Ortega y Gasset
Abstract
A 1919 editorial: nobody wants this right-wing government, which arose where the political landscape called for a reforming left; it denounces the tactic of luring politicians with power as bait. The text carries a passage struck out by the censor.
Connections
Concetti: Stato
Testo originale spagnolo · Obras completas — Fundación Ortega y Gasset · pubblico dominio
¿Quién quiere este Gobierno? Ambas elecciones, la popular y la senatorial, se han mostrado crudamente adversas para él. Al extremo derechismo que el Ministerio representa, ha respondido la nación con ciertas victorias de extremo izquierdismo sobremanera características. Por su parte, los regionalistas maldicen del Gabinete, y los carlistas parecen no menos insatisfechos. Entre tanto, los afines, los hombres del partido liberal-conservador, refrescan el color de la línea que los separa del maurismo y enseñan a éste su adjetivo liberal como se enseña el puño cerrado. ¿Quién quiere, pues, este Gobierno?
La paradoja es curiosa y conviene fijarla en el rincón correspondiente de la historia nacional. En 1919 —dirán los anales—, el paisaje político entero, con sus vertientes internacionales y sus valles interiores, parecía postular un Gobierno de izquierdas reformadoras que abriese ancho crédito a las esperanzas de las masas obreras, resolviese el problema catalán, avanzase un paso más en la obra, por fuerza lenta, de desarticular caciquismos, caldease la amistad de nuestro pueblo con Francia y con Albión, etcétera, etcétera. Sin embargo, como en una equívoca escena de prestidigitación, donde se esperaba ver un Gobierno liberal, modernizador y socialista, apareció inopinadamente instalado un Gobierno de derechas, arcaizante, rezador y amigo de la caza. [Texto tachado por la censura.] hubo decreto de disolución, hubo elecciones con las garantías descolgadas, hubo un peligroso brinco sobre el más grave artículo constitucional que manda al Parlamento bien constituido legalizar a tiempo los impuestos y los gastos. No se concibe tal acumulación de insólitas mercedes si no es suponiendo que la España de 1919 ardía en amores por el señor Maura y el señor La Cierva. Pocos días después resultó, no obstante, que gobernaba a nuestro pueblo un Gobierno cuyos partidarios tenían que ser buscados con candil. La paradoja es formidable, y como ella, el fracaso de la genial idea.
Habíamos previsto este resultado y así lo hicimos constar en su hora. Pero hoy no se trata de previsiones, sino de hechos. Y ante ellos creemos que muchos se preguntarán: ¿con qué fuerzas, con qué adhesiones contaban para este Gobierno los que lo engendraron? Bien vemos que se hacían las más locas ilusiones sobre el modo de reaccionar la opinión pública espontánea —sea ésta mucha o poca—; pero ¿no es también sorprendente, no es inconcebible que ni siquiera se contase con el señor Dato? ¿Cómo se explica esto? ¿Qué esperanzas, hoy fallidas, florecieron un momento en las cabezas anónimas que imaginaron el libro de caballerías de la política vigente?
No hemos querido inmiscuirnos en las danzas y contradanzas de estos días con que unos querían conjugar y otros separar al señor Maura y al señor Dato. Pero ahora, resuelto el embrollo, nos creemos obligados a decir alguna palabra. Si para que gobernase el señor Maura no se contó de antemano con el señor Dato, ¿es que se contaba con el apoyo de Pablo Iglesias? Como esto resulta poco verosímil, sólo hallamos una explicación al caso: se creyó que una vez dueño el señor Maura del decreto de disolución, los políticos conservadores abandonarían a su jefe y acudirían solícitos al nuevo panal. Con frase del actual presidente, diríamos que se confiaba en la afluencia suelta de las zoritas al palomar. Una vez más se ha querido traficar en grande escala con los bajos instintos que, junto a algunas cosas mejores, puso el Hacedor en la condición humana. Desde hace algún tiempo se viene usando esta repugnante, inmoral táctica para arbitrar conglomerados políticos, y es preciso que se renuncie a ella radicalmente, si no se quiere acabar con los pocos lazos de honesta solidaridad que aún quedan entre españoles. Da no poca grima ver que se usa del Poder como de un cebo para atraer voluntarios de la gobernación, olvidando que en esta altiplanicie donde habitamos basta con poner un cuarto de carnaza al sol para obtener al punto un cónclave general de buitres. Lo que se hizo otrora por el señor Dato contra el señor Maura, se ha querido repetir hoy con el señor Maura contra el señor Dato. Esta vez ha fallado la caza con cimbel. Por lo visto, se ha abusado hasta del abuso.
