Ortega y Gasset

Abstract

Parliament was meant to be the breathing-hole of national life; in Spain it has instead absorbed political spontaneity, confining public life within the scholastic limits of parliamentary life. Against Silvela’s thesis that Spain has no public opinion, Ortega first asks what a “people” is and why the peoples who vote do vote.

Connections

Assi: Legittimità del potere
Concetti: Stato
Forme: saggio

Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio

Cuando son cerradas las Cortes suelen quedarse nuestros políticos sin saber qué hacer, como las viejas de los pueblos si les cierran la iglesuca y les falta un buen fuego en torno al cual contar consejas, decir decires y roer memorias. Fue instituido el Parlamento a guisa de máquina expansionadora de la política, para impedir que los pueblos fueran gobernados desde unas cuantas reuniones y camarillas, para ofrecer garantías a las públicas pasiones que nacieren fuera de los muros oficiales. Weigel y otros místicos alemanes llaman al alma individual spiraculum vitae, respiradero de la vida, breve abertura por donde se manifiesta el borboteo soterráneo de corrientes colectivas, manadero en que hace sentir su pulso la oculta y metafísica voluntad vibrante del universo. Algo así corresponde ser al Parlamento: respiradero de la vida nacional, síntoma de la realidad pública, signo de cosas externas, vivas y orgánicas.

En España va aconteciendo todo lo contrario. El Parlamento apenas si ha hecho otra cosa más que absorber los relieves de espontaneidad política que en nuestra raza quedaran matando su vigor original, ha estrechado la vida pública en los límites escolásticos de la vida parlamentaria y siguiendo los pasos de todo escolasticismo que toma los signos, las palabras, por las cosas significadas y nombradas, pretende alzarse en única realidad política.

La Ley del terrorismo, que fue un aerómetro lanzado al ambiente público para fijar los grados de densidad que pudiera alcanzar el liberalismo español, ha servido para muchas advertencias útiles. En primer lugar, ha incitado, siquiera levemente, a los partidos liberales a la labor de agitación popular; en segundo lugar, ha hecho decir a los conservadores que esa agitación era una agitación, es decir, una confabulación de unas cuantas personas para soliviantar a las gentes mansuetas y tranquilas. Tengo por cierto que más de un liberal ha sufrido remordimientos de conciencia por haber hablado en los meetings , y ha pensado: tienen razón, estamos agitando sin saberlo, como el señor Jourdain hablaba en prosa, y así no tiene gracia que el pueblo proteste.

¿Se advierte el concepto de la política escondido bajo todo esto?

Existe un error muy grave en el asunto de que hablo y que a mi modo he intentado otras veces rectificar. Proviene de aquel grande hombre Silvela, tan falto de rigor espiritual, que sabía decir de manera tan ingeniosa y divertida una porción de cosas que no merecían la pena de ser dichas de ninguna manera. Silvela comenzó a maldecir del pueblo e hizo derivar las inculpaciones hacia esa responsabilidad anónima. Dicen que Silvela fue un hombre de conversación deleitable y esto hará que parezcan injustas mis apreciaciones a los que cultivaron su amistad. Pero ¿qué le hemos de hacer si hemos nacido muchos españoles demasiado tarde y, aprisionado el espíritu de todos lados por el terrible dolor español, no hemos tenido alegría ni tiempo para gozar de sobremesas regocijadas? Para nosotros, pues, el Silvela armonioso no existe y sólo queda el Silvela que acusaba al pueblo. De él procede esta teoría, según la cual no hay en España opinión pública.

¿Y dónde la hay? ¿Dónde tiene el pueblo opinión? Y si en otros países hay una opinión pública, ¿cuál es en ellos la opinión privada, dónde está, cómo se distingue de la otra? Hay una medida exacta —podrá decir alguien— de la opinión pública: el número de votos en las elecciones. La proporción entre la cifra de electores y la cifra de votantes marca la energía de esa opinión. En España no se vota apenas: luego no hay opinión pública.

Las elecciones son, en efecto, lo que más hondamente nos revela la intimidad de un pueblo; por eso conocemos tan bien el corazón de Pompeya a quien sorprendió el furor del Vesubio en sazón de nombrar magistrados y quedó perpetuada bajo la ceniza en aquella posición electoral. Pero el resultado de los plebiscitos —donde no se falsifican las votaciones— es justamente resultado, supone un carácter popular previamente adquirido que le impulsa a ejercitar su derecho de votos.

