograr que el escritor se deje de polémicas y gestos, de predicaciones y propagandas, para, en lugar de ello, sumergirse hasta el occipucio en las cuestiones substantivas. En definitiva, son las cosas quienes han de salvarnos, proporcionándonos nueva nutrición. De lo que ellas sean depende toda posible salud. ¿A qué perder el tiempo en recomendaciones o reconvenciones?
El señor Massis insinúa que la literatura sólo puede hoy salvarse en la novela, y que la novela, no obstante, se halla en trance apurado. Una cosa aproximada sostengo desde antiguo. Vea el señor Massis cómo nos entendemos en las cuestiones efectivas. Conviene pensar con los ojos, es decir, disciplinar nuestro intelecto, para que transcriba en conceptos lo que se ve, evitando suplantarlo por lo que se desea. Y lo que se ve en el área universal de las letras es un pavoroso desierto. Hay talentos, acaso más numerosos que nunca; pero no hay obras. Nuestra época es un formidable ejemplo de cómo para crear no basta el pensamiento. Hace falta el amor a las cosas y una genial humildad ante la obra misma que se emprende, respecto a sus leyes y estructura.
El señor Massis subraya certeramente la incompatibilidad de la novela con el estilismo. Hoy, todos los escritores son estilistas —desde Chateaubriand viene progresivamente produciéndose el fenómeno. «Advirtamos desde luego —dice Massis— que el procedimiento creador del novelista difiere esencialmente del propio al artista literario. La táctica del novelista no es otra que dirigirse entero hacia las cosas». El estilista, por el contrario, es un incansable Narciso literario que busca en toda linfa su propia imagen y, viceversa, compone su figura en previsión de linfas que la reflejen. Esta sed de sí mismo que aqueja a Narciso y le inclina sobre el estanque y sobre el charco es un tantálico castigo. Narciso convierte en espejo todo lo que mira y, al no lograr aburrirse de sí mismo, engendra el hastío en los demás.
La producción de nuestro tiempo es atrozmente fastidiosa, porque en ella no se va a la obra, a cada obra, sino que consiste en fabricar una actitud del sujeto perpetuamente repetida. Este narcisismo no es sino el síntoma que en el arte trasparece de un modo de ser general, el cual topamos parejamente en todas las dimensiones de la vida presente: la estrechez de alma. Las nuevas generaciones, al pairo de sus excelentes dotes, han nacido condenadas a ser almas angostas, sin aptitud de dilatación y porosidad. Por eso no son entusiastas de nada y curiosas de muy poco. El entusiasmo —la gran dilatación psíquica, según se confirma analizando el simbolismo de sus gestos correspondientes, todos ampliativos, como la exorbitación de los ojos, abrir la boca, ademán de elevar y separar los brazos: en fin, el aplauso— es un lujo vital, una aventura íntima y un riesgo; es brincar fuera de sí mismo y sumergirse en otro ser, persona, obra o cosa.
Para quien ya no es joven, nada más atractivo que perescrutar desde lejos las almas transeúntes de los jóvenes. (Un ingrediente eterno de la juventud es creer que los demás no ven nuestro ser íntimo. Cuando avanzamos en la existencia advertimos que en toda nuestra vida no hemos hecho otra cosa que gritar a los cuatro vientos el secreto de nuestro modo de ser, que tanto queríamos ocultar)[39]. Oblicuos sobre ellas, prevemos el porvenir, como Cagliostro, mirando al fondo de un vaso de Borgoña, vio, diez años antes de ocurrir, la decapitación de María Antonieta. (La extraña escena se cuenta en las Memorias de Marmontel, y Alejandro Dumas la ilumina deliciosamente en El collar de la reina). Los jóvenes viven hoy casi exclusivamente de complacencia en sí mismos. Sería injusto —y lo que es peor— inexacto, poco perspicaz, creerlos excesivamente vanidosos. No, no; no es esto. ¡Ojalá que fuesen vanidosos! El vanidoso necesita atender a los demás. La vanidad es el impulso más tosco de cuantos nos llevan a mirar en derredor; pero, al fin y al cabo, un motivo para salir de sí mismo. La cosa es más complicada y más grave: no es que el joven de hoy, más que el de otro tiempo, se juzgue maravilloso, y porque se juzgue así se complazca en sí mismo. Lo que pasa es que ha nacido casi ciego para toda maravilla exterior, que no tiene apenas experiencia de nada maravilloso, y, en consecuencia, puede vacar, sin excepcional vanidad y sin remordimiento, paradisíacamente, a complacerse en su persona, sea ella como sea, sin que necesite esta complacencia fundarse en una gran idea de sí propio. ¡Jóvenes amigos, sois ambulantes mónadas reclusas en sí mismas que, como las de Leibniz, no tienen ventanas!