Pero repetimos que las relaciones entre conservadores y mauristas ofrecen un interés muy secundario. Lo importante, lo que, a nuestro parecer, debe quedar bien subrayado, es la equivocación sufrida, [Texto tachado por la censura.] Merced a esta aberración visual, se llega a creer que en España no existe más opinión que la de extremas derechas ni más hombres respetables y respetados que aquéllos cuyos nombres suenan. [Texto tachado por la censura.] Creemos que es la Monarquía el más admirable instrumento para llevar una nación del decaimiento a la gloria. [Texto tachado por la censura.]
No decimos, porque fuera insincero, que sea fácil de manejar políticamente la España de nuestros días. Pero más allá de las disociaciones de opinión que son patentes, más allá de las enemistades de grupo, existe hoy en nuestro pueblo un vasto afán de reforma y mejoría, de cambio en los usos y en las personas. La línea isoterma de la cultura y la riqueza españolas se ha aproximado notablemente a la de los grandes pueblos ejemplares. En las provincias hay hervores de despertar, y algunas regiones se sienten en la plenitud de su historia. Todo esto es magníficamente aprovechable para que dé nuestra vida nacional un avance decisivo y reconquiste nuestra raza simpatías y respetos que se habían entibiado. ¿No merece tan favorable coyuntura que la Corona nos dé a todos una lección de alta política, y desasiéndose de prejuicios, rompiendo tradiciones aldeanas, lance resueltamente a la nación por la ruta de las grandes y valientes reformas? El statu quo equivale, por el contrario, a fomentar el desaliento y la acritud y facilitar los pequeños triunfos de los audaces.
Mas, por hoy, quedémonos con esta menuda verdad: la evidente equivocación cometida al elegir el actual Gobierno, demuestra que los peores enemigos de la Monarquía no son los republicanos, sino los snobs.
Publicado sin firma, El Sol, 19 de junio de 1919
Who wants this Government? Both elections, the popular and the senatorial, have shown themselves crudely adverse to it. To the extreme rightism that the Ministry represents, the nation has responded with certain victories of extreme leftism of a very characteristic kind. For their part, the regionalists curse the Cabinet, and the Carlists seem no less dissatisfied. Meanwhile, the kindred spirits, the men of the liberal-conservative party, freshen the color of the line that separates them from Maurism and show it their liberal adjective as one shows a clenched fist. Who, then, wants this Government?
The paradox is curious and it is well to fix it in the corresponding corner of national history. In 1919 —the annals will say—, the whole political landscape, with its international slopes and its inner valleys, seemed to postulate a Government of reforming leftists that would open wide credit to the hopes of the working masses, solve the Catalan problem, take one step further in the work, of necessity slow, of disarticulating boss rule, warm the friendship of our people with France and with Albion, etcetera, etcetera. Nevertheless, as in an equivocal scene of sleight of hand, where a liberal, modernizing, socialist Government was expected to be seen, there appeared unexpectedly installed a Government of the right, archaizing, devout, and fond of the hunt. [Text struck out by the censor.] there was a decree of dissolution, there were elections with the guarantees removed, there was a dangerous leap over the most serious constitutional article that commands the well-constituted Parliament to legalize in time the taxes and the expenditures. Such an accumulation of unusual favors cannot be conceived without supposing that the Spain of 1919 was burning with love for Mr. Maura and Mr. La Cierva. A few days later it turned out, nevertheless, that a Government whose partisans had to be sought with a candle was ruling our people. The paradox is formidable, and like it, the failure of the brilliant idea.
We had foreseen this result and thus we made it known in its hour. But today it is not a question of forecasts, but of facts. And before them we believe that many will ask themselves: with what forces, with what adhesions did those who engendered this Government count? We well see that they were making the maddest illusions about the way the spontaneous public opinion would react —be it much or little—; but is it not also surprising, is it not inconceivable that they did not even count on Mr. Dato? How is this explained? What hopes, today failed, flowered for a moment in the anonymous heads that imagined the chivalric romance of the current politics?