¿Por qué votan los pueblos que votan? ¿Por qué tienen una opinión los pueblos que la tienen?

Sepamos antes qué cosa es pueblo. Dificulto que pueda alguien definir esta incierta y oscura realidad del pueblo en otra forma que sirviéndose de lo que llaman los filósofos juicios infinitos o privativos. Pueblo es «lo que no» habla en los Parlamentos, «lo que no» escribe libros, ni pinta cuadros, ni publica periódicos, ni tiene coche propio, ni es mencionado en la Guía Oficial, ni nace en una hora, ni muere en otra, «lo que no es» nadie en particular, lo «inconsciente» en cada nación. Con intención satírica que me parece poco plausible, hace Ibsen que el pueblo trabe los pies de Peer Gynt bajo el nombre del «Gran Tortuoso», un algo extraño, ni muerto del todo ni vivo por completo, mucilaginoso, innombrable, sin forma. Con esto queda dicho que el pueblo no puede tener opinión, es antes bien mar infinito donde ruedan los contrarios torrentes sin confundirse. El pueblo no piensa: aquella porción suya que podría servirle de cerebro es precisamente lo que llamamos élite, aristocracia, los pocos y que con tanto cuidado solemos aislar frente a los muchos, al vulgo, al demos. La opinión pública es, en consecuencia, una mentirilla del viejo liberalismo, que le será perdonada porque ha amado mucho.

¡Oh pueblo, santa incertidumbre, oscuro fondo sobre el cual destacan las burlescas fisonomías personales, tú nos llevas sobre tus anchos lomos como las rocas del Guadarrama llevan su piel de líquenes, tú nos sueñas de un siglo para otro en tu pecho profundo por donde sólo andan las vaguedades de los sueños, tú nos impones el deber supremo de responder por ti cuando se te cite a juicio y de esculpir tu alma, fijarla, concretarla, cuando se te pida un porvenir, un «sí», un «no», una acción! ¡Pueblo, sustancia adamantina, incorruptible, arco iris espléndido, en cuya vida de luz vivimos un instante y luego desaparecemos dejando su sucesión a otros sin cuento, mientras el arco iris continúa abierto como puente de ornato sobre el cielo!

Perdóneseme ese sincero arrebato lírico. Es el pueblo la divinidad moderna, Pan redivivo; y como los místicos panteístas —Spinoza, por ejemplo, o Boehme el zapatero— percibían dulcísimo deliquio al sentirse hundidos en el regazo inmenso de la naturaleza, para un demócrata tiene suavísimo encanto sentirse pueblo, mirar cómo nuestra silueta personal se pierde y se confunde en la personalidad innumerable del demos y unida a ella fluye por el cauce sin edad de la historia. Pero no sólo nosotros: los grandes hombres también vienen del pueblo y pareciendo apartarse de él un punto acaban por volver a sumirse en la gloriosa y perenne corriente maternal. Quiero creer que Juan de Mena pensaba algo parecido cuando escribió aquellos lindos versos de su Labyrinto:

Arlanza, Pisuerga e aun Carrión

gozan del nombre de ríos, empero

después de juntados llamámosles Duero.

Como del pueblo tiene que salir todo, es menester que salga también lo que no es pueblo: los escogidos. Del tesoro de su inconsciencia saca unas cuantas conciencias a quienes encarga de tener opiniones determinadas, únicas, particulares, ya que él es el conjunto de las opiniones reales y posibles, la opinión total, o lo que es lo mismo, la no-opinión. Porque opinar es tener «una» opinión; quien tiene todas las opiniones es que no tiene ninguna.

Toda opinión, pues, es siempre de origen privado y la única significación justa que puede tener esto de «opinión pública» será la de opinión privada que se ha expandido, que ha sido inyectada en gran número de individuos. Por eso si los alemanes o los franceses ejercitan el voto, digamos que en Alemania y Francia hay unos cuantos hombres con opiniones políticas que se han esforzado en comunicar a los demás.

