Abstract
Parliament was meant to be the breathing-hole of national life; in Spain it has instead absorbed political spontaneity, confining public life within the scholastic limits of parliamentary life. Against Silvela’s thesis that Spain has no public opinion, Ortega first asks what a “people” is and why the peoples who vote do vote.
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
Cuando son cerradas las Cortes suelen quedarse nuestros políticos sin saber qué hacer, como las viejas de los pueblos si les cierran la iglesuca y les falta un buen fuego en torno al cual contar consejas, decir decires y roer memorias. Fue instituido el Parlamento a guisa de máquina expansionadora de la política, para impedir que los pueblos fueran gobernados desde unas cuantas reuniones y camarillas, para ofrecer garantías a las públicas pasiones que nacieren fuera de los muros oficiales. Weigel y otros místicos alemanes llaman al alma individual spiraculum vitae, respiradero de la vida, breve abertura por donde se manifiesta el borboteo soterráneo de corrientes colectivas, manadero en que hace sentir su pulso la oculta y metafísica voluntad vibrante del universo. Algo así corresponde ser al Parlamento: respiradero de la vida nacional, síntoma de la realidad pública, signo de cosas externas, vivas y orgánicas.
En España va aconteciendo todo lo contrario. El Parlamento apenas si ha hecho otra cosa más que absorber los relieves de espontaneidad política que en nuestra raza quedaran matando su vigor original, ha estrechado la vida pública en los límites escolásticos de la vida parlamentaria y siguiendo los pasos de todo escolasticismo que toma los signos, las palabras, por las cosas significadas y nombradas, pretende alzarse en única realidad política.
La Ley del terrorismo, que fue un aerómetro lanzado al ambiente público para fijar los grados de densidad que pudiera alcanzar el liberalismo español, ha servido para muchas advertencias útiles. En primer lugar, ha incitado, siquiera levemente, a los partidos liberales a la labor de agitación popular; en segundo lugar, ha hecho decir a los conservadores que esa agitación era una agitación, es decir, una confabulación de unas cuantas personas para soliviantar a las gentes mansuetas y tranquilas. Tengo por cierto que más de un liberal ha sufrido remordimientos de conciencia por haber hablado en los meetings , y ha pensado: tienen razón, estamos agitando sin saberlo, como el señor Jourdain hablaba en prosa, y así no tiene gracia que el pueblo proteste.
¿Se advierte el concepto de la política escondido bajo todo esto?
Existe un error muy grave en el asunto de que hablo y que a mi modo he intentado otras veces rectificar. Proviene de aquel grande hombre Silvela, tan falto de rigor espiritual, que sabía decir de manera tan ingeniosa y divertida una porción de cosas que no merecían la pena de ser dichas de ninguna manera. Silvela comenzó a maldecir del pueblo e hizo derivar las inculpaciones hacia esa responsabilidad anónima. Dicen que Silvela fue un hombre de conversación deleitable y esto hará que parezcan injustas mis apreciaciones a los que cultivaron su amistad. Pero ¿qué le hemos de hacer si hemos nacido muchos españoles demasiado tarde y, aprisionado el espíritu de todos lados por el terrible dolor español, no hemos tenido alegría ni tiempo para gozar de sobremesas regocijadas? Para nosotros, pues, el Silvela armonioso no existe y sólo queda el Silvela que acusaba al pueblo. De él procede esta teoría, según la cual no hay en España opinión pública.
¿Y dónde la hay? ¿Dónde tiene el pueblo opinión? Y si en otros países hay una opinión pública, ¿cuál es en ellos la opinión privada, dónde está, cómo se distingue de la otra? Hay una medida exacta —podrá decir alguien— de la opinión pública: el número de votos en las elecciones. La proporción entre la cifra de electores y la cifra de votantes marca la energía de esa opinión. En España no se vota apenas: luego no hay opinión pública.
Las elecciones son, en efecto, lo que más hondamente nos revela la intimidad de un pueblo; por eso conocemos tan bien el corazón de Pompeya a quien sorprendió el furor del Vesubio en sazón de nombrar magistrados y quedó perpetuada bajo la ceniza en aquella posición electoral. Pero el resultado de los plebiscitos —donde no se falsifican las votaciones— es justamente resultado, supone un carácter popular previamente adquirido que le impulsa a ejercitar su derecho de votos.