We have not wished to meddle in the dances and counterdances of these days with which some wanted to conjoin and others to separate Mr. Maura and Mr. Dato. But now, the tangle resolved, we believe ourselves obliged to say a word. If in order for Mr. Maura to govern no account was taken beforehand of Mr. Dato, was it that they counted on the support of Pablo Iglesias? Since this turns out to be scarcely credible, we find only one explanation for the case: it was believed that once Mr. Maura was master of the decree of dissolution, the conservative politicians would abandon their chief and would hasten solicitous to the new honeycomb. In the phrase of the current president, we would say that trust was placed in the loose affluence of the little doves to the dovecote. Once more it has been wished to traffic on a large scale with the base instincts that the Maker placed, alongside some better things, in the human condition. For some time this repugnant, immoral tactic has been used to arbitrate political conglomerates, and it is necessary to renounce it radically, if one does not want to put an end to the few bonds of honest solidarity that still remain among Spaniards. It gives no little disgust to see Power used as a bait to attract volunteers of governance, forgetting that on this high plateau where we dwell it is enough to put a quarter of carrion in the sun to obtain at once a general conclave of vultures. What was once done by Mr. Dato against Mr. Maura, it has been wished to repeat today with Mr. Maura against Mr. Dato. This time the decoy hunt has failed. Apparently, even abuse has been abused.
But we repeat that the relations between conservatives and Maurists offer a very secondary interest. The important thing, that which, in our view, must remain well underlined, is the error suffered, [Text struck out by the censor.] Thanks to this visual aberration, one comes to believe that in Spain there exists no opinion other than that of the extreme right nor any more respectable and respected men than those whose names resound. [Text struck out by the censor.] We believe that the Monarchy is the most admirable instrument for carrying a nation from decline to glory. [Text struck out by the censor.]
We do not say, because it would be insincere, that the Spain of our days is easy to handle politically. But beyond the dissociations of opinion that are patent, beyond the group enmities, there exists today in our people a vast longing for reform and betterment, for change in usages and in persons. The isothermal line of Spanish culture and wealth has notably approached that of the great exemplary peoples. In the provinces there are boilings of awakening, and some regions feel themselves in the plenitude of their history. All this is magnificently usable so that our national life may take a decisive advance and our race reconquer sympathies and respects that had grown tepid. Does not so favorable a conjuncture merit that the Crown give us all a lesson in high politics, and, freeing itself from prejudices, breaking village traditions, launch the nation resolutely along the route of the great and brave reforms? The status quo, on the contrary, amounts to fomenting discouragement and acrimony and to facilitating the small triumphs of the audacious.
But, for today, let us keep this small truth: the evident mistake committed in choosing the present Government shows that the worst enemies of the Monarchy are not the republicans, but the snobs.
Published unsigned, El Sol, June 19, 1919
Chi vuole questo Governo? Entrambe le elezioni, la popolare e la senatoriale, si sono mostrate crudamente avverse ad esso. All’estremo destrismo che il Ministero rappresenta, la nazione ha risposto con certe vittorie di estremo sinistrismo oltremodo caratteristiche. Da parte loro, i regionalisti maledicono il Gabinetto, e i carlisti sembrano non meno insoddisfatti. Frattanto, gli affini, gli uomini del partito liberale-conservatore, rinfrescano il colore della linea che li separa dal maurismo e mostrano a questo il loro aggettivo liberale come si mostra il pugno chiuso. Chi vuole, dunque, questo Governo?
Il paradosso è curioso e conviene fissarlo nell’angolo corrispondente della storia nazionale. Nel 1919 —diranno gli annali—, il paesaggio politico intero, con i suoi versanti internazionali e le sue valli interne, sembrava postulare un Governo di sinistre riformatrici che aprisse largo credito alle speranze delle masse operaie, risolvesse il problema catalano, avanzasse di un passo in più nell’opera, per forza lenta, di disarticolare i cacichismi, riscaldasse l’amicizia del nostro popolo con la Francia e con Albione, eccetera, eccetera. Tuttavia, come in un’equivoca scena di prestidigitazione, dove si aspettava di vedere un Governo liberale, modernizzatore e socialista, apparve inopinatamente installato un Governo di destra, arcaizzante, bigotto e amico della caccia. [Testo cancellato dalla censura.] ci fu decreto di dissoluzione, ci furono elezioni con le garanzie staccate, ci fu un pericoloso balzo sopra il più grave articolo costituzionale che comanda al Parlamento ben costituito di legalizzare in tempo le imposte e le spese. Non si concepisce tale accumulazione di insolite grazie se non supponendo che la Spagna del 1919 ardesse d’amore per il signor Maura e il signor La Cierva. Pochi giorni dopo risultò, nondimeno, che governava il nostro popolo un Governo i cui partigiani dovevano essere cercati con il lume. Il paradosso è formidabile, e come lui, il fallimento della geniale idea.