El pueblo no sabe lo que quiere; sabe a lo sumo lo que no quiere y por esta razón desdeña a muchos que le solicitan y no responde a cualquier palabra o conjuro. En fórmula más precisa pero más técnica podría definirse al pueblo como lo indeterminado histórico a determinar por la cultura. Esta labor de determinación que debe realizar la parte más culta de una raza sobre la parte menos culta o pueblo es la política. Y como vivir no es ir arrastrado, ir forzado, sino proponerse fines y lograrlos en lo posible, querer, en fin, algo y querer los medios que lo producen, la política significa una acción sobre la voluntad indeterminada del pueblo, no sobre sus músculos, una educación, no una imposición. No es dar leyes, es dar ideales y por ideales no se entienda nada vago y doncellil, sino cualquiera posible mejora espiritual o material de la sociedad, desde la libertad de cultos hasta la revisión del arancel, donde acaso ésta parezca más ideal que aquélla como más remota y difícil.

When the Cortes are closed, our politicians are wont to remain without knowing what to do, like the old women of villages if their little church is shut and they lack a good fire around which to tell tales, utter sayings, and gnaw at memories. Parliament was instituted as an expanding machine of politics, to prevent peoples from being governed from a few meetings and cliques, to offer guarantees to the public passions born outside the official walls. Weigel and other German mystics call the individual soul spiraculum vitae, venthole of life, a brief opening through which the subterranean bubbling of collective currents manifests itself, a spring in which the hidden and metaphysical vibrating will of the universe makes its pulse felt. Something like this corresponds to Parliament’s being: venthole of national life, symptom of public reality, sign of external, living, and organic things.

In Spain just the opposite is happening. Parliament has scarcely done anything but absorb the traces of political spontaneity that remained in our race, killing its original vigor; it has narrowed public life within the scholastic limits of parliamentary life and, following the steps of every scholasticism that takes signs, words, for the things signified and named, it pretends to raise itself into the sole political reality.

The Law on terrorism, which was an aerometer launched into the public atmosphere to fix the degrees of density that Spanish liberalism might reach, has served for many useful warnings. In the first place, it has incited, however mildly, the liberal parties to the work of popular agitation; in the second place, it has made the conservatives say that that agitation was an agitation, that is, a confabulation of a few persons to stir up the meek and tranquil folk. I hold it certain that more than one liberal has suffered remorse of conscience for having spoken at the meetings, and has thought: they are right, we are agitating without knowing it, as Monsieur Jourdain spoke in prose, and so it is no joke that the people should protest.

Is the concept of politics hidden beneath all this perceived?

There is a very grave error in the matter of which I speak and which in my own way I have tried other times to rectify. It comes from that great man Silvela, so lacking in spiritual rigor, who knew how to say, in so ingenious and amusing a way, a number of things that were not worth the trouble of being said in any way at all. Silvela began to rail against the people and made the accusations flow toward that anonymous responsibility. They say Silvela was a man of delightful conversation, and this will make my appreciations seem unjust to those who cultivated his friendship. But what are we to do if many of us Spaniards were born too late and, the spirit being imprisoned on all sides by the terrible Spanish sorrow, we have had neither joy nor time to enjoy merry after-dinner conversations? For us, then, the harmonious Silvela does not exist and only the Silvela who accused the people remains. From him proceeds this theory, according to which there is no public opinion in Spain.

And where is there any? Where does the people have opinion? And if in other countries there is a public opinion, what in them is the private opinion, where is it, how does it distinguish itself from the other? There is an exact measure —someone may say— of public opinion: the number of votes in elections. The proportion between the number of electors and the number of voters marks the energy of that opinion. In Spain there is scarcely any voting: therefore there is no public opinion.

Elections are, in effect, what most deeply reveals to us the intimacy of a people; that is why we know so well the heart of Pompeii, which the fury of Vesuvius surprised in the season of naming magistrates and remained perpetuated under the ashes in that electoral posture. But the result of the plebiscites —where votes are not falsified— is precisely a result, it presupposes a popular character previously acquired that impels it to exercise its right of votes.

Why do the peoples that vote vote? Why do the peoples that have an opinion have one?