Ahora bien; no es fácil que una mónada sea buen novelista. El alma del novelista, tiene razón Massis, pondera hacia las cosas; es un alma grávida, que tiene fuera de sí su principio motor. Funciona en virtud de atracciones, se deja arrastrar por los destinos ajenos. Tiene psicología de planeta o de satélite. (Una hipótesis vigente considera a la Luna como un cuerpo errabundo que, al pasar un buen día cerca de la Tierra, fue captado por la atracción de ésta y gira desde entonces en círculo cada vez más cerrado, hasta que otro buen día caiga sobre nuestro globo y se confunda con él). No es, pues, extraño que los jóvenes, al menos en España, prefieran la ocupación lírica, que es más monadológica e implica el mínimo esfuerzo.
«Lo que pedimos a la novela», titula Massis uno de los capítulos de sus Reflexiones. A su juicio, la guerra ha constituido una terrible experiencia, que marca indeleblemente las almas a ella sometidas. Merced a esa experiencia el europeo ha sido puesto en contacto con la realidad cruda y última. Es vano, por tanto, que se nos quiera divertir con ornamentación y fantasía. Necesitamos una literatura más humana. El propio Massis imprime esta palabra en cursiva y se disculpa de usarla. «Es vaga, es equívoca, es peligrosa», dice. Sin embargo, insiste en ella y nos deja sin precisión sobre su sentido. Lo más claro que conseguimos es esto: «Queremos novelas en que pase algo, en que la vida sea aventura y drama de que el hombre real no se halla ausente, el hombre que hemos visto tal cual es y que no tiene nada que ocultarnos. Hemos recibido en todos los órdenes una gran lección de realismo».
¿Nos deja satisfechos, esclarecidos, esta fórmula que pretende definir el apetito literario del tiempo? Yo no podría decir que me parece falsa, pero sí que me parece insuficiente. Ya el hacer intervenir la guerra es mal signo. Ni las guerras, ni el catolicismo, ni la geometría explican las variaciones literarias.
En una conferencia sobre «La novela de hoy», François Mauriac se plantea así la cuestión: «El novelista nos presenta a los hombres en conflicto: conflicto de Dios y del hombre en la religión, conflicto del hombre y la mujer en el amor, conflicto del hombre consigo mismo. Ahora bien; si hubiese que definir en novelista este tiempo de trasguerra, diríamos que es una época en que disminuyen cada vez más los conflictos de que la novela había vivido hasta ahora»[40]. El señor Mauriac es católico; el señor Massis, también. Sin embargo, el tema de la novela da ocasión para que el señor Mauriac sostenga en todos los puntos una tesis contradictoria de la del señor Massis. Lo cual demuestra andando que el catolicismo no nos proporciona una doctrina estética, como el señor Massis pretende.
El señor Massis quiere que en la novela «pase algo», y ese algo es, por lo visto, un conflicto —religioso, amoroso, personal— como pasaba en Balzac. El señor Mauriac, pensando, yo creo, más lealmente, más al hilo de las cosas, declara que la novela no puede radicar en la historia de un conflicto, porque hoy no los hay, y, consecuentemente, no debe parecerse a Balzac.
In order to understand ourselves with Mr. Massis it was necessary previously to challenge the fiction of his Thomism and of his presumed Catholicism. Both the one and the other are in Mr. Massis war masks like those used by the Maori, “postures” and polemical make-up. Nothing urges so much in the present hour of the spirit as to achieve that the writer leave off with polemics and gestures, with preachings and propagandas, in order to, instead of that, submerge himself up to the occiput in the substantive questions. In definitive, it is the things that have to save us, providing us new nourishment. On what they are depends all possible health. What is the point of wasting time in recommendations or remonstrances?