¿Por qué votan los pueblos que votan? ¿Por qué tienen una opinión los pueblos que la tienen?
Sepamos antes qué cosa es pueblo. Dificulto que pueda alguien definir esta incierta y oscura realidad del pueblo en otra forma que sirviéndose de lo que llaman los filósofos juicios infinitos o privativos. Pueblo es «lo que no» habla en los Parlamentos, «lo que no» escribe libros, ni pinta cuadros, ni publica periódicos, ni tiene coche propio, ni es mencionado en la Guía Oficial, ni nace en una hora, ni muere en otra, «lo que no es» nadie en particular, lo «inconsciente» en cada nación. Con intención satírica que me parece poco plausible, hace Ibsen que el pueblo trabe los pies de Peer Gynt bajo el nombre del «Gran Tortuoso», un algo extraño, ni muerto del todo ni vivo por completo, mucilaginoso, innombrable, sin forma. Con esto queda dicho que el pueblo no puede tener opinión, es antes bien mar infinito donde ruedan los contrarios torrentes sin confundirse. El pueblo no piensa: aquella porción suya que podría servirle de cerebro es precisamente lo que llamamos élite, aristocracia, los pocos y que con tanto cuidado solemos aislar frente a los muchos, al vulgo, al demos. La opinión pública es, en consecuencia, una mentirilla del viejo liberalismo, que le será perdonada porque ha amado mucho.
¡Oh pueblo, santa incertidumbre, oscuro fondo sobre el cual destacan las burlescas fisonomías personales, tú nos llevas sobre tus anchos lomos como las rocas del Guadarrama llevan su piel de líquenes, tú nos sueñas de un siglo para otro en tu pecho profundo por donde sólo andan las vaguedades de los sueños, tú nos impones el deber supremo de responder por ti cuando se te cite a juicio y de esculpir tu alma, fijarla, concretarla, cuando se te pida un porvenir, un «sí», un «no», una acción! ¡Pueblo, sustancia adamantina, incorruptible, arco iris espléndido, en cuya vida de luz vivimos un instante y luego desaparecemos dejando su sucesión a otros sin cuento, mientras el arco iris continúa abierto como puente de ornato sobre el cielo!
Perdóneseme ese sincero arrebato lírico. Es el pueblo la divinidad moderna, Pan redivivo; y como los místicos panteístas —Spinoza, por ejemplo, o Boehme el zapatero— percibían dulcísimo deliquio al sentirse hundidos en el regazo inmenso de la naturaleza, para un demócrata tiene suavísimo encanto sentirse pueblo, mirar cómo nuestra silueta personal se pierde y se confunde en la personalidad innumerable del demos y unida a ella fluye por el cauce sin edad de la historia. Pero no sólo nosotros: los grandes hombres también vienen del pueblo y pareciendo apartarse de él un punto acaban por volver a sumirse en la gloriosa y perenne corriente maternal. Quiero creer que Juan de Mena pensaba algo parecido cuando escribió aquellos lindos versos de su Labyrinto:
Arlanza, Pisuerga e aun Carrión
gozan del nombre de ríos, empero
después de juntados llamámosles Duero.
Como del pueblo tiene que salir todo, es menester que salga también lo que no es pueblo: los escogidos. Del tesoro de su inconsciencia saca unas cuantas conciencias a quienes encarga de tener opiniones determinadas, únicas, particulares, ya que él es el conjunto de las opiniones reales y posibles, la opinión total, o lo que es lo mismo, la no-opinión. Porque opinar es tener «una» opinión; quien tiene todas las opiniones es que no tiene ninguna.
Toda opinión, pues, es siempre de origen privado y la única significación justa que puede tener esto de «opinión pública» será la de opinión privada que se ha expandido, que ha sido inyectada en gran número de individuos. Por eso si los alemanes o los franceses ejercitan el voto, digamos que en Alemania y Francia hay unos cuantos hombres con opiniones políticas que se han esforzado en comunicar a los demás.