Let us first know what the people is. I doubt that anyone can define this uncertain and obscure reality of the people in any other way than by making use of what the philosophers call infinite or privative judgments. The people is «that which does not» speak in Parliaments, «that which does not» write books, nor paint pictures, nor publish newspapers, nor own a car, nor is mentioned in the Official Guide, nor is born at one hour, nor dies at another, «that which is not» anyone in particular, the «unconscious» in each nation. With a satirical intention that seems to me scarcely plausible, Ibsen makes the people trip the feet of Peer Gynt under the name of the «Great Tortuous», a strange something, neither altogether dead nor fully alive, mucilaginous, unnameable, formless. With this it is said that the people cannot have an opinion, it is rather a sea infinite where contrary torrents roll without mixing. The people does not think: that portion of it which might serve it as brain is precisely what we call elite, aristocracy, the few and which with so much care we are wont to set apart against the many, the mob, the demos. Public opinion is, consequently, a little lie of the old liberalism, which will be forgiven it because it has loved much.

Oh people, holy uncertainty, dark ground against which the burlesque personal physiognomies stand out, you carry us upon your broad backs as the rocks of the Guadarrama carry their skin of lichens, you dream us from one century to another in your deep breast through which only the vaguenesses of dreams move, you impose upon us the supreme duty of answering for you when you are cited to judgment and of sculpting your soul, fixing it, concreting it, when there is asked of you a future, a «yes», a «no», an action! People, adamantine, incorruptible substance, splendid rainbow, in whose life of light we live an instant and then disappear, leaving its succession to others beyond count, while the rainbow remains open like an ornamental bridge over the sky!

Let that sincere lyrical outburst be forgiven me. The people is the modern divinity, Pan reborn; and as the pantheistic mystics —Spinoza, for example, or Boehme the cobbler— perceived a most sweet rapture in feeling themselves sunk in the immense lap of nature, so for a democrat it has a most gentle charm to feel oneself people, to watch how our personal silhouette is lost and merges into the innumerable personality of the demos and, united with it, flows along the ageless channel of history. But not only we: the great men too come from the people and, seeming to separate from it for a while, end by returning to sink again into the glorious and perennial maternal current. I would like to believe that Juan de Mena thought something similar when he wrote those pretty verses of his Labyrinto:

Arlanza, Pisuerga and even Carrión

enjoy the name of rivers, yet

once joined we call them Duero.

Since everything has to come out of the people, what is not people must also come out of it: the chosen ones. From the treasure of its unconsciousness it draws a few consciousnesses which it charges with having determinate, unique, particular opinions, since it is the set of real and possible opinions, the total opinion, or, what is the same, the non-opinion. Because to opine is to have «one» opinion; he who has all opinions is one who has none.

Every opinion, then, is always of private origin and the only just meaning that this thing of «public opinion» can have will be that of private opinion which has expanded, which has been injected into a great number of individuals. That is why if the Germans or the French exercise the vote, let us say that in Germany and France there are a few men with political opinions who have striven to communicate them to the others.

The people does not know what it wants; it knows at most what it does not want and for this reason it scorns many who solicit it and does not respond to any word or conjuration. In a more precise but more technical formula one could define the people as the historical indeterminate to be determined by culture. This labor of determination that the more cultured part of a race must carry out over the less cultured part or people is politics. And since to live is not to go dragged along, to go forced, but to set oneself ends and achieve them as far as possible, to will, in short, something and to will the means that produce it, politics signifies an action upon the indeterminate will of the people, not upon its muscles, an education, not an imposition. It is not giving laws, it is giving ideals, and by ideals let nothing vague and maidenly be understood, but any possible spiritual or material improvement of society, from freedom of worship to the revision of the tariff, where perhaps this latter may seem more ideal than the former as more remote and difficult.

Quando le Cortes sono chiuse, i nostri politici sogliono restare senza saper che fare, come le vecchie dei paesi se chiudono loro la chiesetta e manca loro un buon fuoco attorno al quale raccontare fole, dire detti e rosicchiare memorie. Fu istituito il Parlamento a guisa di macchina espansionatrice della politica, per impedire che i popoli fossero governati da poche riunioni e cricche, per offrire garanzie alle pubbliche passioni che nascessero fuori dalle mura ufficiali. Weigel e altri mistici tedeschi chiamano l’anima individuale spiraculum vitae, spiraglio della vita, breve apertura per cui si manifesta il ribollire sotterraneo di correnti collettive, sorgente in cui fa sentire il suo polso la occulta e metafisica volontà vibrante dell’universo. Qualcosa di simile corrisponde al Parlamento di essere: spiraglio della vita nazionale, sintomo della realtà pubblica, segno di cose esterne, vive e organiche.