Mr. Massis insinuates that literature today can only be saved in the novel, and that the novel, nevertheless, finds itself in an urgent predicament. A similar thing I have maintained since old. Let Mr. Massis see how we understand ourselves in the effective questions. It is fitting to think with the eyes, that is, to discipline our intellect, so that it transcribe into concepts what is seen, avoiding supplanting it with what is desired. And what is seen in the universal area of letters is a frightful desert. There are talents, perhaps more numerous than ever; but there are no works. Our epoch is a formidable example of how for creating thought does not suffice. There is need of love for things and a genial humility before the very work that is undertaken, with respect to its laws and structure.
Mr. Massis underlines accurately the incompatibility of the novel with stylism. Today, all writers are stylists —from Chateaubriand the phenomenon has been progressively producing itself. “Let us note from the first —says Massis— that the creative procedure of the novelist differs essentially from that proper to the literary artist. The tactic of the novelist is none other than to direct himself whole toward things.” The stylist, on the contrary, is a tireless literary Narcissus who seeks in every lymph his own image and, vice versa, composes his figure in prevision of lymphs that reflect it. This thirst for himself that afflicts Narcissus and inclines him over the pond and over the puddle is a tantalic punishment. Narcissus converts into mirror everything he looks at and, not succeeding in being bored of himself, engenders boredom in others.
The production of our time is atrociously tedious, because in it one does not go to the work, to each work, but it consists in fabricating an attitude of the subject perpetually repeated. This narcissism is but the symptom that in art transpires of a general mode of being, which we encounter equally in all the dimensions of present life: the narrowness of soul. The new generations, sheltered by their excellent gifts, have been born condemned to be narrow souls, without aptitude of dilation and porosity. For that they are enthusiasts of nothing and curious of very little. Enthusiasm —the great psychic dilation, as is confirmed analyzing the symbolism of its corresponding gestures, all ampliative, like the exorbitation of the eyes, opening the mouth, gesture of raising and separating the arms: in short, applause— is a vital luxury, an intimate adventure and a risk; it is leaping out of oneself and submerging oneself in another being, person, work or thing.
For whoever is no longer young, nothing more attractive than to scrutinize from afar the passing souls of the young. (An eternal ingredient of youth is to believe that others do not see our intimate being. When we advance in existence we notice that in all our life we have done nothing else but shout to the four winds the secret of our way of being, which we so much wanted to hide)[39]. Oblique upon them, we foresee the future, like Cagliostro, looking at the bottom of a glass of Burgundy, saw, ten years before it happened, the decapitation of Marie Antoinette. (The strange scene is told in the Memoirs of Marmontel, and Alexandre Dumas illuminates it deliciously in The Queen’s Necklace). The young live today almost exclusively of complacency in themselves. It would be unjust —and what is worse— inexact, little perspicacious, to believe them excessively vain. No, no; it is not this. Would that they were vain! The vain man needs to attend to others. Vanity is the coarsest impulse of all those that carry us to look about; but, after all, a motive for going out of oneself. The thing is more complicated and more grave: it is not that the youth of today, more than that of another time, judges himself marvelous, and because he judges himself thus takes complacency in himself. What happens is that he has been born almost blind for every exterior marvel, that he has scarcely any experience of anything marvelous, and, consequently, can vacate, without exceptional vanity and without remorse, paradisiacally, to take complacency in his person, be it as it may, without this complacency needing to be founded on a great idea of himself. Young friends, you are ambulant monads reclusive in yourselves that, like those of Leibniz, have no windows!
Now then; it is not easy that a monad be a good novelist. The soul of the novelist, Massis is right, ponders toward things; it is a gravid soul, that has outside itself its motive principle. It functions by virtue of attractions, it lets itself be dragged by others’ destinies. It has the psychology of a planet or of a satellite. (A current hypothesis considers the Moon as a wandering body that, passing one fine day near the Earth, was captured by its attraction and since then turns in an ever tighter circle, until another fine day it fall upon our globe and confound itself with it). It is not, then, strange that the young, at least in Spain, prefer the lyrical occupation, which is more monadological and implies the minimum effort.
