Abstract

A portrait of Caesar’s politics by contrast with the conservative kind: the conservative reforms “backwards”, adapting the new reality to the unchanging State, and is as utopian as the radical. When the type of man being governed changes, propping up the old State is vain; Caesar realised the democratic aspirations precisely by escaping narrow democratic partisanship.

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

El perfil de la política de César aparece claro cuando lo recortamos sobre el fondo de la política conservadora, cuya antítesis fue. Y ya he indicado que esa política conservadora se resumía en dos cláusulas: primera, renuncia a toda nueva conquista; segunda, instauración de un príncipe encargado de proteger el funcionamiento de las instituciones republicanas.

No podían desconocer los conservadores que el Estado tradicional sucumbía ante la nueva realidad creada por el Destino. Hacía falta alguna reforma. Es un error creer que los conservadores no reforman. Lo característico de ellos es precisamente que reforman al revés. Quiero decir lo siguiente: cuando el Estado sufre una crisis porque la realidad histórica ha cambiado, parece natural que se reforme el Estado a fin de conseguir su readaptación a la nueva circunstancia. Pues bien: el conservador hace todo lo contrario. Su reforma consiste en introducir algunas modificaciones de arbitrio para lograr que la nueva realidad se adapte al invariable Estado. Esto es lo más razonable mientras las mutaciones sobrevenidas sean superficiales, es decir, mientras cambien sólo las cosas de la vida; pero no el hombre, no la sociedad misma y su estructura. Pero, ¡ahí está!, acontece que de tiempo en tiempo cambia el tipo de hombre sobre el cual se ejerce el gobierno, y entonces es perfectamente vano todo empeño de sostener el viejo Estado. Intentarlo es utopismo. Y en efecto, el conservador suele ser tan utopista como el radical. Ambos son presa de dos quimeras opuestas: aquél cree que, en el fondo, la sociedad no cambia nunca; y éste, inversamente, cree que se puede cambiar a capricho.

Tras cincuenta años de contiendas civiles, los conservadores esperaban todavía la salvación de un hombre que convocase unas elecciones normales. Pedían simplemente el retorno a la Constitución, y encargan de ello, uno tras otro, a varios generales —Sylla, Pompeyo. El encargo tiene un nombre oficial: Rem publicam constituendam; por tanto, constitucionalismo. Ni por un momento se les ocurre que la causa de todos los males está no en la realidad social, en los pecados de estos o los otros ciudadanos, en los abusos que se cometían, sino precisamente en la Constitución, que por reflejar una estructura social arcaica obligaba sin remisión al desconcierto. Nunca había sido la realidad romana más floreciente. No era ella la enferma, sino el Estado, las instituciones —en suma, la República, que los conservadores querían conservar poniéndole a la vera un tutor, un príncipe.

Durante su juventud César había pertenecido al partido democrático. ¿Cuál era la política de los demócratas romanos? Los partidos democráticos no suelen tener una política: tienen sólo unos deseos. A desgañitarse en su manifestación llaman hacer política y definirse, cuando lo interesante y lo difícil en una situación compleja de la vida pública es definir ésta. Sin embargo, es preciso reconocer que entre esos deseos confusos, y en gran parte ineptos, de las masas democráticas se halla casi siempre escondido el futuro. Para descubrir la profecía oculta en ellas conviene no hacer caso de lo que dicen los demócratas. Lo que dicen no vale nada. Con sus palabras y fórmulas y actitudes traicionan su profundo sentir, que es lo valioso. ¿Qué decían en Roma? Mommsen resume la lista de los deseos democráticos, viejos casi todos ellos, de un siglo o más: el alivio de deudas, la fundación de colonias en ultramar, nivelación gradual de los derechos entre las diversas clases del Estado, emancipación del Poder político frente al Senado aristócrata. La verdad es que César permaneció siempre fiel a estas aspiraciones democráticas, hasta el punto de ser el único que logró realizarlas. Pero lo logró gracias a haberse evadido del partidismo democrático angosto, incompleto, ineficiente y anticuado. No creo imposible reconstruir la opinión que César se formó pronto de aquellos grupos radicales en que había pululado su turbulenta mocedad. Podría formularse así: los demócratas tienen razón en casi todo lo que desean; pero la pierden por no desear más que unas cuantas cosas que el azar ha inspirado a su apetito. Política no es simplemente desear. El deseo es un estado íntimo del individuo o del grupo; mas la política no sólo no es acción privada, pero ni siquiera bastaría denominarla acción social. Un grupo religioso o industrial que actúa sobre otras partes de la sociedad no hace política. Ésta es precisamente acción sobre la totalidad de un cuerpo social, ya que actúa al través del Estado, el cual gravita sobre el área social íntegra. No empieza, pues, a haber política hasta que el hombre que siente estos o los otros deseos no sale de sí mismo y, analizando como un zoólogo la sociedad donde vive, descubre sus nuevas necesidades orgánicas, es decir, la figura de nuevo Estado que la nueva sociedad trae dentro germinante y preformado. Esto no es desear. Tal vez una buena parte de lo que se descubre como necesidad pública no nos es simpática. Sin embargo, hay que aceptarla. Sólo el que articula sus deseos íntimos con las necesidades públicas es un político.