In Spagna va accadendo tutto il contrario. Il Parlamento appena ha fatto altro che assorbire i rilievi di spontaneità politica che nella nostra razza restavano, uccidendo il suo vigore originale, ha ristretto la vita pubblica nei limiti scolastici della vita parlamentare e, seguendo i passi di ogni scolasticismo che prende i segni, le parole, per le cose significate e nominate, pretende di ergersi a unica realtà politica.

La Legge sul terrorismo, che fu un aerometro lanciato nell’ambiente pubblico per fissare i gradi di densità che potesse raggiungere il liberalismo spagnolo, è servita a molti utili ammonimenti. In primo luogo, ha incitato, sia pure leggermente, i partiti liberali al lavoro di agitazione popolare; in secondo luogo, ha fatto dire ai conservatori che quell’agitazione era un’agitazione, cioè, una confabulazione di poche persone per sobillare le genti mansuete e tranquille. Tengo per certo che più di un liberale abbia sofferto rimorsi di coscienza per aver parlato nei meetings, e abbia pensato: hanno ragione, stiamo agitando senza saperlo, come il signor Jourdain parlava in prosa, e così non c’è da ridere che il popolo protesti.

Si scorge il concetto della politica nascosto sotto tutto questo?

Esiste un errore molto grave nell’argomento di cui parlo e che a modo mio ho altre volte tentato di rettificare. Proviene da quel grande uomo di Silvela, così privo di rigore spirituale, che sapeva dire in maniera così ingegnosa e divertente una quantità di cose che non meritavano la pena di essere dette in nessuna maniera. Silvela cominciò a maledire il popolo e fece derivare le incolpazioni verso quella responsabilità anonima. Dicono che Silvela fu un uomo di conversazione dilettevole e questo farà sembrare ingiuste le mie valutazioni a coloro che coltivarono la sua amicizia. Ma che ci dobbiamo fare se molti spagnoli siamo nati troppo tardi e, prigioniero lo spirito da ogni lato per il terribile dolore spagnolo, non abbiamo avuto allegria né tempo per godere di allegre conversazioni a tavola? Per noi, dunque, il Silvela armonioso non esiste e resta soltanto il Silvela che accusava il popolo. Da lui procede questa teoria, secondo la quale non c’è in Spagna opinione pubblica.

E dove c’è? Dove ha opinione il popolo? E se in altri paesi c’è un’opinione pubblica, quale è in essi l’opinione privata, dove sta, come si distingue dall’altra? C’è una misura esatta —potrà dire qualcuno— dell’opinione pubblica: il numero dei voti nelle elezioni. La proporzione tra la cifra degli elettori e la cifra dei votanti segna l’energia di quell’opinione. In Spagna non si vota quasi: quindi non c’è opinione pubblica.

Le elezioni sono, in effetti, ciò che più profondamente ci rivela l’intimità di un popolo; per questo conosciamo così bene il cuore di Pompei, colta dal furore del Vesuvio in stagione di nominare magistrati e rimasta perpetuata sotto la cenere in quella posizione elettorale. Ma il risultato dei plebisciti —dove non si falsificano le votazioni— è giustamente risultato, suppone un carattere popolare precedentemente acquisito che lo spinge a esercitare il suo diritto di voto.

Perché votano i popoli che votano? Perché hanno un’opinione i popoli che la hanno?

Sappiamo prima che cosa è popolo. Dubito che qualcuno possa definire questa incerta e oscura realtà del popolo in altra forma che servendosi di ciò che i filosofi chiamano giudizi infiniti o privativi. Popolo è «ciò che non» parla nei Parlamenti, «ciò che non» scrive libri, né dipinge quadri, né pubblica periodici, né ha automobile propria, né è menzionato nella Guida Ufficiale, né nasce a un’ora, né muore a un’altra, «ciò che non è» nessuno in particolare, l’«inconscio» in ogni nazione. Con intenzione satirica che mi sembra poco plausibile, Ibsen fa sì che il popolo inciampi i piedi di Peer Gynt sotto il nome del «Grande Tortuoso», un qualcosa di strano, né del tutto morto né del tutto vivo, mucillaginoso, innominabile, senza forma. Con ciò resta detto che il popolo non può avere opinione, è piuttosto mare infinito dove rotolano i torrenti contrari senza confondersi. Il popolo non pensa: quella sua porzione che potrebbe servirgli da cervello è precisamente ciò che chiamiamo élite, aristocrazia, i pochi e che con tanta cura sogliamo isolare dinanzi ai molti, al volgo, al demos. L’opinione pubblica è, in conseguenza, una bugiarella del vecchio liberalismo, che gli sarà perdonata perché ha amato molto.