“What we ask of the novel,” Massis titles one of the chapters of his Reflections. In his judgment, the war has constituted a terrible experience, which marks indelibly the souls subjected to it. Thanks to that experience the European has been put in contact with the crude and ultimate reality. It is vain, therefore, that we be wanted to be entertained with ornamentation and fantasy. We need a more human literature. Massis himself prints this word in italics and excuses himself for using it. “It is vague, it is equivocal, it is dangerous,” he says. Nevertheless, he insists on it and leaves us without precision about its sense. The clearest we manage to get is this: “We want novels in which something happens, in which life is adventure and drama from which the real man is not absent, the man we have seen as he is and who has nothing to hide from us. We have received in all orders a great lesson of realism.”
Does this formula, which pretends to define the literary appetite of the time, leave us satisfied, enlightened? I could not say that it seems to me false, but yes that it seems to me insufficient. Already the making the war intervene is a bad sign. Neither the wars, nor Catholicism, nor geometry explain the literary variations.
In a lecture on “The novel of today,” François Mauriac poses the question thus: “The novelist presents to us men in conflict: conflict of God and man in religion, conflict of man and woman in love, conflict of man with himself. Now then; if one had to define this postwar time, we would say that it is an epoch in which the conflicts on which the novel had lived until now diminish more and more”[40]. Mr. Mauriac is Catholic; Mr. Massis, also. However, the theme of the novel gives occasion for Mr. Mauriac to maintain on all points a thesis contradictory to that of Mr. Massis. Which demonstrates en route that Catholicism does not provide us an aesthetic doctrine, as Mr. Massis pretends.
Mr. Massis wants that in the novel “something happen,” and that something is, apparently, a conflict —religious, amorous, personal— as happened in Balzac. Mr. Mauriac, thinking, I believe, more loyally, more along the thread of things, declares that the novel cannot be rooted in the history of a conflict, because today there are none, and, consequently, it should not resemble Balzac.
Per intenderci con il signor Massis era necessario preventivamente ricusare la finzione del suo tomismo e del suo presunto cattolicesimo. L’uno e l’altro sono nel signor Massis maschere di guerra come quelle che usano i maorì, «posizioni» e belletto polemico. Nulla urge tanto nella presente ora dello spirito come ottenere che lo scrittore smetta con le polemiche e i gesti, con le predicazioni e le propagande, per, in luogo di ciò, immergersi fino all’occipite nelle questioni sostantive. In definitiva, sono le cose quelle che devono salvarci, fornendoci nuova nutrizione. Da come esse siano dipende ogni possibile salute. A che perdere tempo in raccomandazioni o rimproveri?
Il signor Massis insinua che la letteratura solo oggi può salvarsi nel romanzo, e che il romanzo, nondimeno, si trova in transe di pericolo. Una cosa approssimata sostengo da antico. Veda il signor Massis come ci intendiamo nelle questioni effettive. Conviene pensare con gli occhi, cioè, disciplinare il nostro intelletto, perché trascriva in concetti ciò che si vede, evitando di soppiantarlo con ciò che si desidera. E ciò che si vede nell’area universale delle lettere è uno spaventoso deserto. Ci sono talenti, forse più numerosi che mai; ma non ci sono opere. La nostra epoca è un formidabile esempio di come per creare non basta il pensiero. Fa bisogno l’amore alle cose e una geniale umiltà davanti all’opera stessa che si intraprende, rispetto alle sue leggi e struttura.
Il signor Massis sottolinea giustamente l’incompatibilità del romanzo con lo stilismo. Oggi, tutti gli scrittori sono stilisti —da Chateaubriand viene progressivamente producendosi il fenomeno. «Avvertiamo senz’altro —dice Massis— che il procedimento creatore del romanziere differisce essenzialmente da quello proprio all’artista letterario. La tattica del romanziere non è altra che dirigersi intero verso le cose». Lo stilista, al contrario, è un instancabile Narciso letterario che cerca in ogni linfa la propria immagine e, viceversa, compone la sua figura in previsione di linfe che la riflettano. Questa sete di sé stesso che affligge Narciso e lo inclina sullo stagno e sulla pozzanghera è un castigo tantàlico. Narciso converte in specchio tutto ciò che guarda e, non riuscendo ad annoiarsi di sé stesso, genera il fastidio negli altri.