El pueblo no sabe lo que quiere; sabe a lo sumo lo que no quiere y por esta razón desdeña a muchos que le solicitan y no responde a cualquier palabra o conjuro. En fórmula más precisa pero más técnica podría definirse al pueblo como lo indeterminado histórico a determinar por la cultura. Esta labor de determinación que debe realizar la parte más culta de una raza sobre la parte menos culta o pueblo es la política. Y como vivir no es ir arrastrado, ir forzado, sino proponerse fines y lograrlos en lo posible, querer, en fin, algo y querer los medios que lo producen, la política significa una acción sobre la voluntad indeterminada del pueblo, no sobre sus músculos, una educación, no una imposición. No es dar leyes, es dar ideales y por ideales no se entienda nada vago y doncellil, sino cualquiera posible mejora espiritual o material de la sociedad, desde la libertad de cultos hasta la revisión del arancel, donde acaso ésta parezca más ideal que aquélla como más remota y difícil.
De todo esto resulta que el lugar donde menos quehaceres políticos puede haber es el Parlamento; allí no debía irse sino a refrendar la organización del espíritu público realizada fuera. Precisamente para esto se inventó el Parlamento: para que pudiera sin peligro hacerse la política fuera de él, fuera del antiguo Consejo despótico. Parlamento es representación, mero reflejo y sombra de la realidad política exterior. El único lugar donde no está un pueblo es aquél en que está su representación.
En estos meses tórridos sólo los políticos liberales no tienen derecho a descansar. Hace poco tiempo fijaron su programa; ahora es preciso que cumplan la segunda parte de la acción política: la agitación. Aquí y dondequiera, el pueblo carece de sensibilidad si se le abandona a sí mismo, o responde tan sólo al último instinto de conservación física como acaece en tiempos de invasión extranjera. La agitación que parece medio poco serio a esta vanidosa inocencia de los conservadores, es la única manera de hacer política inventada por los hombres desde la edad de los profetas, que fueron al cabo grandes oradores de meetings.
Es preciso poner bien claro el centro de la política liberal en la cuestión de cultura. Es preciso librar de una vez al liberalismo de ese equívoco incomprensible en que ahora se halla, pues no parece sino que consiste sólo en no querer la Ley del terrorismo o del duelo o de la administración local, y que, logrando que no prosperen estas leyes, debe comerciar pacíficamente con el partido conservador. El otro día, hablando con un amigo mío, ingenuo a fuer de conservador, me decía esto, y preguntaba: ¿qué más quieren ustedes los liberales? Y tuve que responderle: pero ¿es que va a hacer falta algún motivo particular para no ser conservador, para no combatir la política berberisca y ecuatorial del señor Maura? Y entonces él, tomando de la aljaba conservadora un lugar común falso, me asestó: ¿Pero sin jefe, sin disciplina, qué van ustedes a hacer?
Yo, señor lector, que apenas si sé con precisión tres o cuatro cosas, ignoro muy especialmente cuanto atañe a la política. Bien quisiera, por tanto, creerme eximido de hablar sobre lo que tan mal conozco. Pero echando menos en la conciencia política española ciertas perogrulladas, en mi parecer fundamentales, y notando que nadie se humilla hasta recogerlas y repetirlas, me encuentro obligado a hacerlo yo. Lleve cada cual, según la medida del propio esfuerzo, sus mejores intenciones al comunal molino, y acaso tengamos algún día buen pan de cultura que llevar a la boca.
¿Qué mal ha de traer en vista de esto si expongo otro día lo que en mi opinión pueda hacer el liberalismo, la idea liberal sin jefe y sin disciplina? Si quitáis al partido conservador ambas cosas, claro está que se queda sin nada, salvo unos cuantos instintos sociales de inercia y tesaurización flotantes en los bajos fondos del alma colectiva. Pero el liberalismo es una cosa mucho más discreta y complicada: es, por lo pronto una idea —lo más que puede ser una cosa— decía Kant.
El Imparcial, 31 de julio de 1908