Oh popolo, santa incertezza, oscuro fondo sul quale risaltano le burlesche fisionomie personali, tu ci porti sui tuoi larghi dorsi come le rocce del Guadarrama portano la loro pelle di licheni, tu ci sogni di secolo in secolo nel tuo petto profondo per dove camminano solo le vaghezze dei sogni, tu ci imponi il dovere supremo di rispondere per te quando ti si citi a giudizio e di scolpire la tua anima, fissarla, concretarla, quando ti si chieda un avvenire, un «sì», un «no», un’azione! Popolo, sostanza adamantina, incorruttibile, arcobaleno splendido, nella cui vita di luce viviamo un istante e poi spariamo lasciando la sua successione ad altri senza numero, mentre l’arcobaleno continua aperto come ponte d’ornamento sul cielo!

Mi si perdoni quel sincero slancio lirico. È il popolo la divinità moderna, Pan redivivo; e come i mistici panteisti —Spinoza, per esempio, o Boehme il ciabattino— percepivano dolcissimo deliquio nel sentirsi immersi nel grembo immenso della natura, per un democratico ha soavissimo incanto sentirsi popolo, guardare come la nostra silhouette personale si perde e si confonde nella personalità innumerevole del demos e, unita ad essa, scorre per l’alveo senza età della storia. Ma non soltanto noi: anche i grandi uomini vengono dal popolo e, sembrando allontanarsene per un punto, finiscono per tornare a immergersi nella gloriosa e perenne corrente materna. Voglio credere che Juan de Mena pensasse qualcosa di simile quando scrisse quei graziosi versi del suo Labyrinto:

Arlanza, Pisuerga e anche Carrión

godono del nome di fiumi, però

dopo essersi uniti li chiamiamo Duero.

Poiché dal popolo deve uscire tutto, è necessario che esca anche ciò che non è popolo: gli eletti. Dal tesoro della sua incoscienza trae poche coscienze alle quali affida di avere opinioni determinate, uniche, particolari, poiché egli è l’insieme delle opinioni reali e possibili, l’opinione totale, o, che è lo stesso, la non-opinione. Perché opinare è avere «una» opinione; chi ha tutte le opinioni è che non ne ha nessuna.

Ogni opinione, dunque, è sempre di origine privata e l’unica significazione giusta che può avere questo «opinione pubblica» sarà quella di opinione privata che si è espansa, che è stata iniettata in gran numero di individui. Per questo se i tedeschi o i francesi esercitano il voto, diciamo che in Germania e in Francia ci sono alcuni uomini con opinioni politiche che si sono sforzati di comunicarle agli altri.

Il popolo non sa ciò che vuole; sa al massimo ciò che non vuole e per questa ragione sdegna molti che lo sollecitano e non risponde a qualsiasi parola o scongiuro. In formula più precisa ma più tecnica si potrebbe definire il popolo come l’indeterminato storico da determinare mediante la cultura. Questo lavoro di determinazione che deve realizzare la parte più colta di una razza sulla parte meno colta o popolo è la politica. E poiché vivere non è andare trascinato, andare forzato, ma proporsi dei fini e conseguirli per quanto possibile, volere, in somma, qualcosa e volere i mezzi che lo producono, la politica significa un’azione sulla volontà indeterminata del popolo, non sui suoi muscoli, un’educazione, non un’imposizione. Non è dare leggi, è dare ideali e per ideali non si intenda nulla di vago e donzellesco, ma qualsiasi possibile miglioramento spirituale o materiale della società, dalla libertà di culto alla revisione della tariffa, dove forse questa sembri più ideale di quella in quanto più remota e difficile.