César vio pronto que el demócrata no sabía salir de sí mismo y que era incapaz de esa profunda sumisión a lo que es necesario. El tono pueril que casi siempre han tenido los grupos democráticos provino de esto; como los chicos, quieren tomar sólo la porción que les gusta y se desentienden de lo que necesita la sociedad. Así, en Roma hacían falta cosas mucho más decisivas que las solicitadas por los demócratas. Por lo pronto hacía falta un nuevo Estado, sin el cual las aspiraciones de aquéllos eran inasequibles. Querían arrancar a los aristócratas la exclusiva del Poder público; pero no comprendían que para ello era imprescindible acabar con la República, indisolublemente adscrita a los optimates. Pero la República era Roma. Por tanto, había que mediatizar a Roma y crear un nuevo Estado que se apoyase en las provincias, sobre todo en las de Occidente. César, con la resolución de quien ve claro, procede en derechura a la ejecución inexorable de este tremendo destino. César somete a Roma a la operación cesárea. Quiere matarla para salvar el nuevo Estado que ha germinado dentro de ella. En su triunfo lleva galos y españoles, y al día siguiente los nombra senadores, cuyo número aumenta hasta novecientos. Los demócratas no entienden, se indignan. Siguen aferrados a la idea del Estado-ciudad y cantan por las calles: Los galos de César se quitan las bragas y se visten el laticlavo, o bien pegan pasquines donde se dice: Prohibido enseñar el camino del Senado a los nuevos senadores. Era la soberbia petrefacta de los urbanos, de la capital incapaz de comprender que había llegado la hora de las provincias, que en las provincias estaba el secreto del futuro —como luego lo demostraron veinte siglos de historia universal. El árbol romano había crecido fabulosamente, y para sostenerlo era preciso ampliar sobre manera el campo de sus raíces, ampliarlo y renovarlo.

César no se hacía ilusiones: los demócratas pertenecían al pasado tanto, por lo menos, como los conservadores. Unos y otros eran fauna del viejo Estado, de la República, del Estado-ciudad, de la colectividad angosta junto al Tíber. Él vislumbraba un Estado universal, sobre cuyo fondo gigante los viejos aristócratas pareciesen pigmeos y donde todos los hombres —de Occidente y de Oriente, de Italia y de la provincia— tuviesen un estatuto de libertad y garantía. Ésta era la efectiva democracia. Pero ella suponía un poder extrarromano, antiaristócrata, infinitamente elevado sobre la oligarquía republicana, sobre su príncipe, que era sólo un primus inter pares. Ese Poder ejecutor y representante de la democracia sólo podía ser la Monarquía, con su sede fuera de Roma.

¡República, Monarquía! Dos palabras que en la historia cambian constantemente de sentido auténtico, y que por lo mismo es preciso en todo instante triturar para cerciorarse de su eventual enjundia. ¿Qué sería hoy César en España? ¿Monárquico, republicano?

El Sol, 6 de julio de 1930