La produzione del nostro tempo è atrocemente fastidiosa, perché in essa non si va all’opera, a ogni opera, ma consiste nel fabbricare un atteggiamento del soggetto perpetuamente ripetuto. Questo narcisismo non è altro che il sintomo che nell’arte traspare di un modo di essere generale, che incontriamo parimenti in tutte le dimensioni della vita presente: la strettezza d’anima. Le nuove generazioni, al riparo delle loro eccellenti doti, sono nate condannate a essere anime anguste, senza attitudine di dilatazione e porosità. Per questo non sono entusiaste di nulla e curiose di molto poco. L’entusiasmo —la grande dilatazione psichica, secondo si conferma analizzando il simbolismo dei suoi gesti corrispondenti, tutti ampliativi, come l’esorbitazione degli occhi, aprire la bocca, gesto di elevare e separare le braccia: insomma, l’applauso— è un lusso vitale, un’avventura intima e un rischio; è saltar fuori da sé stesso e immergersi in un altro essere, persona, opera o cosa.
Per chi non è più giovane, nulla di più attraente che scrutare da lontano le anime transeunti dei giovani. (Un ingrediente eterno della gioventù è credere che gli altri non vedano il nostro essere intimo. Quando avanziamo nell’esistenza avvertiamo che in tutta la nostra vita non abbiamo fatto altro che gridare ai quattro venti il segreto del nostro modo di essere, che tanto volevamo nascondere)[39]. Obliqui su di esse, prevediamo l’avvenire, come Cagliostro, guardando in fondo a un bicchiere di Borgogna, vide, dieci anni prima che accadesse, la decapitazione di Maria Antonietta. (La strana scena si racconta nelle Memorie di Marmontel, e Alessandro Dumas la illumina deliziosamente in Il collare della regina). I giovani vivono oggi quasi esclusivamente di compiacenza in sé stessi. Sarebbe ingiusto —e ciò che è peggio— inesatto, poco perspicace, crederli eccessivamente vanitosi. No, no; non è questo. Magari fossero vanitosi! Il vanitoso ha bisogno di attendere agli altri. La vanità è l’impulso più rozzo di quanti ci portano a guardare in giro; ma, in fin dei conti, un motivo per uscire da sé stesso. La cosa è più complicata e più grave: non è che il giovane di oggi, più che quello di altro tempo, si giudichi meraviglioso, e perché si giudichi così si compiaccia in sé stesso. Quello che passa è che è nato quasi cieco per ogni meraviglia esteriore, che non ha appena esperienza di nulla di meraviglioso, e, in conseguenza, può vacare, senza eccezionale vanità e senza rimorso, paradisiacamente, a compiacersi nella sua persona, sia come sia, senza che questa compiacenza abbia bisogno di fondarsi in una grande idea di sé proprio. Giovani amici, siete mónade ambulanti recluse in sé stesse che, come quelle di Leibniz, non hanno finestre!
Ebbene; non è facile che una mónade sia buon romanziere. L’anima del romanziere, ha ragione Massis, pondera verso le cose; è un’anima gravida, che ha fuori di sé il suo principio motore. Funziona in virtù di attrazioni, si lascia trascinare dai destini altrui. Ha psicologia di pianeta o di satellite. (Un’ipotesi vigente considera la Luna come un corpo errabondo che, passando un bel giorno vicino alla Terra, fu catturato dall’attrazione di questa e gira da allora in cerchio sempre più chiuso, finché un altro bel giorno cada sul nostro globo e si confonda con esso). Non è, dunque, strano che i giovani, almeno in Spagna, preferiscano l’occupazione lirica, che è più monadologica e implica il minimo sforzo.