De todo esto resulta que el lugar donde menos quehaceres políticos puede haber es el Parlamento; allí no debía irse sino a refrendar la organización del espíritu público realizada fuera. Precisamente para esto se inventó el Parlamento: para que pudiera sin peligro hacerse la política fuera de él, fuera del antiguo Consejo despótico. Parlamento es representación, mero reflejo y sombra de la realidad política exterior. El único lugar donde no está un pueblo es aquél en que está su representación.

En estos meses tórridos sólo los políticos liberales no tienen derecho a descansar. Hace poco tiempo fijaron su programa; ahora es preciso que cumplan la segunda parte de la acción política: la agitación. Aquí y dondequiera, el pueblo carece de sensibilidad si se le abandona a sí mismo, o responde tan sólo al último instinto de conservación física como acaece en tiempos de invasión extranjera. La agitación que parece medio poco serio a esta vanidosa inocencia de los conservadores, es la única manera de hacer política inventada por los hombres desde la edad de los profetas, que fueron al cabo grandes oradores de meetings.

Es preciso poner bien claro el centro de la política liberal en la cuestión de cultura. Es preciso librar de una vez al liberalismo de ese equívoco incomprensible en que ahora se halla, pues no parece sino que consiste sólo en no querer la Ley del terrorismo o del duelo o de la administración local, y que, logrando que no prosperen estas leyes, debe comerciar pacíficamente con el partido conservador. El otro día, hablando con un amigo mío, ingenuo a fuer de conservador, me decía esto, y preguntaba: ¿qué más quieren ustedes los liberales? Y tuve que responderle: pero ¿es que va a hacer falta algún motivo particular para no ser conservador, para no combatir la política berberisca y ecuatorial del señor Maura? Y entonces él, tomando de la aljaba conservadora un lugar común falso, me asestó: ¿Pero sin jefe, sin disciplina, qué van ustedes a hacer?

Yo, señor lector, que apenas si sé con precisión tres o cuatro cosas, ignoro muy especialmente cuanto atañe a la política. Bien quisiera, por tanto, creerme eximido de hablar sobre lo que tan mal conozco. Pero echando menos en la conciencia política española ciertas perogrulladas, en mi parecer fundamentales, y notando que nadie se humilla hasta recogerlas y repetirlas, me encuentro obligado a hacerlo yo. Lleve cada cual, según la medida del propio esfuerzo, sus mejores intenciones al comunal molino, y acaso tengamos algún día buen pan de cultura que llevar a la boca.

¿Qué mal ha de traer en vista de esto si expongo otro día lo que en mi opinión pueda hacer el liberalismo, la idea liberal sin jefe y sin disciplina? Si quitáis al partido conservador ambas cosas, claro está que se queda sin nada, salvo unos cuantos instintos sociales de inercia y tesaurización flotantes en los bajos fondos del alma colectiva. Pero el liberalismo es una cosa mucho más discreta y complicada: es, por lo pronto una idea —lo más que puede ser una cosa— decía Kant.

El Imparcial, 31 de julio de 1908

From all this it results that the place where there can be least political business is Parliament; one should go there only to ratify the organization of public spirit carried out outside. Precisely for this Parliament was invented: so that politics could be made outside it, outside the old despotic Council, without danger. Parliament is representation, a mere reflection and shadow of the exterior political reality. The only place where a people is not present is the one where its representation is.

In these torrid months only the liberal politicians have no right to rest. A short while ago they fixed their program; now it is necessary that they fulfill the second part of political action: agitation. Here and everywhere, the people lacks sensibility if it is abandoned to itself, or responds only to the last instinct of physical conservation as happens in times of foreign invasion. The agitation that seems a not very serious means to this vain innocence of the conservatives is the only way of doing politics invented by men since the age of the prophets, who were after all great orators of meetings.

It is necessary to place very clearly the center of liberal politics in the question of culture. It is necessary to free liberalism once and for all from that incomprehensible equivocation in which it now finds itself, for it seems that it consists only in not wanting the Law on terrorism or on dueling or on local administration, and that, succeeding in preventing these laws from prospering, it must trade peacefully with the conservative party. The other day, speaking with a friend of mine, naive by dint of being conservative, he told me this, and asked: what more do you liberals want? And I had to answer him: but is some particular motive going to be needed not to be a conservative, not to fight the Berber and equatorial politics of Mr. Maura? And then he, taking from the conservative quiver a false common place, struck me: but without a chief, without discipline, what are you going to do?