Avevamo previsto questo risultato e così lo facemmo constare a suo tempo. Ma oggi non si tratta di previsioni, bensì di fatti. E dinanzi ad essi crediamo che molti si domanderanno: con quali forze, con quali adesioni contavano per questo Governo coloro che lo generarono? Ben vediamo che si facevano le più pazze illusioni sul modo di reagire dell’opinione pubblica spontanea —sia essa molta o poca—; ma non è anche sorprendente, non è inconcepibile che non si contasse nemmeno con il signor Dato? Come si spiega questo? Quali speranze, oggi fallite, fiorirono un momento nelle teste anonime che immaginarono il romanzo cavalleresco della politica vigente?
Non abbiamo voluto immischiarci nelle danze e contraddanze di questi giorni con cui alcuni volevano congiungere e altri separare il signor Maura e il signor Dato. Ma ora, risolto l’imbroglio, ci crediamo obbligati a dire qualche parola. Se perché governasse il signor Maura non si contò in anticipo con il signor Dato, è che si contava con l’appoggio di Pablo Iglesias? Poiché questo risulta poco verosimile, troviamo una sola spiegazione al caso: si credette che una volta padrone il signor Maura del decreto di dissoluzione, i politici conservatori avrebbero abbandonato il loro capo e sarebbero accorsi solleciti al nuovo favo. Con frase dell’attuale presidente, diremmo che si confidava nell’afflusso sciolto delle tortorelle alla colombaia. Una volta di più si è voluto trafficare in grande scala con i bassi istinti che, accanto ad alcune cose migliori, pose il Fattore nella condizione umana. Da qualche tempo si viene usando questa ripugnante, immorale tattica per arbitrare conglomerati politici, ed è necessario che si rinunzi ad essa radicalmente, se non si vuole finire con i pochi legami di onesta solidarietà che ancora restano tra spagnoli. Fa non poco ribrezzo vedere che si usa del Potere come di un’esca per attirare volontari della governazione, dimenticando che in questo altopiano dove abitiamo basta mettere un quarto di carne al sole per ottenere subito un conclave generale di avvoltoi. Ciò che si fece un tempo dal signor Dato contro il signor Maura, si è voluto ripetere oggi con il signor Maura contro il signor Dato. Questa volta è fallita la caccia col richiamo. A quanto pare, si è abusato fino dell’abuso.
Ma ripetiamo che le relazioni tra conservatori e mauristi offrono un interesse molto secondario. L’importante, ciò che, a nostro parere, deve restare ben sottolineato, è l’equivoco sofferto, [Testo cancellato dalla censura.] Grazie a questa aberrazione visuale, si arriva a credere che in Spagna non esista altra opinione che quella delle estreme destre né altri uomini rispettabili e rispettati che quelli i cui nomi suonano. [Testo cancellato dalla censura.] Crediamo che sia la Monarchia il più ammirevole strumento per portare una nazione dal decadimento alla gloria. [Testo cancellato dalla censura.]
Non diciamo, perché sarebbe insincero, che sia facile maneggiare politicamente la Spagna dei nostri giorni. Ma al di là delle dissociazioni di opinione che sono patenti, al di là delle inimicizie di gruppo, esiste oggi nel nostro popolo un vasto anelito di riforma e miglioramento, di cambiamento negli usi e nelle persone. La linea isoterma della cultura e della ricchezza spagnole si è avvicinata notevolmente a quella dei grandi popoli esemplari. Nelle province ci sono ribollimenti di risveglio, e alcune regioni si sentono nella pienezza della loro storia. Tutto questo è magnificamente sfruttabile perché la nostra vita nazionale faccia un avanzamento decisivo e la nostra razza riconquisti simpatie e rispetto che si erano intiepiditi. Non merita una così favorevole congiuntura che la Corona ci dia a tutti una lezione di alta politica, e, sciogliendosi dai pregiudizi, rompendo tradizioni paesane, lanci risolutamente la nazione per la via delle grandi e coraggiose riforme? Lo statu quo equivale, al contrario, a fomentare lo scoramento e l’asprezza e a facilitare i piccoli trionfi degli audaci.
Ma, per oggi, restiamo con questa piccola verità: l’evidente equivoco commesso nell’eleggere l’attuale Governo dimostra che i peggiori nemici della Monarchia non sono i repubblicani, ma gli snob.
Pubblicato senza firma, El Sol, 19 giugno 1919