Abstract

History is the attempt to understand others, so one must suspend the absolute validity of one’s own culture and admit that others have existed: the plurality of cultures is one and the same as the historical method. He faults Grote and Mommsen for projecting their democratic ideal onto the past and dismisses the neo-Hegelian, neo-Fichtean and neo-Kantian “philosophies of culture” as archaisms.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

La Historia es el ensayo que un hombre hace de entender a los demás. Por eso, es preciso que al construirla evitemos introducir en ella nuestros ideales. Los demás son precisamente «los demás», y no nosotros mismos, porque tienen ideales distintos de los nuestros. En qué y en cuánto se diferencian, es justamente lo que la historia va a averiguar.

Llamo ideales a todo lo que para cada cual tiene un valor definitivo: así, para nosotros, la ciencia, ciertas normas éticas o religiosas, ciertos estilos de belleza. El sistema de estos ideales constituye la cultura. Pero esa cultura, única para nosotros vigente, no tiene vigencia para el asiático ni para el griego perícleo. Lo que se ha denominado «sentido histórico» empieza cuando dejamos en suspenso esa vigencia absoluta y única de nuestra cultura y aceptamos hipotéticamente que ha habido otras cada cual con vigor en un tiempo y una comarca. El pluralismo de las culturas es, pues, una y misma cosa con el método propio de nuestra ciencia histórica. Progresa ésta en la medida en que sepamos negar metódicamente, ficticiamente, el exclusivismo de nuestra cultura.

Tal vez, una de las glorias mayores del siglo pasado fue iniciar este «sentido histórico». Pero ¡cuán torpemente aún! Todavía Grote y Mommsen no saben desasirse de su ideal político y lo proyectan anti-históricamente sobre el pasado, como Racine veía al hombre antiguo bajo la especie de un caballero francés. Grote y Mommsen eran bravos combatientes en la política de su tiempo, y creían que la idea contemporánea de democracia había sido siempre el gran motor de las variaciones históricas. La consecuencia fue que, no obstante sus geniales dotes, sus historias de Grecia y Roma no nos sirven. Eduardo Meyer ha dicho hace poco que si Mommsen no pudo proseguir su Historia Romana más allá de César, es decir, más allá de la República, no fue por el azar de que se le quemase un tomo ya escrito, el cual hubiera fácilmente reconstruido, sino porque los errores de interpretación inicial se habían acumulado y le impedían ver el fenómeno imperial que en aquel punto de su obra comenzaba.


Es extraño oír hablar todavía de la cultura con patéticos ademanes. Este patetismo cultural fue precisamente el gran error de Alemania. Y no me refiero a su política, sino a su obra intelectual en los treinta años últimos del pasado siglo. Toda esa insistencia sobre la unidad de la cultura pertenece a las pequeñas filosofías provincianas que en aquella época, y como simpática corrección del tosco positivismo, pulularon en Alemania y se vertieron por el resto de Europa. Todas ellas eran y se llamaban filosofías de la cultura, no filosofías de lo real. Son síntesis urgentes, arbitrarias, de una convencional estructura, sórdidas utopías en que se confunde la sinuosa y espléndida realidad con los míseros esquemas del llamado idealismo. A esta fauna filosófica pertenece la filosofía neo-hegeliana de Croce, la neo-fichtiana de Rickert y la neo-kantiana de mis maestros marburgueses. El neo prefijado a muchas de ellas anuncia su arcaísmo. Son trajes de viejos sistemas arreglados para otros cuerpos. En su hora tuvieron sentido, porque la generación anterior había perdido por completo la técnica de la filosofía y era menester reaprenderla. Pero, a la vez, se revela en ellas la incapacidad de construir originalmente la nueva síntesis de la vida.

No, no es con pueriles esquemas —por ejemplo, prehistoria, historia, cultura— como se llega a nada substantivo. La nueva síntesis es de enorme órbita y de una amplitud ecuménica. En comparación con ella, todas las tradiciones quedan encogidas como maneras provinciales.

Si existe una cultura que pueda considerarse la ejemplar, la única verdaderamente tal, habrá de poseer finamente acusada la dimensión del sentido histórico. Esto significa que para ser efectiva la Cultura, con mayúscula, hace falta llegar a ella al través y previo el reconocimiento de las otras culturas con minúscula, de todas las de hoy y todas las de ayer. En el momento de este gran estudio, de esta urgente experiencia nos hallamos, y es un poco inocente, un mucho utópico y un demasiado escolar, proponernos una vez más, como salvación, el perfil de Pitágoras y el busto de Euclides. En mi último libro llamaba yo a la geometría de Euclides, puesto que sólo vale para las realidades más próximas, geometría provinciana. Preferirla a todas las demás es un mero capricho, y el capricho sólo invita al desdén. El clasicismo de que a algunos oigo hablar, suena a norma de provincia, y, en efecto, se origina en un dulce romanticismo de subprefectura. Ahora se trata de buscar un clasicismo de radio mayor, la unidad de una planetaria pluralidad, algo que germina en estos versos de Goethe:

De Dios es el Oriente,

de Dios el Occidente;

las tierras de Norte y Sur

descansan en la paz de sus manos.

El Sol, 16 de abril de 1924[84]