I, dear reader, who scarcely know three or four things precisely, am especially ignorant of all that pertains to politics. I should very much like, therefore, to believe myself excused from speaking of what I know so ill. But missing in the Spanish political conscience certain truisms, in my view fundamental, and noting that no one stoops to pick them up and repeat them, I find myself obliged to do it myself. Let each one, according to the measure of his own effort, carry his best intentions to the common mill, and perhaps some day we shall have good bread of culture to put to our mouth.

What harm is to come, in view of this, if another day I set forth what in my opinion liberalism can do, the liberal idea without chief and without discipline? If you take both things from the conservative party, it is clear that it is left with nothing, except a few social instincts of inertia and hoarding floating in the lower depths of the collective soul. But liberalism is a much more discreet and complicated thing: it is, for the moment, an idea —the most that a thing can be— Kant used to say.

El Imparcial, July 31, 1908

Da tutto questo risulta che il luogo dove meno faccende politiche possono esserci è il Parlamento; lì non si dovrebbe andare se non a ratificare l’organizzazione dello spirito pubblico realizzata fuori. Precisamente per questo fu inventato il Parlamento: perché potesse senza pericolo farsi la politica fuori di esso, fuori dell’antico Consiglio dispotico. Parlamento è rappresentazione, mero riflesso e ombra della realtà politica esteriore. L’unico luogo dove un popolo non sta è quello dove sta la sua rappresentazione.

In questi mesi torridi solo i politici liberali non hanno diritto a riposare. Poco tempo fa fissarono il loro programma; ora è necessario che adempiano la seconda parte dell’azione politica: l’agitazione. Qui e dovunque, il popolo manca di sensibilità se lo si abbandona a se stesso, o risponde soltanto all’ultimo istinto di conservazione fisica come accade in tempi di invasione straniera. L’agitazione che sembra mezzo poco serio a questa vanitosa innocenza dei conservatori, è l’unico modo di fare politica inventato dagli uomini dall’età dei profeti, che furono in fondo grandi oratori di meetings.

È necessario porre ben chiaro il centro della politica liberale nella questione di cultura. È necessario liberare una volta per tutte il liberalismo da quell’equivoco incomprensibile in cui ora si trova, poiché non sembra se non che consista soltanto nel non volere la Legge sul terrorismo o sul duello o sull’amministrazione locale, e che, riuscendo a far sì che queste leggi non prosperino, debba commerciare pacificamente con il partito conservatore. L’altro giorno, parlando con un mio amico, ingenuo a forza di essere conservatore, mi diceva questo, e domandava: che altro volete voi liberali? E dovetti rispondergli: ma è che farà bisogno di qualche motivo particolare per non essere conservatore, per non combattere la politica berberesca ed equatoriale del signor Maura? E allora lui, prendendo dalla faretra conservatrice un luogo comune falso, mi assestò: ma senza capo, senza disciplina, che cosa farete?

Io, signor lettore, che appena so con precisione tre o quattro cose, ignoro molto specialmente quanto attiene alla politica. Ben vorrei, pertanto, credermi esentato dal parlare di ciò che conosco così male. Ma rimpiangendo nella coscienza politica spagnola certe ovvietà, a mio parere fondamentali, e notando che nessuno si umilia fino a raccoglierle e ripeterle, mi trovo obbligato a farlo io. Porti ciascuno, secondo la misura del proprio sforzo, le sue migliori intenzioni al mulino comune, e forse avremo un giorno buon pane di cultura da portare alla bocca.

Che male deve portare in vista di questo se espongo un altro giorno ciò che a mio parere può fare il liberalismo, l’idea liberale senza capo e senza disciplina? Se togliete al partito conservatore entrambe le cose, è chiaro che resta senza niente, salvo alcuni istinti sociali di inerzia e tesaurizzazione fluttuanti nei bassifondi dell’anima collettiva. Ma il liberalismo è una cosa molto più discreta e complicata: è, per il momento, un’idea —la più che una cosa può essere— diceva Kant.

El Imparcial, 31 luglio 1908