«Ciò che chiediamo al romanzo», intitola Massis uno dei capitoli delle sue Riflessioni. A suo giudizio, la guerra ha costituito una terribile esperienza, che marca indelebilmente le anime ad essa sottoposte. Mercé questa esperienza l’europeo è stato messo in contatto con la realtà cruda e ultima. È vano, quindi, che si voglia divertirci con ornamentazione e fantasia. Abbiamo bisogno di una letteratura più umana. Lo stesso Massis stampa questa parola in corsivo e si scusa di usarla. «È vaga, è equivoca, è pericolosa», dice. Tuttavia, insiste in essa e ci lascia senza precisione sul suo senso. Il più chiaro che riusciamo a trarre è questo: «Vogliamo romanzi in cui passi qualcosa, in cui la vita sia avventura e dramma di cui l’uomo reale non si trovi assente, l’uomo che abbiamo visto qual è e che non ha nulla da nasconderci. Abbiamo ricevuto in tutti gli ordini una grande lezione di realismo».
Ci lascia soddisfatti, chiariti, questa formula che pretende definire l’appetito letterario del tempo? Io non potrei dire che mi sembra falsa, ma sì che mi sembra insufficiente. Già il far intervenire la guerra è mal segno. Né le guerre, né il cattolicesimo, né la geometria spiegano le variazioni letterarie.
In una conferenza su «Il romanzo di oggi», François Mauriac si pone così la questione: «Il romanziere ci presenta gli uomini in conflitto: conflitto di Dio e dell’uomo nella religione, conflitto dell’uomo e della donna nell’amore, conflitto dell’uomo con sé stesso. Ebbene; se si dovesse definire questo tempo di dopoguerra, diremmo che è un’epoca in cui diminuiscono sempre più i conflitti di cui il romanzo aveva vissuto fino ad ora»[40]. Il signor Mauriac è cattolico; il signor Massis, anche. Tuttavia, il tema del romanzo dà occasione a che il signor Mauriac sostenga in tutti i punti una tesi contraddittoria di quella del signor Massis. Il che dimostra cammin facendo che il cattolicesimo non ci fornisce una dottrina estetica, come pretende il signor Massis.
Il signor Massis vuole che nel romanzo «passi qualcosa», e quel qualcosa è, per quanto si vede, un conflitto —religioso, amoroso, personale— come passava in Balzac. Il signor Mauriac, pensando, io credo, più lealmente, più al filo delle cose, dichiara che il romanzo non può radicare nella storia di un conflitto, perché oggi non ce ne sono, e, conseguentemente, non deve somigliare a Balzac.
Si en última instancia lleva o no dentro de sí conflictos el alma contemporánea, es cuestión delicada. Pero es innegable que, aparentemente, se halla libre de ellos, y este hecho debía causar mayor sorpresa de la que levanta. ¿Qué quiere decir esa ausencia de conflictos, por lo menos, esa evidente disminución de angustias íntimas, esa niñez inesperada que sobreviene al europeo cuando sus conflictos exteriores empiezan a ser pavorosos? Pero dejando ahora este grueso tema, ¿cree Mauriac que si hubiese conflictos en nuestra vida nos interesarían en la novela? Este paralelismo entre las formas del arte y del contenido de la vida es un poco ingenuo. La historia nos pasma dándonos el espectáculo escandaloso de la aparente independencia entre el apetito artístico y el destino vital. Mientras los parisienses del 93 se guillotinaban mutuamente, el Mercure de France publicaba versos titulados «A los manes de mi canario». Cuando yo tenía veinte años me irritaba esta incongruencia; hoy me parece admirable. Ella me recuerda que la vida es más profunda que mis ideas preconcebidas y me invita a ensanchar éstas, a seguir la pista subterránea de los instintos humanos. Porque hay, en efecto, paralelismo rigoroso entre nuestro estilo y nuestra existencia; pero son idiomas distintos y es preciso descubrir la clave de sus exquisitas correspondencias. En la época más abrumada de la vida ateniense, cuando se deshace su poderío y su riqueza en trágico derrumbamiento, la gracia elástica y aérea de Praxíteles fluye en allegro cantabile por los mármoles y destierra de sus figuras toda pesadumbre.
Después de todo, los conflictos de Balzac no nos son extremadamente ajenos, y si nos aburren, no es por su contenido, sino precisamente por lo que tienen en general de conflictos. El drama que nos presentan nos sabe a dramón, y si logra interesarnos —cosa difícil—, lo que logra es movilizar y sacudir el cieno melodramático que yace en los bajos fondos de nuestra alma, el «humus» fermentario de nuestra afectividad. Presas de su influjo, perdemos la serenidad para contemplar la novela como tal, como obra literaria.
Massis, más patriota y católico que sincero cazador de verdades, más propagandista de específicos que intelectual, que hombre de cuestiones, postula un retorno a la pura fórmula de la novela francesa, cuyo ejemplo es Balzac. Mauriac, más dócil a las solicitaciones de la verdad, confiesa que «no es posible contentarse con la fórmula de la novela psicológica francesa en que el ser humano se halla en cierto modo delineado, ordenado, como la naturaleza lo está en Versalles». Los héroes de Balzac «son siempre coherentes; ninguno de sus actos se resiste a ser explicado por su pasión dominante ni se sale de la línea del personaje». Massis cree que precisamente por esto hay que volver a Balzac. Por lo visto, reina el cisma en este turbulento catolicismo literario de Francia.
Y es el caso que, a mi juicio, ambos discrepantes tienen razón. Frente a la dispersión y anormalidad constitutiva de las figuras proustianas, «que carecen de un centro», es razonable que Massis demande coherencia de la persona; pero la coherencia en Balzac es pobre esquematismo, y Mauriac hace bien en subrayar la fértil enseñanza de relativa incongruencia que a la tradición novelesca de Francia agrega Dostoyewsky.
La solución que Mauriac propone para resolver la crisis de la novela tiene un sabor diplomático que enternece: «el acuerdo entre el orden francés y la complejidad rusa».
Whether in the last instance the contemporary soul carries or not conflicts within itself is a delicate question. But it is undeniable that, apparently, it finds itself free of them, and this fact should cause greater surprise than it raises. What does that absence of conflicts mean, at least, that evident diminution of intimate anguish, that unexpected childhood that comes upon the European when his exterior conflicts begin to be frightful? But leaving now this bulky theme, does Mauriac believe that if there were conflicts in our life they would interest us in the novel? This parallelism between the forms of art and the content of life is a little ingenuous. History astounds us giving us the scandalous spectacle of the apparent independence between artistic appetite and vital destiny. While the Parisians of ‘93 were guillotining one another, the Mercure de France published verses titled “To the manes of my canary.” When I was twenty years old this incongruence irritated me; today it seems to me admirable. It reminds me that life is deeper than my preconceived ideas and invites me to widen these, to follow the subterranean track of human instincts. Because there is, in effect, rigorous parallelism between our style and our existence; but they are distinct idioms and it is necessary to discover the key of their exquisite correspondences. In the most burdened epoch of Athenian life, when its power and its riches come undone in tragic collapse, the elastic and airy grace of Praxiteles flows in allegro cantabile through the marbles and banishes from its figures every heaviness.
After all, the conflicts of Balzac are not extremely foreign to us, and if they bore us, it is not by their content, but precisely by what they have in general of conflicts. The drama they present to us tastes of melodrama, and if it succeeds in interesting us —a difficult thing—, what it achieves is to mobilize and shake the melodramatic mire that lies in the low depths of our soul, the fermenting “humus” of our affectivity. Seized by its influence, we lose the serenity to contemplate the novel as such, as a literary work.
Massis, more patriot and Catholic than sincere hunter of truths, more propagandist of specifics than intellectual, than man of questions, postulates a return to the pure formula of the French novel, whose example is Balzac. Mauriac, more docile to the solicitations of truth, confesses that “it is not possible to content oneself with the formula of the French psychological novel in which the human being finds itself in a certain way delineated, ordered, as nature is at Versailles.” The heroes of Balzac “are always coherent; none of his acts resists being explained by his dominant passion nor steps out of the line of the character.” Massis believes that precisely for this one must return to Balzac. Apparently, schism reigns in this turbulent literary Catholicism of France.
And it is the case that, in my judgment, both discrepant ones are right. Faced with the dispersion and constitutive abnormality of the Proustian figures, “who lack a center,” it is reasonable that Massis demand coherence of the person; but coherence in Balzac is poor schematism, and Mauriac does well in underlining the fertile teaching of relative incongruence that Dostoevsky adds to the novelistic tradition of France.
The solution that Mauriac proposes to resolve the crisis of the novel has a diplomatic flavor that softens: “the accord between French order and Russian complexity.”
Se in ultima istanza porti o no dentro di sé conflitti l’anima contemporanea, è questione delicata. Ma è innegabile che, apparentemente, si trova libera da essi, e questo fatto dovrebbe causare maggiore sorpresa di quella che solleva. Che vuol dire quella assenza di conflitti, per lo meno, quella evidente diminuzione di angosce intime, quella fanciullezza inaspettata che sopravviene all’europeo quando i suoi conflitti esteriori cominciano a essere spaventosi? Ma lasciando ora questo grosso tema, crede Mauriac che se ci fossero conflitti nella nostra vita ci interesserebbero nel romanzo? Questo parallelismo tra le forme dell’arte e del contenuto della vita è un po’ ingenuo. La storia ci sbalordisce dandoci lo spettacolo scandaloso dell’apparente indipendenza tra l’appetito artistico e il destino vitale. Mentre i parigini del ‘93 si ghigliottinavano reciprocamente, il Mercure de France pubblicava versi intitolati «Alle manes del mio canarino». Quando avevo vent’anni mi irritava questa incongruenza; oggi mi sembra ammirevole. Essa mi ricorda che la vita è più profonda delle mie idee preconcette e mi invita ad allargare queste, a seguire la pista sotterranea degli istinti umani. Perché c’è, in effetti, parallelismo rigoroso tra il nostro stile e la nostra esistenza; ma sono idiomi distinti ed è necessario scoprire la chiave delle loro squisite corrispondenze. Nell’epoca più oppressa della vita ateniese, quando si disfa la sua potenza e la sua ricchezza in tragico crollo, la grazia elastica e aerea di Prassitele fluisce in allegro cantabile per i marmi e bandisce dalle sue figure ogni pesantezza.
Dopo tutto, i conflitti di Balzac non ci sono estremamente estranei, e se ci annoiano, non è per il loro contenuto, ma precisamente per quello che hanno in generale di conflitti. Il dramma che ci presentano ci sa di melodrammone, e se riesce a interessarci —cosa difficile—, quello che riesce è mobilitare e scuotere il fango melodrammatico che giace nei bassifondi della nostra anima, l’«humus» fermentante della nostra affettività. Prese dal suo influsso, perdiamo la serenità per contemplare il romanzo come tale, come opera letteraria.
Massis, più patriota e cattolico che sincero cacciatore di verità, più propagandista di specifici che intellettuale, che uomo di questioni, postula un ritorno alla pura formula del romanzo francese, il cui esempio è Balzac. Mauriac, più docile alle sollecitazioni della verità, confessa che «non è possibile contentarsi della formula del romanzo psicologico francese in cui l’essere umano si trova in certo modo delineato, ordinato, come la natura lo è a Versailles». Gli eroi di Balzac «sono sempre coerenti; nessuno dei suoi atti si resiste a essere spiegato dalla sua passione dominante né esce dalla linea del personaggio». Massis crede che precisamente per questo bisogna tornare a Balzac. A quanto si vede, regna lo scisma in questo turbolento cattolicesimo letterario di Francia.
Ed è il caso che, a mio giudizio, entrambi i discrepanti hanno ragione. Di fronte alla dispersione e anormalità costitutiva delle figure proustiane, «che mancano di un centro», è ragionevole che Massis domandi coerenza della persona; ma la coerenza in Balzac è povero schematismo, e Mauriac fa bene a sottolineare il fertile insegnamento di relativa incongruenza che alla tradizione romanzesca di Francia aggiunge Dostoevskij.
La soluzione che Mauriac propone per risolvere la crisi del romanzo ha un sapore diplomatico che intenerisce: «l’accordo tra l’ordine francese e la complessità russa».